Мигель Санчес. Бдительная смотрительница. Miguel Sаnchez. LA GUARDA CUIDADOSA


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tardar más.
PRÍNCIPE: ¿Vaste ya?
ARSINDA: Esme forzoso a más ver.
PRÍNCIPE: Que no me dormiré fía.
Ven, Trabacio; que aún porfía
a engañarme esta mujer.

Vase [el PRÍNCIPE]

TREBACIO: Ven, Ariadeno.

Vase [TREBACIO]

ARIADENO: Si quieres;
quedaréme aquí contigo.
FLORENCIO: No hay para qué. Vete, amigo,
que te esperan.
ARIADENO: Cuerdo eres.

Vase [ARIADENO]

FLORENCIO: Espera Arsinda, Nisea,
Arsinda.
ARSINDA: ¿Quién da esas voces?
FLORENCIO: Un hombre que no conoces
como a sordo te vocea.
Como ausente leguas muchas
ya de tu memoria estoy,
todas esas voces doy
por ver si me las escuchas.
Y aun toda esta fuerza es poca
para que sea escuchado;
que voces de un olvidado
nunca salen de la boca.
No es mucho si entre voz larga
salen mis males a luz;
que le llega al arcabuz
hasta la boca la carga.
ARSINDA: ¡Ay, Jesús! ¿Quién es?
FLORENCIO: Un muerto.
Bien lo diré sin engaño
que, en un desechado el daño,
pocas veces sale incierto.
¿Cúyos pueden ser por dicha
estos sucesos atroces?
Si en la voz no me conoces,
conóceme en la desdicha.
Florencio soy.
ARSINDA: ¡Ay de mí!
Yo soy muerta.
FLORENCIO: No hayas miedo.
.................... [-edo].
No a ofenderte vine aquí.
No soy muerto. ¿Qué te espanta?
Que aun no se acaba mi vida
con verse tan perseguida;
que no tengo dicha tanta.
ARSINDA: Florencio, no sé qué hacer
ni qué disculpa te dar.
Nada te puedo negar
pues lo debes de saber.
Quien del otro mundo viene
todo lo sabrá. Y ansí
sabrás que no hay culpa en mí;
que todo Nisea la tiene.
Vete agora, y déjame.
FLORENCIO: Aguarda, escucha.
ARSINDA: No oso.
El Señor te dé reposo.
FLORENCIO: ¡Que tarde ya le tendré!
Arsinda, aguarda. Ya es ida.
Ojalá que muerto fuera
porque entrar allá pudiera
sin el peso de la vida.
El desengaño más cierto
ven aquí mis ceguedades,
pues son más ciertas [verdades]
las que se dicen a un muerto.
Muerte, lo más está hecho.
Acaba mi mal extraño
y, pues soy muerto en el daño,
parézcalo en el provecho.
¿Qué ley injusta es aquesta?
¿Dónde estás, dónde te escondes?
Muerte, ¿cómo no respondes?
FLORELA: ¡Ay de mí!
FLORENCIO: ¿Qué voz es ésta?
¿Eres la Muerte?
FLORELA: No sé.
Muerta, a lo menos, sí soy.
FLORENCIO: Mira que en tu busca voy
y de veras te llamé.
No soy de aquellos cobardes
que te llaman y después
si cerca de ellos te ves,
te ruegan que más aguardes.
¿No llegas? ¡Cómo parece
tu condición de mujer
pues nunca sabes querer
sino a quien más te aborrece!
Yo, que también siempre sigo
a la que huye de mí,
andaré siempre tras ti.
FLORELA: Que no soy la Muerte, amigo.
Soy la hija de Sileno,
un labrador que aquí mora.
FLORENCIO: Y, ¿qué haces aquí a tal hora?
FLORELA: Ya mi locura condeno.
En la casa de mi padre
quiso el príncipe hacer noche
aquí en el monte esta noche
porque a sus intento cuadre.
Vime yo tan perseguida
de un perdido de un crïado
que el príncipe trae al lado
que me hallé casi perdida.
Y, con mi prudencia escasa,
hüí del combate recio;
que persecución de un necio
¿a quién no echará de casa?
Cuando estaban descuidados,
hacía esta parte salí
y de ramas me cubrí,
figura de mis cuidados.
Al día esperando estaba,
padre de los afligidos,
por ver si con más sentidos
que mi padre me guardaba.
Esto es lo que aquí hacía
y lo que me trujo aquí.
FLORENCIO: ¿Qué has visto aquí?
FLORELA: Nada vi;
que de cansada dormía.
FLORENCIO: Pues, el príncipe, ¿a qué efeto
en tu casa se quedó?
FLORELA: ¿Allá para qué sé yo?
Que llaman ellos secreto
y no hay quien no lo murmure
por la loca de mi ama
que se dice que es su dama.
FLORENCIO: ¿Hay más verdad que procure?
¿Nisea estaba avisada
de que aquí se quedaría?
FLORELA: ¡Y cómo sí lo estaría
pues lo trujo se crïada!
FLORENCIO: Tanto va en desengañarme;
que por mil suertes y daños
llueve el cielo desengaños
y no bastan a matarme.
Mas mejor es cuando el mal
todo de una vez se llora.
Ven conmigo, labradora,
que en este campo estás mal.
Con tu padre te pondré.
FLORELA: ¿Quién eres?
FLORENCIO: La guarda soy.
FLORELA: Segura contigo voy.
FLORENCIO: (Yo, conmigo, no lo iré) Aparte
FLORELA: (¡Quien en su casa se hallase! Aparte
¿Faltan desventuras más?
¡Qué a peligro, monte, estás
de que mi fuego te abrase!)

FIN DEL ACTO SEGUNDO
________________________________________
ACTO TERCERO
________________________________________

Salen el PRÍNCIPE, TREBACIO, y ARIADENO, como

de noche

PRÍNCIPE: Andando voy, y temo que me duermo.

En sueños me parece que veo el río

que baña las riberas de este yermo.

Aún de mis propios ojos no me fío

según recelo de perder la gloria

que aguarda, y no lo cree, el pecho mío.

La promesa que clara fue y notoria

temía, si lo soñé, si verdad era;

que ya se les pasó de la memoria.

TREBACIO: ¿Qué haces, señor, de congojarte? Espera,

o duerme tú; que yo estaré velando

mientras que sale el alba placentera.

ARIADENO: Esto de andar un hombre trasnochando

es lo peor que tienen los amores.

De ordinario despierto, mas soñando

sin género de duda; son errores

sus obras, pues se cubren, por vergüenza

de esta capa común de pecadores.

PRÍNCIPE: Ya me parece que a salir comienza

el día.

ARIADENO: De aquí a el que yo dormiese,

no temeré que el sueño más me venza.

Aún es temprano. Si mi voto fuese,

ese poco de noche dormirías;

que has de dormir después cuando te pese.

Aquí nos quedaremos por espías.

Seguro puedes entregarte al sueño.

PRÍNCIPE: No están para dormir memorias mías.

TREBACIO: ¿Quién había de poder?

ARIADENO: Mi fe te empeño

que yo agora a dormir desafïara

en todo aqueste monte cualquier daño.

PRÍNCIPE: Pisadas oigo.

TREBACIO: Espérate y repara.

ARIADENO: La guarda es.

PRÍNCIPE: ¿Hay fantasma más molesta?

Sin verle no hay aquí volver la cara.

TREBACIO: No duerme cuidadosa guarda. Espera.

ARIADENO: ¡Y enfadosa de todos! Yo aseguro

que es a quien más la pesadumbre cuesta.

PRÍNCIPE: ¿Por qué?

ARIADENO: Porque no duerme, ni seguro

está jamás de noche ni de día.

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