ordenó un policía que llegaba en ese momento.
—No pude hacer nada por evitarlo, jefe.
—¡Circulen! Que alguien traiga un periódico para cubrirlo.
—Hay que llamar a una ambulancia.
Lo habían cubierto con papel de periódico. Habían ido a llamar a una ambulancia. La gente continuaba llegando. Se habían dividido en dos grupos: los que lo habían visto descuartizado, y los que lo encontraron bajo el periódico; el diálogo se había entablado. El hombre que podía tener treinta años, y el muchacho que podía tener dieciocho caminaban hacia la Plaza de San Martín.
—Vestía de azul marino —dijo el muchacho.
—Está muerto.
—Es extraño.
—¿Qué es extraño? —preguntó el hombre de unos treinta años.
—Vas al cine, y te diviertes viendo morir a la gente. Se matan por montones, y uno se divierte.
—El arte y la vida.
—Humm… El arte, la vida… Pero el periódico…
—Ya lo sabes —interrumpió el hombre—. Si tienes un accidente y ves que empiezan a cubrirte de periódicos… La cosa va mal…
—Tú también vas a morirte…
—Por ejemplo, si te operan y empiezas a soñar con San Pedro… Eso no es soñar, mi querido amigo.
—¿Siempre eres así? —preguntó el muchacho.
—¿Conoces los chistes crueles?
—Sí, ¿pero eso qué tiene que ver?
—¿Acaso no vas a la universidad?
—No te entiendo.
—¿Sabes lo que es la catarsis?
—Sí. Aristóteles…
—Uno no ve tragedias griegas todos los días, mi querido amigo.
—Eres increíble —dijo el muchacho.
—Hace años que camino por el centro de Lima —dijo, hombre—. Como ahora. Hace años que tenía tu edad, y hace años que me enteré de que los periódicos usados sirven para limpiarse el culo, y para eso… Hace ya algún tiempo que vengo diariamente a tomar unas cervezas aquí —dijo, mientras abría la puerta de un bar—. ¿Una cerveza?
—Bueno —asintió el muchacho—. Pero no todos los días.
—Diario. Y a la misma hora.
Se sentaron. El muchacho observaba con curiosidad cómo todos los hombres en ese bar se parecían a su amigo. Tenían algo en común, aunque fuera tan sólo la cerveza que bebían. El bar no estaba muy lejos de la Plaza San Martín, y le parecía mentira haber pasado tantas veces por allí, sin fijarse en lo que ocurría adentro. Miraba a la gente, y pensaba que algunos venían para beber en silencio, y otros para conversar. El mozo los llamaba a todos por su nombre.
—Se está muy bien en un bar donde el mozo te llama por tu nombre y te trae tu cerveza sin que tengas que pedirla —dijo el hombre.
—¿Es verdad que vienes todos los días? —preguntó el muchacho.
—¿Y por qué no? Te sientas. Te atienden bien. Bebes y miras pasar a la gente. ¿Ves esa mesa vacía allá, al fondo? Pues bien, dentro de unos minutos llegará un viejo, se sentará, y le traerán su aperitivo.
—¿Y si hoy prefiere una cerveza?
—Sería muy extraño —respondió el hombre, mientras el mozo se acercaba a la mesa.
—¿Dos cervezas, señor Alfonso?
—No sé si quiero una cerveza —intervino el muchacho, mirando a un viejo que entraba, y se dirigía a la mesa vacía del fondo.
—Tengo que prepararle su aperitivo al viejito —dijo, el mozo.
—Decídete, Manolo —dijo el hombre, y agregó mirando al mozo—: Se llama Manolo…
—Un trago corto y fuerte —ordenó el muchacho—. Un pisco puro.
Antes de la cita con los Linares
A Mercedes y Antonio, siempre
—No, no, doctor psiquiatra, usted no me logra entender, no se trata de eso, doctor psiquiatra; se trata más bien de insomnios, de sueños raros… rarísimos…
—Pesadillas…
—No me interrumpa, doctor psiquiatra; se trata de los rarísimos pero no de pesadillas; las pesadillas dan miedo y yo no tengo miedo, bueno sí, un poco de miedo pero más bien antes de acostarme y mientras me duermo, después vienen los sueños, esos que usted llama pesadillas, doctor psiquiatra, pero ya le digo que no son pesadillas porque no me asustan, son más bien graciosos, sí, eso exactamente: Sueños graciosos, doctor psiquiatra…
—Sebastián, no me llames doctor psiquiatra; es casi como si me llamaras señor míster Juan Luna; llámame doctor, llámame Juan si te acomoda más…
—Sí, doctor psiquiatra, son unos sueños realmente graciosos, la más vieja de mis tías en calzones, mi abuelita en patinete, y esta noche usted cagando, seguramente, doctor psiquiatra… no puedo prescindir de la palabra psiquiatra, doctor… psiquiatra… ya lo estoy viendo, ya está usted cag…
—Vamos, vamos, Sebastián. Un poco de orden en las ideas; un poco de control; al grano; venga la historia desde atrás. desde el comienzo del viaje…
—Sí, doctor psiquiatra… «cagando».
—Ya te lo había dicho: Un café no es lugar apropiado para una consulta: A cada rato volteas a mirar a los que entran, debió ser en mi consultorio…
—No, no, no— nada en el consultorio; no hay que tomar este asunto tan en serio; entiéndame: Una cita con el psiquiatra en su consultorio y tengo miedo a la que le dije; aquí en el café todo parece menos importante, aquí no puede usted cerrar las persianas ni hacerme recostar en un sofá, aquí entre cafecito y cafecito, doctor psiquiatra, porque si usted no me quita esto, doctor psiquiatra, perdóneme, no puedo dejar de llamarlo así, si usted no me quita esto, es mejor que lo siga viendo cagar, perdóneme… pero es así y todo es así, el otro día, por ejemplo, he aquí un sueño de los graciosos, el otro día un ejército enorme iba a invadir un país, no sé cuál, podría ser cualquiera, y justo antes de llegar todos se pusieron a montar en patinete, como mi abuelita, y a tirarse baldazos de agua como en carnaval, y después arrancó, en el sueño, el carnaval de Río hasta que me desperté casi contento… Lo único malo es que aún eran las cinco mañana… Como ve, no llegan a ser pesadillas o qué sé yo…
—Un poco de orden, Sebastián. Empieza desde que saliste de París.
Había terminado de arreglar su maleta tres días del viaje porque era precavido, maniático y metódico. Había alquilado su cuarto del barrio latino durante verano porque era un estudiante más bien pobre. Había decidido pasar el verano en España porque allá tenía amigos, porque que veneraba al Quijote y porque quería ver vez también por todo lo que allá le iba a pasar.
Le había alquilado su cuarto a un español que venía a preparar una tesis durante el verano. El español llegó dos días antes de lo acordado y tuvieron que dormir juntos. Conversaron. Como el español no lo conocía muy bien aún, le habló de cosas superficiales, sin mayor importancia; o tal vez no:
—Si dices que has perdido seis kilos, ya verás como los recuperas; allá se come bien y barato.
—Odio los trenes. No veo la hora de estar en Barcelona.
—¡Hombre!, un viaje en tren en esta época puede ser muy entretenido. Ya verás: O te toca viajar con algunas suecas o alemanas y en ese caso, como tú hablas español, nada fácil que sacar provecho de la situación; o de lo contrario te encontrarás con obreros españoles que regresan a su vacaciones y entonces pan, vino, choriz

















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