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Альфредо Брисе Эченьике. Сказки. Alfredo Bryce Echeñique. Los Cuentes


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Claro, aquel libro lo habla tenido que escuchar (los otros, generalmente, los arrojaba a la basura). Y ahora que lo recuerdo y lo entiendo todo, lo había tenido que escuchar mientras yo estaba recreando, en forma personalizado, o sea necesaria, el asesinato del padre de mi excelente amigo de infancia norteamericana. Me encontraba, seguro, muy al comienzo de una que iba a imaginar en el lejano Oeste y muy triste, particularmente dura y triste puesto que se trataba de ese amigo y ese colegio. Y cuando la lectura de mi tía, cogiéndome desprevenido y desarmado, por lo poco elaborada que estaba aún mi , impuso la tristeza del libro sobre la mía, yo viví aquello como una cruel traición a un am igo. Y ese fue el pecado que le llevé al curita tejano.
Desde entonces, desde que dejé de leer libros que otros me daban, empecé a gozar y Dios sabe cuánto m’e ayuda hoy la literatura de los demás en la elaboración de mis propias ficciones. Cuando escribo, en efecto, es cuando más leo… Pero, eso sí, algo quedó de aquel trauma infantil y es ese pánico por los libros que, autores absolutamente desconocidos, me han hecho llegar por correo o me han entregado sin que en mí hubiese brotado ese sentimiento de apertura, curiosidad, y simpatía total que me guía cuando leo el libro de un escritor que acabo de conocer y con el cual he simpatizado.
Cuando me mandan un manuscrito o un libro a quemarropa siento, en cambio, la terrible tentación de reaccionar como el Duque de Albufera, cuando Proust le envió un libro y luego lo llamó para ver si lo había recibido. El propio Proust narra con desenfado su conversación con su amigo Luigi:
-Mi querido Luigi, ¿has recibido mi último libro? -¿Libro, Marcel? ¿Tú has escrito un libro? -Claro, Luigi; y además te lo he enviado. -íAh!, mi querido Marcel, si me lo has enviado, de más está decirte que sí lo he leído. Lo malo es que no estoy muy seguro de haberlo recibido.

La madre, el hijo y el pintor
Alfredo Bryce Echeñique

Se había acostumbrado al sistema: de lunes a jueves, cuatro días con su madre. De viernes a domingo, tres días con su padre. Manolo tenía la ropa que usaba cuando estaba con su padre, y los libros que leía en el departamento de su madre. Una pequeña valija para el viaje semanal de Miraflores a Magdalena, de un departamento a otro. Su madre lo quería mucho los jueves, porque al día siguiente lo vería partir, y su padre era muy generoso los domingos, porque al día siguiente le tocaba regresar donde ella”. Se había acostumbrado al sistema. Lo encontraba lógico. “No soy tan viejo”, le había dicho su padre, una noche, mientras cenaban juntos en un restaurante una mujer le había sonreído coquetamente. “Tienes diecisiete años, y eres un muchacho inteligente”, le había dicho su madre una mañana. Es preciso que te presente a mis amigos.”
Jueves. Sentado en una silla blanca, en el baño del departamento, Manolo contemplaba a su madre que empezaba a arreglarse para ir al cóctel.
—Es muy simpático, y es un gran pintor —dijo su madre.
—Nunca he visto un cuadro suyo.
—Tiene muchos en su departamento. Hoy podrás verlos. Me pidió que te llevara. Además, no me gusta separarme de ti los jueves.
—¿Va a ir mucha gente?
—Todos conocidos míos. Buenos amigos y simpáticos. Ya verás.
Manolo la veía en el espejo. Había dormido una larga siesta, y tenía la cara muy reposada. Así era cuando tomaban desayuno juntos: siempre con su bata floreada, y sus zapatillas azules. Le hubiera gustado decirle que no necesitaba maquillarse, pero sabía cuánto le mortificaban esas pequeñas arrugas que tenía en la frente y en el cuello.
—¿Terminaste el libro que te presté? —preguntó su madre, mientras cogía un frasco de crema para el cutis.
—No —respondió Manolo—. Trataré de terminarlo esta noche después del cóctel.
—No te apures —dijo su madre—. Llévatelo mañana, si quieres. Prefiero que lo leas con calma, aunque no creo que allá puedas leer.
—No sé… Tal vez.
Se había cubierto el rostro con una crema blanca, y se lo masajeaba con los
dedos, dale que te dale con los dedos.
—Pareces un payaso, mamá —dijo Manolo sonriente.
—Todas las mujeres hacen lo mismo. Ya verás cuando te cases.
La veía quitarse la crema blanca. El cutis le brillaba. De rato en rato, los ojos de su madre lo sorprendían en el espejo: bajaba la mirada.
—Y ahora, una base para polvos —dijo su madre.
—¿Una base para qué?
—Para polvos.
—¿Todos los días haces lo mismo?
—Ya lo creo, Manolo. Todas las mujeres hacen lo mismo. No me gusta estar desarreglada.
—No, ya lo creo. Pero cuando bajas a tomar el desayuno tampoco se te ve
desarreglada.
—¿Qué saben los hombres de esas cosas?
—Me imagino que nada, pero en el desayuno…
—No digas tonterías, hijo —interrumpió ella—. Toda mujer tiene que arreglarse para salir, para ser vista. En el desayuno no estamos sino nosotros dos. Madre e hijo.
—Humm…
—A toda mujer le gusta gustar.
—Es curioso, mamá. Papá dice lo mismo.
—Él no me quería.
—Sí. Sí. Ya lo sé.
—¿Tú me quieres? —preguntó, agregando—: Voltéate que voy a ponerme la faja.
Escuchaba el sonido que producía el roce de la faja con las piernas de su
madre. “Tu madre tiene buenas patas”, le había dicho un amigo en el colegio.
—Ya puedes mirar, Manolo.
—Tienes bonitas piernas, mamá.
—Eres un amor, Manolo. Eres un amor. Tu padre no sabía apreciar eso. ¿Por qué no le dices mañana que mis piernas te parecen bonitas?
Se estaba poniendo un fustán negro, y a Manolo le hacía recordar a esos fustanes que usan las artistas, en las películas para mayores de dieciocho años. No le quitaba los ojos de encima. Era verdad: su madre tenía buenas piernas, y era más bonita que otras mujeres de cuarenta años.
—Y las piernas mejoran mucho con los tacos altos —dijo, mientras se ponía unos zapatos de tacones muy altos.
—Humm…
—Tu padre no sabía apreciar eso. Tu padre no sabía apreciar nada.
—Mamá…
—Ya sé. Ya sé. Mañana me abandonas, y no quieres que esté triste.
—Vuelvo el lunes. Como siempre…
—Alcánzame el traje negro que está colgado detrás de la puerta de mi cuarto.
Manolo obedeció. Era un hermoso traje de terciopelo negro. No era la primera vez que su madre se lo ponía, y, sin embargo, nunca se había dado cuenta de que era tan escotado. Al entrar al baño, lo colgó en una percha, y se sentó nuevamente.
—¿Cómo se llama el pintor, mamá?
—Domingo. Domingo como el día que pasas con tu padre —dijo ella, mientras estiraba el brazo para coger el traje—. ¿En qué piensas, Manolo?
—En nada.
—Este chachá me está a la trinca. Tendrás que ayudarme con el cierre relámpago.
—Es muy elegante.
—Nadie diría que tengo un hijo de tu edad.
—Humm…
—Ven. Este cierre es endemoniado. Súbelo primero, y luego engánchalo en la pretina.
Manolo hizo correr el cierre por la espalda de su madre. Listo”, dijo, y retrocedió un poco mientras ella se acomodaba el traje, tirándolo con ambas manos hacia abajo. Una hermosa silueta se dibujó ante sus ojos, y esos brazos blancos y duros eran los de una mujer joven. Ella parecía saberlo: era un traje sin mangas. Manolo se sentó nuevamente. La veía ahora peinarse.
—Estamos atrasados, Manolo —dijo ella, al cabo de un momento.
—Hace horas que estoy listo —replicó, cubriéndose la cara con las manos.
—Será cosa de unos minutos. Sólo me faltan los ojos y los labios.
—¿Qué? —preguntó Manolo. Se había distraído un poco.
—Digo que será cosa de minutos. Sólo me faltan los ojos y los labios.
Nuevamente la miraba, mientras se pintaba los labios.
Era un lápiz color rojo rojo, y lo usaba con gran habilidad. Sobre la repisa, estaba la tapa. Manolo leyó la marca: “Senso”, y desvió la mirada hacia la bata que su madre usaba, para tomar el desayuno. Estaba colgada en una percha.
—¿Quieres que la guarde en tu cuarto, mamá?
—Que guardes ¿qué cosa?
—La bata.
—Bueno. Llévate también las zapatillas.
Manolo las cogió, y se dirigió al dormitorio de su madre. Colocó la bata cuidadosamente sobre la cama, y luego las zapatillas, una al lado de la otra, junto a la mesa de noche. Miraba alrededor suyo, como si fuera la primera vez que entrara allí. Era una habitación pequeña, pero bastante cómoda, y en la que no parecía faltar nada. En la pared, había un retrato suyo, tomado el día en que terminó el colegio. Al lado del retrato, un pequeño cuadro. Manolo se acercó a mirar la firma del pintor: imposible leer el apellido, pero pudo distinguir claramente la D de Domingo. El dormitorio olía a jazmín, y junto a un pequeño florero, sobre la mesa de noche, había una fotografía que no creía haber visto antes. La cogió: su madre al centro, con el mismo traje que acababa de ponerse, y rodeadas de un grupo de hombres y mujeres. “Deben ser los del cóctel”, pensó. Hubiera querido queda

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