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Otro día de mañana, el dicho Teniente, traer caballo, y se puso luego a caballo muy aderezado, antes que se recogiesen las velas, y dio vuelta al pueblo e plazas e calles, y halló la gente muy sosegada, de que se holgó mucho, que era lo que él pretendía y deseaba; y así hizo recoger toda su gente a su alojamiento, e les hizo un parlamento, agradeciéndoles el mucho bien que habían hecho en acudir a las obligaciones que todos debemos de hacer en servicio de Dios Nuestro Señor y de Su Majestad; y les pidió y rogó a todos ellos, y por amor de Dios, no se hiciese ningún daño a los dichos indios, ni en su pueblo y casas, aunque no había para qué, porque todos pretendían regalarles, aunque no le fuera mandado, y por ver el mucho celo que el dicho Teniente mostraba de favorecer a los dichos indios; y luego el dicho Teniente mandó a los indios laboríos de su Real e campo, que por ningún caso saliesen del Real ni entrasen en casa ninguna, ni diesen ninguna pesadumbre a los indios del pueblo; y luego en este ínter, estando todos juntos muy contentos de ver que el pueblo estaba sosegado, no embargante esto, mandó el dicho Teniente que fuesen algunos compañeros aquel cuartel donde había habido la vela, y que tornasen a ver si podían sacar la gente, y para esto llevasen candelas, los cuales fueron y entraron por los bajos, donde las gentes, el día de antes, se habían escondido, y hallaron muchas minas e contraminas que salían por debajo de tierra a otros cuarteles, y estufas que tienen debajo de tierra; y visto esto, se volvieron diciendo que allí no había gente ninguna; y así mandó el dicho Teniente que se quedase así, y quedó con este sosiego; y el dicho Teniente se fue al pueblo con algunos compañeros de a caballo y de a pie, asegurando toda la gente lo mejor que pudieron y mirando el pueblo de lo que en él había, mostrose mucha cantidad de gente, mostrándoles mucha amistad, y se vido por extenso todo lo que había la cosa más de ver; eran diez y seis estufas, todas debajo de tierra muy encaladas y muy grandes, que tienen hechas para los fríos, que son grandes; en esta tierra no hacen lumbre dentro, porque de afuera traen muchos brazos, y cubiertas con ceniza, con tanta curiosidad, que no sabré decir; la puerta por donde entran es un escotilloncillo que no cabe más de una persona, y abajan por una escalera que para el efeto allí tienen enclavada; las casas en este pueblo están a la manera de cuarteles; tienen las puertas a la parte de afuera por toda la redonda, y espaldas con espaldas las dichas casas; tienen las casas de a cuatro y a cinco altos; en los entresuelos no hay puertas ningunas a las calles; sírvense con escalerillas levadizas todas a mano y por sus escotillones; tiene cada casa tres o cuatro aposentos, de modo que la adrecera de cada casa de alto a bajo tienen quince o diez y seis aposentos; tienen mucha curiosidad en los aposentos, de muy encalados, y en sus servicios y de sus moliendas tiene cada casa tres y cuatro piedras de moler, las cuales tienen puestas y asentadas en sus piletas y sus manos de moler, y muy encaladas; muelen con esta curiosidad que se va repasando de una en otra la harina que muelen, porque no hacen istañal; que con esta harina hacen su pan de muchas maneras y su atole y tamales; había en este pueblo cinco plazas, había muy gran suma de maíz, que al parecer de todos fue cosa de admiración; y hubo personas que entendían y decían, había más de treinta mil hanegas de maíz; pues que cada casa tenía dos o tres aposentos llenos, y es el mejor maíz que se ha visto; muchos frisoles; el maíz era de muchas colores, e lo propio es el frísol; al parecer había maíz de dos o tres años; tiene muchas yerbas, quilites y calabazas en su casa; muchas cosas para las labranzas de sus milpas; sus vestidos, a lo que allí vimos a los hombres, por ser tiempo de fríos, los más dellos o todos, traían unas mantas de algodón y un cuero de Cíbola encima, algunos dellos tapan sus vergüenzas con unos pañetes muy galanos y con muchas labores; las mujeres con una manta dado un nudo al hombro y una faja, de un palmo de ancho, en la cintura por un lado, estando abierta la manta; encima desta se ponen alguna otra manta labrada muy galana, o algunas pellicas de pluma de gallinas, y otras muchas curiosidades que para bárbaros es de notar; tienen mucha loza de las coloradas y pintadas y negras, platos, cosetes, saleros, almoficas, jícaras muy galanas, alguna de la loza está vichiada; tienen mucho apercibimiento de leña e de madera para hacer sus casas, en tal manera a lo que nos dieron a entender que cuando uno quería hacer casa, tiene aquella madera allí depuesto para el efeto; y hay mucha cantidad de tierra, dos aguajes a los lados del pueblo que les sirven para se bañar, porque de otros ojos de agua, a tiro de arcabuz, beben y se sirven; a un cuarto de legua va el río Salado que decimos, por donde fue nuestro camino, aunque el agua salada se pierde muchas leguas atrás; y en ver todas las cosas que en el pueblo había gastamos este día; nunca quiso salir indio de las casas; diéronnos algunas cosillas de las nuestras, aunque poco y de poco valor; y con esta seguridad, el dicho Teniente mandó quitar las velas y sólo la hubiese en el cuerpo de guardia por estar pegado al pueblo, como dicho es, entendiendo que en ello aseguraría más los indios, y ellos propios lo pidieron así, y así lo hizo; el otro día no amaneció persona en el dicho pueblo, y visto esto, recibimos todos mucha pena; y así mandó el Teniente de Gobernador, que no embargante, que los dichos indios habían dejado el pueblo, no se les hiciese daño ninguno, eceto se buscase en las casas a ver si hallaban algunas cosas de las nuestras; y así se hizo, sin se les hacer daño ninguno; algunas cosillas de las nuestras se hallaron, aunque no nos fueron de momento, porque todo estaba hecho pedazos; y así mandó que de cada casa se tomase un poco de maíz y frisole e harina, el cual se hizo y se hicieron veinte e dos hanegas, y las envió a las carretas, al paraje de la Urraca; fueron con estas cargas ocho compañeros, y otros ocho o diez mozos; y el dicho Teniente e demás gente e Real se quedó en el pueblo a ver si los indios volvían alguno dellos, y así se estuvo algunos días aguardando a lo que dicho tengo; y visto esto, y que ninguno venía, determinó el dicho Teniente de alzar el Real, porque los indios se volviesen a su pueblo por tenerles mucha lástima en haber dejado sus casas y el tiempo ser muy recio de frío y aires y nieves, cosa no creída, tanto que los ríos estaban todos nevados en aquel tiempo, como más adelante, de frío, trataremos más largo; y el dicho Teniente mandó que se aprestasen para salir de allí a otros pueblos, de que algunos compañeros recebían pena por causa del recio e la fuerza que había de verlos, no se pudo volver al Real, sino pasar adelante como se fue a descubrir camino para poder entrar en los dichos pueblos, porque en este no podían entrar carretas; e de más desto, el dicho Teniente de Gobernador traía en las faltriqueras unas piedras de metales e preguntó en este pueblo, a los indios, dónde había de aquello; y ellos me dieron a entender que en los otros pueblos atrás referidos; y así entendido esto, se determinó el dicho Teniente a ir a los de atrás referido, y a descubrir estas minas; e lo puso por obra.
En seis de enero del año de mil e quinientos e noventa e uno se salió deste punto en demanda de lo atrás referido; mandó el Teniente al Maese de Campo dejase dentro del pueblo a cuatro compañeros escondidos en sus muy buenos caballos, para que si volviesen algunos indios al pueblo, tomasen a algunos para darles a entender que se volviesen a sus casas; y al efeto se quedó Joan de Carvajal, Francisco de Mancha, Joan de Contreras, Cristóbal Martín; y no habíamos alzado nuestro Real cuando, por un lado del dicho pueblo, vinieron dos indios, y así los prendieron y llevaron adonde estaba el dicho Teniente de Gobernador con su Real, que era dos tiros de arcabuz del pueblo; e visto los dichos indios, el dicho Teniente los regaló e les dio algunas cosillas, e los dio a entender que se volviesen a sus casas; y en presencia dellos mandó en el propio lugar arbolar una cruz alta, dándoles a entender lo que significaba; e mandó al secretario hiciese mandamiento de amparo en nombre de Su Majestad, e de lo demás que convino a su real servicio; e lo dio a uno de los indios que lo diese a su capitán, y así lo envió, y el otro llevó consigo para guía de su determinación; y así fue su viaje llevando el indio por delante y él muy contento, guiándolos, yendo dos leguas de este punto por unas sierras; por una vereda encontramos a un indio que venía a las poblaciones donde íbamos, e se prendió; e preso, entendimos ser hijo del cacique donde habíamos estado; pero llevámoslo con nos; fuimos a dormir en esta sierra en una cañada de muchos pinos.
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