mi amor, Beltrán, por quitarle
estorbos al bien que espero.
Salen don DOMINGO y NUÑO
DOMINGO: ¿En fin, se llama Constanza
la que estaba con Leonor
y es su prima?
NUÑO: Sí, señor.
DOMINGO: Es hermosa.
NUÑO: La mudanza
colegí de tu cuidado
en mandándome informar.
DOMINGO: Mudanza no has de llamar
a la que es razón de estado.
Nuño, quien sólo un caballo
tuviere y sólo un amor
será esclavo del temor
de perderlo o de cansallo.
Querer sin apelación
es forzosa tiranía,
y el amor que desconfía
crece con la emulación.
Tenga Leonor a sus ojos
quien castigue su rigor
y yo al lado de Leonor
quien mitigue sus enojos.
No me pareció Constanza
menos que su prima bella.
En Leonor pondré y en ella
igualmente mi esperanza.
La que me quiera he de amar;
la que no, no he de querer;
que en esto, corresponder
quiero más que conquistar.
NUÑO: Bien harás si te permite
el amor esa elección.
DOMINGO: No permito a la pasi¢n
yo jamás que me la quite.
Un papel le llevarás
luego a Constanza.
NUÑO: Si amor
tienes a entrambas, señor,
entrambas las perder s.
JUAN: Si muy de prisa no vais,
señor don Domingo, oíd
una palabra.
DOMINGO: Decid;
que lo que vos importáis,
señor don Juan, lo primero
ha de ser.
JUAN: Nadie en Zamora,
según es público, ignora
que por la belleza muero
de doña Leonor, la hermosa
hija de Ramiro; y siendo
yo quien soy, con causa entiendo
que es obligación forzosa
de cualquiera caballero
no oponerse a mi afición.
DOMINGO: Digo que es obligación
y que de mi parte quiero
cumplirla; que, aunque es verdad
que yo su amor pretendía
porque el vuestro no sabía,
preferir la antigüedad
es cortesano respeto.
(Nada pierdo, pues Constanza Aparte.
me obligaba a esta mudanza.)
Y así olvidarla os prometo.
¿Queréis más?
JUAN: Fío de vos
que lo haréis.
DOMINGO: Como quien soy
de ello la palabra os doy.
JUAN: Dios os guarde.
Vanse don JUAN y BELTRÁN
DOMINGO: Guárdeos Dios.
NUÑO: ¡Qué fácil y qué sin pena
la dejas!
DOMINGO: No era [cordura]
reñir por una hermosura
que tiene achaque de ajena.
Si en esto culparme quieres,
es necedad conocida;
porque no hay más de una vida,
Nuño, y hay muchas mujeres.
Vanse. Salen don JUAN y BELTRÁN
BELTRÁN: Este estorbo ha ya cesado;
mas, ¿cómo te entraste así?
¿Quieres que te encuentre aquí
Ramiro?
JUAN: Desesperado
y sin paciencia me veo;
o a Leonor he de perder
o obligarla a resolver
a dar fin a mi deseo.
BELTRÁN: Esto es hecho; ya Leonor
está aquí.
Sale LEONOR
LEONOR: Don Juan, ¿qué intento
os ha dado atrevimiento
de entrar en mi casa?
JUAN: Amor,
tormento, rabia, despecho,
furia, desesperación;
que no sufre la pasión
ya la prisiones del pecho.
En los peligros son años
los puntos de dilaciones;
[breves determinaciones]
remedian eternos daños.
Resuelto vengo, Leonor.
Ramiro a mi voluntad
se opone; mas si es verdad
que me queréis, y el amor
ha conformado a los dos,
mostradlo aquí, que os advierto
que o sin vos volveré muerto
o vivo, Leonor, con vos.
LEONOR: Mientras batallan, don Juan,
dos contrarias calidades,
las mismas contrariedades
materia a sus fuerzas dan;
mas, en llegando a vencer
una de ellas, la vencida,
cuanto más pierde la vida,
más fuerza aumenta al poder,
incentivo a la venganza,
materia a la actividad
de la opuesta calidad
que de ella victoria alcanza.
Así el amor que os tenía,
mientras a las persuasiones
de tantas murmuraciones
que os infaman resistía,
en ellas mismas hallaba
ocasión de estar más ciego,
y la resistencia el fuego
de mi pecho acrecentaba;
mas, al fin, con tal violencia
verdades claras, que son
noche de vuestra opinión,
vencieron mi resistencia;
que cuanto fue de quereros
más incentivo el amor,
tanto es materia mayor
agora de aborreceros.
¿Mi pecho ha de preferir,
mi afición ha de estimar,
mis ojos han de mirar,
mis oídos han de oír,
a quien deslustra su fama
con una y otra bajeza,
y su natural nobleza
con sus costumbres infama?
¿Y a quien ya causarme enojos
tan poco llega a temer,
que no recela poner
sus afrentas a mis ojos,
pues la más vecina casa,
–porque ni él pueda negar
sus infamias, ni ignorar
pudiese yo lo que pasa–
no siendo suya, ha arrendado
para que en su afrenta vil,
Caco embustero y sutil,
atrevido el engañado
le llamase en mi presencia
sin saber que me ofendía?
¿La mano pretende mía
quien da tan franca licencia
de murmurar su opinión?
Teniendo yo por marido
a quien tanto la ha perdido,
¿mereciera estimación?
¿Ni aun de vos? No soy tan necia
que quiera darme a entender
que estimará a su mujer
quien su mismo honor desprecia.
Idos de aquí, persuadido
a que ya de vuestro amor
sólo me queda el dolor
de haberos favorecido.
Vase [LEONOR]
JUAN: ¡Espera! ¡Escucha, señora!
BELTRÁN: Es por demás.
JUAN: ¡Ay de mí!
¿Posible es que tal oí?
BELTRÁN: ¡Estamos buenos agora!
JUAN: ¿Esto, rigurosos cielos,
en mis desdichas faltaba?
¿Mi pena no me bastaba?
¿No me sobraban mis celos?
De los mismos desvaríos
que en lisonja de tu amor
cometí, ingrata Leonor,
¿haces desméritos míos?
BELTRÁN: ¡Siempre, vive Dios, temí
este fin!
JUAN: Pues, ¿quién pensara
que ya que Leonor culpara
los yerros que cometí,
no hubiera, al menos en cuenta
del descargo recibido,
ver que yo no haya temido,
por servirla más, mi afrenta?
BELTRÁN: [Bien lo pudiera entender
quien la fabulilla vieja
supiera de la corneja;
que ha mucho ya que por ser
tan común nadie contó,
y de puro no contada
es de muchos ignorada,
y así he de contarla yo
porque el caso se acomoda
y tú, para disculpar
a Leonor, la has de escuchar.
Asistir quiso a la boda
del águila, mas se halló
la corneja tan sin galas
que adornó el cuerpo y las alas
de varias plumas que hurtó
a otras aves, de manera
que apenas llegó a las bodas


















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