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En treinta del dicho salimos deste paraje de la Urraca, con todo el Real y carretas, e fuimos a dormir en el paraje de la rinconada; caminose ya dos leguas.

En primero de febrero salimos deste paraje e fuimos a dormir al paraje del estero; había tres leguas.

En tres de febrero salimos deste paraje e fuimos a pasar el río; a la orilla dél dormimos.

En cuatro del dicho salimos deste paraje y en hora de una legua tardamos cuatro días, porque se nos quebraron muchas carretas, e les hizo recio tiempo de frío y nieve.

En ocho del dicho salimos deste paraje e río; fuimos a una cabaña a la parte de Poniente; dormimos en una muy buena cañada, sin agua, eceto3 que se derretía de la nieve en muchas pallas y ollas, con que se hacía de comer, e bebíamos nos e nuestra caballada.

En nueve del dicho salimos deste paraje e fuimos a dormir a una cañada de arroyo, donde hallamos un mal paso, donde cortaron muchos pinos; no había agua ninguna y estuvimos aquí dos días en pasar este paso; no había agua ninguna, porque con nieve derretida pasábamos; e la boyada no comió bocado con que se sustentaba.

En doce del dicho salimos deste paraje e fuimos a dormir a una cañada; dormiose sin agua; pasose con lo atrás referido.

En trece del dicho salimos deste paraje e fuimos a dormir tres leguas de allí, en un encón estaba el pueblo último donde habíamos salido, una legua de nosotros; llevose la boyada y caballada a beber al pueblo, que tenía hasta necesidad, porque había seis o siete días que los bueyes no bebían; sustentábanse con la nieve.

En catorce del dicho salimos deste paraje para ir al pueblo todo el Real; e fue tanto el frío que las gentes se helaban, tanto que no se pudo caminar, ni andar este legua con las carretas, porque se quedaron en una quebrada.

En quince del dicho entramos todos en este pueblo, por nombre San Cristóbal, donde fuimos todos bien recebidos.

En diez y siete salimos de este pueblo e fuimos a otro pueblo, que dicen San Lucas; fuimos bien recibidos de los dichos naturales.

En diez y ocho del dicho salimos deste pueblo e fuimos a otro pueblo que se dice San Marcos, donde se habían descubierto las minas; fuimos bien recebidos.

En veinte e tres de febrero fue el Teniente de Gobernador a un pueblo, donde no había estado; dos leguas deste, dieron la obediencia a Su Majestad; nombrose gobernador y alcalde y alguacil; arbolose cruz alta con sonido de trompeta y arcabucería.

En primero de marzo del año de mil e quinientos e noventa e uno salió deste pueblo de San Marcos con diez y nueve compañeros, y fue al pueblo donde había sucedido el caso a Cristóbal de Heredia, maese de campo; fue a dormir a una quebrada de unos pinales, dos leguas del pueblo a que se iba.

A dos del dicho salimos de este paraje e fuimos al pueblo, y antes de llegar a él, temeroso, el Teniente, de que la gente se saldría del pueblo, envió a Cristóbal de Heredia con sus compañeros fuese alguna parte alta, y que tomase la huida de la gente, si acaso se huyese; lo cual fue; y el Teniente con los demás se fue al pueblo, e los halló todos muy seguros e sosegados, e les salió a recebir mucha gente; y al dicho Maese de Campo, a la otra parte donde había ido sin que saliese ninguna persona del pueblo, y juntándose todos, había muy gran cantidad de indios; y para más asegurarlos y que perdiesen el miedo, todos a caballo se pasearon el pueblo, tocando trompetas de que los indios y mujeres y muchachos e muchachas se holgaban mucho; y así se alojaron, arrimados a las casas donde había muy gran suma de gente con nosotros; nos trujeron mucho maíz, harina, frísol y algunas cosillas que ellos tienen, y el otro día los llamó a todos el dicho Teniente, e nombró gobernador y alcalde y alguacil, y se arboló una cruz con gran sonido de trompetas y arcabucería, de que todo el pueblo se holgaba en extremo; y con haber sucedido lo atrás referido, estaban tan sosegados e contentos que era placer en vellos, porque bajaban mucha cantidad de mujeres, muchachos, a conversar con nosotros; y el Teniente de Gobernador, mostrándoles mucha amistad, le trujeron cinco hojas de espada, y otras dos quebradas por el medio, y algunas camisas, capotes, y algunos pedazos de jerga; y esto lo hacían ellos con mucho calor; túvose entendido que si hubiera más entendido, todo lo dieran, y así visto, estar todos seguros y obedientes, mostrándonos mucha amistad nos dieron maíz y harina y frísol, cuanto pudiésemos llevar; estúvose tres días en esto.

En siete del dicho mes salimos del pueblo, llamado San Marcos, donde se habían descubierto las minas, y hechos muchos ensayos, y no mostraron plata; y teniéndose noticia de otro descubrimiento, salimos para ir a ellos; fuimos a un río y paraje, que dicen de Pedro de Íñigo; quedáronse algunos compañeros este día por faltar caballos.

En ocho del dicho salimos deste paraje a irnos a un pueblo que se dice de Santo Domingo a la orilla de un río caudaloso, para que de allí se descubriesen las minas, atrás referidas; durmiose en este camino en un pueblo despoblado, una legua del pueblo de Santo Domingo; y el Teniente de Gobernador y otros muchos compañeros e gentes del Real se habían ido al pueblo de Santo Domingo, y estando en él, supo que las carretas podían llegar al pueblo, y así se vino a las carretas e Real, y supo que en su campo había algunos de sus compañeros; y sabido el caso, envió a Cristóbal de Heredia, maese de campo, que fuese al pueblo de Santo Domingo, donde había dejado muchos de sus compañeros y gente de su Real, y que se trajesen presos a un soldado, en el ínter que el dicho Maese del Campo, fiscal que era manchado, se satisfizo del caso, y era que entre cinco e seis soldados de su compañía que habían quedado en el pueblo de San Mateo, habían tratado de que se fuese a tierra de paz; y aunque estaba ahí comunicado de que matase al Teniente de Gobernador, pues no le daba lugar que hiciesen lo que querían, y era que les iba a la mano que no les diesen pesadumbre a los naturales y no les quitasen cosa alguna, y esto era lo que liminaban, por donde habían tratado esto y al tiempo que el dicho Maese de Campo fue a prender al dicho soldado que le había mandado el dicho Teniente; llegando al dicho pueblo, salió de su alojamiento Alonso Xaimez, con un arcabuz en las manos, diciendo: «¿Quién me llama?», no hablando nadie con él, y así le respondieron, que nadie le llamaba; el dicho Xaimez respondió: «Cada uno mire por sí»; y visto esto, el Maese de Campo aguijó a él, y él se huyó; y así se volvió el dicho Maese de Campo con el soldado a las carretas e Real donde estaba el Teniente de Gobernador, y llegado que fue el dicho soldado, mandó que luego se le diese garrote, y por que deste había más sospecha que de otro ninguno; y así queriéndose ejecutar por mandado, se juntó todo el Real, hombres y mujeres, y pidieron al dicho Teniente que por amor de Dios le perdonase, y así el motivo de compasión y del que todo su Real se lo pedía, mandó suspender lo mandado, aunque se tuvo entendido lo haría por mostrarles temor; no se nombran aquí por sus nombres, porque se les llevó este negocio con mucha clemencia.

En ocho del dicho salimos de aquí e fuimos al pueblo que se dice de Santo Domingo, y nos recibió el pueblo con mucha amistad, y supo el Teniente de Gobernador que Alonso Xaimez se había ausentado.

Otro día, que se contaron ocho del dicho, estando en este punto alojados todo el Real y carretas para estar en él algunos días, en cuanto se fuese de allí a descubrir las minas de que se tiene noticia, se juntaron todos los soldados y demás gentes que en el dicho Real había, y le pidieron al dicho Teniente de Gobernador que, por amor de Dios, no mirase a algunas cosas que en el dicho su Real había habido; y pues su merced olvidaba todas sus cosas con tanta clemencia, diciendo que Alonso Xaimez andaba ausentado del Real y se temía de que su merced le había de castigar, con siguridad, porque por esta causa se había ausentado, y estaba muy arreposo de haberle dado pesadumbre en casa de algunos; e los dichos soldados e Maese de Campo, todos juntos a una voz, le pidieron al dicho Teniente les hiciese merced de perdonarle, y el dicho Teniente dijo que si perdonaba a él y a todos los que en algo habían cometido, en nombre de Su Majestad, teniendo atención más a caridad y a los trabajos que habían pasado, acetó que en la comisión que Alonso Xaimez tenía de capitán para ir a la ciudad de Zacatecas, río grande, y otras partes, a hacer gente se le había de relevar; y defeto se revocó luego, públicamente, por haber, y juntamente con el perdón, que a los dichos dio en nombre de Su Majestad; no nombramos aquí particularmente todos los que en este caso delinquieron, por ser ya perdonados. <

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