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Воспоминание об открытии Гаспара Костаньи де Сосы. Memoria del descubrimiento que Gaspar Castaño de Sosa, hizo en el Nuevo México


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En 23 del dicho salimos deste paraje, y fuimos caminando por una muy buena sabana, casi al este, porque el río daba allí gran vuelta; yendo adelante, este día el Teniente de Gobernador descubriendo camino, y con él Andrés Pérez, secretario de Gobernación, estando en un alto, vieron venir no sé qué compañeros, de los que habían ido con el Maese de campo, con algunas bestias por delante; e viéndolos a un gran trecho, visto que no hacían muestra ninguna, el Teniente de Gobernador sintió gran pena, diciendo que no habían hallado nada, o les había sucedido algún desastrado caso; yendo más adelante, encontró a Juan Rodríguez Nieto, a pie, con su arcabuz a cuestas y un caballo por delante, cansado y sin silla. Y sabido como venía de aquella suerte, casi no quería contar lo que había pasado, y en razón de ello, le dijo, que yendo el río arriba, habían topado una senda de gente, la fueron siguiendo, y estando en un alto de una sierra, vieron un pueblo, y allí durmieron; y al otro día de mañana, fueron al dicho pueblo, y llegado a él, les fue forzoso entrar en él, porque eran grandes los fríos y nieves, porque estaba toda la tierra cubierta de nieve, y los indios del dicho pueblo los recibieron bien, y les dieron aquel día que comer, y obra de ocho o diez hanegas de maíz. El otro día de mañana, queriéndose volver, mandó a algunos soldados fuesen por el pueblo a pedir más maíz, los cuales fueron a lo que les era mandado, e para más seguridad de los indios, e que no tuviesen miedo, iban sin armas ningunas, de modo que todos andaban por el pueblo con esta seguridad, por la que los indios les habían dado, salvo Alonso Lucas y Domingo Santisteban, los cuales estaban desgranando un poco de maíz, que los indios les habían dado; cuando de repente empezaron a dar un grandísimo alarido, y juntamente con él mucha piedra e flecharía. E visto por los dichos compañeros el rebato que les daban, se fueron retirando, como pudieron, a donde tenían las armas, las cuales habían bajado algunos de los indios, que en las azoteas estaban, por ser las casas de a tres e cuatro sobrados; y abajando dellas, llevaron algunas de las armas, de modo que no pudieron haber más de cinco arcabuces, con los cuales se fueron retirando y saliendo de una plaza, donde estaban alojados, quedándose los indios con cinco arcabuces y once espadas y diez y nueve sillas, y nueve pares de armas de caballos, y mucha ropa, así de vestir como de cama. Visto por el Maese de campo el estrago que los dichos indios le habían hecho, determinó de volver a encontrar el Real y carretas, que venían marchando por el río arriba, trayendo a tres compañeros heridos, que fue Domingo de Santisteban y Francisco de Mancha y Josephe Rodríguez; y luego este propio día se volvió, viniendo todos en pelo y sin barbiquejo20, y sin capotes, ni género de ropa, ni ningún bastimento, caminando tres días sin comer bocado, al cabo de los cuales, los deparó Dios una india en una sabana, la cual les dio una poca de harina de maíz, y unos frisoles21; y fue tan poco, que apenas cupo a puñado a cada uno; que si no fuera por aquello, perecerían de hambre y de frío y de nieve y aires, que los hacía en extremo. Cada uno considere el trabajo que estos hombres pasaron. Y llegado que fueron donde estaba el Teniente de Gobernador, no embargante lo sucedido, los recibió con mucha alegría, aunque Dios sabe lo que todos sentimos en ver venir de aquella manera. E visto esto, dejamos la derrota que llevábamos por aquella parte del río, por do los dichos habían venido y dijeron que no se pudía caminar, respecto de que habían muchas quebradas; e nos volvimos atrás, obra de una legua, donde mandó el Teniente de Gobernador se holgase algunos días, como se hizo.

Luego otro día, el dicho Teniente de Gobernador y Capitán general, visto el suceso ocurrido al dicho Maese de campo e sus compañeros, y el mucho daño que les habían hecho los indios atrás referidos, nos llamó a todos juntos, tornándoles a animar, y que no tuviesen pena de lo subcedido, que de los trabajos a ellos sobrevenidos, le pesaba mucho, y que cuanto a lo que los indios habían quitado, él querría ir personalmente al pueblo donde había sucedido, para que, con los mejores medios que pudiese, ver si podía rescatar las armas e todo lo demás. Lo cual todos estuvieron en ello, y se holgaron mucho de que él lo hiciese; ansí, no poniéndosele delante la falta que había de bastimento, dio orden de que él llevaría consigo veinte compañeros y otros tantos mozos; que le convenía salir luego que descansase dos o tres días, porque no tuviesen los indios tanto lugar de despender las armas. Y para reducillos a la obediencia del Rey nuestro señor; y para el efecto del viaje, viendo que había muchos días que no había que comer, sino una poca de carne y alguna semilla de zacate, salvo unas hanegas de trigo, que llevaba para sembrar, mandó medir dos hanegas para que quedase para sembrar, e lo demás repartió por todo el Real; y Juan Pérez de los Ríos, viendo la necesidad que había, para poder salir el dicho Teniente al efecto que determinaba, se llegó a él y le dijo, que mandase matar carne super abundancia para poder llevar, pues no había otra cosa; y así se mataron para este efecto tres bueyes, y mandó el dicho Teniente al Maese de campo repartiese con las personas que con él habían de ir, lo cual se hizo.

En 26 del dicho salió el Teniente de Gobernador al cumplimiento de lo atrás referido, y llevó de la gente de su compaña al maese de campo, Francisco López de Ricalde, Pedro Flores, Martín de Salazar, Diego de Biruega, Alonso Xáimez, Juan Rodríguez Nieto, Juan Rodríguez de Ávalos, Juan Sánchez, Francisco de Mancha, Juan de Carbajal, Diego Díaz de Verlanga y Francisco de Bastones, Cristóbal Martín, Hernán Ponce de León, Andrés Pérez, secretario de Juan López, Blas Martín de Mederos, Domingo Hernández Portugués, Juan Destrada, todos los cuales salieron con el dicho Teniente y diez y siete mozos, todos a caballo: salimos deste paraje, fuimos a dormir una legua de allí a la orilla del río.

En 27 del dicho salimos deste paraje, fuimos por una muy buena sabana a dormir al paraje de la Urraca, donde acaesció a Juan Rodríguez Nieto, queriendo sacar fuego, saltó una chispa, no se sabe dónde, unas de que el frasco que tenía lleno de pólvora en la pretina, y el frasquillo, reventaron sin hacer ningún daño.

En 28 salimos deste paraje, e fuimos caminando aquel día; y uno de los compañeros, por nombre Pedro Flores, le había dado el día de atrás una melancolía, de que se hallaba muy fatigado, y en alguna manera pareció desvariaba; y el dicho Teniente le dijo, antes que saliese deste paraje, se volviese al Real, que iba en nuestro seguimiento, y había de parar en el paraje de la Urraca; porque esa orden había dejado el dicho Teniente, y que allí aguardase hasta ser avisado y satisfecho el dicho Teniente que el dicho hallaría allí las carretas, que eran cuatro leguas, y podía volver seguramente. Y el dicho Pedro Flores respondió que no se había de volver por ningún caso, y algunas personas diciéndole que le enviase, que sentían en él estar muy malo y con grande melancolía, tanto que en alguna manera mostraba estar falto de juicio natural; y el dicho Teniente, doliéndose de su trabajo e pena, le tornó a rogar se volviese, y que volvería con él un mozo o un compañero, y él no quiso acudir a ello, tanto, que el dicho Teniente se quiso volver, respecto del dicho Pedro Flores, y el dicho Pedro Flores se sintió mucho dello, diciendo que no había para qué. Y así, visto que él se animaba, proseguió su viaje e fuimos a dormir al paraje que dicen del Caballo, en un ojuelo de agua. Dícese paraje del Caballo, porque cuando el Maese de campo, al cumplimiento de lo atrás referido, matamos un caballo para comer, porque no había cosa que comer en este paraje. Después de parados, vino Pedro Flores al alojamiento del dicho Teniente, muy contento, diciendo que estaba muy bueno y se hallaba aliviado, y que tenía mucha hambre, porque desde que había salido de las carretas no había comido cosa, ni dormido estotras noches, cosa jamás vista a nuestro parecer, que el dicho Teniente se holgó, de lo que el dicho Pedro Flores le había dicho, como era de razón, porque lo quería y amaba en extremo, y así le mandó dar carne y tres tortillas, que no fue poco regalo de las tortillas, e porque no las había. Y el otro día de mañana hallaron al dicho Pedro Flores menos, y así mandó el Teniente al Maese de campo se buscase; el cual salió el dicho Maese de campo con otros dos compañeros a ver si hallaban al dicho Pedro Flores, e no le pudieron hallar, y así se volvió al Real, y procurando la caballada, se halló menos un caballo del dicho Pedro Flores, y silla y arcabuz, cota, porque todo esto llevaba, y así entendiendo volvería aquel día a las carretas, mandó el dicho Teniente prosiguiesen el viaje, el cual se hizo.

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