–apártate aquí– si es bien
que a Gila, tu amiga, den
a Frondoso por marido,
que es un honrado zagal,
si le hay en Fuenteovejuna…
LAURENCIA: ¿Gila se casa?
ESTEBAN: Y si alguna
le merece y es su igual…
LAURENCIA: Yo digo, señor, que sí.
ESTEBAN: Sí; mas yo digo que es fea
y que harto mejor se emplea
Frondoso, Laurencia en ti.
LAURENCIA: ¿Aún no se te han olvidado
los donaires con la edad?
ESTEBAN: ¿Quiéresle tú?
LAURENCIA: Voluntad
le he tenido y le he cobrado;
pero por lo que tú sabes…
ESTEBAN: ¿Quieres tú que diga sí?
LAURENCIA: Dilo tú, señor, por mí.
ESTEBAN: ¿Yo? Pues tengo yo las llaves.
Hecho está. Ven, buscaremos
a mi compadre en la plaza.
REGIDOR: Vamos.
ESTEBAN: Hijo, y en la traza
del dote, ¿qué le diremos?
Que yo bien te puedo dar
cuatro mil maravedís.
FRONDOSO: Señor, ¿eso me decís?
Mi honor queréis agraviar.
ESTEBAN: Anda, hijo; que eso es
cosa que pasa en un día;
que si no hay dote, a fe mía,
que se echa menos después.
Vanse, y quedan FRONDOSO y LAURENCIA
LAURENCIA: Di, Frondoso. ¿Estás contento?
FRONDOSO: ¡Cómo si lo estoy! ¡Es poco,
pues que no me vuelvo loco
de gozo, del bien que siento!
Risa vierte el corazón
por los ojos de alegría
viéndote, Laurencia mía,
en tan dulce posesión.
Vanse. Salen el MAESTRE, el COMENDADOR, FLORES y ORTUÑO
COMENDADOR: Huye, señor, que no hay otro remedio.
MAESTRE: La flaqueza del muro lo ha causado,
y el poderoso ejército enemigo.
COMENDADOR: Sangre les cuesta e infinitas vidas.
MAESTRE: Y no se alabarán que en sus despojos
pondrán nuestro pendón de Calatrava,
que a honrar su empresa y los demás bastaba.
COMENDADOR: Tus designios, Girón, quedan perdidos.
MAESTRE: ¿Qué puedo hacer, si la fortuna ciega
a quien hoy levantó, mañana humilla?
Dentro
VOCES: ¡Victoria por los reyes de Castilla!
MAESTRE: Ya coronan de luces las almenas,
y las ventanas de las torres altas
entoldan con pendones victoriosos.
COMENDADOR: Bien pudieran, de sangre que les cuesta.
A fe que es más tragedia que no fiesta.
MAESTRE: Yo vuelvo a Calatrava, Fernán Gómez.
COMENDADOR: Y yo a Fuenteovejuna, mientras tratas
o seguir esta parte de tus deudos,
o reducir la tuya al rey católico.
MAESTRE: Yo te diré por cartas lo que intento.
COMENDADOR: El tiempo ha de enseñarte.
MAESTRE: Ah, pocos años,
sujetos al rigor de sus engaños!
Vanse. Sale la boda, MÚSICOS, MENGO,
FRONDOSO, LAURENCIA, PASCUALA, BARRILDO, ESTEBAN y alcalde JUAN
ROJO. Cantan
MUSICOS: “¡Vivan muchos años
los desposados!
¡Vivan muchos años!”
MENGO: A fe que no os ha costado
mucho trabajo el cantar.
BARRILDO: Supiéraslo tú trovar
mejor que él está trovado.
FRONDOSO: Mejor entiende de azotes
Mengo que de versos ya.
MENGO: Alguno en el valle está,
para que no te alborotes,
a quien el Comendador…
BARRILDO: No lo digas, por tu vida;
que este bárbaro homicida
a todos quita el honor.
MENGO: Que me azotasen a mí
cien soldados aquel día…
sola una honda tenía
[y así una copla escribí;]
pero que le hayan echado
una melecina a un hombre,
que aunque no diré su nombre
todos saben que es honrado,
llena de tinta y de chinas
¿cómo se puede sufrir?
BARRILDO: Haríalo por reír.
MENGO: No hay risa con melecinas;
que aunque es cosa saludable…
yo me quiero morir luego.
FRONDOSO: Vaya la copla, te ruego,
si es la copla razonable.
MENGO: “Vivan muchos años juntos
los novios, ruego a los cielos,
y por envidia ni celos
ni riñan ni anden en puntos.
Llevan a entrambos difuntos,
de puro vivir cansados.
¡Vivan muchos años!”
FRONDOSO: ¡Maldiga el cielo el poeta,
que tal coplón arrojó!
BARRILDO: Fue muy presto.
MENGO: Pienso yo
una cosa de esta seta.
¿No habéis visto un buñolero
en el aceite abrasando
pedazos de masa echando
hasta llenarse el caldero?
¿Que unos le salen hinchados,
otros tuertos y mal hechos,
ya zurdos y ya derechos,
ya fritos y ya quemados?
Pues así imagino yo
un poeta componiendo,
la materia previniendo,
que es quien la masa le dio.
Va arrojando verso aprisa
al caldero del papel,
confïado en que la miel
cubrirá la burla y risa.
Mas poniéndolo en el pecho,
apenas hay quien los tome;
tanto que sólo los come
el mismo que los ha hecho.
BARRILDO: Déjate ya de locuras;
deja los novios hablar.
LAURENCIA: Las manos nos da a besar.
JUAN ROJO: Hija, ¿mi mano procuras?
Pídela a tu padre luego
para ti y para Frondoso.
ESTEBAN: Rojo, a ella y a su esposo
que se la dé el cielo ruego,
con su larga bendición.
FRONDOSO: Los dos a los dos la echad.
JUAN ROJO: Ea, tañed y cantad,
pues que para en uno son.
Cantan
MUSICOS: “Al val de Fuenteovejuna
la niña en cabellos baja;
el caballero la sigue
de la cruz de Calatrava.
Entre las ramas se esconde,
de vergonzosa y turbada;
fingiendo que no le ha visto,
pone delante las ramas.
–¿Para qué te escondes,
niña gallarda?
Que mis linces deseos
paredes pasan.–
Acercóse el caballero,
y ella, confusa y turbada,
hacer quiso celosías
de las intricadas ramas;
mas como quien tiene amor
los mares y las montañas
atraviesa fácilmente,
la dice tales palabras:
–¿Para qué te escondes,
niña gallarda?
Que mis linces deseos
paredes pasan–.”
Sale el COMENDADOR, FLORES, ORTUÑO y
CIMBRANOS
COMENDADOR: Estése la boda queda
y no se alborote nadie.
JUAN ROJO: No es juego aqueste, señor,
y basta que tú lo mandes.
¿Quieres lugar? ¿Cómo vienes
con tu belicoso alarde?
¿Venciste? Mas, ¿qué pregunto?
FRONDOSO: ¡Muerto soy! ¡Cielos, libradme!
LAURENCIA: Huye por aquí, Frondoso.
COMENDADOR: Eso no; prendedle, atadle.
JUAN ROJO: Date, muchacho, a prisión.
FRONDOSO: Pues ¿quieres tú que me maten?
JUAN ROJO: ¿Por qué?
COMENDADOR: No soy hombre yo
que mato sin culpa a nadie;
que si lo fuera, le hubieran
pasado de parte a parte
esos soldados que traigo.
Llevarlo mando a la cárcel,
donde la culpa que tiene
sentencie su mismo padre.
PASCUALA: Señor, mirad que se casa.
COMENDADOR: ¿Qué me obliga que se case?
¿No hay otra gente en el pueblo?
PASCUALA: Si os ofendió, perdonadle,
por ser vos quien sois.
COMENDADOR: No es cosa,
Pascuala, en que yo soy parte.
Es esto contra el maestre
Téllez Girón, que Dios guarde;
es contra toda su orden,
es su honor, y es importante
para el ejemplo, el castigo;
que habrá otro día quien trate
de alzar pendón contra él,
pues ya sabéis que una tarde
al comendador mayor,
–¡qué vasallos tan leales!–
puso una ballesta al pecho.
ESTEBAN: Supuesto que el disculparle
ya puede tocar a un suegro,
no es mucho que en causas tales
se descomponga con vos
un hombre, en efecto, amante;
porque si vos pretendéis
su propia mujer quitarle,
¿qué mucho que la defienda?
COMENDADOR: Majadero sois, alcalde.
ESTEBAN: Por vuestra virtud, señor,…
COMENDADOR: Nunca yo quise quitarle
su mujer, pues no lo era.
ESTEBAN: Sí quisistes… Y esto baste;
que reyes hay en Castilla,
que nuevas órdenes hacen,
con que desórdenes quitan.
Y harán mal, cuando descansen
de las guerras, en sufrir
en sus villas y lugares
a hombres tan poderosos
por traer cruces tan grandes;
póngasela el rey al pecho,
que para pechos reales
es esa insignia y no más.
COMENDADOR: ¡Hola!, la vara quitadle.
ESTEBAN: Tomad, señor, norabuena.
COMENDADOR: Pues con ella quiero darle
como a caballo brïoso.
ESTEBAN: Por señor os sufro. Dadme.
PASCUALA: ¿A un viejo de palos das?
LAURENCIA: Si le das porque es mi padre,
¿qué vengas en él de mí?
COMENDADOR: Llevadla, y haced que guarden
su persona diez soldados.
Vase el COMENDADOR y los suyos
ESTEBAN: Justicia del cielo baje.
Vase
PASCUALA: Volvióse en luto la boda.
Vase
BARRILDO: ¿No hay aquí un hombre que hable?
MENGO: Yo tengo ya mis azotes,
que aún se ven los cardenales
sin que un hombre vaya a Roma.
Prueben otros a enojarle.
JUAN ROJO: hablemos todos.
MENGO: Señores,
aquí todo el mundo calle.
Como ruedas de salmón
me puso los atabales.
FIN DEL ACTO SEGUNDO
ACTO TERCERO
Salen ESTEBAN, ALONSO y BARRILDO
ESTEBAN: ¿No han venido a la junta?
BARRILDO: No han venido.
ESTEBAN: Pues más a priesa nuestro daño corre.
BARRILDO: Ya está lo más del pueblo prevenido.
ESTEBAN: Frondoso con prisiones en la torre,
y mi hija Laurencia en tanto aprieto,
si la piedad de Dios no los socorre…
Salen JUAN ROJO y el REGIDOR
JUAN ROJO: ¿De qué dais voces, cuando importa tanto
a nuestro bien, Esteban, el secreto?
ESTEBAN: Que doy tan pocas es mayor espanto.
Sale MENGO
MENGO: También vengo yo a hallarme en esta junta.
ESTEBAN: Un hombre cuyas canas baña el llanto,
labradores honrados, os pregunta,
¿qué obsequias debe hacer toda esa gente
a su patria sin honra, ya perdida?
Y si se llaman honras justamente,
¿cómo se harán, si no hay entre nosotros
hombre a quien este bárbaro no afrente?
Respondedme: ¿Hay alguno de vosotros
que no esté lastimado en honra y vida?
¿No os lamentáis los unos de los otros?
Pues si ya la tenéis todos perdida,
¿a qué aguardáis? ¿Qué desventura es ésta?
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