forzoso sacar la espada,
de este lado derribada
no ha de embarazar los pies;
y si la quiero tomar
por escudo, de una vuelta
que se dé sola, revuelta
en el brazo ha de quedar.
Que si es larga, sobre el daño
que en la dilación ofrece,
mientras la cojo, parece
que estoy devanando paño.
SASTRE: Siendo así, ¿no ha de pasar
de la espada?
DOMINGO: Así ha de ser;
vos tendréis menos que hacer
y yo menos de pagar.
Alumbrad, ¡hola!
SASTRE: Allá fuera
hay luz y excedéis en esto.
DOMINGO: No me vestiréis tan presto
si rodáis por la escalera,
y así mi negocio hago.
Vase el SASTRE.
DOMINGO: Dime las partes, Mauricio,
de esa casa.
MAURICIO: El edificio
es nuevo.
DOMINGO: Me satisfago
si el riesgo pasó primero
de sus humedades otro,
porque ni domar el potro
ni estrenar la casa quiero.
MAURICIO: Habitado ha sido.
DOMINGO: Pasa
adelante.
MAURICIO: Cuartos tiene
bajo y alto.
DOMINGO: No conviene
para mi gusto esta casa;
que en bajo quiero vivir,
porque, en habiendo escalera,
no me atrevo a salir fuera
por no volverla a subir.
MAURICIO: El remedio es fácil. Vive
en el bajo tú y tu gente
en el alto se aposente.
DOMINGO: ¿Y qué gusto me apercibe
un almirez al moler
y un lacayo al patear?
MAURICIO: ¿Pues hay más que condenar
lo que viniere a caer
sobre tu vivienda?
DOMINGO: Di;
¿Qué es condenarlo?
MAURICIO: Tenello,
para no servirse de ello,
cerrado, se llama así.
DOMINGO: Condenado, ¿he de pagarlo?
MAURICIO: Claro está.
DOMINGO: Pues saber quiero,
¿en qué pecó mi dinero
que tengo de condenarlo?
Sale NUÑO, [con barba negra crecida y antojos y
escribanías], y BELTRÁN.
NUÑO: El escribano está aquí
que viene a hacer la escritura
si te agrada por ventura
aquella casa que vi.
DOMINGO: Señor secretario, venga
en buen hora.
BELTRÁN: Apenas soy
escribano.
DOMINGO: Yo le doy
lo que es muy justo que tenga.
Portugués debe de ser.
BELTRÁN: Pues, ¿por qué?
DOMINGO: De lo prolijo
de la barba lo colijo.
BELTRÁN: Es luto por mi mujer.
DOMINGO: ¿Viudo está?
BELTRÁN: Desdichas mías
me dieron tan triste estado;
que nunca el bien ha durado.
DOMINGO: Quien gozó tales dos días
que envidia pueden causar,
hace mal en enlutarse.
BELTRÁN: ¿Cuáles son?
DOMINGO: El de casarse
uno, y otro el de enviudar.
BELTRÁN: Por eso lo siento así.
DOMINGO: ¿Por qué?
BELTRÁN: Porque se han pasado.
DOMINGO: No es del todo desdichado:
el del casamiento, sí
pasó; que el de la viudez
no verá la noche oscura
mientras no quiera, pues dura
hasta casarse otra vez.
BELTRÁN: Vamos al negocio ya,
que el tiempo en vano se pasa.
DOMINGO: Hazme, Nuño, de la casa
relación.
NUÑO: El sitio está
de la ciudad retirado.
DOMINGO: Está bien; que es fastidioso
el rüido, y no forzoso
ha de ser, sino buscado.
Y el que varïar desea,
la alcanza con eso todo,
pues que vive de ese modo
en la ciudad y en la aldea.
NUÑO: Hasta agora no hay labrado
más de lo bajo.
DOMINGO: Eso es bueno.
NUÑO: Tiene un jardín.
DOMINGO: Lo condeno
si no está muy retirado;
que, si está cerca, es forzosa
la guerra de los mosquitos;
y los pájaros con gritos
cuando sale el alba hermosa
me atormentan los oídos.
Otros oyen su armonía;
mas yo, por desdicha mía,
sólo escucho los chillidos.
NUÑO: Pues, señor, bastantemente
está del cuarto distante
el jardín.
DOMINGO: Pasa adelante.
NUÑO: Hay una famosa fuente.
DOMINGO: Enfados no habrá mayores,
si está en el patio primero;
que es eterno batidero
de muchachos y aguadores.
NUÑO: Libre está de estos enfados
y, conforme a tus intentos,
muy lejos los aposentos
que han de habitar los crïados.
DOMINGO: Ése es un gentil aliño
de una casa; que, aunque fuera
hijo mío, no sufriera
llorando a la oreja un niño,
cuanto más el de un crïado.
Nuño, tal gusto me ofrece
esa casa, que parece
que yo mismo la he labrado.
Pero dime, ¿hay herrador
cerca de ella? ¿Hay carpintero?
¿Hay campanario? ¿Hay herrero?
¿Hay cochera?
NUÑO: No, señor.
DOMINGO: Haced la escritura. Entrad,
y el dinero os contaré.
BELTRÁN: (Sin contar lo tomaré Aparte
aunque falte la mitad;
que temo que ha de entender,
si me detengo, la flor).
NUÑO: Un advertencia, señor,
de aquel barrio te he de hacer,
que te puede ser molesta,
en que agora he reparado;
que hay muchos perros.
DOMINGO: ¡Qué enfado!
Mas cómprame una ballesta;
que el fastidio que escucharlos
me pudiera a mí causar,
les pienso yo, Nuño, dar
a sus dueños con matarlos;
porque según imagino
la comodidad ordena
que no sufra yo la pena
que puedo echar al vecino.
Vanse
FIN DEL ACTO PRIMERO
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ACTO SEGUNDO
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Salen LEONOR y CONSTANZA
LEONOR: De suerte, Constanza, estoy
que me falta el sufrimiento.
CONSTANZA: En tan justo sentimiento
ningún consuelo te doy.
LEONOR: Pensar que podrá el temor
hacerme sufrir su ausencia
ni que tendrá mi obediencia
jurisdicción en mi amor
es engaño conocido.
Prima, don Juan me ver
o moriré; que no está
en nuestra mano el olvido.
CONSTANZA: No hay consejo que le cuadre
a quien se abrasa de amor;
pero si es cierto, Leonor,
lo que te ha dicho tu padre
de don Juan, ¿será razón
que el furor te desenfrene
y te pierdas por quien tiene
tan perdida la opinión?
LEONOR: ¡Ay, prima! No has penetrado
de mi padre los intentos.
Trazas son y fingimientos;
que [fabrica] su cuidado
los delitos con que afrenta
a don Juan por no [casarme];
que tanto llega a dañarme
su condición avarienta,
que por no apartar de sí
el dote que de él espero.
¡A su guardado dinero
tiene más amor que a mí!
[Esta, prima, es la ocasión;
que don Juan no puede ser
que deje de proceder
conforme a su obligación.]
CONSTANZA: ¿Qué delito no se espera
de la vil necesidad?
Si he de decirte la verdad
no es ésta la vez primera
que a don Juan le han imputado
en mi presencia en Zamora
más excesos que tú agora
a tu padre has escuchado.
LEONOR: ¡No puede ser, no, Constanza!
Hablada vienes sin duda
de mi padre, y en su ayuda
solicitas mi mudanza;
que está don Juan tan sobrado,
aunque por servirme ha sido
pródigamente perdido,
que estas casas ha comprado


















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