José Echegaray. En el puño de la espada

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En el puño de la espada
José Echegaray
DRAMA TRÁGICO EN TRES ACTOS Y EN VERSO

REPARTO
PERSONAJES
DON RODRIGO, marqués de Moncada
DOÑA VIOLANTE, su esposa
DON FERNANDO DE MONCADA.
DOÑA LAURA DE MEJÍA, pupila de los marqueses
DON JUAN DE ALBORNOZ, conde de Orgaz
BRÍGIDA, dueña de la casa de Moncada
NUÑO, escudero, ídem íd
RAMIRO, paje, ídem íd
GARCÉS, criado, ídem íd
MENDO, servidor de D. Juan
ORDOÑO, ídem
Criados, etc., etc.
Los dos primeros actos, en Madrid; el último, en el castillo de Orgaz.
Época del emperador Carlos V.

Acto Primero
La escena representa un salón de la casa de Moncada; en el fondo, una gran puerta; a la
derecha del espectador, dos; a la izquierda, una ventana; próxima a ésta, una mesa y un sillón; otros dos sillones a la derecha; entre las dos puertas, un trofeo con espadas, puñales, hachas, etc. Es de día.

ESCENA PRIMERA
BRÍGIDA y NUÑO, que está limpiando un puñal de hoja muy ancha.
NUÑO. (Aparte, y mirando por la ventana.)
Allí está siempre: su embozo
en vano sube a la cara;
que hoy como ayer le adivino
bajo el pliegue de la capa.
¿Quién será? ¿Por qué se obstina
en observar esta casa?
¡Vive Dios, que la paciencia
a mi pesar se me acaba!
BRÍGIDA. Pienso que pronto de misa
los marqueses de Moncada
volverán. ¿Concluyes, Nuño?
Mucho limpiar esa daga
te cuesta, y harto te esmeras.
NUÑO. ¡Tan limpia quiero dejarla,
que espejo el mismo sol
pueda ser, si el sol la baña!
BRÍGIDA. Muy buenos son tus deseos,
pero yo siempre manchada
y enmohecida la he visto.
NUÑO. Estas son antiguas manchas
de sangre, que yo respeto.
BRÍGIDA. Será así: no digo nada;
pero si el tiempo que pierdes
pensativo en contemplarla,
en dar luces y en dar brillo
al ancho acero emplearas,
hirieran más sus reflejos
que su punta toledana.
NUÑO. ¡Ay Brígida, mil memorias,
que nunca el olvido arrastra,
al contemplar este hierro
una y otra vez me asaltan!
BRÍGIDA. ¡Veintidós años pasaron!
NUÑO. Cosas hay que nunca pasan.
¡Qué noche aquélla, qué noche!
¡De Orgaz las viejas murallas
pienso que, aun hoy mismo rojas,
sangre de imperiales manan!
Allá en Toledo, encerrándose
la de Padilla, levanta,
con sus bravos comuneros,
el pendón de la venganza;
y en Orgaz, mi buen señor,
el conde de Villafranca,
repite el eco de guerra
de la noble doña Juana.
Viejos los torreones son;
brechas hay en las murallas;
son escasos los pertrechos,
y es la gente bien escasa,
¿Qué importa? Donde hay coraje,
sobran piedras y bombardas.
BRÍGIDA. Conozco la historia, Nuño:
siempre que esas viejas armas
te ordena el señor limpiar,
has de volver a contarla,
y se limpian por lo menos
dos veces a la semana.
Hace un año que a Madrid,
con Laura, desde Granada,
al quedar, la pobre, huérfana,
vine y entré en esta casa;
conque dése a discutir
el buen Nuño de Peralta
si conoceré la historia
del asalto y la matanza
de Orgaz por los imperiales.
NUÑO. Bueno. (Con mal humor.)
BRÍGIDA. ¡Me parece!
NUÑO. Basta
de relatos.
BRÍGIDA. No te ofendas.
NUÑO. Puesto que canso...
BRÍGIDA. No cansas;
y relación tan curiosa
oyera de buena gana
una vez más; pero siempre
empiezas y nunca acabas.
NUÑO. Cuento de ella lo que sé.
BRÍGIDA. Vamos..., sigue... (Acercándose a NUÑO. Pausa.)
NUÑO. La del alba
no era, ni con mucho, cuando:
«¡El condestable! ¡A las armas!»,
gritaron con roncas voces
en todas las atalayas.
¡Y el asalto comenzó!...
¡Y qué asalto, Virgen santa!
Ellos, ¡qué subir al muro
por las flexibles escalas!
Y nosotros, ¡qué matar,
cuando a la almena llegaban!
¡Qué gente abajo tan terca!
¡Qué gente arriba tan brava!
Tres horas duró la lucha;
cayó muerto Villafranca,
diciéndome al expirar:
«¡Salva a Violante, Peralta!»
Y arrancando a la doncella,
que frenética estrechaba
a su padre entre los brazos,
de aquel lugar de matanza,
por patios y corredores
paso abriendo con mi espada,
a oscuro salón llegué;
detuve un punto mi planta,
sequé mi frente sangrienta,
y en el fondo de la estancia,
dejando a doña Violante,
respiré más a mis anchas.
Mas poco duró el descanso,
y esta escena no se aparta
de mi mente ni un momento
y su memoria me abrasa.
BRÍGIDA. Sigue..., sigue...
NUÑO. De repente,
cual del infierno evocada,
en la puerta del salón
surgió una figura extraña.
¡Un mancebo!... ¡Digo mal!...
¡Casi un niño!... Roja espada
la diestra empuña; una tea
la izquierda en alto levanta,
y sobre su frente flota
la ondulante y negra llama.
(NUÑO se detiene, pensativo; se aleja de BRÍGIDA, se aproxima a la ventana y mira por
ella con afán. BRÍGIDA le sigue. Pausa.)
BRÍGIDA. ¿Y qué más?...
NUÑO. Siempre le veo...
¡Qué noche!
BRÍGIDA. Pero ¿no acabas?
NUÑO. ¡Otra vez ese hombre allí!...
BRÍGIDA. Pero ¿quién?
NUÑO. ¿No ves su cara?
BRÍGIDA. ¡Juan de Albornoz! (Asomándose.)
NUÑO. ¿Le conoces?
Responde.
(BRÍGIDA vuelve al centro del escenario. NUÑO la sigue.)
BRÍGIDA. Tu cuento acaba.
NUÑO. ¡Brígida!...
BRÍGIDA. Primero, tú.
NUÑO. Ya acabé: nada me falta.
BRÍGIDA. Y yo también, pues te dije
que Juan de Albornoz se llama.
NUÑO. ¡Cargue el diablo con la dueña!
BRÍGIDA. ¡Váyase muy noramala
el escudero insolente!
NUÑO. Paz tengamos.
BRÍGIDA. Vaya en gracia;
pero concluye.
NUÑO. ¿Y después?
BRÍGIDA. Pregunta cuanto te plazca.
NUÑO. Bueno..., bueno..., si te empeñas...,
mas pronto la historia acaba.
Quedamos. en que el mancebo
de una sola cuchillada
partió mi frente, y que a tierra
sin decir ni «¡Dios me valga!»
vine de un golpe... Miró
(Pequeña pausa.)
hacia el fondo de la estancia...,
la tea apagó en el muro...;
después, sombras..., después, nada...
Perdí el sentido. Más tarde
dicen que se halló esta daga
junto a Violante, que, herida
en el pecho y desmayada,
era escultura yacente
al pie de rota ventana.
BRÍGIDA. ¿Y después?
NUÑO. ¡Viven los cielos,
que esta dueña no se sacia!...
BRÍGIDA. Hasta que no llego al fin.
NUÑO. Por muerta ya la contaba;
pero se empeñó el marqués
en que fuese de Moncada
marquesa.
BRÍGIDA. ¿Y qué?
NUÑO. Los casaron.
Violante casi expiraba;
pero al olor de la boda
resucitó. Cosa extraña:
lo que a un hombre da la muerte,
en las hembras es probada
medicina de salud:
¡resucitan si las casan!
Aún no pasados seis días
del asalto y la. matanza,
y tres de la ceremonia
nupcial, ya Violante entraba
con nueva vida en la vida
y a los veinte, ya apoyada
lánguidamente en su esposo,
por las alamedas anchas
de las márgenes del río,
hermosa, aunque triste y pálida,
iba al declinar la tarde
la marquesa de Moncada.
BRÍGIDA. ¿Y qué más?
NUÑO. ¡Vete al infierno!
Son felices, se idolatran;
tienen un hijo, Fernando:
una pupila, que es Laura;
Un servidor, que es modelo
de paciencia y de cachaza,
y una dueña quintañona,
de Lucifer viva estampa.
BRÍGIDA. ¡Ay Nuño, qué mal me quieres!
¡Ay Nuño, qué mal me tratas!
NUÑO. ¿Quién es don Juan de Albornoz?
BRÍGIDA. ¡Un señor de alta prosapia!
¡Del emperador amigo!
NUÑO. ¿Le conociste?...
BRÍGIDA. En Granada
requirió de amores...
NUÑO. Ya...
BRÍGIDA. Quiso dar su nombre a Laura.
NUÑO. ¿Y ella?
BRÍGIDA. Al principio..., pues no...,
no le puso mala cara;
mas conoció a don Fernando,
y el de Albornoz..., santas pascuas.
NUÑO. Ahora comprendo..., cabal:
por eso ronda la casa.
No sé dónde...; pero, en fin,
yo he visto antes esa cara.
BRÍGIDA. (Mirando hacia dentro.)
Vete, que Laura se acerca.
NUÑO. ¡Esta memoria es, tan flaca!
(NUÑO deja el puñal entre las armas del trofeo y sale.)

ESCENA II
BRÍGIDA y LAURA. Esta última sale por la derecha, primer término.
LAURA. ¿No ha vuelto Fernando?
BRÍGIDA. No.
Dicen que con mucho afán
a probar un alazán
fue a la vega.
LAURA. Le vi yo.
BRÍGIDA. ¿Al marchar le viste?
LAURA. Sí.
Aún no despuntaba el día;
yo, Brígida, no dormía;
en él pensaba... y le oí.
Del lecho al punto salté,
cubrí mis hombros ufana,
abrí ansiosa la ventana
y a la reja me asomé.
Negros estaban los cielos
y la noche silenciosa;
una ráfaga ardorosa
de viento enredó mis velos
en las ramas del rosal
que entre mis rejas dormía...,
y al potro piafar se oía
en las piedras del portal.
Nuño el caballo sacó;
vi después a mi Fernando;
la crin flotando agarrando,
de un salto al potro subió;
grité: «¡Adiós!», y «¡Adiós, mi vida!»,
gritó mirando a la reja;
después por una calleja
salió a carrera tendida.
Otra vez: «¡Adiós, bien mío!»,
exclamé avanzando ansiosa;
mi rostro azotó una rosa
y me bañó de rocío.
Él entre sombras huyó;
yo tras la reja quedé;
mi mano al rostro llevé,
y trazas en él halló
de reciente y triste lloro.
¡Cómo no, si se alejaba
mi Fernando! Mas ¿lloraba?
Es lo cierto que aún ignoro
si aquel llanto matinal
que mis mejillas sintieron,
amargas lágrimas fueron
o perlas de mi rosal.
Mas, lágrimas eran, sí,
que las probó el labio mío,
y no es amargo el rocío,
y amargo gusto sentí.
¿Por qué entre sombras se fue?
¿Por qué estaba negro el cielo?
¿Por qué se rasgó mi velo?
¿Por qué, Dios mío, lloré?
BRÍGIDA. En Madrid, como en Granada,
por la causa más sencilla
baña el llanto la mejilla
de una niña enamorada.
LAURA. Brígida, tienes razón;
mas ¡qué amanecer tan triste!
si de luto, el cielo viste,
¿qué ha de hacer el corazón?
BRÍGIDA. Mientras vuestra mente terca
desdichas está soñando,
tal vez para don Fernando,
una desdicha se acerca.
LAURA. ¿Será posible?
BRÍGIDA. Llegad
de esa ventana al dintel.
(Se acercan BRÍGIDA y LAURA a la ventana y la dueña la obliga a que mire a la calle.)
Bajo el arco botarel
del viejo muro, observad
cómo se detiene y mira
embozado un caballero
con pluma negra al sombrero.
(Pausa.)
Lentamente se retira,
mas ya volverá veloz.
LAURA. ¿Allí dices?
BRÍGIDA. ¿No lo veis?
LAURA. ¿Quién es?
BRÍGIDA. ¿No le conocéis?
Se acerca...
LAURA. ¡Juan de Albornoz!
Ese hombre, ¿qué busca aquí?
BRÍGIDA. Vuestra mano ha pretendido.
LAURA. Que no, cien veces ha oído.
BRÍGIDA. Pues vendrá buscando un sí.
LAURA. Me ofende su terquedad.
BRÍGIDA. Vuestro padre lo deseaba.
LAURA. (Señalando hacia la ventana.)
Comprendió que no le amaba.
y tuvo de mí piedad.
BRÍGIDA. Es poderoso señor
y favorito del rey.
LAURA. No hay para el alma otra ley
soberana que el amor.
ESCENA III
LAURA, BRÍGIDA y FERNANDO, por el foro.
FERNANDO. ¡Laura!
LAURA. ¡Fernando!
(Se acercan uno a otro con amoroso afán.)
BRÍGIDA. La misa
pronto acaba, y la marquesa
y el marqués vendrán...
FERNANDO. Bien, cesa...,
aguarda fuera y avisa.
(Sale BRÍGIDA por el fondo.)

ESCENA IV
LAURA y FERNANDO.
LAURA. ¿Por qué no fijas en mí
tu vista como otras veces?
¿No me escuchas?... ¡No mereces
el amor que puse en ti!
(Pausa.)
Como el despuntar del día
fué nebuloso y fué triste,
tal vez su influjo sentiste.
Quizá su tinta sombría,
en que toda luz se anega,
las nieblas en ti dejaron,
cuando tu rostro azotaron
al galopar por la vega.
Mas al venir la mañana
rasgó el sol los negros velos,
tiñendo los anchos cielos
de oro, de azul y de grana;
que del astro peregrino
todo cede al resplandor;
y en el cielo de tu amor,
cuando empaña algún mezquino
pensamiento su cristal,
voy con angustia observando
que no hay otro sol, Fernando,
que tenga virtud igual.
FERNANDO. Mucho antes de amanecer,
en una abierta ventana
vi yo toda una mañana,
¡todo un sol!, aparecer.
Y como aún su luz sentía
al galopar por la vega,
a la alborada que llega
así orgulloso decía:
«¡No he menester tu arrebol
ni tus celajes de Oriente,
que traigo sobre mi frente
los reflejos de otro sol!
¡Da luz al celeste velo,
pues necesita de ti,
que amaneció para mí
mucho antes que para el cielo!»
(Cambiando de tono.)
Mas al volver, vida mía,
y al mirar a la ventana,
en vez de aquella mañana,
vi noche y noche sombría.
Que el astro giró veloz,
vino a alumbrar otra esfera,
y ansioso su luz espera...
(Con ironía.)
LAURA. ¿Quién?... ¡Di!...
FERNANDO. ¡Don Juan de Albornoz!
LAURA. ¿Tú sabes?...
FERNANDO. Todo lo sé.
Le vi esta casa rondar;
le hice al punto vigilar;
a Granada pregunté;
que de amores me dijeron
en otro tiempo te habló.
LAURA. ¿Y te dijeron que yo...?
FERNANDO. De ti nada me, dijeron.
LAURA. Entonces, ¿por qué tu mente
sin fundamento se exalta?
FERNANDO. Es que una duda me asalta;
duda propia de un demente,
duda implacable, cruel,
que jamás nadie ha sentido...
Si yo no hubiese existido,
¿le hubieras amado a él?
LAURA. Pero ¡eso es ya delirar!
FERNANDO. ¡Deliro porque te adoro!
LAURA ¿Y por quién, ingrato lloro?
FERNANDO. ¿Nunca le empezaste a amar?
LAURA. ¡Y me pregunta el impío!
FERNANDO. Goza del rey el favor;
noble, rico, gran señor...
LAURA. Gran señor, pero no mío.
Tu Laura otro dueño acata;
otro su obediencia obtiene,
y por tan suya la tiene
que como a esclava la trata.
FERNANDO. ¿Mi esclava dices? ¡Cruel!
Busca angustioso el aliento
una ráfaga de viento
porque se apaga sin él.
Los ojos un luminar
buscan en el cielo puro,
que siempre en espacio oscuro
pena tienen de cegar.
Busca el oído afanoso,
porque el silencio es su muerte,
algún eco que despierte
otro eco en él misterioso.
Y yo te pregunto, Laura:
¿esclava es la luz del día,
es esclava la armonía,
y es también esclava el aura,
o son los ojos, que ciegan
si la luz no resplandece,
el oído que ensordece
cuando sus notas le niegan
melodiosos mensajeros,
y el aliento que se apaga
si el aire en torno no vaga,
los esclavos verdaderos?
LAURA. ¿Y qué fueran, vida mía,
sin un ser que los amase
y su vida les prestase,
los aires y su armonía,
de las auras el aliento,
y aun ese sol que Dios mismo
encendió sobre el abismo
en el ancho firmamento?
¿Qué fueran? Materia inerte
en noche eterna aventada;
un escarnio de la nada
y un reflejo de la muerte.
Pues esto será mi amor
si la hiere tu desvío;
conque di, Fernando mío,
si hay esclavitud mayor.

ESCENA V
LAURA, FERNANDO y BRÍGIDA. Esta última, por el fondo, precipitadamente.
BRÍGIDA. ¡Ya vienen!...
FERNANDO. ¿Y qué me importa?
Es forzoso terminar.
Palabras quiero excusar,
que más tregua no soporta
mi delirio.
(Arrodillándose ante LAURA y apoderándose de una de sus manos.)
¡Te idolatro!
LAURA. ¡Fernando!... (Instando para que se levante.)
No.
BRÍGIDA. ¡Por favor!...
(Asomándose a la puerta del fondo.)
¡Doña Violante!... ¡El señor!...
(Aparte.)
¡Allá se entiendan los cuatro!
(Sale BRÍGIDA huyendo por la derecha.)

ESCENA VI
DOÑA VIOLANTE, LAURA, FERNANDO y DON RODRIGO. DOÑA VIOLANTE y DON
RODRIGO se detienen en la puerta del foro. FERNANDO, siempre a los pies de LAURA.
LAURA. (A FERNANDO, en voz baja.)
¡Ellos!...
RODRIGO. (A DOÑA VIOLANTE.)
¡Mira!...
LAURA. (A FERNANDO, como antes.)
¡Nos han visto!
FERNANDO. (En voz alta.)
Mi esposa, Laura, serás.
LAURA. Calla, Fernando; no más.
VIOLANTE. ¡Laura!...
(LAURA corre al encuentro de DOÑA VIOLANTE y se abraza a ella, avergonzada.
FERNANDO se pone en pie; DON RODRIGO avanza lentamente.)
RODRIGO. Basta. ¡Vive Cristo,
que asombra su atrevimiento!
FERNANDO. ¡Madre... señor..., yo la amaba,
eterno amor le juraba,
y reitero el juramento!
RODRIGO. ¡Que aquesto, Dios de piedad,
en mi propia casa ocurra,
y que él sea quien incurra
en tamaña liviandad!
FERNANDO. Señor...
RODRIGO. ¡Silencio, insensato!
Y tú, ¿de quién aprendiste,
(A LAURA.)
cuando a mi casa viniste,
esa falta de recato?
LAURA. ¡Perdón!
VIOLANTE. Basta ya, Rodrigo.
RODRIGO. Harto mi enojo modero:
que es preciso, ser severo
con la juventud, te digo.
(A VIOLANTE.)
VIOLANTE. Se aman.
RODRIGO. ¿Se aman?... Poco a poco...
FERNANDO. Anhelo hacerla mi esposa.
RODRIGO. ¿Y la harás también dichosa?
Pero aun así, pobre loco,
con nueva razón te arguyo:
si el honor de esa mujer
tu propio honor ha de ser,
cuídalo como a honor tuyo
y también como a honor mío:
las hembras de mi linaje
ni al mismo sol vasallaje
rinden; que el sol es sombrío
si al resplandor se compara
de su virtud y pureza.
(A DOÑA VIOLANTE.)
Levanta tú la cabeza;
(A FERNANDO.)
Mira a tu madre a la cara.
Si sombra de liviandad,
siquiera en el pensamiento,
tan sólo por un momento
manchara la honestidad
(atended y no os asombre),
de hembra soltera o casada
de la casa de Moncada,
o que llevase este nombre,
en sangre del corazón,
esposo, padre o hermano,
o ella misma con su mano,
ahogara la tentación.
Y aun os pudiera añadir
que esta noble espada lleva,
(Señalando la que tiene al costado.)
dentro de su puño, prueba
que bien pudiera servir
a las hembras de memoria
a la vez que de escarmiento.
Pero no es de este momento
el relato de la historia.
FERNANDO. ¡Padre!...
(Acercándose a DON RODRIGO y hablándole en tono suplicante.)
RODRIGO. Tu esposo será;
yo mi palabra te doy.
FERNANDO. ¡Gracias!... (Con efusión.)
LAURA. ¡Dios mío!
(Abrazando, en un arranque de alegría, a DOÑA VIOLANTE.)
RODRIGO. Mas hoy
él de esta casa saldrá;
(Señalando a FERNANDO y dirigiéndose a DOÑA VIOLANTE.)
que no es bien estén unidos,
con tan inflamable pecho
los dos bajo el mismo techo,
los esposos prometidos.
FERNANDO. Padre...
RODRIGO. Cesa en tu porfía.
Idos ambos... Por allí...
(Señalando a la derecha.)
FERNANDO. (A DON RODRIGO.)
¿Ha de ser mi esposa?
RODRIGO. Sí.
LAURA. ¡Qué feliz soy, madre mía!
(FERNANDO estrecha la mano a su padre, LAURA abraza a DOÑA VIOLANTE,
FERNANDO y LAURA miran con amor y salen por la derecha, pero por puertas distintas.)

ESCENA VII
DOÑA VIOLANTE y DON RODRIGO.
VIOLANTE. Eres por demás severo
con nuestro...
RODRIGO. Di.
VIOLANTE. Con Fernando.
RODRIGO. ¡Violante!... ¡Ya estás llorando!
VIOLANTE. No le quieres.
RODRIGO. Sí le quiero.
Es noble su corazón
pero atropella por todo,
y he de ver si encuentro modo
de domar su condición
rebelde, terca y bravía.
Si yo no fuese su padre,
si no tuviese por madre
la dulce Violante mía,
la del alma tierna y pura,
¡vive el Cielo!, que creyera
que lo engendró alguna fiera
en horas de calentura.
VIOLANTE. ¡Él!...¡Fernando!... ¿Qué dijiste?
¡Soy su madre!... ¡Yo le adoro!
¡Es mi dicha, mi tesoro!...
(Conteniéndose y cambiando de tono por un esfuerzo supremo.)
Soldado, aun niño, le hiciste,
robándole a mi cariño,
y hoy vemos con extrañeza,
tú su indómita fiereza,
yo siempre el alma del niño.
Que es fiera su condición
me dices, y harto lo veo,
pero tal fué tu deseo
al formar su corazón.
¡Sobre el cráter de un volcán
(Animándose por grados y hablando más para sí que para DON RODRIGO.)
pasa flotante neblina;
el negro abismo fulmina,
cual encendido huracán,
llamas que ciñen audaces
la neblina transparente,
quemando su pura frente
con sus caricias voraces!...
¡Qué ser tan extraño luego
de allí raudo el viento arranca,
mezcla de neblina blanca
y de vapores de fuego!
RODRIGO. Bien tu intención se adivina,
a lo que yo voy pensando:
el alma de tu Fernando
es la flotante neblina,
y ese fuego que la tierra
extiende a su aldededor
será la guerra.
VIOLANTE. Señor...,
tú lo dijiste..., ¡la guerra!
Y sin que yo más arguya,
no la condición bravía
de la dulce prenda mía
te enoje: no es culpa suya.
RODRIGO. Quiero a tu ruego ceder,
que no es mi pecho de roble,
y honrado ha de ser y noble
quien de ti recibió el ser.
VIOLANTE. Que en la virtud y el honor
busque Fernando modelo
en ti siempre, quiera el Cielo.
RODRIGO. (Acercándose a ella con cariño.)
¡Mi Violante!...
VIOLANTE. (Lo mismo.)
¡Mi señor!

ESCENA VIII
DOÑA VIOLANTE, DON RODRIGO Y GARCÉS.
GARCÉS. Un hidalgo que ha llegado,
veros pretende, y espera;
que su nombre me dijera,
le supliqué, y me ha negado.
RODRIGO Pero ¿es hidalgo?
GARCÉS. Si el porte
prueba por sí la hidalguía,
hidalgo de más valía
no ha de encontrarse en la corte.
RODRIGO. No es justo hacer esperar
a un hombre de tal valer.
Haz a ese hidalgo saber
que puede hasta aquí llegar.

ESCENA IX
DOÑA VIOLANTE, DON RODRIGO y DON JUAN. Este último aparece en la puerta del
fondo, y en ella se detiene un momento.
VIOLANTE. Adiós, Rodrigo.
(Se despide del MARQUÉS y llega hasta la puerta de la derecha.)
JUAN. (Desde el fondo.)
Señora...
VIOLANTE. (Aparte.)
¡Esa voz!... ¿Qué voz es ésa?...
(DOÑA VIOLANTE se detiene y se vuelve hacia DON JUAN. Este avanza hasta llegar a
colocarse en primer término. Los actores, en el orden siguiente: cerca de la puerta de la derecha, primer término, DOÑA VIOLANTE; a la izquierda, DON JUAN; entre ambos, DON RODRIGO.)
JUAN. Si por dicha a la marquesa
estuviese hablando ahora,
yo suplicarla osaría
que este salón no dejara
y que benigna escuchara
con el marqués la voz mía.
VIOLANTE. (Aparte.)
¡Ese avento..., ese semblante!
¡Qué recuerdos, ay de mí!
JUAN. ¿Atendéis mi ruego?
VIOLANTE. Si.
(Acercándose al centro hasta quedar junto a DON RODRIGO.)
JUAN. Pues que me encuentro delante,
por mi estrella afortunada,
y en uno son dos honores,
de los muy nobles señores
y marqueses de Moncada,
previo su consentimiento
expondré mi pretensión.
RODRIGO. Antes en aquel sillón
tomad, buen hidalgo, asiento.
(DOÑA VIOLANTE y DON RODRIGO se sientan en los dos sillones de la derecha; DON
JUAN, en el sillón de la izquierda. Pausa.)
JUAN. Del rey, mi señor augusto,
orden cumpliendo sagrada,
tres años ha que a Granada
llegué. No fue por mi gusto,
mas fue en hora venturosa;
que en sus cármenes floridos,
asombro de los sentidos,
vi la mujer más hermosa
que forjó la fantasía.
¡Era una hurí mahometana,
era una virgen cristiana,
era Laura de Mejía!
VIOLANTE. ¡Laura!
JUAN. Laura; y de tal suerte,
ha dominado mi ser
el amor de esa mujer,
que ella es mi vida o mi muerte.
Mi vida, si al fin rendida
entre mis brazos la veo;
mi muerte, si mi deseo
no ve su dicha cumplida.
A Mejía la pedí,
y a mi súplica accedió;
pensé alcanzarla, mas no,
que de nuevo la perdí.
¿Cómo? Sus padres murieron;
quedó Laura abandonada;
los marqueses de Moncada
sus nobles tutores fueron;
partió la niña llorosa,
maldije la estrella mía...,
y hoy a Laura de Mejía
vengo a pedir por esposa.
VIOLANTE. (Aparte y mirando fijamente a DON JUAN.)
En los rasgos de esa faz
y en los ecos de esa voz...
RODRIGO. ¿Y os llamáis?
JUAN. Juan de Albornoz,
segundo conde de Orgaz,
VIOLANTE. (Levantándose con ímpetu, retrocediendo hacia la derecha, como si huyese de
DON JUAN, y ocultando el rostro entre las manos. A pesar de las indicaciones que preceden, la actriz interpretará este momento como crea oportuno.)

¿Orgaz ha dicho?... ¡Ese nombre!...
JUAN. (En voz baja.)
En verdad que no comprendo...
(Levantándose.)
VIOLANTE. (Aparte.)
¡Él es, sí!... ¡Ya lo estoy viendo!
(DON RODRIGO se dirige hacia ella y procura tranquilizarla.)
RODRIGO. Su turbación no os asombre,
(A DON JUAN.)
que el título que lleváis
a su memoria presenta
de cierta noche sangrienta
la imagen.
JUAN. Si recordáis
que mi padre y mi señor,
contra el comunero audaz
tomó por asalto a Orgaz
por su rey y emperador,
que comprenderéis no dudo,
sin asombro ni extrañeza,
mí título de grandeza
y el castillo de mi escudo.
RODRIGO. Cuando sepáis que mi esposa
en el castillo de Orgaz,
vuelta al peligro la faz,
aquella noche horrorosa
morir a su padre vio,
y que el hierro ensangrentado
de un implacable soldado
su propio pecho rasgó,
comprenderéis, señor conde,
por qué se aleja espantada
la marquesa de Moncada
y por qué su rostro esconde.
JUAN. ¿Aquella noche fatal...
ella estaba..., estaba allí?
¿Y vertió su sangre?...
(Con profunda emoción y señalando a la MARQUESA al decir «ella».)
RODRIGO. Sí.
(DON JUAN da algunos pasos hacia DOÑA VIOLANTE. DON RODRIGO se dirige al
trofeo y toma el puñal que limpiaba NUÑO al comenzar el acto, y que dejó en dicho trofeo al salir. DON RODRIGO, con el puñal en la mano, se acerca a DON JUAN y se lo muestra.)
Ved el hierro.
JUAN. (Aparte.)
¡Mi puñal!
(DON RODRIGO vuelve a dejar el puñal en su sitio. DON JUAN y DOÑA VIOLANTE se
miran desde lejos con expresión que los actores interpretarán como juzguen oportuno.)
VIOLANTE. (Aparte.)
¡Es él!
JUAN. (Aparte.)
¡Cielo santo, es ella!
¡Otra vez en mi camino!
VIOLANTE. (Aparte.)
¡Ay, por mi negro destino!
JUAN. (Aparte.)
¡Ay, por mi fatal estrella!
RODRIGO. (Después de dejar el puñal en el trofeo, vuelve a colocarse entre DON JUAN y DOÑA VIOLANTE.)
Erais muy niño sin duda
cuando ese puñal rasgaba
de la mujer que yo amaba
el seno, y esto os escuda.
De ese crimen, noble conde,
vuestra edad y condición
os absuelven con razón.
Mas si vuestra casa esconde,
y esto pronto lo sabré,
al autor de tal proeza,
o me entregáis su cabeza,
o su cabeza tendré.
JUAN. Mal van ya mis esperanzas,
y mal van mis alegrías,
si en vez de hallar simpatías,
odios encuentro y venganzas.
Acatando adversa ley
pronto me veréis partir;
mas antes debo cumplir
la voluntad de mi rey.
De mi rey, que guarde Dios,
este pliego he recibido,
(Saca un pliego.)
y al entregarlo he cumplido
mi misión, que es para vos.
(Lo entrega ceremoniosamente a DON RODRIGO.)
RODRIGO. A cuanto en el pliego ordene
el monarca soberano
me someto de antemano.
JUAN. Ved lo que el pliego contiene.
RODRIGO. Quien es cual yo caballero,
al rey debe hacienda y vida;
por mucho que el rey me pida,
suyo es todo.
JUAN. Así lo espero.
(DON, RODRIGO abre el pliego y lee atentamente. Pausa.)
RODRIGO. En carta para mí honrosa,
(Inclinándose.)
que a doña Laura Mejía,
ahijada y pupila mía,
os conceda por esposa
me ordena el emperador.
VIOLANTE. (Aparte, a DON RODRIGO.)
Tu palabra está empeñada.
JUAN. ¿Y contesta el de Moncada?
RODRIGO. Que es imposible, señor.
(Con extremada cortesía y con expresión de sentimiento.)
JUAN. De obediencia haciendo alarde,
os negáis a obedecer.
RODRIGO. La obediencia no es deber,
(Con energía.)
si llega el mandato tarde.
JUAN. Del rey en nombre lo exijo.
RODRIGO. Y yo en mi nombre lo niego.
(Movimiento de DON JUAN.)
Ya cedí al amante ruego...
JUAN. ¿De quién?
RODRIGO. ¿De quién?... ¡De mi hijo!
JUAN.
Pues es vuestro, bien podéis
recogerle la promesa.
RODRIGO. ¿Sólo porque a vos os pesa?
JUAN. Porque al rey obedecéis.
RODRIGO. No hay obligación que infame;
(Con creciente vigor.)
es, conde, siempre sagrada
la palabra de un Moncada
mientras hay quien la reclame;
y no es justo, ¡vive Dios!,
que los míos me hallen menos
honrado que los ajenos,
ni por el rey ni por vos.
JUAN. Razón tenéis; mas llamad
a Fernando, que al fin es,
como vuestro, leal; después,
ese pliego le mostrad,
y no dudéis que a su amor,
poniendo el deber por dique,
gustoso no sacrifique,
ante una ley superior,
juveniles fantasías.
RODRIGO. Es el consejo prudente.
VIOLANTE. (Aparte, a DON RODRIGO.)
¡Vas a poner frente a frente
las amorosas porfías
de ese insensato, escuchando
al uno y otro rival!
¿Olvidas la sin igual
fiereza de mi Fernando?
RODRIGO. (Aparte, a DOÑA VIOLANTE.)
No temas, no ha de venir.
JUAN. ¿Qué resolvéis?
RODRIGO. Este pliego
mostrar a Fernando.
JUAN. ¿Y luego?
RODRIGO. A él le toca decidir.
Dignaos, conde, esperar,
que muy pronto ha de volver.
VIOLANTE. Y yo entre tanto he de ser
quien ocupe tu lugar;
y mostrar al conde espero
que tu ausencia nada empece
para honrar... como merece
a un tan noble caballero.
(Sale DON RODRIGO, inclinándose ante DON JUAN.)

ESCENA X
DOÑA VIOLANTE y DON JUAN. DOÑA VIOLANTE, después de seguir con la vista al
MARQUÉS y de cerciorarse de que ha salido, se acerca a DON JUAN.
VIOLANTE. En una noche funesta,
tras un combate sangriento,
de un incenciado, castillo
por los salones huyendo,
iba una noble doncella
seguida de un escudero;
detrás, la muerte y las llamas
y los vencedores ebrios.
A una estancia donde sólo
los rayos puros y trémulos
de la luna penetraban,
llegaron ya sin aliento
la acongojada doncella
y el bravo y fiel escudero.
Después..., después...
JUAN. Basta ya.
VIOLANTE. Después penetró un mancebo
con una antorcha en la mano
humeante, el desnudo acero...
JUAN. ¡No más!
VIOLANTE. Escuchadme, conde,
y recordad.
JUAN. ¡Bien recuerdo!
La estancia toda sombría...,
pintados vidrios el hueco
llenando de ancha ventana...
al través los mil reflejos
de la luna, suspendidos
entre dos hermosos cielos,
el del espacio allá fuera,
el de una mujer adentro...
¡Perdón, señora, perdón!
VIOLANTE. Así con lloroso acento
gritó la mujer, y en vano:
No quiso escucharla el Cielo.
JUAN. Vos lo habéis dicho, señora:
estaba el vencedor ebrio;
un rayo vio de hermosura
rápido pasar huyendo,
y el alma se le abrasó
de aquel rayo con el fuego,
más que con las llamaradas
de los torreones soberbios.
VIOLANTE. ¡Orgaz, de infamia castillo!
JUAN. ¡Orgaz, castillo funesto!
¿Por qué la vi tan hermosa
al resplandor del incendio?
VIOLANTE. Conde...
JUAN. ¡No más, por favor!
VIOLANTE. Es, noble conde, que quiero
hablaros de mi Fernando,
y antes de evocar debemos,
aunque en el alma nos hieran,
los vuestros y mis recuerdos.
La mujer pudo arrancar
con desesperado esfuerzo
aquel puñal, que en el cinto
(Señalando el puñal del trofeo.)
llevaba el noble mancebo,
y vengador de su honra
clavólo en su propio seno.
¿Y después, conde?... ¿Y después?
¡Que aquí la memoria pierdo!
JUAN. La levanté entre mis brazos...
VIOLANTE. Es, verdad..., sí...
JUAN. Marché ciego...;
llegamos a la ventana;
rompí un cristal; dio de lleno
sobre su rostro la luna;
estaba pálido y yerto.
Espantado la solté;
cayó sobre el pavimento,
y, sin volver la cabeza,
de mí mismo salí huyendo.
VIOLANTE. Y allí quedó una mujer
en sangre bañado el pecho;
tinieblas en derredor,
tinieblas en su cerebro:
en la ventana un cristal
roto, y allá desde el cielo
un blanco rayo de luna,
como fantástico engendro
de la noche, acariciando
con sus pálidos reflejos
de la víctima la frente
y el ensangrentado seno.
JUAN. ¿Y cómo podré borrar
mi crimen?
VIOLANTE. Sólo hay un medio
de que olvide yo y perdone.
JUAN. ¿Cuál es?
VIOLANTE. Arrancar del pecho
la pasión que os avasalla:
a Laura olvidar.
JUAN. No puedo;
pedidme la honra..., la vida...,
¡qué me importan! Todo, menos
el amor de esa mujer.
VIOLANTE. Yo lo exijo..., yo lo quiero...
¡Del hijo mío es la dicha!
JUAN. ¿Y qué importa el hijo vuestro?
VIOLANTE. ¡Que le importa!...
(Conteniéndose.)
JUAN. Perdonad;
he dicho mal: me arrepiento;
sois sagrada para mí,
que fue mi crimen inmenso;
mas no pidáis imposibles.
VIOLANTE. ¡Don Juan!...
JUAN. ¡Violante, no puedo!
VIOLANTE. ¡Os suplico de rodillas!
(Arrodillándose.)
JUAN. Alzad, señora, os lo ruego.
VIOLANTE. ¡Así os pedía en Orgaz!
JUAN. ¡Me enloquecéis!
VIOLANTE. ¡Por el Cielo!

ESCENA XI
DOÑA VIOLANTE, DON JUAN y FERNANDO. Este último, precipitadamente por la
derecha, segundo término.
FERNANDO. ¡Al de Orgaz tú suplicando!...
¡Tú de rodillas!... ¡Mi madre!
¡Alza!... ¡Se acerca mi padre!
Si él te viese así...
VIOLANTE. ¡Fernando!
Por tu dicha era...
FERNANDO. Lo sé.
Mas ¿para qué suplicar
cuando te basta mandar?
(Dirigiéndose a DON JUAN con fiereza.)
JUAN. ¡Arrogante sois, a fe!
FERNANDO. (A su madre.)
Pues tan venturoso ha sido
que a sus plantas te ha mirado,
has de mirarle postrado...,
¡no!, ¡por mi mano tendido
a las tuyas!
VIOLANTE. ¡Calla!
FERNANDO. ¡Madre!
JUAN. ¿Y cómo?
FERNANDO. Con esta espada.
JUAN. ¿Y quién lo dice?
FERNANDO. Un Moncada.
VIOLANTE. ¡Calla, insensato!... ¡Tu padre!
(Señalando a la puerta de la derecha, segundo término)
¡Calla, insensato!... ¡Tu padre!

ESCENA XII
DOÑA VIOLANTE, FERNANDO, DON JUAN y DON RODRIGO.
RODRIGO. ¿Sabéis, conde, que me exige
la palabra que le di?
JUAN. Pienso, Moncada, que sí.
¿Y vos decís?...
RODRIGO. Lo que dije.
JUAN. Pues perdonad mi porfía;
mas al partir os anuncia
el de Orgaz que no renuncia
a doña Laura Mejía.
(DON JUAN saluda y sale lentamente; al llegar a la puerta se vuelve y saluda de nuevo.
DON RODRIGO le devuelve el saludo, inclinándose. FERNANDO quiere seguirle, pero su madre le contiene.)
TELÓN
Acto Segundo
El teatro representa un salón de la casa de Moncada inmediato al jardín, con el cual comunica
por una gran puerta situada en el fondo, y cuyos árboles se distinguen vagamente en la oscuridad de la noche. A la derecha del espectador, dos puertas: la de primer término conduce a las habitaciones de Laura; la de segundo término, a las de los marqueses. A la izquierda del espectador, y en segundo término, otra puerta mayor que las dos anteriores, y que se supone en comunicación con el vestíbulo. La puerta del fondo estará abierta constantemente, y, de cuando en cuando, se distinguirá el follaje con más claridad, como si lo hubiese iluminado la luna. Contra el muro de la izquierda, y en primer término, un enorme banco-arcón de madera labrada, con brazos, alto respaldo y escudo en el centro; sobre él, algunas armas y objetos para limpiarlas y bruñirlas, como arrojados al azar; además dos bandas. A la derecha, primer término, una mesa, y sobre ella, una lámpara encendida, objetos de labor, un libro y recado de escribir; dos sillones junto a dicha mesa; dos taburetes a la izquierda.

ESCENA PRIMERA
BRÍGIDA, observando por la puerta del foro.
BRÍGIDA. Nada se oye en el jardín;
es la noche muy oscura;
oculta por la espesura,
de aquella alameda al fin,
está la puerta por donde
entre sombras ha salido;
en buena nos ha metido
ese condenado conde.
Mucho tarda: el tiempo vuela,
¡digo!..., ¡si viene Moncada
y averigua que tapada
se fue por la callejuela
sin escudero y sin paje,
sin litera y sin lacayo,
así como de soslayo,
y por detrás del ramaje!...
¡A cada una de las tres
nos va a dividir en dos!
¡Del conde líbrenos Dios...,
y primero del marqués!
La pobre Laura aun ignora
lo que al despuntar el día
se prepara... ¡Virgen mía!
Mas lo supo la señora...
Dicen todos a una voz
que mañana, sin remedio,
se parten de medio a medio
Fernando y el de Albornoz...
No sé si es cierta la cosa;
mas cuando oigo una noticia,
sin que esto arguya malicia,
y sí ciencia provechosa
adquirida con la edad,
a mi costa y a la ajena,
digo: «mentira», si es buena;
si es mala, digo: «verdad».
Un ejemplo: cierto día
dicen que se ha desprendido
un paredón y ha cogido
a mi Lucas: «Virgen mía...»,
grito, y me gritan al punto
que en el hueco que ha dejado
un tesoro se ha encontrado.
¡Corro!..., y estaba el difunto
y el hueco, pero no el oro;
y resulta en conclusión
cierto lo del paredón
y falso lo del tesoro.

ESCENA II
DOÑA VIOLANTE y BRÍGIDA.
BRÍGIDA. (Asomándose de nuevo a la puerta del jardín y escuchando atentamente.) ¡Por vida de Barrabás!
¡Si llega Moncada!... ¡Al fin!...
¡Pasos oigo en el jardín!
Es ella...
(DOÑA VIOLANTE aparece en la puerta del fondo y se detiene, apoyándose en el muro,
como rendida por la emoción y el cansancio.)
VIOLANTE. ¡No puedo más!
(BRÍGIDA le quita el manto con presteza. DOÑA VIOLANTE se levanta y contesta como
distraída a las preguntas de la dueña.)
BRÍGIDA. ¿Era cierto?
VIOLANTE. Cierto, a fe.
BRÍGIDA. ¿Mañana se baten?
VIOLANTE. No.
BRÍGIDA. ¿Quién ha de impedirlo?
VIOLANTE. Yo.
BRÍGIDA. Pero ¿cómo?
VIOLANTE. No lo sé.
BRÍGIDA. ¿Fuisteis a su casa?
VIOLANTE. Sí.
BRÍGIDA. ¿Le visteis?
VIOLANTE. No estaba ya.
BRÍGIDA. ¿Pero vendrá?
VIOLANTE. No vendrá.
BRÍGIDA. ¿Y al de Albornoz?
VIOLANTE. No le vi.
BRÍGIDA. ¿Y ha de ser?...
VIOLANTE. Cuando la aurora
aparezca por Oriente.
BRÍGIDA. ¡Qué juventud, Dios clemente!
¿Y dónde riñen?
VIOLANTE. Se ignora.
BRÍGIDA. Es decir, que no hay manera...
VIOLANTE. ¿No ha de haberla, desdichada?
Y le arrancaré la espada
de la mano cuando quiera.
BRÍGIDA. ¿Tanto podéis?
VIOLANTE. ¡Sí, por Dios!
BRÍGIDA. ¡Desarmar la mano impía!...
Pero ¿de quién?
VIOLANTE. (Con enojo.)
¡Todavía!
De cualquiera de los dos.
Basta ya de preguntar.
BRÍGIDA. Es natural interés.
Pronto volverá el marqués...
VIOLANTE. Calla... Déjame pensar.
(DOÑA VIOLANTE muestra gran agitación, y al fin, después de vacilar algunos instantes,
se sienta a la mesa.)
¡Es preciso!... ¡Valor!... ¡Sí!...
¡Perder no puedo un momento!...
¡Se me escapa el pensamiento!
(Se prepara a escribir, pero antes de empezar se vuelve hacia BRÍGIDA.)
Tú no te muevas de allí.
(Señalando hacia la puerta de la izquierda.)
BRÍGIDA. En su rostro lleva escrito
el dolor..., ¡pobre señora!
VIOLANTE. Antes que llegue la aurora
ver al conde necesito.
Mañana fuera ya tarde...
¿Por qué tiemblas, corazón?
¡Escoges, buena ocasión
para mostrarte cobarde!
(Al fin se decide y comienza a escribir.)
BRÍGIDA. El llanto baña su tez.
VIOLANTE. «¡Conde, por la honra perdida
de nuevo os pido la vida
o la muerte de una vez!»
¿Qué ruido es ése?
(Volviéndose.)
BRÍGIDA. No es nada;
aquí estoy yo vigilando.
VIOLANTE. ¡He de salvar a Fernando,
aunque me mate Moncada!
(Sigue escribiendo.)
«Veros quise, y no he podido,
esta tarde. Lo sé todo.
De salir no encuentro modo,
porque espero a mi marido.»
¿Vienen?
BRÍGIDA. No. Poned el fin.
Yo vigilo; descuidad.
VIOLANTE. (Escribiendo.)
«Llave os mando; penetrad
por la puerta del jardín.
Devolved al mensajero
este papel. No es que dude
de vos, conde; mas acude
a mi mente terco y fiero,
enrojeciendo mi faz,
el recuerdo de mi esposo
y el recuerdo vergonzoso
de mi deshonra en Orgaz.»
(Pausa.)
Se confunde mi razón...
¿Me queda algo por decir?
(Escribiendo.)
«Una luz veréis lucir
en la puerta del salón.»
(Nueva pausa.)
¡Olvidé en mi aturdimiento
decirle que es a las doce!
BRÍGIDA. ¿Acabáis?
VIOLANTE. ¡Bien se conoce
toda la angustia que siento!
(Escribiendo.)
«A las doce; después, no...
Vuela el tiempo y fuera tarde.
Dios vuestra existencia guarde
mejor que a mí me guardó.»
Brígida...
BRÍGIDA. ¿Señora?...
VIOLANTE. Ven.
Toma esta carta.
BRÍGIDA. La tomo.
VIOLANTE. Ahora, el manto.
BRÍGIDA. ¿El manto? ¡Cómo!
¿He de ser yo misma quien...?
VIOLANTE. Es preciso.
BRÍGIDA. ¡Está lloviendo!
(Acercándose a la puerta del fondo.)
VIOLANTE. Vive muy cerca el de Orgaz.
BRÍGIDA. ¡Del Cristo divina faz!
VIOLANTE. Esta carta...
BRÍGIDA. Ya lo entiendo.
(A parte.)
Por entenderlo no queda;
si queda, será sin duda
porque con mi ingenio acuda
al remedio, y como pueda...
¡El marqués!
(Mirando por la puerta de la izquierda y ocultando la carta.)

ESCENA III
DOÑA VIOLANTE, DON RODRIGO, BRÍGIDA y NUÑO. DON RODRIGO y NUÑO, por
la izquierda, en traje de calle, precedidos de dos CRIADOS con luces, y seguidos de otro tercer CRIADO; éstos se detienen en la puerta. El Marqués y NUÑO dan los sombreros y las capas al último criado, que desaparece por la izquierda. El Marqués da su espada a NUÑO y se acerca a DOÑA VIOLANTE.
RODRIGO. ¡Violante!
VIOLANTE. ¡Esposo!
RODRIGO. ¿Estás inquieta?
VIOLANTE. No, a fe.
RODRIGO. ¿Tiembla tu mano?
VIOLANTE. No sé...
RODRIGO. Ven; necesitas reposo.
(Aparte.)
Que todo lo sabe infiero.
Tiembla por Fernando... Es madre.
Lucha en mí el amor de padre
con la honra del caballero.
(A DOÑA VIOLANTE, en voz alta.)
Sígueme.
VIOLANTE Rodrigo...
RODRIGO. (Cogiéndole una mano.)
¿Ves?
¡Te abrasa la calentura!
VIOLANTE. De ese jardín la frescura
RODRIGO. Bien, bajaremos después;
y cerca de esa enramada
los dos y Laura, y a más
Brígida y Nuño, verás.
cuán alegre es la velada.
(DON RODRIGO y DOÑA VIOLANTE salen por la derecha, segundo término, precedidos
de los dos criados, con luces. NUÑO, siempre con la espada del Marqués en la mano, intenta seguirlos; BRÍGIDA le detiene.)

ESCENA IV
BRÍGIDA y NUÑO.
BRÍGIDA. Escucha, Nuño, un instante.
Va bien sin ti don Rodrigo,
y va bien sin ir conmigo,
mientras va con él Violante.
NUÑO. (Dejando la espada del Marqués sobre el banco de la izquierda.)
¿Qué me quieres?
BRÍGIDA. Un favor.
pedirte. ¿Ves esta carta?
(Le muestra la de DOÑA VIOLANTE.)
NUÑO. Sí.
BRÍGIDA. (Dudando.)
Pues bien...
NUÑO. Tu historia; ensarta.
BRÍGIDA. (Con misterio.)
Hay que llevarla a un señor.
NUÑO. (Tomando la carta y mirando el sobre. Después se la devuelve a BRÍGIDA.)
Del nombre se han olvidado.
BRÍGIDA. No importa, yo sé quién es.
NUÑO. Puede llevarla Garcés.
BRÍGIDA. Es asunto reservado...
de una mujer.
NUÑO. ¿Y se llama?
¿Laura sin duda?
BRÍGIDA. Perdona;
mi lengua nunca pregona
los secretos de una dama.
Ni de nadie. No es prudente.
Callo, aunque el callar me hastíe.
Aquel que de mí se fíe,
que con mi silencio cuente.
Yo no hablo a tontas y a locas:
¡soy un sepulcro!
NUÑO. Lo creo,
pues siempre una momia veo
enterrada en esas tocas.
BRÍGIDA. ¡Tengamos la fiesta en paz!
NUÑO. ¡Paz a los muertos!
BRÍGIDA. ¡Peralta!
NUÑO. Yo me callo. Pero falta
saber quién es.
BRÍGIDA. (Con misterio.)
El de Orgaz.
NUÑO. ¡Qué dices! ¿El conde?
BRÍGIDA. Justo.
NUÑO. ¡Que me place, vive Cristo!
Jamás de cerca le he visto.
BRÍGIDA. Pues te he dado por el gusto.
NUÑO. Esta roja cicatriz
cuentas atrasadas tiene
con esa cara, y conviene...
En fin, iré.
BRÍGIDA. ¡Soy feliz!
NUÑO. Y a Moncada el de Albornoz
hace pensar en Orgaz;
así lo dice su faz,
aunque lo calle su voz.
BRÍGIDA. Pues mejor, a lo que entiendo,
si a tu señor le interesa.
¿El mismo te ha dicho?
(Con curiosidad.)
NUÑO. Cesa.
Él no me habla; yo comprendo.
(Pausa.)

A media tarde salimos,
en silencio caminamos,
a Madrid atrás dejamos,
y el sol ocultarse vimos.
Los celajes de Occidente
más y más palidecían,
y en el cielo aparecían
las estrellas, lentamente.
Un triste lejano son
llegó en las alas del viento:
de la torre de un convento
quizá el toque de oración.
Detuvimos nuestro paso,
descubrimos nuestra frente,
el toque expiró doliente,
la luz se extinguió en ocaso.
Esta roja cicatriz
mirando estuvo el marqués;
miró este puñal después,
y de la sangre el matiz
tiñó su faz. Nada hablamos;
la cabeza nos cubrimos,
a Madrid la vuelta dimos,
y ya de noche aquí entramos.
(Pausa.)
BRÍGIDA. Bueno, sigue: ya te escucho;
sé que te miró Moncada.
¿Y después?
NUÑO. No ocurrió nada.
BRÍGIDA. ¿Conque eso es todo?
NUÑO. Y es mucho.
Aunque nada nos digamos,
callando nos entendemos,
que en la mirada ponemos
lo que a la lengua negamos.
Venga esa carta. De paje
haré y de dueña.
BRÍGIDA. Pues toma.
NUÑO. Veré al de Albornoz, y a Roma
por todo.
BRÍGIDA. Vaya, buen viaje.
NUÑO. (Volviendo desde la puerta y con cierta malicia.)
¿Es de Laura?
(Mostrando la carta.)
BRÍGIDA. ¡Por mi fe!
NUÑO. Quizá ruega al de Granada
que no le dé una estocada
a su Fernando?
BRÍGIDA. (Con mal humor.)
No sé.
(Sale NUÑO por la izquierda.)

ESCENA V
BRÍGIDA, sola.
BRÍGIDA. Y luego dicen que gruño;
pues ¿no he de gruñir con Nuño?
¡Qué pesado y qué curioso!
No quisiera yo un esposo,
aun cuando me hiciera falta,
como Nuño de Peralta.
Pero, en fin, después de todo
yo me lo arreglé de modo
que hice cuanto quise de él,
porque en el fondo es fiel
y bonachón y sencillo,
y me sirvió el pobrecillo.
Cierto que en lo testarudo
que haya otro cual Lucas dudo,
El maldito paredón
le aplastó sin compasión
todo, menos la cabeza,
que le dejó en una pieza.
Era mucho hombre, ¡ay de mi!
Desde el punto en que perdí
de su regaño el calor,
de mi viudez al dolor,
comprendí lo que valía,
que antes no lo comprendía.
Un murallón, ¡ay mi Dios!,
se interpuso entre los dos:
Una eternidad de llanto
en forma de cal y canto.
¡Y pensar que no hay remedio
estando pared por medio!
Pasos oigo; vuelve ya.
¿Será Nuño? Sí será;
como que el dichoso conde
buscó casa desde donde
contemplar la de su amor.
¡Qué posma es el buen señor!

ESCENA VI
DON FERNANDO, BRÍGIDA y NUÑO.
BRÍGIDA. (Saliendo al encuentro.)
Nuño... ¡Don Fernando! (Deteniéndose al verle.)
FERNANDO. (A BRÍGIDA.)
Vete.
BRÍGIDA. Mal tropiezo tuvo, malo.
FERNANDO. ¿Qué aguardas? Vete, te digo.
BRÍGIDA. Obedezco... (A parte.)
¡Es un leopardo!
(Sale BRÍGIDA por la derecha, primer término.)

ESCENA VII
DON FERNANDO y NUÑO.
FERNANDO. (A NUÑO.)
El fingimiento es inútil.
Desde que el sol en ocaso
hunde su frente rojiza,
hasta que encienden sus rayos
arreboles de la aurora,
¿por ventura ignoras, cándido,
que, girasol de una bella,
de su reja no me aparto,
y que desde allí del conde
la noble morada guardo?
En ella entrar yo te he visto
y salir al breve rato.
¡Mal oficio para viejo!
¡Mal oficio para hidalgo
tomaste, por vida mía!
NUÑO. ¡Que tal escuche!
FERNANDO. ¡Villano!
NUÑO. ¡Ordenes cumplí!
FERNANDO. ¿De Laura?
NUÑO. La carta que me entregaron...
FERNANDO. ¿Una carta dices, Nuño?
NUÑO. ¡Mal haya mi torpe labio!
FERNANDO. ¡Es inútil que lo niegues!
NUÑO. ¿Yo negar? Lléveme el diablo
si sirvo para estas cosas.
Brígida es quien me ha entregado
ese papel; pero creo
que fue de Laura el encargo.
FERNANDO. Dame la respuesta.
NUÑO. ¿Yo?
FERNANDO. Pues hubo carta, es bien llano
que respuesta habrá.
NUÑO. No sé...
FERNANDO. ¡Lo exijo!
NUÑO. En verdad...
FERNANDO. ¡Lo mando!
Pues ella ha de ser mi esposa,
tengo derecho sobrado...
Mas ¿qué me importa, si tengo
mejor derecho en mi brazo
y en este hierro que voy
a hundirte, viejo menguado,
en la garganta, si al punto
no obedeces mi mandato?
NUÑO. Señor..., señor..., de mis canas...
FERNANDO. De tus canas más despacio
hablaremos. Pero dame...,
¡dame el papel entre tanto!
(Le coge violentamente. NUÑO le mira tranquilo y sereno.)
NUÑO. Porque pedirlo podéis,
señor; porque debo darlo,
no porque tema morir,
voy a ceder.
FERNANDO. ¡Pronto!
(NUÑO le entrega el papel, que él coge ansiosamente.)
¡Al cabo!
(Pausa.)
¡Ya lo tengo, y aun vacilo!
¡Valor, corazón menguado!
(Leyendo.)
«A mi poder llegó luego
la carta, y mal me juzgáis
si por ventura pensáis
que, desatentado y ciego,
no he de escuchar vuestro ruego.
Fuera portarme cual ruin,
y soy caballero al fin.
A las doce, recatado
entraré, perded cuidado,
por la puerta del jardín.»
(FERNANDO se detiene y muestra en todos sus ademanes la profunda emoción de que está
poseído. Sigue leyendo, después de una breve pausa.)
«Para obligarme, señora,
invocáis la honra perdida...»
(FERNANDO da un grito terrible; se detiene, vuelve a leer y acaba la carta con ansiedad
creciente.)
«Bien sabe Dios que la vida
diera por borrar ahora
el crimen de aquella hora
en que nubló vuestra faz,
por insensato y audaz,
con niebla de deshonor
y con llanto de dolor
eterno... El Conde de Orgaz.»
(El actor interpretará este momento como crea oportuno.)
NUÑO. ¿Qué tenéis?... ¡Qué palidez!
¡Esa carta!... ¡Don Fernando!...
¡Mi dueño!... ¡No me responde!
¡Tiemblan convulsos sus labios!
FERNANDO. ¡Silencio!
(El reloj de una torre da once campanadas.)
NUÑO. Pero, señor...
FERNANDO. Calla, Nuño... ¿Qué hora ha dado?
NUÑO. De la torre de San Justo,
el eco triste y lejano,
por entre sombras y calma,
once campanadas trajo.
FERNANDO. ¿Once no más? Imposible.
Es medianoche. Hace rato
que la corneja graznó
en el viejo campanario.
¿No ves el cielo qué oscuro?
¿No ves bajarse mis párpados?
Es por el peso del sueño,
no es por el peso del llanto.
Son las doce, no lo dudes.
(Aparte.)
¡Cómo no, si las aguardo!
(Alto.)
¿Lo niegas? Pues mira, terco...
(Le lleva por un brazo hasta la puerta de la derecha, primer termino, y le obliga a mirar
hacia el interior)
¡Mira..., mi Laura..., mi encanto!...
¡Ella viene!... ¡Son las doce!
¡Calla, corazón menguado...,
calla..., que nada sospeche,
o te arranco con mis manos!

ESCENA VIII
DOÑA VIOLANTE, LAURA, FERNANDO y DON RODRIGO. DOÑA VIOLANTE y DON
RODRIGO, por la derecha, segundo término. LAURA y BRÍGIDA, por la derecha también, primer término.
VIOLANTE. ¡Hijo del alma!
FERNANDO. ¡Mi madre!
RODRIGO. (A FERNANDO.)
¿Así cumples mi mandato?
FERNANDO. Pues de enojaros no trato;
voy a retirarme, padre.
(Hace un movimiento para salir.)
RODRIGO. Espera. (Aparte.)
No sé por qué
hoy me duele ser severo.
Si mañana el hado fiero
fatal le fuese... No, a fe;
no está bien mostrar enojos
cuando no los siento ya,
cuando le miran quizá
por última vez mis ojos.
(En voz alta y casi cariñosa.)
Ven, Fernando; de esta casa,
que es tu casa solariega,
nadie la entrada te niega,
con justa medida y tasa,
como lo exige el honor
de quien va a ser tu mujer.
Detén el paso y reposa
aquí en honesta velada,
junto a tu madre adorada
y tu prometida esposa.
(DON FERNANDO deja la capa y el sombrero en un sillón inmediato a la puerta de la
izquierda. Los actores se colocan en el orden siguiente: DON RODRIGO y DOÑA VIOLANTE, en los sillones que están junto a la mesa. LAURA y FERNANDO, en los dos taburetes. BRÍGIDA y NUÑO, en el gran banco de madera de la izquierda. LAURA borda la banda roja: NUÑO limpia la espada de DON RODRIGO; BRÍGIDA saca un libro de rezos; DOÑA VIOLANTE mira con inquietud y ansiedad a la dueña.)
NUÑO. Dame.
(A BRÍGIDA; ésta le da un paño u otro objeto cualquiera.)
Gracias.
BRÍGIDA. Y al acero.
otra vez.
NUÑO. (Limpiando el hierro.)
Es mi afición.
BRÍGIDA. Natural ocupación,
en un tan buen escudero.
NUÑO. Vamos, Brígida, a tener
una velada famosa,
aunque no suceda cosa
que no sucediera ayer.
Yo la tajante a bruñir,
los chicos a enamorar,
los padres a vigilar
y las dueñas... a dormir...
VIOLANTE. (Aparte.)
No pude a Brígida yo
preguntar... ¡Siempre Rodrigo!
BRÍGIDA. (Aparte, a NUÑO.)
¿Conque de carta...?
NUÑO. (Aparte, a BRÍGIDA.)
Te digo
por cuarta vez que llegó.
LAURA. (Aparte.)
¿Por qué no fija sus ojos
en los míos? (Alto.)
¡Ay de mí!
FERNANDO. (Aparte, a LAURA.)
¿Por qué suspiras así?
LAURA. Por tus enojos.
FERNANDO. ¡Enojos!
Velada es ésta en verdad
(Levantando la voz.)
que ensancha mi corazón;
mira allí nuestra ilusión
(Señalando a sus padres.)
convertida en realidad,
Amor en la juventud
confundió sus corazones;
del cielo las bendiciones
de amor hicieron virtud;
la muerte al fin sin piedad
querrá separar sus vidas:
pero a sus almas unidas
les queda la eternidad.
Bendigamos a la suerte
que tal dicha nos prepara;
unámonos en el ara
por la vida y por la muerte:
tú con esposo leal
y yo con esposa pura...
¡No temas..., es ya segura
nuestra dicha terrenal!
(Con sarcasmo mal contenido.)
LAURA. ¡Esa mirada..., ese acento!
VIOLANTE. Eres injusto, Fernando...
RODRIGO. ¿Por qué razón, cómo o cuándo?...
FERNANDO. ¡Porque me embriaga el contento!
Pero escucha, Laura mía:
si por aquella a quien ama,
cuando es honrada la dama,
toda su sangre daría
este pobre corazón,
bendiciendo su destino,
¡ay si encuentra en su camino
una sombra de traición!
LAURA. ¡En confusiones me pierdo
al escucharte!
FERNANDO. No es nada.
Es que miro aquella espada
que limpia Nuño, y recuerdo
que mi padre me contó
una historia de amargura,
que la limpia empuñadura
por muchos años guardó
en su centro taladrado.
RODRIGO. Es la historia provechosa.
FERNANDO. Por lo menos es curiosa.
BRÍGIDA. ¿Y hace mucho que ha pasado?
FERNANDO. Mucho.
BRÍGIDA. Déjame mirar
ese extraño hierro, Nuño.
FERNANDO. Pero el misterioso puño
aun se puede aprovechar.
RODRIGO. Ocupar puedes a fe
aquesta alegre velada,
refiriendo de mi espada
el origen.
FERNANDO. Sí lo haré.
BRÍGIDA. ¿Será una historia de amor?
(A NUÑO.)
NUÑO. Yo no sé lo que será.
RODRIGO. Comienza la historia ya.
NUÑO. (Limpiando el hierro.)
No hay otro acero mejor.
(Pausa. Después, FERNANDO comienza la historia. El MARQUÉS toma un libro de sobre
la mesa y lee atentamente hasta el final de la escena. LAURA sigue su labor, que a veces interrumpe para oír a FERNANDO. NUÑO continúa bruñendo la espada de su señor. DOÑA VIOLANTE se muestra inquieta: ya vuelve la vista hacia el jardín, ya mira con afán a BRÍGIDA.)
FERNANDO. Cuenta una historia olvidada
que cierta bella Beatriz
y un don Álvaro Moncada,
para ella en hora infeliz
para él en hora menguada,
casaron allá en Sevilla,
y era su amor tan ardiente,
que si cruzaban la villa
los señalaba la gente
como a humana maravilla.
Mas todo acaba en el mundo;
en todo se puede hallar
término, y término inmundo:
¡que fondo tiene hasta el mar,
con ser el mar tan profundo!
Lo veis tranquilo y sereno,
y creyereis con trabajo
que no es de cristal su seno;
¡pues de ese cristal debajo
hay doble fondo de cieno!
Mas por Dios que mi memoria
es ya sobrado infeliz;
volvamos a nuestra historia
y a nuestra hermosa Beatriz,
hermosa como una gloria.
Del rey moro de Granada,
cierto príncipe andaluz
llegó con una embajada,
bello cual ángel de luz,
al palacio de Moncada.
A Beatriz enamoró,
mas siempre la halló cruel;
la embajada terminó
y desdeñado el infiel
a Granada se tornó.
Mas ¡qué extraño es el Destino!
¿Por qué Beatriz escondía
en su camarín divino
una carta que tenía
del príncipe granadino?
Probaba la carta aquella,
carta que escribió al partir,
que de la cristiana bella
jamás consiguió rendir
el corazón su querella.
Pero es cosa averiguada
que a veces en el jardín,
bajo una espesa enramada,
y otras en su camarín,
lánguidamente inclinada,
y muchas tras de la reja,
cuando la luz de la luna
el Guadalquivir refleja,
de aquel papel sin fortuna
buscaba la eterna queja.
Era una noche; miraba
tras la reja, cual solía,
la luna que se elevaba;
la carta a veces leía,
y leyéndola lloraba.
Una mano de repente
asió el papel misterioso;
dio un grito la delincuente,
y al volverse, de su esposo
se halló Beatriz frente a frente.
De lo que entre ambos pasó
no llegó al mundo ni un eco,
mas la marquesa... murió.
Con la empuñadura en hueco,
don Álvaro hacer mandó
en Toledo el hierro aquel
que veis en manos de Nuño.
y refirió un paje infiel
que vio a Moncada en el puño
meter sangriento un papel.
Después marchóse a la guerra,
y en una ruda batalla
en la granadina tierra,
sin casco y rota la malla,
a un moro ven que se afierra,
y aunque el moro era valiente,
le mira fijo y ardiente,
le arroja sobre un terruño,
y de aquella espada el puño
le hunde en la sangrienta frente.
Y aquí agrega el narrador
que desde aquella jornada
todo Moncada, en rigor,
en el puño de su espada
lleva el sello de su honor.
LAURA. Triste es la historia y sombría.
FERNANDO. (A LAURA.)
Está pálida tu tez.
BRÍGIDA. (Aparte, a NUÑO.)
¿Conque la carta?
NUÑO. ¡Otra vez!
(Aparte.)
No digo esta boca es mía,
pues respuesta no me exige.
BRÍGIDA. (Aparte, a NUÑO.)
Ya estará la dama ansiosa.
VIOLANTE. (En voz alta.)
Me fatiga hallarme ociosa.
La banda azul...
(A BRÍGIDA.)
BRÍGIDA. (A NUÑO.)
¿No lo dije?
NUÑO. (Aparte)
¡Y que era Laura pensé!
¡Es Violante!
(BRÍGIDA se levanta después de tomar en el banco una banda azul, y con ella se aproxima a DOÑA VIOLANTE. DON RODRIGO, entre tanto, sigue leyendo.)
VIOLANTE. (A BRÍGIDA, en voz muy baja.)
¿Fuiste?
BRÍGIDA. (Bajo, a DOÑA VIOLANTE.)
Fui.
VIOLANTE. ¿Y te contestó?
BRÍGIDA. (Resueltamente, después de dudar algo.)
Que sí.
(Se separa de DOÑA VIOLANTE y vuelve hacia su asiento.)
Lo que contestó no sé,
que respuesta no ha traído.
NUÑO. (A BRÍGIDA, con interés, saliéndole al encuentro.)
¿Fue Violante?
BRÍGIDA. ¡Por piedad!...
¡Yo nada he dicho!
NUÑO. (Insistiendo.)
¿Es verdad?
BRÍGIDA. Pues ¿cómo lo has conocido?
(Pequeña pausa.)
RODRIGO. (Dejando el libro abierto.)
¡Una famosa jornada
y una cimitarra dura!
(Se queda meditando algunos momentos; después cierra el libro, lo deja caer sobre la mesa y
se levanta.)
Aquí acaba la aventura
y aquí acaba la velada.
(Todos se levantan.)
VIOLANTE. (Desde su sitio.)
Adiós, Fernando, hijo mío;
de retirarnos ya es hora.
NUÑO. (Aparte, desde su sitio también.)
¿Será, cual Beatriz, traidora?
LAURA. (A FERNANDO.)
¿Por qué muestras tal desvío?
FERNANDO. (A LAURA.)
¿Desvío? ¡Vanas quimeras!
Siempre tu sombra seré,
y has de verme..., ¡por mi fe!...,
(A parte.)
¡hasta cuando no quisieras!
(FERNANDO se separa de LAURA y se acerca a su madre, y ésta a él, NUÑO viene a
buscar a DON RODRIGO como para recibir órdenes; LAURA se aproxima a BRÍGIDA. De este modo, los personajes forman tres grupos: en el centro, DOÑA VIOLANTE y FERNANDO; a la derecha, DON RODRIGO y NUÑO; a la izquierda, LAURA y BRÍGIDA. FERNANDO, aparte, a DOÑA VIOLANTE.)
¡Adiós, mi madre querida,
limpio espejo en que me veo,
único ser en quien creo,
única fe de mi vida!
(Se separa de su madre, se despide de DON RODRIGO, se dirige a la puerta de la izquierda,
toma la capa y el sombrero y se detiene observando. NUÑO se aparta hacia la derecha, aproximándose a la segunda puerta.)
VIOLANTE. (Aparte, y haciendo un movimiento para seguir a FERNANDO.)
Si mi súplica...
FERNANDO. No, a fe:
(Deteniéndose.)
fuera inútil; yo deliro.
NUÑO. (Desde la puerta de la izquierda, segundo término.)
Alumbrad, Garcés, Ramiro...
RODRIGO. (Despidiéndose de ella.)
Laura...
LAURA. (Acercándose a DOÑA VIOLANTE.)
Madre...
FERNANDO. (Aparte.)
¡Volveré!
(GARCÉS y RAMIRO aparecen con luces en la segunda puerta de la derecha, y por ella
salen, precedidos de aquéllos, DON RODRIGO y VIOLANTE. LAURA y BRÍGIDA salen igualmente por la derecha, primer término. FERNANDO espera a que todos se retiren, y entonces, cautelosamente, pasa al jardín; al desaparecer por la puerta del fondo es cuando dice: «¡Volveré!»)

ESCENA IX
NUÑO. Se dirige lentamente al banco de la izquierda, toma la espada de DON RODRIGO y
queda algunos minutos pensativo. Sin soltar la espada, saca del pecho la carta de DOÑA VIOLANTE.
NUÑO. Esta es la carta. (Pausa.)
Me fué
devuelta al fin por el conde,
y en ella pronto sabré
si el secreto que ella esconde
es el que siempre pensé.
(Se prepara a abrir la carta, pero se detiene,como dominado por una nueva idea.)
Pero ¿qué intentas, villano?
Porque arde en tu fantasía
un pensamiento liviano,
¿prenda que a ti se confía
vas a violar por tu mano?
(Nueva pausa; hace un movimiento para salirpor la derecha.)
Devolveré a esa mujer
aquesta carta fatal.
Pero ¿es éste mi deber?
(Deteniéndose de nuevo.)
Si fuese ella criminal,
su cómplice vengo a ser.
Basta ya de ruin temor
y basta de necio empeño;
pues se trata de su honor,
y es su esposa y es mi dueño,
¡esta carta a mi señor!
(De nuevo se prepara a salir. Otra vez se detiene.)
Mas si aquí está demostrada
la mancha de esa infeliz,
y él la ve... ¡Virgen sagrada!
¡Va a morir como Beatriz
a las manos de Moncada!
¿Dónde, papel que maldigo,
ocultarte? ¿Dó tenerte
que no te tenga conmigo,
que el marqués no pueda verte...
y que te lleve consigo?
(Hablando con la espada.)
Hierro noble, limpio y duro,
vengador de aquel Moncada,
¿sabes de un sitio seguro
en donde una mano honrada
esconda un secreto impuro?
Voy a descubrir si es él
el de la noche fatal;
y entre tanto, hierro fiel,
en tu puño de metal
guarda, guarda este papel.
Pero hasta el punto feliz
en que yo muestre al traidor
esta roja cicatriz,
no digas a tu señor
que es Violante otra Beatriz.
(Guarda el papel en la empuñadura de la espada y sale, llevándose la luz que hay sobre la
mesa. La escena queda sola y a oscuras por breves instantes.)

ESCENA X
DOÑA VIOLANTE. Sale por la derecha, segundo término, lentamente y con la luz; después de mirar a todas partes, cierra la puerta y deja la luz sobre la mesa.
VIOLANTE. Nadie. (Suenan doce campanadas.)
Las doce. ¿Vendrá?
(Acercándose a la puerta del fondo.)
Todo calla en el jardín.
Silencio y sombras. Al fin...
¡Se abrió una puerta!... ¿Será?
Algo se mueve allí enfrente...
Es que el viento agitó el sauce...
(Pausa.)
¿Qué rumor?... (Escucha con afán.)
Es que en el cauce
murmura el agua corriente.
Todo la noche lo esconde
bajo su negro capuz.
Olvidé poner la luz...
(Toma la luz, vuelve a la puerta del fondo y levanta la luz en alto.)
Pasos oigo..., al fin...
(Retrocede hasta la mesa. El CONDE DE ORGAZ aparece en la puerta del fondo, y en ella
se detiene.)
El conde.

ESCENA XI
DOÑA VIOLANTE y DON JUAN.
JUAN. Vengo a cumplir mi promesa.
(DOÑA VIOLANTE apaga la luz y retrocede instintivamente algunos pasos. En voz baja.)
Matáis la luz y quedamos...
VIOLANTE. Bien entre sombras estamos.
JUAN. Como os agrade, marquesa.
Señora... (Da algunos pasos.)
VIOLANTE. Conde, apartad.
JUAN. ¿Dónde estáis, que marcho ciego?
VIOLANTE. Se puede escuchar un ruego
lejos y en la oscuridad,
cuando benigno se escucha,
señor don Juan de Albornoz;
que es muy vibrante la voz
de una madre cuando lucha
por salvar la amenazada
vida del hijo que adora.
JUAN. Todo lo sabéis, señora.
VIOLANTE. Al palacio de Moncada
os hice venir a vos;
si todo no lo supiera,
¿de noche y de tal manera
nos halláramos los dos?
JUAN. ¿Qué me pedís?
VIOLANTE. Que a ese duelo
renunciéis y que salgáis
de Madrid.
JUAN. No me pidáis
lo imposible.
VIOLANTE. Por el cielo!
JUAN. ¡Yo cobarde!
VIOLANTE. (En voz muy baja, desde lejos, suplicante y cruzando las manos.)
¡Por la cruz!
JUAN. ¡Ved que mi honra me pedís!
VIOLANTE. (Sin poder contenerse, alzando la voz y marchando resueltamente hacia DON JUAN.)
¡De honra habláis!... ¡Honra decís!
(Llegando hasta el CONDE.)
¡Mal hice en matar la luz!
¡Veros quisiera la faz!...
¡Sin pedirme la honra mía
la tomó vuestra osadía
en el castillo de Orgaz!
JUAN. ¡Soy un infame!... ¡Lo soy!...
¡Hacéis bien en maldecirme!
Pero ¿qué podéis pedirme
cuando la existencia os doy?
Yo os lo juro por mi fe:
aun a costa de mi vida,
mi espada jamás vencida
de su pecho apartaré.
VIOLANTE. Os creo..., su vida..., sí...,
respetará vuestra diestra;
pero, ¡ay!, ¿y la vida vuestra?
JUAN. ¿Y qué os importa de mí?
(Con extrañeza.)

ESCENA XII
DOÑA VIOLANTE, DON JUAN y FERNANDO. Éste aparece en la puerta del fondo, sin
capa y sin sombrero, o los arroja al jardín, y se detiene, sondeando las sombras con afán.
FERNANDO. (Aparte.)
En el fondo del salón
sombras agitarse veo...
¡De tanto gozo, yo creo
que hoy me salta el corazón!
(Avanza lentamente hacia DOÑA VIOLANTE y DON JUAN, que deben hallarse en primer
término.)
¡Él y la mujer liviana!...
¡Él resiste y ella implora!...
¡Y llora!... Llora, traidora,
que no llorarás mañana!
(Se acerca cada vez más.)
VIOLANTE. (En voz muy baja.)
¡Cruzar con él vuestro acero!
¡Os digo que es imposible!
¡Os digo que fuera horrible!
FERNANDO. (Desnudando el puñal.)
¡Los dos!... Pero ¿cuál primero?
VIOLANTE. (A DON JUAN, Con voz apagada.)
¡Me hacéis apurar las heces
del cáliz de la amargura
FERNANDO. (Ya muy cerca de DOÑA VIOLANTE, se detiene y quiere ver, pero sin conseguirlo. Aparte.)
¡Es la noche tan oscura!
(Da algunos pasos más y coge violentamente a su madre por un brazo.)
¡Pero al fin!
(Con voz terrible.)
VIOLANTE. (Da un grito inarticulado, y dice para sí, con expresión que sólo a la actriz es dado interpretar.)
¡¡Jesús mil veces!!
(DOÑA VIOLANTE procura desprenderse; FERNANDO la sujeta; DON JUAN vaga por la
oscuridad. En toda esta escena, gran rapidez: el grito de FERNANDO: «¡Pero al fin!», el de DOÑA VIOLANTE y lo que sigue, casi simultáneos.)
FERNANDO. (A grito, y terribles.)
¡Hola..., venid..., despertad!...
¡Mis gentes todas, arriba!...
JUAN. ¡No será mientras yo viva!
FERNANDO. ¡Mi venganza presenciad!...
¡No te irás!... (A su madre.)
¡Sufre tu cruz!
¡Don Juan, no huyáis!...
(A su madre, hablándole de muy cerca y oprimiéndola con frenesí.)
¡Quiero verte,
y a él también..., al daros muerte!
¡Acudid todos!... ¡Ya! ¡Luz!...

ESCENA XIII
DOÑA VIOLANTE, FERNANDO, DON JUAN y LAURA, con una luz en la mano, por la
derecha, primer término. FERNANDO da algunos pasos y se detiene.
FERNANDO. (Sin soltar a su madre.)
¡Laura!... ¡Imposible!...
(Se vuelve hacia DOÑA VIOLANTE; ésta se cubre el rostro con las manos; FERNANDO se
las separa con violencia y la mira.)
¡Mi madre!
¡Ojos, cegad!
(La suelta y se cubre la cara con las manos.)
VIOLANTE. ¡Ay de mí!
(Cae de rodillas a los pies de FERNANDO. Los personajes ocupan las posiciones siguientes:
hacia la izquierda, segundo término, adonde han llegado en la lucha anterior, DOÑA VIOLANTE y FERNANDO; éste, en pie, cubriéndose el rostro; aquella, a sus pies; LAURA, a la derecha, primer término, cerca de la puerta por donde salió; DON JUAN, hacia la derecha, cerca de LAURA.)

ESCENA XIV
DOÑA VIOLANTE, FERNANDO, LAURA, DON JUAN, DON RODRIGO, NUÑO Y RAMIRO. Los tres últimos, por la derecha, segundo término; DON RODRIGO y NUÑO, con las espadas desnudas; RAMIRO, con una luz.
RODRIGO. (Desde dentro.)
¡Nuño!... ¡Nuño!...¡Por aquí!...
LAURA. ¡Dios mío!
JUAN. ¡El marqués!
VIOLANTE. (Levantándose rápidamente.)
¡Tu padre!
(Este es el momento en que aparecen DON RODRIGO, NUÑO y RAMIRO; LAURA da un
paso hacia la derecha. DON JUAN la sigue y queda siempre a su lado.)
RODRIGO. (Mirando el grupo que forman VIOLANTE y FERNANDO.)
¿Quién de mi casa la paz
turba y el recogimiento?
¿Quién con torpe atrevimiento...?
(Volviendo la vista hacia ellos.)
¡Laura y el conde de Orgaz!
LAURA. ¡Yo y el conde!... ¡No, por Dios!...
¿Por qué me miráis así?
(A DON RODRIGO.)
¡No hay culpa, señor, en mí!
¡Madre..., Fernando..., los dos
defendedme!
(Corre hacia DOÑA VIOLANTE y FERNANDO como implorando protección.)
FERNANDO. (En voz alta.)
¡Desdichada!
JUAN. (Aparte.)
¡Qué idea!... Sí; Laura es mía...;
salvo a Violante...
(Adelantándose hacia DON RODRIGO y presentándole el pecho. En voz alta.)
La fría
hoja, marqués, de esa espada
hundid en el corazón,
que bien merece la muerte
quien penetró de esta suerte
en vuestra noble mansión.
RODRIGO. Y a la noble casa mía,
¿por qué entre sombras vinisteis?
(DON JUAN vuelve la vista hacía LAURA. DON RODRIGO sigue su mirada.)
¿Por Laura?
JUAN. Vos lo dijisteis.
RODRIGO. ¿Y ella acaso consentía?
JUAN. No, en verdad; pero aun a ser
ella quien me hizo venir,
ni lo pudiera, decir...
RODRIGO. Ni yo lo quiero saber.
(Pequeña pausa.)
Mañana Madrid entero
dirá que el viejo Moncada
halló la noche pasada
en su casa un caballero;
y como en aqueste instante
sólo hay dos damas en ella,
o vino por Laura bella,
o vino por mi Violante.
FERNANDO. ¡No..., jamás..., la madre mía!
RODRIGO. (A FERNANDO.)
¿Qué supones, insensato?
¡Tal dijiste y no te mato!
Si dudara..., ¿viviría?
(Señalando a DOÑA VIOLANTE. FERNANDO abraza a su madre instintivamente, como
para defenderla.)
Laura confiada me fue
(Cambiando de tono y volviéndose a DON JUAN.)
por su padre al expirar,
y su honor he de guardar,
y hoy en peligro se ve.
¡Mas la dejasteis, por Dios,
asaltando mi morada,
inútil para un Moncada,
buena sólo para vos!
LAURA. ¡Yo del conde!
RODRIGO. Es lo prudente,
y lo exijo sin disculpa:
por tu culpa, si hubo culpa;
por ti, si eres inocente.
Conque si sois caballero,
si no os tenéis por villano,
dad a Laura vuestra mano
o desnudad vuestro acero.
JUAN. ¡A mi Laura yo alcanzar!
¡Bien haya mi audacia loca
si consigo de su boca
un sí eterno en el altar!
(Se adelanta hacia el MARQUÉS; éste envaina el acero y le habla en voz baja. DOÑA
VIOLANTE, LAURA y DON FERNANDO forman un grupo.)
LAURA. ¡Yo ser su esposa!... ¡Jamás!
VIOLANTE. ¡Silencio! (A LAURA, con voz suplicante.)
LAURA. (A DOÑA VIOLANTE.)
¿Y él, madre mía?
VIOLANTE. ¡Silencio, y en él confía!
FERNANDO. (Señalando a su madre y dirigiéndose a su lado.)
¡Calla, o la muerte le das!
TELÓN
Acto Tercero
La escena representa un salón del castillo de Orgaz: arquitectura de carácter triste y
sombrío. En el fondo, una gran ventana, dividida por dos columnas muy ligeras en tres claros o ventanas menores. Las tres ventanas, abiertas; por ellas se ve el fondo, completamente oscuro, del cielo. A la derecha del espectador, primer término, una enorme chimenea con fuego; en segundo término, una puerta que conduce a las habitaciones que ha de ocupar Laura; entre la chimenea y la puerta, un trofeo de diversas armas. A la izquierda, dos puertas: la de primer término conduce a las habitaciones destinadas a Moncada; la de segundo término da paso a un corredor que termina en la explanada del muro y que está en comunicación con la escala de la torre. Se supone, además, que entre las habitaciones de Moncada y este corredor hay comunicación directa. Entre ambas puertas, un gran retrato de cuerpo entero que representa a Don Juan cuando era mozo. A la izquierda, primer término, una mesa y un sillón; sobre la mesa, una luz. A la derecha, junto a la chimenea, dos taburetes. Una lámpara pendiente de la bóveda. Es de noche.

ESCENA PRIMERA
ORDOÑO Y MENDO, sentados a la chimenea, cuyo fuego avivan.
MENDO. Mala noche, amigo Ordoño.
ORDOÑO. Mala noche, amigo Mendo.
MENDO. Para este huracán del diablo
está el castillo muy viejo.
ORDOÑO. Las torres se bambolean
desde la almena al cimiento.
MENDO. Al anochecer se hundió
de la muralla un buen lienzo.
¿Bajaste a ver los escombros?
ORDOÑO. Bajé; y el foso está lleno:
si hay quien pretenda asaltar
el castillo, ¡vive el Cielo!,
que ya brecha practicable
lluvias le abrieron y vientos.
MENDO. El foso, por el derribo;
la muralla, por el hueco;
esta torre, por las rejas
que suben de trecho en trecho
del zócalo a la ventana,
y por los monstruos horrendos
de piedras que las adornan
cual fantásticos engendros,
juro que no hay en el valle,
Ordoño, un solo montero
que en cuatro saltos no llegue
a este salón.
ORDOÑO. Ya lo creo.
MENDO. De Orgaz el noble castillo
rinde ya su propio peso,
o del aire las injurias,
o las injurias del tiempo.
ORDOÑO. Mal se apresta a recibir
a su señor y a su dueño;
mal a la bella condesa,
cuando ante sus plantas fiero,
en vez de tender alfombras,
sólo escombros va tendiendo.
MENDO. De la boda bien no auguro.
Pero, en fin..., aviva el fuego.
(Pausa. Avivan el fuego de la chimenea.)
¿Viste la puesta del sol?
ORDOÑO. Toda la tarde allá dentro
pasé arreglando salones,
que son muchos los viajeros:
Albornoz y doña Laura,
por una parte, y agrego
don Rodrigo y la marquesa;
paje, damas, escuderos
además; dueñas sin duda,
venerables por supuesto,
de las que será el castillo
quizá el hermano gemelo,
y cuenta que con la gente
menuda yo nunca cuento.
Me hablas de puesta de sol...
¡Soles a mí!... ¡Por los cuernos
de Satán!
MENDO. Pues yo la vi.
ORDOÑO. ¿Tú la viste? Lo celebro.
MENDO. Desde aquel sitio.
(Señalando a la ventana.)
ORDOÑO. ¡Famoso!
MENDO. Todos los vidrios abiertos,
y allá el ocaso, y el sol
en negras nubes envuelto.
De repente un rojo rayo
las rasgó como un acero,
y vino a dar en la frente
de aquel retrato, de lleno.
ORDOÑO. (Volviéndose sin levantarse tal taburete y mirando el retrato de DON JUAN.)
Albornoz veinte años ha
era un hermoso mancebo.
MENDO. Hermoso, tienes razón;
pero algo triste y siniestro
vi en ese rostro al herirle
del sol el postrer reflejo.
Y no es esto sólo.
ORDOÑO. ¿Hay más?
MENDO. La vista bajé al momento,
y vi del bosque salir,
montado en un potro negro
en blanca espuma bañado,
a todo escape un mancebo,
como ese retrato hermoso,
como el retrato siniestro,
el sol también en su frente,
flotando al aire el cabello.
¿Fue ilusión? Yo no lo sé,
pero ¡era igual al del lienzo!
Sólo que estaba tan pálido,
que con ser humano el cuerpo,
y aquello un cuadro no más,
creyeran todos, al verlos,
vivo al de aquella pintura
y al del negro potro muerto.
Miró al castillo un instante;
hundió sus dos manos luego
en la revuelta melena;
los acicates sangrientos
en los ijares del bruto
clavó, al bruto revolviendo,
y se alejó del castillo
mesándose los cabellos.
Hundióse el sol en ocaso,
en sombras quedó ese lienzo,
y entre las sombras del bosque
perdióse el del potro negro.
ORDOÑO. Mal presagio, si es verdad
que ya rondan caballeros,
castillo que tan mal puede
guardar, por ruinoso y viejo,
hechiceras castellanas
de ojos azules o negros.
(Se oye el ruido del puente levadizo.)
Pero escucha..., cayó el puente...,
(Levantándose y asomándose a la ventana.)
pasan muchos..., serán ellos.
MENDO. Vamos allá. (Se levanta.)
ORDOÑO. Vamos, sí.
MENDO. Se acercan.
ESCENA II
MENDO, ORDOÑO, BRÍGIDA y RAMIRO. Los dos últimos, por la izquierda, segundo
término.
BRÍGIDA. ¡Gracias al Cielo
que llegamos!
ORDOÑO. (A MENDO.)
¡Una dueña!
BRÍGIDA. ¡Qué cansada!... ¡Yo me muero!
Ramiro..., dame tu mano...,
ayúdame... Tú eres bueno...,
(Va caminando apoyándose en RAMIRO.)
dulce..., amable..., complaciente.
Gracias..., gracias...
(Llega a uno de los taburetes e intenta sentarse pero no puede conseguirlo por la rigidez de
sus huesos y el dolor del cansancio.)
¡Ay, no puedo!
No te pareces a Nuño...
(Apoyándose en RAMIRO.)
Al fin...
(Mirando a ORDOÑO y a MENDO, después de sentarse.)
¡Hola, aquí tenemos
dos hidalgos! Dios os guarde.
MENDO. Y Él a vos.
BRÍGIDA. A lo que pienso,
¿sois de la casa del conde?
ORDOÑO. Acertó de medio a medio
la muy venerable dueña.
BRÍGIDA. Pues se acerca vuestro dueño:
conque salid a esperarle.
ORDOÑO. (Aparte, a MENDO.)
Por no ver tal estafermo,
fuera yo a esperar al diablo
a las puertas del infierno.
(Salen ORDOÑO y MENDO por la izquierda, segundo término.)

ESCENA III
BRÍGIDA Y RAMIRO. Éste último hace un movimiento para seguir a los escuderos.
BRÍGIDA. No te vayas, no, Ramiro.
Ven; más cerca.
RAMIRO. (Aparte.)
¡Qué tormento!
BRÍGIDA. Tras de los hombres de guerra
se va siempre tu deseo.
Aún eres niño.
RAMIRO. No tanto.
A Nuño, el buen escudero,
lanza, caballo y espada
preguntad cómo manejo.
Preguntad a don Fernando...
BRÍGIDA. Fácil es. Si no sabemos,
dónde está. Tú ya recuerdas
que el infeliz cayó enfermo
con una fiebre..., ¡qué fiebre!
Que el marqués, terco que terco,
mientras Fernando luchaba
con la agonía en el lecho,
de Laura la voluntad
torció con mano de hierro;
y que al fin, esta mañana,
ella de angustia muriendo
y el de Albornoz de ventura,
se casaron.
RAMIRO. Bien me acuerdo
Pero esta mañana vi
a don Fernando en el templo.
BRÍGIDA. ¿Tú lo viste?
RAMIRO. Sí, por Dios,
pero no más que un momento:
en un pilar apoyado,
casi entre sombras envuelto.
La lámpara de la Virgen,
con resplandores inciertos
a veces iluminaba
aquel rostro triste y bello;
y era tal su palidez,
que pensé un instante al verlo
que estatua de mármol era
que del funerario lecho
de algún sepulcro se alzaba
para reclamar, siniestro,
al conde su bella esposa,
y a Laura sus juramentos.
Un «sí» se oyó en el altar,
se oyó un gemido en el temple,
y del pilar en la sombra
desapareció el mancebo.
BRÍGIDA. Pues se ignora desde entonces
de Fernando el paradero.
Por eso doña Violante,
los amorosos extremos
del desesperado mozo
con mucha razón temiendo,
acompaña a doña Laura
a este castillo funesto,
a pesar de los pesares
y de sus tristes recuerdos.
¿Por eso digo? Además,
otras razones sospecho
que debe tener, Ramiro;
hace días que yo observo
que es la marquesa la sombra
de su esposo. (Pausa.)
Junto al lecho
de Fernando, Nuño y ella
con sigilo y con misterio
hablaron. Lágrimas hubo;
a Nuño quiso el mancebo
en un rapto de furor
matar; mas cayó de nuevo
en el delirio. Ese Nuño...
que habló el marqués yo recelo...;
aquella carta...
RAMIRO. ¿Qué carta?
BRÍGIDA. ¡Miren el mal rapazuelo
y qué curioso!
RAMIRO. Si yo...
BRÍGIDA. Bien que la calpa me tengo.
RAMIRO. En verdad...
BRÍGIDA. ¡Digo que calles!
(Rumor lejano.)
Que al fin han llegado creo.
(Escuchando.)
Ayúdame a levantar.
(Se levanta.)
¡Ay..., que apenas me sostengo!

ESCENA IV
DON JUAN, LAURA, DON RODRIGO, DOÑA VIOLANTE, NUÑO, MENDO, BRÍGIDA
y RAMIRO. Los nuevos personajes entran por la izquierda, segundo término, y se colocan en el orden siguiente, de izquierda a derecha: DON JUAN y LAURA, DOÑA VIOLANTE y DON RODRIGO, NUÑO y MENDO, BRÍGIDA y RAMIRO; estos últimos, ya junto a la chimenea. NUÑO mira al salón con curiosidad; DOÑA VIOLANTE, con espanto; la actriz interpretará como su talento le inspire esta situación difícil.
RODRIGO. Tú desfalleces, Violante.
VIOLANTE. Es el cansancio no mas.
(Aparte.)
¡Pensé no volver jamás!
NUÑO. (Aparte. Mirando el retrato de DON JUAN.)
De aquel retrato el semblante...
JUAN. (A LAURA.)
Voy tu mirada buscando,
y no encuentro tu mirada.
LAURA. Madre..., madre...
(Como huyendo de DON JUAN y acercándose a DOÑA VIOLANTE.)
VIOLANTE. Laura amada...
LAURA. (A DOÑA VIOLANTE, en voz baja)
¿Dónde está..., dó está Fernando?
NUÑO. (A MENDO, en voz baja, señalando el retrato.)
¿Quién es el mancebo aquel
de hermosa y soberbia faz?
MENDO. ¿Quién ha de ser? (Aparte.)
El de Orgaz
cuando mozo.
NUÑO. (Aparte y con alegría.)
¡Al fin!... Es él.
¡Tu instinto, Nuño!
(DON JUAN se aproxima a LAURA y a DOÑA VIOLANTE, y los tres quedan a la
izquierda. MENDO se acerca a BRÍGIDA y a RAMIRO y forman otro grupo a la derecha; en el centro quedan DON RODRIGO y NUÑO.)
Señor...
(A DON RODRIGO.)
¡Lo sé todo..., todo!
RODRIGO. (A NUÑO.)
¿Tú?
NUÑO. ¡Le encontré!... ¡Por Belcebú!
RODRIGO. De la vida del traidor
yo decidiré más tarde
como cumpla a mi derecho.
(DON RODRIGO se separa de NUÑO y se acerca a DOÑA VIOLANTE; los dos, DON
JUAN y LAURA, forman un grupo a la izquierda; siempre a la derecha, BRÍGIDA, MENDO y RAMIRO; NUÑO queda en el centro.)
NUÑO. (Aparte.)
Mientras dormís en el lecho,
yo castigaré al cobarde.
RODRIGO. (En voz alta, dirigiéndose a LAURA.)
Ya mi obligación cumplí;
a noble esposo te doy,
y libre quedo desde hoy
de la palabra que di.
Yo te amparé en tu orfandad
con mi casa y con mi espada;
mas ya cesa de Moncada
la paterna autoridad.
(Dirigiéndose a DON JUAN.)
La tomasteis por esposa
violentando su deseo;
hoy vuestra esposa la veo;
hacedla, conde, dichosa.
Pero tengo corazón,
quiero a esa niña, y si cesa
autoridad que me pesa,
no cesa mi protección.
Una noche os vi asaltar
mi palacio; no os maté,
cual debí, porque pensé
más justo su honor salvar.
(Señalando a LAURA.)
Quizá fuí con Laura duro;
mas la traigo pura y bella:
no me hagáis volver por ella,
porque entraré por el muro.
JUAN. No ha menester en rigor
abrir al muro portillo.
quien ya dentro del castillo
es del castillo señor.
(Inclinándose cortésmente.)
RODRIGO. Violante está fatigada.
JUAN. Yo mismo os conduciré...
RODRIGO. No permito...
NUÑO. (Aparte.)
Volveré.
RODRIGO. Adiós, Laura.
VIOLANTE. (Aparte; abrazando a LAURA.)
¡Desdichada!
(DOÑA VIOLANTE, DON RODRIGO y DON JUAN se dirigen hacia la izquierda, primer
término. LAURA queda en el centro.)
BRÍGIDA. (A MENDO.)
¿Y nosotros?
MENDO. (Señalando la puerta de la derecha.)
Por allí.
JUAN. Pronto, Mendo, ve delante.
RODRIGO. (Despidiéndose.)
Albornoz...
JUAN. (Saludando.)
Doña Violante...
BRÍGIDA. Vamos, Ramiro.
VIOLANTE. (Aparte.)
¡Ay de mí!
Salen por la izquierda, primer término, DOÑA VIOLANTE y DON RODRIGO, y detrás,
NUÑO, precedidos por MENDO, que, al llamarle DON JUAN, se separó de BRÍGIDA y de RAMIRO y tomó la luz que había sobre la mesa. Hasta la misma puerta los acompaña DON JUAN, y en ella queda hasta que desaparecen. LAURA, en el centro. La escena, iluminada tan sólo por la lámpara que pende de la bóveda. BRÍGIDA y RAMIRO salen por la derecha, al mismo tiempo que DOÑA VIOLANTE y DON RODRIGO.)

ESCENA V
LAURA y DON JUAN. DON JUAN,en la puerta de la izquierda, contemplando a LAURA.
Esta, en el centro, sin mirarle; DON JUAN se acerca lentamente.
JUAN. Laura, Laura, ¡compasión
en esta implacable lucha;
y aquí en el silencio escucha
la voz de mi corazón!
(LAURA vuelve la cabeza y le mira un momento.)
Pero hasta haberme escuchado
no fijes en mí los ojos,
no me hables de tus enojos;
recuerdos de lo pasado
de tu espíritu destierra,
y piensa que nunca fue
amada cual yo te amé
mujer alguna en la tierra.
Yo sufro con tu dolor,
yo maldigo mi egoísmo;
mi alma, Lauira; es un abismo,
pero un abismo de amor;
¡tan grande, que ya de todo
me siento por ti capaz!
Vuelva la dicha a tu faz,
y si acaso buscas modo
y término a tu sufrir,
pronuncie tu labio puro,
sólo una vez: «¡Te amo!», y juro
ante tus plantas morir.
Una palabra de amor,
una tan sólo, y después
libre por siempre te ves
de este pobre soñador.
Dime: «¡Te amo!», y caigo inerte;
tan sólo una vez: «¡Te adoro!»
¡no es para secar mi lloro,
es para darme la muerte!
LAURA. ¡Vos morir! No, por mi vida;
muerte yo sola merezco;
yo, conde, que os pertenezco,
y tengo el alma rendida
y rendido el corazón
(escuchad bien) a otro hombre.
Conque, don Juan, no os asombre
si tras esa confesión
necesaria, aunque cruel,
castigo de vos imploro,
por vuestro propio decoro,
para la esposa infiel.
JUAN. ¡No más!
LAURA. Inútil porfía.
Por ventura, ¿he de engañaros?
¿No debo acaso mostraros
tal cual es el alma mía?
JUAN. ¡Basta...,basta..., por piedad!
LAURA. Yo cumplo así mi deber.
JUAN. Calla, Laura.
LAURA. No ha de ser.
JUAN. ¡Me enloqueces!
LAURA. Escuchad.
(Pequeña pausa. LAURA se acerca a DON JUAN.)
Es mi eterna tentación;
ante mí siempre le veo:
ya le finge mi deseo,
ya le evoca el corazón.
Y son mis esfuerzos vanos;
en vano mi honor se afana.
¡Qué más! ¡Si aun esta mañana,
enlazadas nuestras manos,
(Cogiéndole una mano a DON JUAN y acercándose más a él.)
postrados ante el altar,
teniendo a mi Dios delante,
vi su pálido semblante
en la sombra de un pilar!
(DON JUAN se separa de ella, no queriendo oírla; LAURA le sigue con insistencia.)
No basta, no, que sujete
al rebelde pensamiento:
las sombras, la luz, el viento
vida le dan. Un jinete
pensé que nos perseguía
al pasar el bosque ha poco,
y era el pensamiento loco
que otra vcz me le fingía.
¿No veis el retrato allí
(Señalando al retrato.)
de un joven cuya mirada
está en nosotros clavada?
Pues cuando entramos aquí,
al muro la vista elevo,
algo a mi pesar buscando,
y allí estaba mi Fernando
(Señalando al retrato.)
en la imagen del mancebo.
(De nuevo se separa DON JUAN; de nuevo le sigue LAURA.)
¿Qué más, conde? (Y observad
a dó llega mi delirio.)
Pintabais vuestro martirio,
de mí implorabais, piedad
hace poco suplicante;
yo alguna vez os miré,
¡oh insensata!, y encontré
en vuestro propio semblante
(¡se concibe tal locura!)
y en vuestra propia mirada
¡de Fernando reflejada
la varonil hermosura!
¡Por eso hasta el corazón
alguna vez vuestro acento
penetró; por eso siento
por vos, conde, compasión!
JUAN. ¡Compasión harto cruel!
LAURA. Pero no; vana quimera:
la verdad os debo entera.
¡Mi compasión es por él!
¡Por él..., que doquier contemplo!...
¡Sobre las piedras del muro!...
¡En vuestro semblante duro!...
¡En el bosque!... ¡Y en el templo!
JUAN. Pues te falta verle... allí,
en la nada sumergido,
de donde sólo ha salido
para atormentarme a mí.
LAURA. Y a la esposa... ¿Qué escarmiento?...
JUAN. Ninguno, porque ¡te adoro!
(Con voz ahogada.)
¿Ves?... ¡Me escarneces... y aun lloro!
LAURA. Don Juan, llevadme a un convento.
(Con dulzura.)
¡A un convento, por piedad.!
JUAN. ¿Perderte?... ¡Vana porfía;
el mismo Dios te hizo mía
por toda una eternidad!
LAURA. ¡Nunca!
JUAN. Me has visto gemir
y llorar y padecer;
pero ¿sabes tú, mujer,
que resistirme es morir?
LAURA. (Acercándose a DON JUAN.)
Eso quiero.
JUAN. (Alejándose de ella.)
Vete. No...
Vete, Laura.
(Pausa. LAURA, después de contemplar algunos momentos al CONDE, se dirige lentamente
a la puerta de la derecha. NUÑO sale por la izquierda y avanza poco a poco, manteniéndose en segundo término. Al llegar LAURA a la puerta se vuelve a mirar al CONDE; éste la mira también, pero sin acercarse.)
¿Me amarás?
(Tendiendo hacia ella los brazos y con acento de súplica.)
LAURA. ¿Amaros, conde? ¡Jamás!
(Sale.)
JUAN. (Con violencia.)
¿Quién puede impedirlo?
(DON JUAN se precipita hacia la puerta por donde salió LAURA; NUÑO le cierra el paso.)
NUÑO. Yo.

ESCENA VI
DON JUAN y NUÑO.
JUAN. Déjeme paso el villano.
NUÑO. ¿No me conocéis?
JUAN. No, a fe.
NUÑO. Pues yo, buen conde, pensé
que quien partió por su mano,
armada de duro acero,
de un asalto en la ocasión
y en este mismo salón,
la frente del escudero,
al ver esta roja y ancha
cicatriz, recordaría
aquella deuda, y querría
dar al hidalgo revancha.
(DON JUAN le oye desde el principio con atención, y ambos se adelantan hasta colocarse en
primer término.)
JUAN. ¡Aquél!...
(Con extrañeza y curiosidad y como procurando recordar.)
NUÑO. Cabal.
JUAN. ¿Eres tú?...
NUÑO. (Señalando al retrato.)
Preguntad a ese mancebo
y a esta cicatriz que llevo
veinte años, ¡por Belcebú!
JUAN. (Con desprecio.)
¿Y qué pretendes? ¿Matarme?
NUÑO. Ya os lo dije.
JUAN. Estás demente.
Vete a descansar.
NUÑO. Prudente
será, don Juan, escucharme.
JUAN. (Saca la espada con su vaina del cinto y la coloca en el trofeo.)
Si ésta tu sangre vertió,
fue en lucha franca y leal.
NUÑO. Pues en otra lucha igual
vuestra sangre busco yo.
JUAN. ¡Vive el cielo que si salgo
del torreón a la explanada...!
NUÑO. Será mi dicha colmada.
JUAN. ¿Tanto me aborreces?
(Acercándose a él con nueva curiosidad.)
NUÑO. Algo.
JUAN. Yo no desciendo hasta ti.
NUÑO. Hidalgo soy, buen Orgaz,
y está diciendo mi faz
(Señalando la cicatriz.)
que vos pusisteis en mí,
y donde jamás se esconde
y es de nobleza destello,
de vuestras armas el sello;
¡conque iguales somos, conde!
JUAN. ¿Y cómo te llamas?
NUÑO. Nuño
JUAN. ¿Qué más?
NUÑO. Peralta después.
JUAN. ¿Escudero?
NUÑO. Del marqués.
JUAN. ¿Hidalgo?
NUÑO. De viejo cuño.
JUAN. Pues, bien, Nuño de Peralta,
nobilísimo escudero:
a este humilde caballero
ya la paciencia le falta,
y aunque tus timbres se enojen,
si no me dejas pasar,
mis hombres voy a llamar
y a ordenarles que te arrojen
por el muro (que gran maña
tienen para esto mis gentes),
pues con ánimo te sientes
para salir a campaña.
NUÑO. Si aquí no me detuviera
la precisa obligación
de dar castigo a un felón,
por verme bien pronto fuera
de este castillo que es llano
a un noble de tal valer
(Señalándole.)
deshonrar a una mujer
y temblar ante un anciano,
no desde el muro, señor,
desde la torre más alta
saltara Nuño Peralta
de buen grado y sin temor.
JUAN. (Acercándose.)
¿Qué estás diciendo?
NUÑO. ¿Entendéis
por fin, conde, que interesa
al honor de la marquesa
que al escudero escuchéis?
JUAN. Habla claro y diligente:
el de Orgaz te está escuchando;
y por Dios que va pensando
que tal vez será prudente,
por evitar un desliz
de tu lengua desmenguada,
que renueve con su espada
esa vieja cicatriz.
NUÑO. ¿Habéis de opinión cambiado?
JUAN. Habla, y pronto.
NUÑO. Sí hablaré.
JUAN. ¿De aquella escena...?
NUÑO. Guardé,
aunque en mi sangre anegado,
aunque hendida la cabeza,
siempre un recuerdo punzante,
y la carta de Violante
trocó mi duda en certeza.
JUAN. (Con nueva sorpresa.)
¿Tú tienes la carta?
NUÑO. Sí.
(DON JUAN hace un movimiento para acercarse a NUÑO; éste le mira irónicamente.)
Pero en sitio bien seguro.
Si os doy la muerte, yo juro,
pues que vengar conseguí
la deshonra de mi dueño,
la carta al punto rasgar
y vuestra infamia olvidar
como se odvida un mal sueño.
Mas si reñir no os agrada,
al marqués la carta doy,
que ha mucho tiempo que soy
escudero de Moncada,
y mi señor don Rodrigo
no ha de vivir deshonrado
por ella, por mí engañado,
y el burlador sin castigo.
Y como este viejo ignora
(Golpeándose en el pecho.)
lo que es una felonía
y busca da luz del día,
esto que os repito ahora,
esto a la marquesa dije
y a don Fernando en su lecho.
Conque ensanchad vuestro pecho
y ved si por fin elige
ponerse de mí delante,
pero sin más dilación,
a la vuelta del torreón,
o dar la muerte a Violante.
Escoged pronto, don Juan,
o hago avisar al marqués.
(Acercándose con ánimo decidido a la puerta de la derecha.)
JUAN. ¡Calla, insensato!... ¡Después!
NUÑO. (Llamando a dicha puerta de la derecha.)
¡Ramiro!
JUAN. ¡Voto a San!
NUÑO. ¡Ramiro!
JUAN. (Con ira.)
¿Quieres morir?
NUÑO. Nos espera la explanada;
al fin está despejada
la luna. Podemos ir.
JUAN. Ahora no, Nuño. Más tarde.
NUÑO. (Llamando aún en voz alta.)
¡Ramiro!
JUAN. ¡Por vida mía!...
NUÑO. ¡Cómo!
(Acercándose mucho a DON JUAN y mirándole fijamente.)
¿Dudáis todavía?
(Con profundo desprecio.)
¿Os habréis vuelto cobarde?
JUAN. (Le coge con violencia por un brazo y le contempla algunos momentos.)
¡Vamos!...
(Se precipita al trofeo de la derecha y toma la espada que en él dejó, mas con tal ira y
apresuramiento, que deja caer alguna de las armas al suelo. Desnuda la espada, arroja la vaina, se acerca a NUÑO le coge por un brazo y le habla con voz reconcentrada y terrible. A pesar de estas indicaciones, el actor interpretará la escena precedente como juzgue oportuno.)
¿Y al sentir hundido
en la garganta este acero,
recuerde el necio escudero
que él tan sólo lo ha querido!
(Se dirigen DON JUAN y NUÑO hacia la puerta de la izquierda, segundo término; pero
antes de salir aparece RAMIRO en la puerta de la derecha, y en ella se detiene, vacilante, como si no pudiera desprenderse de las sombras del sueño. Al fin, DON JUAN y NUÑO salen con las espadas desnudas.)

ESCENA VII
RAMIRO, solo.
RAMIRO. Una vez, y dos, y tres,
a voces han pronunciado
mi nombre...
(Acercándose a la puerta por donde salieron DON JUAN y NUÑO, y mirando con
extrañeza.)
Pero ¿qué veo?
O el sueño rinde mis párpados,
y en el aire finge seres
con las sombras del espacio,
o por aquel corredor
marchan, la espada en la mano,
dos hombres... ¿Será tal vez
ilusión?... ¡Contornos vagos
van perdiéndose a lo lejos!...
¡Pajecillo fascinado
por los ruidos de la noche
y la quietud del cansancio,
abre los ojos y mira!
¡Despierta, no estés soñando!
(Pausa. Mira a todas partes con afán; escucha a las puertas, se acerca al corredor, después
a la ventana. Luego viene al primer término.)
Nada..., nada..., todos duermen;
tiende la noche su manto
sobre los viejos torreones
del castillo solitario.
Calma y silencio doquiera.
Sólo a lo lejos el paso
del centinela se escucha,
o el viento allá entre los álamos,
o alguna piedra que rueda
por la barbacana abajo.

ESCENA VIII
LAURA y RAMIRO. Sale LAURA por la derecha, segundo término, vestida de blanco,
andando con precaución y hablando en voz muy baja.
LAURA. ¡Ramiro!... ¡Ramiro!...
(Llamándole.)
RAMIRO. ¿Vos?
¿Vos, señora?...
LAURA. ¿Has escuchado
hace poco en esta sala
voces... y gritos extraños...,
ruido de armas al caer
del suelo en el duro mármol?...
¿O eras por ventura tú?
RAMIRO. No en verdad; yo descansando
de las fatigas del viaje
me hallaba, y he despertado
porque tres veces «¡Ramiro!»
con ronco acento gritaron.
Llegué al salón...
LAURA. ¿Y qué viste?
RAMIRO. Yo no sé si vi bien claro...
LAURA. ¿Qué pensaste ver? ¡Concluye!
RAMIRO. Dos hombres que espada en mano
caminaban a la par
del corredor a lo largo.
LAURA. ¡Dos hombres!... ¿Quiénes?
(Alarmada.)
RAMIRO. No sé.
LAURA. Nadie al castillo ha llegado.
¿No es cierto?... Di... Las cadenas
del puente no rechinaron.
RAMIRO. Lo ignoro; ha rato dormía.
LAURA. Yo no he dormido: he llorado...,
y nadie vino.
RAMIRO. ¿Quién sabe?
Uno de los dos...; no trato
de alarmaros; pero creo
que era don Juan.
LAURA. ¿Y Fernando
el otro? (Con angustia.)
RAMIRO. No sé.
LAURA. Imposible.
¡El cielo no es tan tirano!
¡Son demasiadas angustias
para un día! ¡Está colmado
el sufrimiento!... Mas no...
(Mirando por la ventana.)
¡Amanece!... ¡Está más claro!...
(Entiéndase que esto es ilusión de LAURA; no amanece, pero ha salido al fin la luna, y las
tres ventanas y el fondo están iluminados por el resplandor del astro.)
¡Ya no es un día..., ya es otro!
Vete..., Vete..., te lo mando...
RAMIRO. Pero ¿adónde?
LAURA. ¡A todas partes!
Del corredor a lo largo
busca a esos hombres... Pregunta...,
¡pregunta por mi Fernando!
RAMIRO. Doña Laura...
LAURA. ¿Tienes miedo?
Iré yo.
RAMIRO. Nunca he temblado;
y pues lo queréis, señora,
hombres, fantasmas o diablos,
tras ellos he de correr
sin reposo hasta encontrarlos.
(Sale RAMIRO por la puerta del corredor; es decir, por la izquierda, segundo término.)

ESCENA IX
LAURA; después, FERNANDO.
LAURA. En vano quise olvidar;
en vano cerré mis párpados;
siempre ante mí se presenta
la imagen del ser amado.
(Fijando la vista en el retrato de DON JUAN.)
¡Otra vez él!... De las llamas
(Señalando a la chimenea.)
al llegar sobre el retrato
el rojizo resplandor,
en ese joven gallardo
me hace ver... No hay duda..., sí...;
su mirar..., su rostro pálido...
(LAURA queda vuelta de espaldas a la ventana y mirando como fascinada el retrato de
DON JUAN. FERNANDO, vestido de negro aparece en la ventana del fondo, trepando hasta subirse en ella; consiguiéndolo, queda en pie sobre el antepecho de la división del centro, agarrado a una de las columnillas con una mano, dominando la escena, un poco inclinado hacia el exterior de la torre, con la cabeza descubierta, encerrado, por decirlo así, en el marco de la ventana, como lo está el retrato de DON JUAN en su propio marco, y destacándose sobre el fondo claro del paisaje. Pronuncia los versos siguientes sin saltar al suelo:)
FERNANDO. Ya del abismo salí
sobre vosotros trepando,
los que la torre guardáis,
dragones, grifos y endriagos,
y escalas del aire fueron
vuestras melenas y garfios.
¡Monstruos de piedra, que al muro
para rechazar mi asalto
brotabais de entre las sombras,
vencidos quedad abajo,
con las fauces de granito
abiertas al negro espacio!
¡Al fin dentro del castillo!
(Saltando al suelo desde el antepecho de la ventana. LAURA se vuelve y se reconocen.)
LAURA. ¿Quién?
FERNANDO. ¡Mi Laura!
LAURA. ¡Mi Fernando!
(Precipítanse uno hacia otro con amoroso transporte.)
¿Es ilusión del deseo?
FERNANDO. ¡Al fin, Laura, estoy aquí!...
LAURA. ¿Eras el del bosque?
FERNANDO. Sí.
(Se abrazan de nuevo apasionadamente.)
LAURA. ¡Al fin, Fernando, te veo!
¡Me juraban que morías...;
ir a ti no me dejaron...;
hasta el altar me arrastraron...;
te llamaba y no venías!
FERNANDO. Lazos de fuego me ataban
en un lecho de dolor...
y jamás me contestaban!
¡Preguntaba por mi amor
Pero esta mafiana huí...;
en un templo te miré
hacer traición a mi fe...;
por el bosque te seguí...;
un castillo negro y alto,
por entre monstruos de piedra
y agarrándome a la hiedra,
tomé después por asalto...
¡Y al fin ya estoy junto a ti!...
¡Eres mi Laura, mi bien!
¡Mis ojos al fin te ven!
Y ahora, ¡que vengan aquí!,
¡que vengan en su demencia
a arrancarte de mis brazos,
y verán los torpes lazos
que empezó por la violencia
y acabó por la traición
ese conde infame y vil.
rotos en pedazos mil
al golpe del corazón!
LAURA. ¡Silencio, por Dios, Fernando:
puede venir el de Orgaz!
FERNANDO. Yo nunca escondo mi faz;
al de Orgaz vengo buscando.
(Alejándose de ella.)
¡Yo robar a tu pureza,
mujer, en noche callada,
una criminal mirada!
¡Yo en tu divina belleza,
como ladrón que se esconde
el bien ajeno al hurtar,
mis viles ojos saciar
a escondidas de ese conde!
¡Si tal creyera de ti,
si yo tal cosa pensara,
por liviana te matara
y por miserable a mí!
¡A todos llama!
LAURA. ¡Dios mío!
FERNANDO. ¡A todos!
LAURA. (En tono de súplica.)
¡No puede ser!
FERNANDO. ¡Pues bien, yo...!
LAURA. ¿Qué vas a hacer?
¡Silencio..., silencio, impío!
¡Madre!...
(Acercándose a la puerta de la izquierda, primer termino, y llamando en voz baja.)
No temas, Fernando.
¡Madre!... ¡No temas, vendrá;!
la pobre no dormirá;
que bien sé yo que llorando
esta noche de agonía
pasó junto al triste lecho.
VIOLANTE. (Apareciendo en la puerta.)
Laura...
LAURA. ¡Se rasga mi pecho!...
¡El!...
(Acercándose a DOÑA VIOLANTE y extendiendo el brazo hacia FERNANDO.)
VIOLANTE. ¡Fernando!
FERNANDO. ¡Madre mía

ESCENA X
DOÑA VIOLANTE, LAURA y FERNANDO.
VIOLANTE. ¡Tú aquí!... ¡Lo estoy viendo y dudo!
¿Qué buscas?
FERNANDO. (Señalando a LAURA.)
Busco a mi bien:
y si es preciso, también
vengo a servirte de escudo.
VIOLANTE. ¡Templa, por Dios, tu irritada,
delirante fantasía!
LAURA. ¡Fernando!
FERNANDO. No, Laura mía.
VIOLANTE. ¡Fernando!
FERNANDO. No, madre amada.
De esta cárcel de dolor
saldréis las dos a la vez:
(A DOÑA VIOLANTE.)
¡tú, el ángel de mi niñez!,
(A LAURA.)
¡y tú, el ángel de mi amor!
Veréis mi espada sangrienta;
caerá rechinando el puente;
(A LAURA.)
pasarás alta la frente
(A DOÑA VIOLANTE.)
y tú vengada la afrenta.
LAURA. ¡Huye!
VIOLANTE. ¡Vete!
FERNANDO. (A DOÑA VIOLANTE.)
Ten confianza
en la altivez de mi pecho.
VIOLANTE. Yo sola tengo derecho
para pedirte venganza.
(Con energía.)
FERNANDO. ¡Y me rechazáis las dos!
VIOLANTE. ¡Si venganza no te pido
es que Dios no la ha querido!
¡Vete, Fernando, por Dios!
¡De tu pobre madre anega
los ojos amargo llanto!
¡Ella, que te quiere tanto,
en vano a tus plantas ruega!
FERNANDO. Madre..., madre...
VIOLANTE. ¡Compasión!
Pero alguien viene!...
(Volviéndose alarmada hacia la izquierda y explorando con la vista el corredor.)
¡Qué miro!...
FERNANDO. ¿Quién es?
LAURA. ¡Mi paje!
VIOLANTE. ¡Ramiro!

ESCENA XI
DONA VIOLANTE, LAURA, FERNANDO y RAMIRO. RAMIRO entra precipitadamente
por la izquierda, segundo término; viene pálido, descompuesto, volviendo atrás la vista y con un puñal de hoja muy ancha en la mano: el mismo que limpiaba NUÑO en la escena primera del primer acto. Todos le rodean con interés.
RAMIRO. ¡Socorro!... ¡Tras el torreón...,
(Con voz interrumpida.)
al terminar la explanada...,
con un acero hasta el puño
en el pecho..., ¡muere Nuño!
FERNANDO. ¡Muere Nuño!...
RAMIRO. ¡Aunque empañada
ya su voz por la agonía...,
una, y dos veces, y tres...,
preguntó por el marqués:
dijo que verle quería...
Negra pluma de sombrero
rompe con mano convulsa;
moja en la mano que impulsa
la herida; sobre este acero
escribe, que en el puñal,
enmohecido la roja
tinta bien prende; me arroja
la carta al fin de metal,
prohibiéndome que la lea,
y aunque algo más murmuraba
yo comprendí que deseaba
que don Rodrigo la vea.
¿Dónde está el marqués?... ¡Señor!
(Llamando.)
Don Rodrigo!...
FERNANDO. (Pidiéndolo.)
¡Ese puñal!...
VIOLANTE. ¿Qué dirá?
(A FERNANDO, con angustia y en voz baja.)
RAMIRO. ¡Noche fatal!
(FERNANDO le quita el puñal a RAMIRO, y él y su madre buscan luz para leer lo que en el
puñal está escrito.)
VIOLANTE. (Señalando la lámpara que pende de la bóveda.)
De esa luz al resplandor...
RAMIRO. Salida hacia la explanada
hay de este lado...
FERNANDO. ¡Más luz!
(El y su madre procuran leer al pie de la lámpara.)
RAMIRO. ¡Don Rodrigo!
(Sale por la izquierda, primer término.)

ESCENA XII
DONA VIOLANTE, LAURA y FERNANDO.
FERNANDO. ¡Por la cruz!
«¡En el puño de la espada!»
(Leyendo lo que dice en el puñal.)
¡Con sangre así escribió Nuño!
VIOLANTE. ¡Se confunde mi razón!
FERNANDO. (A DOÑA VIOLANTE.)
¡Tu carta de perdición
de la espada está en el puño!
VIOLANTE. ¿Qué estás diciendo?
FERNANDO. ¡Infeliz!
¡Recuerda aquella velada,
la venganza de Moncada
y la muerte de Beatriz!
(Pausa.)
VIOLANTE. (Como hablando para sí, con expresión de profundo terror.)
¡Ramiro hasta el moribundo
va a conducir a mi esposo!...
¡Nuño hablará!... ¡Dios piadoso,
en qué abismo tan profundo
la fatalidad me arroja!...
(Retrocediendo hacia la mesa, como si huyese de alguien.)
LAURA. ¡Madre!
FERNANDO. ¡Mi madre!
VIOLANTE. ¡No puedo!...
¡No puedo... ¡Tengo miedo!...
(Se abraza a su hijo con angustia y demuestra en todo el profundo terror que la domina. La
actriz, sin embargo, interpretará este momento como crea oportuno)
¡Aparta de mí esa hoja!
(FERNANDO arroja sobre la mesa el puñal y sostiene a su madre, que cae en sus brazos
desfallecida; él y LAURA la consuelan, formando los tres un grupo estrechamente unido.)

ESCENA XIII
DOÑA VIOLANTE, LAURA, FERNANDO y DON JUAN. Este último sale por la
izquierda, segundo término.
JUAN. El se empeñó; no hablará:
lleva el secreto consigo.
(Deteniéndose y mirando el grupo que forman DOÑA VIOLANTE, LAURA y
FERNANDO.)
¡Un hombre allí!... ¡Don Rodrigo
el lecho abandona ya!
(Se acerca DON JUAN, se vuelve FERNANDO y se reconocen. DOÑA VIOLANTE y
LAURA a FERNANDO, como dispuesta a contenerlo.)
FERNANDO. ¡Don Juan!
JUAN. ¡Fernando!
VIOLANTE. ¡Fernando!
JUAN. ¡Junto a mi Laura al mirarte
ansia inmensa de matarte
de mí se va apoderando!
FERNANDO. Pues sacia tus ansias, conde:
mata si puedes.
VIOLANTE. (A FERNANDO.)
¡Impío!
JUAN. ¡Hace alardes de bravío
y entre mujeres se esconde!
FERNANDO. (Con terrible desprecio.)
¡Esconderme!... ¡Desdichado!
LAURA. (Conteniéndole.)
¡Fernando!...
VIOLANTE. ¡Fernando!
FERNANDO. Madre,
cuando venga aquí mi padre
ha de hallar su honor vengado.
Quizá templen su crueldad
del infame los despojos.
(Señalando a DON JUAN.)
VIOLANTE. (Alzando las manos al cielo.)
¿Dónde acaban tus enojos
y comienza tu piedad?
JUAN. (A FERNANDO.)
¿Quién te trajo?
FERNANDO. ¡Belcebú,
que él también te trajo a ti!
JUAN. ¿Y cómo llegaste aquí?
FERNANDO. ¡Por asalto, como tú!
JUAN. Pues de una vez acabemos,
que es nuestro odio muy profundo,
y ya juntos en el mundo
no cabemos.
FERNANDO. No cabemos.
Yo Pude dichoso ser
si tú no hubieras nacido,
que por ti solo he perdido
mi dicha en esa mujer.
Al acercarme a su amor
siempre tú te interpusiste,
y siempre, insensato, fuiste
mi castigo y mi dolor,
cual si quisieran los hados,
para atormentarme así,
hacer un engendro en ti
de mis culpas y pecados.
JUAN. ¡Basta ya! ¡Basta, Moncada!...
Quiero calma y busco paz,
y a morir vas en Orgaz
por el hierro de mi espada.
(Desnuda el acero.)
FERNANDO. Si mucho me odias a mí,
el odio que por ti siento
ni cabe en el pensamiento
ni casi me cabe aquí.
(Golpeándose el pecho.)
Contempla estas dos mujeres
que me estrechan en sus brazos.
De aquestos divinos lazos,
de aquestos divinos seres,
sin motivo y sin razón,
piensa, don Juan, lo que has hecho...
(Desprendiéndose, en un arranque de ira, de DOÑA VIOLANTE y de LAURA y
desnudando el acero.)
¡Y cubre, don Juan, tu pecho,
porque voy al corazón!
VIOLANTE. (Sujetándole de nuevo.)
¡No, Fernando!...
FERNANDO. ¡Madre mía!...
¡Suelta!...
VIOLANTE. ¡Imposible, Fernando!
(Abrazándose a él, desesperada.)
LAURA. ¡Por mí!
VIOLANTE. ¡Te ruego..., abrazando
tus rodillas!...
FERNANDO. ¡Qué porfía!
(Se desprende de DOÑA VIOLANTE y de LAURA y cae sobre DON JUAN con ímpetu
terrible; las espadas se cruzan y comienza el combate.)
JUAN. (Al cruzar su hierro con el de FERNANDO.)
¡Al fin!
LAURA. ¡Madre!
VIOLANTE. ¡Por piedad!...
¡No más!... ¡No más!...
LAURA. (A DON JUAN.)
¡Asesino!
VIOLANTE. ¡Lo quiere el cielo divino!...
¡Cúmplase su voluntad!
(Se precipita entre los combatientes y sujeta el brazo a FERNANDO; DON JUAN baja su
espada al ver que su adversario no puede defenderse. DOÑA VIOLANTE a FERNANDO.)
¡Detén el hierro homicida!...
¡Para el brazo!... ¡Caiga inerte!...
¡Tú no puedes dar la muerte
a quien te ha dado la vida!
FERNANDO. ¡Él!
(Dando un paso hacia atrás y dejando caer el hierro.)
JUAN. ¡Qué dice!
FERNANDO. (Con voz ahogada.)
¡Por favor!
¡Yo no he comprendido, madre!
JUAN. ¿Él es...?
VIOLANTE. ¡Tu hijo!...
FERNANDO. (Señalando a DON JUAN.)
¡Mi padre!
(Se alejan uno de otro, horrorizados; DON JUAN se cubre el rostro con las manos;
FERNANDO queda inmóvil, como petrificado con la terrible revelación.)
VIOLANTE. ¡Lo quiso vuestro furor!
(Pausa. Quedan todos inmóviles, silenciosos, anonadados. A pesar de las anteriores
indicaciones, los actores interpretarán esta escena como crean oportuno.)

ESCENA XIV
DOÑA VIOLANTE, LAURA, FERNANDO, DON JUAN y DON RODRIGO. Este último,
por la puerta del corredor.
RODRIGO. (Enjugándose una lágrima y con voz conmovida.)
¡Pobre Nuño!... Los impíos
muerte le dieron.
(Fijando la vista en los demás personajes.)
¿Qué es esto?
(Pausa. Después se dirige a DON JUAN.)
Vuestro castillo es funesto
sin duda para los míos.
En este castillo fue
donde amenazó la vida
de mi Violante querida
un traidor que nunca hallé.
Allí, sobre la explanada
y a la espalda del torreón,
traspasado el corazón
por el hierro de una espada,
murió Nuño..., mi escudero.
Corro a buscaros, y cuando
os encuentro, a mi Fernando
amenaza vuestro acero.
¡Mucho mi sangre os enoja!...
El pobre Nuño murió...,
mas Ramiro me advirtió
que de un puñal en la hoja
algo con sangre hay escrito.
¿Dónde está ese hierro?
(Busca con la mirada por todas partes; los demás personajes, saliendo de su estupor, siguen
con la vista a DON RODRIGO. Al fin, éste divisa el puñal sobre la mesa.)
¡Allí!...
¡Allí lo veo!...
(Se dirige hacia la mesa; movimiento de terror en todos.)
VIOLANTE. ¡Ay de mí!
(Volviéndose hacia FERNANDO e implorando su protección.)
FERNANDO. (Se precipita y coge el puñal en el instante mismo en que DON RODRIGO extiende la mano hacia él. Aparte.)
¡Jamás!
(En voz alta y cogiendo el puñal.)
¡No!
(FERNANDO y DON RODRIGO quedan cerca de la mesa, mirándose fijamente: aquél, con
el puñal en la mano; éste, extendiendo el brazo para cogerlo. Los demás personajes se acercan con ansiedad: DOÑA VIOLANTE, al lado de su hijo; DON JUAN, al lado de DON RODRIGO; LAURA, al lado de DOÑA VIOLANTE.)
¡Lo necesito!
VIOLANTE. (Aparte.)
¡Hijo!
RODRIGO. ¡Mi sangre se inflama!
(Procurando coger el puñal.)
FERNANDO. ¡No ha de ser!
(Resistiendo.)
RODRIGO. ¡Yo te lo mando!
FERNANDO. ¡No ha de ser!
RODRIGO. ¡Basta, Fernando!
FERNANDO. (Aparte, con acento terrible.)
¡El abismo me reclama!
(FERNANDO se halla entre DON RODRIGO, que le sujeta el brazo para coger el puñal, y
DOÑA VIOLANTE; DON JUAN y LAURA, en las posiciones indicadas. En los movimientos de DON RODRIGO para apoderarse del puñal y de FERNANDO para impedirlo, ambos personajes y los que los rodean se habrán separado de la mesa, viniendo al centro del escenario.)
VIOLANTE. (Al oído de su hijo, con suprema angustia.)
¡No puedes borrarlo!... ¡No!...
¡Te observa!
RODRIGO. ¡Aunque no te cuadre!
(Haciendo un esfuerzo para coger el puñal.)
FERNANDO. (Acercándose a su madre y con acento trágico.)
¡Cómo no borrarlo, madre,
mientras tenga sangre yo!
(Se desprende violentamente de todos, se hunde el puñal en el pecho y cae; todos le rodean,
El puñal debe quedar en la herida hasta el final del drama.)
VIOLANTE. ¡Hijo!...
LAURA, JUAN y RODRIGO. (Al mismo tiempo.)
¡Fernando!
RODRIGO. ¿Qué has hecho?
FERNANDO. (A DON RODRIGO, con afán.)
¡Perdón!... ¡Vivir no podía
sin la dulce prenda mía!
(Volviéndose hacia su madre y en voz baja.)
¡Aquí, dentro de mi pecho
queda el secreto guardado!
RODRIGO. ¡Y tú morir!... ¡No!... ¡Socorro!...
(Levantándose y andando de un lado a otro.)
¡Ah de mis gentes!... ¡Yo corro
a buscarlas! ¡Desdichado!
(Sale, vacilante.)

ESCENA XV
DOÑA VIOLANTE, LAURA, FERNANDO y DON JUAN.
VIOLANTE. ¿Qué dice? ¡Morir!...
FERNANDO. Mi muerte,
madre, borra tu deshonra.
VIOLANTE. ¡Qué me importa vida y honra,
hijo, si llego a perderte!
FERNANDO. (A DON JUAN, con voz muy ahogada.)
Por la violencia me diste
vida que yo no quería,
tal vez porque presentía
que era la vida muy triste.
Me engendraste por, sorpresa,
me engendraste sin amor,
y pues comprendo, señor,
por tu angustia, que te pesa,
me apresuro a devolverte
tu sangre..., ¡padre del alma!,
y voy a buscar la calma
en los brazos de la muerte.
¡Para ti..., mi corazón!
(Abrazando a su madre.)
¡Oye..., para ti..., el convento!
(Atrayendo a sí a LAURA y en voz baja.)
¡Para ése..., el remordimiento!...
(Extendiendo el brazo a DON JUAN; después se detiene; parece luchar consigo mismo, y al fin le abre llorando, los brazos, en último y supremo arranque.)
¡No, padre..., no...; mi perdón!
JUAN. (Cayendo de rodillas ante él.)
¡Fernando!... ¡Fernando!... ¡Ved!...
FERNANDO. ¡Don Rodrigo viene allí!
¡Lejos, muy lejos de mí!...
(Rechazándole dulcemente.)
¡Vuestra aflicción... contened!

ESCENA XVI
DOÑA VIOLANTE, LAURA, FERNANDO, DON JUAN, DON RODRIGO, RAMIRO,
MENDO y ORDOÑO. Los tres últimos, con luces; la escena, hasta este momento, habrá estado iluminada tan sólo por la lámpara que pende de la bóveda.
FERNANDO. (Incorporándose penosamente y llamando por señas a DON RODRIGO, ya con el estertor de la muerte.)
¡Un favor... en... mi agonía!...
RODRIGO. (Corre a él sollozando y le abraza cariñomente.)
¡Yo concedértelo juro!
FERNANDO. ¡Quisiera... ese acero... puro...
llevar... a la tumba fría!...
(DON RODRIGO saca la espada y se la entrega. FERNANDO se apodera de ella
ansiosamente; después, ya expirando, se vuelve hacia su madre y le habla en voz baja.)
¡Ya está... tu honra... asegurada...
Del sepulcro... en el arcano....
que siempre tendré... mi mano
EN EL PUÑO DE LA ESPADA!
(Oprime convulsivamente el puño de la espada; la aprieta contra su pecho y muere. Todos le
rodean, llorando; DON JUAN cae de rodillas, ocultando el rostro entre las manos. Telón.)
FIN DE
«EN EL PUÑO DE LA ESPADA»

José Echegaray. En el puño de la espada
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