Альфредо Брисе Эченьике. Сказки. Alfredo Bryce Echeñique. Los Cuentes
Uncategorized August 2nd, 2006
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rse un rato más, pero ella lo estaba llamando desde el baño.
—¡Manolo! ¿Dónde estás?
—Voy —respondió, dejando la fotografía en su sitio.
—Préndeme un cigarrillo —y se dirigió hacia el baño. Su madre volteó al
sentirlo entrar. Estaba lista. Estaba muy bella. Hubiera querido abrazarla y besarla. Su madre era la mujer más bella del mundo. ¡La mujer más bella del mundo!
—¡Cuidado!, Manolo —exclamó—. Casi me arruinas el maquillaje —y añadió—:
Perdón, hijito. Deja el cigarrillo sobre la repisa.
Se sentó nuevamente a mirarla. Hacía una serie de muecas graciosísimas frente al espejo. Luego, se acomodaba el traje tirándolo hacia abajo, y se llevaba ambas manos a la cintura, apretándosela como si tratara de reducirla. Finalmente, cogió el cigarrillo que Manolo había dejado sobre la repisa, dio una pitada, y se volvió hacia él.
—¿Qué le dices a tu madre? —preguntó, exhalando humo.
—Muy bien —respondió Manolo.
—Ahora no me dirás que me prefieres con la bata del desayuno. ¿A cuál de las dos prefieres?
—Te prefiero, simplemente, mamá.
—Dime que estoy linda.
—Sí…
—Tu padre no sabe apreciar eso. ¡Vamos! ¡Al cóctel! ¡Apúrate!
Su madre conducía el automóvil, mientras Manolo, a su derecha, miraba el camino a través de la ventana. Permanecía mudo, y estaba un poco nervioso. Ella le había dicho una reunión de intelectuales, y eso le daba un poco de miedo.
—Estamos atrasados —dijo su madre, deteniendo el auto frente a un edificio de tres pisos—. Aquí es.
—Muy bonito —dijo Manolo mirando al edificio, y tratando de adivinar cuál de las ventanas correspondía al departamento del pintor.
—No es necesario que hables mucho —dijo ella—. Ante todo escucha. Escucha bien. Esta gente puede enseñarte muchas cosas. No tengas miedo que todos son mis amigos, y son muy simpáticos.
—¿En qué piso es?
—En el tercero.
Subían. Manolo subía detrás de su madre. Tenían casi una hora de atraso, y le parecía que estaba un poco nerviosa. “Hace falta un ascensor”, dijo ella, al llegar al segundo piso. La seguía. ” ¿Va a haber mucha gente, mamá? ” No le respondió. Al llegar al tercer piso, dio tres golpes en la puerta, y se arregló el traje por última vez. No se escuchaban voces. Se abrió la puerta y Manolo vio al pintor. Era un hombre de unos cuarenta años. “Parece torero”, pensó. “Demasiado alto para ser un buen torero.” El pintor saludó a su madre, pero lo estaba mirando al mismo tiempo. Sonrió. Parecía estar un poco confundido.
—Adelante— dijo.
—Éste es Manolo, Domingo.
—¿Cómo estás, Manolo?
—¿Qué pasa? —preguntó ella.
—No recibieron mi encargo?
—Llamé por teléfono.
—¿Qué encargo?
—Llamé por teléfono, pero tú no estabas.
—No me han dicho nada.
—Siéntense. Siéntense.
Manolo lo observaba mientras hablaba con su madre, y lo notaba un poco confundido. Miró a su alrededor: “Ni gente, ni bocadillos. Tenemos una hora de atraso”. Era evidente que en ese departamento no había ningún cóctel. Sólo una pequeña mesa en un rincón. Dos asientos. Dos sillas, una frente a la otra. Una botella de vino. Algo había fallado.
—Siéntate, Manolo —dijo el pintor, al ver que continuaba de pie—. Llamé
para avisarles que la reunión se había postergado. Uno de mis amigos está enfermo y no puede venir,
—No me han avisado nada —dijo ella, mirando hacia la mesa.
—No tiene importancia —dijo el pintor, mientras se sentaba—. Cometemos los tres juntos.
—Domingo…
—Donde hay para dos hay para tres —dijo sonriente, pero algo lo hizo cambiar de expresión y ponerse muy serio. Manolo se había sentado en un sillón, frente al sofá en que estaban su madre y el pintor. En la pared, encima de ellos, había un inmenso cuadro, y Manolo reconoció la firma: “La D del dormitorio”, pensó. Miró alrededor suyo, pero no había más cuadros como ése. No podía hablar.
—Es una lástima —dijo el pintor ofreciéndole un cigarrillo a la madre de Manolo.
—Gracias, Domingo. Yo quería que conociera a tus amigos.
—Tiene que venir otro día.
—Por lo menos hoy podrá ver tus cuadros.
—¡Excelente idea! —exclamó—. Podemos comer, y luego puede ver mis cuadros. Están en ese cuarto.
—¡Claro! ¡Claro!
—¿Quieres ver mis cuadros, Manolo? —Sí. Me gustaría…
—¡Perfecto! Comemos, y luego ves mis cuadros. —¡Claro! —dijo ella sonriente—. Fuma, Manolo. Toma un cigarrillo.
—Ya lo creo —dijo el pintor, inclinándose para encenderle el cigarrillo—.
Comeremos dentro de un rato. No hay problema. Donde hay para dos…
—¡Claro! ¡Claro! —lo interrumpió ella.
Альфредо Брисе Эченьике. Сказки.
Alfredo Bryce Echeñique. Los Cuentes.










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