En diez y ocho del dicho salimos deste paraje y había salido Cristóbal de Heredia con algunos soldados a ver si había entrada al río Salado; yendo en su demanda halló que no se podía entrar por la mala traza de la tierra e no haber podido aquel descubrir agua ninguna; y así envió al Real a Francisco López de Ricalde y Jusepe Rodríguez, y él con los demás compañeros pasó adelante; e vueltos los dichos al Real dijeron al Teniente de Gobernador que por ningún caso podían pasar de allí adelante, porque el río no se hallaba; que debía de dar gran guiñada al Poniente, e la tierra no se podía por aquella parte andar con carretas, de que causó grande pena a todo el campo, principalmente a Joan López de los Ríos, respeto del temor que allí mostró de que se había de perder su hacienda; y que la hacienda no la estimaba en tanto como era su mujer e hijos; y con gran duelo se quejaba de sí diciendo muchas clamaciones, y quejándose del Teniente de Gobernador, que le llevaba perdido; y esto era la mayor pena que tenía, porque él, cuando todo comiese turbio, se iba a una ranchería y acabaría ahí su vida; pues el dicho Teniente no quiso ir por donde él quería, que era otra derrota; y a todo esto, el dicho Teniente estaba oyendo al dicho y a los demás los devaneos que sobre esto trataban; y luego en este ínterin los mandó juntar a todos y les preguntó qué les parecía que hiciesen, y hubo pareceres de que se volviese atrás a tomar el camino que algunos de los demás querían, contra la voluntad del dicho Teniente; y él, visto que aquél era su camino, con las mejores palabras que pudo les animaba, metiéndolas a todos, hombres y mujeres, muchachos y muchachas, indios e indias, que se encomendasen a Dios y que tuviesen confianza en Dios y en su bendita Madre, nos había de guiar y alumbrar por él, conforme llevaba el deseo de servir a Dios Nuestro Señor y a Su Majestad no le había de faltar cosa; y así mandó que saliesen deste paraje y prosiguiesen su viaje, lo cual se hizo; y luego encontinente, repartió algunos compañeros fuesen descubriendo algunos aguajes por la derecera que habían de llevar; y salidos del paraje, obra de un cuarto de legua, yendo en la retaguardia el dicho Teniente de Gobernador y Capitán General, como lo tenía de costumbre, vino a él Francisco López de Ricalde diciendo que Joan Pérez de los Ríos iba con gran pena y llorando, diciendo al dicho Recalde que tratase con el Teniente, que por amor de Dios se volviese atrás; y tratando el dicho Ricalde del negocio, le respondió con grande aspereza que ninguno le tratase dello, y que si se espantaban, que entre los españoles hobiese mostrar flaqueza y perderían mucho de su derecho, y que dijese al dicho Joan Pérez que callase su boca y prosiguiese su viaje e que no le desanimase la gente; que él, como ha dicho, tiene confianza en Dios que no le ha de faltar agua, porque Dios Nuestro Señor se la ha de deparar; y así luego el Teniente de Gobernador dejó de seguir el Real y se apartó solo a un lado; y obra de media legua del camino, llevando consigo a un criado suyo, que se dico Joan López, dio en un charco muy grande de agua, en gran cantidad, de que recibió mucho contento, cosa que por aquella comarca no se había descubierto otro semejante, que parece que proveyó el Señor, como lo provee en todo; y se fue a gran priesa a las carretas, y las hizo parar para que la boyada e caballada bebiesen la dicha agua, y se hizo ansí, y allí aguardase a Cristóbal de Heredia; y el otro día vino el dicho Cristóbal de Heredia, y trajo nueva de que no pudo llegar al río; y algunos eran de parecer que se había perdido también como la de las Laxas; y estando con esta confusión, envió dicho Teniente a Alonso Xaymez saliese con algunos compañeros, como en efeto salió; fue en su compañía Diego Díaz de Berlanga y Cristóbal Martín, Joan López e Francisco de Mancha, e les mandó el dicho Teniente fuesen siguiendo un rastro de gente que allí se halló, y procurase con el naguatato que llevaban de traer algún indio para tomar en lengua de la tierra y de lo que en ella había, porque él iría con las carretas por su rastro, y al otro día salieron.
En diez y nueve del dicho salimos de este paraje con determinación de ir en seguimiento del camino que llevaba Alonso Xaimez, y a una guía que él había enviado a decir que estaba a dos leguas de donde salimos, la cual repuesta envió con un indio, llamado Joan de Vega, que para el efeto llevó; e no satisfecho de esta razón el dicho Teniente de Gobernador envió a Cristóbal de Heredia fuese a ver aquella agua, el cual fue e visto la poca agua que había y que era camino muy diferente y apartado del que habían de llevar, se volvió a gran priesa, que no era aquel nuestro camino; y enterándose el dicho Teniente dello le mandó que tomase la derecera que llevaba e dejase aquélla, el cual lo hizo, e fuimos a dormir a unas lajas que el dicho Cristóbal de Heredia, visto con agua.
En veinte del dicho salimos de este paraje con harta pena por la falta de agua que no hubo en ella la mitad de lo que era menester para aquel día y noche; y así, envió el dicho Teniente a muchos compañeros como lo solían hacer a buscar aguajes en algunas lajas o arroyos, porque manantiales no los había en toda la tierra; e fue Dios servido, que Domingo de Santiesteban volvió al Real diciendo que en una cañada adelante había muy grandes charcas de agua, y así se fue a ellos con gran contento y llegaron a las once del día, e se desunció la boyada, y estuvimos en estas charcas obra de dos horas; y luego se tornó a uncir, y fuimos prosiguiendo nuestro viaje; parose con dos o tres horas de noche en unas lomas.
En veinte y uno del dicho salimos de este paraje; yendo caminando a mediodía se halló una poca de agua en unas lajas de donde se proveyó todo el Real y bebieron ayunos caballos, aunque poco, porque la noche atrás habíamos quedado sin agua; y fuimos a dormir, adelante, en una cañada sin agua, aunque para la gente, obra de media legua, se halló agua y llevaron a beber a algunos caballos; y esta noche, visto la falta de agua que había, mandó el dicho teniente Cristóbal de Heredia, maese de campo, que enviase algunos compañeros a descubrir el río Salado y que no volviese sin darle vista; y si hallase alguna agua volviese algún compañero a dar razón dello; el dicho Maese de Campo mandó luego a Joan de Carvajal, y Juan de Estrada, y Martín de Salazar, y Joan Rodríguez Nieto, y Pedro Flores, Gonzalo de Lares, los cuales salieron luego aquella noche al cumplimiento de lo que se les mandaba; fueron a descansar aquella noche, obra de dos leguas, algún rato; y antes que amaneciese tornaron a proseguir su viaje como les era mandado, que fue Dios servido, que delante, yendo a descubrir el dicho río con propósito de no volver sin descubrirlo, como lo hicieron, y hallaron unos charcos muy grandes de agua de que recibieron muy gran contento por la grande necesidad que traían de agua; y al cumplimiento, volvió Pedro Flores, por la posta, a dar razón de la dicha agua; no debió de tardar una hora en venir al real, y los demás compañeros pasaron, adelante, descubrieron el dicho río; en este paraje se perdieron las cabras y vino Pedro Pinto a gran priesa a decir que las llevaban indios; y el dicho Teniente de Gobernador, con dos o tres soldados, salió a la derecera donde el negro decía las llevaba y les dio alcance, obra de una legua, e no las llevaban indios, porque con la sed se iban ellas de suyo; también con la gran sed que la boyada tenía se dividió un gran atajo dellos, y los trujo Diego de Viruega a dos leguas del Real.
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