Воспоминание об открытии Гаспара Костаньи де Сосы. Memoria del descubrimiento que Gaspar Castaño de Sosa, hizo en el Nuevo México
Uncategorized March 11th, 2006
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En diez y nueve del dicho salimos deste paraje e fuimos caminando al Poniente, obra de una legua por unas quebradas; y veníamos a dar otra vuelta al Poniente, porque así nos era forzoso por la malicia de la tierra y el río; y desta suerte venimos a dormir dentro de una quebrada donde había un riachuelo que venía de Norueste; y antes de entrar en el río que traímos, se perdió en unos arenales que hacía la quebrada.
En veinte e uno del dicho salimos deste paraje e fuimos por una muy buena cabaña, aunque en esta, arriba, obra de una legua, apartados del río, porque hacía gran codo; fuimos a dormir a una rinconada apartados del río, donde hubo muchos pareceres de que íbamos perdidos; el Teniente de Gobernador y Capitán General le dijo que no tuviesen pena, que él estaba enterado de que no estaban las poblaciones de allí, de veinte leguas a veinte e cinco, arriba; y con esto, algunos quedaron contentos y otros muy encrédulos.
En veinte e tres del dicho salimos deste paraje e fuimos caminando por una muy buena cabaña hacia el Este, porque el río daba allí gran vuelta; yendo adelante este día el Teniente de Gobernador, descubriendo camino, y con él Andrés Pérez, secretario de Gobernación; estando en un alto vieron venir no sé qué compañeros, de los que habían ido con el Maese de Campo, con algunas bestias por delante; e viéndoles a un gran trecho, visto que no hacían muestra ninguna el Teniente de Gobernador sintió gran pena, diciendo que no habían hallado nada o les había sucedido algún desastrado caso; yendo más adelante encontró a Joan Rodríguez Nieto, a pie, con su arcabuz a cuestas y un caballo por delante, cansado y sin silla, y sabido como venía de aquella suerte, casi no quería contar lo que había pasado, y en razón dello le dijo que yendo el río arriba habían topado una senda de gente, e la fueron siguiendo; y estando en un alto de una sierra vieron un pueblo, y allí durmieron; y al otro día de mañana fueron al dicho pueblo, y llegado a él les fue forzoso entrar en él, porque eran grandes los fríos y nieves, porque estaba toda la tierra cubierta de nieve; y los indios del dicho pueblo los recibieron bien y les dieron aquel día de comer, y obra de ocho a diez fanegas de maíz; e lotro día, de mañana, queriéndose volver, mandó a algunos soldados que fuesen por el pueblo a pedir más maíz, los cuales se fueron a lo que les era mandado; e para más seguridad de los indios e que no tuviesen miedo, iban sin armas ningunas, de modo que todos andaban por el pueblo con esta seguridad por la que los indios les habían dado, salvo Alonso Lucas y Domingo de Santesteban, los cuales estaban desgranando un poco de maíz que los indios les habían dado, cuando de repente empezaron a dar un grandísimo alarido y, juntamente con él, mucha piedra e flechería; visto por los dichos compañeros el rebato que les daban, se fueron retirando como pudieron adonde tenían las armas, las cuales habían bajado algunos de los indios que en las azuteas estaban, por ser las casas de a tres e cuatro soberados; y abajando dellas llevaron algunas de las armas, de modo que no pudieron haber más de cinco arcabuces, con los cuales se fueron retirando y saliendo de una plaza donde estaban alojados, quedándoseles los indios con cinco arcabuces y once espadas, y diez y nueve sillas, y nueve pares de armas de caballos, y mucha ropa, así de vestir como de cama; visto por el Maese de Campo el estrago que los dichos indios le habían hecho, determinó de volver a encontrar el Real y carretas que venían marchando por el río arriba trayendo a tres compañeros heridos, que fue Domingo de Santesteban y Francisco de Mancha y Jusepe Rodríguez; y luego este propio día se volvió viniendo todos en pelo y con barbiquejo y sin capotes ni género de ropa, ni ningún bastimentos, caminando tres días sin comer bocado; al cabo de los cuales les deparó Dios una india en una sabana, la cual les dio una poca de harina de maíz y unos frisoles, y fue tan poco que apenas cupo a puñado a cada uno, que si no fuera por aquello perecieran de hambre y de frío, y de nieves y aires, que lo hacía en extremo. Cada uno considere el trabajo que estos hombres pasaron, y llegado que fueron donde estaba el Teniente de Gobernador, no embargante lo sucedido, los recibió con mucha alegría, aunque Dios sabe lo que todos sentimos en ver venir de aquella manera; visto esto dejamos la derrota que llevábamos por aquella parte del río por de los dichos habían venido; y dijeron que no se podía caminar respeto de que había muchas quebradas, e nos volvimos atrás, obra de una legua, donde mandó el Teniente de Gobernador se holgase algunos días, como se hizo. Luego, otro, el dicho Teniente de Gobernador y Capitán General, visto el suceso al dicho su Maese de Campo e sus compañeros, y el mucho daño que les habían hecho los indios, atrás referidos, nos llamó a todos juntos, y tornándoles a animar, y que no tuviesen pena de lo subcedido; que de los trabajos a ellos sobrevenidos le pesaba mucho; y que cuanto a lo que los indios habían quitado, él quería ir personalmente al pueblo donde había sucedido, para que con los mejores medios que pudiese, ver si podía rescatar las armas e todo lo demás; lo cual todos estuvieron en ello, y se holgaron mucho de que él lo hiciese ansí; no poniéndosele delante la falta que había de bastimentos, dio orden de que él llevaría consigo veinte compañeros y otros tantos mozos, y le convenía salir luego que descansase dos o tres días, porque no tuviesen los indios tanto lugar de despender las armas, y para reducillos a la obediencia del Rey nuestro señor; y para el efeto de dicho viaje, viendo que nos había muchos días que no había qué comer sino una poca de carne y alguna semilla de cacate, salvo unas hanegas de trigo que llevaba para sembrar, mandó medir dos hanegas para que quedasen para sembrar, e lo demás repartió por todo el Real; y Joan Pérez de los Ríos, viendo la necesidad que había para poder salir el dicho Teniente al efeto que determinaba, se llegó a él y le dijo que mandase matar carne superabundancia para poder llevar, pues no había otra cosa; y así se mataron para este efeto tres bueyes; y mandó el dicho Teniente al Maese de Campo repartiese con las personas que con él habían de ir; lo cual se hizo.
En veinte e seis del dicho salió el Teniente de Gobernador al cumplimiento de lo atrás referido, y llevó de la gente de su compañía al maese de campo Francisco López de Ricalde, Pedro Flores, Martín de Salazar, Diego de Viruega, Alonso Xaimez, Joan Rodríguez Nieto, Joan Sánchez de Ávalos, Joan Sánchez, Francisco de Mancha, Joan de Carvajal, Diego Díaz de Berlanga, Francisco de Bascones, Cristóbal Martín, Hernán Ponce de León, Andrés Pérez, secretario, Joan López, Blas Martín de Mederos, Domingo Hernández, portugués y Joan de Estrada; todos los cuales salieron con el dicho Teniente, y diez y siete mozos, todos a caballo salimos deste paraje; fuimos a dormir, una legua de allí, a la orilla del río.
En veinte e siete del dicho salimos deste paraje, fuimos por una muy buena cabaña a dormir al paraje de la Urraca, donde acaeció a Joan Rodríguez Nieto, queriendo hacer fuego, saltó una chispa no se sabe dónde, mas de que el frasco que tenía lleno de pólvora en la pretina y el frasquillo reventaron sin hacer ningún daño.
Tags: carta, ensayo, memorias, MEXICO, nota, pieza
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