Lope Félix de Vega Carpio. Comedias: El remedio en la desdicha; El mejor alcalde, el rey.

Lope Félix de Vega Carpio. Comedias: El remedio en la desdicha; El mejor alcalde, el rey.

CLÁSICOS CASTELLANOS
LOPE DE VEGA
COMEDIAS

I

edición y notas de j. gómez ocerín
y r. m. tenreiro

MADRID
EDICIONES DE «LA LECTURA»
1920
ÍNDICE
Prólogo
El remedio en la desdicha
El mejor alcalde el rey
PRÓLOGO

Durante más de dos siglos, la vigorosísima figura de Lope de Vega quedó oscurecida y sepultada bajo el alud de flores retóricas que, con piadosa intención, derramó sobre ella, en su Fama póstuma, su discípulo y amigo el doctor Juan Pérez de Montalván. En vano fué que Lope hubiera cuajado de íntimos rasgos autobiográficos gran parte de sus obras, hasta el punto de que muchas de sus poesías no son otra cosa que un comentario lírico a sucesos de su vida: el amañado y artificioso retrato trazado por el autor del Para todos en las páginas del libro que queda citado arriba, en el cual, bajo la exuberancia de apologéticos ornamentos, trata de encubrirse, y aun desmentirse, lo que no parecía decoroso se supiera de las flaquezas y pecados del poeta, tuvo que ser tradicionalmente recibido como vera efigies de Lope de Vega.

En 1839 publicó Fauriel en la Revue des Deux Mondes un estudio en que se indica el valor autobiográfico de La Dorotea; idea que, rechazada por Damas-Hinard, fué adoptada después por Ticknor en su historia (1849) y por von Schack en la suya (1854) y desenvuelta por Ernest Lafond en su Etude sur la vie et les œuvres de Lope de Vega (París, 1857). Con ello estaba dado el paso capital para llegar al auténtico conocimiento de la vida de Lope, apreciando rectamente los numerosísimos datos dejados por aquél, más o menos desfigurados, en muchas de sus obras.

Hacia ese tiempo ya había estado en manos de don Agustín Durán parte de la valiosísima correspondencia de Lope con el Duque de Sessa, de la cual había copiado sesenta y dos cartas, que comunicó a von Schack cuando éste trabajaba en su Historia de la literatura y el arte dramático en España. Pero hasta que, en 1863, fueron encontrados en el archivo del Conde de Altamira tres tomos de la dicha correspondencia, tan donosa como poco edificante, Cartas y billetes de Belardo a Lucilo, y, estudiados por don Cayetano Alberto de la Barrera, surgió de ellos el picaresco y apasionado episodio de los amores sacrílegos de Lope con doña Marta de Nevares (con lo cual fué dado apreciar el fundamento autobiográfico puesto por el poeta a su égloga Amarilis), casi puede decirse que no comenzó a ser conocida la verdadera personalidad de Lope.

Sin embargo, no fué la Barrera quien dió noticia al público de aquella larga novela de la vejez del poeta: su Nueva biografía, compuesta con gran sagacidad y diligencia, y a la cual aún es forzoso acudir hoy al estudiar muchas cuestiones (por ejemplo, los ataques literarios a Lope del maestro Torres Rámila), a pesar de haber avanzado tanto desde 1864 el conocimiento de las sergas lopescas, permaneció inédita en la biblioteca de la Real Academia Española hasta 1890, cuando don Marcelino Menéndez y Pelayo la puso al frente de la edición académica de las obras de Lope de Vega, llenando con ella el tomo I. Entre tanto, don Francisco Asenjo Barbieri había publicado en 1876, aprovechando las mismas fuentes que aquel erudito y hasta su manuscrito, su libro Ultimos amores de Lope de Vega, en el cual adelanta sobre la Barrera el descubrir noticia del rapto de Antonia Clara, la hija de Lope y Amarilis, por un galán de la Corte (hecho que hasta ahora no ha sido comprobado documentalmente) en la égloga Filis, último poema que antes de morir preparó Lope para la imprenta.

Otra de las grandes etapas en el conocimiento de la vida del poeta es señalada en 1901 con la publicación del Proceso de Lope de Vega por libelos contra unos cómicos por los señores Tomillo y Pérez Pastor, el benemérito investigador de la vida de Cervantes. De este modo quedó reafirmado el valor autobiográfico de La Dorotea, aclarado el episodio de los amores con Elena Osorio y buen número de otros lances de esta oscura y compleja existencia.

Diligentes investigaciones de los señores Rodríguez Marín, Cotarelo, Rennert, Castro, han ilustrado después los amores con Micaela de Luján y otros sucesos de la vida de Lope, hasta el punto de que ya hoy tenemos derecho a decir que, por lo menos en sus rasgos fundamentales, la singularísima figura de Lope, libre de las vendas y bálsamos con que la amortajó Montalván, se alza llena de vida ante nuestros ojos. El libro del señor Rennert The Life of Lope de Vega (Glasgow, 1904), completado y renovado en gran parte por don Américo Castro (Vida de Lope de Vega, Madrid, 1919), es por hoy la obra que más completa y perfectamente puede llevarnos a conocer el espíritu de Lope y los novelescos sucesos de su vida. La noticia biográfica que nos ha parecido indispensable estampar aquí está principalmente basada en este libro.

Lope Félix de Vega Carpio nació el 25 de noviembre de 1562, en Madrid, en la Puerta de Guadalajara (parte de la calle Mayor comprendida entre la Cava de San Miguel y la calle de Milaneses) y fué bautizado el 6 del siguiente diciembre en la hoy desaparecida parroquia de San Miguel de los Octoes.

Fueron sus padres Félix de Vega y Francisca Fernández Flores o del Carpio (que de ambos modos es designada en los documentos publicados por el señor Pérez Pastor en el Proceso). Eran éstos naturales del valle de Carriedo, en la Montaña, y habían fijado su residencia en Madrid el mismo año del nacimiento de Lope. El padre, que consagró a la caridad gran parte de las horas de su ejemplar existencia, tanto que sus virtudes fueron celebradas por Herrera Maldonado en su Vida de don Bernardino de Obregón, fué bordador de oficio y murió en 1578. De la madre, para quien no tiene Lope en sus obras ningún recuerdo de filial amor, sólo sabemos que fué enterrada en 22 de septiembre de 1589. ¡Dios sabe lo que habrá sufrido la pobre mujer en sus últimos años con las lozanías y desórdenes de su turbulento hijo!

Montalván se detiene a describir las portentosas dotes que revelaba Lope en su niñez; refiere cómo leía en romance y latín a los cinco años, y, antes de saber manejar la pluma, repartía su almuerzo con los compañeros mayores para que le escribieran los versos que él improvisaba. "Pasó después a los estudios de la Compañía—sigue diciendo su apologista—(Lope declara en el Proceso que había estudiado en el más modesto colegio de los Teatinos), donde, en dos años, se hizo dueño de la Gramática y la Retórica, y antes de cumplir los doce tenía todas las gracias que permite la juventud curiosa de los mozos, como es danzar, cantar y traer bien la espada..." El mismo Montalván refiere una travesura de la mocedad del poeta, que pone bien de manifiesto la inquietud fundamental de su carácter. Muerto su padre, es decir, hacia los diez y seis años, huyó Lope de Madrid en compañía de un amigo, llegando hasta Astorga en su escapatoria.

No es fácil tarea la de establecer en orden cronológico los sucesos de la primera juventud de Lope: tal contradicción hay entre las afirmaciones de La Dorotea y lo que resulta de otras fuentes. Consta que sirvió a don Jerónimo Manrique de Lara, obispo de Cartagena, "a quien agradó sumamente con unas églogas que escribió en su nombre y con la comedia La Pastoral de Jacinto, que fué la primera que hizo de tres jornadas", dice Montalván, sin que podamos saber en qué tiempo entró Lope a prestar esos servicios ni cuánto duraron. Antes, aún siendo niño, había ya traducido en verso el poema de Claudiano De raptu Proserpinae, y quizás escrito obras dramáticas en cuatro actos, según indica en el Arte nuevo de hacer comedias; pero la que llegó a nosotros atribuída a esa primera edad, Los Hechos de Garcilaso, no puede haberla compuesto antes de los diez y seis o diez y ocho años. Consta también que estudió en Alcalá, ignorándose en qué años, ya que no ha sido dado hasta hoy descubrir su nombre en aquellos registros universitarios. "Según todas las probabilidades—dice la versión española de la Vida del señor Rennert—, Lope se matriculó en la Universidad cuando tenía alrededor de quince años, es decir, en 1577, y estuvo allá cuatro años, saliendo en 1581-82." Sabemos igualmente que participó en la jornada de las Islas Terceras contra los portugueses, campaña que tuvo menos de dos meses de duración, desde el 23 de junio de 1583, en que zarpó de Lisboa la armada de don Alvaro de Bazán, hasta el 15 de setiembre, en que regresó a Cádiz.

Poco después ya era Lope poeta conocido; colabora en el Jardín espiritual de fray Pedro de Padilla (1584) y en el Cancionero de López Maldonado (1586, pero con licencia de 1584), y es celebrado por Cervantes en el Canto de Calíope de La Galatea (1585) en los siguientes términos:

"Muestra en un ingenio la experiencia
que en años verdes y en edad temprana
hace habitación así la ciencia,
como en la edad madura, antigua y cana:
no entraré con alguno en competencia
que contradiga una verdad tan llana,
y más si acaso a sus oídos llega
que lo digo por vos, Lope de Vega."

Antes de este tiempo debieron comenzar los amores con Filis, la gran pasión de la primera juventud de Lope, inmortalizada en tan bellos romances y en las escenas de La Dorotea, llenas de agudeza y donosura, sin que sea posible determinar exactamente el año de su principio, si bien parece razonable opinión la expuesta por Ormsby (en un estudio sobre Lope de Vega publicado en la Quarterly Review (1894), citado en el libro de Rennert y Castro) de que, ya que repetidamente se afirma en La Dorotea que estas relaciones duraron cinco años, éstos debieron ser los comprendidos entre la expedición de las Terceras y la de la Invencible contra Inglaterra. Cierto que en La Dorotea se dice también que don Fernando (Lope) tenía diez y siete años al ser solicitado por Dorotea; pero bien probado está que Lope de Vega tenía la coquetería de disminuir la cifra de sus años, como acaso la de aumentar la de sus comedias. No fué el de Filis el primer afecto de Lope de Vega (en La Dorotea se nos habla de una Marfisa, pariente suya, "primer sujeto de mi amor en la primavera de mis años", a quien aún no ha sido posible identificar documentalmente), pero sí el primero que dejó honda huella en la producción literaria del poeta. Filis, Elena Osorio, era la hija del representante Jerónimo Velázquez, y estaba casada desde 1576 con un tal Cristóbal Calderón, también comediante. Repentina pasión brotó entre ella y el gran enamorado y gran poeta. "No sé qué estrella propicia a los amantes reinaba entonces—léese en La Dorotea—, que apenas nos vimos y hablamos cuando quedamos rendidos el uno al otro." En prosa y verso ha alabado repetidamente Lope los encantos, físicos y espirituales, de su amada, creando de ella una imagen, según atinadamente se hace observar en el libro de los señores Rennert y Castro, que "más bien que en damas de la España tradicional, hace pensar en un tipo de gentil cortesana, surgido al contacto de la Italia renacentista". La figura que traza Lope de la Amarilis de sus postreros amores guarda estrecha relación con la de esta heroína de la novela de sus años mozos. Elena parece haberse interesado mucho por el perfeccionamiento del saber de su genial enamorado e influído en él para que visitara cátedras de disciplinas diversas: en más de un sentido debe ser considerada como galana maestra del poeta.

De todo tiene menos de edificante lo que de estos amores descubre La Dorotea y comprueba el Proceso. La familia parece haber consentido las relaciones mientras Lope compusiera comedias para la compañía de Jerónimo Velázquez y no estorbara que Elena tuviera amantes de más alto copete y mejor nutrida bolsa, como el indiano don Bela de La Dorotea, en la realidad don Francisco Perrenot, sobrino del cardenal Granvela. Por muy diversas fases atraviesan los amores: en un principio, Filis quiere guardar fidelidad al poeta; pero éste no puede subvenir al sostenimiento de su amada, la que por él se empobrece, por lo cual su madre la vitupera y maltrata y, por último, la entrega a un amante de mayores posibles. Lope, según La Dorotea, huye a Sevilla y Cádiz lleno de dolor; pero, vuelto a Madrid, se presta a ser favorecido en secreto, consintiendo el oficial señorío de don Bela.

No era posible que durara mucho tal situación: desengañado de Elena, enamorado de doña Isabel de Urbina (la dulce Belisa de los romances), Lope se venga de su antigua amada dejando de dar comedias a su padre y haciendo circular por Madrid dos poesías, un poema en latín macarrónico la una y la otra un romance castellano, en que se escarnece y vilipendia a Elena Osorio y su familia. Abrese proceso, Lope es detenido y llevado a la cárcel el 29 de diciembre de 1587, y, después de oídos testigos, sentenciado "en cuatro años de destierro de esta Corte y cinco leguas (no le quebrante, so pena de serle doblado), y en dos años de destierro del reino, y no le quebrante, so pena de muerte". Después, ante nueva denuncia de los Velázquez, que dicen que desde la cárcel sigue Lope haciendo contra ellos versos de infamia, los alcaldes, el 7 de febrero de 1588, acuerdan lo siguiente: "Confirman la sentencia de vista en grado de revista con que los cuatro años de destierro de esta Corte y cinco leguas sean ocho demás de los dos del reino y los salga a cumplir desde la cárcel los ocho de la Corte y cinco leguas, y los del reino dentro de quince días; no los quebrante, so pena de muerte los del reino, y los demás, de servirlos en galeras al remo y sin sueldo, con costas."

Estamos en el momento más dramático que nos es conocido de la vida de Lope: los lances se precipitan uno tras otro como en la más accidentada de sus comedias. Sale de la cárcel para cumplir su destierro fuera del reino de Castilla el 8 de febrero de 1588; acabamos de ver las penas severísimas en que incurría caso de volver a la Corte, y, sin embargo, en el Inventario general de las causas criminales que se hallan en el archivo de la sala de alcaldes de la casa y corte de S. M., encontró Pérez Pastor la noticia siguiente: "Lope de Vega, Ana de Atienza y Juan Chaves, alguacil, por el rapto de doña Isabel de Alderete." Desgraciadamente ha desaparecido este proceso. Pérez Pastor prueba cumplidamente la identidad de esta doña Isabel de Alderete con doña Isabel de Urbina y Cortinas, primera esposa de Lope de Vega. Probablemente habrá comprendido el poeta, al salir de la cárcel, que la importante familia de Belisa (su padre había sido regidor de Madrid y rey de armas de Felipe II y Felipe III), con la cual Lope estaría en relaciones desde algún tiempo antes como se desprende de algunos de los romances, no consentiría el matrimonio de ésta con un condenado por la justicia, y habrá convencido a su amada, siempre dulce y sumisa, de que se dejara raptar e hiciera así preciso el casamiento. En un principio la familia denuncia a Lope, quien ya hemos visto los peligros que corría con ello; pero después debe haber mediado perdón, ya que, en vez de seguir adelante la causa, el inmediato 10 de mayo se casa por poder el desterrado Lope con la dicha doña Isabel de Alderete.

Pero Lope no va pacíficamente a cumplir su destierro, gozando del tranquilo y legítimo amor de su Belisa: el 29 del mismo mes de mayo se alista en Lisboa como voluntario en la Invencible, probablemente "arrastrado por el soplo heroico que inflamó en aquella ocasión a todos los pechos jóvenes", como indican los señores Rennert y Castro. No habrá existido otro más apto para sentir tales fiebres patrióticas que el de este gran vate hispano, en quien el orgullo nacional se presenta en formas casi delirantes. A bordo del galeón San Juan dice Lope que compuso su poema La Hermosura de Angélica. En diciembre del propio año regresan a España los restos de la Armada. Lope desembarca en Cádiz, viene a Toledo, y, reunido con su esposa, habrá marchado a Valencia a principios de 1589.

La razón de haber escogido Lope esta rica ciudad como lugar donde cumplir su destierro fuera del reino de Castilla debe haber sido el gran florecimiento que habían alcanzado allí las letras. Allí habrá conocido a los poetas dramáticos Tárrega, Boyl y Aguilar; habrá dado comedias al naciente teatro valenciano y contribuído a la publicación de las primeras colecciones de romances, base del futuro Romancero general, la primera de las cuales, según Wolf, debió salir en Valencia "poco después de 1588" y en la cual se encuentran varios romances que pertenecen a Lope, indudablemente. Su vida en Valencia parece haber sido todo lo tranquila y feliz que era posible, dado su arrebatado temperamento. Teniendo que sostener su hogar de hombre casado, habrá comenzado allí a escribir comedias para ganar el pan de su familia, no "por su entretenimiento, como otros muchos caballeros de esta Corte", según se alababa de hacerlo en el Proceso; y, en efecto, sabemos que de Valencia enviaba obras dramáticas a directores de compañías teatrales. De lo que dice Cervantes en el prólogo de sus comedias, y de otros datos, parece deducirse que ya en este momento era Lope el autor más popular de la escena española. Sin embargo, que se sepa, no han llegado a nosotros sus comedias de esta primera época.

En 1590, cumplida la parte de destierro fuera del reino, viene Lope a Toledo, y, como secretario, entra al servicio del joven duque de Alba don Antonio, cargo que desempeñó durante cinco años, residiendo en Alba de Tormes buena parte de este tiempo. Aunque siguen siendo perdidas para nosotros la mayor parte de sus comedias, poseemos algunas, hasta una de ellas en su autógrafo, de las que sabemos indubitadamente que corresponden a este período. También entonces escribió Lope la novela pastoril La Arcadia, primera de sus obras extensas que había de ser impresa, en la que, bajo figura de pastores, introduce a su protector y a sus amigos.

A principios de 1595—si hemos de prestar fe a la profecía del astrólogo César en La Dorotea, que coincide con lo que resulta de otros datos—debe haber fallecido doña Isabel en Alba de Tormes, dejando a Lope padre de dos niñas que no tardaron en seguir la suerte de su pobre madre.

Muerta su esposa, trasladóse Lope a la Corte, donde su antiguo perseguidor Jerónimo Velázquez pide a la justicia le sea levantado lo que le falta por cumplir de la condena de destierro; acaso esperando, según han maliciado eruditos modernos, que el fecundo y ya famoso poeta se casaría ahora con Elena, ya también viuda por aquellos tiempos.

Poco después deja Lope el servicio de la casa de Alba, y por algún tiempo es secretario del Marqués de Malpica. En 1598 lo encontramos desempeñando cargo análogo cerca del Marqués de Sarria, futuro Conde de Lemos, el gran protector de Cervantes y tantos otros ingenios.

El 25 de abril de este mismo año de 1598 casóse Lope en Madrid con doña Juana de Guardo. Su padre, Antonio de Guardo, era rico carnicero que abastecía de víveres los mercados de la Corte, circunstancia que sirvió de base para que se mofaran de Lope sus enemigos, con el terrible Góngora a su cabeza. Doña Juana llevó en dote al matrimonio más de veintidós mil reales. Por lo que conocemos del carácter de esta señora, parece haber sido mujer vulgar y bondadosa, que sufrió con paciencia la cruz que le imponía la desgobernada conducta de su esposo. Que se sepa, jamás fué cantada en los versos de éste: tiene todas las trazas de un enlace de conveniencia este matrimonio.

En este año de 1598 publicó Lope sus primeros libros: la citada novela pastoril La Arcadia y el poema épico La Dragontea consagrado a las temidas hazañas del marino inglés el Drake. A principios de 1599, El Isidro, poema en quintillas, en que se narra la vida del que había de ser Santo Patrón de Madrid.

En abril de 1599 encontramos a Lope de Vega en Valencia acompañando al Marqués de Sarria, quien se había trasladado allí, lo mismo que toda la corte, con el rey Felipe III y su hermana la infanta Isabel Clara Eugenia, para esperar a sus respectivos cónyuges la archiduquesa Margarita de Austria y el archiduque Alberto. Celebráronse en Valencia las velaciones—pues ya los desposorios se habían hecho por poderes en Ferrara—, y con tan grato motivo representóse el auto alegórico de Lope Las Bodas del alma con el amor divino. El señor Mérimée, en sus Spectacles et comediens à Valencia, menciona otras fiestas celebradas en esta ocasión, en las que Lope tomó parte principal. El mismo año imprimióse en Valencia el poema de Lope titulado Fiestas de Denia, que describe el festival ofrecido por el Duque de Lerma al Rey y a la Infanta.

Lope debió estar ya de regreso en Madrid en julio siguiente, ya que en 26 de ese mes es bautizada en San Ginés una hija suya y de doña Juana, Jacinta, que habrá muerto niña, pues nada más volvemos a saber de ella. Dejó el servicio del Marqués de Sarria en 1600. Ya entonces habría escrito Lope más de un centenar de comedias e impuesto forma y dirección definitivas al drama español.

En época imprecisa, por este tiempo, entró Lope en íntimas relaciones con la que había de ser madre de sus hijos Marcela y Lope Félix, la Camila Lucinda, tan celebrada en innumerables versos. Lucinda, por su verdadero nombre Micaela de Luján, parece haber sido una cómica de secundaria categoría—aunque debe haberse retirado definitivamente de las tablas desde que comenzó su trato con Lope—, mujer del representante Diego Díaz, quien, desde 1596, residía en el Perú, donde falleció a mediados de 1603. Durante largos años estuvo Lope enlazado con ella por un afecto tranquilo y pacífico, como conyugal, bien diferente de sus otras tormentosas pasiones. Es esta una época de grandes viajes para nuestro poeta, pues suele tener establecidos sus dos hogares en poblaciones distintas. Su mujer, con quien oficialmente vivía, residió en Madrid hasta 1604 y en Toledo de 1604 a 1610. La "serrana hermosa", Lucinda, quizás vivió primero en Toledo, luego en Sevilla (donde pasó largo tiempo Lope entre 1602 y 1604), después otra vez en Toledo, sitio del nacimiento de Marcela (1605), y, por último, en Madrid, cuando dió a luz a Lope Félix (1607).

Al señor Rodríguez Marín corresponde el honor de haber descubierto una firma de Lope, en un documento notarial de Sevilla, en que el poeta antepuso a su nombre la inicial de Micaela. ("Porque es uso en corte usado | Cuando la carta se firma, | Poner antes de la firma | La letra del nombre amado", dice el propio Lope en El Dómine Lucas.) Don Américo Castro, que ha buscado después esas iniciales antepuestas en las firmas de los autógrafos de las comedias de Lope y en otros escritos y ha estudiado las alusiones a estos amores en comedias y poemas (Revista de Filología Española, 1918), piensa que la pasión de Lope por Lucinda habrá comenzado en 1599, según la alusión de las Fiestas de Denia, hecha observar ya por la Barrera, y desde 1602 a 1604 habrá alcanzado su mayor intensidad, cuando el poeta, hasta en documentos públicos, osa poner ante su firma la letra de Micaela. De 1608 es el último autógrafo de comedias en cuya firma encuentra el señor Castro la inicial de la serrana, y en comedias posteriores a esta época tampoco descubre ya las alusiones a Lucinda, tan abundantes en las de los años anteriores. De un pasaje de la Jerusalem parece desprenderse que Lope tuvo cinco hijos en Micaela, sólo dos de los cuales, Marcelica y Lopillo, alcanzaron la edad adulta.

Nada más sabemos de Camila Lucinda; "aparece con silueta poco precisa en las obras de Lope", se dice en la biografía de los señores Rennert y Castro. Sin embargo, muchos de sus más excelsos pasajes líricos están inspirados en la hermosura de Lucinda, en sus ojos azules (bellas armas de amor, estrellas puras) y en la voz clara y regalado tono con que habla. (¡Triste del que escucha!) A diferencia de Dorotea y Amarilis, debía ser mujer de escasa cultura (consta que ni escribir sabía) y sin aficiones intelectuales. Lope no alaba en ella más que perfecciones naturales y espontáneas.

En 1602 publica Lope en Madrid La Hermosura de Angélica, poema en que aspira a rivalizar con el Ariosto y que, por lo menos en parte, tenía escrito desde tiempos de la expedición a Inglaterra. Sigue en el libro una colección de doscientos sonetos, Rimas, en que están muchos de los de Lucinda, y al final reimprime La Dragontea. En 1604 estampa en Sevilla una nueva edición de las Rimas y la novela El Peregrino en su patria, a cuyo fin inserta una lista de las comedias que tenía escritas hasta entonces: doscientos treinta títulos.

En el verano y otoño de 1604 reside con su mujer en Toledo, según una importante carta autógrafa que publicó en parte von Schack y más completa la Barrera, y los manuscritos de dos comedias, fechados en aquella ciudad. Por éste tiempo ya empieza Lope a quejarse de los editores que imprimen mutiladas y variadas sus comedias y le atribuyen obras ajenas. A principios de este año habrá salido la Primera parte de comedias de Lope de Vega recopiladas por Bernardo Grassa. La primera edición es de Valencia.

Como "poeta toledano" es encargado Lope, en mayo de 1605, por el Ayuntamiento de la Imperial Ciudad, de dirigir la justa poética celebrada con ocasión del nacimiento del Príncipe de Asturias, después Felipe IV. En aquel mismo verano comenzó la íntima amistad de Lope con don Luis Fernández de Córdoba Cardona y Aragón, sexto duque de Sessa, relación que había de durar lo que la vida del poeta, por la cual ganó inmortalidad aquel prócer.

Por este tiempo tenía Lope establecidas en Toledo sus dos familias. En 8 de mayo de 1605, como de padres desconocidos, fué bautizada allí Marcela, la hija de Lucinda. En 28 de marzo del año siguiente, su hijo legítimo Carlos Félix. A 7 de febrero de 1607, ya en Madrid (Lope alquiló en octubre de este año una casa en la calle del Fúcar, quizás para Micaela), bautizóse Lope Félix, último fruto del amor de la serrana, y Lope lo declaró hijo suyo en la partida bautismal.

En 1608 apareció la Jerusalem conquistada, epopeya trágica en que Lope aspira a igualar al Tasso, como antes al Ariosto con la Angélica. Va dedicada al rey Felipe III. Aún hay aquí alusiones a Lucinda, pero ya frías y sin pasión, como de una cosa que se extingue y perece. Al año siguiente se publicó la Segunda parte de las comedias (en Madrid, por Alonso Martín), y en nueva edición de las Rimas de este año incluyó Lope el Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo, defensa de las irregularidades de sus obras teatrales, escrita amena y humorísticamente, obra importante para el estudio de las teorías dramáticas de su autor.

En setiembre de 1610 adquirió Lope la casa de la calle de Francos (hoy Cervantes), número 15, que había de habitar hasta su muerte, y establecióse en ella con su familia legal. Nueve mil reales fué el precio de la casa, que no carecía de comodidades ni de un bello jardín, reposo y contento del poeta. Así se lo describe a Francisco Rioja en una epístola:

"Que mi jardín, más breve que cometa,
tiene sólo dos árboles, diez flores,
dos parras, un naranjo, una mosqueta."

Desarrolláronse en Lope, para que nada en él faltara, instintos de existencia burguesa al sentirse propietario, y en su nueva casa vivió en paz y calma con su mujer y su muy amado hijo Carlos, durante un período no muy largo, que había de ser cerrado por la muerte. En una bella Epístola al doctor Matías de Porras, publicada después en La Circe, pintó bellamente Lope la felicidad de su vida doméstica. De tales sentimientos está impregnado el libro Los Pastores de Belén, especie de Arcadia a lo divino, que publicó a principios de 1612, tiernamente dirigido a su hijo Carlos. Acentuándose sus místicos sentimientos, imprimió el mismo año, en Valladolid, los Cuatro solilóquios... llanto y lágrimas que hizo arrodillado delante de un Crucifijo, pidiendo a Dios perdón de sus pecados, después de haber recibido el hábito de la Tercera Orden de Penitencia del seráfico Francisco; es un patético librillo de arrepentimiento que debe ser anotado como precedente de la inesperada transformación que veremos operarse en la vida de Lope antes de mucho tiempo. Desde 1610 pertenecía a la Cofradía del Caballero de Gracia y a la del Oratorio de la calle del Olivar.

En 1612 salió a luz la que se contó como Tercera parte de las comedias de Lope (Sebastián Cormella, Barcelona), aunque sólo tres son de este ingenio, de las doce que contiene el volumen.

La felicidad doméstica, tan tardíamente apreciada por el poeta, no debía durar: en el verano u otoño de 1612 murió el niño Carlos Félix, inspirando este doloroso suceso al atribulado padre una bellísima poesía, que se encuentra entre las Rimas sacras, y un año después, en agosto de 1613, falleció doña Juana, enferma desde mucho tiempo antes, a poco de dar a luz a Feliciana, única hija legítima que había de sobrevivir a su padre.

Pero cinco semanas después de esta muerte ya tenemos a Lope figurando en la comitiva de un viaje de Felipe III y la corte a Segovia, Burgos y Lerma y tratando de festejos y galanteos.

Sin embargo, a principios de 1614 determinóse Lope a recibir órdenes sagradas. En los versos a la poetisa peruana Amarilis dice así:

"Dejé las galas que seglar vestía;
ordenéme, Amarilis; que importaba
el ordenarme a la desorden mía."

Pronto sabremos lo que había de durar aquel orden en Lope. Trasládase a Toledo, en marzo de aquel año, y, por su correspondencia con el Duque, podemos seguir los preliminares, no sobrado místicos, de su dedicación eclesiástica. Residió en casa de la cómica Jerónima de Burgos, madrina de Lope Félix, para la cual había escrito La Dama boba. Ya antes había vivido con ella en Segovia, en el viaje a que acabamos de referirnos. Siguió frecuentando el mundo de la comedia y participaba en los galanteos que rodeaban a Jerónima. No obstante, ordenóse de Epístola en marzo, de Evangelio en abril y regresó a Madrid en junio, ya sacerdote. Dada la emoción e intensidad de sus obras religiosas, no tememos el menor motivo para dudar de la sinceridad del movimiento que llevó a Lope al sacerdocio, aunque su inquieto espíritu no le haya permitido perseverar por mucho tiempo en aquella estrecha vía, como no perseveró en cosa alguna que no fuera abandonarse a la torrencial espontaneidad de su temperamento.

En este año de 1614 publicó Gaspar de Porres, amigo íntimo del poeta, la Cuarta parte de sus comedias, dedicada al duque de Sessa.

Por cartas de este mismo verano vemos que Lope venía sirviendo de secretario al de Sessa en sus múltiples y adulterinos amores. El confesor del nuevo sacerdote le prohibía ocuparse en tan poco edificante menester, y en las cartas se refleja la angustia de Lope al tener que dejar de servir a su protector, aunque no fuera más que en tales asuntos, por la escrupulosidad de conducta moral que le imponía su nuevo estado.

Aquel otoño—1614—publicó sus Rimas sacras, dedicadas a su confesor. Hubo entonces un certamen literario para celebrar la beatificación de Santa Teresa, y Lope figuró en el jurado calificador, recitando el panegírico con que se inauguró el concurso.

En octubre de 1615 trasladóse la corte a Burgos, donde se celebraron, por poder, los matrimonios de la infanta doña Ana de Austria, hija de Felipe III, con Luis XIII de Francia, y el de Isabel de Borbón, hermana del Rey de Francia, con el Príncipe de Asturias. El Duque de Lerma fué enviado por el Rey para que acompañara a doña Ana hasta el Bidasoa y trajese desde allí a doña Isabel. El Duque de Sessa fué con el de Lerma y llevó consigo a Lope de Vega.

De este año es la que se cuenta por Parte quinta de las comedias de Lope (Flor de comedias de España de diferentes autores, recopiladas por Francisco de Avila, 1615, Alcalá), si bien sólo una hay en el libro que sea de nuestro autor. También entonces apareció la Parte sexta, en Madrid, por la viuda de Alonso Martín.

Pero en la vida del poeta sacerdote iban a presentarse ahora nuevos sucesos escandalosos, que habrán hecho murmurar largamente a los maldicientes de la Corte y que dieron pábulo a los ataques de los enemigos de Lope, de los cuales es de recordar una emponzoñada décima de Góngora, publicada por la Barrera. Anúnciase este nuevo período por un inesperado viaje de Lope a Valencia a fines de junio de 1616, a pretexto de asuntos de su hijo el fraile descalzo. (Esta es la única noticia que se tiene de él. Acaso sería fruto de algunos pasajeros amoríos del poeta mientras residió en Valencia con su primera esposa.) Mas parece probado que el objeto del viaje fué esperar a la compañía de Sánchez, que regresaba de Nápoles con el Conde de Lemos. En esta compañía figuraba la cómica a quien Lope llama "la loca" en sus cartas, Lucía de Salcedo por su verdadero nombre. Durante su estancia en Valencia estuvo Lope enfermo de mucha gravedad. Mas este oscuro y breve episodio ("veinte días hablé con la loca") no es más que tanteo y anuncio de la gran pasión que va a llenar la vejez del poeta. Agotado el fuego de la exaltación mística que lo había llevado al sacerdocio, vuelve a imponerse su temperamento erótico. Versos y mujeres, ahora como antes, llenan la vida del poeta.

A fines de 1616 estaba Lope en las relaciones más íntimas con doña Marta de Nevares Santoyo, mujer de Roque Hernández de Ayala, hombre de negocios. La égloga Amarilis (Madrid, 1633) es la obra en que nos ha dejado Lope la visión literaria de aquella pasión de la edad madura. Amarilis, bautizada también literariamente por Lope con el nombre de Marcia Leonarda, era natural de Madrid y debía tener unos veintiséis años cuando Lope la conoció en un jardín con ocasión de una fiesta literaria. Es de advertir que doña Marta, semejante en esto a Elena Osorio, debe haber sido persona de cierta distinción y con gustos literarios y artísticos. Tenía una hermana poetisa. En agosto de 1617 nace Antonia Clara, bautizada como hija de Roque Hernández, prenda de estos amores de los ya avanzados años del poeta, consuelo y tormento de su edad postrera. Después doña Marta, guiada por Lope, intenta divorciarse de su marido, y aunque no lo logra, el matrimonio debió vivir últimamente en casa separada, hasta que la muerte, llevándose en 1618 ó 1619 al Roque Hernández, tan odiado por Lope, estableció la separación definitiva. Poco después del fallecimiento del marido, escribe Lope la dedicatoria a Marcia Leonarda de La Viuda valenciana (Parte XIV, 1620), página en que llega a lo más extremado el cinismo del poeta al mostrar al público las intimidades de su pecaminosa existencia.

Del año 1617 son las Partes séptima y octava, impresas en Madrid a costa de Miguel de Siles por la viuda de Alonso Martín. Ambas van dedicadas al Duque de Sessa. En este propio año apareció también la Parte novena, primera que figura como publicada por el mismo Lope y en cuyo prólogo rechaza por ilegítimas todas las Partes anteriores. No tenía completa razón para ello: muchas de estas Partes habían sido editadas por personas de su intimidad y es de suponer que con anuencia del autor. Sólo las llamadas Partes tercera y quinta deben haber salido al público con perfecta ignorancia de Lope; el cual, por lo demás, tenía sobrado motivo para quejarse de la negligencia con que daban a la imprenta los editores los libros de comedias, confundiendo muchas veces el nombre del autor y siguiendo manuscritos viciadísimos. Es de observar que Lope, que tan grande interés demostró siempre por la impresión de sus libros, descuidó hasta este año el ocuparse de las ediciones de sus comedias. Verdad que, en muchos casos, no era posible que hubieran sido publicadas por él en forma más pura que por sus anteriores editores—a menos de haberlas en gran parte rehecho—, pues no siempre poseería sus propios manuscritos, que, vendidos a los directores de las compañías, habrían ido a parar Dios sabe dónde, sino que tendría que valerse de copias y de copias de copias en las que el texto estaría mutilado y viciado hasta por las propias necesidades de la representación escénica.

De 1618 es el Triunfo de la fee en los reynos del Japón, opúsculo histórico, hecho de encargo, en que se relata el suplicio de los primeros mártires en las tierras del Extremo Oriente. El propio año salieron dos nuevas Partes de comedias: la X y la XI. (Ambas en Madrid. A costa de Miguel de Siles la primera y de Alonso Pérez la otra.) En la sexta edición del Peregrino, publicada este año, reproduce Lope la lista de comedias de la edición de 1604 y añade a ella ciento catorce títulos nuevos, deduciendo diez y seis repetidos.

La Docena parte de comedias es publicada en 1619. (En Madrid, por la viuda de Alonso Martín, a costa de Alonso Pérez.) Sigue adelante Lope trabajando en la edición de sus obras teatrales, y en 1620 publica la Trecena parte (Madrid, viuda de Alonso Martín. A costa de Alonso Pérez) y la Catorce (Madrid, por Juan de la Cuesta. A costa de Miguel de Siles).

El 19 de mayo de 1620, para celebrar la beatificación de San Isidro, hubo una famosa justa poética en la iglesia parroquial de San Andrés, de la cual fué director Lope de Vega. Poetas de los principales de España se disputaron los premios. Lope leyó el certamen ante un inmenso concurso, en que se amontonaban representantes de todas las clases sociales, alcanzando un gran éxito, que acrecentó, si era posible, su fama. Esta fué una de las grandes ocasiones en que Lope saboreó plena y directamente el gusto embriagador de la gloria. Al certamen concurrió Lope de Vega el mozo, el hijo de Lucinda, inquieto joven que daba grandes disgustos a su padre, y por primera vez aparece el seudónimo de "el maestro Burguillos" como firma de unos versos de burlas con que Lope salpimentó la gravedad del certamen. Acaso—han creído algunos—este Burguillos sería un loco popular y famoso por aquella época.

El mismo año, Marcela, el otro fruto de los amores con Micaela, tomó el velo en las Trinitarias descalzas, profesando en febrero de 1621.

La propia fecha de 1621 se muestra en la portada de La Filomena, poema dividido en dos partes, en cuya primera contesta Lope a los ataques que le había dirigido Torres Rámila en 1617 con su Spongia, y que hasta ahora no habían sido recogidos directamente por el poeta, sino sólo devueltos por medio de sus amigos. En la segunda parte refiere Lope su vida—lo que quería que se supiese de su vida—y traza uno de los principales documentos en que se apoya su biografía. En este mismo año aparecen las Partes XV, XVI y XVII de comedias (Madrid, viuda de Alonso Martín, Alonso Pérez las dos primeras y V. de Alonso Martín, Miguel de Siles, la última).

Madrid celebró la canonización de San Isidro en 1622. Para estas fiestas, a petición del Ayuntamiento, escribió Lope dos comedias que se representaron ante Felipe IV en la plaza de Palacio; y el propio Lope fué encargado de presidir el certamen poético, según se había hecho dos años antes cuando la beatificación, logrando al hacerlo un éxito no menor que el alcanzado entonces. Aquí apareció nuevamente el Maestro Burguillos, y hasta a su hija Antonia de Nevares, de edad de cinco años, hízola aparecer Lope como concurriendo a disputar los premios de la justa.

Las Partes XVIII y XIX (Madrid, por Juan González, a costa de Alonso Pérez) son de 1623. Por este tiempo ya doña Marta de Nevares debe haber contraído la enfermedad a la vista, de que le resultó una ceguera incurable. En época incierta, pero más tardía—según la égloga Amarilis—, perdió la razón, volviendo a recobrarla antes de su muerte.

En 1624 aparece La Circe, obra poética en que Lope narra el conocido episodio de la Odisea, seguido de otros varios poemas y tres novelas cortas dedicadas a la señora Marcia Leonarda. Entre los poemas hay algunas epístolas de gran interés biográfico.

La Parte XX de las comedias, última publicada en vida del autor, que después, no se sabe por qué causa, abandonó el trabajo, salió en Madrid a principios de 1625 (por Juan González, a costa de Alonso Pérez). En junio de este año, Lope, "ferviente creyente, aunque gran pecador", según exacta frase del señor Menéndez y Pelayo, ingresó en la Congregación de San Pedro, de sacerdotes naturales de Madrid, aún hoy existente.

En otoño del mismo año publicó los Triunfos divinos, a imitación de los Trionfi del Petrarca. Va dedicado el libro al Conde Duque de Olivares, en el deseo de congraciarse el favor de la Corte, cosa que nunca alcanzó Lope. En vano fué que ciñera las sienes de un rey poeta la corona de España. Lope de Vega, máximo poeta entonces viviente de la lengua española, no gozó nunca de la protección cortesana; su nombradía era principalmente popular: otros eran los ingenios que vivían y medraban en los salones de Palacio. En setiembre de 1627 apareció la Corona trágica, poema inspirado en la historia de María Estuardo. La obra va dedicada a la Santidad del Papa Urbano VIII, el cual correspondió concediendo al poeta el título de doctor en Teología en el Collegium Sapientiae y la cruz de la Orden de San Juan, con lo cual Lope pudo poner el "frey" delante de su nombre.

Al cabo de tantas y tan gloriosas obras escritas con ejemplar actividad en su ya dilatada existencia, el poeta se hallaba en la pobreza, según nos lo muestran las constantes peticiones al Duque de Sessa que encontramos en sus cartas. (Volumen del Marqués de Pidal que ha sido publicado en las adiciones a la Nueva Biografía en la edición académica.) No era figura retórica lo dicho en la dedicatoria del Verdadero amante de que sólo tenía "pobre casa, igual cama y mesa y un huertecillo cuyas flores me divierten cuidados y me dan conceptos". Cierto que había ganado mucho; pero su mano era aún más rápida para gastar que para escribir.

En la segunda mitad de 1629 terminó Lope su Laurel de Apolo, poema en que va juzgando y alabando las obras de buen número de poetas contemporáneos. Fué publicado en 1630. Tras El Laurel viene en el mismo volumen La Selva sin amor, égloga que fué cantada ante el Rey y la Corte, puesta la escena con gran magnificencia y aparato.

Otra obra de Lope figuró también entonces en una función palatina: la comedia La Noche de San Juan, representada en la fiesta que en tal noche del año 1631 dió el Conde Duque en los jardines del Conde de Monterrey en el Prado, en honor de los Reyes. Por este tiempo, antes de 1632, escribió Lope la Egloga a Claudio (mejor sería epístola), obra llena del más vivo interés por los datos autobiográficos que atesora. Aquí es donde Lope se alaba de haber escrito "mil y quinientas fábulas", "más de ciento en horas veinticuatro"; aquí donde se vanagloria de ser fundador del teatro y donde dice que repartidos los pliegos de su labor entre los días de su vida, sale a cinco pliegos su labor diaria. La Egloga quedó inédita hasta después de la muerte del poeta.

En abril de este año, en la calle de Francos, probablemente en casa del poeta, falleció doña Marta de Nevares. Lope la lloró en la ya citada égloga Amarilis, que vió la luz al año siguiente.

Antes de ello, en 1632, publicó La Dorotea, "acción en prosa" dividida en cinco actos, en que Lope, como hemos dicho, conmemora muchos recuerdos de sus relaciones con Elena Osorio. Esta obra lozanísima, verdadera joya de la novela dialogada española, habrá sido escrita en parte en la juventud del autor, pero muy añadida y retocada en su vejez.

En diciembre de 1633 casóse Feliciana, la hija de Lope y de su esposa doña Juana Guardo, con Luis de Usategui, empleado público, probablemente pagado con no muy brillantes haberes.

Durante todos estos años, como Lope había interrumpido la publicación de las Partes de sus comedias, vinieron apareciendo algunas colecciones "extravagantes" de las mismas.

El último libro que vió la luz en vida del poeta fué el de las Rimas humanas y divinas publicado con el seudónimo de Tomé de Burguillos, aquel personaje cómico que había inventado Lope para figurar en las justas poéticas de la beatificación y canonización de San Isidro. Apareció en Madrid en 1634. En este libro está incluída la famosa epopeya burlesca La Gatomaquia.

Dos disgustos, al decir de Montalván, oscurecieron los últimos meses de la vida del genial poeta. Uno parece haber sido la muerte de su inquieto hijo Lope Félix, que se había hecho militar, sirvió en los tercios de la Marina y peleó bizarramente en varios encuentros. Pereció en un naufragio yendo en una expedición para pescar perlas en la isla Margarita. Su padre conmemoró su muerte en la égloga pescatoria Felicio, y no debía saber su fallecimiento al tiempo de publicar las Rimas de Burguillos, ya que en la dedicatoria de La Gatomaquia a su hijo nada habla de su fallecimiento.

El otro disgusto debe haber sido el rapto de su hija Antonia Clara, entonces de diez y siete años y que debía ser muy donosa, tanto, que había representado comedias caseras ante el Duque de Sessa y otros amigos de su padre (conocemos la loa escrita por Lope para una de estas fiestas). No se sabe quién fuera el raptor, aunque por la égloga Filis y otras alusiones se sospecha podría ser algún galán de la Corte de la intimidad de Felipe IV.

Conmovedoramente refiere Montalván la melancolía de los últimos tiempos de la vida del poeta, tan bien dotado por la naturaleza para disfrutar y cantar las más embriagadoras alegrías terrenas. El propio autor refiere por extenso los detalles de su breve enfermedad postrera. Cayó enfermo el 25 de agosto de 1634, y falleció cristianamente en medio de su familia y amigos, entre los que no faltaba el Duque de Sessa, el día 27 del mismo mes. Cuatro días antes aún había compuesto un soneto y una silva titulada El Siglo de oro.

El mismo Montalván refiere los pormenores de su solemnísimo entierro y de los varios funerales celebrados en sufragio del alma del poeta. También llegaron a nosotros las oraciones fúnebres que en tal ocasión pronunciaron los más famosos predicadores del tiempo. El cortejo fué llevado por la calle de Cantarranas para que Marcela pudiera verlo desde su convento. Fué enterrado Lope en la iglesia de San Sebastián, donde reposaron pacíficamente sus restos hasta que a fines del siglo xviii o principios del xix, en una de las usuales mondas, fueron arrumbados no se sabe dónde.

Después de muerto Lope, fueron publicadas dos partes de comedias que el autor había dejado dispuestas para la imprenta: las Partes XXI y XXII. En 1637 aparecieron reunidas en La Vega del Parnaso buen número de las poesías que había dejado inéditas el poeta. La Parte XXIII de comedias fué publicada en 1638; en 1641, la XXIV, y en 1647, la XXV, último volumen de la colección de obras dramáticas de Lope de Vega formada en tiempos del autor.

Por dos clases de razones nos hemos detenido a narrar, acaso harto prolijamente, la biografía del poeta. De una parte, Lope es un interesantísimo ejemplar humano; una personalidad dotada de las mayores riquezas espirituales, de las facultades que se suelen tener por más diversas y capaz de las reacciones que pueden parecer más opuestas: una de esas figuras que por la diversidad y caudal de sus dotes parecen ser resumen de la vida de toda una nación y toda una época. Por otro lado, Lope es un artista espontáneo, tan entregado a los azares de su inspiración, que los sucesos de su vida se han encarnado inmediata y directamente en su obra literaria. Sus escritos no sólo se nos aparecen cada vez más llenos de alusiones a sus aventuras conforme va siéndonos mejor conocida su vida; no sólo traducen maravillosamente los mudables estados de su tornadizo espíritu, sino que las perfecciones y defectos de la producción artística—tan abundantes unas y otros—guardan plena armonía con las virtudes y las faltas, tan copiosas también todas ellas, de la vida del poeta. En Lope no va por un lado la labor del escritor y por otro la conducta del hombre. No es de esos artistas reflexivos, conscientes, que saben trabajar su obra bella en un plano superior al de las vulgares realidades de su existencia y nos presentan un producto artístico depurado de toda baja escoria terrena. Lope, niño eterno, abandónase a los desenfrenados impulsos de su temperamento lo mismo viviendo que escribiendo. Idéntico ritmo alocado palpita en los hechos de su vida y en las estrofas perennemente fragantes de sus versos; jamás le abandonó la divina embriaguez de la adolescencia. En su vida y sus obras parece darse inacabablemente el aturdimiento que causa en la primera juventud el exceso de ingobernadas fuerzas. Como hombre y poeta no sale nunca de los diez y siete años.

Conforme nos van siendo mejor conocidas, mayor asombro producen en nosotros las numerosas y fuertes dotes de su espíritu. No es ya sólo para nosotros el más prodigioso improvisador de que tiene noticia la historia; al lado de esa cualidad, descubrimos en gran abundancia otras, no menos sobresalientes, igualmente espontáneas, no fomentadas ni perfeccionadas con un inteligente cultivo. Es como si la naturaleza hubiera querido mostrarnos en este altísimo espíritu de Lope de Vega a cuánto se extendía su posibilidad de crear perfecciones. Hay que admirar la fuerza y salud robustísimas que le permitieron producir una de las más copiosas obras literarias que posee la humanidad, como por juego, sin que en momento alguno se advierta fatiga ni esfuerzo; hay que admirar el caudal de simpatía, el hechizo para la conversación y trato de gentes que se manifiesta en sus cartas y nos hace comprender el perenne afecto que sintió hacia él el Duque de Sessa, y sus triunfos amatorios cuando ya ni la edad ni el hábito permitían esperar tales cosas; hay que admirar una inmensa capacidad de saber, un conocimiento de cosas antiguas y contemporáneas absolutamente sin igual, una potencia retentiva y un don de observación que tocan en lo fabuloso. "Ignoramos qué número de palabras empleó Lope—dice el señor Castro en un apéndice de la Vida—, pero es probable que ningún escritor en el mundo tenga más abundante léxico, ya que la impresión del lector es que todas las cosas de su tiempo figuran en su obra... El día que se forme el diccionario de Lope causará maravilla ver adónde llegó la facultad receptora de un solo hombre." Y no en cosas de erudición; su obra manifiesta a cada paso la mayor copia de conocimientos en lo que sólo puede dar la experiencia de la vida (una experiencia no muy aprovechada como norma de su propia conducta). "Me espanta a veces—dice Grillparzer en sus estudios sobre nuestro autor—la riqueza de pensamiento de Lope de Vega. Pareciendo que permanece siempre en lo más singular, salta a cada momento a lo general, y no hay poeta tan rico como él en observaciones y notas de carácter práctico. Bien puede decirse que no hay situación de la vida a que no haya tocado en el círculo de sus creaciones." No es ni mucho menos exceso retórico el haberle llamado "monstruo de naturaleza"; estamos en presencia de una de las figuras más ricas en facultades naturales que produjo jamás la estirpe humana: a sus más altas cimas, por ejemplo, a un Goethe, tendríamos que ir para encontrarle pareja.

Pero una falta fundamental de su espíritu echó a perder dotes tan excelsas: Lope fué siempre incapaz de imponer rumbo fijo y permanente a su maravillosa actividad: juguete de la diversidad de impresiones que era susceptible de recoger su espíritu, sin que ninguna se grabara en él de modo permanente, nunca pudo seguir camino alguno con carácter definitivo. Lo poseía todo menos la facultad de gobernarse a sí propio. El poder central de su espíritu era débil auriga, y los fogosísimos caballos de sus diversas facultades galopaban cada cual hacia donde lo orientaba su capricho. De este modo no fué posible a Lope imponer una alta significación a su vida: enamorado perenne, no pudo, sin embargo, crearse un amor digno de inmortalidad, como los de Dante o Petrarca, sino que permaneció siempre en un bajo terreno de sensuales devaneos: hombre de mundo, no supo labrarse una posición independiente, y es triste ver sus regias facultades empleadas en mendigar favores del Duque en tantas de sus cartas. Al mismo tiempo acaso no haya sido dueño de una fina sensibilidad moral: no pueden menos de abochornarnos muchas de las acciones que descubrimos en Lope de Vega. Infantil también en esto, no parece haber llegado nunca a una clara idea de su dignidad y de la responsabilidad de sus actos. La encantada selva de representaciones poéticas, tan increíblemente frondosa que envolvía por todas partes su espíritu, cegábalo para cuanto no fueran ellas.

Esta imposibilidad de someter sus facultades a una dirección fija y encaminarlas hacia un fin impuesto por la reflexión, manifiéstase, en lo literario, en el frecuente fracaso de Lope en las líneas generales de sus obras, sobre todo en sus poemas eruditos. Sabido es que la personalidad artística de Lope de Vega presenta doble aspecto: el de poeta popular y nacional y el de poeta erudito y universal. Lope aspiró, sobre todo en los dos primeros tercios de su vida, y la riqueza de sus dotes le daba pleno derecho a ello, a ser un poeta universal y clásico, cuya gloria igualara, si no oscureciera, a la de los grandes poetas del Renacimiento italiano. El Ariosto, el Tasso, Petrarca, eran el permanente norte de su emulación. Sin embargo, aun poseyendo el inagotable torrente de inspiración de todos sabido, aun siendo dueño de un muy grande saber de humanidades, de una erudición muy extensa, jamás acertó Lope a componer obra alguna de este tipo que pueda decirse afortunada. Sólo los historiadores de la literatura se acordarían hoy de Lope si no hubiera escrito más que la Jerusalem, la Angélica o los Triunfos. Esos poemas, en general fríos y pedantescos, se salvan solamente por aquellos pasajes en que la espontánea inspiración del poeta rompe el molde académico y se derrama en encendidas expresiones líricas.

En cambio, cuando Lope, en vez de buscar sus temas en el mundo clásico (siempre ajeno a su temperamento) los tomó del ambiente real que le rodeaba o de la historia de España, viva para él como lo que veían sus ojos, entonces acertó a crear el gran número de obras poéticas que, aunque no sin defectos, lo han colocado en un puesto único y solo en las letras españolas. Como poeta popular Lope tiene tanta vida como la naturaleza misma. Es indecible su sentimiento de la realidad; penetra con la mayor agudeza en el verdadero ser de los individuos colocados en las situaciones más opuestas y pone en sus labios la palabra justa en que aquél se nos revele. Cuanto es tocado por su pluma en sus abundantísimos momentos felices queda impregnado de esa indecible cualidad, sólo poseída por las más altas obras de arte, con la cual provocan en nosotros una sensación como de vida. Tieck, en una nota inédita existente en la Biblioteca de Berlín entre los papeles del poeta, publicada por el señor Bertrand en su libro L. Tieck et le théâtre espagnol, define la obra de Lope con estas tres palabras: "Naturalidad, verdad, objetividad." Lope "es la naturaleza misma—dice el poeta Grillparzer—; sólo las palabras son dadas por el arte... Es ilimitado en él el sentimiento de lo natural. En mitad del pasaje de peor gusto se presentan auténticos testimonios de ello". "Las comedias de Lope—es el prologuista de la Parte XXIII el que habla—son de la naturaleza, y las otras, de la industria."

No hay palabras para expresar cómo conocía y sentía Lope las cosas españolas. La historia verdadera y legendaria del país en general y de cada comarca y cada ciudad en particular; los usos y costumbres de cada región: todas las singularidades de la tradición y de la vida española de su tiempo estaban siempre presentes y vivas en el dilatado ámbito de su memoria. "Lope hace revivir en la escena—dice el señor Menéndez Pidal en L'epopée castillane—todos los tipos, las costumbres, las regiones de España, que jamás ha conocido nadie tan íntimamente como él, y al mismo tiempo vuelve a tratar por su cuenta los asuntos de la antigua epopeya, reconociendo en ella la poesía hereditaria de la raza española." De este modo, por haber infundido nueva vida poética a la historia patria; por recoger en su obra cuanto viene a constituír la vida española del momento, en lo grande y lo pequeño, lo general y lo particular, álzase Lope en nuestra historia literaria como supremo poeta nacional. Por él y su teatro anúdanse las viejas tradiciones medievales españolas con la vida del siglo xvii y no se da en España—como hace notar el señor Morel Fatio—el divorcio del espíritu nuevo con el de la Edad Media, que se operaba en Francia al mismo tiempo.

Si Lope sabe sentir y apreciar la épica española y hace de su teatro como una continuación del romancero, no es menos asombroso su sentimiento de la lírica popular. "Su corazón—dice el señor Pidal en la obra citada—ha permanecido siempre abierto a la inspiración ingenua y ruda de los humildes: los cantos populares despiertan en él el eco fiel y armonioso de la poesía más profunda." A cada paso en el teatro de Lope, ya un romance o ya una canción del pueblo, deliciosamente escogida, vienen a realizar un altísimo efecto dramático, y no faltan en su obra comedias construídas sobre la base de un canto popular.

Mas con todo ello, Lope, poeta nacional por excelencia, no está plenamente representado por obra alguna. No hay, en cuanto de su teatro ha llegado a nosotros, ninguna comedia, por bellísima que sea, que podamos llamar perfecta. La precipitación en el modo de trabajar (representantes y público no le permitían descanso alguno), su facilidad fabulosa, la falta de reflexión y de dominio sobre sus facultades, han perjudicado a esta parte de su producción, del mismo modo que a sus obras de poesía erudita. Aquí como allí, los detalles son superiores al conjunto, por bello que éste sea. Muy agudamente hizo ya observar Grillparzer que lo excelente e incomparable de Lope no suele estar en los temas capitales, sino en cosas accesorias. "En eso es inimitable y, junto con la excelencia del diálogo, infunde a su obra una vida que nos atrae hasta cuando no podemos aprobar el conjunto."

De este modo, a Lope no podemos juzgarlo por media docena de obras. Hay que tratar de columbrar, hasta donde sea posible, la masa gigantesca de su producción, en la cual, borrándose en la magnificencia total las faltas aisladas, se nos manifiesta el poeta como un ser casi sobrehumano, dueño de una potencia de crear representaciones artísticas dotada de una fuerza, delicadeza, diversidad y abundancia de tonos y matices, que acaso no haya tenido jamás su igual. Lope, entonces, semeja, no ya un hombre, sino una fuerza de la naturaleza. Propia de la naturaleza es su manera de crear: no se encamina reflexivamente hacia el propuesto fin con el mínimo esfuerzo y la mayor economía de energías; como simientes llevadas por el viento, deja desperdigarse profusamente sus facultades creadoras y éstas producen más de un millar de obras, más o menos imperfectas, en vez de esforzarse en lograr una sin falta. "Los dos versos siguientes—dice Grillparzer—podrían ser colocados como lema al frente de las obras completas de Lope de Vega:

Tristán.—Tiras, pero no reparas.
Teodoro.—Los diestros lo hazen así.
El Perro del hortelano, acto I."

Tirar sin reparar, a modo de una fuerza natural que no teme se agote nunca el caudal de que dispone, fué siempre el carácter de la creación artística de Lope.

No podemos repetir aquí algunas de las conocidas anécdotas que muestran la rapidez increíble con que escribía Lope de Vega. No debe ser muy exagerado lo que dice en el Arte nuevo de haber escrito comedias en veinticuatro horas. Pero aunque otro dato no tuviéramos, el propio número, que parece fábula, de las obras de Lope, nos haría ver la facilidad pasmosa de su poder creador. Lope mismo, en la Egloga a Claudio y en La Moza de cántaro dice haber escrito mil y quinientas comedias. Montalván hace subir este número a mil ochocientas y cuatrocientos autos. No pueden, ni mucho menos, admitirse cifras tan altas. Sin embargo, a pesar de que, como sabemos, gran parte del teatro de Lope está irreparablemente perdido, nos son conocidos los títulos de setecientas veintiséis comedias y de cuarenta y siete autos, y en la actualidad aún poseemos muy cerca de quinientas de las primeras.

"Si hubo alguna vez un poeta—dice von Schack en su Historia—a quien su nación no sólo debe un drama sino una literatura dramática completa, lo fué, sin duda, nuestro español." En Lope, realmente, tenemos que saludar al fundador de nuestro teatro nacional. No es muy exagerado el prologuista de la Parte XXIII al decir que "antes de sí no halló a quién imitar, y después no hubo quien enteramente le imitara". Ni lo es Montalván cuando, hablando de las comedias en su Fama póstuma, dice: "Sepan todos que su perfección se debe sólo a su talento, pues las halló rústicas y las hizo damas, y cuantos después acá las han escrito (aunque alguno bárbaramente lo niegue) ha sido rigiéndose por esta pauta." "Lope—dice el señor Menéndez Pidal en la obra citada—supo encontrar la forma de comedia más adaptada al gusto nacional... Fijó el tipo y norma a los cuales podían recurrir con seguridad los genios de segundo orden, sin gastar ya sus fuerzas en tentativas divergentes, y así, en vez del desparramamiento anterior, el teatro conoció desde ahora e impuso a sus secuaces una fuerte unidad de gusto y orientación."

No es que Lope haya sacado de su cabeza la forma del teatro español: nadie, ni aun un genio de su alcurnia, inventa completamente cosa alguna. Prescindiendo de otros precursores menos calificados, el nombre del sevillano Juan de la Cueva debe ser siempre recordado como predecesor inmediato de Lope. Lo es en haber aprovechado temas nacionales como asunto de sus comedias (hasta en La muerte del rey Don Sancho introduce un romance popular); lo es en no haber respetado las reglas que la interpretación que el Renacimiento había dado a la estética dramática de Aristóteles imponía como imprescindibles en la composición de toda obra teatral. Pero Cueva, que en su Ejemplar poético fué el primer escritor crítico que defendió el naciente teatro español de los ataques de los clasicistas, no era un poeta de genio: sus obras son superiores como idea a como realización, y con sus limitadas fuerzas creadoras nunca habría llegado a imponer sus doctrinas estéticas. Era necesario que entrara el monstruo de naturaleza y se alzara con la monarquía cómica, que avasallara y pusiera debajo de su juridición a todos los farsantes, y llenara el mundo de comedias, en que relumbran los dones preciosísimos de su genio, para que quedara fundado el teatro español.

Ahora bien, ¿qué opinaba el Lope de Vega, poeta erudito, que aspiraba a igualar la gloria de los más altos poetas clásicos, de la obra que atropelladamente iba creando el otro Lope de Vega, poeta popular? Como observa el señor Menéndez Pidal en el dicho libro, es curioso que mientras Juan de la Cueva, convencido definidor del teatro nuevo, no tenía fuerza ni habilidad para imponerlo, Lope, de ideas más bien clásicas, fuera quien con su genio creador fundara uno de los dos más grandes teatros románticos de la humanidad. Al principio, Lope parece despreciar sus comedias: "Si allá murmuran de ellas algunos que piensan que las escribo por opinión—dice en la carta de 1604—, desengáñeles V. md. y dígales que por dinero." En la Epístola a don Antonio de Mendoza llama "versos mercantiles" a los de sus comedias. Repetidas veces, por ejemplo en el prólogo de El Peregrino, se disculpa de que éstas "no guarden el arte" alegando que el público las quiere así, y él no hace más que continuar las cosas tal como las ha encontrado, siguiendo el mal estilo que se ha introducido en el teatro español. Del Arte nuevo de hacer comedias, defensa tímida de su teatro en la que no sale aún del terreno de pedir perdón por sus muchas faltas, dice así el señor Menéndez y Pelayo, en el tomo III de la Historia de las ideas estéticas, y en tales palabras puede darse por resumido el problema de la posición de Lope en esta cuestión, sobre todo antes de los años de su vejez: "El Arte nuevo de hacer comedias de Lope de Vega, tan traído y llevado por los críticos, hasta el extremo de haberse convertido algunos de sus versos en proverbios, ha parecido a muchos una especie de enigma o acertijo, siendo, como es, su sentido claro y llano para todo el que no le considere aisladamente sino poniéndole en relación con las demás obras de su autor y con el sentido estético que predomina en ellas. En Lope hay dos hombres: el gran poeta español y popular y el poeta artístico, educado, como todos sus contemporáneos, con la tradición latina e italiana. Estas dos mitades de su ser se armonizan cuando pueden, pero generalmente andan discordes, y, según las ocasiones, triunfa la una o triunfa la otra. Con su alma de poeta nacional, Lope tiene conciencia, más o menos clara, de la grandeza de su obra, y la lleva a término sin desfallecer un solo día. Pero al mismo tiempo se acuerda de que le enseñaron, cuando muchacho, ciertos libros llamados Poéticas, en los cuales, con autoridades mejor o peor entendidas del Estagirita y del Venusino, se reprobaban la mezcla de lo trágico y lo cómico y el abandono de las unidades. De aquí contradicción y aflicción en su espíritu." Pero según fué viviendo fué aprendiendo Lope a apreciar más altamente su teatro. En 1617 ya se decide a publicar directamente sus comedias, "aunque nunca las hizo para imprimirlas", dejando el desdén con que las había tratado hasta entonces. Sin embargo, siempre tuvo por más valiosos sus poemas; "jamás tuvo arrogancia" por sus comedias, "porque teniendo ingenio y letras para los libros que corren suyos por Italia y Francia, tiene las comedias por flores del campo de su Vega, que sin cultivo nacen". (Prólogo de la Parte XX.) No sabia él que aquellas silvestres florecillas eran lo que le aseguraba la inmortalidad.

No vamos a entrar aquí, claro está, en la plurisecular contienda, largo ha extinguida, entre los partidarios del teatro clásico y los del romántico, que tantos arroyos de tinta y bilis hizo derramar en tiempo de nuestros mayores, próximos y remotos. Acaso, sin embargo, hubiera podido ser resuelta a gusto de todos considerando que el teatro español (o el inglés), aunque coincidiendo con las obras dramáticas del arte clasicista, a las que se aplicaban las leyes aristotélicas y horacianas, en ser recitado por actores en un escenario, pertenecía a diferente género literario y era nacido de origen muy diverso. Si consideramos que gran número de las obras de Lope (o de Shakespeare) son fiel dramatización del relato de una crónica o de un cuento; si atendemos a lo frecuentes, extensos e importantes que son en Lope los romances en que se narran cosas que constituyen parte integrante de la acción y que, sin embargo, no han podido ocurrir ante los espectadores; si vemos que en el teatro español, más que a la pintura de los caracteres en pugna se atiende a desarrollar el argumento, generalmente complicadísimo, llegaremos a pensar que tales obras, más que con las tragedias y comedias de tipo clásico, tienen parentesco con crónicas y novelas: que deben ser tenidas por lazo de unión entre los géneros épico y dramático más que como puros dramas. Ya Bouterweck, historiador de nuestras letras y uno de los fomentadores de los estudios de literatura española en Alemania a principios del siglo xix, decía, según Bertrand (Tieck et le théâtre espagnol) que una comedia española es un cuento dramático. Tieck, según el mismo autor, escribe que "cada una de las buenas comedias de Lope está tratada como un cuento lleno de alta poesía". Y en otro lugar, analizando una obra de Lope, dice: "Si se exceptúa el principio, está construída como un cuento y tiene un carácter completamente narrativo." "Lope se propuso dar a sus comedias la forma de una novela dramática—dice en su Historia Ticknor—y con su gran talento llegó a establecer esta base como la fundamental del teatro español." El propio Lope había dicho en el proemio de su novela El Desdichado por la honra: "Demás que yo he pensado que tienen las novelas los mismos preceptos que las comedias, cuyo fin es haber dado su autor contento y gusto al pueblo, aunque se ahorque el arte." Finalmente, don Ramón Menéndez Pidal, en la obra varias veces citada, se expresa en estos términos: "Puede decirse que fué ella—la prosa narrativa—quien le imprimió su carácter definitivo haciéndole pasar de las hondonadas y laberintos en que se perdía al ancho campo que debía recorrer tan gloriosamente. Fué a su semejanza como se formó el nuevo drama, donde todo es acción, movimiento y vida. A ella es a quien ha debido su vivacidad, la rapidez de su acción, la libertad de abarcar las épocas y los lugares más alejados unos de otros, esas bruscas transiciones gracias a las cuales el juglar antiguo y el cronista, venido tras él, transportaban a su antojo la atención de los oyentes del uno al otro lado de los lugares donde se desenvolvía el relato. Tal es el origen de esos continuos cambios en el lugar de la escena que han permitido al nuevo drama tratar los asuntos más complejos de la epopeya, de la historia y de la novela antigua. Concebida de esta manera, la comedia española se ha constituído bajo la forma de una epopeya dramática y el principio al cual obedece no es otro que éste: todo lo que puede ser narrado puede también ser representado en la escena."

Poco a poco, según van siendo mejor estudiadas las comedias y conocidos los sucesos de la vida del poeta, a que no faltan alusiones en aquéllas, comienza a ser posible el establecer su sucesión cronológica con mayor rigor de lo que lo había sido hasta ahora. De este modo llegará a verse con toda claridad la evolución del arte dramático de Lope en su larga carrera. Pero en lo esencial no se saldrá—es de esperar—de lo entrevisto por el señor Menéndez y Pelayo, quien viene a afirmar que en las comedias de la juventud de Lope predomina el carácter lírico y hay gran complicación de argumentos e incidentes, mientras que en las obras de la vejez simplifícase el asunto y el tono épico se sobrepone al lírico. En las dos comedias que contiene este volumen, pertenecientes a muy distinto tiempo de la vida del poeta, puede comprobarse cumplidamente este general aserto.

Lope de Vega, como se ha dicho antes, conoció en vida la mayor popularidad que jamás puede haber alcanzado autor alguno. León Pinelo en sus Anales de Madrid alaba "la estimación que le dió el pueblo dondequiera que estuvo, y particularmente en esta Corte, donde en oyéndole nombrar los que no le conocían se paraban en las calles a mirarle con atención, y otros que venían de fuera luego le buscaban y a veces le visitaban sólo por ver y conocer la mayor maravilla que tenía la Corte, y muchos le regalaban y presentaban alhajas sin más título que el de ser Lope de Vega, y si llegaba a comprar cualquiera cosa de mucha o poca calidad, en sabiendo que era Lope de Vega se la ofrecían dada o se la vendían con toda la cortesía y baja de valor que les era posible;... dieron en Madrid, más de veinte años antes que muriese, en decir por adagio a todo lo que querían celebrar o alabar por bueno, que era de Lope; los plateros, los pintores, los mercaderes, hasta las vendedoras de la plaza, por grande encarecimiento, pregonaban fruta de Lope, y un autor grave, que escribió la historia del señor don Juan de Austria, para levantar de punto la alabanza, dijo de uno que era capitán de Lope, y una mujer, viendo pasar su entierro, que fué grande, sin saber cúyo era, dijo que aquel era entierro de Lope, en que acertó dos veces". Quevedo, en la aprobación de las Rimas de Burguillos, se refiere también a este uso popular de calificar como de Lope a lo excelente: "Frey Lope Félix de Vega Carpio, cuyo nombre ha sido universalmente proverbio de todo lo bueno."

"Gozó sin litigio Lope la fama en la mocedad—dice Pellicer en su Panegírico—; aguardábanle las contradicciones para la vejez." En los últimos años de la vida del poeta, el tornadizo favor del público parece haberse complacido más en las obras de algunos nuevos ingenios que en las del viejo creador del teatro español; más de una vez el público recibió con hostilidad alguna de sus últimas creaciones. El aplauso y protección de las esferas oficiales ya hemos visto también que buscó de preferencia otras frentes para colocar en ellas sus coronas. El poeta habrá conocido en la última época de su vida la amarga sensación de sobrevivirse, de quedar rezagado en la marcha del gusto público de su tiempo. No poco le habrá dolido esta desventura que venía a sumarse a las desdichas privadas que ennegrecieron y llenaron de amargura sus últimos días.

Muerto Lope, su obra quedó un tanto oscurecida por la de Calderón, su continuador famosísimo, y fué cada vez más olvidada en el creciente mal gusto que se extendía según iba avanzando el siglo xvii. En el xviii, corrió la suerte de todo el teatro español, y sólo a principios del xix renació su fama con la reivindicación general de nuestro teatro por los escritores románticos, alemanes principalmente. Pero también entonces la nombradía de Calderón hizo sombra a la de Lope, que todavía vino a quedar en lugar secundario. Grillparzer en los países de lengua germánica; en Inglaterra la redacción de The Atheneum, Chorley y Ormsby, iniciaron la tendencia de colocar a Lope en el excelso lugar que le corresponde en el teatro español, tendencia que recibió consagración oficial entre nosotros cuando en 1890 don Marcelino Menéndez y Pelayo acometió la tarea de publicar la edición académica de las obras de Lope de Vega. De entonces acá, los estudios sobre Lope han venido siendo cada vez más numerosos e intensos, y en la valoración actual de nuestras letras, Lope de Vega, aunque sin el sentido universal de Cervantes, su no muy amado coetáneo, goza de una preeminencia y significación únicas en el orbe de la literatura española.

J. Gómez Ocerín. R. M. Tenreiro.
EL REMEDIO EN LA DESDICHA

Aparte la ortografía, que sólo hemos conservado cuando nos ha parecido encerrar valor fonético, reproducimos aquí el texto que se encuentra en la "Trecena parte de las comedias de Lope de Vega Carpio, Procurador Fiscal de la Cámara Apostolica en el Arzobispado de Toledo. Dirigidas, cada una de por sí, a diferentes personas. Año 1620. Con privilegio. En Madrid. Por la viuda de Alonso Martín. A costa de Alonso Pérez, mercader de libros".

En las escasísimas correcciones que hemos creído forzoso introducir, ponemos en nota las palabras correspondientes de la Parte XIII.
EL REMEDIO EN LA DESDICHA

COMEDIA FAMOSA DE LOPE DE VEGA CARPIO

dirigida

A DOÑA MARCELA DEL CARPIO, SU HIJA[1]

Escribió la historia de Jarifa y Abindarráez, Montemayor, autor de la Diana, aficionado a[2] nuestra lengua, con ser tan tierna la suya, y no inferior a los ingenios de aquel siglo; de su prosa, tan celebrada entonces, saqué yo esta comedia en mis tiernos años. Allí pudiérades[3] saber este suceso, que nos calificaron por verdadero las Corónicas de Castilla en las conquistas del reino de Granada; pero si es más obligación acudir a la sangre que al ingenio, favoreced el mío con leerla, supliendo con el vuestro los defectos de aquella edad, pues en la tierna vuestra me parece tan fértil, si no me engaña amor, que pienso que le pidió la naturaleza al cielo para honrar alguna fea, y os le dió por yerro; a lo menos a mis ojos les parece así, que en los que no os han visto pasará por requiebro. Dios os guarde y os haga dichosa, aunque tenéis partes para no serlo, y más si heredáis mi fortuna, hasta que tengáis consuelo, como vos lo sois mío.

Vuestro padre.
PERSONAS [4] Abindarráez. Páez. Peralta.
Jarifa. Bajamed. Zara.
Zoraide. Arráez. Maniloro.
Alborán. Espinosa. Celindo.
Narváez. Alvarado. Mendoza.
Nuño. Cabrera. Ardino.
Alara. Ortuño. Zaro.
Darín.

Representóla Ríos, único representante.[5] ACTO PRIMERO

Salen a un tiempo por dos puertas Abindarráez y Jarifa. Sin verse.

Abind. Verdes y hermosas plantas,[6] Que el sol con rayos de oro y ojos tristes
Ha visto veces tantas
Cuantas ha que de un alma el cuerpo fuistes;
Laureles, que tuvistes
Hermosura y dureza:
Si no es el alma agora[7] Como fué la corteza,
Enternézcaos de un hombre la tristeza,[8] Que un imposible adora.

Jarifa. Corona vencedora
De ingenios y armas, Dafne, eternamente
Por quien desde el aurora
Hasta la noche llora tiernamente
El sol resplandeciente:
Si no habéis de ablandaros
Al són del llanto mío,
¿De qué sirve cansaros,
Y mi imposible pretensión contaros,
Que al viento sólo envío?

Abind. Claro, apacible río,
Que con el de mis lágrimas te aumentas,
Oye mi desvarío
Pues que con él tus aguas acrecientas.
Razón será que sientas
Mis lágrimas y daños,
Pues sabes que me debes
Las que por mis engaños
Llorar me has visto tan prolijos años,
Y por bienes tan breves.

Jarifa. Porque tu curso lleves,
Famoso río, con mayor creciente,
Y la margen renueves
Que en tus orillas hizo la corriente
De aquella inmortal fuente
Que a mis ojos envía
El corazón más triste
Que ha visto en su tardía
Carrera el sol en el más largo día,
Hoy a mi llanto asiste.

Abind. Jardín que adorna y viste
De tantas flores bellas Amaltea:[9] Aquí, donde tuviste
Aquella primavera que hermosea,
Cuando por ti pasea;
Aguas, yerbas y flores,
Aquí vengo a quejarme,
Y no de sus rigores,
Sino de un imposible mal de amores,
Que ya quiere acabarme.

Jarifa. Si para lamentarme,
Aquí, donde perdí mi libre vida,
Lugar no quieren darme
El blando río y planta endurecida,
Al cielo es bien que pida
Piadoso oído atento.
Oídme cielo hermoso;
Óyeme, amor, contento
De haber triunfado de mi libre intento
Con arco poderoso.

Abind. Si hay algún dios piadoso
Para con los amantes, y si alguno
Deste mal amoroso
Probó el rigor, tan fiero y importuno,
Pues no hay amor ninguno
Que pueda ser tan fiero,
O me remedie o mate;
Que por mi hermana muero
Y en tan dulce imposible desespero:
Tal es quien me combate.

Jarifa. Al último remate
De mi cansada vida, al postrer dejo,
Cuando no es bien que trate
De buscar medicina ni consejo,
Como cisne me quejo.
Fiero amor inhumano,
Mi hermano adoro y quiero,
Por imposibles muero.

Abind. ¡Jarifa!

Jarifa. ¡Abindarráez!

Abind. ¡Hermana!

Jarifa. ¡Hermano!

Abind. Dame esos brazos dichosos.

Jarifa. Dadme vos los vuestros caros.

Abind. ¡Ay, ojos bellos y claros!

Jarifa. ¡Ay, ojos claros y hermosos!

Abind. ¡Ay, divina hermana mía!

Jarifa. ¡Ay, hermano mío gallardo!

Abind. ¡Qué nieve cuando más ardo!

Jarifa. ¡Qué fuego entre nieve fría!

Abind. ¿Qué esperas, tiempo inhumano?

Jarifa. Tiempo inhumano, ¿qué esperas?

Abind. ¡Ah, si mi hermana no fueras!

Jarifa. ¡Ah, si no fueras mi hermano!

Abind.Señora, ¿de qué sabéis
Que hermanos somos los dos?

Jarifa. De lo que yo os quiero a vos,
Y vos a mí me queréis.
Todos nos llaman ansí,
Y nuestros padres también;
Que, a no serlo, no era bien
Dejarnos juntos aquí.

Abind. Si ese bien, señora mía,
Por no serlo he de perder,
Vuestro hermano quiero ser,
Y gozaros noche y día.

Jarifa. Pues tú, ¿qué bien pierdes, di,
Por ser hermanos los dos?

Abind. A mí me pierdo y a vos:
Ved si es poco a vos y a mí.

Jarifa. Pues a mí me parecía
Que a nuestros amores llanos
Obligaba el ser hermanos,
Y que otra causa no había.

Abind. Sola esa rara hermosura
A mí me pudo obligar,
Ese ingenio singular
Y esa celestial blandura,
Esos ojos, luz del día,
Esa boca y esas manos;
Porque esto de ser hermanos,
Antes me ofende y resfría.

Jarifa. No es justo que en el amor,
Abindarráez, tan justo
De hermanos, halles disgusto,
Siendo el más limpio y mejor.
Amor que celos no sabe,
Amor que pena no tiene,
A mayor perfeción viene,
Y a ser más dulce y suave.
Quiéreme bien como hermano:
No te aflijas ni desueles,
Sigue el camino que sueles,
Verdadero, cierto y llano;
Que amor que no tiene al fin
Otro fin en que parar,
Es el más perfeto amar;
Que al fin es amar sin fin.

Abind. ¡Ah, hermana! Pluguiera a Alá
Que vuestro hermano no fuera,
Y que este amor fin tuviera,
Que el de mi vida será,
Y que celos y querellas
Tuviera más que llorar
Que arenas tiene la mar
Y que tiene el cielo estrellas.
Por bienes que son tan raros
Era poco un mal eterno;
Que penas, las del infierno
Eran pocas por gozaros.
Mas, pues vuestro hermano fuí,
No despreciéis mi deseo.

Jarifa. Antes le estimo, y te creo.

Abind. ¿Pediréte algo?

Jarifa. Sí.

Abind. ¿Sí?

Jarifa. Sí, pues.

Abind. ¿Qué te pediré?

Jarifa. Lo que te diere más gusto:
Todo entre hermanos es justo.

Abind. No fué justo, pues que fué.
Ahora bien: dame una mano,
Y pondréla entré estas dos,
Por ver si así quiere Dios
Que sepa que soy tu hermano.

Jarifa. ¿Aprietas?

Abind. Doyla tormento
Por que diga la verdad;
Que es juez mi voluntad
Y potro mi pensamiento.
Con los diez dedos te aprieto,
Cordeles de mi rigor,
Siendo verdugo el amor,
Que es riguroso en efeto,
Pues agua no ha de faltar,[10] Que bien la darán mis ojos;
Di verdad a mis enojos.

Jarifa. Paso, que es mucho apretar;
Que no lo sé, por tu vida.

Abind. Yo no lo pregunto a ti.

Jarifa. ¿Ha de hablar la mano?

Abind. Sí.
Bien podéis, mano querida.
Pero mi pregunta es vana
Y ella calla en el tormento.
A lo menos, en el tiento
No sabe a mano de hermana.
¿Que al fin lengua te faltó?
Dime, blanca, hermosa mano:
¿Soy su hermano? Digo hermano,
Y responde el eco, no.
Testigos quiero tomar.

Jarifa. ¿Qué testigos?

Abind. Esos ojos,
A quien por justos despojos
Mil almas quisiera dar.
¿No respondéis? Culpa os doy,
Lengua de fuego inhumano.
No me miran como a hermano;
No es posible que lo soy.
Pues ¿preguntaré a la boca?
Esta no dirá verdad,
Cuando pura voluntad
El instrumento no toca.
Pues ¿a los tiernos oídos?
Pero ya con escucharme,
O pretenden consolarme
O quitarme los sentidos.
El gusto, si está olvidado,
¿Qué pregunta le he de hacer?
Que el gusto de la mujer
No quiere ser preguntado.
Mas ¿qué importa, ojos, oídos,
Boca, manos, gusto, haceros
Testigos, si he de perderos
Sólo porque sois queridos?
Dése, pues, ya la sentencia
En que sea el cuerpo hermano
Y el alma no; que es en vano
Querer que tenga paciencia;
Pero, aunque vencido estoy
Y a la muerte condenado,
Quiero morir coronado
Pues como víctima voy.
Dadme, hermosas flores bellas,
Rubí, zafir y esmeralda
Para hacer una guirnalda.

Haga que compone una guirnalda.

Jarifa. Bien es que te adornes dellas.
Triunfa de mi loco amor
Y de mi seso perdido;
Que, aunque piensas por vencido,
Yo sé que es por vencedor.
Pon la rosa carmesí
De mi prestada alegría,
Y mi celosa porfía
En el lirio azul turquí;
En el alhelí pajizo
Mi desesperado ardor,
Y en la violeta el amor
Que mi voluntad deshizo;
Mi imposible en el jazmín
Blanco, sin dar en el blanco.

Abind. ¡Cuánto se te muestra franco
El cielo, hermoso jardín!
Bella guirnalda he tejido,
Ciña mis dichosas sienes.

Póngase la guirnalda.

Jarifa. Galán por estremo vienes.

Abind. Y coronado y vencido.

Jarifa. Muestra, pondrémela yo,
¿Qué te parece de mí?
¿No estoy buena?

Abind. Mi bien, sí.

Jarifa. ¿Soy tu hermana?

Abind. Mi bien, no;
Y en lo que os quiero me fundo.

Jarifa. Dime ya tu parecer.

Abind. Hoy acabáis de vencer,
Como otro Alejandro, el mundo.
Parece que agora en él
No cabe vuestra persona,
Y que os laurea y corona
Por reina y señora dél.

Jarifa. Si así fuera, dulce hermano,
Vuestra fuera la mitad.

Abind. ¿Tanto bien a mi humildad?
Dadme vuestra hermosa mano.[11]

Zoraide, alcaide de Cartama, Alborán, moro.

Zor. ¿Eso dicen en Granada
Del buen Fernando?[12]

Albor. Esta nueva
Agora la fama lleva.

Zor. Tu buen suceso me agrada:
No hay a quien amor no deba.

Albor. Es muy propio del valor
Obligar al tierno amor
Desde el propio hasta el estraño.
No habrá más guerras este año,
Que ansí lo dice Almanzor.

Zor. ¿Traes cartas?

Albor. Señor, sí.

Abind. ¡Nuestro padre!

Zor. ¡Oh hijos caros!
Huélgome mucho de hallaros
En esta ocasión aquí:
Llegad, que quiero abrazaros.

Abind. Sin duda trae Alborán
Buenas nuevas.

Zor. No me dan
Poco gusto, si este invierno
Descansare del gobierno
De militar capitán.

Abind. ¿Dejó Fernando la guerra?

Albor. Por este año está olvidada.

Zor. Colguemos todos la espada,
Y esté segura la tierra
Y la frontera guardada;
Que harto el cuidado me aprieta
En defender a Cartama,
Porque jamás en la cama
Me halló el sol ni la trompeta
Que la gente al campo llama.
Fernando es ido a Toledo:
Seguro pienso que quedo
De dejar mi casa. Ven,
Responderé al Rey y a Hazén
Cuanto agradecerles puedo.
O quédate, si por dicha
Abindarráez quisiere
Saber nuevas.

Abind. No hay que espere
Después de la nueva, dicha.
Aquí mi esperanza muere.

Zor. Ven tú, Jarifa, que tengo

Vase Zoraide.

Que hablarte.

Jarifa. Adiós; luego vengo.

Vase Jarifa.

Abind. ¿Que aquí mi padre se queda?
¿Posible es que vivir pueda
La esperanza que entretengo?—
Alborán, ¿que no hay jornada?

Albor. Ya el cristiano ha recogido
Sobre la pica ferrada
El tafetán descogido
De la bandera cruzada.
Ya Mendozas y Guzmanes,
Leivas, Toledos, Bazanes,
Enríquez, Rojas, Girones,
Pachecos, Lasos, Quiñones,
Pimenteles y Lujanes,
Truecan las armas por galas,
Por música el atambor,
Y por las plazas las salas;
A Belona por Amor,
A quien nacen nuevas alas.
Ya Bencerrajes, Zegríes,
Zaros, Muzas, Alfaquíes,
Abenabos, Aibenzaides,
Mazas, Gomeles y Zaides,
Hacenes y Almoradíes,
Dejan lanzas, toman varas,
Juegan cañas, corren yeguas;
Que se escuchan a dos leguas
Los relinchos y algazaras
Con que celebran las treguas.

Abin. ¿Abencerrajes dijiste?
Pues ¿han quedado en Granada
Después del suceso triste?[13]

Albor. Fuése la lengua engañada
Al nombre ilustre que oíste;
Que ya no hay en todo el mundo
Sino tú.

Abind. ¿Cómo?

Albor. No digo
Sino que eres tú segundo
Al valor de que es testigo
Cielo, tierra y mar profundo.

Abind. No, Alborán, eso me di.
Dame esa mano.

Albor. Mancebo
¡Qué deudos perder te vi!
Reviente con llanto nuevo
El alma de nuevo aquí.
No te miro vez alguna
Que de su triste fortuna
Y próspera no me acuerde:
A nadie de vista pierde
La envidia, aunque esté en la luna,
Aún veo en viles espadas
Las cabezas separadas
De aquellos ilustres cuellos,
Y asidas de los cabellos,
En el Alhambra clavadas.
Aún corre la sangre aquí,
Y aún aquí la envidia aleve
Me parece que la bebe.
¡Oh vil Gomel, vil Zegrí!
¿Lloras?

Abind. Su historia me mueve.
Pero dime, Alborán, así los cielos
Te dejen ver el fin de tu esperanza,
Y lo que quieres bien gozar sin celos;
Ansí en el campo la gallarda lanza
Y en la plaza tu caña sea famosa,
Y el Rey te dé su Alhambra en confianza;
Ansí de amiga cara o dulce esposa,
Si dellos tienes esperanzas vanas,
Alcances hijos, sucesión dichosa;
Y dellos, en moriscas africanas,
Los nietos, que colgados de tu cuello,
Con tiernas manos jueguen con tus canas
Ansí primero veas su cabello
Nevado que tu muerte, y lleno acabes
De fama y años, que Alá puede hacello,
Que me digas, pues sé yo que lo sabes,
Si soy yo Bencerraje, y si deciendo
De los que alabas y es razón que alabes,
O, como por ventura estoy temiendo,
Soy hijo del alcaide de Cartama,[14] Puesto que la verdad del alma ofendo;[15] Que por la fe que el noble estima y ama,[16] De guardarte secreto eternamente.
Dime tú lo que dicen alma y fama.

Albor. ¡Oh ilustre y generoso decendiente
De aquellos malogrados Bencerrajes
Por su valor y envidia juntamente!
¡Oh reliquia de aquellos dos linajes![17] ¡Oh fénix de su muerte, sangre y fuego,
Porque mejor de los aromas bajes![18] En este punto de Granada llego,
Y el traer sangre tuya en la memoria
(Que casi te la doy en llanto ciego),
Ha hecho que te obligue con su historia,
Que ya la sabes por ajena fama,
A restaurar su antiguo nombre y gloria.[19] No es tu padre el alcaide de Cartama,
Que, puesto que es tan noble, fué Selimo,[20] Pero el Alcaide, como ves, me llama.
No puedo detenerme.

Abind. Tanto estimo...

Albor. Venme después a hablar.

Abind. ¿Qué así me dejas?

Albor. Perdona un poco.

[Vase.]

Abind. Mi esperanza animo:
Cierre la puerta el alma a tantas quejas.
Hermosas, claras, cristalinas fuentes,
Jardines frescos, celebrados árboles,
Que aquí me vistes de Jarifa hermano,
Ya no soy el hermano de Jarifa;
Ya puedo ser su amante y ser su esposo:
Dad todos parabién a Abindarráez.
Ya no soy aquel triste Abindarráez
Que os daba tanto llanto, puras fuentes;
Ya no escribiré hermano sino esposo,
Por las cortezas de los verdes árboles.
Pero, si no me quiere mi Jarifa
¡Cuánto mejor me fuera ser su hermano!
Mas aunque no me quiera, el ser su hermano
Ya quita la esperanza a Abindarráez
De la gloria que el alma ve en Jarifa.
Dirán que esto es verdad las sordas fuentes,
Y sus hojas harán lenguas los árboles:
Tanto es el bien de poder ser su esposo.
Si sólo el ser posible ser su esposo
Estorbaba del todo el ser su hermano,
Jardines, yedras, flores, plantas, árboles,
Aquí, donde lloraba Abindarráez
Hechos sus ojos caudalosas fuentes,
Aquí se llama esposo de Jarifa.
¡Cielos! ¿Que gozar puedo de Jarifa?
¿Que ya es posible que yo sea su esposo?
Riendo lo murmuran estas fuentes,
Que me llamaron tristemente hermano.
Decid que soy su esposo Abindarráez
Que el viento os dará voz, amigos árboles.
¡Qué de veces al pie de aquestos árboles
Miré los bellos ojos de Jarifa,
Y ella me dijo: "¡Hermano Abindarráez!"
Pues ya su esposo soy, no soy su hermano,
O, a lo menos, ya puedo ser su esposo:
Decídselo, si vuelve, claras fuentes.
Fuentes, ya cesa el llanto; verdes árboles,
Ya parto a ser esposo de Jarifa,
Que ya no soy su hermano Abindarráez.

[Vase.]

Sale Narváez[21] y Nuño, soldado.

Narv. Bañaba el sol la crespa y rubia cresta
Del fogoso león, por alta parte,
Cuando Venus lasciva y tierno Marte
En Chipre estaban una ardiente siesta.
La diosa, por hacerle gusto y fiesta,
La túnica y el velo deja aparte,
Sus armas toma, y de la selva parte,
Del yelmo y plumas y el arnés compuesta.
Pasó por Grecia, y Palas vióla en Tebas,
Y díjole: "Esta vez tendrá mi espada
Vitoria igual de tu cobarde acero."[22] Venus le respondió: "Cuando te atrevas,
Verás cuánto mejor te vence armada
La que desnuda te venció primero."[23]

Nuño. Oyendo he estado hasta el fin,
Si en historias tengo parte,
Esa de Venus y Marte,
Desarmado en el jardín;
Y que Palas la vió en Tebas
Y vencerla quiso armada,
Porque cortase su espada
Desde la gola a las grebas;
Y que Venus respondió
(Que es todo filatería)
Que armada la vencería
Quien desnuda la venció.
Pero, señor, ¿a qué intento
Tanto estos días te inclinas
A Venus, cuanto afeminas
A nuestro Marte sangriento?
Dime la causa, señor.

Narv. Todo es, Nuño, declararte
Que puesto que armado Marte,
Le vence desnudo amor.

Nuño. Pues qué, ¿un fuerte capitán
Puede a nadie estar sujeto?

Narv. ¿A un dios no?

Nuño. ¿Dios?

Narv. En efeto,
A amor ese nombre dan.

Nuño. Que le dió...

Narv. La antigüedad.

Nuño. ¡Gentil dios! ¡Buena razón!
¡Donde hay tanta imperfección,
Inconstancia y variedad!
Entre otras mil cosas, dos
Le quitan ese gobierno.

Narv. ¿Cuáles son?

Nuño. No ser eterno
Forzoso atributo en Dios,
Y carecer de razón.

Narv. Luego amor ¿no es inmortal?

Nuño. No; que al primer vendaval
Suele mudar de opinión;
Y tarde se ve en mujer
Amor firme, amor durable.

Narv. Antes no hay mujer mudable
Cuando comienza a querer,
Y no hay para qué te afirmes
En el engaño que cobras:
Hacémoslas malas obras,
Y querémoslas muy firmes.
Antes amor en el hombre
Suele ser más imperfecto.

Nuño. Antes, por ser más perfecto,
Le dieron como hombre el nombre,
Porque a ser, antes o agora,
Más en mujer su valor,
No le llamaran amor.

Narv. ¿Qué le llamaran?

Nuño. Amora.

Narv. ¡Amora!

Nuño. Sí. ¿No pintamos
Como mujer la piedad,
La castidad, la verdad,
Porque en ellas tanta hallamos?
Pues si en mujer el querer
Es de perfección capaz,
¿Por qué le pintan rapaz,
Sino en forma de mujer?[24] Mas, dejando a las escuelas
Tan vanas sofisterías,
Dime, señor, ¿de qué días
Es este dolor de muelas?

Narv. De un mes.

Nuño. Y ¿quién te enamora?

Narv. Bien dices; que mora fué.

Nuño. ¡Mora!

Narv. Mora.

Nuño. Bien podré
Cantarte a la perra mora.[25] ¿Dónde la viste?

Narv. En Coín.

Nuño. ¿Cuándo?

Narv. En las treguas pasadas,
Dando a unas rejas doradas
Por remate un serafín.

Nuño. ¿Y el zancarrón de Mahoma,
Y date desasosiego?[26]

Narv. ¡Oh Nuño! Todo soy fuego,
Que hable o calle, duerma o coma.

Nuño. No se te dé dos cuatrines;
Consuelo y regalo toma,
Que en el cielo de Mahoma
Son bajos los serafines.
Estas moras son lascivas;
Tú eres hombre famoso;
No será dificultoso
Gozarla como la escribas.
Toda esta tierra te adora
Por galán, noble, discreto,
Valiente, rico: en efeto,
Ya te conoce esa mora.
Dame una carta, y yo haré
Que venga esa galga aquí.[27]

Narv. ¿Llevarássela tú?

Nuño. Sí;
Que bien su arábigo sé.
Pondréme unos almaizales,
Y hecho moro, iré a Coín
A traerte el serafín,
Que aquesta noche regales;
Que basta por testimonio
Que te firmes don Rodrigo
De Narváez.

Narv. ¡Oh, Nuño amigo!
¡Vive Dios, que eres demonio!
Pero la letra cristiana,
¿Cómo la podrá entender?

Nuño. Que para todo ha de haber
Remedio y industria humana.
Aquel moro, tu cautivo,
La escribirá.

Narv. Dices bien.

Nuño. Pues voy por él.

Narv. Trae también
Recado.

Nuño. Ya le apercibo.

[Vase.]

Narv. Amor, si fuerais igual
A la edad y al cuerpo mío,
Yo os retara en desafío;
Pero así parece mal.
Aquel fronterizo fuerte,
Aquel andaluz temido,
Aquel Narváez, que ha sido
Entre moros rayo y muerte,
Hoy vencéis, hoy sujetáis
Con una mora. ¿Qué es esto?

Salen Nuño y Arráez, moro, y recado de escribir.

Nuño. Toma esa pluma y di presto.

Arr. ¿Qué es, señor, lo que mandáis?

Narv. Hinca la rodilla en tierra,
Y escribe.

Arr. Decid, señor.

Narv. ¿Eres hombre de valor?

Arr. Fuilo en la paz y la guerra.

Narv. ¿Dónde tan a solas ibas
Cuando ayer te cautivé?

Arr. Después te lo contaré,
Señor, que esta carta escribas.

Narv. ¿Cómo te llamas?

Arr. Arráez.

Narv. ¿De dónde eres?

Arr. De Coín.

Nuño. ¿Conoces al serafín
De Rodrigo de Narváez?

Narv. Calla, loco, que ya escribo.

Nuño. No creo que lo estás poco.—
¡Cuántos locos hace un loco!
¡Cuerdo yo, que libre vivo!
¡Vive Dios, que es gran flaqueza
Tropezar la voluntad!
Que amor es enfermedad
Y sale por la cabeza.
Yo no quiero más amor
Que mis armas y caballo;
En esto mis gustos hallo
Y me porto a mi sabor.
Sólo mi arnés es mi dama;
Este adoro, déste fío,
Tanto, que, a no ser tan frío,
Aun le acostara en la cama.
Yo le limpio, yo le visto,
Porque en la necesidad
Me muestra la voluntad
Con que una espada resisto.
Mi amor es lanza y caballo;
Soldado que a amor se inclina,
Tan cerca está de gallina
Cuanto pretende ser gallo.
Bien que, amor, ya os tengo a vos
Alguna vez por juez;
Pero esto sola una vez,
Que no ha de ser más, ¡por Dios!
La mujer, fácil estopa,
Es mancha de aceite, fuego,
Que, si no se ataja luego,
Cunde por toda la ropa.

Narv. No tengo que decir más.

Arr. Mucho debe a tu valor
Esta a quien tienes amor.

Narv. Bien la quiero.

Arr. Tierno estás,
Pues te confiesas vencido,
Siendo Narváez, señor,
El hombre más vencedor
Que el mundo ha visto y tenido.

Narv. (Esto aparte.)
Toma, Nuño, y a un balcón
De cuatro rejas azules,[28] Después que te disimules
Con la trazada invención,
Dirige tus pasos ciertos;
Que en la plaza le verás.
Llama a su puerta.

Nuño. Y ¿qué más?

Narv. La respuesta y los conciertos.

Nuño. La mora ¿se llama?

Narv. (No lo oiga el moro.) Alara,
Y que es casada he sabido.

Nuño. Creo que con su marido
Más presto se negociara;
Que te tienen tanto amor
Los moros destas fronteras,
Que es lo menos que pudieras
Alcanzar de su favor.

Arr. Dice Nuño la verdad:
Adoran tu nombre y fama.

Nuño. Voyme.

Arr. ¡Dichosa la dama
A quien tienes voluntad!

Narv. Guíete amor.

Vase Nuño.

Narv. Dime, Arráez:
¿Dónde ayer ibas?

Arr. Señor,
Sólo a saber que el amor
Era mayor que Narváez.
Mi cautiverio he tenido,
Señor, por bien empleado,
Sólo por ver humillado
Hombre a quien nadie ha vencido.
Yo iba a ver mi labor
Y alejéme, sin pensallo,
Donde me llevó el caballo
Y a él le llevó el furor.

Narv. Pues ¿en qué ibas divertido?

Arr. En un largo pensamiento
Con que a veces mar y viento,
Cielo, fuego y tierra mido.

Narv. Moro, pues sabes el mío,
Dime el tuyo; que, si puedo,
Obligado a tu bien quedo.

Arr. De tu grandeza lo fío.

Narv. Esta mi pasión me obliga
A pensar que quieres.

Arr. Quiero...
Pero mi tormento fiero
No permitáis que os le diga;
Mayor es que amor airado.

Narv. ¿Mayor que amor puede ser?

Arr. Es celos de mi mujer,
Rodrigo, que soy casado.

Narv. ¡Con celos, y estás aquí!
No lo quiera Dios, Arráez;
Ya eres libre.

Arr. ¡Oh gran Narváez!
Hoy vive mi honor por ti.
Dame esos pies.

Narv. Vete luego.—
Páez.

Sale Páez, soldado.

Páez. Señor.

Narv. Dale a este moro
Su caballo y armas.

Arr. Lloro.
De alegría.

Páez. Ya lo entrego.

[Vase.]

Arr. Yo te enviaré mi rescate,
A fe de hidalgo.

Narv. Con celos
No quieran, moro, los cielos
Que yo en la prisión te mate.
Vete libre, que es razón,
Aunque poco lo has quedado,
Que con celos y casado,
No quieras mayor prisión.
¿Tienes hermosa mujer?

Arr. No la hay más bella en Coín.

Narv. 'Aunque soy cristiano, en fin,
Te he de dar mi parecer:
Mira no entienda de ti[29] Que de su amor no te fías,
Que, en viendo que desconfías,
Todo lo ha de hacer ansí.
Amala, sirve y regala,
Con celos no la des pena,
Que no hay mujer que sea buena
Si ve que piensan que es mala.

Arr. No sólo das libertad,
Mas saludables consejos.

Narv. Pues estoy de darlos lejos,
¡Y tengo necesidad![30] Parte a Coín, por que veas
Mi mora, que no conoces.

Arr. ¡Plega al cielo que la goces
Con el gusto que deseas!

[Vanse.]

Salen Abindarráez y Jarifa.

Abind. Ya que no me amáis, señora,
Como antes, de amor tan llano,
Cual era el de vuestro hermano,
Habladme más tierno agora;
Decidme lo que sentís,
Jarifa hermosa, y creed
Que me hacéis mayor merced
Cuanto más de mí os servís:
Ya pasó el temor cobarde
Que la hermandad nos ponía;
Habladme, Jarifa mía,
Más tierno, así el Cielo os guarde.

Jarifa. ¿Qué te tengo de decir?

Abind. ¿Tu ingenio puede ignorar
Qué es hablar, sabiendo amar?
¿Sabiendo amar, qué es sentir?

Jarifa. Si digo lo que te quiero,
¿Qué te puedo decir más?

Abind. Es libro o carta que das
Sin el título primero;
Cuando al Rey quieren hablar,
O negociar por escrito,
¿No le llaman grande, invito?[31]

Jarifa. Ansí le suelen llamar.

Abind. Pues títulos tiene amor.

Jarifa. ¿Cómo?

Abind. Mi bien, alma y vida;
La esperanza entretenida,
Ansí negocia el favor.

Jarifa. Luego ¿diréte mi bien?

Abind. ¿Soy tu bien?

Jarifa. Sí.

Abind. Pues bien dices,
Y por que ansí le autorices
Al amor contra el desdén.

Jarifa. Luego, si mi alma eres,
¿Ansí tengo de llamarte?

Abind. ¿Eso tengo de enseñarte,
O es que decirlo no quieres?
Nadie las ciencias podría
Sin la experiencia saber;
Mas no es posible aprender
El amor y la poesía:
El hacer versos y amar,
Naturalmente ha de ser.

Jarifa. Si no es siendo tu mujer,
Yo no me puedo esforzar.

Abind. Pues, mi bien, si soy cautivo
De tu padre, y como preso,
Por aquel triste suceso,
En fe de su guarda vivo;
Si él piensa que yo no sé
Que soy preso Bencerraje,
Del envidiado linaje
Que un tiempo el más noble fué,
¿Cómo te podré pedir?
Casémonos de secreto,
Cuanto el ser preso y sujeto
Puedan, mi bien, permitir.

Jarifa. Como palabra me des
Que libre la cumplirás.

Abind. Y eso ¿a quién le importa más?
Dame tus hermosos pies.

Jarifa. La mano te quiero dar,
Tuya soy desde este día.

Abind. Yo tuyo, Jarifa mía:
Ya bien te puedo abrazar.

Jarifa. Como hermano y como esposo,
De que ya te doy la mano.

Abind. No hables de eso de hermano
Que vuelvo a estar temeroso.
¡Oh famoso y claro día,
Que tanta gloria me apresta!
Cada año os haré una fiesta
Por señal de mi alegría.
¡Oh bien sufrido tormento!
¡Oh bien lograda esperanza,
Bien fundada confianza,
Bien nacido pensamiento!
Alegres pesares míos,
Discreta y justa porfía,
Cuerda y famosa osadía,
Venturosos desvaríos.
Dulce amar, dulce penar,
Dulce temer, dulce ver,
Dulcísimo padecer,
Felicísimo esperar.
¡Favoreced hasta el fin
Empresa tan justa, cielos,
Sin mudanza, olvido y celos!

Jarifa. Mi padre viene al jardín.

Abind. Huyamos.

Jarifa. Dame la mano;
Deja de estar temeroso.

Abind. Ya temo, secreto esposo,
Lo que no público hermano.
Vamos donde no nos vea
Tratar de nuestro contento,
Que aún temo que el pensamiento
Visto de sus ojos sea.
Mira que me has de querer.

Jarifa. Hasta morir te he de amar.

Abind. Pues yo no te he de olvidar.

Jarifa. Eres hombre.

Abind. Y tú mujer.

Jarifa. Para ti soy piedra.

Abind. Y yo.

Jarifa.[32] Pues no temas.

Abind. Probaré.

Jarifa. Quiéreme mucho.

Abind. Sí haré.

Jarifa. ¿Ya no soy tu hermana?

Abind. No.

Jarifa. ¿No en público?

Abind. Aún no quisiera.

Jarifa. Ya eres mi bien.

Abind. Tú mi vida.

Jarifa. ¿Soy tu hermana?

Abind. Sí, fingida.

Jarifa. ¿Y tu esposa?

Abind. Verdadera.

[Vanse.]

Sale Alara, mora; Darín, paje.

Alara. ¿Moro a mí de Alora?

Darín. A ti
Busca un morisco de Alora.[33]

Alara. ¿Dice a Alara?

Darín. Sí, señora.

Alara. Di que entre.

Darín. Ya viene aquí.

Sale Nuño, en hábito de moro.

Nuño. Dame, señora, los pies,
Después que te guarde Alá.

Alara. ¿Si mi Arráez preso está?—
Moro, di presto lo que es.

Nuño. Solos habemos de hablar.

Alara. Salte allá fuera, Darín.

Nuño. Para venir a Coín
Quise este traje tomar;
Que sabed que soy cristiano
Y soldado de Narváez.

Alara. No son nuevas de mi Arráez:
Salió el pensamiento vano.
Pues, cristiano, el capitán,
¿Qué puede quererme a mí?

Nuño. No os quiere poco, si aquí
Correspondencia le dan.
Está perdido por vos,
Que os vió en las treguas pasadas
Sobre estas rejas doradas.

Alara. ¡Qué necios que sois los dos!
¡El alcaide en enviarte,
Y tú en venir!

Nuño. No entra bien;
Pero es el primer desdén.[34]

Alara. A ti no debo culparte,
Que eres, en fin, mensajero;
Aunque a buen tiempo has venido,
Que no está aquí mi marido
Y ha tres días que le espero;
Pero a él, que es tan discreto
Como nos dice la fama,
Mucho le culpo.

Nuño. Si os ama,
No tiene culpa, os prometo.
Esta carta leed agora;
Veréis en lo que se funda.

Alara. Ya la necedad segunda.[35] Lea.
"Narváez, alcaide de Alora."
¡Ay de mí! La firma es suya
Y la letra de mi Arráez.
¿Quién escribe esto a Narváez,
Cristiano, por vida tuya?

Nuño. Un moro, para que fuese
Más claro.

Alara. ¿Qué suerte de hombre?

Nuño. Ni sus señas ni su nombre
Podré darte aunque quisiese.
Dos días ha que está cautivo,
Que en una celada dió.

Alara. ¿Sabe a quién escribe?

Nuño. No.

Alara. Algún consuelo recibo;
Que es en estremo celoso.
Esta letra he conocido.

Nuño. ¿Cómo?

Alara. Que es de mi marido.

Nuño. Aún será el cuento gracioso.
Luego el cautivo de allá,
¿Es vuestro marido?

Alara. Sí.

Nuño. Yo negocio por aquí:
Segura la prenda está.—
Pues alto: venid conmigo,
Trataréis de su rescate.

Alara. Justo será que dél trate,
Aunque injusto el ir contigo.
Pero donde está mi Arráez,
Más sus celos aseguro,
Y más si su bien procuro.
Pero ¿qué dirá Narváez?
Que voy a lo que me llama,
Sin duda, creerá de mí.

Nuño. Basta, que llevo de aquí
A uno mujer, y a otro dama.

Alara. Mas diga lo que quisiere,
Pues se ha de desengañar:
Mis joyas quiero llevar
Y el dinero que pudiere.
Vamos, que es de amor indicio.
Haré ensillar en qué vamos.

Nuño. Una para dos llevamos;
No anda muy malo el oficio.

[Vanse.]

Salen Zoraide, Abindarráez y Jarifa.

Zor. No me puede pesar con más estremo.
Forzosa es mi partida, Abindarráez,
Y el dejarte en Cartama es más forzoso,
En poder del alcaide que aquí viene;
Que así lo escribe el Rey y así lo manda.

Abind. ¿Que así lo manda el Rey y así lo escribe?

Zor. Que me parta a Coín con mi familia
Me manda el Rey y que te deje solo
Aquí en Cartama, mientras Zaro viene,
Que ha de ser el alcaide de Cartama.
Yo me he de partir hoy, porque me manda
Que acuda de Coín a la flaqueza,
De los fieros cristianos oprimida,
Ejercitados en continuos robos,
Celadas, quemas, correrías, talas
Y otras malas y ruines vecindades
Que suelen siempre hacer los fronterizos,
Y más donde Rodrigo de Narváez
Está con tal valor, consejo y fuerza,
Que es uno de los nueve que publica[36] Del Sur al Norte la española fama.

Abind. ¿Que así lo manda el Rey y así lo escribe?

Zor. Hijo, Dios sabe lo que a mí me pesa;
Si basta solamente decir hijo.
¿Cómo puedo exceder de lo que él manda?

Abind. ¿De qué me tiene el Rey a mí tal odio,
Si os hace el Rey a vos mercedes tantas?
¿Por ventura soy yo del Rey esclavo?
¿He cometido algún delito inorme
Contra sus leyes o real cabeza,
Que me manda dejar solo en Cartama
Y sujeto al alcaide que aquí viene;
Y a vos, que sois mi padre, y a Jarifa,
Mi amada hermana, que a Coín se partan?

Zor. Hijo, el Rey me lo escribe, el Rey lo manda:
Yo voy a responder y obedecelle.
Tú entre tanto, Jarifa, haz que aperciban
Tus mujeres tu ropa, que esté a punto,
En tanto que Alborán parte a Granada.

Jarifa. Ansí lo haré, señor, que a la partida
Ya estoy desde esta tarde apercebida.

Váyase el Alcaide.

Abind. Sola esta vez quisiera,
Dulce Señora mía,
Hacerme lenguas para hablaros tanto,
Que del alma se viera
La pena y la porfía;
Mas salga por los ojos, vuelta en llanto.
De que viva me espanto
Tan desdichada vida,
Si ha de quedar en calma[37] Apartándose el alma
De aquellos brazos donde estaba asida.
Fuí esposo ayer presente;
Hoy, ¿qué seré, si estoy de vos ausente?
¿Que os vais, hermosos ojos,[38] Soles del mismo cielo?
¿Que dejáis vuestra tierra y vuestro amigo?
¿Qué de ausencia y enojos,
Nubes del bajo suelo,
Eclipsan vuestra luz, que adoro y sigo?
¿Que no hablaréis conmigo,
Ni me diréis amores?
¿Que no podré tocaros?
¿Que ya no podré hallaros
Entre estas aguas y olorosas flores?
¿Qué es esto, vida mía?

Jarifa. De la de entrambos el postrero día,
Si no me consolara,
Gallardo dueño mío,
Señor del alma, que la tuya adora,
Que la fortuna avara
No es peña, monte o río,
Sino mudable viento de hora en hora;
La ausencia, que ya llora
El corazón presente,
Me acabara la vida,
Que vive entretenida
De que has de estar tan poco tiempo ausente
Cuanto pueda llamarte
Para poder secretamente hablarte.
No habrá ocasión tan presto
Cuando te llame a verme,
Que presto la ha de haber, aunque ya es tarde.
Y en pago, esposo, desto,
Tan tuya quiero hacerme,
Que entre mis brazos tu venida aguarde.

Abind. Huya el temor cobarde,
Señora, de mi pecho,
Si ese bien me prometes.

Jarifa. Paso: no te inquietes,
Que por ventura por mi bien se ha hecho;
Que, viniendo secreto,
Tendrán nuestros deseos dulce efeto.
Yo entiendo que mi padre
Irá presto a Granada
O que tendrá otro justo impedimento
Que a nuestra vida cuadre,
Y yo estaré ocupada
En sólo este cuidado y pensamiento.

Abind. Y en este apartamiento,
¿Qué me dejas por vida,
Si la vida me llevas?

Jarifa. La esperanza y las nuevas
De que será tan presto tu partida.

Abind. ¡Al fin te vas, señora!
¡Triste de mí, si yo me muero agora!

Jarifa. No morirás, mi vida,
Que la mía te queda.

Abind. Pues viviré mil siglos inmortales.
Dame, esposa querida,
Tus brazos, en que pueda
El alma descansar de tantos males.

Jarifa. Véngante tan iguales
Como yo lo deseo.

Abind. ¿Llamarásme?

Jarifa. ¿Eso dudas?

Abind. No haré, si no te mudas.
¡Ay, cuantos siglos ha que no te veo!

Jarifa. ¿Cómo, si no has partido?

Abind. Pensé que era pasado, y no es venido.
ACTO SEGUNDO
DEL REMEDIO EN LA DESDICHA

Salen Narváez y cuatro soldados, Páez y Alvarado, Espinosa y Cabrera.

Narv. Dadle la mano, Alvarado,
Y no haya más.

Alvar. No permitas,
Pues siempre honor solicitas,
Que pierda el que me han quitado.

Narv. Volvedme a contar lo que es,
Que en lo que hasta agora entiendo,
Poco vuestro honor ofendo.

Alvar. El mío pongo a tus pies,
Pero no has de permitir
Que quede en mala opinión.

Narv. ¿Sobre qué fué la cuistión?

Espin. No se la mandes decir,
Que es parte y dirá a su gusto.

Alvar. Yo diré mucha verdad;
Y el que más.

Narv. Paso: acabad,
Que ya recibo disgusto.

Espin. Oyeme, señor, a mí.

Narv. Ni Alvarado ni Espinosa
Me han de hablar ni decir cosa;
Páez lo cuente.

Páez. Pasa ansí...
Y remítome a Cabrera,
Que estaba delante.

Narv. Acaba.

Páez. Jugando Alvarado estaba,
Y Espinosa desde afuera;
Y en una suerte dudosa,
Sin pedirla o ser tercero[39] A pagar de su dinero,
Juzgó la suerte Espinosa.
Alvarado respondió:
—¿Quién le mete en esto?—Y luego
Replicó Espinosa:—El juego;
Que veo juego y tercio yo.
—Mejor fuera que callara—
Dijo Alvarado más recio.
Dijo Espinosa:—Algún necio
La suerte le barajara;[40] Que yo sé de tropelías.—
Alvarado replicó:
—Miente el que dice que yo
Puedo hacer bellaquerías.—
Espinosa en este punto
El sombrero le tiró,
Metieron mano, y llegó[41] El presidio todo junto
Y pusiéronlos en paz,
Hasta que con la alabarda
Llegaste al cuerpo de guarda.

Narv. Y ¿en eso estás pertinaz?
¡Gentil engaño porfías!
Si estotro dice que sabe
Tropelías, ¿en qué cabe
Que entiendas bellaquerías
Y que lo entiendas por ti?
Y el haberle desmentido,
A Espinosa no ha ofendido,
Pues él lo dijo por sí;
Y si ofensa no se ve
Ni Alvarado desmintió,
El sombrero que tiró
De ningún efecto fué;
Y cualquier soldado sabio,
Que en agravio, si le hubiera,
Las espadas juntas viera,
Dirá que cesó el agravio.
No hay cosa que con haber
Metido mano a la espada
No quede desagraviada,
Porque es lo posible hacer.
Quede esto a mi cuenta, y yo
Vuestro honor tomo a mi cargo
Y satisfacer me encargo
Lo que otro diga.

Alvar. Eso no;
Que nadie hablará en aquello
Que hablare tal capitán.

Narv. Y esas manos ¿no se dan?

Alvar. Sí daré, pues gustas dello.

Espin. Su amigo soy.

Alvar. Yo su amigo.

Salen Ortuño, soldado, y Zara, morisca.

Ortuñ. ¿Con quejas al capitán?

Zara. Por dicha en él hallarán
Más piedad que en ti, enemigo.

Ortuñ. Oyete, galga.

Zara. Señor.

Narv. ¿Qué es eso?

Zara. Una pobre esclava
Que en la nobleza que alaba
El mundo, espera favor.

Narv. ¿Qué es esto, Ortuño?

Ortuñ. Esa perra
Me levanta no sé qué.

Narv. ¿Cúya es?

Ortuñ. Tuya y mía fué,
Y cautiva en buena guerra.

Zara. Señor, de noche y de día
Me hace fuerza y maltrata.

Narv. ¿Ansí la esclava se trata?

Ortuñ. Miente, por tu vida y mía;
Sino que no entiende bien
Y cualquier cortés favor
Luego piensa que es amor,
Y fuerza dirá también:
Haciendo estaba mi cama,
Y porque a ayudarla fuí,
Se vino huyendo de mí.

Narv. ¡Sí, sí; deso tienes fama!
Ahora bien: ¿qué te he de dar
Por ella?

Ortuñ. Tuya es.

Narv. Di; acaba.

Ortuñ. Ya ves que es buena la esclava,
Y mejor de rescatar.

Narv. Doite por ella una copa
De plata: ve al repostero.

Ortuñ. Doile yo, pobre escudero,
Diez mil y cama de ropa,[42] Y ¡una copilla me das!

Narv. Sin dinero estoy, ¡por Dios!
Pero di que te den dos
Si con tanta sed estás.

Ortuñ. Beso tus manos.

Narv. Ya, mora.
Eres mi esclava.

Zara. Sí soy.

Narv. Pues yo libertad te doy.
Vete a tu tierra en buen hora.

Zara. Déte el cielo mil vitorias,
Caudillo de los cristianos.

Vase Zara.

Cabr. ¡Qué rotas tiene las manos!

Páez. Y ¡qué llenas de honra y glorias!

Sale Peralta, soldado.

Per. Aquí, señor, está el moro
Que viene por el rescate
Del sargento.

Narv. ¡Buen quilate
Descubre esta vez el oro!
No tengo un real, ¡por Dios!
Llama ese morillo aquí,
Y por él me lleve a mí,
O estemos juntos los dos.
Pero escucha: al repostero
Di que mi plata le dé,
Que yo la rescataré
Cuando tuviere el dinero.
Venga el sargento al momento,
Donde es también menester,
Porque más vale comer
Sin plata que sin sargento.

Per. ¡Oh, Alejandro! ¡Oh gran Narváez!

Narv. Id vos, Peralta, con él.

Per. Voy, señor.

Vase Peralta.

Páez. ¿Qué das por él?

Narv. Quinientos escudos, Páez.

Páez. Aunque de esclavo le sacas,
Por esclavo le has comprado.

Sale Nuño, en hábito de moro, con un rebozo.

Nuño. ¿Hay acaso algún soldado
Que no tenga fuerzas flacas,
Que quiera luchar conmigo?

Narv. ¿Por dónde este moro entró?
¿Quién puerta y licencia dió
En mi casa a mi enemigo?

Nuño. Yo me entré solo a probar
Mis fuerzas o en paz o en guerra.

Alvar. ¡Bravo moro! En esta tierra
Suelen desafíos usar.
Yo quiero luchar contigo.

Páez. Y yo con adarga y lanza.

Espin. Yo con la espada, si alcanza
La suya a igualar conmigo.

Nuño. A todos juntos os reto
Fuera del alcaide.

Páez. Bien;
Mas conmigo solo ven.

Nuño. Eres valiente en efeto;
Mas no vengo a pelear,
Sino a avisar a Narváez.

Narv. Salíos todos, y tú, Páez,
Haz esas puertas guardar.

Páez. Bien dices; que éste podría
Intentar tu muerte.

Alvar. Vamos.

Vanse los soldados.

Narv. Ya, moro, solos estamos.

Nuño. ¿No me conoces?

Narv. Querría.

Nuño. Soy el moro Marfuz.

Narv. Creo
Que eres famoso y gran hombre,
Aunque nunca oí tal nombre;
Mas verte el rostro deseo.

Nuño. Soy sobrino de Mahoma;
Vengo a matarte.

Narv. ¿A mí?

Nuño. Si;
A ti, pues.

Narv. ¿Adónde?

Nuño. Aquí.

Narv. Pues alto; la espada toma.

Nuño. Pues ya, como ves, la empuño.

Narv. ¡Ea, moro, a mí te ven!

Nuño. Nuño soy.

Narv. ¿Nuño?

Nuño. Pues ¿quién?

Narv. ¡Válate el diablo por Nuño!

Nuño. ¿No sabes lo que ha pasado?

Narv. ¿Cómo?

Nuño. El moro que escribió
Era el dueño de quien yo[43] La misma carta he llevado.

Narv. ¿Qué dices?

Nuño. Que es su marido,
Y que, viendo su prisión,
Viene a verle.

Narv. Y a ocasión
Que ya libremente es ido.

Nuño. ¿Ido?

Narv. Enviéle a su casa.

Nuño. ¿Por qué?

Narv. Porque era celoso.

Nuño. ¡Por Dios, que es cuento donoso!
Todo a propósito pasa;
Que la mora traigo aquí,
Y ansí la podrás gozar,
Pues da el marido lugar.

Narv. ¡Qué buen remedio le di!

Nuño. La vida, ¡por Dios! le has dado,
Pues a su casa le envías
Cuando a la tuya traías
La prenda que le has quitado.
¡Buen recado hallará en ella!
¡Oh celosos! Siempre vi
Que les sucediese ansí;
El guardalla es no tenella.

Narv. Bien dices.

Nuño. Ya viene; escucha.

Sale Alara.

Narv. Pésame ¡por Dios! señora,
De que hayáis venido agora.—
¡Qué grande hermosura!

Nuño. Mucha.

Narv. En aqueste punto envío
Vuestro marido de aquí,
Aunque no le conocí.

Alara. Bésoos los pies, señor mío,
Por la merced recebida;
Pero soy tan desdichada,
Que a sus celos y a su espada
Ofrezco mi cuello y vida;
Que, como allá no me halle,
No ha de creer mi intención,
Sino que ha sido invención
Por gozarme y engañalle;
Pero ya, después que os veo
Tan gallardo, ilustre y fuerte,
Tendré por justa mi muerte
Y por vida mi deseo:
Cuanto publica la fama
Es poco en vuestra presencia.

Narv. Yo os quise mucho en ausencia,
Y presente, el alma os ama;
Pero en ella me ha pesado
Que de la carta haya sido
Tercero vuestro marido,
A quien libertad he dado.

Alara. No os cause, señor, pesar,
Sino servíos de mí;
Que ya que he venido aquí,
Vuestro amor quiero pagar.
Y ¡dichosa yo, si acaso
Amor firme hallase en vos!

Narv. ¿Qué te parece?

Nuño. ¡Por Dios,
Que habla desenvuelto y raso!—
¿Vos erais la desdeñosa?
Malo estaba de entender;
No he visto fácil mujer
Que no sea vergonzosa.

Narv. Yo os agradezco en estremo
La voluntad, mi señora;
Pero aunque el alma os adora,
La ofensa de mi honor temo;
Que parece que deshonra
Mi opinión y calidad,
Que a quien di la libertad
Le venga a quitar la honra.
¿Qué dirá vuestro marido,
Sino que yo le engañé?
Y sabe el cielo que fué
No habiéndole conocido.
Sabed que soy caballero,
Y que quitalle el honor
Contradice a mi valor.

Nuño. Mejor dirás majadero.—
Gózala, ¡pesia mi vida!
O si no, dámela a mí.

Alara. Señor, ya he venido aquí,
Y os quiero si soy querida;
Y aunque ese término sea
Del valor que en vos se ve,
Advertid que pensaré
Que os he parecido fea.

Nuño. Dale ese contento, acaba;
Que en amor no hay cortesía.

Narv. Basta, Nuño. Alara mía,
Más os amo que os amaba;
Más hermosa estáis aquí
Que entre las rejas azules.

Nuño. Ya entiendo; no disimules:
Señora, queredme a mí.
¡Vive Dios, que es impotente!

Narv. Nuño, parte y ve con ella
A Coín. Vos, mora bella,
Tenedme por vuestro.

Nuño.[44] Tente;
No pierdas esta ocasión.

Narv. A quien libre quise hacer,
¿He de quitar su mujer?

Nuño. ¡Oh nuevo andaluz Cipión!
Hazañas son de tu mano.
Vamos, Alara, de aquí.

Alara. ¡Que me desprecies ansí!
¡Oh riguroso cristiano!

Vase Alara y Nuño.

Narv. Si fué mayor la gloria y noble el pago
Que dió en España a Cipión la fama
En no querer gozar la presa dama,
Que el vencimiento ilustre de Cartago;
Y si después de aquel lloroso estrago
De Dario, más heroico el mundo llama[45] Al macedón, que no violó su cama,
Mi deuda con lo mismo satisfago.
No quiero que me estimen ni me alaben
Las propias ni las bárbaras naciones,
Porque en mi pecho sus grandezas caben.
No son los capitanes Cipiones
Ni Alejandros los reyes, si no saben
Vencer sus apetitos y pasiones.[46]

Salen los soldados Peralta, Ortuño, Alvarado, Espinosa y Cabrera.

Per. ¡Albricias!

Narv. Yo te las mando.

Ortuñ. ¡Ea, fiestas y alegría!

Per. Dos mil ducados te envía
De socorro el rey Fernando.[47]

Narv. Dios guarde al Rey mi señor.
Esta tarde hay paga.

Alvar. Vivas
Mil años, y dél recibas
Premio igual a tu valor.

Narv. Ea, poned mesas luego;
Todo os lo he de dar, ¡por Dios!,
Y a ser diez mil, como dos.

Espin. Peralta, mis pagas juego.

Páez. ¿Quién habrá que eso no haga?

Narv. Llama aquesas cajas, Páez.

Cabr. ¡Vivan Fernando y Narváez!

Alvar. ¡Paga!

Cabr. ¡Paga!

Ortuñ. ¡Paga!

Espin. ¡Paga!

[Vanse.]

Abindarráez, solo.

Abind. Esperanza entretenida,
Mal nos llevamos los dos:
No hay quien lleve como vos
Hasta la muerte la vida.
Sois una vela encendida
Que va ardiendo hasta acabarse;
Pues también, si ha de matarse,
Quedaráse el alma a escuras,
Y entre tantas desventuras,
Bueno es vivir y quemarse.
Por ti, esperanza, el cuidado
Entretiene de una suerte
Al soldado entre la muerte,
Y en el palo al sentenciado;
En el mar al que va a nado,
Al peregrino en el yermo,
En el peligro al enfermo:
Y ansí yo por ti en la guerra,
Cordel, peligro, mar, tierra,
Hablo, vivo, como y duermo.
Todo se finge por ti,
Dudosa y tarda esperanza;
Por ti lo imposible alcanza
Quien tiene esperanza en ti.
Si se pasa el mar ansí,
La enfermedad, el cordel,
En esta ausencia cruel
De mi Jarifa querida
Pasa hasta el fin de mi vida,
Pues está el remedio en él.
Y vos, hermosa señora,
Acordaos que aquí los dos
Vivimos, queriendo Dios,
Con más regalo que agora.
Desde la noche a la aurora,
En este jardín hermoso
Pasábamos el gozoso
Tiempo que agora nos falta,
Porque la gloria más alta
Tiene su fin más dudoso.
Mas ya estaréis, por ventura,
Destos tiempos olvidada,
Porque la gloria pasada
Poco en la memoria dura
De quien olvidar procura
Para vivir sin tormento.
Bien lloré mi apartamiento,
Que bien echaba de ver
Que palabras de mujer
Tienen la firma de viento.
Bellas flores y jazmines,
Que hurtábades por favor
A su aliento vuestro olor
En estos frescos jardines,
¡Mirad a qué tristes fines
Han venido mis vitorias!
¡Mirad cuáles son las glorias,
Y los tormentos qué tales!
Pues no me mataron males,
Y me han de matar memorias.

Sale Maniloro, criado.

Manil. Ya, señor, las tres han dado:
Hora será de comer,
Si por dicha, como ayer,
No te quedas olvidado.
Deja la melancolía,
Come y desecha la pena;
Que aunque comas, será cena,
Pasado lo más del día.
Aunque a Jarifa aguardaras
Con la mesa puesta ansí,
Era ya tarde.

Abind. ¡Ay de mí!
Que en sólo el cuerpo reparas;
Déjale al alma comer
Suspiros, lágrimas, quejas.

Manil. ¡Por Dios, que si al cuerpo dejas,
Que ella le venga a perder!
No te digo que no penes,
Mas que para poder dar
Fuerzas a tan buen penar,
Tendrás más si a comer vienes;
Porque el que bien ha comido,
Más peso llevará a cuestas.

Abind. Tu inocencia manifiestas,
Tu libertad y tu olvido.
Vete con Dios, Maniloro,
Y déjame aquí morir.

Manil. Mucho ese tierno sentir
Hace ofensa a tu decoro;
Y aun a tu Jarifa ofende,
Que tanto tu vida estima.

Abind. ¿La estima?

Manil. Sí, pues la anima,
Y que se aumente pretende.
Y pues tu pecho recibe
Su alma, y casa le has hecho,
¿Por qué maltratas el pecho
Adonde Jarifa vive?

Abind. ¡Ay, Maniloro! ¿Qué intento?
Mal hago en querer morir
Si el huésped ha de salir
Del pecho en que le aposento.
Viva yo; sustento venga;
Viva Jarifa.

Manil. Eso sí.

Abind. Mas ¿no es engaño, no, sí,
Que vida en ausencia tenga?
Si muero, mi alma irá
A ver a Jarifa luego.
Vete con Dios.

Sale Celindo, moro, con una carta.

Celind. Creo que llego
A buen tiempo.

Manil. ¿Quién va allá?

Celind. Celindo, soy, Maniloro.
¿Y Abindarráez?

Manil. ¡Oh Celindo!
Aguarda.

Abind. A morir me rindo:
Tanto, ausente, peno y lloro.

Manil. ¿Qué me darás, y tendrás
Nuevas de Jarifa y cartas?

Abind. La vida, el alma que partas.

Manil. Celindo.

Abind. ¡Amigo! ¿Aquí estás?

Celind. Dame tus pies, y ésta toma.

Abind. ¡Que tal bien se me conceda!
¿Cómo mi Jarifa queda?

Celind. Buena, gracias a Mahoma.

Abind. Mil besos doy a su firma,
Que hasta el alma me penetra:
¿Qué hará el sentido? La letra
Sola mi gloria confirma. Lea.
"Esposo: Mi padre es ido
A Granada desde ayer.
Venme aquesta noche a ver."
¡Cielos, yo pierdo el sentido!
En el camino podré
Leer, amigos, lo demás.
Maniloro, ¿no me das
Caballo? ¿Heme de ir a pie?
Mi vida, ¿que podré veros?
Mi alma, ¿que podré hablaros?
Mis ojos, ¿que he de gozaros
Y en estos brazos teneros?
Ea, loco estoy del todo.
Celindo, ésta toma, ten;
Y tú estas joyas también:
Vuestro soy y vuestro es todo.
Dame una marlota rica,
Llena de aljófar y perlas,
Que ha de verme y ha de verlas
Quien al sol su lumbre aplica.
Dame un hermoso alquicel
O bordado capellar,
Y también me puedes dar
Alguna banda con él.
Dame bonete compuesto
De mil tocas y bengalas
Y plumas, porque no hay galas
Que luzgan sin plumas: presto.
Dame una manga bordada[48] De aljófar y oro, a dos haces.
Los amores son rapaces:
Con rapacejos me agrada.
Dame borceguí de lazo
Y acicate de oro puro,
Y porque vaya seguro,
Ensillarásme el picazo.[49] Ponle una mochila azul
Y un freno de campanillas,
La más fuerte de mis sillas
Y una adarga de Gazul;
Una lanza de dos hierros,
Que los estremos se igualen,
Por si al camino me salen
¿Esos eran los consejos
De caballero y de noble?
¡Buenas tretas son, Alcaide!
Quien no te entiende, te compre.
Apenas entré en mi casa,
De donde pensaba entonces
Enviarte un rico presente,
Cuando entiendo tus traiciones.
Iba yo por el camino
Cantando tus grandes loores
Y pensando qué rescate
Te diese, aunque rico, pobre.
Imaginaba caballos,
Atados en los arzones
Ricos alfanjes de Túnez,
Con mochilas de colores;
Finas alhombras de seda,
Frenos y estribos de bronce,
Y unos para ti de plata,
Sin otras joyas y dones,
Cuando la mejor que tengo,
Hallo que me falta; y dióme
Más pena en que tú la tengas,
Y me aconsejes y robes:
Que la traición del amigo
Más se siente y duele al doble;
Y engañar, fingiendo amar,
Es gran bajeza en el hombre.
Por eso te desafío
A ti, a tres, a seis, a doce,
Y os reto como a villanos,
Como a infames y traidores,
De que no tenéis palabra
Ni miráis obligaciones;
Que no hay entre todos uno
Que el amigo no deshonre.
Dame mi esposa, Rodrigo,
Si mis palabras te corren;
Que no he de salir del campo
Menos que muera o la cobre.

Narv. Moro, engañado has venido;
Que a quitarte las prisiones
Vino a mi Alora tu Alara,
Como verás cuando tornes.
Porque apenas vino aquí,
Cuando a volver se dispone,
Por asegurar tus celos
Y temer tus sinrazones.
Si con ella te he ofendido,
¡Plega al cielo, moro noble,
Que me atraviese la espada
De un moro villano y torpe!
A fe de hidalgo y cristiano;
Por la vida, que Dios logre,
Del rey, mi señor, Fernando,[50] Por quien guardo aquellas torres;
So pena de que en castigo
Vuelva sin honra a su corte,
Que no he tomado su mano
Ni en presencia dicho amores.
Y tú eres, moro, el primero
A quien doy satisfaciones;
Y no te las doy por mí,
Que no temo armas ni voces,
Sino por ella, a quien debes
El amor que desconoces
Con esos injustos celos
Y villanas presunciones.

Sale Páez.

Páez. ¡Pesia al moro! Señor mío,
¿Con él en eso te pones,
Tú, que no sueles sufrir
Marsilios ni Rodamontes?
Aguarda, que a puros palos
Le haré que el camino tome
A reñir a su mujer
Los celos que se le antojen.

Narv. Páez, no salga ninguno,
Si no es que el moro responde
Que no está contento desto.

Páez. Suplícote me perdones,
Que le he de quitar la vida.

Ortuñ. Tiene razón. Baja, corre,
O haremos todos lo mismo.

Alvar. Mejor es que alguno nombres
De los que estamos aquí
Sufriendo que nos deshonre...

Cabr. El que llegare más presto,
Basta.

Narv. Ninguno me enoje.

Espin. Perdona, que no hay remedio.

Per. Baja y la boca le rompe.

Narv. ¡Por vida del Rey!

Per. No jures.

Narv. ¡Ah, señores! ¡Ah, señores!

Bájense todos.

Páez. Permíteme, Alcaide ilustre,
Que de una almena le ahorque.

Cabr. Dame licencia, señor,
Que las narices le corte.

Arr. Basta, que vienen todos los cristianos.
Mal hice en presumir de un hombre noble
Una bajeza igual; pero los celos
No dan lugar a la razón, ni miran
Si es justo o no lo que su rabia intenta.
Bien puedo a la defensa prevenirme,
Que dijera mejor para la muerte,
Porque cualquiera dellos es un Héctor,
Y el Alcaide famoso el mismo Aquiles.

Todos bajen, las espadas desnudas, y Narváez
deteniéndolos.

Narv. Ténganse, digo: ténganse, soldados,
O ¡por vida del Rey!...

Per. Señor, ninguno
Quiere ofenderte.

Narv. Envainen, pues.

Arr. ¡Oh ilustre
Rodrigo, a quien el cielo haga dichoso
Sobre todos aquellos que celebra
La antigüedad con palmas y laureles!
Rendido estoy a tu nobleza, y veo
Que mi ignorancia fué mi propio engaño
Aunque si amor a todos da disculpa,
¿Por qué no la tendrán mi amor y celos?
Si tú, si tus soldados, si los hombres,
Si las aves, los peces, si las fieras,
Si todo sabe amor, si todo teme
Perder su bien, y con sus celos propios
Defiende casa, nido, mar y cueva,
Llora, lamenta, gime y brama; advierte
Que celos y sospechas me obligaron
Al desatino que a tus pies me rinde.

Narv. Moro, la libertad que yo te he dado
Me obliga a tu defensa; y sabe el cielo
Que te he dado tres cosas en un día,
Que es dellas cada cual la más preciosa:
La libertad, la honra, y hoy la vida.
Vuelve a Coín; pero primero jura
Que no has de dar a Alara pesadumbre;
Que si lo sé, ¡por vida del Rey! juro
Que he de quemar tu casa, y a ti en ella,
Cuando fuera Coín Granada o Córdoba.

Arr. Yo te doy la palabra, y por Mahoma
Te juro de querella y regalalla.

Narv. Parte con Dios; que buena mujer tienes
En Coín, y en Alora buen amigo.
Cuando alguno tratare de enojártela,
Acude a mí, que yo seré tu espada.

Arr. Los cielos guarden tu famosa vida.

Vase.

Narv. Esto es mi gusto; no replique nadie.

Sale Nuño.

Nuño. Ya queda, ilustre Alcaide, en Coín Alara;
Mas yo no sé qué enredos son aquestos,
Pues parte de aquí agora su marido.

Narv. Vino en su busca no la hallando en casa.

Nuño. Tiene aqueste camino tantas sendas,
Que el miedo y las celadas han causado,
Que le hemos siempre errado en el camino.

Narv. Mohíno estoy del moro, aunque habéis visto
Que le he hablado tan bajo y tan humilde.
La culpa tengo yo de que se atrevan
Por la quietud con que en mi casa vivo.
La buena vecindad lo causa. Basta;
Que yo lo enmendaré de aquí adelante,
Y dése buen principio en esta noche.
Nueve, los más gallardos de vosotros,
Ensillen sus caballos y armen luego;
Que quiero poner miedo a estos villanos,
Y que no tengan de sosiego un hora.
Tú, Nuño, aquí te queda; y si te hallares
Para salir al campo descansado
Y podrásme alcanzar donde ya sabes.[51]

Nuño. En quitándome aquestos galgamentos
Y mahométicos hábitos, te alcanzo.
No te apartes de aquellos olivares.

Narv. Digo que allí te aguardo. ¡Hola! Secreto;[52] No sepan en Alora que salimos.

Vanse todos y queda Nuño.

Nuño. Estraño fué de Alara el pensamiento,
En viendo la presencia de Narváez,
Pues en todo el camino no ha cesado
De distilar mil perlas de sus ojos,
De enamorada, tierna y despreciada:
Que la mujer con el desprecio quiere.
Díjele mi razón, pero fué en vano;
Que tiene el alma del Alcaide llena.

Sale Mendoza, sargento.

Mend. ¡Gracias al cielo que estos muros veo,
Ya de mi cautiverio el cuello libre!
¡Oh generoso Alcaide!, claro ejemplo
De aquellos capitanes felicísimos
Cuyas cenizas honra Italia y Grecia.
Mas ¿cómo es esto? Salgo de entre moros
Y el primero que encuentro es moro en casa.

Nuño. Señor Mendoza.

Mend. ¿Quién es?

Nuño. Yo soy Nuño.

Mend. ¡Oh, Nuño amigo!

Nuño. Muchos años goces
La libertad.

Mend. ¿Adónde está el Alcaide?

Nuño. Por el portillo entiendo que ha salido
Con algunos soldados, de secreto,
Que quiere hacer aquesta noche un robo.

Mend. No escuso de servirle ni de verle,
Y besarle las manos como a padre,
Por la merced de mi rescate.

Nuño. Vamos;
Que yo sé dónde van.

Mend. Pues, Nuño, ensilla.

Nuño. En quitándome aquestas sopalandas.

Mend. Pues ¿cómo estás ansí? Mas ya imagino
Que habrá por qué.

Nuño. Sabráslo en el camino.

[Vanse.]

Salen Narváez y siete soldados, todos con adargas,
lanzas y acicates, lo mejor que puedan, que ésta es
la salida de importancia.

Narv. Todo hombre esté atento y surto,[53] Que apenas nos oiga el viento,
Con tan poco movimiento,
Como el lobo cuando al hurto
Camina solo y atento;
Que si en los montes o llanos
De los ganados cercanos
Hace en las piedras ruído
Con las manos, de corrido
Se muerde las mismas manos.
Creció ya la desvergüenza
Desta bárbara canalla,
Y es lo mejor atajalla
En los pasos que comienza
Que en los fines remedialla.
Todos sois fuertes soldados,
Todos hidalgos y hallados
En famosas ocasiones:
Aquí son, con las razones,
Los consejos escusados.
Deseo hacer una presa
Con que enviar a Fernando,
Que siempre me está obligando,
Algún fruto desta empresa;
Que ha mucho que estoy callando.
Yo soy como el labrador
A quien alquila el señor
La viña por su tributo
Pues si no le rindo el fruto,
Quejarse puede en rigor.

Per. Famoso Alcaide de Alora
Y de la fuerte Antequera,
Que a Sevilla honrar pudiera,
Si la ocasión es agora,
Suceso dichoso espera;
Que cualquiera piensa hacer
Lo que se debe a tener
Tu militar disciplina.

Páez. Gente a caballo camina.
¿Quién será?

Espin. ¿Quién puede ser?

Narv. Oíd, que llegan aquí.

Salen Mendoza y Nuño, con lanzas y adargas.

Nuño. Ellos, sin duda, serán.

Mend. Mas ¡qué encubiertos están!

Narv. ¿Quién va allá?

Mend. Quien somos di.

Nuño. Tus soldados, capitán.

Mend. Nuño y Mendoza.

Narv. ¡Oh Mendoza!
La libertad justa goza
Mil años.

Mend. Dame tus pies.

Narv. Allá hablaremos después.

Nuño. Qué, ¿perdiste aquella moza?

Narv. Calla, Nuño, que me importa.
Y pues aquí hay dos senderos,
Divididos, caballeros,
Será la empresa más corta.

Nuño. Vengan diez mil moros fieros,
Que en diez hay para diez mil.

Narv. Habla con voz más sutil.
Si el contrario nos aprieta,
Acudid a esta corneta.

Alvar. Cualquiera contrario es vil.

Narv. Los cuatro venid conmigo,
Y los cinco id por allí.
Nuño, calla.

Nuño. Harélo ansí,
Aunque en no yendo contigo,
Voy sin fuerzas y sin mí.

Vase Narváez con los cuatro[54].

Alvar. ¿Por dónde, Nuño, echaremos?

Nuño. Por entre estos olivares.

Espin. ¡Plega al cielo que topemos
O ganados o aduares!

Nuño. Y algún moro que almorcemos.

Alvar. ¿Acordáisos de aquel día
Que sólo Narváez venía?...

Espin. Paso, que he oído cantar.

Alvar. Aquí podéis escuchar,
Que parece algarabía.

Canten dentro.

En Cartama me he criado,
Nací en Granada primero,
Y de Alora soy frontero
Y en Coín enamorado.
Aunque en Granada nací
Y en Cartama me crié,
En Coín tengo mi fe
Con la libertad que di.
Allí vivo adonde muero,
Y estoy do está mi cuidado,
Y de Alora soy frontero
Y en Coín enamorado.[55]

Salga Abindarráez cuan gallardo pueda, con lanza, adarga y acicates.

Abind. Gracias a Alá que ya llego.

Nuño. ¡Bizarro moro!

Alvar. ¡Gallardo!

Abind. Llévame al premio que aguardo,
Dulce Amor, aunque eres ciego.

Espin. ¡Detente y date a prisión!

Abind. ¡Cristianos! ¡Oh suerte avara!
De mi dicha lo jurara.
¡Oh cielo! ¿A tal ocasión?

Nuño. Date, o morirás.

Abind. ¿Ansí
Se dan los hombres cual yo?

Con las lanzas y adargas se ha de hacer esta batalla de cinco a uno, porque es cosa nueva.

Espin. ¿Qué hay, Peralta?

Per. Aquí me hirió.

Alvar. ¡A él, que me ha herido a mí!

Per. ¡Bravo esfuerzo!

Nuño. ¡Estraña cosa!
A cinco ha desbaratado.

Per. Ya está en el suelo Alvarado,
Y medio muerto Espinosa.
Dad un silbo al gran Narváez.

Sale Narváez y los otros cuatro[56].

Narv. ¿Qué es esto, amigos?

Nuño. Que un moro
Nos mata.

Abind. ¡Oh cielo que adoro,
Ayuda tú a Abindarráez!

Narv. Paso, no le acometáis.—
Caballero fuerte y diestro,
Siendo tanto el valor vuestro
Como entre cinco mostráis,
¡Dichoso aquel que os venciese!
Y aunque yo arriesgue mi vida,
La juzgo por bien perdida
Como en vuestras manos fuese.
Pero al fin he de probar;
Que empresa de tanta gloria
Sólo intentalla es vitoria.

Abind. Pues alto: dadnos lugar.

Aquí batallen el Alcaide y Abindarráez.

Páez. A no estar el moro herido
Y de pelear cansado,
Diera al Alcaide cuidado.

Narv. Moro, date por vencido,
O si no, daréte muerte.

Abind. En tu mano está matarme,
Mas vencerme y sujetarme,
En otra mano más fuerte.[57] Tu esclavo soy.—¡Ay de mí!
¡Ay de mí! ¡Mil veces ay!
Pues ya para mí no hay
Sino llorar que nací.
¿A tal tiempo, vil fortuna?
Desespero, ¡por Alá!
Mataréme.

Narv. Triste está.

Abind. Ya no hay esperanza alguna.

Narv. ¿Hombre de tanto valor
Siente tanto el verse preso,
O es las heridas?

Abind. No es eso.

Narv. Pues ¿qué?

Abind. Desdicha es mayor.

Narv. Ataos este lienzo en ellas,
O aguardad, y os le pondré.

Abind. Aquí en el brazo saqué
La que más me duele dellas.—
¡Oh, mal trazada alegría!
¡Triste! ¿Qué haré?

Narv. ¿Qué cuidado
Os tiene tan lastimado?

Abind. ¡Ya os perdí, señora mía!
¡Gloria mía, ya os perdí!
Dulce Jarifa, mi bien,
¡Ya os perdí!

Narv. A mi casa ven;
Serás preso y dueño allí.
Pero holgárame en estremo
Saber tu pena importuna;
Que esto de guerra es fortuna,
Que mañana por mí temo.
Alza ese rostro noble caballero,
Porque a la libertad pierde el derecho,
Perdiendo en la prisión el prisionero
El ánimo que debe al noble pecho.[58] Esos suspiros tiernos, ese fiero
Dolor, no corresponde a lo que has hecho;
Ni menos es tan grande aquesta herida
Que cause indicios de perder la vida.
Ni tú la has estimado de manera
Que dejes por tu honor de aventuralla:
Si es de otra causa tu tristeza fiera,
Dímela, que por Dios de remedialla.[59]

Abind. Ya el alma en tu nobleza aliento espera;
En vano mi temor sus penas calla.
¿Quién eres, generoso caballero?

Narv. Satisfacerte de quién soy espero:
Rodrigo de Narváez soy llamado,
Soy Alcaide de Alora y de Antequera
Por el Rey de Castilla.

Abind. ¡Que he llegado
A tus manos, Alcaide!

Narv. Tente espera.

Abind. Ya no me quejo del rigor del hado,
Puesto que ha sido en ocasión tan fiera.
Huelgo de ver, Alcaide, tu presencia,
Aunque me cuesta cara la experiencia.
No me ha agraviado mi fortuna en nada,
Y pues debo estimarme por tu hacienda,
No es bien que esta flaqueza afeminada
De cosa tuya sin razón se entienda.
Retírese tu gente y confiada
Mi alma en tu palabra, ilustre prenda,
Sabrás mi historia, y muerte de dos vidas:
Que no lloro prisión ni siento heridas.

Narv. Soldados, vayan todos adelante.

Nuño. ¿Quedaré yo?

Narv. Camina tú el primero.

Abind. ¡Que la fortuna en tiempo semejante
Me trajo a verte, ilustre caballero!
Pero, porque te dé dolor y espante,
Mi historia triste referirte quiero;
Que por ventura, porque más te obligue,
Sabrás qué es amor.[60]

Narv. Di.

Abind. Escucha.

Narv. Prosigue.

Abind. Famoso Alcaide de Alora,[61] Invicto y fuerte Narváez,
A quien por tantas hazañas
Pudieran llamar el grande:
Sabrás, capitán, que a mí
Me llaman Abindarráez,
A diferencia del viejo,[62] Que era hermano de mi padre.
Nací desdichado al mundo
De la casta abencerraje,
Y por que sepas la suya,[63] Escucha, ansí Dios te guarde:
Hubo en Granada otro tiempo
Este famoso linaje,
En la paz gallardo y sabio,
Y en las armas arrogante.
Del Consejo eran del Rey
Los ya viejos venerables,
Los mozos seguían la Corte,
O en la guerra, capitanes.
Amábalos todo el pueblo
Y aun los moros principales,
Y más el Rey sobre todos,
Con honras y oficios graves.
No hicieron cosa jamás
Que su valor no mostrase,
Siendo en todo tan gentiles,
Valientes y liberales,
Que en Granada se decía
Que no había abencerraje
De mala disposición,
Necio, escaso ni cobarde.
Eran maestros de todo,
Inventores de los trajes,
De las galas, de los motes,
Y de otras ilustres partes.
No sirvió dama ninguno
Que su favor no alcanzase,
Ni dama llamarse pudo
Sin galán abencerraje.
Pero la envidia y fortuna,
Una vil y otra mudable,
Los derribaron al suelo:
Que siempre los altos caen.
Que al Rey quisieron matar
Y con sus reinos alzarse,
Les levantaron zegríes;
Si fué cierto, Dios lo sabe.
Cortáronles las cabezas
Un triste y aciago martes,
Quedando de todos ellos
Sólo mi tío y mi padre.
Derribáronles las casas,
Mandando la misma tarde
Pregonarlos por traidores
Y su hacienda confiscalles.
No quedó en Granada alguno
Que este nombre se llamase,
Si no son los dos que digo,
Que no pudieron culparles.
No quiso que en la ciudad[64] Los varones se criasen,
Y mandó sacar las hijas
En Africa o otras partes.
Y así, a mí, triste, en naciendo,
Me llevaron al Alcaide
De Cartama, hombre muy rico,
Ilustre en armas y sangre.
Este tenía una hija,
Rodrigo, en belleza un ángel,
Que es el mayor bien que tengo;
Si otro tengo, Alá me falte.
Crióse conmigo niña,
Engañados y ignorantes,
Que ser hermanos creimos;
Mas no engaña el tiempo a nadie.
Crióse amor con nosotros,
Niños, niño; grandes, grande;
Lo que pasó en este tiempo
No es tiempo que aquí lo trate.
Desengañónos un moro,
Y vimos en un instante
El imposible posible,
Y lo posible alejarse.
Casámonos de secreto;
Pero, en gloria semejante,
Que se partiese a Coín
Mandó Almanzor a Zoraide,
Y que a mí, mientras viviese,
Otro Alcaide me dejase
En Cartama, donde he estado
Ausente del bien que sabes.
Lloramos nuestra partida,
Y partiendo, si se parte,[65] Concertamos que en ausencia
De su padre me llamase.[66] Fuése su padre a Granada;
Escribióme, y yo esta tarde
Aderecéme cual viste,
Por ir de gallardo talle.
Aguardándome está agora:
¡Mira si lloro de balde,
Pues voy herido, en prisiones,
Sin bien y entre tantos males!
De Cartama iba a Coín,
Breve jornada, aunque alargue
Siempre la tierra el deseo
Poniendo montes y mares;
Iba, el más alegre moro
Que vió Granada, a casarme
Con mi señora Jarifa,
Que ya en su vida me aguarde.
Véome preso y herido,
Y lo que siento es que pase
De mi bien la coyuntura.
Déjame agora matarme.[67]

Narv. Notable es tu suceso, fuerte moro;
Pero, pues tanto tus desinios daña
La dilación, no es justo que los pierdas;
Que has sido por estremo desdichado,
Pero hallaste el remedio en la desdicha.
Y por que veas que mi virtud puede
Vencer a tu fortuna, si me juras
Volver a mi prisión dentro en tres días,[68] Libertad te daré para que vayas
A gozar de Jarifa, tu señora.

Abind. Beso tus pies mil veces, gran Narváez;
Que harás en eso, aunque es hazaña tuya,
La mayor gentileza que en el mundo
Ha hecho caballero generoso.

Narv. ¡Ah, hidalgos!

Páez. ¿Qué nos mandas?

Narv. Este preso.
Señores, si gustáis de darme, quiero
Salir por fiador de su rescate.

Per. Haced, señor, de todo a vuestro gusto.

Narv. Dadme esa mano diestra, Abindarráez.

Abind. Tomad, señor.

Narv. ¿Juráis y prometéisme,
Como hidalgo, venir a mi castillo
De Alora y ser mi preso, al tercer día?

Abind. Sí juro.

Narv. Pues partid enhorabuena;
Y si queréis mis armas o persona,
Iré con vos.

Abind. Vuestro caballo quiero,
Porque entiendo que está cansado el mío.

Narv. Tomadle, y vamos.

Nuño. Tuvo estraña dicha.

Abind. Basta, que hallé el remedio en la desdicha.
ACTO TERCERO
DEL REMEDIO EN LA DESDICHA

Sale Abindarráez.

Abind. Agora que a mi bien no pone obstáculo
La fortuna cruel, y mis pies débiles
Los rayos de mi sol llevan por báculo,
Que el llanto enjugan de mis ojos flébiles,
Haciendo al alma verdadero oráculo,
Mis esperanzas, hasta agora estériles,
Tendrán, ya libres de otra fuerza bélica,
Fin en los brazos de mi esposa angélica.
Venció Narváez mi fortuna trágica
Y dióme libertad como magnánimo;
Que no hay en toda el Asia, Europa y Africa,
Caballero de tanta virtud y ánimo:
Y así, aunque herido, aquella dulce mágica
Que adoro como al sol, mi pusilánimo
Aliento, desmayado y melancólico,
Ha vuelto un Hétor o Alejandro argólico.
En mis desdichas, hasta agora infélices,
Si esto no es sueño, fábula y apólogo,
Remedio hallaron mis intentos félices
Y el corazón, de su ventura astrólogo.
Teneos un poco, luna y claras élices,
Que ya llego a Jarifa, que ya el prólogo
Le digo de mi historia y los capítulos
Con dulces besos y con tiernos títulos.
¡Que fuera Adonis bello o de Liríope[69] El hijo que murió en el agua, viéndola,
O la lengua de Apolo y de Calíope
Tuviera para hablalla, respondiéndola!
Mas fuera a un alemán y a un negro etíope,
A un dulce ruiseñor y a una oropéndola,
Darles comparaciones verisímiles:
Mas basta ser en el amor tan símiles.
Aquí llega, Jarifa, vuestra víctima;
Abrid, que pasa ya la luna errática.
Seréis de mis heridas dulce píctima,
Sólo en oyendo vuestra dulce plática;
Seréis, señora, mi mujer legítima,
Que así en la orilla fresca y aromática
De aquella fuente fué nuestro propósito,
Y amor de nuestras almas el depósito.
Pena traigo, señora; mas repórtola
Con ver que llego a puerto salutífero.
Mi esperanza se alarga, pero acórtola
Con la grandeza de Narváez belífero.
Ya os casaréis, y ya, cual dulce tórtola
Que mató el lazo o cazador mortífero
Que el alto nido derribó del álamo,
Lleno de sangre dejaréis el tálamo.

Salen Jarifa y Celindo.

Jarifa. ¿La voz, dices, de mi bien?

Celind. Digo que le oí llamar.

Abind. A Jarifa siento hablar
Y a Celindo oigo también.
Tiemblo, la sangre me acude
Al corazón. Buen testigo
Que no puede el enemigo
Hacer que el color me mude.
Desmayo dulce me acaba,
Siento aflojarse las fuerzas.

Jarifa. ¡Esposo!

Abind. Si no me esfuerzas,
Para espirar casi estaba.
Cobre aliento el alma mía
En tus brazos, dulce esposa.

Jarifa. Ya estaba de ti quejosa,
Y más del temor del día;
Que como la noche fuera
De un siglo, un siglo esperara,
Sin que esperar me cansara,
Si esperara que te viera.

Abind. ¡Ay, brazos hermosos míos!
¡Ay, puerto de mis tormentos!
Vida de mis pensamientos
Y de mis temores fríos;
Descanso de mi esperanza,
Fin de mis deseos cumplidos,
Centro de aquestos sentidos
Y cielo que el alma alcanza;
Gloria que esperé y temí,
Regalo que imaginé,
Premio de mi pena y fe,
Para quien sólo nací.
Hálleme agora la muerte,
Que esta noche me ha buscado.

Jarifa. ¡Ay, dueño de mi cuidado!
¿Posible es que vengo a verte?
¡Ay, mi bien!, mi dulce esposo,
Mi Abindarráez, mi señor,
Parte sola en quien mi amor
Ha dado al alma reposo;
Luz de mi alma y sentido,
Vida de mi entendimiento,
Consuelo en mi sufrimiento,
De mil celos oprimido;
Rey desta alma y desta casa,
Destos brazos gusto, y vida
Desta tu esclava rendida,
A quien justo amor abrasa,
¿Cómo vienes? ¿Vienes bueno?

Abind. A tu servicio, y que fuera
Muerto, aquí vida tuviera,
Mi cielo hermoso y sereno.

Jarifa. ¿Cómo has pasado mi ausencia?

Abind. Como sin ti, mi Jarifa;
Que es donde batalla y rifa
El seso con la paciencia.
No me han faltado recelos,
Miedos y desconfianzas.

Jarifa. ¿Miedos de qué?

Abind. De mudanzas,
Hijas de olvidos y celos.
Pero volviéndome a ti
Todo quedaba seguro.
Tú, ¿estás buena?

Jarifa. Por ti juro,
Que es mucho jurar por ti,
Y por esos ojos míos
(Juramento que no sale
Sino a fiestas) que no iguale
El tuyo a mis desvaríos,
Porque he pensado que allá
Ya tenías otro gusto;
Que de tu tardanza el susto
Aun aquí durando está.
¿Cómo has tardado?

Abind. No sé;
Que buena priesa he traido.

Jarifa. ¡Ay, que esposo tan querido,
En hora buena él lo fué!
Llegada es ya la ocasión
Que de aquestos brazos goces.

Abind. ¿Es posible que conoces
Mi enamorada afición?
Sí conoces, pues la pagas.

Jarifa. Ya en efeto soy tu esposa.

Abind. Quiere Alá, Jarifa hermosa,
Que así mi amor satisfagas.

Celind. No estéis agora en razones;
Entra a dormir, bencerraje.

Jarifa. Mira si hay doncella o paje,
Celindo, en esos balcones.

Celind. Todo está seguro. Ven,
No os amanezca en hablar.

Abind. ¿Puedo entrar?

Jarifa. Puedes entrar.

Abind. Voy, mi alma.

Jarifa. Entra, mi bien.
Echa, amigo, esa alcatifa.

Abind. ¡Cuánto te debo, Narváez!
Por ti goza Abindarráez
De su querida Jarifa.

[Vanse.]

Sale Narváez, Nuño, Páez y Alvarado.

Narv. Descansen todos, que hoy a mediodía
Concertaremos si salir podremos;
Que este descuido llaman cobardía
Los viles fronterizos que tenemos.
Y aunque la presa desta noche es mía,
Ya sé que su rescate partiremos;
Y cuando me engañara Abindarráez,
Yo hice lo que debo a ser Narváez.
Ponga todo hombre la acerada silla
Entre los mismos palos del pesebre,
Porque en diciendo la trompeta "ensilla",
Hasta el caballo la cadena quiebre.
Esté la lanza donde pueda asilla,
Con que en el campo su valor celebre,
Y el arnés que no falte hebilla o perno,
Que se vista mejor que algodón tierno.
Veamos si con esta pena o miedo
Su desvergüenza se sosiega un poco,
Que en no mostrando lo que valgo y puedo,
Luego el morisco vil me tiene en poco.
Presumirá llegar hasta Toledo,
Según se precia de arrogante y loco,
Cuanto más hasta Alora y Antequera,
Si duerme aquí como en Argel pudiera.

Páez. Un moro pide para hablar licencia.

Narv. ¿Es hombre principal?

Páez. Es un criado
De Alara, según dice.

Narv. ¡Ah, dura ausencia,
Con qué fiero rigor que me has tratado!
¡Oh leyes del honor, cuya inclemencia
Quita el gusto del alma procurado!
Gozar de Alara pude... mas no pude,
Que pierde el bien quien al honor acude.

Sale Ardino, moro.

Ardin. Con un pequeño presente
Alara salud te envía
Y esta carta.

Narv. Gallardía,
Moro amigo, conveniente
A su extremada hidalguía.
¿Cómo queda?

Ardin. Algo indispuesta,
Aunque para que compuesta
Viniese esta caja, ayer
Se levantó.

Narv. Quiero leer
Para darte la respuesta. Lee la carta.
"Ya que no me quieres bien,
No es de pecho principal
Sufrir que me traten mal;
Pues siendo tu amor desdén,
Me han dado castigo igual.
De ti maltratada he sido
Con el desdén recebido;
De mi marido, de celos,
Porque me han dado los cielos
Mal galán y peor marido.
Y pues que por ti me dan,
No admitiendo tu consejo,
Vida que de vivir dejo;
Ya que no como a galán,
Como a mi padre me quejo.
Esas camisas labradas
Te envio, mal acabadas
Por hacellas con secreto;
Que llevan, yo te prometo,
Más lágrimas que puntadas.
La sangre que lleva una,
No la laves, que por ti
Me la sacaron a mí;
Porque no hay hora ninguna
Que no me traten ansí.
Yo no pido que tu olvido
Deje de ser el que ha sido;[70] Pero, pues por ti me dan,
Sé enemigo o sé galán,
O dame mejor marido."
¿Cómo? ¿Que Abenabo Arráez
Así cumplió el juramento?
Que me haya engañado siento,
Mas por vida de Narváez
Que no se la lleve el viento.[71] Moro infame, ¿no sabías
Que mi propia vida herías,
Que está en aquel pecho honesto?

Nuño. Tú tienes la culpa desto,
Por hacer alejandrías.
Deja esas francas divisas;
Que si gozaras de Alara,
El moro no la llevara
Donde te enviara camisas
Con la sangre de su cara.—
¿Que en aquel rostro has sufrido
Hacer un corto rasguño
Con el palo o con el puño?

Ardin.[72] ¿Qué he de hacer, si es su marido?

Nuño. Perro, aguarda.

Narv. Escucha, Nuño.

Nuño. No hay escuchar. ¡Vive Dios,
Que hemos de reñir los dos
Y que le he de dar mil palos!

Narv. Aguárdate.

Nuño. ¡Qué regalos!

Ardin. Señor, remediadlo vos
Con poner miedo a mi amo,
Que os tiene miedo y respeto.

Narv. Remediarlo te prometo
Por lo que la quiero y amo,
Y por quien soy, en efeto.

Ardin. Vos, ¿tenéisla algún amor?

Narv. Grande; pero por su honor
Y hacer a Arráez amistad
Enfreno la voluntad
Y doy la rienda al valor.

Ardin. Pues, señor, sabed que tiene
Concertado de matalla.

Narv. ¡Matalla! Ni osar miralla.

Ardin. Creedme que lo previene.

Narv. Y ¿podré yo remedialla?

Ardin. Podrás, viniendo conmigo
Esta noche de secreto.

Narv. Pues ármate, Nuño amigo,
Que esta noche te prometo
Al moro infame castigo.
¡Camisa, y ensangrentada!
¡Vive Dios que, ésta vestida,[73] No se mude ni otra pida
Hasta que con esta espada
Quite al perjuro la vida!

Nuño. Yo, aunque poco las refresco
Por el trato soldadesco,
Esta es bien que le consagre,
Aunque la cueza en vinagre[74] Como herreruelo tudesco.
Vamos donde está ese galgo.
Pero escucha aparte.

Narv. Di.

Nuño. ¿Habemos de ir cierto?

Narv. Sí.

Nuño. Pues disfrázate con algo,
O vamos como yo fuí;
Que aunque eres tan animoso,
Podrá el perro malicioso
Venderte a los de Coín.

Narv. Para mí no hay, Nuño, en fin,
Peligro dificultoso.
Yo he de ir a Coín. Vos, Páez,
Tened a punto la gente
Por si fuere conveniente.

Ardin. Seguro estás, gran Narváez.

Nuño. No lo está mucho, pariente.
Y ansí, vuelvo a aconsejarte.
Oye, por tu vida, aparte.

Alvar. Que mal hace el capitán.

Páez. Tales combates le dan
Ira, gusto, amor y Marte.

Narv. A cuanto venga me obligo.

Nuño. Pues, señor, seguirte quiero.

Narv. Darte mi ventura espero.
Nuño, César va contigo,[75] Como él lo dijo al barquero.
Entra, moro, a descansar.
Tú, Nuño, empiézate a armar.

Nuño. Lo que llevé.

Narv. ¿Cómo ansí?

Nuño. Un jaco.[76]

Narv. Dame otro a mí
Y hazme el overo ensillar.

[Vanse.]

Salen Jarifa y Abindarráez; Celindo, Bajamed, Zaro, músicos.

Jarifa. Toda la casa se huelga
De mi bien y tu contento
Porque de sólo tu aliento
Saben que mi vida cuelga.
No te escondas de ninguno.
Llegad, besadle los pies.

Bajam. Quien señor de todo es,
¿Por qué se teme de alguno?
Con nosotros te has criado,
Bencerraje; ¿qué has temido?
¿O acaso estás encogido,
Como recién desposado?

Zaro. Aunque el Alcaide tenemos
Por legítimo señor,
De tu crianza el amor
Y obligación conocemos.
Quien te tuvo por su hermano,
No será dificultoso
Que te tenga por su esposo.

Jarifa. Da, esposo, a todos la mano.

Abind. Los brazos les daré. Aquí
Podréis estar a placer,
Viendo esta fuente correr.

Jarifa. En otra te di yo un sí,
En otra dueño te hice
Deste bien que hoy se confirma;
Aquí se rompió la firma
Y la deuda satisfice.
Viendo estas rosas y flores,
Estos árboles y fuentes,
Tengo, Abindarráez, presentes
Nuestros pasados amores.
Parece que aquí te veo
Enamorado y turbado,
En mis respetos helado
Y abrasado en tu deseo;
Y salir llenas de amor,
Del alma tierna encendida,
Cada palabra vestida
De diferente color.
¿Es posible que te ven
Mis brazos cerca de sí?
¿Que puedo llegarte a mí
Y regalarte también?
Amor mío, no me olvides,
Que harás la cosa más fiera
Que en hombre humano cupiera,
Si tu ser al suyo mides;
Que no debe de ser hombre:
En quien tantas gracias hay...

Abind. ¡Ay!

Jarifa. ¿Qué dices, mi bien?

Abind. ¡Ay!

Jarifa. Bien merece de ángel nombre.
Celindo, Bajamed, Zaro,
¿No he sido yo muy dichosa
En ser de tal hombre esposa?

Celind. Que es muy noble está muy claro,
Y que fué elección discreta;
Pero él también es dichoso
En ser dueño y ser esposo
De una mujer tan perfeta.
Y puesto que humilde estás,
Acá os juzgamos tan buenos,
Que si él no merece menos,
No hallara en la tierra más.
Sentaos, y canten los dos
Mientras el almuerzo llega.

Jarifa. O esto es verdad, o estoy ciega.
Más, mi bien, merecéis vos.
¿No es esto verdad?

Abind. ¡Ay, triste!

Jarifa. Canta, amiga.

Zaro. ¿Qué diré?

Jarifa. ¿Qué extremo es ése? ¿Qué fué?

Celind. Di aquella que ayer dijiste.

Jarifa. Cualquiera podréis decir.
Mandadlos, señor, sentar.

Abind. Sentaos.

Jarifa. ¡Tanto suspirar!

Abind. ¡Ay que estoy para morir!

Canten.

Crióse el Abindarráez
En Cartama con Jarifa,
Mozo ilustre, abencerraje
En méritos y desdichas.

Jarifa. ¡Dichosa el alma mía
Que dió tan dulce fin a su porfía!

Canten.

Pensaba que eran hermanos,
En este engaño vivían,
Y ansí, dentro de las almas
El fuego encubierto ardía.

Jarifa. ¡Dichosa el alma mía
Que dió tan dulce fin a su porfía!

Canten.

Pero llegó el desengaño
Con el curso de los días,
Y ansí, el amor halló luego
Las almas apercebidas.

Abind. ¡Triste del alma mía
Que dió tan triste fin a su porfía!

Canten.

Quisiéronse tiernamente,
Hasta que, llegado el día
En que pudieron gozarse,
Dieron sus penas envidia.

Abind. ¡Triste del alma mía
Que dió tan triste fin a su porfía!

Jarifa. No cantéis más. Bien está.
Bien os podéis todos ir.

Celind. Algo le quiere decir.

Jarifa. Salíos todos allá.

Bajam. Todo se lo quiere a solas.

Zaro. No toma el ser novia mal.

Vanse los tres, Zaro, Bajamed y Celindo.

Abind. Del mar en que voy mortal
Hasta morir llegan olas.

Jarifa. Ingrato, esquivo, cruel,
Y el más villano del suelo,
¿Cuál hombre ha criado el cielo
Que puedan fiarse dél?
¿Piensas que no entiendo más
Que declaran tus suspiros?
Pues bien veo que son tiros
Que al alma asestando estás.
Con ellos y con los ojos
Dices más que con la lengua,
Para que trague mi mengua
Poco a poco tus enojos.
¿Quieres matar con sangría
O dasme el veneno a tragos?
Los hombres dais tales pagos.
¡Ay de la que en hombres fía!
¿Qué suspiras, di, traidor?
O ¿de qué estás triste, injusto,
Después que ofrecí a tu gusto,
Tras la vergüenza, el honor?
¿Qué es lo que en tal coyuntura
Te da pena y soledad?
¿Mi mucha facilidad
O mi poca hermosura?
¿No has hallado ahora en mí
Lo que ausente imaginabas?
O ¿en las penas que pasabas
Fué poco el bien que te di?
Mas los maridos sois ríos
Que, en allegando a la mar
De la noche del gozar,
Perdéis del curso los bríos.
¿Tan fea soy, engañador?
¿Tan poco te he regalado?
Debes de estar enseñado
A otra experiencia mayor.
Si amartelado venías,[77] ¿No era remedio bastante
Una mujer ignorante
Que para mujer querías?
Yo no supe más amores
Que los que a tu boca oí:
Si sabes más, más me di;
Y si mayores, mayores;
Que esa en quien es bien que quepa
Tu alma, y que ansí la nombres,
Aprendidos de otros hombres,
No es mucho que muchos sepa. Levántese.
Vete, pues, tirano injusto,
Con tu gusto y mi deshonra,
Que es mejor quedar sin honra
Que casada con disgusto.
Y yo me sabré matar.

Abind. Detente, Jarifa mía,
Que si escucharte podía,
Fué querer tu amor probar.
Escucha, espera.

Jarifa. ¿Qué quieres?

Abind. Que menos traidor me nombres,
Que jamás los nobles hombres
Se burlan de las mujeres.
Oye, espera, por tu vida;
No me hagas correr tras ti,
Que apenas me tengo en mí
De dolor de cierta herida.
No soy yo ingrato a tus obras,
Pues vengo a ser tu marido;
Ni el suspirar causa ha sido
De la sospecha que cobras.[78] No fué tu poca hermosura
O mucha facilidad,
Que eres ángel en beldad
Y reina en la compostura.
Ni te imaginó mi amor
Más perfeta en mí pintada;
Que antes, después de gozada,
Me has parecido mayor.
Ni soy río en la corriente
Que en la mar he de parar;
Que es mi amor el mayor mar,
Y ansí es bien que el tuyo aumente.
Ni he venido amartelado,
Que Dios sabe que tú has sido
Quien de aquesta boca ha oído
Amores que te he enseñado.
Alegra el rostro y escucha,
Volviendo a tu gracia el alma,
Que está ya la vida en calma.

Jarifa. Y dime, ¿la herida es mucha?
¿Dónde la tienes? A ver.
¿Quién te hirió? ¿Cómo?

Abind. Mi esposa,
No es herida peligrosa.

Jarifa. Todo lo quiero saber.
¡Ay de mí, que no era en vano
El quejarte y suspirar
Toda la noche!

Abind. Has de estar
Atenta.

Jarifa. Di, esposo, hermano.

Abind. ¿Tu hermano soy todavía?

Jarifa. Fuése la lengua, perdona.

Abind. El trato antiguo la abona.
Escucha, Jarifa mía:
Llegó a Cartama Celindo
Con tu carta, cuando estaba
El sol inclinado al Sur,
Pardo y triste, y no sin causa.
Leíla, beséla, y dile
Albricias de mi esperanza,
Que se perdió en el ausencia
Después de llena de canas.
Vestíme, hermosa señora,
Colores, plumas y galas;
Que un alegre pensamiento
Con todas tres se declara.
Bajé a nuestra huerta antigua
Y despedíme en voz alta
De los árboles y flores,
De las fuentes y las aguas;
Diles mil abrazos tiernos,
Y ellos también se inclinaban
A darme para ti muchos,
Que aun tienen alma las plantas.
Puse al estribo las mías[79] Sin el arzón, y a la casa
Le dije volviendo el rostro:
Piedras, Jarifa me aguarda.
No sé si me respondieron;
Pero sentí que sonaban
Por largo trecho las fuentes:
O era envidia, o tu alabanza.
Esta, por todo el camino,
Jornada, aunque breve, larga,
Iban alternando a veces[80] Entre la lengua y el alma,
Cuando de unos robles verdes,
Entre pálidas retamas,
Oigo relinchos y voces,
Y alzo la lanza y la adarga;
Pero al punto estoy en medio
De cinco lanzas cristianas;
Mas sin soberbia te digo
Que eran pocas otras tantas;
Y quizá porque eran pocas,
Trajo luego mi desgracia
Otras tantas de refresco,
Y una, la mejor de España.
Este fué el Alcaide fuerte,
Si sabes su nombre y fama,[81] Que es de Alora y Antequera,
Y estaba puesto en celada.
Apartó sus caballeros,
Desafióme a batalla,
Como caballero fuerte,
Cuerpo a cuerpo en la campaña.
Como era fuerza, acetéle,
Y ansí, con la luna clara,
Comenzamos nuestra guerra,
Jugando las fuertes lanzas;
Y pues al fin me venció,
No me alabo; decir basta
Que tenía tres heridas,
En brazo, muslo y espaldas.
No me las dieron huyendo;
Pero quien con diez batalla,
También sospecho que tiene
En las espaldas la cara.
Don Rodrigo de Narváez,
Que así el Alcaide se llama,
Me prendió y llevaba a Alora,
De sus diez hombres en guarda,
Cuando, viendo mi tristeza,
Si le contaba la causa,
Me prometió dar remedio;
Y ansí, fué justo contarla.[82] Hizo el cristiano conmigo
Esta gentileza estraña
Con sólo mi juramento,
Porque le di la palabra
Que dentro el día tercero
Volvería a Alora sin falta
A ser su preso y cautivo.
Mira si es justo quebrarla,
Y mira, mi bien, si debo
Llorar mi suerte contraria,
Pues le he de llevar el cuerpo
De quien tú tienes el alma.

Jarifa. No es justo que a hombre tan noble
La palabra le rompáis,
Sino que antes la cumpláis
Con satisfación al doble.
Cuando os quisierais quedar,
No os lo consintiera yo;
Que a quien tan bien procedió
No se le puede engañar.
Gran valor mostró el cristiano,
Obligó vuestro valor:
No han hecho hazaña mayor
César ni Alejandro Mano.[83] De la herida vuestra y mía
Paciencia habré menester,
Pues es forzoso volver
Dentro del tercero día.
Pero perdonadme vos
Si con esto os importuno;
Que si prometistes uno,
Es fuerza que le deis dos.
Yo, que soy vuestra cautiva,
Tengo de ir con su cautivo;
Porque si en vos, mi bien, vivo,
No es justo que sin vos viva.
Tracemos partir a Alora
Antes que mi padre venga.

Abind. ¿Quién hay, Jarifa, que tenga
Tal esposa y tal señora?
No muestras menos valor
En ir con tu Abindarráez
Que entonces mostró Narváez,
Y aun creo que éste es mayor.
Dame esas manos hermosas
Por la merced que me haces,
Que ansí por mí satisfaces
Obligaciones forzosas.
Conozco tu heroico nombre[84] Y entendimiento en querer
Enseñarme, aunque mujer,
Lo más que debo a ser hombre.
Pues es forzoso ir a Alora
Y quieres acompañarme,
Hasta allá no he de curarme
Si no lo mandas, señora.
Prevengamos la partida
Para que el día tercero
Cumpla a tan buen caballero
La palabra prometida;
Que yo fío dél que allí
De nuestro remedio trate.

Jarifa. Y cuando no haya rescate
Yo daré el alma por ti.

[Vanse.]

Salen Arráez y Alara con un cordel y una daga.

Arr. Vuelve esas manos atrás,
Y confiésame de plano
Si te ha gozado el cristiano.

Alara. Digo que hablado no más.

Arr. ¿De qué suerte?

Alara. No me aprietes.
Y el traerme a tu heredad
Si fué para tal crueldad,
Bien cumples lo que prometes.

Arr. Con este engaño he querido
Quitarte la vida aquí.
Todo lo que pasa di,
Pues sabes que lo he sabido.

Alara. Digo que siempre Narváez
Me ha tratado con desdén,
Aunque me ha querido bien,
Y ésta es la verdad, Arráez.
La razón deste despecho
No ha sido haberme olvidado,
Sino sentirse obligado
A la merced que te ha hecho;
Porque es de tanto valor...

Arr. No le alabes.

Alara. Bien le alabo;
Que no quiere que a su esclavo
Falte por su causa honor.

Arr. ¿Qué te ha enviado?

Alara. El papel[85] Que tú escribiste.

Arr. Y ¿no más?

Salen en hábito de moros Narváez y Nuño con Ardino.

Ardin. Dentro en su heredad estás,[86] Y aun pienso que cerca dél.

Narv. Entre aquellos olivares
Desta huerta hablando están.

Nuño. Nuestros caballos se oirán;
Bien es que aquí poco pares,
Porque los ate en la cerca.
Si hay yeguas en los establos
Relincharán como diablos
Si les da el viento de cerca.
Vuélvete, señor, a Alora,
Que hay grande peligro aquí.

Narv. Nuño, en mi vida te vi
Con miedo, si no es agora.

Nuño. Señor, cuando solo vengo,
Jamás temo al enemigo;
Mas cuando vengo contigo
Miedo de perderte tengo.

Narv. Pues calla, que es desvarío;
Y pues el cielo te ha hecho
Sin poner miedo en tu pecho,
No le pongas en el mío.
Cuanto más, que no habrá aquí,
Siendo en el campo heredad,
Tanta gente.

Ardin. Así es verdad.

Narv. Y algo valdré yo por mí.
Escuchemos lo que pasa.

Arr. No se escusa tu castigo,
O me dirás si Rodrigo
Ha entrado en mi propia casa.

Narv. De mí le pregunta. Escucha.

Alara. Jamás le he visto en Coín.

Nuño. El la da tormento, en fin.
Debe de ser de garrucha.

Ardin. El la debe de matar.

Arr. Y tú, cuando a verme fuiste,
¿Qué hiciste con él, qué hiciste?

Alara. No más de hablar.

Arr. ¿Sólo hablar?
¿Qué te dijo?

Alara. Que si hubiera
Sabido que era mujer
Tuya, se dejara arder
Primero que me escribiera.

Arr. Mas, paso, di la verdad,
Perra, que te mataré.

Alara. ¡Ay, que me matan!

Narv. ¿Podré,
Nuño, sufrir tal crueldad?

Nuño. Aguarda.

Arr. Y ese villano,
Ese cobarde Rodrigo,
¿Podrá a tan justo castigo
Agora impedir mi mano?
Que si la ponía en ti,
Dijo que a Coín vendría
Y mi casa quemaría,
Y aun dijo que dentro a mí.
Por Alá que habló el villano
Tal, que me obliga a reír
De ver que entrar y salir
Le parezca que es tan llano.
¡Oh Rey, que por esto pasas!
¿Que digan cristianos quieres
Que forzarán las mujeres
Y pondrán fuego a las casas?
¿Quién dió a Narváez cuidados
De los casamientos? Di.
¿Por dicha es nuestro alfaquí,
Que compone los casados?
El habla entre su canalla;
Que aquí no sé si conmigo
Osara el perro enemigo
Cuerpo a cuerpo hacer batalla:
Que no hay una hormiga en él,
Ni en otros diez, para Arráez.

Narv. Aquí tienes a Narváez,
Moro villano y cruel.
Desnuda presto la espada.

Arr. ¡Ay de mí! Vendido soy.—
Señor, a tus pies estoy,
Y te la rindo envainada.

Narv. ¿Por qué tan humilde quieres
Ofender tus altos nombres?[87]

Arr. Porque todos somos hombres
Hablando con las mujeres.
Mal mi palabra cumplí.
Pues has visto lo que pasa,
Ves aquí, señor, mi casa:
Abrásame en ella a mí.

Nuño. (Fisgando.) "¿Quién dió a Narváez cuidados
De los casamientos? Di.
¿Por dicha es nuestro alfaquí,
Que compone los casados?
¿Osara el perro enemigo
Cuerpo a cuerpo hacer batalla?"

Narv. ¿Por qué Alara, Ardino, calla,
Y no viene a hablar conmigo?

Alara. Porque sé que has de dejarme
Otra vez en el poder
Deste moro, y ha de ser
Ocasión para matarme.

Narv. No será; fiad de mí.
Tomemos nuestros caballos,
Que a Alora quiero llevallos.

Nuño. Bien haces. Vamos de aquí.

Arr. ¡A qué punto, triste moro,
Te han traído injustos celos!

Alara. ¡Ay, mi Alcaide de los cielos!

Narv. ¡Ay, Alara, que te adoro!

[Vanse.]

Salen Zoraide, Celindo, Bajamed y Zaro.

Zoraid. ¿Qué es lo que dices, bárbaro enemigo?

Celind. Córtame, gran Alcaide, la cabeza,
Si te parece que la culpa es mía.

Zoraid. ¿Adónde está Jarifa?

Celind. No presumas
Que alguno de tu casa parte ha sido
Para tanta desdicha.

Zoraid. Dime luego
Quién la llevó y adónde está, Celindo,
O pasaréte aquese infame pecho.

Celind. Señor, cuando a Granada te partiste,
Vino aquí de secreto Abindarráez,
Y se casó con ella.

Zoraid. ¡Ah santo cielo!
Cumplióse lo que yo siempre temía.
¿Que en fin el mal nacido abencerraje
Se casó con Jarifa? Pues di, perro,
¿Quién le dijo que no era hermano suyo?

Celind. Dicen que ha mucho que ellos lo sabían,
Y que casados de secreto estaban.

Zoraid. ¿Dónde la tiene agora?

Bajam. El miedo tuyo
Por ventura le esconde de tus ojos.

Celind. No es miedo, Bajamed, que ha sido fuerza
Ir a Alora los dos, porque era preso
De su alcaide Narváez, y al tercer día
Juró volver si libertad le diese;
Y ella, como mujer, con él ha ido,
Ansí por no esperar tu justo enojo
Como por no dejar a su marido.

Zoraid. Ensíllame un caballo, ponle a punto;
Dame una lanza y una adarga fuerte;
Podrá ser que le alcance en el camino.

Celind. Bien puede ser.

Zoraid. ¡Ah fiero bencerraje,
Deshonra de mi honor y mi linaje.

[Vanse.]

Salen Nuño, Arráez, Alara y Narváez.

Narv. Ya que en Alora estáis, mi dulce Alara,
Pruebe vuestro cruel fiero marido
El gusto de escuchar estos requiebros
Pues no quiso sufrir celos injustos.

Alara. Ya no es aquese nombre el propio suyo,
Que yo, señor, me he de volver cristiana.

Arr. Ni yo quiero tener el que he tenido;
Que quien tiene mujer que le da celos,
Mejor dirá que tiene sobre el pecho
Un águila que come sus entrañas,
Un monte grave y una eterna pena.

Narv. Si vos cristiana habéis de ser, señora,
Daréle libertad, y a Coín se vuelva.
Y vos podréis quedaros en Alora,
Donde no os faltará lo que perdistes.

Arr. Pues eso quiero; y si sufrir no pude
Mujer hermosa, viviré sin ella,
Y haré cuenta que es muerta; que bien puedo,
Pues si es cristiana, no es la que solía.

Narv. Primero que a Coín vuelvas, Arráez,
Le has de dar la mitad de tu hacienda
Para que viva aquí; si no, no creas
Que deste cautiverio libre escapes.

Arr. Y es poco lo que pides; yo me ofrezco
De darla con que viva, y es partido
A trueco de escapar de sus rigores.

Narv. Pues alto: en esto queden concertados.

Sale Páez.

Páez. Dame, señor, albricias.

Narv. Buenas sean.

Páez. Su palabra ha cumplido Abindarráez.

Narv. No menos esperé de su nobleza,
Que al fin acude a lo que debe en todo.

Páez. Y trae su persona acompañada
De una bella morisca rebozada.

Salen Abindarráez y Jarifa, de camino.

Abind. Danos, ilustre Narváez,
Los pies a mí y a mi esposa.

Narv. Bien vengáis, Jarifa hermosa,
Y vos, noble Abindarráez.

Abind. Bien merezco lauro y palma
De la merced que recibo,
Pues siendo el cuerpo el cautivo,
Te vengo a traer el alma.

Jarifa. Yo, famoso don Rodrigo,
Como a quien de tu valor
Cupo la parte mayor,
Tu nombre alabo y bendigo;
Y así, vengo a ser tu esclava.

Narv. Mi señora seréis vos.
Cuán justamente a los dos
El cielo a amar inclinaba,
Que sois en estremo iguales.
Y estad vos, Jarifa hermosa,
De Abindarráez quejosa,
Que dice de vos mil males.
Que aunque mucho me decía,
Hallo agora más en vos,
Y es grande engaño, por Dios.

Jarifa. ¡Qué estremada cortesía!
Antes, si él os engañó
Con deciros bien de mí,
Vengo a estar corrida aquí.

Narv. El que lo ha de ser soy yo;
Que si tal huésped creyera
Que mi pobre casa honrara,
De otra suerte la ensanchara
Para que mejor cupiera.
Pero si en la voluntad,
Como en la casa, se vive,
Esta el alma os apercibe
Y os da a vos su libertad.
Ya sois, señor bencerraje,
De Jarifa: andad con Dios.

Abind. Ella y yo somos de vos
Con justo pleito homenaje.

Jarifa. Señor, no me desechéis,
Que quiero yo ser muy vuestra.

Narv. Sujeta el alma se os muestra
Para que vos la mandéis.
Y perdonad si no había
Preguntado cómo estáis.

Jarifa. Con la salud que me dais,
Dando vida a la que es mía.

Narv. ¿Cómo va de las heridas?

Abind. Un poco las tengo hinchadas.

Narv. Aquí os serán bien curadas
De quien os diera mil vidas.

Sale Zoraide y su gente.

Zoraid. Digo que tengo de entrar.

Narv. ¿Qué alboroto es ése?

Zoraid. ¡Afuera!
Si en tu casa no estuviera...

Narv. Vuelve la espada a envainar,
Y di quién eres.

Zoraid. Yo soy
El Alcaide de Coín.

Narv. Ya sé tu enojo, y en fin,
De por medio agora estoy.
Deja, famoso Zoraide,
Las armas, que esto ya es hecho.

Zoraid. Por ti las dejo, a despecho
De mi honor, famoso Alcaide.
No pudieran venir ellos
A otro sagrado mayor.

Narv. Si éstos son yerros de amor,
Ya viene el perdón con ellos.
Noble es el abencerraje,
Por tu hijo le has tenido;
Que le perdones te pido,
Pues es de honrado linaje.

Zoraid. ¿Cómo te puedo negar
Cosa que tan justa es?

Narv. Besa, Abindarráez, sus pies.

Abind. Temblando habré de llegar.
Llegad, Jarifa, también.

Zoraid. Por mis hijos los recibo.
Mas quedaos con el cautivo.

Narv. Es de Jarifa.

Zoraid. ¿De quién?

Narv. A Jarifa se le di.

Jarifa. Yo, señor, le doy a vos.

Narv. Pues yo os entrego a los dos.

Zoraid. Yo a vos tres, dándome a mí;
Y os daré seis mil ducados
Por los tres.

Narv. Esos le doy
A Jarifa.

Jarifa. Vuestra soy.

Narv. Queden al dote obligados.

Jarifa. Dos arcas de ropa blanca
De mi mano os enviaré.

Narv. Esas solas tomaré,
Por ser de mano tan franca.

Zoraid. Su yerro juzgo por dicha.

Narv. Y yo haberos obligado.
Aquí acaba, gran senado,
El remedio en la desdicha.

FIN
EL MEJOR ALCALDE, EL REY

El texto que damos es reproducción del que aparece en la "Veinte y una parte verdadera de las comedias del fénix de España Frei Lope Félix de Vega Carpio, del Abito de San Iuan, Familiar del Santo Oficio de la Inquisición, Procurador Fiscal de la Cámara Apostolica, sacadas de sus originales... Año 1635. Con privilegio. En Madrid, Por la Viuda de Alonso Martin. A costa de Diego Logroño, mercader de libros," corregido alguna rara vez y completado por la impresión suelta siguiente: "Núm. 16.—Comedia famosa—El mejor alcalde—el rey—de Lope de Vega Carpio... Fin.—Hallaráse esta comedia y otras de diferentes títulos en Madrid en la librería de Antonio Sanz, en la Plazuela de la Calle de la Paz. Año de 1741."

FAMOSA COMEDIA
EL MEJOR ALCALDE, EL REY

DE FREY LOPE DE VEGA CARPIO

PERSONAS QUE HABLAN EN ELLA
Sancho. Elvira. El Cnde don Pedro.
Don Tello. Feliciana. Enrique.
Celio. Juana. Brito.
Julio. Leonor. Fileno.
Nuño. El Rey de León. Pelayo.
ACTO PRIMERO

Sale Sancho.

Sancho. Nobles campos de Galicia,
Que a sombras destas montañas,
Que el Sil entre verdes cañas[88] Llevar la falda codicia,
Dais sustento a la milicia
De flores de mil colores;
Aves que cantáis amores,
Fieras que andáis sin gobierno,
¿Habéis visto amor más tierno
En aves, fieras y flores?
Mas como no podéis ver
Otra cosa, en cuanto mira
El sol, más bella que Elvira,
Ni otra cosa puede haber;
Porque, habiendo de nacer
De su hermosura, en rigor,
Mi amor, que de su favor
Tan alta gloria procura,
No habiendo más hermosura,
No puede haber más amor.
¡Ojalá, dulce señora,
Que tu hermosura pudiera
Crecer, porque en mí creciera
El amor que tengo agora!
Pero, hermosa labradora,
Si en ti no puede crecer
La hermosura, ni el querer
En mí, cuanto eres hermosa
Te quiero, porque no hay cosa
Que más pueda encarecer.
Ayer, las blancas arenas
Deste arroyuelo volviste
Perlas, cuando en él pusiste
Tus pies, tus dos azucenas;
Y porque verlos apenas
Pude, porque nunca pára,[89] Le dije al sol de tu cara,
Con que tanta luz le das,
Que mirase el agua más[90] Porque se viese más clara.
Lavaste, Elvira, unos paños,
Que nunca blancos volvías,
Que las manos que ponías
Causaban estos engaños;
Yo, detrás destos castaños,
Te miraba con temor,
Y vi que amor, por favor,
Te daba a lavar su venda:
El cielo el mundo defienda,[91] Que anda sin venda el amor.
¡Ay, Dios! ¡Cuándo será el día,
Que me tengo de morir,
Que te pueda yo decir:
¡Elvira, toda eres mía!
¡Qué regalos te diría!
Porque yo no soy tan necio
Que no te tuviese en precio,
Siempre con más afición;
Que en tan rica posesión
No puede caber desprecio.

Sale Elvira.

Elvira. Por aquí Sancho bajaba
O me ha burlado el deseo;
A la fe que allí le veo,
Que el alma me le mostraba.
El arroyuelo miraba
Adonde ayer me miró:
¿Si piensa que allí quedó
Alguna sombra de mí?
Que me enojé cuando vi
Que entre las aguas me vió.—
¿Qué buscas por los cristales
Destos libres arroyuelos,
Sancho, que guarden los cielos,
Cada vez que al campo sales?
¿Has hallado unos corales
Que en esta margen perdí?

Sancho. Hallarme quisiera a mí,
Que me perdí desde ayer;
Pero ya me vengo a ver,
Pues me vengo a hallar en ti.

Elvira. Pienso que ayudarme vienes[92] A ver si los puedo hallar.

Sancho. ¡Bueno es venir a buscar
Lo que en las mejillas tienes!
¿Son achaques o desdenes?[93] ¡Albricias, ya los hallé!

Elvira. ¿Dónde?

Sancho. En tu boca, a la he,[94] Y con estremos de plata.

Elvira. Desvíate.

Sancho. ¡Siempre ingrata
A la lealtad de mi fe!

Elvira. Sancho, estás muy atrevido.
Dime tú: ¿qué más hicieras
Si por ventura estuvieras
En vísperas de marido?

Sancho. Eso, ¿cúya culpa ha sido?

Elvira. Tuya, a la fe.

Sancho. ¿Mía? No.
Ya te lo dije, y te habló
El alma, y no respondiste.

Elvira. ¿Qué más respuesta quisiste
Que no responderte yo?

Sancho. Los dos culpados estamos.

Elvira. Sancho, pues tan cuerdo eres,
Advierte que las mujeres
Hablamos cuando callamos,
Concedemos si negamos:
Por esto, y por lo que ves,
Nunca crédito nos des,
Ni crueles ni amorosas;
Porque todas nuestras cosas
Se han de entender al revés.

Sancho. Según eso, das licencia
Que a Nuño te pida aquí.
¿Callas? Luego dices sí.
Basta: ya entiendo la ciencia.

Elvira. Sí; pero ten advertencia
Que no digas que yo quiero.

Sancho. Él viene.

Elvira. El suceso espero
Detrás de aquel olmo.

Sancho. ¡Ay, Dios,
Si nos juntase a los dos,
Porque si no, yo me muero!

Escóndese Elvira y salen Nuño y Pelayo.

Nuño. Tú sirves de tal manera,
Que será mejor buscar,
Pelayo, quien sepa andar
Más despierto en la ribera.
¿Tienes algún descontento
En mi casa?

Pelayo. Dios lo sabe.

Nuño. Pues hoy tu servicio acabe,
Que el servir no es casamiento.

Pelayo. Antes lo debe de ser.

Nuño. Los puercos traes perdidos.

Pelayo. Donde lo están los sentidos,
¿Qué otra cosa puede haber?
Escúchame: yo quijera[95] Emparentarme...

Nuño. Prosigue
De suerte que no me obligue
Tu ignorancia...

Pelayo. Un poco espera,
Que no es fácil de decir.

Nuño. De esa manera, de hacer
Será difícil.

Pelayo. Ayer
Me dijo Elvira al salir:
"A fe, Pelayo, que están
Gordos los puercos."

Nuño. Pues bien;
¿Qué la respondistes?

Pelayo. Amen,
Como dice el sacristán.

Nuño. Pues; ¿qué se saca de ahí?

Pelayo. ¿No lo entiende?

Nuño. ¿Cómo puedo?

Pelayo. Estó por perder el miedo.

Sancho. ¡Oh, si se fuese de aquí![96]

Pelayo. ¿No ve que es resquiebro, y muestra
Querer casarse conmigo?

Nuño. ¡Vive Dios!...

Pelayo. No te lo digo,
Ya que fué ventura nuestra,
Para que tomes collera.[97]

Nuño. Sancho, ¿tú estabas aquí?

Sancho. Y quisiera hablarte.

Nuño. Di.
Pelayo, un instante espera.

Sancho. Nuño, mis padres fueron como sabes,
Y supuesto que pobres labradores,[98] De honrado estilo y de costumbres graves.

Pelayo. Sancho, vos que sabéis cosas de amores,
Decir una mujer hermosa y rica
A un hombre que es galán como unas frores:
"Gordos están los puercos", ¿no inifica
Que se quiere casar con aquel hombre?

Sancho. ¡Bien el requiebro al casamiento aplica!

Nuño. ¡Bestia, vete de aquí!

Sancho. Pues ya su nombre
Supiste y su nobleza, no presumo
Que tan honesto amor la tuya asombre,
Por Elvira me abraso y me consumo.

Pelayo. Hay hombre que el ganado trai tan fraco,
Que parece tasajo puesto al humo;
Yo, cuando al campo los cochinos saco...

Nuño. ¿Aquí te estás, villano? ¡Vive el cielo!...

Pelayo. ¿Habro de Elvira yo, son del varraco?[99]

Sancho. Sabido, pues, señor, mi justo celo...

Pelayo. Sabido, pues, señor, que me resquiebra...

Nuño. ¿Tiene mayor salvaje el indio suelo?

Sancho. El matrimonio de los dos celebra.

Pelayo. Cochino traigo yo por esa orilla...

Nuño. Ya la cabeza el bárbaro me quiebra.

Pelayo. Que puede ser maeso de capilla,
Si bien tiene la voz desentonada,
Y más cuando entra y sale de la villa.

Nuño. ¿Quiérelo Elvira?

Sancho. De mi amor pagada,
Me dió licencia para hablarte ahora.

Nuño. Ella será dichosamente honrada,
Pues sabe las virtudes que atesora,
Sancho, tu gran valor, y que pudiera
Llegar a merecer cualquier señora.

Pelayo. Con cuatro o seis cochinos que toviera,
Que éstos parieran otros, en seis años
Pudiera yo labrar una cochera.

Nuño. Tú sirves a don Tello en sus rebaños;
Es señor desta tierra, y poderoso
En Galicia y en reinos más estraños:
Decirle tu intención será forzoso,
Así porque eres, Sancho, su criado,
Como por ser tan rico y dadivoso.
Daráte alguna parte del ganado;
Porque es tan poco el dote de mi Elvira,
Que has menester estar enamorado.
Esa casilla mal labrada mira
En medio de esos campos, cuyos techos
El humo tiñe porque no respira.[100] Están lejos de aquí cuatro barbechos,
Diez o doce castaños: todo es nada
Si el señor desta tierra no te ayuda
Con un vestido o con alguna espada.

Sancho. Pésame que mi amor pongas en duda.

Pelayo. ¡Voto al sol!, que se casa con Elvira.
Aquí la dejo yo; mi amor se muda.

Sancho. ¿Qué mayor interés que al que suspira
Por su belleza, darle su belleza,
Milagro celestial que al mundo admira?
No es tanta de mi ingenio la rudeza,[101] Que más que la virtud me mueva el dote.

Nuño. Hablar con tus señores no es bajeza,
Ni el pedirles que te honren te alborote;
Que él y su hermana pueden fácilmente,
Sin que esto, Sancho, a más que amor se note.

Sancho. Yo voy de mala gana; finalmente,
Iré, pues tú lo mandas.[2]

Nuño. Pues el cielo,
Sancho, tu vida y sucesión aumente.
Ven, Pelayo, conmigo.[2]

Pelayo. Pues ¿tan presto
Le diste a Elvira, estando yo delante?

Nuño. ¿No es Sancho mozo noble y bien nacido?[102]

Pelayo. No le tiene el aldea semejante
Si va a decir verdad; pero, en efeto,
Fuera en tu casa yo más importante,
Porque te diera cada mes un nieto.

Vanse Nuño y Pelayo.

Sancho. Sal, hermosa prenda mía;
Sal, Elvira de mis ojos.

Sale Elvira.

Elvira. ¡Ay, Dios! ¡Con cuántos enojos
Teme amor y desconfía!
Que la esperanza prendada,
Presa de un cabello está.

Sancho. Tu padre dice que ya
Tiene la palabra dada
A un criado de don Tello:
¡Mira qué estrañas mudanzas!

Elvira. No en balde mis esperanzas
Colgaba amor de un cabello.
¿Que mi padre me ha casado,
Sancho, con hombre escudero?
Hoy pierdo la vida, hoy muero.
Vivid, mi dulce cuidado;
Que yo me daré la muerte.

Sancho. Paso, que me burlo, Elvira.
El alma en los ojos mira;
Dellos la verdad advierte;
Que, sin admitir espacio,
Dijo mil veces que sí.

Elvira. Sancho, no lloro por ti,
Sino por ir a palacio;
Que el criarme en la llaneza[103] Desta humilde casería,
Era cosa que podía
Causarme mayor tristeza.
Y que es causa justa advierte.

Sancho. ¡Qué necio amor me ha engañado!
Vivid, mi necio cuidado;
Que yo me daré la muerte.
Engaños fueron de Elvira,
En cuya nieve me abraso.

Elvira. Sancho, que me burlo, paso.
El alma en los ojos mira;
Que amor y sus esperanzas
Me han dado aquesta lición:
Su propia difinición
Es que amor todo es venganzas.

Sancho. Luego ¿ya soy tu marido?

Elvira. ¿No dices que está tratado?

Sancho. Tu padre, Elvira, me ha dado
Consejo, aunque no le pido:
Que a don Tello, mi señor
Y señor de aquesta tierra,
Poderoso en paz y en guerra,
Quiere que pida favor;
Y aunque yo contigo, Elvira,
Tengo toda la riqueza
Del mundo (que en tu belleza
El sol las dos Indias mira),
Dice Nuño que es razón
Por ser mi dueño; en efeto,
Es viejo y hombre discreto,
Y que merece opinión
Por ser tu padre también.
Mis ojos, a hablarle voy.

Elvira. Y yo esperándote estoy.

Sancho. Plega al cielo que me den
El y su hermana mil cosas!

Elvira. Basta darle cuenta desto.

Sancho. La vida y el alma he puesto
En esas manos hermosas.
Dame siquiera la una.

Elvira. Tuya ha de ser: vesla aquí.

Sancho. ¿Qué puede hacer contra mí,
Si la tengo, la fortuna?
Tú verás mi sentimiento
Después de tanto favor;
Que me ha enseñado el amor
A tener entendimiento.

Vanse, y sale Don Tello, de caza; y Celio y Julio, criados.

D. Tell. Tomad el venablo allá.

Celio. ¡Qué bien te has entretenido!

Julio. Famosa la caza ha sido.

D. Tell. Tan alegre el campo está,
Que sólo ver sus colores
Es fiesta.

Celio. ¡Con qué desvelos
Procuran los arroyuelos
Besar los pies a las flores!

D. Tell. Da de comer a esos perros,
Celio, así te ayude Dios.

Celio. Bien escalaron los dos
Las puntas de aquellos cerros.

Julio. Son famosos.

Celio. Florisel
Es deste campo la flor.

D. Tell. No lo hace mal Canamor.[104]

Julio. Es un famoso lebrel.

Celio. Ya mi señora y tu hermana
Te han sentido.[105]

Sale Feliciana.

D. Tell. ¡Qué cuidados
De amor, y qué bien pagados
De mis ojos, Feliciana!
¡Tantos desvelos por vos!

Felic. Yo lo estoy de tal manera,[106] Mi señor, cuando estáis fuera,
Por vos, como sabe Dios.
No hay cosa que no me enoje;
El sueño, el descanso dejo:
No hay liebre, no hay vil conejo
Que fiera no se me antoje.

D. Tell. En los montes de Galicia,
Hermana, no suele haber
Fieras, puesto que el tener[107] Poca edad, fieras codicia.
Salir suele un jabalí
De entre esos montes espesos,
Cuyos dichosos sucesos
Tal vez celebrarles vi.
Fieras son, que junto al anca
Del caballo más valiente,
Al sabueso con el diente
Suelen abrir la carlanca.
Y tan mal la furia aplacan,
Que, para decirlo en suma,
Truecan la caliente espuma
En la sangre que le sacan.
También el oso que en pie
Acomete al cazador
Con tan estraño furor,
Que muchas veces se ve
Dar con el hombre en el suelo.
Pero la caza ordinaria
Es humilde cuanto varia,
Para no tentar al cielo;
Es digna de caballeros
Y príncipes, porque encierra
Los preceptos de la guerra
Y ejercita los aceros
Y la persona habilita.

Felic. Como yo os viera casado,
No me diera ese cuidado,
Que tantos sueños me quita.

D. Tell. El ser aquí poderoso
No me da tan cerca igual.

Felic. No os estaba aquí tan mal
De algún señor generoso
La hija.

D. Tell. Pienso que quieres
Reprehender no haber pensado
En casarte, que es cuidado
Que nace con las mujeres.

Felic. Engáñaste, por tu vida;
Que sólo tu bien deseo.

Salen Sancho y Pelayo.

Pelayo. Entra, que solos los veo;
No hay persona que lo empida.

Sancho. Bien dices: de casa son
Los que con ellos están.

Pelayo. Tú verás lo que te dan.

Sancho. Yo cumplo mi obligación.—
Noble, ilustrísimo Tello,
Y tú, hermosa Feliciana,
Señores de aquesta tierra,
Que os ama por tantas causas,
Dad vuestros pies generosos
A Sancho, Sancho el que guarda
Vuestros ganados y huerta,
Oficio humilde en tal casa.
Pero en Galicia, señores,
Es la gente tan hidalga,
Que sólo en servir al rico
El que es pobre no le iguala.
Pobre soy, y en este oficio
Que os he dicho, cosa es clara
Que no me conoceréis,
Porque los criados pasan
De ciento y treinta personas,
Que vuestra ración aguardan
Y vuestro salario esperan;
Pero tal vez en la caza
Presumo que me habréis visto.

D. Tell. Sí he visto, y siempre me agrada[108] Vuestra persona, y os quiero
Bien.

Sancho. Aquí, por merced tanta,
Os beso los pies mil veces.

D. Tell. ¿Qué quieres?

Sancho. Gran señor, pasan
Los años con tanta furia,
Que parece que con cartas
Van por la posta a la muerte,
Y que una breve posada
Tiene la vida a la noche,
Y la muerte a la mañana.
Vivo solo; fué mi padre
Hombre de bien, que pasaba
Sin servir; acaba en mí
La sucesión de mi casa.
He tratado de casarme
Con una doncella honrada,
Hija de Nuño de Aibar,
Hombre que sus campos labra,
Pero que aun tiene paveses
En las ya borradas armas
De su portal, y con ellas,
De aquel tiempo, algunas lanzas.
Esto y la virtud de Elvira
(Que así la novia se llama)
Me han obligado: ella quiere,
Su padre también se agrada;
Mas no sin licencia vuestra,
Que me dijo esta mañana
Que el señor ha de saber
Cuanto se hace y cuanto pasa
Desde el vasallo más vil
A la persona más alta
Que de su salario vive,
Y que los reyes se engañan
Si no reparan en esto,
Que pocas veces reparan.
Yo, señor, tomé el consejo,
Y vengo, como él lo manda,
A deciros que me caso.

D. Tell. Nuño es discreto, y no basta
Razón a tan buen consejo.
Celio...

Celio. Señor...

D. Tell. Veinte vacas
Y cien ovejas darás
A Sancho, a quien yo y mi hermana
Habemos de honrar la boda.

Sancho. ¡Tanta merced!

Pelayo. ¡Merced tanta!

Sancho. ¡Tan grande bien!

Pelayo. ¡Bien tan grande!

Sancho. ¡Rara virtud!

Pelayo. ¡Virtud rara!

Sancho. ¡Alto valor!

Pelayo. ¡Valor alto!

Sancho. ¡Santa piedad!

Pelayo. ¡Piedad santa!

D. Tell. ¿Quién es este labrador
Que os responde y acompaña?

Pelayo. Soy el que dice al revés
Todas las cosas que habra.

Sancho. Señor, de Nuño es criado.

Pelayo. Señor, en una palabra,
El pródigo soy de Nuño.

D. Tell. ¿Quién?

Pelayo. El que sus puercos guarda.
Vengo también a pediros
Mercedes.

D. Tell. ¿Con quién te casas?

Pelayo. Señor, no me caso ahora;
Mas, por si el diabro me engaña,
Os vengo a pedir carneros,
Para si después me faltan;
Que un astrólogo me dijo
Una vez en Masalanca
Que tenía peligro en toros,
Y en agua tanta desgracia,
Que desde entonces no quiero
Casarme ni beber agua,
Por escusar el peligro.

Felic. Buen labrador.

D. Tell. Humor gasta.

Felic. Id, Sancho, en buen hora. Y tú
Haz que a su cortijo vayan
Las vacas y las ovejas.

Sancho. Mi corta lengua no alaba
Tu grandeza.

D. Tell. ¿Cuándo quieres
Desposarte?

Sancho. Amor me manda
Que sea esta misma noche.

D. Tell. Pues ya los rayos desmaya
El sol, y entre nubes de oro
Veloz al poniente baja,
Vete a prevenir la boda,
Que allá iremos yo y mi hermana.
¡Hola! pongan la carroza.

Sancho. Obligada llevo el alma
Y la lengua, gran señor,
Para tu eterna alabanza.

[Vase.]

Felic. En fin, vos, ¿no os casaréis?

Pelayo. Yo, señora, me casaba
Con la novia deste mozo,
Que es una lumpia zagala,
Si la hay en toda Galicia;
Supo que puercos guardaba,
Y desechóme por puerco.

Felic. Id con Dios, que no se engaña.

Pelayo. Todos guardamos, señora,
Lo que...

Felic. ¿Qué?

Pelayo. Lo que nos mandan
Nuestros padres que guardemos.

[Vase.]

Felic. El mentecato me agrada.

Celio. Ya que es ido el labrador,
Que no es necio en lo que habla.
Prometo a Vueseñoría[109] Que es la moza más gallarda
Que hay en toda Galicia
Y que por su talle y cara,
Discreción y honestidad
Y otras infinitas gracias,
Pudiera honrar el hidalgo
Más noble de toda España.

Felic. ¿Que es tan hermosa?

Celio. Es un ángel.

D. Tell. Bien se ve, Celio, que hablas
Con pasión.

Celio. Alguna tuve.
Mas cierto que no me engaña.

D. Tell. Hay algunas labradoras
Que, sin afeites ni galas,
Suelen llevarse los ojos,
Y a vuelta dellos el alma;
Pero son tan desdeñosas,
Que sus melindres me cansan.

Felic. Antes, las que se defienden
Suelen ser más estimadas.

Vanse, y sale Nuño y Sancho.

Nuño. ¿Eso don Tello responde?

Sancho. Esto responde, señor.

Nuño. Por cierto que a su valor
Dignamente corresponde.

Sancho. Mandóme dar el ganado
Que os digo.

Nuño. Mil años viva.

Sancho. Y aunque es dádiva excesiva,
Más estimo haberme honrado
Con venir a ser padrino.

Nuño. Y ¿vendrá también su hermana?

Sancho. También.

Nuño. Condición tan llana,
Del cielo a los hombres vino.

Sancho. Son señores generosos.

Nuño. ¡Oh!, si aquesta casa fuera,
Pues los huéspedes espera
Más ricos y poderosos
Deste reino, un gran palacio...

Sancho. Esa no es dificultad:
Cabrán en la voluntad,
Que tiene infinito espacio.
Ellos vienen, en efeto.

Nuño. ¡Qué buen consejo te di!

Sancho. Cierto que en don Tello vi
Un señor todo perfeto;
Porque, en quitándole el dar,
Con que a Dios es parecido,
No es señor; que haberlo sido[110] Se muestra en dar y en honrar.
Y pues Dios su gran valor
Quiere que dando se entienda,
Sin dar ni honrar no pretenda
Ningún señor ser señor.

Nuño. ¡Cien ovejas! ¡Veinte vacas!
Será una hacienda gentil,
Si por los prados del Sil
La primavera los sacas.[111] Pagúele Dios a don Tello
Tanto bien, tanto favor.

Sancho. ¿Dónde está Elvira, señor?

Nuño. Ocuparála el cabello
O algún tocado de boda.

Sancho. Como ella traiga su cara,
Rizos y gala escusara,
Que es de rayos del sol toda.

Nuño. No tienes amor villano.[112]

Sancho. Con ella tendré, señor,
Firmezas de labrador
Y amores de cortesano.

Nuño. No puede amar altamente
Quien no tiene entendimiento,
Porque está su sentimiento
En que sienta lo que siente:
Huélgome de verte así.
Llama esos mozos, que quiero
Que entienda este caballero
Que soy algo o que lo fuí.

Sancho. Pienso que mis dos señores
Vienen, y vendrán con ellos.
Deje Elvira los cabellos
Y reciba sus favores.

Salen Don Tello y criados; Juana, Leonor y villanos.

D. Tell. ¿Dónde fué mi hermana?

Juana. Entró
Por la novia.

Sancho. Señor mío.

D. Tell. Sancho.

Sancho. Fuera desvarío
Querer daros gracias yo,
Con mi rudo entendimiento,
Desta merced.

D. Tell. ¿Dónde está
Vuestro suegro?

Nuño. Donde ya
Tendrán sus años aumento
Con este inmenso favor.

D. Tell. Dadme los brazos.

Nuño. Quisiera
Que esta casa un mundo fuera,
Y vos del mundo señor.

D. Tell. ¿Cómo os llamáis vos, serrana?

Pelayo. Pelayo, señor.

D. Tell. No digo
A vos.

Pelayo. ¿No habraba conmigo?

Juana. A vuestro servicio, Juana.

D. Tell. Buena gracia.

Pelayo. Aun no lo sabe
Bien, que con un cucharón,
Si la pecilga un garzón,
Le suele pegar un cabe[113] Que le aturde los sentidos;
Que una vez, porque llegué
A la olla, los saque
Por dos meses atordidos.

D. Tell. ¿Y vos?

Pelayo. Pelayo, señor.

D. Tell. No hablo con vos.

Pelayo. Yo pensaba,
Señor, que conmigo habraba.

D. Tell. ¿Cómo os llamáis?

Leonor. Yo, Leonor.

Pelayo. ¡Cómo pescuda por ellas,[114] Y por los zagales no!
Pelayo, señor, soy yo.

D. Tell. ¿Sois algo de alguna dellas?

Pelayo. Sí, señor, el porquerizo.

D. Tell. Marido, digo, o hermano.

Nuño. ¡Qué necio estás!

Sancho. ¡Qué villano!

Pelayo. Así mi madre me hizo.

Sancho. La novia y madrina vienen.

Salen Feliciana y Elvira.

Felic. Hermano, hacedles favores,
Y dichosos los señores
Que tales vasallos tienen.

D. Tell. Por Dios, que tenéis razón.
¡Hermosa moza!

Felic. Y gallarda.

Elvira. La vergüenza me acobarda
Como primera ocasión.
Nunca vi vuestra grandeza.

Nuño. Siéntense sus señorías:[115] Las sillas son como mías.

D. Tell. No he visto mayor belleza.
¡Qué divina perfección!
Corta ha sido su alabanza.
¡Dichosa aquella esperanza[116] Que espera tal posesión!

Felic. Dad licencia que se siente
Sancho.

D. Tell. Sentaos.

Sancho. No, señor.

D. Tell. Sentaos.

Sancho. Yo tanto favor,
Y mi señora presente.

Felic. Junto a la novia os sentad;
No hay quien el puesto os empida.

D. Tell. No esperé ver en mi vida
Tan peregrina beldad.

Pelayo. Y yo, ¿adónde he de sentarme?

Nuño. Allá en la caballeriza
Tú la fiesta solenniza.

D. Tell. ¡Por Dios que siento abrasarme!—
¿Cómo la novia se llama?

Pelayo. Pelayo, señor.

Nuño. ¿No quieres
Callar? Habla a las mujeres,
Y cuéntaste tú por dama.
Elvira es, señor, su nombre.

D. Tell. Por Dios que es hermosa Elvira,
Y digna, aunque serlo admira,
De novio tan gentilhombre.

Nuño. Zagalas, regocijad
La boda.

D. Tell. ¡Rara hermosura!

Nuño. En tanto que viene el cura,
A vuestra usanza bailad.

Juana. El cura ha venido ya.

D. Tell. Pues decid que no entre el cura.—
Que tan divina hermosura
Robándome el alma está.

Sancho. ¿Por qué, señor?

D. Tell. Porque quiero,
Después que os he conocido,
Honraros más.

Sancho. Yo no pido
Más honras, ni las espero,
Que casarme con mi Elvira.

D. Tell. Mañana será mejor.

Sancho. No me dilates, señor,
Tanto bien; mis ansias mira,
Y que desde aquí a mañana
Puede un pequeño accidente
Quitarme el bien que presente
La posesión tiene llana.
Si sabios dicen verdades,
Bien dijo aquel que decía
Que era el sol el que traía
Al mundo las novedades.
¿Qué sé yo lo que traerá
Del otro mundo mañana?

D. Tell. ¡Qué condición tan villana!
¡Qué puesto en su gusto está![117] Quiérole honrar y hacer fiesta,
Y el muy necio, hermana mía,
En tu presencia porfía
Con voluntad poco honesta.—
Llévala, Nuño, y descansa
Esta noche.

Nuño. Haré tu gusto.

Vanse Tello, Feliciana y Celio.

Esto no parece justo.
¿De qué don Tello se cansa?

Elvira. Yo no quiero responder
Por no mostrar liviandad.

Nuño. No entiendo su voluntad
Ni lo que pretende hacer:
Es señor. Ya me ha pesado
De que haya venido aquí.

Vase.

Sancho. Harto más me pesa a mí,
Aunque lo he disimulado.

Pelayo. ¿No hay boda esta noche?

Juana. No.

Pelayo. ¿Por qué?

Juana. No quiere don Tello.

Pelayo. Pues don Tello, ¿puede hacello?

Juana. Claro está, pues lo mandó.

Vase.

Pelayo. Pues antes que entrase el cura
Mos ha puesto impedimento.[118]

Vase.

Sancho. Oye, Elvira.

Elvira. ¡Ay, Sancho! Siento
Que tengo poca ventura.

Sancho. ¿Qué quiere el señor hacer,
Que a mañana lo difiere?

Elvira. Yo no entiendo lo que quiere,
Pero debe de querer.

Sancho. ¿Es posible que me quita
Esta noche? ¡ay, bellos ojos!
¡Tuviesen paz los enojos[119] Que airado me solicita!

Elvira. Ya eres, Sancho, mi marido:
Ven esta noche a mi puerta.

Sancho. ¿Tendrásla, mi bien, abierta?

Elvira. ¡Pues no!

Sancho. Mi remedio ha sido;
Que si no, yo me matara.

Elvira. También me matara yo.

Sancho. El cura llegó y no entró.

Elvira. No quiso que el cura entrara.

Sancho. Pero si te persuades
A abrirme, será mejor;
Que no es mal cura el amor
Para sanar voluntades.

Vanse, y salen don Tello y criados con mascarillas.

D. Tell. Muy bien me habéis entendido.

Celio. Para entenderte, no creo
Que es menester, gran señor,
Muy sutil entendimiento.

D. Tell. Entrad, pues, que estarán solos
La hermosa Elvira y el viejo.

Celio. Toda la gente se fué
Con notable descontento
De ver dilatar la boda.

D. Tell. Yo tomé, Celio, el consejo
Primero que amor me dió,
Que era infamia de mis celos
Dejar gozar a un villano
La hermosura que deseo.
Después que della me canse,
Podrá ese rústico necio
Casarse; que yo daré
Ganado, hacienda y dinero
Con que viva, que es arbitrio
De muchos, como lo vemos
En el mundo. Finalmente,
Yo soy poderoso, y quiero,
Pues este hombre no es casado,
Valerme de lo que puedo.
Las máscaras os poned.

Celio. ¿Llamaremos?

D. Tell. Sí.

Llaman, y sale Elvira al paño.

Criado. Ya abrieron.

Elvira. Entra, Sancho de mi vida.

Celio. ¿Elvira?

Elvira. Sí.

Criado. ¡Buen encuentro!

Llévanla.

Elvira. ¿No eres tú, Sancho? ¡Ay de mí!
¡Padre! ¡Señor! ¡Nuño! ¡Cielos!
¡Que me roban, que me llevan!

D. Tell. Caminad ya.

Dentro.

Nuño. ¿Qué es aquesto?

Elvira. ¡Padre!

D. Tell. Tápala esa boca.

Nuño. ¡Hija, ya te oigo y te veo!
Pero mis caducos años
Y mi desmayado esfuerzo,
¿Qué podrán contra la fuerza
De un poderoso mancebo,
Que ya presumo quién es?

Salen Sancho y Pelayo, de noche.

Sancho. Voces parece que siento
En el valle, hacia la casa
Del señor.

Pelayo. Habremos quedo:[120] No mos sientan los criados.

Sancho. Advierte que estando dentro
No te has de dormir.

Pelayo. No haré.[121] Que ya me conoce el sueño.

Sancho. Yo saldré cuando del alba
Pida albricias el lucero;
Mas no me las pida a mí,
Si me ha de quitar mi cielo.

Pelayo. ¿Sabes qué pareceré
Mientras estás allá dentro?
Mula de doctor, que está
Tascando a la puerta el freno.

Sancho. Llamemos.

Pelayo. Apostaré
Que está por el agujero
De la llave Elvira atenta.

Sancho. Llego, y llamo.

Sale Nuño.

Nuño. Pierdo el seso.

Sancho. ¿Quién va?

Nuño. Un hombre.

Sancho. ¿Es Nuño?

Nuño. ¿Es Sancho?

Sancho. Pues ¡tú en la calle! ¿Qué es esto?

Nuño. ¿Qué es esto, dices?

Sancho. Pues bien,
¿Qué ha sucedido?, que temo[122] Algún mal.

Nuño. Y aun el mayor;
Que alguno ya fuera menos.

Sancho. ¿Cómo?

Nuño. Un escuadrón de armados
Aquestas puertas rompieron,
Y se han llevado...

Sancho. No más,
Que aquí dió fin mi deseo.

Nuño. Reconocer con la luna
Los quise, mas no me dieron
Lugar a que los mirase,
Porque luego se cubrieron
Con mascarillas las caras,
Y no pude conocerlos.

Sancho. ¿Para qué, Nuño? ¿Qué importa?
Criados son de don Tello,
A quien me mandaste hablar:
¡Mal haya, amén, el consejo!
En este valle hay diez casas,
Y todas diez de pecheros,
Que se juntan a esta ermita:
No ha de ser ninguno dellos.
Claro está que es el señor,
Que la ha llevado a su pueblo;
Que el no me dejar casar[123] Es el indicio mas cierto.
Pues ¡es verdad que hallaré
Justicia fuera del cielo,
Siendo un hombre poderoso
Y el más rico deste reino!
¡Vive Dios que estoy por ir
A morir, que no sospecho
Que a otra cosa!

Nuño. Espera, Sancho.

Pelayo. ¡Voto al soto!, que si encuentro
Sus cochinos en el prado,
Que aunque haya guarda con ellos,
Que los he de apedrear.

Nuño. Hijo, de tu entendimiento
Procura valerte ahora.

Sancho. Padre y señor, ¿cómo puedo?
Tú me aconsejaste el daño,
Aconséjame el remedio.

Nuño. Vamos a hablar al señor
Mañana; que yo sospecho
Que, como fué mocedad,
Ya tendrá repentimiento.
Yo fío, Sancho, de Elvira,
Que no haya fuerza ni ruegos
Que la puedan conquistar.

Sancho. Yo lo conozco y lo creo.
¡Ay, que me muero de amor!
¡Ay, que me abraso de celos!
¿A cuál hombre ha sucedido
Tan lastimoso suceso?
¡Que trujese yo a mi casa
El fiero león sangriento
Que mi cándida cordera
Me robara! ¿Estaba ciego?
Sí estaba; que no entran bien
Poderosos caballeros
En las casas de los pobres
Que tienen ricos empleos.[124] Paréceme que su rostro
Lleno de aljófares veo
Por las mejillas de grana,
Su honestidad defendiendo;
Paréceme que la escucho—
¡Lastimoso pensamiento!—
Y que el tirano la dice
Mal escuchados requiebros;
Paréceme que a sus ojos
Los descogidos cabellos
Haciendo están celosías
Para no ver sus deseos.
Déjame, Nuño, matar;
Que todo el sentido pierdo.
¡Ay, que me muero de amor!
¡Ay, que me abraso de celos!

Nuño. Tú eres, Sancho, bien nacido:
¿Qué es de tu valor?

Sancho. Recelo
Cosas que, de imaginallas,
Loco hasta el alma me vuelvo,
Sin poderlas remediar.
Enséñame el aposento
De Elvira.

Pelayo. Yo, mi señor,
La cocina; que me muero
De hambre; que no he cenado,
Como enojados se fueron.

Nuño. Entra, y descansa hasta el día;
Que no es bárbaro don Tello.

Sancho. ¡Ay, que me muero de amor
Y estoy rabiando de celos!
ACTO SEGUNDO

Salen don Tello y Elvira.

Elvira. ¿De qué sirve atormentarme,
Tello, con tanto rigor?
¿Tú no ves que tengo honor,
Y que es cansarte y cansarme?

D. Tell. Basta, que das en matarme
Con ser tan áspera y dura.

Elvira. Volverme, Tello, procura
A mi esposo.

D. Tell. No es tu esposo;
Ni un villano, aunque dichoso,
Digno de tanta hermosura.
Mas cuando yo Sancho fuera
Y él fuera yo, dime Elvira,
¿Cómo el rigor de tu ira
Tratarme tan mal pudiera?
Tu crueldad, ¿no considera
Que esto es amor?

Elvira. No, señor;
Que amor que pierde al honor
El respeto, es vil deseo,
Y siendo apetito feo,
No puede llamarse amor.
Amor se funda en querer
Lo que quiere quien desea;
Que amor que casto no sea,
Ni es amor ni puede ser.

D. Tell. ¿Cómo no?

Elvira. ¿Quiéreslo ver?
Anoche, Tello, me viste;
Pues tan presto me quisiste,
Que apenas consideraste
Qué fué lo que deseaste:
Que es en lo que amor consiste.
Nace amor de un gran deseo;
Luego va creciendo amor[125] Por los pasos del favor
Al fin de su mismo empleo;[126] Y en ti, según lo que veo,
No es amor, sino querer
Quitarme a mí todo el ser
Que me dió el cielo en la honra.
Tú procuras mi deshonra,
Y yo me he de defender.

D. Tell. Pues hallo en tu entendimiento,
Como en tus brazos, defensa,
Oye un argumento.

Elvira. Piensa
Que no ha de haber argumento
Que venza mi firme intento.

D. Tell. ¿Dices que no puede ser
Ver, desear y querer?

Elvira. Es verdad.

D. Tell. Pues dime, ingrata,
¿Cómo el basilisco mata
Con sólo llegar a ver?

Elvira. Ese es sólo un animal.

D. Tell. Pues ése fué tu hermosura.

Elvira. Mal pruebas lo que procura
Tu ingenio.

D. Tell. ¿Yo pruebo mal?

Elvira. El basilisco mortal
Mata teniendo intención
De matar, y es la razón
Tan clara, que mal podía
Matarte cuando te vía
Para ponerte afición.
Y no traigamos aquí
Más argumentos, señor.
Soy mujer y tengo amor:
Nada has de alcanzar de mí.

D. Tell. ¿Puédese creer que así
Responda una labradora?
Pero confiésame ahora
Que eres necia en ser discreta,
Pues viéndote tan perfeta,
Cuanto más, más enamora.
Y ¡ojalá fueras mi igual!
Mas bien ves que tu bajeza
Afrentara mi nobleza,
Y que pareciera mal
Juntar brocado y sayal.
Sabe Dios si amor me esfuerza
Que mi buen intento tuerza;
Pero ya el mundo trazó
Estas leyes, a quien yo
He de obedecer por fuerza.

Sale Feliciana.

Felic. Perdona, hermano, si soy
Más piadosa que quisieras.
Espera, ¿de qué te alteras?

D. Tell. ¡Qué necia estás!

Felic. Necia estoy;
Pero soy, Tello, mujer,
Y es terrible tu porfía.
Deja que pase algún día,[127] Que llegar, ver y vencer
No se entiende con amor,
Aunque César de amor seas.

D. Tell. ¿Es posible que tú seas
Mi hermana?

Felic. ¡Tanto rigor
Con una pobre aldeana!

Llaman.

Elvira. Señora, doleos de mi.

Felic. Tello, si hoy no dijo sí,
Podrá decirlo mañana.
Ten paciencia, que es crueldad
Que los dos no descanséis.
Descansad, y volveréis
A la batalla.

D. Tell. ¿Es piedad
Quitarme la vida a mí?

Llaman.

Felic. Calla, que estás enojado.
Elvira no te ha tratado,
Tiene vergüenza de ti.
Déjala estar unos días
Contigo en conversación,
Y conmigo, que es razón.

Elvira. Puedan las lágrimas mías
Moveros, noble señora,
A interceder por mi honor.

Llaman.

Felic. Sin esto, advierte, señor,
Que debe de haber un hora[128] Que están llamando a la puerta
Su viejo padre y su esposo,
Y que es justo y aun forzoso
Que la hallen los dos abierta;
Porque, si no entran aquí,
Dirán que tienes a Elvira.

D. Tell. Todos me mueven a ira.
Elvira, escóndete ahí,
Y entren esos dos villanos.

Elvira. ¡Gracias a Dios que me dejas
Descansar!

D. Tell. ¿De qué te quejas,
Si me has atado las manos?

Escóndese [Elvira].

Felic. ¡Hola!

Celio. Dentro. Señora.

Felic. Llamad
Esos pobres labradores.—
Trátalos bien, y no ignores
Que importa a tu calidad.

Salen Nuño y Sancho.

Nuño. Besando el suelo de tu noble casa
(Que de besar tus pies somos indinos),[129] Venimos a decirte lo que pasa,
Si bien con mal formados desatinos.
Sancho, señor, que con mi Elvira casa,
De quien los dos habíais de ser padrinos,
Viene a quejarse del mayor agravio
Que referirte puede humano labio.

Sancho. Magnánimo señor, a quien las frentes[130] Humillan estos montes coronados
De nieve, que bajando en puras fuentes,
Besan tus pies en estos verdes prados:
Por consejo de Nuño y sus parientes,
En tu valor divino confiados,
Te vine a hablar y te pedí licencia,
Y honraste mi humildad con tu presencia.
Haber estado en esta casa, creo[131] Que obligue tu valor a la venganza
De caso tan atroz, inorme y feo,
Que la nobleza de tu nombre alcanza.
Si alguna vez amor algún deseo
Trujo la posesión a tu esperanza,
Y al tiempo de gozarla la perdieras,
Considera, señor, lo que sintieras.
Yo, sólo labrador en la campaña,
Y en el gusto del alma caballero,
Y no tan enseñado a la montaña
Que alguna vez no juegue el limpio acero,
Oyendo nueva tan feroz y estraña,
No fuí, ni pude, labrador grosero;
Sentí el honor con no haberle tocado,
Que quien dijo de sí, ya era casado.[132] Salí a los campos, y a la luz que excede
A las estrellas, que miraba en vano,
A la luna veloz, que retrocede
Las aguas y las crece al Oceano,
"Dichosa, dije, tú, que no te puede
Quitar el sol ningún poder humano
Con subir cada noche donde subes,
Aunque vengan con máscaras las nubes."
Luego, volviendo a los desiertos prados,
Durmiendo con los álamos de Alcides[133] Las yedras vi con lazos apretados,
Y con los verdes pámpanos las vides.
"¡Ay!, dije, ¿cómo estáis tan descuidados?
Y tú, grosero, ¿cómo no divides,
Villano labrador, estos amores,
Cortando ramas y rompiendo flores?"
Todo duerme seguro. Finalmente,
Me robaron a mi prenda amada,
Y allí me pareció que alguna fuente
Lloró también y murmuró turbada.
Llevaba yo, ¡cuán lejos de valiente!
Con rota vaina una mohosa espada;
Llegué al árbol más alto, y a reveses[134] Y tajos igualé sus blancas mieses.[135] No porque el árbol me robase a Elvira,
Mas porque fué tan alto y arrogante,
Que a los demás como a pequeños mira:
Tal es la fuerza de un feroz gigante.
Dicen en el lugar (pero es mentira
Siendo quien eres tú) que, ciego amante
De mi mujer, autor del robo fuiste,
Y que en tu misma casa la escondiste.
"¡Villanos, dije yo, tened respeto:
Don Tello, mi señor, es gloria y honra
De la casa de Neira, y en efeto,
Es mi padrino y quien mis bodas honra."
Con esto, tú piadoso, tú discreto,
No sufrirás la tuya y mi deshonra;
Antes harás volver, la espada en puño,[136] A Sancho su mujer, su hija a Nuño.

D. Tell. Pésame gravemente, Sancho amigo.
De tal atrevimiento, y en mi tierra
No quedará el villano sin castigo
Que la ha robado y en su casa encierra.
Solicita tú y sabe qué enemigo,
Con loco amor, con encubierta guerra
Nos ofende a los dos con tal malicia;
Que si se sabe, yo te haré justicia.
Y a los villanos que de mí murmuran
Haré azotar por tal atrevimiento.
Idos con Dios.

Sancho. Mis celos se aventuran.

Nuño. Sancho, tente, por Dios.

Sancho. Mi muerte intento.

D. Tell. Sabedme por allá los que procuran
Mi deshonor.

Sancho. ¡Estraño pensamiento!

D. Tell. Yo no sé dónde está, porque, a sabello,
Os la diera, por vida de don Tello.

Sale Elvira, y pónese en medio don Tello.

Elvira. Sí sabe, esposo, que aquí[137] Me tiene Tello escondida.

Sancho. ¡Esposa, mi bien, mi vida!

D. Tell. ¿Esto has hecho contra mí?

Sancho. ¡Ay, cuál estuve por ti!

Nuño. ¡Ay, hija, cuál me has tenido!
El juicio tuve perdido.

D. Tell. ¡Teneos, apartaos, villanos!

Sancho. Déjame tocar sus manos,
Mira que soy su marido.

D. Tell. ¡Celio, Julio! ¡Hola! Criados,
Estos villanos matad.

Felic. Hermano, con más piedad,
Mira que no son culpados.

D. Tell. Cuando estuvieran casados,[138] Fuera mucho atrevimiento.
¡Matadlos!

Sancho. Yo soy contento
De morir y no vivir,
Aunque es tan fuerte el morir.

Elvira. Ni vida ni muerte siento.

Sancho. Escucha, Elvira, mi bien:
Yo me dejaré matar.

Elvira. Yo ya me sabré guardar
Aunque mil muertes me den.

D. Tell. ¿Es posible que se estén
Requebrando? ¿Hay tal rigor?
¡Ah, Celio, Julio!

Salen Celio y Julio.

Julio. Señor.

D. Tell. ¡Matadlos a palos!

Celio. ¡Mueran!

Echanlos a palos.

D. Tell. En vano remedio esperan
Tus quejas de mi furor.
Ya pensamiento tenía
De volverte, y tan airado
Estoy en ver que has hablado
Con tan notable osadía,
Que por fuerza has de ser mía,
O no he de ser yo quien fuí.

Felic. Hermano, que estoy aquí.

D. Tell. He de forzalla o matalla.

Felic. ¿Cómo es posible libralla
De un hombre fuera de sí?

Vanse.

Salen Celio y Julio tras Sancho y Nuño.

Julio. Ansí pagan los villanos
Tan grandes atrevimientos.

Celio. ¡Salgan fuera de palacio!

Los dos. ¡Salgan!

Vanse.

Sancho. Matadme, escuderos.
¡No tuviera yo una espada!

Nuño. Hijo, mira que sospecho,
Que este hombre te ha de matar,
Atrevido y descompuesto.

Sancho. Pues ¿será bueno vivir?

Nuño. Mucho se alcanza viviendo.

Sancho. Vive Dios, de no quitarme[139] De los umbrales que veo,
Aunque me maten; que vida
Sin Elvira no la quiero.

Nuño. Vive, y pedirás justicia;
Que rey tienen estos reinos,
O en grado de apelación
La podrás pedir al cielo.

Sale Pelayo.

Pelayo. Aquí están.

Sancho. ¿Quién es?

Pelayo. Pelayo,
Todo lleno de contento,
Que os viene a pedir albricias.

Sancho. ¿Cómo albricias a este tiempo?

Pelayo. Albricias, digo.

Sancho. ¿De qué,
Pelayo, cuando estoy muerto,
Y Nuño espirando?

Pelayo. ¡Albricias!

Nuño. ¿No conoces a este necio?

Pelayo. Elvira pareció ya.

Sancho. ¡Ay, padre! ¿Si la habrán vuelto?
¿Qué dices, Pelayo mío?

Pelayo. Señor, dice todo el puebro
Que desde anoche a las doce
Está en casa de don Tello.

Sancho. ¡Maldito seas! Amén.

Pelayo. Y que tienen por muy cierto
Que no la quiere volver.

Nuño. Hijo, vamos al remedio:
El rey de Castilla, Alfonso,
Por sus valerosos hechos,
Reside agora en León;
Pues es recto y justiciero,[140] Parte allá y informarásle
Deste agravio; que sospecho
Que nos ha de hacer justicia.

Sancho. ¡Ay, Nuño! Tengo por cierto
Que el rey de Castilla, Alfonso,
Es un príncipe perfeto;
Mas ¿por dónde quieres que éntre
Un labrador tan grosero?
¿Qué corredor de palacio
Osará mi atrevimiento
Pisar? ¿Qué portero, Nuño,
Permitirá que éntre dentro?
Allí, a la tela, al brocado,
Al grave acompañamiento
Abren las puertas, si tienen
Razón, que yo lo confieso;
Pero a la probreza, Nuño,
Sólo dejan los porteros
Que miren las puertas y armas,
Y esto ha de ser desde lejos.
Iré a León y entraré
En Palacio, y verás luego
Cómo imprimen en mis hombros
De las cuchillas los cuentos.
Pues andar con memoriales
Que tome el Rey ¡santo y bueno!
Haz cuenta que de sus manos
En el olvido cayeron.
Volveréme habiendo visto
Las damas y caballeros,
La iglesia, el palacio, el parque,
Los edificios, y pienso
Que traeré de allá mal gusto
Para vivir entre tejos,
Robles y encinas, adonde
Canta el ave y ladra el perro.
No, Nuño, no aciertas bien.

Nuño. Sancho, yo sé bien si acierto.
Vé a hablar al rey Alfonso;
Que si aquí te quedas, pienso
Que te han de quitar la vida.

Sancho. Pues eso, Nuño, deseo.

Nuño. Yo tengo un rocín castaño,
Que apostará con el viento
Sus crines contra sus alas,
Sus clavos contra su freno;
Parte en él y irá Pelayo
En aquel pequeño overo
Que suele llevar al campo.

Sancho. Por tu gusto te obedezco.
Pelayo, ¿irás tú conmigo
A la corte?

Pelayo. Y tan contento
De ver lo que nunca he visto,
Sancho, que los pies te beso.
Dícenme acá de la corte
Que con huevos y torreznos
Empiedran todas las calles
Y tratan los forasteros
Como si fueran de Italia,
De Flandes o de Marruecos.[141] Dicen que es una talega
Donde junta los trebejos[142] Para jugar la fortuna,
Tantos blancos como negros.
Vamos, por Dios, a la corte.[143]

Sancho. Padre, adiós; partirme quiero.
Echame tu bendición.

Nuño. Hijo, pues eres discreto,
Habla con ánimo al Rey.

Sancho. Tú sabrás mi atrevimiento.
Partamos.

Nuño. ¡Adiós, mi Sancho!

Sancho. ¡Adiós, Elvira!

Pelayo. ¡Adiós, puercos!

Vanse y salen Tello y Feliciana.

D. Tell. ¡Que no pueda conquistar
Desta mujer la belleza!

Felic. Tello, no hay que porfiar,
Porque es tanta su tristeza
Que no deja de llorar.
Si en esa torre la tienes,
¿Es posible que no vienes
A considerar mejor
Que, aunque te tuviera amor,
Te había de dar desdenes?
Si la tratas con crueldad,
¿Cómo ha de quererte bien?
Advierte que es necedad
Tratar con rigor a quien
Se llega a pedir piedad.

D. Tell. ¡Que sea tan desgraciado
Que me vea despreciado,
Siendo aquí el más poderoso,
El más rico y dadivoso!

Felic. No te dé tanto cuidado,
Ni estés por una villana
Tan perdido.

D. Tell. ¡Ay, Feliciana,
Que no sabes qué es amor,
Ni has probado su rigor!

Felic. Ten paciencia hasta mañana,
Que yo la tengo de hablar,
A ver si puedo ablandar
Esta mujer.

D. Tell. Considera
Que no es mujer, sino fiera,
Pues me hace tanto penar.
Prométela plata y oro,
Joyas y cuanto quisieres;
Di que la daré un tesoro;
Que a dádivas las mujeres
Suelen guardar más decoro;
Di que la regalaré,
Y dile que la daré
Un vestido tan galán,
Que gaste el oro a Milán
Desde su cabello al pie;
Que si remedia mi mal
La daré hacienda y ganado,
Y que si fuera mi igual
Que ya me hubiera casado.[144]

Felic. ¿Posible es que diga tal?

D. Tell. Sí, hermana, que estoy de suerte,
Que me tengo de dar muerte
O la tengo de gozar,
Y de una vez acabar
Con dolor tan grave y fuerte.

Felic. Voy a hablarla, aunque es en vano.

D. Tell. ¿Por qué?

Felic. Porque una mujer
Que es honrada, es caso llano
Que no la podrá vencer
Ningún interés humano.

D. Tell. Ve presto, y da a mi esperanza
Algún alivio. Si alcanza
Mi fe lo que ha pretendido,
El amor que le he tenido
Se ha de trocar en venganza.

Vanse.

Sale el Rey y el Conde y Don Enrique
y acompañamiento.

Rey. Mientras que se apercibe
Mi partida a Toledo y me responde
El de Aragón, que vive[145] Ahora en Zaragoza, sabed, Conde,[146] Si están ya despachados
Todos los pretendientes y soldados;
Y mirad si hay alguno
También que quiera hablarme.

Conde. No ha quedado.
Por despachar ninguno.

D. Enr. Un labrador gallego he visto echado
A esta puerta, y bien triste.

Rey. Pues ¿quién a ningún pobre la resiste?
Id, Enrique de Lara,
Y traedle vos mismo a mi presencia.

Vase Enrique.

Conde. ¡Virtud heroica y rara!
Compasiva piedad, suma clemencia!
¡Oh ejemplo de los reyes,
Divina observación de santas leyes!

Salen Enrique, Sancho y Pelayo.

D. Enr. Dejad las azagayas.

Sancho. A la pared, Pelayo, las arrima.

Pelayo. Con pie derecho vayas.

Sancho. ¿Cuál es el Rey, señor?

D. Enr. Aquel que arrima,
La mano agora al pecho.

Sancho. Bien puede, de sus obras satisfecho.
Pelayo, no te asombres.

Pelayo. Mucho tienen los reyes del invierno
Que hacen temblar los hombres.

Sancho. Señor...

Rey. Habla, sosiega.

Sancho. Que el gobierno
De España agora tienes...

Rey. Dime, quién eres y de dónde vienes.

Sancho. Dame a besar tu mano,
Porque ennobleza mi grosera boca,
Príncipe soberano;
Que si mis labios, aunque indignos, toca,
Yo quedaré discreto.

Rey. ¿Con lágrimas la bañas? ¿A qué efeto?

Sancho. Mal hicieron mis ojos,
Pues propuso la boca su querella
Y quieren darla enojos,
Para que, puesta vuestra mano en ella,
Diera justo castigo
A un hombre poderoso, mi enemigo.

Rey. Esfuérzate y no llores,
Que aunque en mí la piedad es muy propicia,
Para que no lo ignores,
También doy atributo a la justicia.
Di quién te hizo agravio;
Que quien al pobre ofende, nunca es sabio.

Sancho. Son niños los agravios
Y son padres los reyes: no te espantes
Que hagan con los labios,
En viéndolos, pucheros semejantes.

Rey. Discreto me parece:
Primero que se queja me enternece.

Sancho. Señor, yo soy hidalgo,
Si bien pobre en mudanzas de fortuna,
Porque con ellas salgo
Desde el calor de mi primera cuna.
Con este pensamiento,
Quise mi igual en justo casamiento.
Mas como siempre yerra
Quien de su justa obligación se olvida,
Al señor desta tierra,
Que don Tello de Neira se apellida,
Con más llaneza que arte,
Pidiendole licencia, le di parte.
Liberal la concede,
Y en las bodas me sirve de padrino;
Mas el amor, que puede
Obligar al más cuerdo a un desatino,
Le ciega y enamora,
Señor, de mi querida labradora.
No deja desposarme,
Y aquella noche, con armada gente,
La roba, sin dejarme
Vida que viva, protección que intente,
Fuera de vos y el cielo,
A cuyo tribunal sagrado apelo.
Que habiéndola pedido
Con lágrimas su padre y yo, tan fiero,
Señor, ha respondido,
Que vieron nuestros pechos el acero;
Y siendo hidalgos nobles,
Las ramas, las entrañas de los robles.[147]

Rey. Conde.

Conde. Señor.

Rey. Al punto.
Tinta y papel. Llegadme aquí una silla.

Sacan un bufete y recado de escribir, y siéntase el
Rey a escribir.

Conde. Aquí está todo junto.

Sancho. Su gran valor espanta y maravilla.
Al Rey hablé, Pelayo.

Pelayo. El es hombre de bien, ¡voto a mi sayo!

Sancho. ¿Qué entrañas hay crueles
Para el pobre?

Pelayo. Los reyes castellanos
Deben de ser ángeles.

Sancho.[148] ¿Vestidos no los ves como hombres llanos?

Pelayo. De otra manera había
Un rey que Tello en un tapiz tenía:
La cara abigarrara,[149] Y la calza caída en media pierna,
Y en la mano una vara,
Y un tocado a manera de linterna,
Con su corona de oro,
Y un barbuquejo, como turco o moro.
Yo preguntéle a un paje
Quién era aquel señor de tanta fama,
Que me admiraba el traje;
Y respondióme: "El rey Baúl se llama."

Sancho. ¡Necio! Saúl diría.

Pelayo. Baúl cuando al Badil matar quería.[150]

Sancho. David, su yerno era.

Pelayo. Sí; que en la igreja predicaba el cura
Que le dió en la mollera
Con una de Moisén lágrima dura[151] A un gigante que olía.

Sancho. Golías, bestia.

Pelayo. El cura lo decía.

Acaba el Rey de escribir.

Rey. Conde, esa carta cerrad.
¿Cómo es tu nombre, buen hombre?

Sancho. Sancho, señor, es mi nombre,
Que a los pies de tu piedad
Pido justicia de quien,
En su poder confiado,
A mi mujer me ha quitado,
Y me quitara también
La vida, si no me huyera.

Rey. ¿Que es hombre tan poderoso
En Galicia?

Sancho. Es tan famoso,
Que desde aquella ribera
Hasta la romana torre
De Hércules es respetado;[152] Si está con un hombre airado,
Sólo el cielo le socorre.
El pone y él quita leyes:
Que estas son las condiciones
De soberbios infanzones
Que están lejos de los reyes.

Conde. La carta está ya cerrada.

Rey. Sobreescribidla a don Tello
De Neira.

Sancho. Del mismo cuello
Me quitas, señor, la espada.

Rey. Esa carta le darás,
Con que te dará tu esposa.

Sancho. De tu mano generosa,
¿Hay favor que llegue a más?

Rey. ¿Veniste a pie?

Sancho. No, señor;
Que en dos rocines venimos
Pelayo y yo.

Pelayo. Y los cortimos[153] Como el viento, y aun mijor.
Verdad es que tiene el mío
Unas mañas no muy buenas:
Déjase subir apenas,
Echase en arena o río,
Corre como un maldiciente,
Come más que un estudiante,
Y en viendo un mesón delante,
O se entra o se para enfrente.

Rey. Buen hombre sois.

Pelayo. Soy, en fin,
Quien por vos su patria deja.

Rey. ¿Tenéis vos alguna queja?

Pelayo. Sí, señor, deste rocín.

Rey. Digo que os cause cuidado.

Pelayo. Hambre tengo: si hay cocina
Por acá...

Rey. ¿Nada os inclina
De cuanto aquí veis colgado,
Que a vuestra casa llevéis?

Pelayo. No hay allá donde ponello:
Enviádselo a don Tello,
Que tien desto cuatro u seis.

Rey. ¡Qué gracioso labrador!
¿Qué sois allá en vuestra tierra?

Pelayo. Señor, ando por la sierra,
Cochero soy del señor.

Rey. ¿Coches hay allá?

Pelayo. Que no;
Soy que guardo los cochinos.

Rey. ¡Qué dos hombres peregrinos
Aquella tierra juntó!
Aquél con tal condición,
Y éste con tanta ignorancia.
Tomad vos.

Danle un bolsillo.

Pelayo. No es de importancia.

Rey. Tomadlos, doblones son.
Y vos la carta tomad,
Y id en buen hora.

Sancho. Los cielos
Te guarden.

Vase el Rey y los caballeros.

Pelayo. ¡Hola! Tomélos.

Sancho. ¿Dineros?

Pelayo. Y en cantidad.

Sancho. ¡Ay, mi Elvira! Mi ventura
Se cifra en este papel,
Que pienso que llevo en él
Libranza de tu hermosura.

Vanse, y sale don Tello y Celio.

Celio. Como me mandaste, fuí
A saber de aquel villano,
Y aunque lo negaba Nuño,
Me lo dijo amenazado:
No está en el valle, que ha días
Que anda ausente.

D. Tell. ¡Estraño caso!
Dice que es ido a León.

D. Tell. ¿A León?

Celio. Y que Pelayo
Le acompañaba.

D. Tell. ¿A qué efeto?

Celio. A hablar al Rey.

D. Tell. ¿En qué caso?
El no es de Elvira marido:
Yo ¿por qué le hago agravio?[154] Cuando se quejara Nuño,
Estuviera disculpado;
Pero ¡Sancho!

Celio. Esto me han dicho
Pastores de tus ganados;
Y como el mozo es discreto
Y tiene amor, no me espanto,
Señor, que se haya atrevido.

D. Tell. Y ¿no habrá más de en llegando
Hablar a un rey de Castilla?

Celio. Como Alfonso se ha criado
En Galicia con el conde[155] Don Pedro de Andrada y Castro,
No le negará la puerta,
Por más que sea hombre bajo,
A ningún gallego.

Llaman.

D. Tell. Celio,
Mira quién está llamando.
¿No hay pajes en esta sala?

Celio. ¡Vive Dios, señor, que es Sancho!
Este mismo labrador
De quien estamos hablando.

D. Tell. ¿Hay mayor atrevimiento?

Celio. Así vivas muchos años,
Que veas lo que te quiere.

D. Tell. Di que entre, que aquí le aguardo.

Entran [Sancho y Pelayo].

Sancho. Dame, gran señor, los pies.

D. Tell. ¿Adónde, Sancho, has estado,
Que ha días que no te he visto?

Sancho. A mí me parecen años.
Señor, viendo que tenías,
Sea porfía en que has dado,
O sea amor a mi Elvira,
Fuí hâblar al rey castellano,[156] Como supremo juez
Para deshacer agravios.

D. Tell. Pues ¿qué dijiste de mí?

Sancho. Que habiéndome yo casado,
Me quitaste mi mujer.

D. Tell. ¿Tu mujer? ¡Mientes, villano!
¿Entró el cura aquella noche?

Sancho. No, señor; pero de entrambos
Sabía las voluntades.

D. Tell. Si nunca os tomó las manos,
¿Cómo puede ser que sea
Matrimonio?

Sancho. Yo no trato
De si es matrimonio o no;
Aquesta carta me ha dado,
Toda escrita de su letra.[157]

D. Tell. De cólera estoy temblando.

[Lee.]

"En recibiendo ésta, daréis a ese pobre labrador
la mujer que le habéis quitado, sin réplica ninguna;
y advertid que los buenos vasallos se conocen
lejos de los reyes, y que los reyes nunca están lejos
para castigar los malos.—El Rey."

Hombre, ¿qué has traído aquí?

Sancho. Señor, esa carta traigo
Que me dió el Rey.

D. Tell. ¡Vive Dios,
Que de mi piedad me espanto!
¿Piensas, villano, que temo
Tu atrevimiento en mi daño?
¿Sabes quién soy?

Sancho. Sí, señor;
Y en tu valor confiado
Traigo esta carta, que fué,
No, cual piensas, en tu agravio,
Sino carta de favor
Del señor rey castellano
Para que me des mi esposa.

D. Tell. Advierte que, respetando
La carta, a ti y al que viene
Contigo...

Pelayo. ¡San Blas! ¡San Pablo!

D. Tell. No os cuelgo de dos almenas.

Pelayo. Sin ser día de mi santo,
Es muy bellaca señal.

D. Tell. Salid luego de palacio,
Y no paréis en mi tierra;
Que os haré matar a palos.
Pícaros, villanos, gente
De solar humilde y bajo,
¡Conmigo!...

Pelayo. Tiene razón;
Que es mal hecho haberle dado
Ahora esa pesadumbre.

D. Tell. Villanos, si os he quitado
Esa mujer, soy quien soy,
Y aquí reino en lo que mando,
Como el Rey en su Castilla;
Que no deben mis pasados
A los suyos esta tierra;
Que a los moros la ganaron.

Pelayo. Ganáronsela a los moros,
Y también a los cristianos,
Y no debe nada al Rey.

D. Tell. Yo soy quien soy...

Pelayo. ¡San Macario!
¡qué es aquesto!

D. Tell. Si no tomo
Venganza con propias manos...
¡Dar a Elvira! ¡Qué es a Elvira!
¡Matadlos!... Pero dejadlos;
Que en villanos es afrenta
Manchar el acero hidalgo.

Vase.

Pelayo. No le manche, por su vida.

Sancho. ¿Qué te parece?

Pelayo. Que estamos
Desterrados de Galicia.

Sancho. Pierdo el seso, imaginando
Que éste no obedezca al Rey
Por tener cuatro vasallos.
Pues ¡vive Dios!...

Pelayo. Sancho, tente;
Que siempre es consejo sabio,
Ni pleitos con poderosos,
Ni amistades con criados.

Sancho. Volvámonos a León.

Pelayo. Aquí los doblones traigo
Que me dió el Rey; vamos luego.

Sancho. Diréle lo que ha pasado.
¡Ay, mi Elvira! ¡Quién te viera!
Salid, suspiros, y en tanto
Que vuelvo, decid que muero
De amores.

Pelayo. Camina, Sancho;
Que éste no ha gozado a Elvira.

Sancho. ¿De qué lo sabes, Pelayo?

Pelayo. De que nos la hubiera vuelto
Cuando la hubiera gozado.

Vanse.
ACTO TERCERO

Sale el Rey y el Conde y don Enrique.

Rey. El cielo sabe, Conde, cuánto estimo
Las amistades de mi madre.[158]

Conde. Estimo
Esas razones, gran señor; que en todo
Muestras valor, divino y soberano.

Rey. Mi madre gravemente me ha ofendido;[159] Mas considero que mi madre ha sido.[160]

Salen Sancho y Pelayo.

Pelayo. Digo que puedes llegar.

Sancho. Ya, Pelayo, viendo estoy
A quien toda el alma doy,
Que no tengo más que dar:
Aquel castellano sol,
Aquel piadoso Trajano,
Aquel Alcides cristiano
Y aquel César español.

Pelayo. Yo, que no entiendo de historias,[161] De Kyries, son de marranos,
Estó mirando en sus manos
Más que tien rayas, vitorias.
Llega y a sus pies te humilla;
Besa aquella huerte mano.[162]

Sancho. Emperador soberano,
Invicto Rey de Castilla,
Déjame besar el suelo
De tus pies, que por almohada
Han de tener a Granada
Presto, con favor del cielo,
Y por alfombra a Sevilla,
Sirviéndoles de colores
Las naves y varias flores
De su siempre hermosa orilla.
¿Conócesme?

Rey. Pienso que eres
Un gallego labrador
Que aquí me pidió favor.

Sancho. Yo soy, señor.

Rey. No te alteres.

Sancho. Señor, mucho me ha pesado
De volver tan atrevido
A darte enojos; no ha sido
Posible haberlo escusado.
Pero si yo soy villano
En la porfía, señor,
Tú serás emperador,
Tú serás César romano,
Para perdonar a quien
Pide a tu clemencia real
Justicia.

Rey. Dime tu mal,
Y advierte que te oigo bien;
Porque el pobre para mi
Tiene cartas de favor.

Sancho. La tuya, invicto señor,
A Tello en Galicia dí,
Para que, como era justo,
Me diese mi prenda amada.
Leída y no respetada,
Causóle mortal disgusto;
Y no sólo no volvió,
Señor, la prenda que digo,
Pero con nuevo castigo
El porte della me dió;
Que a mí y a este labrador
Nos trataron de tal suerte
Que fué escapar de la muerte
Dicha y milagro, señor.
Hice algunas diligencias
Por no volver a cansarte,
Pero ninguna fué parte
A mover sus resistencias.
Hablóle el cura, que allí
Tiene mucha autoridad,
Y un santo y bendito abad
Que tuvo piedad de mí,
Y en San Pelayo de Samos[163] Reside; pero mover
Su pecho no pudo ser,
Ni todos juntos bastamos.
No me dejó que la viera,
Que aun eso me consolara;
Y así, vine a ver tu cara,
Y a que justicia me hiciera
La imagen de Dios, que en ella
Resplandece, pues la imita.

Rey. Carta de mi mano escrita...
¿Mas qué debió de rompella?[164]

Sancho. Aunque por moverte a ira
Dijera de sí algún sabio,[165] No quiera Dios que mi agravio
Te indigne con la mentira.
Leyóla y no la rompió;
Mas miento, que fué rompella
Leella y no hacer por ella
Lo que su Rey le mandó.
En una tabla su ley
Escribió Dios: ¿no es quebrar
La tabla el no la guardar?
Así el mandato del rey.
Porque para que se crea
Que es infiel, se entiende así.
Que lo que se rompe allí,
Basta que el respeto sea.

Rey. No es posible que no tengas
Buena sangre, aunque te afligen
Trabajos, y que de origen
De nobles personas vengas,
Como muestra tu buen modo
De hablar y de proceder.
Ahora bien, yo he de poner
De una vez remedio en todo.
Conde.

Conde. Gran señor.

Rey. Enrique.

D. Enr. Señor.

Rey. Yo he de ir a Galicia,
Que me importa hacer justicia.
Y aquesto no se publique.

Conde. Señor...

Rey. ¿Qué me replicáis?
Poned del parque a las puertas
Las postas.

Conde. Pienso que abiertas
Al vulgo se las dejáis.

Rey. Pues ¿cómo lo han de saber,
Si enfermo dicen que estoy
Los de mi cámara?

D. Enr. Soy
De contrario parecer.

Rey. Esta es ya resolución:
No me repliquéis.

Conde. Pues sea
De aquí a dos días y vea
Castilla la prevención
De vuestra melancolía.

Rey. Labradores.

Sancho. Gran señor.

Rey. Ofendido del rigor,
De la violencia y porfía
De don Tello, yo en persona
Le tengo de castigar.

Sancho. ¡Vos, señor! Sería humillar
Al suelo vuestra corona.

Rey. Id delante, y prevenid
De vuestro suegro la casa,
Sin decirle lo que pasa,
Ni a hombre humano, y advertid
Que esto es pena de la vida.

Sancho. Pues ¿quién ha de hablar, señor?

Rey. Escuchad vos, labrador:
Aunque todo el mundo os pida
Que digáis quién soy, decid
Que un hidalgo castellano,
Puesta en la boca la mano
Desta manera: advertid,
Porque no habéis de quitar
De los labios los dos dedos.

Pelayo. Señor, los tendré tan quedos,
Que no osaré bostezar.
Pero su merced, mirando
Con piedad mi suficiencia,
Me ha de dar una licencia
De comer de cuando en cuando.

Rey. No se entiende que has de estar
Siempre la mano en la boca.

Sancho. Señor, mirad que no os toca
Tanto mi bajeza honrar.
Enviad, que es justa ley,
Para que haga justicia,
Algún alcalde a Galicia.

Rey. El mejor alcalde, el Rey.

Vanse todos y salen Nuño y Celio.

Nuño. En fin, ¿que podré verla?

Celio. Podréis verla
Don Tello, mi señor, licencia ha dado.

Nuño. ¿Qué importa, cuando soy tan desdichado?

Celio. No tenéis qué temer, que ella resiste
Con gallardo valor y valentía
De mujer, que es mayor cuando porfía.

Nuño. Y ¿podré yo creer que honor mantiene
Mujer que en su poder un hombre tiene?

Celio. Pues es tanta verdad, que si quisiera
Elvira que su esposo Celio fuera,
Tan seguro con ella me casara
Como si en vuestra casa la tuviera.

Nuño. ¿Cuál decís que es la reja?

Celio. Hacia esta parte
De la torre se mira una ventana,
Donde se ha de poner, como me ha dicho.

Nuño. Parece que allí veo un blanco bulto,[166] Si bien ya con la edad lo dificulto.

Celio. Llegad, que yo me voy, porque si os viere,
No me vean a mí, que lo he trazado,
De vuestro injusto amor importunado.

Vase Celio y sale Elvira.

Nuño. ¿Eres tú, mi desdichada
Hija?

Elvira. ¿Quién, sino yo, fuera?

Nuño. Ya no pensé que te viera,
No por presa y encerrada,
Sino porque deshonrada
Te juzgué siempre en mi idea;
Y es cosa tan torpe y fea
La deshonra en el honrado,
Que aun a mí, que el ser te he dado,
Me obliga a que no te vea.
¡Bien el honor heredado
De tus pasados guardaste,
Pues que tan presto quebraste
Su cristal tan estimado!
Quien tan mala cuenta ha dado
De sí, padre no me llame;
Porque hija tan infame,
Y no es mucho que esto diga,
Solamente a un padre obliga
A que su sangre derrame.

Elvira. Padre, si en desdichas tales
Y en tan continuos desvelos,
Los que han de dar los consuelos
Vienen a aumentar los males,
Los míos serán iguales
A la desdicha en que estoy,
Porque si tu hija soy
Y el ser que tengo me has dado,
Es fuerza haber heredado
La nobleza que te doy.
Verdad es que este tirano
Ha procurado vencerme;
Yo he sabido defenderme
Con un valor más que humano;
Y puedes estar ufano
De que he de perder la vida
Primero que este homicida
Llegue a triunfar de mi honor,
Aunque con tanto rigor
Aquí me tiene escondida.

Nuño. Ya del estrecho celoso,
Hija, el corazón ensancho.

Elvira. ¿Qué se ha hecho el pobre Sancho,
Que solía ser mi esposo?[167]

Nuño. Volvió a ver a aquel famoso
Alfonso, rey de Castilla.

Elvira. Luego ¿no ha estado en la villa?

Nuño. Hoy esperándole estoy.

Elvira. Y yo que le maten hoy.

Nuño. Tal crueldad me maravilla.

Elvira. Jura de hacerle pedazos.

Nuño. Sancho se sabrá guardar.

Elvira. ¡Oh, quién se pudiera echar
De aquesta torre a tus brazos!

Nuño. Desde aquí, con mil abrazos
Te quisiera recibir.

Elvira. Padre, yo me quiero ir,
Que me buscan; padre, adiós.

Nuño. No nos veremos los dos,
Que yo me voy a morir.

Vase Elvira y sale don Tello.

D. Tell. ¿Qué es esto? ¿Con quién habláis?

Nuño. Señor, a estas piedras digo
Mi dolor, y ellas conmigo
Sienten cuán mal me tratáis;
Que, aunque vos las imitáis
En dureza, mi desvelo
Huye siempre del consuelo,
Que anda a buscar mi tristeza;
Y aunque es tanta su dureza
Piedad les ha dado el cielo.

D. Tell. Aunque más forméis, villanos,
Quejas, llantos e invenciones,
La causa de mis pasiones
No ha de salir de mis manos.
Vosotros sois los tiranos,
Que no la queréis rogar
Que dé a mi intento lugar;
Que yo, que le adoro y quiero,
¿Cómo puede ser, si muero,
Que pueda a Elvira matar?
¿Qué señora presumís
Que es Elvira? ¿Es más agora
De una pobre labradora?
Todos del campo vivís;
Mas pienso que bien decís,
Mirando la sujeción
Del humano corazón,
Que no hay mayor señorío
Que pocos años y brío,
Hermosura y discreción.

Nuño. Señor, vos decís muy bien.
El cielo os guarde.

D. Tell. Sí hará,
Y a vosotros os dará
El justo pago también.

Nuño. ¡Que sufra el mundo que estén
Sus leyes en tal lugar
Que el pobre al rico ha de dar
Su honor, y decir que es justo!
Mas tiene por ley su gusto
Y poder para matar.

Vase.

D. Tell. Celio.

Sale Celio.

Celio. Señor.

D. Tell. Lleva luego.
Donde te he mandado a Elvira.

Celio. Señor, lo que intentas mira.

D. Tell. No mira quien está ciego.

Celio. Que repares bien te ruego,
Que forzalla es crueldad.

D. Tell. Tuviera de mí piedad,
Celio, y yo no la forzara.

Celio. Estimo por cosa rara
Su defensa y castidad.

D. Tell. No repliques a mi gusto,
¡Pesar de mi sufrimiento!,
Que ya es bajo pensamiento
El sufrir tanto disgusto.
Tarquino tuvo por gusto[168] No esperar tan sola un hora,
Y cuando vino la aurora
Ya cesaban sus porfías;
Pues ¿es bien que tantos días
Espere a una labradora?

Celio. Y ¿esperarás tú también
Que te den castigo igual?
Tomar ejemplo del mal
No es justo, sino del bien.

D. Tell. Mal o bien, hoy su desdén,
Celio, ha de quedar vencido.
Ya es tema, si amor ha sido;
Que aunque Elvira no es Tamar,[169] A ella le ha de pesar,
Y a mí vengarme su olvido.

Vanse, y salen Sancho, Pelayo y Juana.

Juana. Los dos seiás bien venidos.

Sancho. No sé cómo lo seremos;
Pero bien sucederá,
Juana, si lo quiere el cielo.

Pelayo. Si lo quiere el cielo, Juana,
Sucederá por lo menos...
Que habremos llegado a casa,
Y pues que tienen sus piensos
Los rocines, no es razón
Que envidia tengamos dellos.

Juana. ¿Ya nos vienes a matar?

Sancho. ¿Dónde está señor?

Juana. Yo creo
Que es ido a hablar con Elvira.

Sancho. Pues ¿déjala hablar don Tello?

Juana. Allá por una ventana
De una torre, dijo Celio.

Sancho. ¿En torre está todavía?

Pelayo. No importa, que vendrá presto
Quien le haga...

Sancho. Advierte, Pelayo...

Pelayo. Olvidéme de los dedos.

Juana. Nuño viene.

Sale Nuño.

Sancho. ¡Señor mío!

Nuño. Hijo, ¿cómo vienes?

Sancho. Vengo
Más contento a tu servicio.

Nuño. ¿De qué vienes más contento?

Sancho. Traigo un gran pesquisidor.

Pelayo. Un pesquisidor traemos
Que tiene...

Sancho. Advierte, Pelayo...

Pelayo. Olvidéme de los dedos.

Nuño. ¿Viene gran gente con él?

Sancho. Dos hombres.

Nuño. Pues yo te ruego,
Hijo, que no intentes nada,
Que será vano tu intento;
Que un poderoso en su tierra,
Con armas, gente y dinero,
O ha de torcer la justicia,
O alguna noche, durmiendo,
Matarnos en nuestra casa.

Pelayo. ¿Matar? ¡Oh, qué bueno es eso!
¿Nunca habéis jugado al triunfo?
Haced cuenta que don Tello
Ha metido la malilla;
Pues la espadilla traemos.[170]

Sancho. Pelayo, ¿tenéis juicio?

Pelayo. Olvidéme de los dedos.

Sancho. Lo que habéis de hacer, señor,
Es prevenir aposento,
Porque es hombre muy honrado.

Pelayo. Y tan honrado, que puedo
Decir...

Sancho. ¡Vive Dios, villano!

Pelayo. Olvidéme de los dedos.
Que no habraré más palabra.

Nuño. Hijo, descansa; que pienso
Que te ha de costar la vida
Tu amoroso pensamiento.

Sancho. Antes voy a ver la torre
Donde mi Elvira se ha puesto;
Que, como el sol deja sombra,
Podrá ser que de su cuerpo
Haya quedado en la reja;
Y si, como el sol traspuesto,
No la ha dejado, yo sé
Que podrá formarla luego
Mi propia imaginación.

Vanse.

Nuño. ¡Qué estraño amor!

Juana. Yo no creo
Que se haya visto en el mundo.

Nuño. Ven acá, Pelayo.

Pelayo. Tengo
Qué decir a la cocina.

Nuño. Ven acá, pues.

Pelayo. Luego vuelvo.

Nuño. Ven acá.

Pelayo. ¿Qué es lo que quiere?

Nuño. ¿Quién es este caballero
Pesquisidor que trae Sancho?

Pelayo. El pecador que traemos
Es un... ¡Dios me tenga en buenas!
Es un hombre de buen seso,
Descolorido, encendido;
Alto, pequeño de cuerpo;
La boca, por donde come;
Barbirrubio y barbinegro;
Y si no lo miré mal,
Es médico o quiere serlo,
Porque, en mandando que sangren,
Aunque sea del pescuezo...

Nuño. ¿Hay bestia como éste, Juana?

Sale Brito.

Brito. Señor Nuño, corre presto,
Porque a la puerta de casa
Se apean tres caballeros
De tres hermosos caballos,
Con lindos vestidos nuevos,
Botas, espuelas y plumas.

Nuño. ¡Válgame Dios, si son ellos!
Mas ¡pesquisidor con plumas!

Pelayo. Señor, vendrán más ligeros;
Porque la recta justicia,
Cuando no atiende a cohechos,
Tan presto al concejo vuelve,
Como sale del concejo.

Nuño. ¿Quién le ha enseñado a la bestia
Esas malicias?

Pelayo. ¿No vengo
De la corte? ¿Qué se espanta?

Vanse Brito y Juana, y salen el Rey y los
caballeros de camino y Sancho.

Sancho. Puesto que os vi desde lejos,
Os conocí.

Rey. Cuenta, Sancho,
Que aquí no han de conocernos.

Nuño. Seáis, señor, bien venido.

Rey. ¿Quién sois?

Sancho. Es Nuño, mi suegro.

Rey. Estéis en buen hora, Nuño.

Nuño. Mil veces los pies os beso.

Rey. Avisad los labradores
Que no digan a don Tello
Que viene pesquisidor.

Nuño. Cerrados pienso tenerlos
Para que ninguno salga.
Pero señor, tengo miedo
Que traigáis dos hombres solos;
Que no hay en todo este reino
Más poderoso señor,
Más rico ni más soberbio.

Rey. Nuño, la vara del rey
Hace el oficio del trueno,
Que avisa que viene el rayo;
Solo, como veis, pretendo
Hacer por el rey justicia.

Nuño. En vuestra presencia veo
Tan magnánimo valor,
Que, siendo agraviado, tiemblo.

Rey. La información quiero hacer.

Nuño. Descansad, señor, primero;
Que tiempo os sobra de hacella.

Rey. Nunca a mí me sobra tiempo.
¿Llegastes bueno, Pelayo?

Pelayo. Sí, señor, llegué muy bueno.
Sepa Vuesa Señoría...

Rey. ¿Qué os dije?

Pelayo. Póngome el freno.
¿Viene bueno su merced?

Rey. Gracias a Dios, bueno vengo.

Pelayo. A fe que he de presentalle,[171] Si salimos con el pleito,
Un puerco de su tamaño.

Sancho. ¡Calla, bestia!

Pelayo. Pues ¿qué? ¿Un puerco
Como yo, que soy chiquito?

Rey. Llamad esa gente presto.

Sale Brito, Fileno, Juana y Leonor.

Brito. ¿Qué es, señor, lo que mandáis?

Nuño. Si de los valles y cerros
Han de venir los zagales,
Esperaréis mucho tiempo.

Rey. Estos bastan que hay aquí.
¿Quién sois vos?

Brito. Yo, señor, bueno,
So Brito, un zagal del campo.[172]

Pelayo. De casado le cogieron
El principio, y ya es cabrito.[173]

Rey. ¿Qué sabéis vos de don Tello
Y del suceso de Elvira?

Brito. La noche del casamiento
La llevaron unos hombres
Que aquestas puertas rompieron.

Rey. Y vos, ¿quién sois?

Juana. Señor, Juana,
Su criada, que sirviendo
Estaba a Elvira, a quien ya
Sin honra y sin vida veo.

Rey. Y ¿quién es aquel buen hombre?

Pelayo. Señor, Fileno el gaitero;
Toca de noche a las brujas
Que andan por esos barbechos,
Y una noche le llevaron,
De donde trujo el asiento
Como ruedas de salmón.

Rey. Diga lo que sabe desto.

Fileno. Señor, yo vine a tañer,
Y vi que mandó don Tello
Que no entrara el señor cura.
El matrimonio deshecho,
Se llevó a su casa a Elvira,
Donde su padre y sus deudos
La han visto.

Rey. ¿Y vos, labradora?

Pelayo. Esta es Antona de Cueto,
Hija de Pero Miguel
De Cueto, de quien fué agüelo
Nuño de Cueto, y su tío
Martín Cueto, morganero
Del lugar, gente muy nobre;
Tuvo dos tías que fueron
Brujas, pero ha muchos años,
Y tuvo un sobrino tuerto,
El primero que sembró
Nabos en Galicia.

Rey. Bueno
Está aquesto por ahora.
Caballeros, descansemos,
Para que a la tarde vamos
A visitar a don Tello.

Conde. Con menos información
Pudieras tener por cierto
Que no te ha engañado Sancho,
Porque la inocencia déstos
Es la prueba más bastante.

Rey. Haced traer de secreto
Un clérigo y un verdugo.

Vase el Rey y los caballeros.

Nuño. Sancho.

Sancho. Señor.

Nuño. Yo no entiendo
Este modo de juez:
Sin cabeza de proceso
Pide clérigo y verdugo.

Sancho. Nuño, yo no sé su intento.

Nuño. Con un escuadrón armado
Aun no pudiera prenderlo,
Cuanto más con dos personas.

Sancho. Démosle a comer, que luego
Se sabrá si puede o no.

Nuño. ¿Comerán juntos?

Sancho. Yo creo
Que el juez comerá solo,
Y después comerán ellos.

Nuño. Escribano y alguacil
Deben de ser.

Sancho. Eso pienso.

Vase.

Nuño. Juana.

Juana. Señor.

Nuño. Adereza
Ropa limpia, y al momento
Matarás cuatro gallinas
Y asarás un buen torrezno.
Y pues estaba pelado,
Pon aquel pavillo nuevo
A que se ase también,
Mientras que baja Fileno
A la bodega por vino.

Pelayo. ¡Voto al sol, Nuño, que tengo
De comer hoy con el juez!

Vase.

Pelayo. Sólo es desdicha en los reyes
Comer solos, y por eso
Tienen siempre alrededor
Los bufones y los perros.

Vase.

Sale Elvira, huyendo de don Tello, y Feliciana, deteniéndole.
Sale por una parte y entra por otra.

Elvira. ¡Favor, cielo soberano,
Pues en la tierra no espero
Remedio!

Vase.

D. Tell. ¡Matarla quiero!

Felic. ¡Detén la furiosa mano!

D. Tell. ¡Mira que te he de perder
El respeto, Feliciana!

Felic. Merezca, por ser tu hermana,
Lo que no por ser mujer.

D. Tell. ¡Pese a la loca villana!
¡Que por un villano amor
No respete a su señor,
De puro soberbia y vana!
Pues no se canse en pensar
Que se podrá resistir;
Que la tengo de rendir
O la tengo de matar.

Vase y sale Celio.

Celio. No sé si es vano temor,
Señora, el que me ha engañado;
A Nuño he visto en cuidado
De huéspedes de valor.
Sancho ha venido a la villa,
Todos andan con recato;
Con algún fingido trato[174] Le han despachado en Castilla.
No los he visto jamás
Andar con tanto secreto.

Felic. No fuiste, Celio, discreto,
Si en esa sospecha estás,
Que ocasión no te faltara
Para entrar y ver lo que es.

Celio. Temí que Nuño después
De verme entrar se enojara,
Que a todos nos quiere mal.

Felic. Quiero avisar a mi hermano,
Porque tiene este villano
Bravo ingenio y natural.
Tú, Celio, quédate aquí
Para ver si alguno viene.

[Vase Feliciana.]

Celio. Siempre la conciencia tiene
Este temor contra sí;
Demás que tanta crueldad
Al cielo pide castigo.

Salen el Rey, caballeros y Sancho.

Rey. Entrad y haced lo que digo.

Celio. ¿Qué gente es ésta?

Rey. Llamad.

Sancho. Este, señor, es criado
De don Tello.

Rey. ¡Ah, hidalgo! Oíd.

Celio. ¿Qué me queréis?

Rey. Advertid
A don Tello que he llegado
De Castilla y quiero hablalle.

Celio. Y ¿quién diré que sois?

Rey. Yo.

Celio. ¿No tenéis más nombre?

Rey. No.

Celio. ¿Yo no más, y con buen talle?
Puesto me habéis en cuidado.
Yo voy a decir que Yo
Está a la puerta.

Vase.

Enr. Ya entró.

Conde. Temo que responda airado,
Y era mejor declararte.

Rey. No era, porque su miedo
Le dirá que sólo puedo
Llamarme Yo en esta parte.

Sale Celio.

Celio. A don Tello, mi señor,
Dije cómo Yo os llamáis,
Y me dice que os volváis,
Que él solo es Yo por rigor;
Que quien dijo Yo por ley
Justa del cielo y del suelo,
Es sólo Dios en el cielo,
Y en el suelo sólo el Rey.

Rey. Pues un alcalde decid
De su casa y corte.

Celio. Túrbase. Iré.
Y ese nombre le diré.

Rey. En lo que os digo advertid.

Vase [Celio].

Conde. Parece que el escudero
Se ha turbado.

Enr. El nombre ha sido
La causa.

Sancho. Nuño ha venido;
Licencia, señor, espero
Para que llegue, si es gusto
Vuestro.

Rey. Llegue, porque sea
En todo lo que desea
Parte, de lo que es tan justo,
Como del pesar lo ha sido.

Sancho. Llegad, Nuño, y desde afuera
Mirad.

Sale Nuño y todos los villanos.

Nuño. Sólo ver me altera
La casa deste atrevido.
Estad todos con silencio.

Juana. Habla Pelayo, que es loco.

Pelayo. Vosotros veréis cuán poco
De un mármol me diferencio.

Nuño. ¡Que con dos hombres no más
Viniese! ¡Estraño valor!

Sale Feliciana, deteniendo a don Tello, y los criados.

Felic. Mira lo que haces, señor.
Tente, hermano, ¿dónde vas?

D. Tell. ¿Sois por dicha, hidalgo, vos
El alcalde de Castilla
Que me busca?

Rey. ¿Es maravilla?

D. Tell. Y no pequeña, ¡por Dios!,
Si sabéis quién soy aquí.

Rey. Pues ¿qué diferencia tiene
Del Rey, quien en nombre viene
Suyo?

D. Tell. Mucha contra mí.
Y vos, ¿adónde traéis
La vara?

Rey. En la vaina está,
De donde presto saldrá,
Y lo que pasa veréis.

D. Tell. ¿Vara en la vaina? ¡Oh, qué bien!
No debéis de conocerme.
Si el Rey no viene a prenderme,
No hay en todo el mundo quién.

Rey. ¡Pues yo soy el Rey, villano!

Pelayo. ¡Santo Domingo de Silos!

D. Tell. Pues, señor, ¿tales estilos
Tiene el poder castellano?
¿Vos mismo? ¿Vos en persona?
Que me perdonéis os ruego.

Rey. Quitadle las armas luego.
Villano, ¡por mi corona,
Que os he de hacer respetar
Las cartas del Rey!

Felic. Señor,
Que cese tanto rigor
Os ruego.

Rey. No hay que rogar.
Venga luego la mujer
Deste pobre labrador.

D. Tell. No fué su mujer, señor.

Rey. Basta que lo quiso ser.
Y ¿no está su padre aquí,
Que ante mí se ha querellado?

D. Tell. Mi justa muerte ha llegado.
A Dios y al Rey ofendí.

Sale Elvira, sueltos los cabellos.

Elvira. Luego que tu nombre
Oyeron mis quejas,
Castellano Alfonso,
Que a España gobiernas,
Salí de la cárcel
Donde estaba presa,
A pedir justicia
A tu Real clemencia.
Hija soy de Nuño
De Aibar, cuyas prendas
Son bien conocidas
Por toda esta tierra.
Amor me tenía
Sancho de Roelas;
Súpolo mi padre,
Casarnos intenta.
Sancho, que servía
A Tello de Neira,
Para hacer la boda
Le pidió licencia;
Vino con su hermana,
Los padrinos eran;
Vióme y codicióme,
La traición concierta.
Difiere la boda,
Y viene a mi puerta
Con hombres armados
Y máscaras negras.
Llevóme a su casa,
Donde con promesas
Derribar pretende
Mi casta firmeza;
Y desde su casa
A un bosque me lleva,
Cerca de una quinta,
Un cuarto de legua;
Allí, donde sólo
La arboleda espesa,
Que al sol no dejaba
Que testigo fuera,
Escuchar podía
Mis tristes endechas.
Digan mis cabellos,
Pues saben las yerbas
Que dejé en sus hojas
Infinitas hebras,
Qué defensas hice
Contra sus ofensas;
Y mis ojos digan
Qué lágrimas tiernas,
Que a un duro peñasco
Ablanda pudieran.
Viviré llorando,
Pues no es bien que tenga
Contento ni gusto
Quien sin honra queda.
Sólo soy dichosa
En que pedir pueda
Al mejor alcalde
Que gobierna y reina,
Justicia y piedad
De maldad tan fiera.
Esta pido, Alfonso,
A tus pies, que besan
Mis humildes labios,
Ansí libres vean
Descendientes tuyos
Las partes sujetas
De los fieros moros
Con felice guerra:
Que si no te alaba
Mi turbada lengua,
Famas hay y historias
Que la harán eterna.

Rey. Pésame de llegar tarde:
Llegar a tiempo quisiera,
Que pudiera remediar
De Sancho y Nuño las quejas;
Pero puedo hacer justicia
Cortándole la cabeza
A Tello: venga el verdugo.

Felic. Señor, tu Real clemencia
Tenga piedad de mi hermano.

Rey. Cuando esta causa no hubiera,
El desprecio de mi carta,
Mi firma, mi propia letra,
¿No era bastante delito?
Hoy veré yo tu soberbia,
Don Tello, puesta a mis pies.

D. Tell. Cuando hubiera mayor pena,
Invictísimo señor,
Que la muerte que me espera,
Confieso que la merezco.

D. Enr. Si puedo en presencia vuestra...[175]

Conde. Señor, muévaos a piedad
Que os crié en aquesta tierra.

Felic. Señor, el conde don Pedro
De vos por merced merezca
La vida de Tello.

Rey. El Conde
Merece que yo le tenga
Por padre; pero también
Es justo que el Conde advierta
Que ha de estar a mi justicia
Obligado de manera
Que no me ha de replicar.

Conde. Pues la piedad, ¿es bajeza?

Rey. Cuando pierde de su punto
La justicia, no se acierta
En admitir la piedad:
Divinas y humanas letras
Dan ejemplos. Es traidor
Todo hombre que no respeta
A su rey, y que habla mal
De su persona en ausencia.
Da, Tello, a Elvira la mano,
Para que pagues la ofensa
Con ser su esposo; y después
Que te corten la cabeza,
Podrá casarse con Sancho,
Con la mitad de tu hacienda
En dote. Y vos, Feliciana,
Seréis dama de la Reina,
En tanto que os doy marido
Conforme a vuestra nobleza.

Nuño. Temblando estoy.

Pelayo. ¡Bravo rey!

Sancho. Y aquí acaba la comedia
Del mejor alcalde, historia
Que afirma por verdadera
La corónica de España:
La cuarta parte la cuenta.[176]

fin de la famosa comedia EL MEJOR ALCALDE
EL REY

SE ACABÓ DE IMPRIMIR
EN LA TIPOGRAFÍA DE "LA LECTURA"
EL DÍA XV DE MAYO
DEL AÑO MCMXX
NOTAS:

[1] Marcela del Carpio.—Nació en Toledo, en 1605, de los adúlteros amores de Lope con Lucinda, Micaela de Luján, y es hermana de Lope Félix. ("Hija de padres no conocidos", dice la partida bautismal.) Desde 1613, en que murió la segunda esposa de Lope de Vega, doña Juana de Guardo, "Marcelica" vivió en compañía de su padre hasta que tomó el hábito en las Trinitarias Descalzas—calle de Cantarranas, hoy de Lope de Vega—a 28 de febrero de 1621, profesando en abril del siguiente año con el nombre de Sor Marcela de San Félix. Lope describe la toma de hábito en una epístola a don Francisco Maldonado publicada en La Circe en 1624. Don Guillén de Castro dedicóle la Primera Parte de sus Comedias. No careció Marcela de talento poético, ni de facilidad y gracia para versificar:

"Yo soy un pobre estudiante Tentado de ser poeta, Cosa que por mis pecados Me ha venido por herencia; Porque ello es que qualis pater Talis filius, et cetera."

Murió en su convento el 5 de enero de 1688, a los ochenta y tres años de edad, habiendo sobrevivido cincuenta y tres a su padre.

El Marqués de Molins, La sepultura de Cervantes, 213-225; Serrano Sanz, Escritoras Españolas, II, 234-298, y Rodríguez Marín, La ilustre fregona, 1917; xlvii, n. i.

[2] Escribió la historia... Montemayor.—La historia de Jarifa y el Abencerraje no es de Montemayor; aparece inoportunamente intercalada en el libro IV de su Diana en las ediciones posteriores a la muerte del autor (febrero de 1561), a partir de la de Valladolid de 1562. ¿De dónde hubo de tomarla el interpolador?

Desde 1551 tenía concedida Antonio de Villegas licencia para la publicación de su Inventario, aunque, por causas ignoradas, no apareció hasta quince años después (Medina del Campo, 1565). En esta miscelánea de verso y prosa encuéntrase una versión de la historia del Abencerraje (verdadera joya de la novela corta castellana), más breve y sencilla que la de la Diana. Del manuscrito del Inventario debió tomar este relato el editor de la Diana, redactándolo más retóricamente, sin que sepamos los motivos que haya tenido Antonio de Villegas para no reclamar la paternidad de la historia. Acaso por no ser él su autor, como opina el señor Menéndez y Pelayo, quien observa la profunda desemejanza del estilo de esta primorosa novela con el de las demás piezas de prosa del Inventario.

Por otra parte, Gallardo encontró en la biblioteca de Medinaceli un opúsculo anónimo gótico, sin año ni lugar: "Parte de la Coronica del inclito infante don Fernando que ganó a Antequera: en la qual trata como se casaron a hurto el Abendarraxe Abindarráez con la linda Xarifa, hija del Alcayde de Coin, y de la gentileza y liberalidad que con ellos usó el noble caballero Rodrigo de Narbáez, Alcayde de Antequera y de Alora, y ellos con él.", cuyo texto, según Gallardo, coincide con el de Villegas, y en efecto, las líneas que copia no presentan variantes de importancia. Esta obrita no parece haber vuelto a ser vista después de Gallardo.

Lope dramatiza tan fielmente la materia de la novela, que, en las escenas principales, no sólo la traza sino la expresión misma coincide muchas veces literalmente con aquélla. Sigue la versión de la Diana; pero, a juicio del señor Menéndez y Pelayo, conoce también la del Inventario, ya que hay en éste un breve episodio, suprimido en aquélla, que puede ser germen del tema de los amores de Narváez y Alara, asunto accesorio de esta comedia.

Observaciones preliminares de don Marcelino Menéndez y Pelayo en la edición de las Obras de Lope de Vega publicada por la Real Academia Española, t. xi, páginas xxx-xli.

[3] En mis tiernos años.—"Puede ser la misma que con el título de Abindarráez y Narváez se designa en la primera lista de El Peregrino (1604); pero seguramente Lope debió retocarla mucho para incluírla en su Parte XIII (1620), porque es una de sus comedias mejor escritas y nada tiene de la inexperiencia propia de la primera juventud." Menéndez y Pelayo, lugar citado, página xxx.

La prueba de esa labor de retoque nos la da el soneto de Venus y Palas (versos 438-451), del cual hay una primera versión, inferior a la que figura en la comedia, en las Rimas que acompañan a La Hermosura de Angélica, publicada en 1602. Véase la nota al verso 451 y Una nota para El Remedio en la Desdicha de Lope (El soneto de Venus y Palas), por J. Gómez Ocerin y R. M. Tenreiro, en la Revista de Filología Española, tomo iv (1917), págs. 390-392.

[4] Personas.—"del primer acto", añade la Parte XIII, Madrid, 1620, aunque se trata de las personas de toda la comedia, sin que aparezca nueva indicación en los actos siguientes.

[5] Representóla Ríos.—Lope de Vega ha recordado en los últimos párrafos de El Peregrino en su Patria a los viejos actores que le ayudaron a crear la comedia; y si no a todos, a los más devotos de su genio: "Las ocho primeras noches hubo ocho comedias, que saldrán impresas en otra parte, por no haber aquí mayor volumen. La primera hizo Porras... La quinta hizo Ríos, mar de donaire y natural gracia; llamábase La bella mal maridada." (Sevilla, 1604, fols. 263 r.^o y v.^o)

Nicolás de los Ríos, que murió en 1610, representó por vez primera no pocas de las comedias juveniles de Lope: La bella mal maridada, El ingrato arrepentido, El verdadero amante, El caballero de Illescas, El remedio en la desdicha, La francesilla, El sol parado, El ruiseñor de Sevilla... Su carrera teatral fué muy larga, pues Agustín de Rojas, que le introduce en el Viaje entretenido, le hace decir, hacia 1602, que llevaba "más de treinta años de comedia". Para él parece haber escrito Cervantes el Pedro de Urdemalas; el protagonista, metido a cómico, dice: "Volarán los hechos míos... En nombre de Nicolás y en sobrenombre de Ríos." Rennert, The Spanish Stage, 571-573, y Rodríguez Marín, Bol. Acad. Esp., 1, 61, 171, 172, 174, 322, 326 y 327.

[6] Alude Lope al mito de Dafne, que la lectura de Ovidio, tan gustado en la Edad Media y en el Renacimiento, incorporó a la literatura moderna: la esquiva Dafne huye de Apolo, que, enamorado, la persigue; Dafne siente que el aliento de Apolo toca su cabello; pide a la tierra que la esconda en su seno o que destruya la belleza que causa su pérdida. Apenas pronuncia tal ruego, cuando queda convertida en laurel. Apolo le concede una eterna primavera: sus hojas, siempre verdes, coronarán la cabeza, el arpa y la aljaba del dios.—Es sabido que Lope fué un profundo conocedor de Ovidio: las reminiscencias del Ars Amandi y, especialmente, de Las Metamorfosis abundan en los escritos de nuestro poeta; véase R. Schevill, Ovid and the Renascence in Spain, 211 y sigs.

[7] Lope dice en El Amor enamorado, edic. de la Academia, VI, 271 a:

"Febo. Tú serás el árbol mío, Laurel quiero que te llamen, Aunque en tu dura corteza. Tu condición se retrate, Cubriendo un alma de bronce y unas entrañas de jaspe."

[8] 'enternazcaos'. Parte XIII.

[9] 'Almatea'. Parte XIII.—Amaltea, símbolo de fertilidad y copia de frutos: cuerno de la abundancia o de Amaltea.

[10] "Dorotea.—... pero cierto que me hazen sospecha vuestras preguntas, y si es que venís a informaros, ¿para qué tomastes agua? Que mejor era para mí, pues vos sois el juez deste tormento." Lope, La Dorotea, acto II, escena III, pág. 64, edición de A. Castro. Biblioteca "Renacimiento".

[11] Como ejemplo de la fidelidad con que Lope ha aprovechado los elementos de la novela, copiamos el pasaje de la Historia del Abencerraje (versión de la Diana), que corresponde a esta escena:

"Acuérdome que un día, estando Xarifa en la huerta de los jazmines..., miréla espantado de su gran hermosura; no sé cómo me pessó de que fuesse mi hermana (verso 90)... Mas, dezidme agora: ¿qué cortedad teneys vos de que somos hermanos? (vv. 92-93). Yo no otra (dixo ella) más del grande amor que os tengo (v. 94), y ver que hermanos nos llaman todos (v. 96) y que mi padre nos trata a los dos como a hijos (v 97). ¿Y si no fuéramos hermanos (dixe yo) quisierades me tanto? ¿No veys (dixo ella) que a no lo ser no nos dexarían andar siempre juntos y solos, como nos dexan? (vv. 98-99). Pues si este bien avían de quitar (dixe yo), más vale el que me tengo... (vv. 100-103). ¿Qué pierdes tú en que seamos hermanos? (vv. 104-105). Pierdo a mí y a vos... (v. 106). No te entiendo (dixo ella), mas a mí parésçeme que ser hermanos nos obliga a amarnos naturalmente (vv. 108-111). A mí (dixe yo) sólo vuestra hermosura me obliga a quereros (vv. 112-113), que esta hermandad antes me resfría algunas vezes (vv. 118-119)... hize una hermosa guirnalda, y poniéndomela sobre mi cabeça, me bolví coronado y vencido (v. 239)... ella... quitándome la guirnalda, la puso sobre su cabeça... me dixo: ¿Qué te pareçe de mí (v. 241)... Yo la dixe: Pareçeme que acabáys de vençer a todo el mundo (vv. 246-247), y que os coronan por reyna y señora dél (v. 251)... Si esso fuera, hermano, no perdierades vos nada (vv. 252-253)." Los siete libros de la Diana, de George de Montemayor. Nueva Bibl. de Aut. Esp., 7, 309.

Sería fácil establecer un paralelo análogo en otros pasajes, especialmente en toda la escena final del acto II, después de vencido el Abencerraje.

[12] "Dice el cuento que en tiempo del infante don Fernando, que ganó a Antequera..." Historia del Abencerraje, Bibl. Aut. Esp., III, 507 a. "En tiempo del valeroso infante don Fernando, que después fué rey de Aragón..." Diana, de Montemayor, Nueva Bibl. Aut. Esp., 306 a.

[13] La caída de los Abencerrajes. Abindarráez refiérela brevemente en la nota 61 y siguientes. Este tema literario, tan universalmente famoso, es tratado por Lope en su comedia La envidia de la nobleza.

[14] Cartama, y no Cártama, como se dice hoy.

[15] Puesto que. Igual a aunque. Bello, Gramática, 1268. "Yo sé, Olalla, que me adoras, Puesto que no me lo has dicho..." Quijote, parte primera, cap. xi. Clásicos Castellanos, tomo I, pág. 257.

[16] Sobrentendido 'juro': juro de guardarte... "Y por el ser que me ha dado El tuyo, que el Cielo guarde, De no bolvérmela al lado Hasta estar asegurado. De no hazértela covarde." D. Guillén de Castro, Las mocedades, I, vv. 60-64 y nota correspondiente de Said Armesto, Clásicos Castellanos. Respecto a la forma juro de, véase Said Armesto, 1. c., pág. 19, y Rodríguez Marín, Quijote, t. I, pág. 121, Clás. Cast.

[17] "... me dan menos nobleza Que ser vuestro esclavo, alcayde. Ser Bencerraje y Vanegas." Lope, La Dorotea, II, 5, pág. 90, "Renacimiento".

[18] "Muchos cuentan que ha nacido La phenix en el Arabia... Poetas dicen... que cuando viene en suma A estar vieja, hace una hoguera De la olorosa madera De myrrha, linaloel, Clavo, canela y laurel, Cinammomo y calambuco, Adonde el cuerpo caduco Recuesta, y batiendo el ala Enciende el ayre que exhala, Como en la piedra el azero. Muere en fin aquel primero Phenix, y el quemado aroma Cria una blanca paloma, Que sale de su ceniza, Con que su ser eterniza, Y vuelve de su vejez, A salir moza otra vez..." Lope, El Peregrino en su Patria, Libro III. Obras sueltas, edición de don Antonio Sancha. Madrid, M. DCC. LXXVI. Tomo V, págs. 233-35.

[19] 'trestaurar'. Parte XIII.

[20] Véase nota 15.

[21] Rodrigo de Narváez es personaje enteramente histórico. Conquistada Antequera (1410), "el Infante puso por alcayde en el castillo e la villa a Rodrigo de Narbaez, su doncel, que había criado desde niño en su cámara, y era caballero mancebo esforzado, e de buen seso e buenas costumbres, y era hijo de Fernán Ruiz de Narbaez, que fué buen caballero y sobrino del Obispo de Jaén; e mandóle que tuviese en la fortaleza veinte hombres d'armas tales quales él entendiese que convenía para la guerra e guarda." (Crónica del Rey Don Juan el Segundo. Año cuarto, 1410, cap. XXXV.) Véanse también caps. VII, XIII, XVI y XXX. Crónicas de los Reyes de Castilla, B. A. E., LXVIII. Hernando del Pulgar celebralo en los Claros varones de Castilla (título XVII) y Ferrant Mexía en el Nobiliario vero (lib. II, cap. XV).

Es anacrónico presentar a Narváez como alcaide de Alora, según hace la novela, pues aquella villa no fué conquistada hasta la última guerra de Granada. Este detalle induce al señor Menéndez y Pelayo a creer que la historia primitiva del Abencerraje, si es del siglo xv, no será anterior a los Reyes Católicos, l. c., pág. xxxiv.

[22] igual, "proporcionado, en conveniente relación" (Dicc. Acad.), es decir, victoria digna de la espada de Palas, la que le corresponde. "Tome el asiento real, Y con ceremonia igual Honraremos su persona." Vélez, El rey en su imaginación, 908-910. (Teatro antiguo español, III.)

[23] La idea procede de Ausonio (epigramas 42 y 43). El mismo soneto, como ya hemos dicho (pág. 5), aparece en las Rimas que siguen a La hermosura de Angélica (folio 309 v.; B. A. E., XXXVIII, 380 a); pero los versos primero, tercero y onceno son diferentes: "De Venus y Palas. (Soneto CXXXIX.) La clara luz de las estrellas puesta... bañaba el sol cuando Acidalia y Marte... mejores filos en tu blanco acero..." Lope lo retocó antes de reimprimirlo en 1620 en esta comedia. Libre y graciosamente, volvió sobre el propio tema en uno de los sonetos de Tomé de Burguillos: "La que venció desnuda, agora armada..."

[24] sino viene a significar aquí "en lugar, en vez de". "Mas no sé para qué me pongo a contaros, señor, punto por punto las menudencias de mis amores, pues hacen tan poco al caso, sino deciros de una vez lo que..." Cervantes, Las dos doncellas, B. A. E., I, 204 b. "Sino está empleado como si le precediera una frase negativa; preséntase, por tanto, un anacoluto." L. Weigert, Untersuchungen zur spanischen Syntax auf Grund der Werke des Cervantes. Berlín, Mayer & Müller, 1907, págs. 170-174.

[25] la perra mora. Baile recordado por Cervantes, La ilustre fregona, Clás. Cast., I, 287, y por Quiñones de Benavente, Nueva Bibl. de Aut. Esp., X, x. b. En el Cancionero Classense, copiado en 1589 (Restori, Canc. Class., Roma, 1902); se le cita también. Tenía su cantar o letra, como resulta del verso de Lope:

"La Zarabanda está presa, Que dello mucho me pesa; Que merece ser condesa Y también emperadora. ¡A la perra mora! ¡A la matadora!"

[26] Y "pierde el oficio de conjunción y toma el de simple adverbio en interrogaciones y exclamaciones directas... Fácil es percibir la énfasis de esta conjunción adverbializada así." Bello, Gramática, 1286. El Sr. Rodríguez Marín cita numerosos ejemplos en su edición crítica del Quijote, VI, 163. Cf. versos 702 y 1709.

[27] Los cristianos solían llamar galgos o perros a los moros.

[28] "—¿Cómo?—En la calle de las Armas mora; Son señas de su casa dos balcones Azules, que al salir el sol los dora." Lope, La Niña de plata, B. A. E., XXIV, 284 a.

[29] Como notó D. Manuel de la Revilla (Obras, 358), estas dos redondillas se repiten casi a la letra en El condenado por desconfiado B. A. E., V, 191 c. Este hecho "ha dado pie, juntamente con otros indicios, para que algunos atribuyan a Lope de Vega este grandioso drama". Menéndez y Pelayo, l. c., XXXIX. Pero la atribución de El condenado a Tirso puede sostenerse. Véase Menéndez Pidal y María Goyri, Teatro antiguo español, I, 149.

[30] Véase la nota 26. La frase debe entenderse: "estoy muy lejos de darlos, ya que yo mismo tengo necesidad de ellos."

[31] 'invicto.' Parte XIII.

[32] 'Abindarráez.' Parte XIII.

[33] Alora, y no Álora, como se dice hoy.

[34] Lope recuerda un verso famoso: mensajero eres, amigo, No mereces culpa, no, que "es un antiguo proverbio con que la poesía épica castellana proclamaba habitualmente la inviolabilidad del mandadero según el derecho de gentes." R. Menéndez Pidal, Notas para el romancero del conde Fernán González, en Homenaje a Menéndez y Pelayo, I, 460 y nota 2.

[35] segunda, asegunda. "Es, pues, el caso que él estuvo quince días en casa muy sosegado, sin dar muestras de querer segundar sus primeros devaneos." Quijote, I.ª, VII.

[36] Desde mediados del siglo xiv Josué, David, Judas Macabeo, Alejandro, Héctor, Julio César, el rey Artús, Carlomagno y Godofredo de Bullón fueron considerados en Francia como modelos de paladines, como verdaderas encarnaciones del valor. El documento más antiguo especialmente dedicado a los nueve parece ser una estampa, 1421 a 1430. La Crónica llamada el triunfo de los nueve más preciados varones de la Fama es traducción de Le Triunmphe des neuf preux, Abbeville, 1487. Véase Le Débat des Hérauts, págs. 127-129. Société des anciens textes français.

[37] calma, soledad, desamparo, "negándose a la piedad Del nido que deja en calma." La vida es sueño, acto I.

[38] que os vais, con que os vais, es posible que os vayáis. Véase Bello, Gramática, 995.

[39] pedirla. "En el juego de pelota y otros preguntar a los que miran si el lance o jugada se ha hecho según las reglas o leyes del juego, constituyéndolos en jueces de la acción." Dicc. Acad. Esp., 14.^a edición.

[40] barajar, impedir, estorbar. "Mas la misma fortuna burladora Dió la vuelta a la rueda en un momento. En contra de la parte mejorada Barajando la suerte declarada." Araucana. B. A. E., XVII, 98 b. Citado por Cuervo, Diccionario de construcción y régimen.

[41] "Meter mano, lo mismo que echar mano a la espada." Dicc. de Autoridades.

[42] Los escritores de los siglos xvi y xvii omiten muchas veces el sustantivo a que se refieren los numerales, cuando se trata de azotes o de ducados, reales u otra moneda: "poner la espalda y esperar ducientos", Rev. de Fil. Esp., III, 192. "Acomodáronme las espaldas con ciento", Quijote, 1.^a, XXII. "Viuda tan regalada Y que come descansada Tres o cuatro mil de renta." Lope, La viuda valenciana, B. A. E., XXIV, 76 c. "Pues siendo alcagüete intento A esta valança cargar Docientos, que me an de dar, Porque e tomado los ciento", Rojas, Cada qual lo que le toca, edic. A. Castro, 1937-40 (Teatro antiguo español, II).

[43] era el dueño de quien está por "era el dueño de (aquella) a quien." D. R. Menéndez Pidal explica una frase análoga, Antología de prosistas, 196, nota 1.

[44] 'Narváez,' Parte XIII.

[45] Dario, y no Darío. "De la batalla sangrienta Presuroso sale Dario Habiendo para escaparse Del vencedor Alejandro..." Romance de Gabriel Lobo Laso de la Vega. Romancero de Durán, núm. 503. B. A. E., X.

[46] Alude Lope a dos ejemplos famosos de continencia, muy celebrados en el Renacimiento. Así, en El Cortesano de Castiglione: "Del uno es la que usó el gran Alexandre con la mujer y hijas hermosísimas de Dario, enemigo y vencido: la otra es de Scipion, a quien siendo de edad de veinte y cuatro años, y habiendo en España tomado por fuerza una ciudad, fué traida una muy hermosa y muy principal moza, presa entre otras muchas, y siendo Scipión informado ser ésta esposa de un señor de aquella tierra, no solamente no quiso llegar a ella, mas volvióla a su marido con grandes dádivas." Juan de la Cueva cuenta la acción de Scipión el Africano en uno de los romances del Coro Febeo (538 de Durán). Los últimos versos del soneto pueden recordar la Vida de Alejandro, de Plutarco: "Alejandro, teniendo, según parece, por más digno de un rey el dominarse a sí mismo que vencer a los enemigos, ni tocó a éstas..." No es ésta la única vez que Lope cita reunidos los dos casos: "Si cuentan de Cipión Que volvió por la opinión De aquella hermosa mujer, España le ha de tener; Que en ella todas lo son. Si con las hijas de Dario Fué Alejandro al nombre igual, Fué a su fama necesario; Yo he sido más liberal, Si es amor mayor contrario." Lope, La niña de plata, B. A. E., XXIV, 292 c.

[47] Véase la nota 12.

[48] "Manga, cierto género de coxín o maleta abierta por las dos cabeceras, por donde se cierra y assegura con unos cordones." Dicc. Aut.: "Fernando.—¿Quedaron las mulas a punto? Julio.—Con sus maletas y cogines. Fernando.—¿Qué pusiste en la mía? Julio.—Un vestido negro y alguna ropa blanca en una manga verde que me prestó Ludovico." Lope, La Dorotea, pág. 42.

[49] picazo. En el Bol. de la Acad. Esp., I, 357, se supone que se llamaban picazos (término muy usado en los siglos xvi y xvii, pero que no figura en los diccionarios) a los caballos que tenían manchas negras sobre fondo blanco, como la picaza; pero esta descripción, que no se apoya en ninguno de los ejemplos que allí se citan, no parece estar de acuerdo con estos versos de Vélez; "... en un picazo Español que se remienda De algunas manchas de tigre." El rey en su imaginación, vv. 1653-55 (Teatro antiguo español, III).

[50] Véase la nota 12.

[51] Véase nota la nota 26.

[52] 'Di que'. Parte XIII. Como el verso no consta, Hartzenbusch corrigió 'Corre que'; pero ya que 'decir' significa a veces 'asegurar' o 'prometer' (Cuervo Diccionario, I, c), es corrección más sencilla la que proponemos en el texto.

[53] surto, tranquilo, callado. Véase A. Castro, Revista de Fil. Esp., III, 182-183.

[54] 'Cinco.' Parte XIII. Véase la nota 54.

[55] Los doce versos que canta Abindarráez están tomados de la Diana, sin más modificación que la introducida en el v., que allí dice: "mas fuy de Alora frontero." Diana, 387 a.

[56] 'Cinco.' Parte XIII.

[57] Sabido es que don Quijote, luego de molido por el mozo de mulas de los mercaderes, "se acordó del moro Abindarráez, cuando el alcaide de Antequera, Rodrigo de Narváez, le prendió y llevó cautivo a su alcaidía. De suerte que cuando el labrador le volvió a preguntar que cómo estaba y qué sentía, le respondió las mismas palabras y razones que el cautivo abencerraje respondía a Rodrigo de Narváez, del mesmo modo que él había leído la historia en la Diana de Jorge de Montemayor, donde se escribe." Quijote, 1.ª, V.

[58] "Caballero, mira que el prisionero que en la prisión pierde el ánimo, aventura el derecho de la libertad..." Diana, pág. 307 b.

[59] Sobrentendido 'juro', como en la nota 16.

[60] Este verso no consta.

[61] 'de Lora'. Parte XIII.

[62] A diferencia. Con tanto descuido parece haber versificado Lope este pasaje de la Diana, que no siempre resulta claro el sentido: "a mí me llaman Abindarráez el mozo, a diferencia de un tío mío, hermano de mi padre, que tiene el mesmo apellido." Diana, 308 a.

En las Guerras civiles de Granada y en varios romances trátase de los amores y aventuras de un Abindarráez y una Jarifa que no son los de la novela de El Abencerraje.

[63] la suya, 'su desdicha'. El pronombre no representa una palabra ya enunciada, desdichado, sino una idea sugerida por aquélla, desdicha. Véase Weigert, Untersuchungen, pág. 234.

Esta violenta zeugma procede de haber querido versificar rápida y literalmente el pasaje de la Diana: "Soy de los abencerrajes de Granada, en cuya desventura aprendí a ser desdichado, y por que sepas cuál fué la suya..." Pág. 308 a y b.

[64] no quiso. Falta el sujeto, que tenemos que ir a buscar a la Diana. "Resultó más deste miserable caso, derriballes las casas apregonallos el Rey por traidores, confiscalles sus heredades y tierras, y que ningún abencerraje más pudiese vivir en Granada, salvo mi padre y mi tío, con condición que si tuviesen hijos, a los varones enviasen luego en naciendo a criar fuera de la ciudad..." Página 309 a.

[65] Con el condicional si se suprime a veces la apódosis, que se colige del contexto. Bello, Gramática, 1272: 'si se parte, cuando se ama'.

[66] 'llevase' en Parte XIII. La corrección que proponemos se justifica, aparte del sentido mismo, por los versos 976-977 y por el siguiente pasaje de la Diana: "el fin della fué dezirme que en habiendo ocasión, o por enfermedad de su padre, o ausencia, ella me embiaría a llamar..." Pág. 311 a.

[67] En La Dorotea (acto II, escena V) la protagonista canta un bellísimo romance: "Cautivo el Avindarraez Del Alcaide de Antequera", en el cual, como en esta escena, el Abencerraje cuenta a Narváez la historia de sus amores. Págs. 90-92.

[68] Dentro en, arcaísmo por "dentro de". "Y dentro en el mar las aves." Lope, El Verdadero Amante, B. A. E., XXIV, 12 a. "del Real dentro en la puente." Lope, La Viuda Valenciana, B. A. E., XXIV, 73 c. Cfr. v., "dentro del tercero día."

[69] Que fuera, ojalá que fuera. Bello, Gram., 995.

[70] pues por ti me dan, sin el acusativo significativo del golpe, como en "daba el harriero a Sancho, Sancho a la moza, la moza a él..." Quijote, 1.^a, XVI. Viene a ser sinónimo de "pegar". Véase Weigert, ob. cit., 119.

[71] que no se la lleve, la representa un sustantivo no expreso, 'la palabra', 'la promesa', sinónimo de "el juramento" que aparece en el verso 2298. Acaso Lope haya escrito lo y esté equivocada la Parte XIII.

[72] Narváez. Parte XIII. Corrección de Hartzenbusch.

[73] Como en el famoso juramento del Marqués de Mantua: "Juro por Dios poderoso, Por Santa María su madre... De no vestir otras ropas Ni renovar mi calzare." La promesa de no mudarse de camisa en tanto que no se dé fin a una empresa es un viejo rasgo épico (se encuentra ya en la Chanson de Aliscans, poema francés, cuya redacción conocida remonta al siglo xii) que ha perdurado largamente en la imaginación popular: así se atribuye idéntico voto a Isabel la Católica durante el sitio de Granada y a la infanta Isabel Clara Eugenia durante el de Ostende.

[74] Los herreruelos eran soldados de caballería ligera, de cuya suciedad nos da noticia un contemporáneo, Diego Núñez de Alva, en sus Diálogos de la vida del soldado: "Se dicen herreruelos, o por los martillos con que pelean, o por el color, que no paresce sino que traen siempre los rostros tintos con carbón, tan rayados andan de suciedad; no sé si lo causa el sudor y el polvo, si andar las manos sucias del bálago quemado o otras cosas, con que dan a las negras armas color." Cuenca, 1589, fols. 59 v. y 60. Según Almirante, Dicc. militar, se llamaban herreruelos simplemente porque usaban una capa corta o esclavina (herreruelo).

[75] Lope alude a un pasaje de La Farsalia, v. 519 y siguientes. César espera impaciente en Epiro la llegada de Antonio; quiere afrontar en la noche, solo con su fortuna, las olas del mar. Propone al barquero Amiclas que le conduzca a Hesperia, pero Amiclas responde que todas las señales que observa son funestas y que no lograrán llegar. "—Desprecia las amenazas del Océano—le dice César—; tu temor nace de que ignoras a quien conduces. Lánzate en plena tormenta: yo te protejo. Los dioses no me abandonan nunca. Esta barca conduce a César: tal carga la defenderá de las olas." Laso de la Vega cuenta este episodio en un romance, núm. 554, de Durán: "...Adelante pasa, Pues la fortuna de César En tu barca te acompaña." Hay otro al mismo asunto en el Coro Febeo de Juan de la Cueva, núm. 555, de Durán.

[76] jaco. "Cota de malla de manga corta y que no pasaba de la cintura." Dicc. Acad., 14.^a edic.

[77] Lope emplea 'amartelar' y 'dar martelo' (B. A. E., XXIV, 94 b, 100 a, 285 b, 285 c, 286 c, 388 b) en el sentido de 'atormentar, molestar, especialmente con celos' (el 'dar achares' del lenguaje chulesco); pero esta significación y las demás que da el Dicc. de la Acad. no convienen a este caso, en que amartelado parece significar 'encendido de deseo, encaprichado'. Cfr. v. 2570.

[78] Cfr. v. 492: "en el engaño que cobras".

[79] las mías. El pronombre representa a plantas en una nueva acepción, como en Quij., I.^a, XXVII: "os ruego que escuchéis el cuento, que no le tiene, de mis desventuras." V. Weigert, ob. cit., 233.

[80] O era envidia o tu alabanza.—Esta...—iban alternando...—entre la lengua y el alma. Iban en plural por atracción del plural del complemento la lengua y el alma. Véase Weigert, ob. cit., 14 y sigs. También pudiera ser que Lope, al ir componiendo el romance con su facilidad prodigiosa, imaginara haber escrito arriba tus alabanzas. La métrica exige iban y no admite tus alabanzas.

[81] A veces se intercala el sí en las proposiciones para reforzar la afirmación. Bello, Gramática, 391.—Nombre, según Covarrubias, es la fama, "que los antiguos dezían nombradía". Cfr. 2710 y 2831.

[82] Entre este verso y el siguiente parecen faltar algunos que refirieran cómo Narváez concedió libertad al Abencerraje luego de conocida su desdicha.

[83] 'Magno.' Parte XIII.

[84] Véase la nota 81.

[85] 'Aquel'. Parte XIII. Corregimos el para restablecer el verso que no consta.

[86] Véase la nota 68.

[87] Véase la nota 81.

[88] que. Lope no usó "el relativo con preposición a que", sino "simplemente la conjunción que". La particularidad de este ejemplo está en que "luego no se indicó la relación de caso, que la conjunción no podía expresar, por medio del pronombre" correspondiente, como sucede en el de Mariana ("virtudes que cada cual les daba el nombre"), que analiza don Ramón Menéndez Pidal, Antología de prosistas castellanos, 195, nota 3, cuyas son las palabras citadas. El señor M. P. aduce este otro ejemplo de la Diana de Montemayor: "un valle que toda cosa en él me daba gloria."

[89] porque nunca pára: el agua del arroyuelo, a la que Elvira da luz con el sol de su cara.

[90] mirase el agua, sin la preposición a, aunque solía usarse ante complemento directo de cosa en la época clásica. A. Castro, Teatro antiguo español, II, 214.

[91] Véase la nota anterior.

[92] Con los verbos de movimiento el infinitivo va regido de la preposición a, que aquí no falta (arcaísmo rechazado ya en 1501: cfr. Menéndez Pidal, Antología, 68, nota 3), sino que se ha fundido con la a inicial de ayudarme.

[93] achaques: "la escusa que damos para no hazer lo que se nos pide o demanda, de donde nació el proverbio, Achaques al viernes por no ayunarle." Covarrubias, Tesoro.

[94] a la he, a la fe. (a la fe). La sustitución de f por h y especialmente de fue por hue ("huente, huego, huerza"), es corriente para caracterizar el lenguaje villanesco. R. M. Pidal y M. Goyri de M. P., Teatro antiguo español, I, 162.

[95] "yo quixera", yo quisiera. "Quijera tener mil cosas que dalle", Farsa nuevam, trobada por Fernando Díaz, Kohler, Sieben spanischen dramatische Eklogen, pág. 320, v. iii.—"que aunq' el diablo no quijera", Rouanet, Colección de autos, II, pág. 326, v. 386.—"quijo", quiso, III, 16, 455 y 263, 65.—La lengua de los villanos de Lope y sus sucesores ("mezcla de arcaísmos y leonesismos", Am. Castro, Teatro ant. esp., II, 259), tan convencional como la de los chulos del género chico—aunque ésta haya logrado en parte incorporarse al uso, adquiriendo a posteriori honores de lengua viva—, es de tradición literaria, y deriva, más que de la observación, de la lectura de Juan del Encina y de sus imitadores.

[96] "¡Oh, si se fuessen aquí", en Parte XXI. Adoptamos la lección de la Suelta de 1741.

[97] collera, cólera. Los escritores usan cambiar l en ll en boca de los rústicos (numerosos ejemplos en Juan del Encina, ed. de la Academia, Rouanet y Kohler, obras citadas). Cf. para el acento: "Así enojada estuvo, así ha llorado. Que Lupercio movido a ira y colera, Puso las manos en su rostro hermoso." Lope de Vega, Los Embustes de Celauro, B. A. E., XXIV, 97 c.

[98] "Supuesto que" significa a veces "aunque" como "puesto que". Bello, Gramática, 1268.

[99] son, sino. Numerosísimos ejemplos en Rouanet, obra citada.

[100] Como ya observó Hartzenbusch, "estando este trozo escrito en tercetos, falta un verso que consuene con barbechos y techos, y otro que consuene con nada y espada". B. A. E., XXIV, 476. No es posible determinar por tratarse de una enumeración, si la laguna se encuentra entre la nota 100, o entre éste y el 206; adoptamos provisionalmente la primera hipótesis, para los solos efectos de la puntuación del pasaje.

[101] "tanto", en Parte XXI.

[102] No riman. En la Suelta citada y en tres más que posee la Biblioteca Nacional (reimpresiones de aquélla, Madrid, 1792; Valencia, 1793, y Barcelona, s. a.) aparece en la misma forma el pasaje, sin otra variación que la de poner "mozo noble y entendido" en la nota 102. Hartzenbusch, B. A. E., XXIV, 476 c, lo da en la siguiente forma: "mandas.—Dios con esto... mozo, noble y bien dispuesto."

[103] Esto es: que habiéndome criado en la llaneza de esta humilde casería, ir a palacio es cosa que podía causarme aún mayor tristeza que la que tengo.—Comp. Vélez de Guevara, La Serrana de la Vera, 1589-1601. Teatro antiguo español, I.

[104] "con amor", Parte XXI. "can Amor" en la Suelta citada, 1741. Canamor es el héroe de un libro de caballerías: La historia del rey Canamor y del infante Turián, su hijo, y de las grandes aventuras que huvieron.

[105] han en plural por la doble designación del sujeto de la oración: mi señora y tu hermana.

[106] Yo lo estoy, desvelada, de desvelos. V. nota al verso 1947 de El Remedio en la desdicha. Comp. "Subieron luego a caballo, y diéronse priesa por llegar a poblado antes que anocheciese; pero faltóles el sol, y la esperanza de alcanzar lo que deseaban, junto a unas chozas de unos cabreros, y así, determinaron de pasarla allí." Quijote, 1.ª, X.

[107] puesto que, aunque.

[108] Sí he visto. "A veces al sí de la respuesta se agregan uno o más elementos de la pregunta, con las variedades que pide la transición de una persona a otra." Bello, Gramática, 390.

[109] Prometo. "Prometer vale también asseverar o assegurar alguna cosa." Dicc. de Aut.

[110] "porque, por la mayor parte, los que reciben son inferiores a los que dan, y así es Dios sobre todos, porque es dador sobre todos." Quijote, I, 57.—Para la Edad Media la virtud que caracteriza al señor es la generosidad, y Alejandro, del cual los poetas medievales hicieron el tipo del perfecto señor feudal, es universalmente celebrado, no por su genio guerrero ni por su valor, sino porque reparte entre sus hombres las tierras y las riquezas que gana. P. Meyer, Alexandre le Grand, II, 372.

[111] los sacas, los ganados. Zeugma análoga a la observada, entre otros casos, en el v. 2301 de El Remedio. Claro es que muy bien pudo Lope haber escrito las (vacas y ovejas), con lo que desaparecería toda dificultad sintáctica.

[112] Era un lugar común alabar en los amantes la delicadeza del afecto, como de cortesano, y la firmeza, como de labrador: "labradora en guardar fe." Vélez, Reinar después de morir.

[113] cabe, golpe, término tomado del juego de la argolla.

[114] pescuda, pregunta. "¡Qué donoso pescudar! ¿De dó soys? ¿A dó venís?" Rouanet, ob. cit., III, 488, v. 126.

[115] 'su señorías', en Parte XXI.

[116] Estos dos versos van atribuídos a Nuño en Parte XXI y a Tello en la Suelta, a la que en este caso seguimos.

[117] Falta en Parte XXI. Lo tomamos de la Suelta, como hace el señor Restori en su reseña de la edición académica de Lope. Zeitschrift für romanische Philologie, XXVI, 512.

[118] mos, nos. V. Rouanet y Kohler, obras cit.

[119] Tuviesen, forma optativa: deseo que tengan paz los enojos con que airado me solicita. Bello, 464. Para que por 'con que' comp.: "con todos aquellos adherentes que semejantes castillos se pintan." Quijote, I, 2. "nos vamos vestidos con los mismos vestidos que representamos." Id., II, 11.—Hartzenbusch corrige e interpreta, 480 a: "¿Es posible que me quita Que esta noche, ¡ay, bellos ojos! Tuviesen paz los enojos Que airado me solicita?"

[120] "quando", Parte XXI. La corrección es de la Suelta.

[121] no haré, V. la nota 108.

[122] 'Que te ha'. Parte XXI. La corrección es de la Suelta.

[123] 'dexa', en Parte XXI. En la Suelta: 'que el no dexarme casar'.

[124] empleos, amores, noviazgo. Véase A. Castro, Teatro ant. esp., II, 226-7.

[125] "Luego ya", Parte XXI. Seguimos la Suelta.

[126] empleo. V. la nota 124.

[127] Falta en Parte XXI. Lo tomamos de la Suelta, donde el pasaje se da en esta forma: "porfía, Hermano, por vida mía. Deja..."

[128] una hora en Parte XXI. La corrección restablece la medida.

[129] 'indignos', Parte XXI.

[130] 'fuentes', Parte XXI. Seguimos la Suelta.

[131] Aquí parece faltar una octava en que Sancho refiriera el "caso tan atroz, enorme y feo", que le había ocurrido y que D. Tello debía haber ignorado a aquellas horas de no haber sido él su autor. En general, este pasaje en octavas debe estar bastante viciado.

[132] dijo de sí, dijo sí. "Boca que dice de no, dice de sí." Refrán en el Comendador Griego, cit. por Cuervo.

[133] El álamo está consagrado a Alcides (Hércules). "Y cuéntase esta fábula que quando Hércules determinó de baxar al infierno, yva coronado de las ramas del álamo; y del hollín de aquellas tinieblas tan escuras se bolvieron las hojas negras por la parte de afuera: digo escuras, y las de debaxo con el sudor que se les pegó de la cabeça de Hércules salieron blancas." Covarrubias, Tesoro, s. v. álamo.

[134] Sancho amenaza a don Tello contándole que ha derribado el álamo más fuerte y orgulloso de la alameda: símbolo que recuerda aquel de que se sirve el abad de San Ponce de Tomeras para abrir los ojos al rey don Ramiro el Monje, el de la campana de Huesca. Sobre esta leyenda, véase Menéndez y Pelayo, Ob. de Lope, VIII, xlv y sigs.

[135] Lope emplea aquí la palabra mies por follaje; no recordamos haberla encontrado usada, en otros casos, en esta acepción, que los diccionarios no registran. Hartzenbusch corrigió libremente "y tajos le igualé a las bajas mieses"; pero nótese que la exactitud del adjetivo blancas (se trata de álamos, v. la nota 133) no permite aceptar tal enmienda.

[136] 'empuño', en Parte XXI. Aceptamos la interpretación de Hartzenbusch, 482 b.

[137] Véase la nota 108.

[138] Cuando, aunque.

[139] Vive Dios, de no quitarme. V. nota 16 de El Remedio en la desdicha.

[140] "En este logar cuenta la estoria que este Emperador don Alfonso... tan bien teníe a los pobres e a los que podíen poco como a los ricos e a los altos e a ordenes e a religiosos a cada unos en sus estados." Las quatro partes enteras de la Coronica de España que mandó componer el Serenissimo Rey don Alonso llamado el Sabio... Vista y emendada mucha parte de su impression por el maestro Florian Docampo, coronista del Emperador Rey nuestro Señor. En Valladolid, por Sebastián de Cañas. Año de 1604, f. 3247.

[141] Los españoles de los siglos xvi y xvii miraban con harta antipatía a los genoveses y flamencos, monopolizadores de nuestro comercio, y los acusaban de empobrecer a la Monarquía: "el estranjero Saca de España el dinero Para nuestros propios daños." (Alarcón, La Verdad sospechosa, vv. 266-268, ed. Alfonso Reyes, Clásicos Castellanos, 37.) La queja que Lope pone en boca de Pelayo no es más en el fondo que una demanda de fiscalización, ya que, a su juicio, como al de muchos de sus contemporáneos, los extranjeros, no sólo gozaban de entera libertad en el ejercicio de sus peligrosas artes, sino que contaban con la protección y la ayuda de aquellos mismos llamados a perseguirlas.

[142] trebejos son las piezas del ajedrez (Covarrubias).

[143] "Es Madrid una talega De piezas, donde se anega Cuanto su máquina pare. Los reyes, roques y alfiles Conocidas casas tienen, Los demás que van y vienen Son como peones viles. Todo es allí confusión." Lope, La dama boba. B. A. E., XXIV, 298 a.

[144] Falta en Parte XXI. Lo tomamos de la Suelta.

[145] Alfonso el Batallador.

[146] Zaragoza fué conquistada a los moros en 1118. Sobre esta y otras alusiones a sucesos históricos para colocar la acción de la comedia entre 1118 y 1124, es decir, en la adolescencia del futuro Emperador (pues téngase presente que Lope ha buscado deliberadamente que el poder real vengador aparezca encarnado en un joven casi niño), véase la nota 176.

[147] Las cuatro Sueltas citadas: "los troncos se enternecen de los robles." Hartzenbusch: "nuestros hombros, las ramas de los robles."

[148] Los nombres de Sancho y Pelayo faltan en la acotación de los versos 1400 y 1401 en Parte XXI. La corrección es de la Suelta.

[149] "abigarrada", Parte XXI. Proponemos esta corrección, que la rima exige, y que no parece desentonar del lenguaje que Lope pone en labios de Pelayo.

[150] "Saúl cuando a David." Parte XXI. Corrección de la Suelta.

[151] "Lagrimas de Moysen, el vulgo ha puesto este nombre a los guijarros y piedras con que se pueden descalabrar: y no pienso que tuvo otro origen mas de que mandava Dios apedrear a los que cometían ciertos generos de pecados, como era la blasfemia, el adulterio, etc. de que ay infinitos exemplos... Pues como Moysen huviesse de pronunciar semejantes sentencias, antes de darlas movido a compassion llorava; pero sin embargo desto las lágrimas se convertían en piedras mandando executar la sentencia." Covarrubias.

[152] "La Torre que llaman ahora del faro, sobre la Coruña de Galicia, fue también obra romana." Crónica, Ocampo, cap. 17.

[153] 'corrimos' corrige la Suelta.

[154] La Suelta: "para que yo le haga agravio."

[155] El Emperador se crió, en efecto, en Galicia. Véase la nota 176.

[156] fuí hâblar. Véase la nota 92.

[157] 'escritura', en Parte XXI. Corregido en la Suelta.

[158] La Suelta dice: "La amistad de mi madre. Yo agradezco."

[159] Doña Urraca no vió con buenos ojos que su hijo fuera coronado. Fué alzado Alfonso VII por rey, "mas contrallavalo la Reyna su madre... e ayudandola muy bien sus vassallos... encerró a su madre la reyna en las torres de Leon. Mas ovo empos esta avenencia entre la madre e el fijo: e la avenencia fue tal que tomasse ella lo que quisiesse para si e lo al que lo oviesse el fijo." Crónica de España (Ocampo), fol. 318 v. En 1123 estaban de acuerdo madre e hijo. Sandoval, Historia, II, 77. Doña Urraca muere en 1126.—Véase también la nota 176.

[160] "Deben de faltar versos: no se pondría Lope a escribir endecasílabos para hacer sólo estos seis." Hartzenbusch.

[161] "historia", Parte XXI.

[162] huerte. Véase nota, v. la nota 94.

[163] "El monesterio de San Julián de Samos, de la Orden de San Benito, en el reyno de Galicia, en las aldas de los montes Cebreros" fué residencia repetidas veces de los reyes doña Urraca y Alfonso VII. Sandoval, Historia, II, págs. 45, 58, 68 y otras varias.

[164] Mas qué, frase interrogativa que corresponde al moderno "a qué". Véase A. Castro, La Crítica filológica de los textos, en Boletín de la Institución Libre de Enseñanza, núm. 682, pág. 29 b. (Enero de 1917.)

[165] dijera de sí, que sí. V. la nota 132.

[166] 'pare', Parte XXI. La corrección es de la Suelta.

[167] "Soler, auxiliar de modo con infinitivo, lo suele far." R. Menéndez Pidal, Cantar de Mio Cid, II, 858: "Hijos, yo soy la mujer Del mundo más desdichada. Vuestra madre solía ser, Ya soy madrastra culpada..." Lope, Embustes Celauro, B. A. E., XXIV, 103 a: "¡Triste! ¡Qué habemos de hacer Muerta aquella que solía Ser alma por quien vivía..." Idem, íd., 107 a: "¿Cuántas muelas solía vuestra merced tener en esta parte?" Quijote, 1.^a, XVIII.

[168] Sexto Tarquino, el forzador de Lucrecia.

[169] Amnón, después de deshonrar a Tamar, siente hacia ella tan invencible repugnancia, que la arroja violentamente de su casa. II, Samuel, XIII.

[170] "Juego de naipes conocido ya en Castilla a principios del siglo xvi, puesto que Guevara, en su Menosprecio de la Corte (cap. 5), cuenta como uno de los privilegios de la aldea, que en ella hay tiempo para todo, y entre otras cosas para jugar un rato al triunfo. Suárez de Figueroa, en su Plaza Universal (1615, disc. 66), cuenta el triunfo entre los demás juegos de naipes que se conocían en su tiempo. Covarrubias hizo mención (s. v. triunfo) del mismo juego: ahora le llaman burro." Clemencín, Quijote, V, 203.

[171] presentalle, regalalle. "Aquello del Paladión de Troya, que fué un caballo de madera que los griegos presentaron a la diosa Palas." Quijote, II, cap. XLI.

[172] so, soy. Cf. Rouanet, ob. cit.

[173] Tirso repite este chiste en El Vergonzoso, verso 1235 y sigs. Clás. Cast., pág. 147.

[174] fingido trato. Cf. Covarrubias: "trato doble, engaño disfrazado."

[175] Verso que aparece como dicho por Tello en Parte XXI. Corrección de la Suelta.

[176] "Este Emperador de las Españas era muy justiciero, e de como vedava los males e los tuertos en su tierra, puédese entender en esta razon que diremos aqui. Un Infançon que morava en Galizia, e avie nombre don Ferrando, tomó por fuerça a un labrador su heredad, e el labrador fuesse querellar al Emperador, que era en Toledo, de la fuerça que le fazíe aquel Infançon. E el Emperador embió su carta luego con esse labrador al Infançon, que luego vista la carta que le fiziesse derecho de la querella que dél avíe. E otrosí, embió su carta al merino de la tierra, en quel mandava que fuesse con aquel querelloso al Infançon que viesse qual derecho le fazie, e que gelo embiasse dezir por sus cartas. E el Infançon, como era poderoso, quando vió la carta del Emperador, fue muy sañudo, e començó de amenaçar al labrador, e dixol que lo mataríe, e non le quiso fazer derecho ninguno. E quando el labrador vió que derecho ninguno non podie aver del Infançon, tornose para el Emperador a Toledo, con letras de omes buenos de la tierra, en testimonio como non podie aver derecho ninguno de aquel Infançon del tuerto que le fazie. E quando el Emperador esto oyó, llamó sus privados de su camara, e mandoles que dixessen a los que veniessen a demandar por él que era mal doliente, e que non dexassen entrar ninguno en su cámara, e mandó a dos cavalleros mucho en poridad que guissasen luego sus cavallos e yrien con él. E fuesse luego encubiertamente con ellos para Galizia, que non quedó de andar de dia nin de noche: e pues que el Emperador llegó al logar do era el infançon, mandó llamar al merino, e demandol que le dixesse verdad de cómo passara aquel fecho. E el merino dixogelo todo. E el Emperador, despues que sopo todo el fecho, fizo sus firmas sobre ello, e llamó omes del logar, e fuesse con ellos, e paróse con ellos a la puerta del Infançon, e mandól llamar que saliesse al Emperador que le llamava. E quando el Infançon esto oyó, ovo gran miedo de muerte, e començó de foyr, mas fue luego presso, e aduxeronle ante el Emperador; e el Emperador rrazonó todo el preyto ante los omes buenos, e como despreciara la su carta, e non feziera ninguna cosa por ella, e el Infançon non contradixo nin respondió a ello ninguna cosa. E el Emperador mandól luego enforcar ante su puerta, e mandó que tornasse al labrador todo su heredamiento con los esquilmos. Entonces el Emperador anduvo descobiertamente por toda Galizia, e apaziguó toda la tierra, e tan grave fue el espanto que todos los de la tierra ovieron por esse fecho, que ninguno non fue osado en toda su tierra de fazer fuerza uno a otro. E esta justizia, e otras muchas tales como esta, fizo el Emperador, porque era muy temido de todas las gentes, e vivíe cada uno en lo suyo en paz." Crónica general, edición de Ocampo, Valladolid, 1604; folios 327 vto. y 328.

Fray Prudencio de Sandoval fija, caprichosamente según Menéndez y Pelayo, la fecha de este suceso en la era 1189 (año 1151). Por su parte, Lope—acaso buscando el efecto de castigar la tiranía de don Tello por la mano de un rey adolescente, con lo que hace brillar con mayores fulgores el prestigio real; como en Los Novios de Hornachuelos el valetudinario Enrique III, que tiembla con el frío de la cuartana, rinde al tirano de Extremadura—lo supone acaecido en los comienzos del reinado de Alfonso y acumula alusiones a hechos históricos de esa época.

El Rey se nos presenta acompañado de su ayo el conde don Pedro, quien le da consejos, (v. 1731) y a quien considera como padre (v. 2380); anda en tratos con el Rey de Aragón (v. 1309), con el cual asentó paces en 1124, y de él dice, como cosa nueva, "que vive ahora en Zaragoza" (v. 1310) (Alfonso el Batallador la había conquistado en 1118); se reconcilia con su madre doña Urraca (versos 1619 y sigts.), que fallece en 1126, y dispónese a partir de León a Toledo. "A veinte y quatro de Hebrero desta Era 1161 (1123) estaban los Reyes madre y hijo conformes: ella se intitulaba reynar en Leon y su hijo en Toledo." Sandoval, Historia de los Reyes de Castilla y León. Madrid, MDCCXCII, tomo II, pág. 77.—Alfonso VII, después de haber sido proclamado Rey de León y Castilla, cuando niño, en unión de su madre, fué segunda vez coronado, con exclusión de ésta, en 1122. "La Historia de Toledo dice... que fué coronado siendo de edad de diez y nueve años." Sandoval, ob. cit., pág. 69.

El conde don Pedro es su antiguo ayo don Pedro Frojaz de Trava. "El conde don Pedro de Trava criava entonces en Galizia (v. 1515) a don Alfonso, que era pequeño, aquel que fuera fijo del conde don Remón e desta doña Urraca, fija deste rey don Alfonso." (Crónica General, edición de Oocampo, Valladolid, 1604; fol. 315 vto.) Pero Lope truécale el nombre (v. 1516) y le llama don Pedro de Andrada y Castro, acaso recordando a don Gutierre Fernández de Castro, que apoyó fuertemente la causa de Alfonso VII durante su menor edad: "e aquellos porque al casamiento [de doña Urraca con el Conde de Lara] mas se destorvo e non se acabo fueron estos dos don Gomez de Mançanedo e Gutier Ferrandez de Castro." (Crónica de Ocampo, fol. 318 vto.) También Castro y Andrade son apellidos del gran Conde de Lemos don Pedro, protector de Cervantes y antiguo amo de Lope, quien pensaría en él al encontrarse en las Crónicas con otro conde gallego llamado Pedro.

Don Enrique es don Enrique de Lara (v. 1319); pero este personaje no figura en la historia hasta la turbulenta minoría de Alfonso VIII. El conde Pedro de Lara, su padre, amante de doña Urraca, y que en su nombre pretendía gobernar el reino, es el contemporáneo de la mocedad de Alfonso VII. Por oponerse a su influjo fué elegido por rey el que había de ser emperador, y no hay que decir que tan grande enemigo del joven Monarca no habrá figurado nunca en el círculo de sus consejeros y privados, como aquí aparece.

Iniciándose en aquellos tiempos la rivalidad de Castros y Laras, Lope quiso poner al lado del joven Rey un representante de cada familia.

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