Педро Кальдерон де ла Барка. Как хочу, так и будет. PEDRO CALDERÓN DE LA BARCA. CON QUIEN VENGO VENGO
Uncategorized June 27th, 2006
Педро Кальдерон де ла Барка. Как хочу, так и будет.
PEDRO CALDERÓN DE LA BARCA. CON QUIEN VENGO VENGO
PEDRO CALDERÓN DE LA BARCA
CON QUIEN VENGO VENGO
Personas que hablan en ella:
• OCTAVIO, galán
• Don JUAN, galán
• Don SANCHO, galán
• URSINO, viejo
• CELIO, criado
• GOBERNADOR
• Un CRIADO
• Doña LISARDA, dama
• Doña LEONOR, dama
• NISE, criada
• Gente
________________________________________
JORNADA PRIMERA
________________________________________
Salen doña LISARDA y doña LEONOR
asidas de un papel
LEONOR: No le has de ver.
LISARDA: Es en vano
defenderle ya.
LEONOR: Resuelta
estoy antes a hacer…
LISARDA: Suelta.
LEONOR: …un exceso en él villano.
LISARDA: Ya el papel está en mi mano.
¿Cómo has de excusarte agora
de que le vea?
LEONOR: Señora,
hermana, Lisarda, advierte…
LISARDA: Esto ha de ser de esta suerte.
LEONOR: ¿Quién mis desdichas ignora?
Lee
LISARDA: “Amor, señor don Juan, que de amor
no pasa a atrevimiento, indignamente
adquiere el nombre. Dígalo el mío;
pues me atreve a tanto que, sin mirar
el riesgo de mi vida, el temor de mi
hermano ni el recelo de Lisarda, os
suplico, vengáis esta noche por el
jardín, donde entraréis a hablarme;
y venga con vos el criado, porque,
cuando yo aventuro mi vida, trato
de asegurar la vuestra.”
(¡Notable resolución! Aparte
Más mal hay del que pensé;
pues donde sólo busqué
una sombra, una ilusión,
hallo un engaño, una acción
tan grave. No sé qué intente;
mas ya importa cuerdamente
disimular el agravio;
que parecer muda el sabio,
consejo toma el prudente.)
LEONOR: ¿Estás ya contenta, di,
de haberlo sabido?
LISARDA: No;
porque de estas cosas yo
no he de estarlo, triste sí.
LEONOR: ¿Mil veces no te advertí
que no llegases a ver
el papel, que había de ser
de disgusto y de pesar?
Pues quien no lo ha de estorbar
¿por qué lo quiere saber?
Mira lo que has conseguido,
que, andando yo con secreto,
con recato y con respeto
huyendo de ti, has querido
perder el que te he tenido.
Pues cuando tú no entendiste
mi amor, respetada fuiste,
y ya que lo sabes, no;
porque no he de olvidar yo,
porque tú mi amor supiste.
LISARDA: Sin prudencia y sin consejo,
dudosa, Leonor, estoy;
y cuando a un discurso voy,
más del discurso me alejo.
Dos veces de ti me quejo,
de parte de nuestro honor
una, y otra de mi amor;
que amar y callar te ofreces,
para ofenderme dos veces
con una culpa, Leonor.
Cuando tú te aconsejaras
conmigo, para querer,
la primera había de ser
que dijera que no amaras.
Mas si a decirme llegaras
que amaste una vez, yo fuera
la primera y la tercera
que echara el manto al amor;
que si aquello fuera honor,
estotro cordura fuera.
LEONOR: Has nacido sin empeño
en palabras y en acciones,
tan dueño de tus pasiones,
de tus discursos tan dueño
que no vi en ti el más pequeño
afecto a mi pena igual,
para que en desdicha tal
te descubriese la mía;
y hace mal quien su mal fía
a quien no sabe del mal.
¿Quién en libertad se vio
que se duela del cautivo?
¿Quién, estando sano y vivo,
se acuerda del que murió?
¿Quién en la orilla rogó
por el que en el mar fallece?
¿Quién del dolor se entristece
que a otro aflige y desalienta?
Nadie; que nadie hay que sienta
las penas que otro padece.
Yo así, esclava, no te hablé,
porque en libertad te vi;
muerta, no me llegué a ti,
porque con vida te hallé;
desde el mar no te llamé,
porque en la orilla vivías;
doliente en las ansias mías,
no te pedí que sintieras,
porque sé que no supieras
sentir lo que no sentías.
Pero ya que yo no he sido
quien te ha dicho mi cuidado,
y que la ocasión me ha dado
el lance que se ha ofrecido,
sabe que amor he tenido
y sabe que fue don Juan
Colona a quien lugar dan
mis favores en secreto,
por ilustre y por discreto,
por valiente y por galán.
Dos años ha que festeja
mi calle; dos años ha
que asido hasta el alba está
a los hierros de mi reja.
Al ruego, al llanto, a la queja
roca, monte y fiera fui.
Pero ¿quién pudo–¡ay de mí!–
resistirse tiempo tanto
a la queja, al ruego, al llanto
de un hombre que llorar vi?
Vida, hacienda y honra gano
con tal dueño; esto previno
mi esperanza, cuando vino
de la guerra nuestro hermano.
Y viendo que ya es en vano
hablar por la reja, quiero
que entre al jardín. No el primero
será mi amoroso error
que le enmiende otro mayor;
en él esta noche espero.
Mas pues te ha dicho el papel
a lo que mi amor llegó,
no es bien que te diga yo
lo que ya te ha dicho él.
Ésta es la causa crüel
de mi gran melancolía,
éste el fin de mi alegría;
y pues que tu hermana soy,
y humilde a tus pies estoy,
no estorbes la suerte mía.
LISARDA: Aunque es verdad que pudiera
ofenderme de tu amor,
estás resuelta, y error
notable el reñirte fuera,
pues sé que con eso hiciera
mayor tu amor y tu fe
de lo que al principio fue;
que aunque de amor no he sabido,
que crece más resistido
amor, como es fuego, sé.
Cuentan que se hallan dos fuentes
cuyos templados cristales,
naciendo juntos e iguales,
son varios y diferentes;
pues contrarias las corrientes,
iris de oro, nieve y plata,
que una montaña desata,
contienen tanto rigor
que la una mata de ardor
y la otra de hielo mata.
Yo, que aborrezco el amor,
yo, que ni estimo ni quiero,
soy la de hielo; pues muero
a manos de mi rigor.
Tú, que adoras su sabor,
y tu mismo daño adquieres,
eres la opuesta; pues mueres
llena de ardor y de fuego.
Juntémonos, porque luego,
si soy hielo y fuego eres,
templaremos de manera
nuestra condición nociva,
que el cargo del amor viva,
y el de la opinión no muera.
Dime, pues, ¿quién es tercera
de tu amor?
LEONOR: Nise avisada
está de abrirle a la entrada.
LISARDA: ¡Oh, qué infeliz a ser vienes,
Leonor, supuesto que tienes
que te calle una crïada!
Mas oye lo que he pensado
para asegurarme a mí
y no embarazarte a ti
la esperanza de tu estado.
En traje disimulado
yo tu crïada he de ser
de noche, porque he de ver
si es tan honesto el empleo
de tu amor y tu deseo
como me das a entender.
Seis cosas así consigo;
ser con nuestro honor leal,
ser contigo liberal,
y ser honrada conmigo;
dar a tu amor un testigo
que temas enamorada,
suspender después la espada
de don Sancho cuando venga
y excusar el fin que tenga
que callar una crïada.
Envía, pues, el papel,
y empiece el engaño hoy.
LEONOR: Esperando un criado estoy
que aquí ha de venir por él
agora, y aun es aquél.
LISARDA: Aunque de don Juan oí
la fama, nunca le vi,
ni a él conozco ni al crïado.
Dale el papel, con cuidado
de que te guardas de mí.
Salen NISE y CELIO
CELIO: No faltará una cautela;
que a los audaces, sin duda,
dicen que Fortuna ayuda,
y a los tímidos repela.
NISE: Ya te vio.
CELIO: ¡Triste de mí!
¡Y qué ojos!
LISARDA: ¡Gentilhombre!
CELIO: Ése, señora, es mi nombre.
LISARDA: ¿Cómo os atrevéis así
a entraros aquí?
CELIO: No sé
qué respuesta daros pueda;
término se me conceda
el de la ley, para qué
en tan estupendo exceso
halle de disculpa indicio;
y así digo que al oficio
de la querella el proceso
se lleve, porque mejor
fulminado el caso esté,
y que yo responderé
allá por procurador.
LISARDA: No de burlas respondáis,
cuando de veras os hablo.
CELIO: (¡Esta mujer es el diablo!) Aparte
LISARDA: Decid presto ¿a quién buscáis?,
o haré que por atrevido
mil palos, villano, os den
dos esclavos.
CELIO: No harán bien
en darme lo que no pido.
Mi conciencia acomodada
corre, porque de esto gusta,
siempre abierta y nunca justa,
por no verse empalizada.
Y tanto se sutiliza
el temor que de mi casa
no salgo el día que pasa
por ella Mons de Paliza.
Y así, porque revoquéis,
diosa Palas, la paluna
sentencia, ved que ninguna
causa contra mí tenéis.
Buscando vengo al cajero
de don Nicolás Ursino,
este genovés vecino,
para que me dé el dinero
que de una libranza resta.
Dijéronme que vivía
pared en medio, y creía
que fuese la casa ésta.
Y así por ella me he entrado,
como quien viene a pedir;
mas con volverme a salir
se enmienda todo lo errado.
Quiere irse CELIO
LISARDA: Llámale y dale el papel,
Leonor, sin que yo lo vea.
LEONOR: Oíd, soldado. Quien desea
castigar hoy tan crüel
vuestra osadía ha mandado
que os diga que aquí, advertid,
no volváis más.
Dale el papel
CELIO: Pues decid
que yo lo pondré en cuidado
y, cumplida mi esperanza,
no vendré más donde estoy,
pues, Dios bendito, me voy
sin palos y con libranza.
Al irse CELIO, sale don SANCHO y le detiene
SANCHO: ¿Qué libranza?
CELIO: (Esto es peor Aparte
lance; no me voy sin palos.)
SANCHO: ¿Qué buscáis?
CELIO: (Indicios malos.) Aparte
No busco nada, señor.
SANCHO: ¿De quién sois crïado vos?
CELIO: De Dios.
SANCHO: ¡Lindo desenfado!
CELIO: Si Dios todo lo ha crïado,
¿quién no es crïado de Dios?
Y si argumentos tan buenos
no os dejan asegurado,
pruebo que soy su crïado
en que es a quien sirvo menos.
Y al cabo, por yerro entré
aquí, y ya me he disculpado
del yerro y de haber entrado.
No te lo digo, porqué
es contra el arte decir
alguna cosa dos veces.
Mas si a saberlo te ofreces,
mejor lo podrás oír
de esas damas, a quien yo
lo he dicho ya, y mi capricho
se atiene a “lo dicho, dicho”.
Vase CELIO
LISARDA: Déjale; que aquí se entró
preguntando si sabía
de un vecino a quien él viene
buscando; y tal humor tiene
que estuviera todo el día
oyéndole, según es
de entendido y sazonado.
SANCHO: Con todo eso, no me agrado
yo de estas cosas. Después,
oh Lisarda, que dejé
la guerra, y vine a vivir
en la paz, para asistir
más a vuestro lado, hallé
en la calle alguna vez
a este hombre, y no quisiera
que ocasión mi honor me diera
para que, haciendo jüez
al mundo de mi valor,
algún loco pensamiento
fuera trágico escarmiento
de las fortunas de amor.
LISARDA: El que te oyere decir
razones tan ponderadas,
tan graves y tan cansadas,
muy bien podrá presumir
que una de las dos previene
asuntos de tu temor,
cuando en buena ley de honor
no sólo quien no le tiene
lo ha de pensar, pero quien
lo tiene debe pensar
que el sol le pudo engañar,
que es lo que le está más bien.
Y así, del aire no arguyas,
don Sancho, ilusiones vanas;
que al fin somos tus hermanas,
y aunque no por serlo tuyas
debiéramos proceder
bien, por ser nosotras sí;
pues no aprendimos de ti
ni de tus celos el ser
ni el lustre con que nacimos,
ni nos estuviera bien
el aprenderle de quien
viles hazañas oímos.
Y así el valor y la fama
de que al cielo haces testigos,
guárdale para el amigo
a quien quitaste la dama.
Vase doña LISARDA
SANCHO: Escucha, Lisarda, espera.
LEONOR: ¿Para qué te ha de escuchar?
SANCHO: Para que, ya que a culpar
llegó tan altiva y fiera
hoy mis acciones, también
sepa, Leonor, que ha mentido
el coronista fingido
de mis celos.
LEONOR: Está bien;
pero allá podrá mejor,
que no aquí, tu pensamiento
ver el trágico escarmiento
de las fortunas de amor.
Vase doña LEONOR
SANCHO: Oye tú también, aguarda.
Yo sabré en desdicha igual
quién ha informado tan mal
de mí a Leonor y a Lisarda.
Vase don SANCHO. Salen don JUAN y OCTAVIO
JUAN: Grave melancolía
es, Octavio, la vuestra; todo el día
no hacéis, aquí encerrado,
sino dejar las riendas al cuidado,
dando con mil enojos
voz y llanto a los labios y a los ojos.
Si es tanto sentimiento,
corrido del humilde alojamiento
que en mi casa se os hace,
poco tanto dolor se satisface
con tan pequeña queja,
pues agraviado el sentimiento deja.
Hacedme a mí testigo
de vuestros sentimientos.
OCTAVIO: ¡Ay amigo!
No hagáis tan grande agravio
a la amistad de Octavio,
pensando que podía
vuestra casa aumentar la pena mía;
pues, como veis, es fuerza
no verme el sol, mi sentimiento fuerza
el estar solo y triste;
más que en la causa, en la pasión consiste.
JUAN: Aunque yo de un amigo
nunca a saber ni a preguntar me obligo
más de lo que él quisiere
decirme, aquí la ley así prefiere
la voluntad que quiero
que me acuse la parte de grosero,
suplicándoos merezca mi cuidado
saber la causa con que habéis llegado
encubierto a Verona,
recatada del sol vuestra persona,
haciendo mi aposento
voluntaria prisión.
OCTAVIO: Estadme atento.
Bien os acordáis, don Juan,
de aquel venturoso tiempo
que en las escuelas famosas
de Bolonia, patria y centro
de las artes y las ciencias,
fuimos los dos compañeros,
viviendo un cuerpo dos almas,
y dando un alma a dos cuerpos.
Bien os acordáis también
de que en un mismo correo
de vuestro padre y el mío
tuvimos juntos dos pliegos,
en que el señor don Ursino
os mandaba que al momento
viniésedes a Verona
a descansarle del peso
de vuestro estado, porque
os tenían sus deseos
de una principal señora
tratado ya el casamiento.
En el mío me mandaba
a mí mi padre que luego
trocase plumas y libros
por las galas y el acero.
Vos a casaros y yo
a la guerra en un día mesmo
fuimos llamados; si bien
no de contrarios efectos,
porque la guerra y casarse
todo es uno es este tiempo.
Al despedirnos los dos,
en el abrazo postrero
palabra los dos no dimos
que habíamos de valernos
el uno al otro, y llamarnos
para cualquiera suceso;
sobre cuya confïanza
a buscaros, don Juan, vengo,
para probar que soy yo
más vuestro amigo, supuesto
que yo de vuestra amistad
soy quien se vale primero.
Doblemos aquí la hoja,
y a los discursos pasemos
de mi vida, que son tales
que imagino, dudo y temo
que yo los pueda decir
si no los dice el silencio.
Salí de Bolonia, pues,
para Milán, donde, luego
que llegué, senté la plaza
y ventajas en el tercio
del señor duque de Lerma,
aquel Escipión mancebo,
en quien Adonis, Mercurio
y Marte tiene imperio.
A mi discurso volvamos,
que huele a lisonja esto;
mas sus proezas son tales
que, aunque callarlas deseo,
es fuerza volver a ellas,
antes que acabe el suceso.
Asenté en su compañía
la plaza, y mientras el tercio
estuvo en Milán, en él
divertí los pensamientos
de la patria y los amigos
entre mujeres y juego.
¡Oh cuánto en mi relación
algún amoroso extremo
tarda ya, porque sin él
está frío cualquier cuento!
Amor al fin, que no teme
los escándalos y estruendos
de Marte, que desde niño
le tiene perdido el miedo,
como se crió en sus brazos,
depuesto el arco y depuesto
el arpón, quiso tal vez
matar con armas de fuego,
y en unos divinos ojos
introdujo tanto incendio
que hicieron Troya las almas,
aun antes de verse dentro.
Vi y amé tan igualmente
que, viendo y amando a un tiempo,
hubo después competencia
sobre cuál sería primero.
Por no cansaros–aunque
con gusto me estáis oyendo–
lo que es lugares continuos,
ventanas, calles, terrero,
señas, papeles, crïados,
noches, embozos, paseos,
ya es hábito del amor
gozar más quien vale menos.
También sabréis cómo hallaron
buen sagrado mis deseos;
creció amor comunicado,
y de un lance a otro siguiendo
al incendio de la vista,
por vecindad, el incendio
del alma, pasó el que era
breve pavesa entre hielo
a ser llama que ya daba
tornasoles y reflejos,
a ser Etna, a ser Volcán,
abismo de luz inmenso,
el que era Volcán y Etna
a ser esfera, a ser centro,
oficina y obrador
de los rayos y los truenos;
tanto que, aunque desigual,
si bien no el nacimiento,
sino en la hacienda, la di
palabra de casamiento;
cuya llave, que es maestra
para hacer a cualquier pecho
de mujer, me ofreció hacerme
de tantas venturas dueño.
Di parte de esto a un amigo…
¿A un amigo dije? Miento;
porque un amigo traidor,
con capa de verdadero,
es el mayor enemigo;
que al fin no fuera el veneno
del áspid tan ponzoñoso
si no matara encubierto.
¡Oh fementido, oh aleve,
oh falso, oh mal caballero!
Pero quédese esto aquí.
Ufano, alegre y contento
esperé que el dios de Dafne,
entre sombras y bosquejos
de la noche sepultase
su luz, siendo monumento
todo el mar a todo el sol,
cuando llegase a su centro.
Quiso el cielo el mismo día
–¡qué tasado que anda el tiempo
en las penas!–que mandó,
de honor y prudencia lleno,
el marqués de los Balvases
que fuese marchando el tercio
al casal de Monferrato,
abrasando y destruyendo
cuandos lugares hubiese
confinantes, que, aunque abiertos,
no les faltaban defensas.
¡Ah ley dura, ah duro fuero
de honor! ¿Qué no pararás,
si sabes parar deseos?
Yo, atento a la disciplina,
yo, a la milicia sujeto,
con mi compañía salí;
que es al noble caballero
la religión más estrecha
de cuantas admira el tiempo
la milicia. A Pontostura
llegamos, donde el esfuerzo
de nuestro maestre de campo
hizo alarde de su aliento;
pues porque tardó un crïado
con su arnés, desnudo el pecho
se entró por la batería.
Debió de tener por cierto
que la obediencia del plomo
había de guardar respeto
a un Sandoval y a un Padilla;
y bien lo dijo el efecto;
pues, hallándole una bala
desarmado y descubierto,
cayó sin hacerle mal,
hecha una plancha en el suelo,
dejando, como por firma
que dijese: “no me atrevo
a pasar más adelante”;
un cardenal en el pecho,
ganó a Pontostura, pues;
a Rofinar puso cerco
luego y rindió a Rofinar,
a San Jorge y otros pueblos
del Monferrato, dejando
para mayores empleos
descubierta la campaña.
Mas ¿qué va que estáis diciendo
agora entre vos: “¿Este hombre
dónde va con este cuento,
que ha dejado tanto cabos
para su novela sueltos?
Porque él tiene introducidos
una dama por quien muerto
de amores está, un amigo
de quien se queja con celos,
un duque a quien encarece,
y a mí, a quien tiene propuesto
que le tengo de valer.”
Pues de la farsa que emprendo
todos somos personajes,
todos nuestra parte hacemos.
Y para que lo veáis,
a mi discurso me vuelvo.
Cuando a San Jorge llegó
del duque de Lerma el tercio,
Mons de Toral le esperaba
con los caballos ligeros
del suyo, de un montecillo
amparado y encubierto.
Descubrióle nuestra gente,
y en arma los campos puestos,
empezó a escaramuzar
la caballería y el tercio
de españoles y franceses,
tan valientes como diestros.
No me quiero detener
a repetir por extenso
la guerra, que voy muy largo;
sólo detenerme quiero
a contar en esta parte
lo que importa a nuestro intento.
El fin de la escaramuza
fue que, vencido y deshecho
el Toral, se retiró
al casal, y hasta que dentro
de él estuvo pertrechado,
le dieron caza los nuestros.
Y cuando ya nuestra gente
volvía a ocupar los puestos,
escuchamos una voz
que entre los franceses muertos
salía, y vimos también
que se levanta entre ellos
un hombre herido y desnudo,
de polvo y sangre cubierto.
Éste, en mal formadas voces,
que apenas concibió el eco,
dijo en idioma francés:
“Españoles caballeros,
cualquiera que haya ganado
por despojo, triunfo y premio
de su valor un joyel
que traje pendiente al pecho,
véngale a dar por rescate,
si quiere joyas de precio
más subido; y si no quiere,
deme la muerte primero
que yo viva imaginando
que aun pintada es de otro dueño
la bellísima Madama
que lleva por huésped dentro.”
Dijo el francés, y aunque allí
por las señas creí cierto
no poder determinar
ser noble, por los afectos
sí; que quien noble no fuera
no tuviera sentimiento
tan hidalgo. Llegó a él
el duque, y con muchos ruegos
corteses le persuadió
que fuese su prisionero.
Rindióse el francés al duque,
y mandó curarle luego.
Ordenó que a Milán fuese,
porque desmintiese el riesgo
de su vida con mayor
cura, regalo y aseo.
Ya tenemos en la farsa
otra persona de nuevo;
pues ninguna está de más.
Echóse un bando, diciendo
que aquel soldado que hubiese
adquirido en el encuentro
un joyel con un retrato,
le diese a rescate luego.
Prometióse cien escudos
por él, pareció al momento
en el poder de un soldado
manchego, y por mucho menos
le diera. Diósele al duque,
y a mí–que siempre en su pecho
tuve piadoso lugar–
me dio el retrato, diciendo,
“Partid, Octavio, a Milán
en alas de mis deseos,
y decidle de mi parte
a aquel francés caballero
que en generoso rescate
de su dama sólo quiero
que tome su libertad;
y así, que se vaya luego.”
Ya veréis, si volvería
alegre a Milán con esto;
pues, obedeciendo yo
a mi superior y dueño,
iba donde me llevaban
a voces mis pensamientos;
con lo cual veréis también
que no es lisonja ni afecto
el haber introducido
dama, amigo, guerra, encuentros,
duque y francés, porque todo
cuanto referí primero,
para volver a Milán,
fue necesario en el cuento.
Volví, pues, a Milán. ¡Nunca
volviera a Milán! ¡Primero,
pluguiera el cielo, una bala
rémora de mis deseos
fuera, parándome el curso
en el mar de mis tormentos!
Pues embajador apenas
de amor cumplí con el feudo
cuando, partiendo a la casa
de mi dama, hallé…El aliento
aquí me falta, y aquí
la voz, desde el labio al pecho,
es un tósigo, un puñal,
es un cordel, un veneno
que me aflige, que me hiere,
que me abrasa y deja muerto;
porque hallé…
Sale URSINO
URSINO: ¡Don Juan!
JUAN: ¿Señor?
OCTAVIO: (Interrumpióme a buen tiempo, Aparte
para que vuelva a tomar
en mis desdichas aliento.)
JUAN: ¿Tú en este cuarto?
URSINO: A buscarte,
muy quejoso de ti, vengo.
JUAN: ¿Tú de mí quejoso?
URSINO: Sí.
JUAN: ¿En qué disgustarte puedo,
si como a señor te aclamo,
como a padre te obedezco?
URSINO: En haberme dilatado
una dicha tanto tiempo
como ha que el señor Octavio
está en casa. ¿No merezco
tener parte yo de un huésped
que a honrarnos viene? ¿No debo
dar gracias a la Fortuna
de este gusto, de este aumento?
JUAN: Con causa te quejas; digo,
que te ofendió mi silencio
neciamente; pero fue
gusto de Octavio.
OCTAVIO: Yo beso
tus plantas por la merced
que me haces; que como vengo
a sola una diligencia
a Verona de secreto,
no quise darte cuidado,
porque he de volverme luego
a Milán.
URSINO: Mucho agraviaste
obligaciones que tengo,
Octavio, a tu sangre.
OCTAVIO: Soy
tu esclavo.
URSINO: Pues ya que puedo,
informado de mi dicha,
hablar libremente, quiero
que un cuarto se te aderece
que, por ser al parque, creo
que te diviertas; que son
sus vistas por todo extremo.
JUAN: Con tu licencia, señor,
no saldrá de mi aposento;
porque los dos lo pasamos
bien aquí, y el cuarto creo
que, al venir tarde o temprano,
te dé ruido.
Sale CELIO
CELIO: (¿Aquí está el viejo? Aparte
¿De cuándo acá nos visita?
Escondo el papel.)
URSINO: No quiero
embarazar vuestros gustos;
pues solamente pretendo
que sepáis, señor Octavio,
que sé que en mi casa os tengo.
OCTAVIO: Los años vivas del sol.
Vase URSINO
CELIO: Octavio, yo te agradezco
que no dijeses “del fénix”,
arrendador de lo eterno.
Y si quien trae buenas nuevas
y quien las dice de presto
albricias nuevas merece,
papel hay, venga dinero;
y si no, no habrá papel.
JUAN: Daca.
CELIO: ¿Qué es “daca”? Primero
he de “tomacar”.
JUAN: ¡Qué loco
estás! Proseguid; que tengo,
hasta saber en qué para,
pendiente el alma del cuento.
OCTAVIO: Leed primero el papel;
que buenas nuevas no creo
que es bien, don Juan, dilatarlas.
JUAN: Con vuestra licencia leo.
Lee para sí
OCTAVIO: Contento leéis. ¿Podré
daros parabienes?
JUAN: Creo
que será agraviar, Octavio,
tanta ventura con ellos.
Ya os he contado otra vez
que el tratado casamiento,
para que entonces mi padre
me llamó, no tuvo efecto;
ya os dije cómo pensaba
casarme a mi gusto, haciendo
a una dama, a quien adoro,
del alma y la vida dueño;
ya os conté cómo la hablaba
de noche y que por respeto
de un hermano que ha venido,
con quien amistad profeso,
con este intento no más,
pues le visito y le veo,
y apenas sabe mi casa
ni conoce, según creo,
a mi padre, por agora
se puso a mi amor silencio.
Pues leed; veréis que escribe
que hablarla esta noche puedo
dentro de su misma casa.
Toma don OCTAVIO el papel y lee para sí
¿Qué os parece?
OCTAVIO: ¡Grande extremo
de amor!
JUAN: Hora es ya de ir.
Perdonadme; que si pierdo
la ocasión, pierdo la vida.–
Tú, dame la capa presto
y un broquel.– Adiós, Octavio.
Vase CELIO
OCTAVIO: Aguardad, don Juan, teneos;
porque habéis de hacer por mí
una fineza que quiero
suplicaros.
JUAN: ¿Qué mandáis?
OCTAVIO: Esta dama os pone a un riesgo
notable, y os da licencia
que para el seguro vuestro
llevéis un crïado.
JUAN: Sí.
OCTAVIO: Pues en cualquiera suceso
¿cuánto es mejor un amigo
de satisfacción y esfuerzo?
Yo, como vuestro crïado,
he de ir con vos, pues es cierto
que yo para todo trance
os seré de más provecho.
JUAN: Claro está que lo seréis,
y aunque os estimo el consejo,
hay una dificultad;
que le nombran a él, y temo
que se disgusten.
OCTAVIO: ¿Hay más
que decir que soy el mesmo?
Que yo sabré recatarme.
JUAN: Y si os hablasen–que a Celio
le tienen allá por hombre
de humor y de pasatiempo–
¿qué habéis de hacer?
OCTAVIO: Pediré
licencia a mis sentimientos,
y diré mil disparates;
que para todo hay remedio.
JUAN: Sois mi amigo.
Sale CELIO
CELIO: Aquí está ya
capa, broquel y sombrero.
OCTAVIO: Dame tú la tuya a mí,
y quédate.
CELIO: Lo consiento
sin más notificación.
JUAN: Vamos, Octavio.
OCTAVIO: Aunque llevo
tantos pesares conmigo,
como sabéis, algún tiempo
he de gastar buen humor,
mientras soy crïado vuestro.
Vanse. Salen doña LEONOR, y doña
LISARDA en traje de criada
LEONOR: Huélgome de que seas
testigo de mi amor, para que veas
desde cerca el intento
con que se atreve al sol mi pensamiento;
que si me recataba
de ti, Lisarda, fue porque pensaba
que cuerda me quitases
la ocasión, pero no porque llegases
a examinarla y verla
como tú no me quites el tenerla.
LISARDA: Yo estimo el haber dado
tan buen corte a tu gusto y mi cuidado
que, conformando extremos
tan contrarios, Leonor, las dos estemos
gustosas de una suerte.
Mas sólo un punto que me falta advierte:
el día que llegare
a pensar –¿qué es pensar?– que imaginare
que yo soy la que ha hecho
espaldas a tu amor y de tu pecho
en esto tuve parte,
Leonor, te persuade que es quitarte
la ocasión.
LEONOR: El callarlo te prometo,
aunque yo sea mujer y él sea secreto.
LISARDA: Pues que ya recogida
está la casa y yo vengo vestida,
sin que oro brille y sin que cruja seda
que informar a don Juan de quién soy pueda,
vete a hacer la deshecha,
para que se desmienta la sospecha,
con aquella crïada
que para abrir la puerta está avisada.
LEONOR: Ya dije que has sabido
tú la ocasión, Lisarda, que ésta ha sido
la causa de dejalla,
con que no es menester aseguralla.
LISARDA: ¿Y vino nuestro hermano?
LEONOR: No vino. Pero aquése es temor vano;
porque del nuestro tiene
su cuarto muy distante, y cuando viene,
se entra en él, sin que sea
fuerza que este jardín mire ni vea.
Hacen ruido dentro
LISARDA: ¿Qué es aquello?
LEONOR: Es la seña.
Ve a abrir la puerta, pues.
LISARDA: Con no pequeña
turbación.
LEONOR: Pues ¿de qué, di, vas turbada?
LISARDA: ¿No ves que hago el papel de la crïada?
¿Don Juan?
Llega a abrir. Salen don JUAN y OCTAVIO
JUAN: Sí, Nise bella;
yo soy quien busca al sol con una estrella.
LISARDA: Pisa quedo; que, aunque está
su hermano fuera de casa,
Lisarda no duerme.
JUAN: Escasa
de luz la noche, no da,
Nise, solo un rayo.
LISARDA: Ya
en presencia de Leonor
será luz y resplandor
la tiniebla oscura y fría.
JUAN: Dices bien; que todo es día
con el sol.
LEONOR: ¡Don Juan, señor!
JUAN: ¡Leonor, señora, mi bien!
Deja que en honestos lazos
supla la fe de los brazos
lo que los ojos no ven.
LEONOR: ¿Cómo se atreviera quien
no te estimara a una acción
semejante?
JUAN: Deudas son
que a tu recato prevengo,
y solo a pagarlas vengo.
LEONOR: ¡Nise!
LISARDA: ¿Señora?
LEONOR: Atención
has de tener con el cuarto
de Lisarda, no despierte
y a echarnos menos acierte.
LISARDA: Yo tendré cuidado harto
de Lisarda.
OCTAVIO: Yo me aparto
hacia la puerta a mirar
que nadie salir ni entrar
pueda.
LEONOR: ¿Es Celio?
OCTAVIO: Leonor, sí.
(Mi crïanza empieza aquí.) Aparte
LEONOR: Pues ¿cómo, no hay más hablar?
OCTAVIO: No hay más hablar, porque más
callar viene más a cuento;
que el primero mandamiento
de amor es: no estorbarás.
No fui tan necio jamás
que jugué con quien supiese
más que yo, ni que esgrimiese
con amigo que estimase,
que con mi amo me burlase,
que con mi moza riñese;
ni con necios porfïé,
ni con sabios argüí,
ni con señor competí,
ni de dama me confié,
ni con celos me ausenté,
ni tuve al fin por favores
cintas, cabellos ni flores;
ni en sucesos semejantes
me puse entre dos amantes
que se están diciendo amores.
Hablan aparte don JUAN y don OCTAVIO
JUAN: Bien el modo has imitado
de Celio….mas oye.
OCTAVIO: Di.
JUAN: Puesto que has de estar aquí,
divierte un poco el enfado
con el humor de crïado.
Con esto conseguirás
dos cosas; y es que estarás
con Nise bien divertido,
y, siendo Celio fingido,
él mismo parecerás.
OCTAVIO: Yo voy; pero no quisiera
echarlo a perder.
LISARDA: (No sé Aparte
cómo hablar con él, porqué
el callar más yerro fuera.
Mas sea de esta manera…
¡Ah, Celio!
OCTAVIO: ¿Nise?
Siéntanse don JUAN y doña LEONOR, don
OCTAVIO llega a hablar con doña LISARDA
LEONOR: (¡Ay de mí!) Aparte
Que me entretengas aquí
quiero.
OCTAVIO: ¿Entretenerte quieres?
Por ventura, Nise, ¿eres
la mujer de Montení?
LISARDA: Tu buen humor me convida.
OCTAVIO: Pues miente mi buen humor,
como un mal convidador
que conozco en esta vida,
el cual para una comida
tres amigos convidó
de falso, y cuando llegó
del convite el aplazado
día, él muy descuidado,
sin esperarlos, comió.
Entraron, cuando ya estaba
al “Ite, comida est”,
y colérico después
a su despensero echaba
la culpa, con que no hallaba
que comer; y uno, a quien llama
segundo Apolo la fama,
al tal convite movido,
antes muerto que nacido,
hizo este breve epigrama:
“Tiene Fabio al parecer
despensero a su medida,
que al que convida se olvida
de traerle que comer.
Si en convidar, Fabio amigo,
gastas tan poco dinero,
préstame tu despensero,
y vente a comer conmigo.”
LISARDA: Bueno el epigrama es.
OCTAVIO: Consiento el llamarle bueno,
porque he dicho que es ajeno.
LISARDA: (Bien va sucediendo, pues Aparte
no me conoce.)
OCTAVIO: (¡Que des, Aparte
oh Amor–tu deidad te abona–,
nombre y voz de otra persona!)
LISARDA: (En verdad que es extremado Aparte
el pícaro del crïado.)
OCTAVIO: (No huele mal la fregona.) Aparte
LEONOR: ¿Tanto estimas el tener
esta ocasión?
JUAN: Sí; y agora
que duerme la blanca aurora
en lecho de rosicler,
oh Leonor, quisiera ser
de toda esa esfera dueño
o, con el opio y beleño
que da el monte de la luna,
infundir en la fortuna
del orbe silencio y sueño.
LEONOR: Aunque en mi mano tuviera
el orden del cielo yo,
hoy el curso del sol no
parara ni detuviera;
antes más prisa le diera,
por sentir el verte ausente;
que quien ama firmemente,
don Juan, que trocara sé
las glorias de lo que ve
a penas de lo que siente.
LISARDA: (Ya que más segura estoy Aparte
en lo que sé, le he de hablar;
pues así no podré errar.)
¿Y cómo saliste hoy
de con Lisarda?
OCTAVIO: (Aquí doy Aparte
al través. Mas la voz mía
por mayor responda.) ¿Había,
hermosa Nise, de hacer
caso yo de esa mujer?
Todo al fin fue niñería.
LISARDA: No mucho, porque yo sé
que es mujer que cumplirá
lo que dijere.
OCTAVIO: No hará.
LISARDA: ¿Por qué?
OCTAVIO: Yo me sé por qué.
LISARDA: Ella es fiera.
OCTAVIO: Ya yo sé
que ella es fiera averiguada.
LISARDA: Como nunca enamorada
se vio, y nunca quiso bien,
no tuvo duelo de quien
lo está.
OCTAVIO: Ella es una menguada.
LISARDA: ¿Menguada?
OCTAVIO: Y un argumento
lo podrá probar mejor.
LISARDA: ¿Y es…?
OCTAVIO: Que quien no tiene amor…
LISARDA: ¿Qué?
OCTAVIO: No tiene entendimiento.
LISARDA: Ése es falso fundamento.
OCTAVIO: No es sino fino.
LISARDA: Es error
dar a amor tan superior
grado.
OCTAVIO: Pues oye, y sabrás
que no se apartan jamás
entendimiento y amor.
Es amor una pasión
del alma, tan firme en ella,
que a duración de una estrella
se mide su duración;
un carácter o impresión
fija que lleva la palma
al tiempo, una dulce calma
que al alma suspensa tiene,
tan alma suya, que viene
a ser el alma del alma.
Que como si uno se atreve
fuego y nieve a mezclar, luego
vendrá la nieve a ser fuego
o el fuego vendrá a ser nieve;
porque a la unión se le debe
tomar el hielo o ardor;
así amor y alma, en rigor,
juntándose en una calma,
o el amor ha de ser alma
o el alma ha de ser amor.
Luego, si es en mi argumento
al amor el alma igual,
y del alma principal
potencia el entendimiento,
también del amor, atento
a que ya es alma el amor,
y él, como parte inferior
del alma, le ha de asistir,
que el criado ha de servir
al huésped de su señor.
El amor lleva tras sí
al alma, lleva después
al entendimiento, que es
parte del alma; y así
queda bien probado aquí
que pecho en quien no halló asiento
amor, y quedó violento,
no fue porque fue crüel,
sino porque no halló en él
ni alma ni entendimiento.
LISARDA: (Bachiller es el crïado.) Aparte
Diga contra esa opinión
la experiencia una razón.
Yo vi un necio enamorado;
luego es error haber dado
al entendimiento fama
que dueño de amor se llama,
pues amar un pensamiento
no está en el entendimiento,
supuesto que un necio ama.
Y apura más mi razón.
¿Cuántos, por haber querido,
su entendimiento han perdido?
Pues estos efectos son
de una amorosa pasión,
¿cómo, dime, puede ser
entendimiento el querer?
Que amor de su mismo asiento
no echara al entendimiento
si le hubiera menester.
OCTAVIO: (Bachillera es la señora.) Aparte
Cualquiera que un arpa mida,
hace que responda herida,
no que responda sonora.
Con esto te he dicho agora
que un necio amará también;
mas no sabrá amar; que quien
ama sin entendimiento
sonar hace el instrumento
pero no que suene bien.
Dentro ruido
LISARDA: ¡Escucha, ay de mí!
OCTAVIO: ¿Qué es esto?
LISARDA: La puerta abren del jardín.
OCTAVIO: La cuestión tuvo mal fin.
LISARDA: ¡Señora!
LEONOR: ¿Nise?
LISARDA: Huye presto;
que la suerte nos ha puesto
en gran mal. Tu hermano viene
por el jardín, como tiene
llave de él.
LEONOR: ¡Triste de mí!
LISARDA: Huyamos presto de aquí.
A los dos salir conviene
por las tapias.
JUAN: Saltad vos.
OCTAVIO: Tente, señor; que no es bien;
que hasta que libres estén,
no hemos de salir los dos
de aquí.
LEONOR: Pues adiós.
JUAN: Adiós.
Vanse doña LEONOR y don
JUAN
OCTAVIO: Pues no vuelven a hacer ruido
agora me iré, advertido
de que quedas sin cuidado.
LISARDA: ¡Válgate Dios por crïado
tan valiente y entendido!
FIN DE LA JORNADA PRIMERA
________________________________________
JORNADA SEGUNDA
________________________________________
Salen doña LEONOR y doña LISARDA
LEONOR: ¡Notable melancolía
es la tuya! ¿No pudiera,
para ayudarte a sentirla,
tener parte en tus tristezas?
Descansa conmigo a solas.
¿Qué sientes?
LISARDA: Si yo supiera
decir, Leonor, lo que siento,
no fuera mi mal, no fuera
grave mi dolor; porque
no es posible que se sienta
más que se dice; y aquello
que se llora y que se cuenta
no es mucho; que antes el mal
con eso se lisonjea.
Y yo estoy tan bien hallada
con el mío que quisiera
que durara sin matarme,
porque las desdichas nuevas
de morir aquel instante
no me tuviesen contenta.
LEONOR: Ésa no es melancolía,
es frenesí, es rabia, es fuerza
de mayor causa; y, supuesto
que decírmela no quieras,
no me la niegues, si yo
la supiere.
LISARDA: (¡Yo estoy muerta! Aparte
¿Si mis extremos la han dicho
la ocasión?) Como la sepas
tú, yo no la negaré.
LEONOR: ¿Es, por ventura, tu pena
corrida de lo que has hecho
conmigo, siendo tercera
estas noches de mi amor?
LISARDA: Aunque alguna parte es ésa,
no toda. Di, si imaginas
otra cosa.
LEONOR: Sólo ésta
me daba cuidado.
LISARDA: Pues
persuádete que no es ésa;
y, supuesto que mi mal
comunicarse no deja,
no apures mi sufrimiento.
LEONOR: Dime, ¿en qué alegrarte pueda?
LISARDA: En dejarme; porque un triste
consigo solo se alegra.
LEONOR: Obedecerte deseo.
Contigo, hermana, te queda.
(¡Gran pasión es ésta, cielos! Aparte
¡Quiera Dios que por bien sea!)
Vase doña LEONOR
LISARDA: Ya estoy sola, ya bien puedo
dejar al dolor la rienda,
dar al aliento la voz,
soltar al llanto la presa
y, en mal pronunciadas voces
y en lágrimas mal deshechas,
dar corrientes y suspiros
a los ojos y a la lengua.
Salgan, pues, salgan del pecho
tantas desdichas y penas.
Mas no salgan; que, aunque estoy
sola, es tan grande la afrenta
que padezco que, al decirlas,
aun de mí tengo vergüenza.
Y, antes que mi agravio diga,
el primer acento sea
la disculpa, como aquél
que en una prisión espera
morir de veneno, y toma
primero la contrayerba.
Tres peligros tiene amor;
uno el que la voz alienta,
otro el que la vista admite,
y otro el que el oído engendra.
Conociendo el de los ojos,
les dio la naturaleza
párpados, porque no fuese
disculpa el ver una ofensa.
En la lengua puso luego,
como a monstruo, como a fiera
terrible, mayores guardas
de candados y de puertas,
tras canceles de coral,
otras murallas de perlas.
Pues, siendo así que previno
para los ojos defensa,
defensa para la voz,
¿cómo olvidó que tuviera
defensa el oído, siendo
el que aprende más apriesa?
Pues de lo que hace y ve
un hombre menos se acuerda
que de lo que oye; y no sólo
no hay guardas que le defiendan,
pero tiene, porque vaya
la voz más sonora y cierta,
quien la recoja, pues son
arcaduces las orejas.
Y, apurado este discurso,
llevada de mis tristezas,
de lo que miran mis ojos,
ya con esta recompensa,
lo que lloran ellos mismos
de sus agravios se vengan;
de lo que la lengua dice
con suspiros la consuela;
mas el oído no tiene
ni consuelo ni defensa.
Dígalo yo que, engañada
oí la falsa sirena
de un hombre…Pero aquí el llanto
anegue la voz, y sea
mar de desdichas mi pecho,
adonde corra tormenta.
¿A un hombre–aquí me suspende
segunda vez la vergüenza–
de humilde estado, de poca
estimación y de prendas
tan bajas, pudo el oído
tanto que la voz sujeta
y el pecho que ha sido el centro
de altivez y de soberbia?
¿Yo–¡cielos!–yo a una pasión
tan rendida y tan resuelta
que me desvele un crïado,
un pícaro? La paciencia
me falta. ¡Oh qué bien, amor,
de mis desdichas te vengas!
Un solo camino hallo
de vencer esta inclemencia
del cielo, que es verle presto;
que el verle de día refrena
la pasión que de escucharle
de noche nace. Con esta
intención le dije anoche
que a verme a estas horas venga,
pensando que Nise soy,
y estoy esperando atenta;
que si, viéndole de día
con tal traje y tales señas
de hombre bajo, mi furor
tras sí me arrastra y despeña,
tengo de darle la muerte,
porque con su vida mueran
tantos abismos de males,
tantos piélagos de afrentas,
tantos Etnas de desdichas,
tantos Volcanes de afrentas,
tantos montes de peligros,
tantos mares de sospechas,
tantos linajes de agravios,
tantos géneros de penas.
Sale CELIO sin verla
CELIO: (Octavio y don Juan me dicen Aparte
que a buscar a Nise venga,
que ella dirá que me quiere,
y que la otorgue y conceda
cuanto me dijere. Yo
no sé qué enigmas son éstas.
Ellos se vienen de noche
con disfraces y cautelas
sin mí, que ya no parezco
escudero de comedia,
según que no me hallo en todo;
y, siendo así que recelan
de mí no sé qué secretos,
que allá entre los dos conciertan,
me dicen que hable con Nise.
Pero Lisarda es aquesta.)
LISARDA: (¡Qué presto vino! ¡Que un hombre Aparte
tal con cuidado me tenga!)
¿A qué efecto me nombraste?
CELIO: Por mi devoción; que es buena
la que con Santa Lisarda
tengo, que yo no pudiera
con otro efecto nombraros;
y, si es que os nombrara, fuera
por diosa de la hermosura,
por ninfa de la belleza,
emperatriz de la gala,
y de la discreción reina,
archiduquesa del garbo,
de lo prendido duquesa,
marquesa de lo parlado
y del aseo condesa,
y vizcondesa de nadie;
que no ha de ser vizcondesa,
Lisarda, si en la demanda
perder un ojo me cuesta;
que menos importará,
para lo de Dios, que sea
yo, hermosa señora mía,
bizco que vos vizcondesa.
LISARDA: (¿Que tan frías necedades, Aparte
que frïaldades tan necias
como éstas a una mujer
como yo cuidado cuestan?
¡Castigo del cielo ha sido!)
CELIO: (¡Mucho la vista pasea Aparte
por mi estatura; sin duda
que los palos me tantea,
quizá porque los esclavos
los den por razón y cuenta.)
LISARDA: (En esto el remedio hallo; Aparte
que no hay cosa que aborrezca
más que a este hombre, si le miro.
Mas disimular es fuerza,
si así tengo de sanar.)
¿No os dije yo que no os viera
aquí otra vez?
CELIO: Sí, señora,
de lo dicho se me acuerda;
pero como son esclavos
los que han de hacer la faena,
trayendo al cuerpo del guardia
de mis costillas su leña,
no me dio mucho cuidado;
que no hay ninguno que sea
más vuestro esclavo que yo;
y, siendo yo esclavo, es fuerza
que como a prójimo suyo
ni me toquen ni me ofendan.
LISARDA: (¡Donaire de la amenaza Aparte
hace! Claramente muestra
el valor con que le he visto
alguna noche a mi puerta,
al lado de su señor,
sobre espadas y rodelas
desembarazar la calle,
para quedar solo en ella,
y es valiente. Mas ¿qué importa,
si es quien es?)
CELIO: (Diome otra vuelta. Aparte
Yo pienso que me retrata,
según me mira de atenta.)
LISARDA: (¡Qué mal talle! Pues la cara, Aparte
¡qué fealdad!)
CELIO: (Haré una apuesta Aparte
que está diciendo entre sí,
“¡Qué generosa presencia!”
Dentro don SANCHO
SANCHO: Ten, Fabricio, ese caballo.
LISARDA: Don Sancho es el que se apea.
CELIO: Siempre con don Sancho tuve
azar, y aquí no quisiera
que me hallara; que es un Cid.
LISARDA: Que una desdicha suceda
temo, y más siendo la causa
yo de que ahora a verme venga.
Excusarla me conviene.
En este aposento entra.
CELIO: ¿Qué es aposento, señora?
En un desván me metiera.
Vase CELIO
SANCHO: ¿Estás sola?
LISARDA: Si no son
compañía las tristezas,
sola estoy.
Cierra la puerta don SANCHO
¿Qué es lo que haces?
SANCHO: Cierro, Lisarda, la puerta;
que quiero quedar contigo
a solas.
LISARDA: (La puerta cierra. Aparte
Él le ha visto.)
Sale CELIO al paño
CELIO: (Malo es esto; Aparte
todos vustedes me sean
testigos, por si me mata,
de que protesto la fuerza,
para que pueda pedir
después entre la sententia
la nulidad de mi muerte.)
LISARDA: (¡Ya cerró, yo quedo muerta!) Aparte
SANCHO: Muchas veces deseé
que ocasión se me ofreciera
de hablar contigo, Lisarda,
y ninguna es como aquesta;
que si algún crïado mío
te informó de la manera
que suelen, lo que me trajo
de Milán quiero que sepas.
Yo vi en Milán una mujer tan bella…
no digo bien mujer… yo vi una diosa,
en los cielos de abril fragante estrella,
en los campos de sol luciente rosa,
tan entendida, tan sagaz, que en ella,
como de más estaba el ser hermosa,
que parece formó Naturaleza
entre la discreción tanta belleza.
Tal fue que, habiendo a mi desvelo dado
más de alguna ocasión y habiendo sido
agradecido imán de mi cuidado
y no ingrata prisión de mi sentido,
habiendo, pues, a mi temor librado
necios favores que borró el olvido,
con nueva voluntad, con nuevo empeño,
mudable me dejó por otro dueño.
Súpelo yo después de una crïada
que me dijo que ciega pretendía
aquella misma noche dar entrada
en su casa al galán que la servía;
pero que ella, a mis ansias obligada,
no a mis dádivas, dijo me ofrecía
venderme la ocasión. ¡Oh cuántas famas
las crïadas vendieron de sus amas!
Agradecí el aviso; que un celoso
le debe agradecer, aunque le pese;
y esperaba la noche cauteloso,
para que paso a mis traiciones diese,
cuando, viniendo a verme su penoso
amante, sin saber que yo lo fuese,
contándome sus dichas y desvelos,
creció más la congoja de mis celos.
Confieso que, si entonces me dijera
lo que yo en los amores ignoraba,
quedar secreto a su amistad debiera,
morir primero a mi lealtad tocaba;
mas si yo de su amor tan capaz era
que lo supe antes que él me lo contaba,
ni niego la fineza del efeto;
que lo que dos me dicen no es secreto.
Abrióme, pues, la puerta la crïada,
guiándome a su cuarto, donde aquella
deidad de la inconstancia profanada
estaba, tan mudable como bella.
La crïada a la luz fingió turbada
desconocerme, y más turbada ella,
sin fingirlo, quedó sin que supiese
cuál la verdad, cuál lo fingido fuese.
Dio voces, bajó gente, y mis venganzas
probaron en algunos los rigores.
Si estorbé de su amor las esperanzas,
si olvidé de mi olvido los favores,
si burlé de una fiera las mudanzas,
si castigué de un áspid los errores,
dilo tú, aunque ignorante me castigas,
pero no es de tu estado; no lo digas.
Esto te he dicho porque no imagines
de mí que hacer, sin gran disculpa, puedo
cosa indigna de mí, ni determines,
si yo bien puesto o si mal puesto quedo;
que no es bien que me arguyas ni examines,
para poner a mis acciones miedo
y disculpar lo que en mi casa pasa;
que, Argos de honor, he de velar mi casa.
Vase don SANCHO
LISARDA: (¿Hay cosa como pensar Aparte
mi hermano, como me vio
tan de su parte, que yo
fuese la que dio lugar
a aquel crïado, y que he sido
la que, admitiendo al crïado,
la pendencia ha ocasionado?
Aun si le hallara escondido,
con más razón lo dijera;
pues es verdad que yo soy
quien le dio la ocasión hoy
de que a buscarme viniera.
Mas ya que el temor resisto
y él se fue, bien empleado
ha sido el susto pasado,
a trueco de haberle visto;
pues verle sólo será
remedio.) ¡Ah, Celio!
Sale CELIO
CELIO: ¿Señora?
LISARDA: Bien podéis salir agora,
que mi hermano se ha ido ya;
pero mirad lo que os digo,
que no atribuyáis la acción
que habéis visto a otra ocasión
estorbar vuestro castigo
a mis ojos.
CELIO: No se crea
tal de mí, ni tal se espere;
y si tal atribuyere,
que atribüido me vea
a los ojos del Señor,
y con esto y con besar
aquese pie singular,
cifra que asienta el amor,
pie que a persona se atreve,
pie que en mi pie lugar toma,
pie que un notario de Roma
le despachó por lo breve,
pie duende, pues en rigor
no se sabe si es verdad,
y pie tan menor de edad
que le pueden dar tutor;
me iré con compás de pies,
alegre y agradecido,
avisado y advertido
de tu pie-dad.
LISARDA: Oye pues.
CELIO: Otrosí, ¿qué mandas?
LISARDA: Mando
que no me vuelvas aquí
otra vez.
CELIO: Harélo así,
“Las tres ánades” cantando.
LISARDA: (Mas ¿por qué me quito yo Aparte
el remedio de mi mal,
si es que con seguro igual
amor mi remedio halló?)
Celio, oye.
CELIO: No me detengas,
de todo estoy avisado;
que no venga me has mandado.
LISARDA: Pues ya te mando que vengas.
Licencia, Celio, te doy;
ven a verme, porque el verte
sólo ha de excusar mi muerte.
(Mas ¿qué digo? ¡Loca estoy!) Aparte
Vase doña LISARDA
CELIO: ¡Cielos! ¿Quién ha de entender
la cifra de aqueste enfado?
Mas, pues solo me han dejado,
un soliloquio he de hacer.
Recibirme melindrosa
Lisarda, hablarme turbada,
advertirme recatada
y guardarme generosa,
enfadarse y desdecirse,
quererme ir y enfadarse,
despedirme y retractarse,
mandar que venga y partirse
¿no me está diciendo aquí
–que no es otra cosa, no–
“Necio, entiéndeme; que yo
me estoy muriendo por ti?”
¡Pues alto, esperanza vana!
No hay en esto duda alguna;
que el que es de buena fortuna,
lo que no envida no gana.
Desde hoy tengo de asistir
noche y día; desde hoy
su eterna figura soy;
pues que yo puedo rendir,
con mi buen arte y con mi
buen ingenio y mi gallarda
presunción, una Lisarda
de las más lindas que vi.
Vase CELIO. Salen don JUAN, URSINO, y don OCTAVIO,
de noche
OCTAVIO: Los dos, señor, contigo
sirviéndote hemos de ir.
URSINO: Ya, Octavio, os digo
que es conmigo excusado
afectar ese honor, ese cuidado.
JUAN: ¿Has de ir solo a esta hora?
URSINO: Pues ¿quién me ha de ofender?
OCTAVIO: Ninguno ignora
que es rayo tu cuchilla,
que del rebelde ha sido maravilla;
mas no porque lo fueses
nos excusa a los dos de descorteses
si, habiéndote aquí hallado,
te dejamos ir solo.
URSINO: Ya habéis dado
en eso, y lo consiento
de vos, Octavio, porque Juan, atento
a la obediencia mía,
no os deje solo, porque más querría
ser hoy con vos grosero
yo, que no que él lo sea.
OCTAVIO: Sólo quiero
responder a ese agravio,
muda la voz y suspendido el labio.
JUAN: ¿Dónde vas?
URSINO: Aquí a casa
de César, donde se divierte y pasa
la noche en tener juego,
conversación y rifas, e irme luego.
Ésta es la casa, despediros puedo;
idos con Dios, que yo seguro quedo.
JUAN: ¿Entraremos contigo?
URSINO: No; que no quiero yo que sea testigo
de si juego o no juego,
para alentar tus inquietudes luego.
Vase URSINO
OCTAVIO: Bien vuestro padre ha andado,
propio despejo de tan gran soldado:
reñir con bizarría.
JUAN: Pues no quisiera hoy la suerte mía
que haber andado bien hubiese sido
en eso.
OCTAVIO: Pues ¿en qué?
JUAN: En haber venido,
ya que le acompañamos,
al barrio de Leonor, pues nos tardamos
por haberle asistido.
OCTAVIO: Antes, don Juan, más presto hemos venido
que otras noches.
JUAN: No creo
que vive en vos la fe de mi deseo,
pues temprano os parece.
OCTAVIO: Aunque es verdad que el alma no padece
el ansia ni el afecto,
digno de un alto y singular sujeto,
por Dios, que no ha dejado
de traerme mi poco de cuidado.
Sabed que la crïada
parla excelentemente.
JUAN: Es extremada.
OCTAVIO: No vi en toda mi vida
pícara tan gustosa y entendida.
Pues ¿qué diré del modo
con que se hace estimar? Calle aquí todo.
Decidme si es hermosa.
JUAN: ¿Pudiera haber pregunta más ociosa?
Si vos decís que tan discreta sea,
¿no estáis diciendo a voces cómo es fea?
Pero ya que llegamos,
la seña, Octavio, en esta reja hagamos.
OCTAVIO: ¿Qué va que no responden,
pues poco ha que se esconden
del sol las luces bellas,
dejando por virreinas las estrellas?
JUAN: Fuerza es, pues, que esperemos;
aquí este rato divertir podemos.
Ved qué queréis que hagamos.
Mas pues solos estamos,
sin el impedimento
que os estorbó otras veces, va de cuento.
OCTAVIO: Con el retrato de aquella
madama…–aquí me parece
que quedamos–
JUAN: Es verdad.
OCTAVIO: …cuya hermosura excelente
con vida y con alma estaba
en el joyel, de tal suerte
que, mirándola y hablando
otra dama diferente,
quise responder a ella,
presumiendo que ella fuese.
Llegué a Milán, y a la casa
de Monsiur de Orliens, pariente
muy cercano de los duques
de Orliens, cuyos intereses
quizá le empeñaron tanto
que, pasando de valiente
a temerario, le hicieron
deudor de tantas mercedes,
dile el recado del duque,
y, en la lámina viviente
absorto, en muy grande rato
no habló; pero en sólo verle
dijo más que si dijera;
que es el silencio elocuente.
Luego, con mil ceremonias
de rendimientos corteses,
me dijo, “Monsiur, al duque
mi señor le decid que este
esclavo y rendido suyo
le besa los pies mil veces.
Y así, que por no tomar
contra mi dueño excelente
las armas, me volveré
a Francia, pues me concede
la vida y la libertad,
sin que a ello el rey me fuerce.”
He querido decir esto
por no dejaros pendiente
ningún cabo, porque todos
los de la novela queden
atados, si ya no es
porque, advertida y prudente,
rodeos busca la lengua,
para que el dolor no llegue.
Pero en fin, por no huir
el semblante a los desdenes
de la Fortuna, supuesto
que la confianza más fuerte,
cuanto más se recatea,
tanto más se aviva y crece,
que es otra desdicha aparte
la desdicha que se teme;
llegué a la casa–¡ay de mí!–
de Flérida hermosa–que éste
es el nombre–y, cuando en ella
pensé lograr los placeres
perdidos… ¡Qué necedad,
que tal mi pecho creyese,
pues es cierto que ninguno
después de perdido vuelve!
Hallé la casa, que abierta
estaba, sin que me diesen
los adornos seña alguna
de que la habitase gente,
toda desierta, y en toda
una suspensión; que a veces
aun las desdichas se hacen
de rogar, si les parece
que son de provecho. El huerto,
cuyas flores fueron jueces
de mi amor, secas y mustias,
y algunas, sin que naciesen
claveles, lo parecían,
pero sangrientos claveles.
Vi que hacia una parte estaba
la turca alfombra excelente
trocada en funesto lecho
que hacía sombra a unos cipreses.
Todo me puso pavor,
todo tristeza, y de suerte
vi tras mi imaginación
arrebatarse y perderse
el discurso, que temí
dentro en mí mismo perderme.
¿Viste a cóleras del Noto
deshojarse y deshacerse
los nevados tornasoles
de aquel árbol que amanece
a ser alba del verano,
por su rizado copete,
que apenas al mundo vive
cuando maravilla muere?
¿Viste, a violencia de un rayo,
en la campaña celeste
del estío, que son ruina
los árboles y las mieses?
¿Viste océano terrible
que montes de espuma mueve
a los embates de un río,
soberbio con su corriente?
Tal la casa parecía,
ruina que se desvanece
al viento, al rayo, a las ondas,
deshace, desluce y pierde
beldad, pompa y hermosura,
humilde, postrado y débil.
No previniendo la causa
del no pensado accidente,
pensé morir; pero un hombre,
que acaso allí estaba, en breve
informado de mis dudas,
me respondió de esta suerte,
“Aquí vivía una dama,
rica sólo de los bienes
de naturaleza, a quien
amó un caballero; éste,
la noche que salió el tercio
de Milán, habrá dos meses,
por la puerta del jardín
entró; no sé quién le abriese;
sólo sé que la mujer
dio voces, y que la gente
de su casa acudió, y él,
como atrevido y valiente,
en su defensa mató
un hombre; y según parece,
debió de quedar aquí;
mas las señas lo desmienten.
Salió en fin y ella, turbada,
viendo que a todos los prenden,
se fue a un monasterio, donde
librarse, señor, pretende.”
Nombróme el nombre al fin; era
aquel fiero, aquel aleve
amigo, en quien por mis males
deposité tantos bienes.
Ved qué penoso dolor,
ved qué confusión tan fuerte;
y más cuando de la dama
tuve un papel que me advierte
que por mí su hacienda, vida
y reputación padecen;
que volviese por su honor;
pues es tan cierto que tiene
obligación de pagar
la deuda el que no la debe,
como en su nombre se pida,
y a todo el nombre se preste.
Con esto, pues, empeñado
en matarle o en prenderle,
le busqué, y supe que estaba
en Verona…
JUAN: Oye, detente;
no prosigas, hasta tanto
que haya pasado esta gente.
Salen don SANCHO y gente
SANCHO: Ellos son; ya no hay que hacer,
sino esperar a que entren.
Vanse don SANCHO y la gente
OCTAVIO: Armas lleva y prevenciones.
JUAN: La esquina a la calle vuelven;
y otro hombre por esta parte
mirando las rejas viene.
Sale CELIO con capa rica
CELIO: (¡Qué mal un enamorado Aparte
descansa, come ni duerme,
si a los umbrales no está
de la dama a quien bien quiere!
Aquí me ha de hallar el día
adorando estas paredes.
¡Ay bellísima Lisarda,
qué de suspiros me debes!
Yo quiero hacer una seña.)
OCTAVIO: ¿Si son éstos los valientes
de la otra noche y nos echan,
por ocasionarnos, éste?
JUAN: ¿De qué suerte lo sabremos?
OCTAVIO: Yo os lo diré; de esta suerte.
Llégase a CELIO
Caballero, a mí me importa
sola que esta calle deje.
Y así os ruego que se vaya,
o haráme que se lo ruegue
a cuchilladas.
CELIO: No hará;
porque el pedir de esa suerte
es lo mismo que pedir
limosna con pistolete.
OCTAVIO: Pues váyase de aquí al punto.
CELIO: Dónde es el punto, conviene
a saber, si he de ir allá;
si no es que decirme quiere
que irme al punto es irme al punto.
OCTAVIO: No del vocablo me juegue,
sino váyase.
CELIO: No quiero.
OCTAVIO: Yo le haré que quiera.
CELIO: ¡Tente,
señor!
OCTAVIO: ¿Es Celio?
CELIO: Yo soy.
Milagro fue el conocerte,
porque si no, ésta es la hora
que eres un atún de requiem.
OCTAVIO: ¿Qué capa es ésta?
CELIO: Una tuya.
OCTAVIO: Pues ¿qué disfraz es aquéste?
CELIO: Disfraz de hombre enamorado;
que no hay cosa en que se eche
de ver más, cuando lo están,
que en andar limpias las gentes.
OCTAVIO: Nise lo habrá así trazado.
CELIO: Nise fue mi remoquete
un tiempo; mas ya no es Nise,
Ni-se dice, Ni-se puede
decir, porque al fin fue amor
de medio mogate ése,
y éste es de mogate entero.
JUAN: ¡Ea, vete de aquí, vete!
CELIO: No puedo, porque he de estar,
hasta que el alba despierte,
clavado en estos umbrales,
dosel poco, esfera breve
de mejor sol, pues el sol
la luz de Lisarda aprende.
JUAN: ¿Estás loco?
CELIO: Cuerdo estoy;
porque quien el juicio pierde
por tal causa, cuerdo está.
OCTAVIO: Ésa es ser loco dos veces.
Sale doña LISARDA al paño
LISARDA: ¡Celio! ¡Celio!
JUAN: ¿Llaman?
CELIO: Sí.
Aguárdate tú, no llegues;
que “Celio” dijeron; y es
Lisarda que a hablarme viene,
enamorada de mí.
JUAN: Necio estás; mira no quedes
en la calle. –Nise, ¿es hora?
LISARDA: Sí, entra. Mas ¿Celio no viene
contigo?
JUAN: ¡Celio!
CELIO y OCTAVIO: ¿Señor?
CELIO: No respondas tú, detente.
JUAN: Entra, ¿qué esperas?
OCTAVIO: Pensar
que he de pasar fácilmente
del monte de mis pesares
al jardín de tus placeres.
LISARDA: ¡Oh, Celio, seas bien venido!
OCTAVIO: Claro está, si vengo a verte,
que bien venido seré.
LISARDA: Entra presto, porque cierre.
OCTAVIO: Entro, porque cierres presto.
LISARDA: (¡Ay, amor, mucho me debes, Aparte
pues, asegurando el riesgo,
quiere amor que a perder eche
de noche con escucharle
lo que mejoré con verle!)
Vanse don JUAN, doña LISARDA y don OCTAVIO
CELIO: ¿Qué me toca hacer a mí,
viendo en la ocasión presente
que a Lisarda, a quien conozco
por la voz distintamente,
como aquél que de la suya
y de la de Nise tiene
más noticia, me ha llamado
por mi nombre, viendo que entre
Octavio a gozar las dichas
que sólo mi amor merece;
pues cuanto de día granjeo,
porque el verme la divierte,
viene él a gozar de noche?
¡Fiero amigo! ¡Ingrato huésped!
¡Vive Dios, que va de veras
el sentir celos tan fuertes!
Pero ¿qué mucho, si veo
de veras también que llegue
a rendirse una mujer
de su calidad, de suerte
que me viese y que me llame?
Mas ¿ya qué remedio tiene,
si al que ha de ser desdichado,
aun la vida le da muerte?
Vase CELIO. Salen don JUAN, doña LEONOR,
doña LISARDA y don OCTAVIO
LEONOR: En la alfombra lisonjera
de este cuadro, que es dosel
de la hermosa primavera,
pues las rosas que hay en él
estrellas son de otra esfera,
cuyos muertos resplandores
a las estampas y huellas
del sol dicen entre olores,
si esta noche sois estrellas,
mañana seremos flores,
puedes sentarte.
JUAN: Y aquí
puedes tú darme del día
cuenta. ¿En qué has pasado? Di.
LEONOR: En que la memoria mía
siempre está pensando en ti.
A la aurora desperté,
la mañana te escribí,
a la tarde te esperé,
de noche, don Juan, te vi
y a todas horas te amé.
OCTAVIO: Y tú, Nise, ¿en qué has pasado
el día?
LISARDA: No me he acordado
de ti.
OCTAVIO: Tú has hecho muy bien;
que ¡por Dios! que yo también
tuve ese mismo cuidado,
y desde hoy te he de querer
por finezas tan extrañas.
LISARDA: ¿Qué finezas?
OCTAVIO: ¿Pueden ser
mayores, pues desengañas
a un hombre, siendo mujer?
En ninguna mi cuidado
desengaño hubiera hallado.
LISARDA: ¿Por qué?
OCTAVIO: Porque en todas son
la lengua y el corazón
un reloj desconcertado.
Ruido dentro
LISARDA: ¿Cómo…? Mas ¿qué ruido es éste?
LEONOR: ¡Ay de mí!
JUAN: ¡Válgame el cielo!
LISARDA: El cuarto abren de mi hermano.
LEONOR: Luz sacan.
LISARDA: (Aquí me pierdo, Aparte
si en este traje me ven,
y si conocida quedo
de don Juan y su crïado.)
JUAN: ¿Qué he de hacer?
LISARDA: Arrojaos presto
por las tapias; que nosotras
seguras quedamos.
JUAN: Celio,
ven tras mí.
OCTAVIO: Sí, antes que lleguen,
saltar las tapias podemos,
será mejor.
LEONOR: Dices bien.
OCTAVIO: Ea, pues, salta primero.
Vanse don JUAN y don OCTAVIO. Escóndese
doña LEONOR. Sale don SANCHO con gente
SANCHO: Guardad las puertas vosotros,
pues ya vimos que está dentro.
LISARDA: (¡Ay infelice de mí!) Aparte
LEONOR: (¡Muerta estoy!) Aparte
SANCHO: Acudid presto.
LISARDA: ¿Qué ruido es éste? ¿Qué buscas
con tantas armas y estruendo?
LEONOR: (A mí no me ve don Sancho; Aparte
segura escaparme puedo,
e irme a mi cuarto.)
SANCHO: ¿Qué haces
aquí a estas horas?
LISARDA: (¡Hoy muero!) Aparte
Bajé al jardín de esta forma
a sólo tomar el fresco.
SANCHO: ¡Oh aleve infame!
Sale un CRIADO
CRIADO: Señor,
acude a las tapias presto;
que ha saltado un hombre, y otro
va a salir.
OCTAVIO: ¡Válgame el cielo! Dentro
Cayó la tapia, y yo estoy
enterrado antes que muerto.
SANCHO: Presto lo estarás.
Sale don OCTAVIO
OCTAVIO: No haré;
porque es un rayo este acero
desatado. Mas ¿qué miro?
¿No es éste don Sancho? ¡Cielos!
SANCHO: ¡Cielos! ¿Éste no es Octavio?
LISARDA: Don Juan es éste que veo;
el que saltó fue el crïado.
Pues no le conozco, es cierto.
OCTAVIO: Traidor, ahora verás
que de esta suerte me vengo
de los pasados agravios.
SANCHO: Villano y mal caballero,
si es que a buscarme has venido,
¿no era más hidalgo hecho
vengarte de mí en mi vida,
que ella te ofendió, primero
que en mi honor? ¿No era mejor
darme muerte cuerpo a cuerpo
en el campo que matarme
disfrazado y encubierto?
Mas antes que del jardín
hagas teatro funesto,
tomaré de dos agravios
dos venganzas; el primero
de mi honor y de esta hermana
he de remediar el riesgo,
haciendo que de marido
la mano la des, y luego
dándote muerte porque,
a dos agravios atento,
ya que en mi honor y en mi vida
quisiste vengarte fiero,
tomen mi vida y mi honor
satisfacciones a un tiempo.
Dale la mano.
CRIADO: Las puertas
quiebran.
Dentro golpes
SANCHO: Todos estad quedos.
OCTAVIO: (Ésta es Leonor; la crïada Aparte
era la que se fue huyendo.
¿Habráse visto jamás
otro hombre en mayor empeño?
En casa de mi enemigo,
sin saber cómo, me veo;
cercado de armas y gente
estoy, con indicios ciertos
de amante de la que es dama
del amigo con quien vengo.
¿Cómo he de salir de aquí?
Pues si callo, lo confieso,
y si digo la verdad,
la ley de amistad ofendo.
Mas remítolo al valor;
mejor es matar muriendo.)
Traidor don Sancho, aunque aquí
me ves agora encubierto,
no vengo a ofender tu honor;
a darte la muerte vengo.
Esas paredes salté
sólo con aqueste intento,
ni yo conozco a esa dama,
ni sé si es ¡viven los cielos!
tu hermana; y esta respuesta
me debes por su respeto.
LISARDA: (Don Juan y don Sancho deben Aparte
de haber reñido antes de esto.
Esforcemos su disculpa.)
¡Bueno es que tú, loco o necio,
hagas por allá locuras
que obliguen a tanto extremo
como buscarte en tu casa,
y quieras, viniendo a eso,
echarme la culpa a mí,
cuando te busca resuelto!
SANCHO: ¡Qué mal, ingrata, pretendes
disculparte, cuando tengo
desengaños yo de todo,
que ha días que los pretendo!
Él ha de darte la mano,
y morir después.
OCTAVIO: Primero
que se la dé, he de morir.
SANCHO: Pues mueran los dos.
LISARDA: (¡Ay cielos!) Aparte
Caballero, por mujer
me amparad, si es que os merezco
esta fineza.
OCTAVIO: Hoy será
muralla vuestra mi pecho.
Acuchíllanse, y retíranse hacia una
puerta don OCTAVIO y doña LISARDA
SANCHO: Sí, pero poca muralla.
LISARDA: (Mucho una desdicha temo.) Aparte
SANCHO: En vano el valor se alienta.
OCTAVIO: La ventaja te confieso,
pero he de morir matando.
SANCHO: Pues yo he de matar muriendo.
OCTAVIO: El umbral de aquesta puerta
sea el sagrado postrero
de mi vida.
SANCHO: Tu sepulcro
ha de ser este aposento,
porque no tiene salida.
LISARDA: De tu vida es el remedio.
SANCHO: ¿De qué suerte?
LISARDA: De esta suerte.
Éntrase don OCTAVIO retirando, y cierra la
puerta doña LISARDA
CRIADO: Cerró la puerta.
SANCHO: En el suelo
la echaré.
CRIADO: ¿Cómo es posible,
que son dos personas dentro
que la guardan y defienden?
OCTAVIO: Yo así mi vida defiendo Dentro
por morir para matarte.
SANCHO: (Cobarde soy, pues no intento Aparte
derribar aquestas puertas.
No en vano–¡vil pensamiento!–
supo Lisarda que yo
dejaba en Milán–¡ah cielos!–
quejoso de mí un amigo,
si él lo dijo.) Mas ¿qué es esto?
CRIADO: Que han trepado por las rejas.
Baja don JUAN por una reja que habrá
SANCHO: ¿Quién va?
JUAN: Un hombre que resuelto
viene así a morir al lado
d