Мигель Санчес. Бдительная смотрительница. Miguel Sаnchez. LA GUARDA CUIDADOSA


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ARIADENO: Dúdolo, según estás.
FLORENCIO: Según ella está, dirás.
ARIADENO: ¿Qué dirá cuando te vea
que por muerto te ha llorado?
FLORENCIO: Que pocas lágrimas son.
ARIADENO: No tienes, señor, razón.
Mucho dolor la has costado.
Pero súpolo fingir
el crïado de manera
que ser yo el muerto creyera,
a querérmelo decir.
FLORENCIO: Ha sido ventura extraña
que, cual si lo previnieses
ese crïado tuvieses
conocido desde España.
ARIADENO: Pues advierte que es el todo
en la casa de Leucato.
FLORENCIO: Como continúes su trato,
nos dará cuenta de todo.
¿En efecto concertase
con él este intento mío?
ARIADENO: Sí, si tanto desvarío
hay quien concertarlo baste.
FLORENCIO: Y, ¿dice si posa allí
el príncipe todavía?
ARIADENO: No estuvo allá más de un día.
Volvióse, mas viene ya.
FLORENCIO: ¿Sabes en qué errado habemos?
ARIADENO: De yerros no hay que te espantes.
FLORENCIO: El no ver yo a Nisea antes.
ARIADENO: ¡Que en estas locuras demos!
Que pues me envió a llamar
siquiera por cortesía,
ya que no por más, debía
irla luego a visitar.
FLORENCIO: No es lo primero que yerro.
Gente viene o va, volverte.
ARIADENO: Si es forzoso obedecerte
no se puede llamar yerro.
FLORENCIO: El nombre de este crïado
que busco, que no le acierto,
vuelve a decirme.
ARIADENO: Roberto,
nunca a su libro pasado;
pero vesle aquí.
FLORENCIO: ¿Que éste es?

Sale ROBERTO

ARIADENO: Roberto, dicha he tenido
en hallarte.
ROBERTO: Bien venido.
ARIADENO: Muy enhorabuena estés.
ROBERTO: Al monte iba a caza agora
con intento de tomar
con qué te fuese a buscar.
ARIADENO: Luego, ¿llego a buena hora?
ROBERTO: Ahorrarásme este camino.
¿Es éste la guarda?
ARIADENO: Sí.
FLORENCIO: A servirte vengo aquí.
ROBERTO: ¿Cuánto ha que de España vino?
ARIADENO: Poco. ¿Cuánto ha que veniste?
FLORENCIO: Que llegué aquí habrá tres días.
ROBERTO: ¿A qué o adónde venías
o, por qué de allá partiste?
FLORENCIO: Partí en una compañía
para Flandes. Enfermé.
Dejáronme aquí y quedé
rendido a la muerte mía.
ROBERTO: ¿De soldado, agora das
a guardar un monte, y tanta
flaqueza?
FLORENCIO: No se levanta
el ánimo para más.
Antes de entrar en la guerra
he conocido lo que es.
ARIADENO: Si bien lo supieses, pues.
ROBERTO: Y, ¿no vuelves a tu tierra?
FLORENCIO: No, porque no dejo allá
hacienda ni buen partido.
Adonde no es conocido
el pobre mejor está.
ROBERTO: Paréceme hombre de bien.
ARIADENO: Que lo es fí de mí.
Quizá por serlo está ansí.
ROBERTO: Y, ¿cuántos de estos se ven?
¿Quieres que concertemos
lo que te tengo de dar?
FLORENCIO: Poco hay que concertar
ni en qué nos desconcertemos.
Yo no tengo de añadir
a la ración que me deis;
luego de darme tenéis
lo con que pueda vivir.
Como pueda pasar yo
ventaja no la querré;
que en este oficio ya sé
que ninguno enriqueció.
ROBERTO: Póneste tan en lo justo
que en eso no hay más que hacer.
Amigos hemos de ser.
FLORENCIO: Deseo servir a gusto.

[ARIADENO habla] aparte a FLORENCIO

ARIADENO: (¡Cuerpo de quién me parió!
Hablémonos comedido;
que lo hablas tan polido
que casi te conoció.
O si no, la boca enjuaga
para que hables más modesto.
Tú no vales para esto,
tus orejas llenas de agua.
Habla más alto, y más gordo
y jura de en cuando en cuando
antes de andar enseñando
las palabras como a sordo.)
Dígole lo que ha de hacer
para acertar a servir.
ROBERTO: Bien se lo sabrás decir.
FLORENCIO: Y yo sabré obedecer.
ARIADENO: Cuanto te predico ansí
en la cabeza te queda.
FLORENCIO: Hará el pobre lo que pueda;
venía clavado aquí.
ARIADENO: Por fuerza has de responder
razón concupulativa.
Ansí yo en España viva
como has de echarla a perder.
ROBERTO: Agora que estás acá,
querrás hablar a Nisea
que mucho verte desea.
ARIADENO: ¿Cómo, si en la cama está?
ROBERTO: Hoy se ha levantado un poco
de su padre importunada.
ARIADENO: ¿Qué ha sido su mal?
ROBERTO: No nada.
Trae al pobre padre loco.
No es más de melancolía.
ARIADENO: Y, ¿ese llamas poco mal?
En mil gentes es mortal,
y aun yo jurarlo podría;
que después que el mal logrado
de mi señor me faltó,
ando tal que no se vio
hombre tan desconsolado.
Poco a poco voy tras él
según me tiene el dolor;
que esto debe a tal señor
un crïado antiguo y fiel.
Que sobre sobre aquésta que ciño
me quise arrojar, confieso.
ROBERTO: ¿Un hombre como tú hace eso?
ARIADENO: El dolor me ha vuelto niño;
con esto sólo descanso.
ROBERTO: ¿Adónde está tu cordura?
ARIADENO: ¡Qué gala, qué compostura,
qué dadivoso, qué manso!
¡Ay, que perdí mucho, amigo!
ROBERTO: Para eso es el corazón.
FLORENCIO: (¡Qué bien finge el bellacón!) Aparte
ROBERTO: ¿Hacíalo bien contigo?
ARIADENO: ¡Cómo si lo hacía bien!
Seis años fui su crïado,
y en aquestos he medrado
cual él tenga el siglo, amén.
Esto va entre burlas veras;
no tuvo cosa partida
comigo en toda su vida;
que se las guardaba enteras.

Hacia FLORENCIO

No había para mí de haber
llave en arca, en carta nema;
mas si daba en una tema
el juicio hacía perder.
Éstas me traen de esta suerte
llorando agora con vos;
no se lo perdone Dios.
ROBERTO: Más vale que sí, ya muerte.
FLORENCIO: (Temo no me haga reír Aparte
según anda bueno el loco,
y a él costárale poco.)
ARIADENO: ¿No lo podrías decir?
FLORENCIO: No traigas a la memoria
cosas de tanto pesar,
pues no se han de remediar.
ARIADENO: Téngale Dios en su gloria.
ROBERTO: ¿Qué día murió?
ARIADENO: El quinto.
ROBERTO: ¿Tenía herida?
ARIADENO: Mil tenía.
ROBERTO: ¿Volvía sangre?
ARIADENO: Parecía
un cuero de vino tinto.
ROBERTO: ¿Rompíasele la vena?
ARIADENO: ¿Cómo se podía romper?
Que la debía tener
más recia que una cadena.
ROBERTO: Pues eso, ¿cómo se vio?
ARIADENO: Pudieran verlo los ciegos;
pues por consejos ni ruegos
eternamente quebró.
ROBERTO: No es ésa de la que hablamos.
ARIADENO: Sé poco de esto de venas.
FLORENCIO: (Las tuyas, a fe, andan buenas.) Aparte
ROBERTO: ¿Quieres que a la torre vamos
para que hables a Nisea?
ARIADENO: Puedes decirla primero
que aquí estoy y que aquí espero.
ROBERTO: Muy bien me parece. Sea.
ARIADENO: Aunque si habemos de hablarla
de aqueste pobre difunto,
como me enternezco al punto,
temo mucho de cansarla.
ROBERTO: Harto está ella lastimada;
que dice que en no curarle
ella debió de matarle.

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