DIEGO FERNÁNDEZ, VECINO DE PALENCIA. PRIMERA PARTE DE LA HISTORIA DEL PERÚ. Libro 1.

DIEGO FERNÁNDEZ, VECINO DE PALENCIA. PRIMERA PARTE DE LA HISTORIA DEL PERÚ. Libro 1.
Диего Фернандес, житель Пласенсии. Первая Часть Истории Перу. Книга 1.

PRIMERA PARTE DE LA

HISTORIA

DEL PERÚ

POR

• DIEGO FERNÁNDEZ

VECINO DE PALENCIA

I

EDICIÓN, PRÓLOGO Y APÉNDICES

POR

LUCAS DE TORRE

CAPITÁN DE INFANTERÍA

DIPLOMADO

BIBLIOTECA HISPANIA

CALLE DE SAN LORENZO, NÚM. 10, MADRID

I9I3

Es propiedad.

Queda hecho el depói

to que marca la ley.

Imprenta de Prudencio Pérez de Velasco.—Campomanes, 4.

PRÓLOGO

Una de las obras menos conocidas de cuantas se re-

fieren á la conquista y descubrimiento de América, es la

titulada Historia del Perú, que hoy publicamos, escrita

por Diego Fernández, vecino de Palencia, y cuya primera

y única edición española fué dada á luz en Sevilla el

año 1571.

Concedido al autor el privilegio para la impresión y

venta de su obra, y autorizada su circulación en las In-

dias, aun no había salido de las prensas, cuando, con no-

torio perjuicio de sus intereses, le fué secuestrada la

edición completa de los mil quinientos ejemplares que

había mandado tirar y recogida por el Consejo de Estado,

sin que los autores que de esto se han ocupado manifies-

ten la índole de los motivos que originaron tan extremada

medida.

Esta circunstancia ha hecho tan excesivamente rara,

no sólo en América, sino también en España, la obra á€

Diego Fernández, que no vacilamos en incluirla desde

luego en esta Biblioteca, en donde, como es sabido, sólo

tendrán cabida las obras y documentos inéditos ó de ra-

reza extraordinaria.

Don Antonio de León Pinelo, en el Epítome de la biblio-

teca Oriental y Occidental (col. 649), decía: "por el Con-

sejo de las Indias está mandado que esta Historia no pase

6

PRÓLOGO

á ellas y no se halla en el Perú, como dice el P. Melén-

dez; pero ya está permitido por Real Cédula de 1729 y

queda acabándose de imprimir, 1731, fol.„. Esta reimpre-

sión es desconocida en absoluto y si no fué uña equivo-

cación de León Pinelo, hay que suponer que por causas

desconocidas no acabó de imprimirse.

Las que motivaron el que su circulación fuese prohi-

bida en América y que, como hemos dicho, no mencio-

nan los autores, están expuestas brevemente en el Parecer

que el cronista Juan López de Velasco dio á Felipe II, y

que copiamos á continuación.

Parecer del cronista Juan López de Velasco, sobre la

"Historia,, que escribió Diego Fernández, de Pa-

tencia.

Muy P.° Señor:

Juan López de Velasco, Cronista mayor de las In-

dias, en el parecer que por V. A. se me pide acerca de la

Historia del Perú que ha escrito Diego Fernández, vecino

de Palencia, y de los capítulos que contra ella se han

dado, digo:

Que aunque en algunas cosas el historiador y en otras

los contradictores verosímilmente persuaden lo que dicen,

pero generalmente en lo más y más importante á mí me

parece que ni los unos ni los otros han probado cumpli-

damente lo que proponen, y que así, en cuanto á esto, la

dicha Historia tiene necesidad de mayor averiguación y

examen de verdad antes de.publicarse, supuesto que mu-

chos lugares de los reprendidos son en infamia y nota de

deslealtad de algunos cabildos, de ciudades y personas

públicas y particulares.

Asimismo me parece que la dicha averiguación no se

debe hacer ni proseguir, porque demás'que no podrá ser

HISTORIA DEL PERÚ

7

con la brevedad que el historiador pretende por estar en

las Indias los testigos, papeles y procesos con que los

unos y los otros han de probar la dicha averiguación, no

se podrá hacer sin remover y despertar muchas cosas en-

* conadas y perjudiciales á la honra y fama de muchas per-

sonas general y particularmente, como ya se ha visto en

lo que el historiador dice contra Antonio de Quiñones y

el licenciado Hernando de Santillán, queriendo satisfacer

á algunas objeciones de las que se le han puesto.

Dado caso que la dicha averiguación se pueda hacer

sin inconveniente, aun parece que se debe considerar si

será justicia que habiendo ya pasado aquellos desasosie-

gos y castigado los desleales y rebeldes conocidos dellos,

agora de nuevo se venga á inquirir y verificar la inten-

ción que tuvieron los demás que se hallaron en aquellas

cosas debajo de las banderas de V. M., no habiendo en

ello otro fin más de que se publique la dicha Historia,

que aunque se imprimió con licencia de V. M., según

dice, se comenzó á hacer sin orden ni comisión suya, sino

del Virrey del Perú.

Demás desto, cuando se pueda averiguar lo susodicho

y sea.justo y todo sea verdad, parece que se debe mirar si

será en servicio de V. A. y convendría para la fidelidad

que se debe esperar en lo porvenir de aquellas provincias,

dejar en historia pública y aprobada por V. A., declara-

das por desleales ó sospechosas en su real servicio aque-

llas Repúblicas y personas, quedando como quedaran

dello descontentas y quejosas de la clemencia de V. M. y,

por esto, mal dispuestas para lo que adelante se podría

ofrecer.

Si la dicha Historia se hubiere de publicar, parece que

para que saliese segura de inconveniente convendría en-

viar primero á las Audiencias del Perú algunos volúme-

nes della para que, puestos en personas de confianza, los-

dejasen leer á los antiguos en la tierra que pudiesen tener

noticias de aquellas cosas, y se advirtiese lo mal escrito ó

8

PRÓLOGO

falto y, averiguado todo, se enviase á V. A., que aunque

en historias antiguas esta diligencia no es menester, en las

de tiempos presentes lo es por el peligro que hay de errar

y ofender por la diversidad é incertidumbre de la fama.

Habiéndose de suspender la publicación de la Histo- *

ria ó por no convenir ó entretanto que se hace averigua-

ción, parece que se deberían de coger todos los libros

impresos porque no pasen algunos á las Indias y, para

esto, tomar cuenta al historiador de los que imprimió,

que según ha dicho delante de mí, son mil y quinien-

tos cuerpos.

Vuestra Alteza juzgue y provea en todo como conven-

ga y sea servido mandar que este parecer mío no venga á

noticia de ninguna de las partes.—Juan López de Velas-

co.—En esta ciudad 16 de Mayo de 1572 (1).

Uno de los más ardientes impugnadores de Diego

Fernández fué el licenciado Hernando de Santillán, Oidor

que fué de la Audiencia de Lima y que, según Jiménez

de la Espada (2), había escrito hacia 1558 ó 1559 una ex-

tensa y erudita Información del gobierno de los Incas, de

la cual poseía una copia el mencionado escritor (3). No

conocemos las objeciones puestas por el licenciado Santi-

llán á la Historia del Perú, pero en cambio conocemos las

respuestas que á ellas diera Diego Fernández, y que pu-

blicamos formando el primer Apéndice de este tomo.

De la vida de dicho escritor sólo se sabe lo que resulta

de su obra, es decir, que era natural de Palencia, y segu-

ramente, pariente de los conocidos escritores Fernández

de Palencia y Fernández del Pulgar; que llegó al Perú

poco después de la conquista, sirviendo en el año 1554,

en la campaña contra Francisco Hernández Girón. Des-

(1) Original en Simancas, leg. 6.° de Descripción y población. Existe copia en la Aca-

demia de la Historia, Colección Muñoz, tomo 91, fol. 172.

(2) Prólogo á La guerra de Quito, de Cieza de León, pág. CVI, nota b.

(3) Fué publicada por dicho escritor bajo el titulo Relacióny origen del gobierno de

los Incas, en Madrid, 1879. El original se encuentra en la Biblioteca de El Escorial.

HISTORIA DEL PERÚ 9

(I) Jiménez de la Espada, Prólogo á la Guerra de Quito, de Cieza de León, tomo I,

pág. VIII.

pues fué escribano de número y vendió su oficio para tras-

ladarse á España, habiéndole dado el virrey don Andrés

Hurtado de Mendoza, marqués del Cañete, título de cro-

nista del Perú, con seiscientos pesos anuales de salario,

cargo que le fué quitado por Real Célula de 12 de Junio de

1559. En Marzo de 1568 fué demandado Diego Fernández,

por el fiscal del Consejo de Indias, para que devolviese

mil pesos que le había dado el Marqués al nombrarle Cro-

nista, pero no pudo pagarlos.

Un erudito escritor, el Sr. Jiménez de la Espada, sos-

tiene en el Prólogo de la obra ya mencionada, que Diego

Fernández, para componer la primera parte de su obra

copió una relación del doctor la Gasea, y escribe: "Diego

Fernández de Palencia escribe con originalidad, culta fra-

se y riqueza de interesantes pormenores, la segunda parte

de su Historia del Perú; mas la primera —redactada des-

pués de la segunda—la copia letra á letra—salvo las

correcciones necesarias en el tiempo y persona de los ver-

bos, y trastornando los períodos—de otra historia ó rela-

ción histórica que compuso ú*ordenó, cuando menos, el

licenciado Pedro de la Gasea, valiéndose de las comuni-

caciones y cartas de oficio que él mismo había dirigido

desde América durante su gobierno y jornada contra

Gonzalo Pizarro, al Emperador, á los Príncipes y al Con-

sejo de las Indias. Entre los papeles que este político y

clérigo sin tacha legó al colegió de San Bartolomé de

Cuenca, hállase un trozo de la antedicha relación, el cual

he sometido á minuciosa compulsa conel texto deFernán-

dez; y no hay duda, el plagio es manifiesto y tan desca-

rado, que hasta puede marcarse en el último, con toda

exactitud, en lib. 2.°, cap. 47, fol. 100 vuelto, col. 2.a,

lín. 34, la primera palabra del manuscrito de la Gasea:

procuraríamos„ (1).

10 PRÓLOGO

L. DE T.

No quita esta aseveración mérito alguno á la Historia

de Diego Fernández, si bien no favorezca mucho á éste,

pues siempre resultará que gracias á él se conserva, aun-

que desfigurada en parte, la relación hecha por el li-

cenciado la Gasea, quien, como persona perfectamente

enterada de los sucesos, redactaría aquélla con gran su-

ficiencia y mayor verdad.

No puede calificarse de perfecto ni mucho menos el

estilo literario de Diego Fernández, quien, como soldado

rudo y sencillo que era, procuró narrar los hechos que

presenciara con una gran veracidad, desprovista de toda

:lase de galas.

Al hacer esta edición hemos modernizado la ortogra-

fía de las palabras, dejando intactos los modos de decir,

peculiares del tiempo en que escribía el autor.

Al invictísimo, Católico, defensor de la fe, muy alto y muy

poderoso Rey y señor nuestro Do?t Felipe Segundo,

Rey de las Españas y Ñapóles, Señor de las Indias

y Nuevo Mundo, etc., Diego Fernández.

S. Y P. F.

De las innumerables y maravillosas formas de cosas

que por el soberano Dios en este mundo inferior fueron

hechas y producidas C. R. M., la perfectísima, y de todas

más excelentes, fué el hombre, porque demás de aquella

virtud, fuerza y potencia que en el ánima nos puso para

aventajarnos á las hierbas y plantas y á los animales bru-

tos, y que aquel infinito y sumo bien, por nos subir á

mayor grado sobre las demás criaturas mortales, nos quiso

formar á su imagen y semejanza, nos influyó también el

entendimiento y voluntad: dos virtudes divinas sacadas

de su retrato. El entendimiento, para conocer los miste-

rios de la sabiduría y que aprendiésemos arte, ciencia y

doctrina; y la voluntad para ser buenos, justos, liberales

y piadosos. Mas, porque fueran inútiles estas potencias,

si no se comunicaran á las gentes, nos dio también la

habla (don verdaderamente divino) para que con ella, es-

pecialmente, fuésemos preferidos á las demás criaturas y

12

DEDICATORIA

para ser ensenados y amaestrados en el conocimiento de

las cosas y en la moderación de las costumbres, siendo

como intérprete de nuestros conceptos y pensamientos.

Este don de lengua fué de todos los sabios tenido por tan

excelente, que juzgaron ser del mismo precio que la im-

mortalidad y el mejor tesoro del hombre. De la habla su-

cede y nace la escritura (á la habla semejante), que nos

gobierna la vida como verdadera pintura de la habla. Y á

todo género de escritura, es y fué siempre preferida la

Historia, porque es testigo de los tiempos, luz de la ver-

dad, vida de la memoria, maestra de las costumbres y

mensajera fiel de toda la antigüedad. Por lo cual, son los

historiadores dignos de ser estimados; pues dan perpetua

memoria y fama á personas valerosas y á sus heroicos he-

chos. Y por eso, no sólo de sus Reinos y Repúblicas son

perpetuamente celebrados, pero aun de las demás nacio-

nes del mundo. Dice el elocuente Cicerón, que el princi-

pal aviso de la Historia es, que nadie se atreva á escribir

mentira ni calle la verdad, y que de tal matiera se escriba,

que no haya sospecha de aficción, pasión ó interese. De

suerte que el verdadero fiel y fin del cronista ha de ser

la verdad, pura y limpia. Y semejante letura fué siempre

loada y recomendada á los Monarcas y héroes, porque

hace al hombre más prudente. Por tanto, Sócrates com-

para la prudencia á la Historia, dividiéndola en tres partes,

y dice: "El hombre prudente, debe acordarse de lo pa-

sado, mirar lo presente y proveer á lo que está por venir„.

Lo cual todo nace del conocimiento de la Historia, pues

por las cosas pasadas juzgamos las venideras. También

se da por precepto que los consejeros de los Príncipes

sean prudentes, expertos y leídos en historias; porque por

la memoria y recordación -de los pasados sucesos sepan

escoger el mejor consejo, así para conservar la paz, como

para mantener la buena orden de la guerra. Lo cual, todo

por mí bien considerado, ya que hube acabado de escribir

la tiranía de Francisco Hernández Girón, con lo demás su-

HISTORIA DEL PERÚ 13

cedido en las provincias del Perú, después que el Presi-

dente Gasea se partió de aquellos reinos para España

(según que el Virrey Don Andrés Hurtado de Mendoza

me lo mandó escribir), luego propuse escribir también la

rebelión y castigo de Gonzalo Pizarro.

Y así con este intento (para mejor lo hacer) antes que

deallá partiese, tomé muy copiosa y verdadera relación de

todo el suceso, y venido á Castilla lo comencé á ordenar.

Más queriendo proceder, se me acobardó la pluma, y rehu-

sé la carrera por algunos inconvenientes que se me opo-

nían. Estando así confuso, yo vine en esta sazón á la Corte

de Vuestra Magestad, donde hice demostración, ante los

de vuestro Real Consejo de las Indias, de aquella primera

historia que antes yo había escrito (que agora en orden

es segunda), y pareciéndoles bien el verdadero discurso

de su narración, entendieron que sería útil y provechoso

(y aun necesario), que yo acabase la historia comenzada.

Y así lo mandaron, dándome esperanza de gratificación y

premio, con que tomé nuevo aliento y ánimo para cum-

plir mandado de tan alto Tribunal, lanzando de mí el te-

mor y recelo que ya tenía, para no acabar la empresa co-

menzada.

M

Lo cual fué causa para que yo y mi pluma, sacando

(como dicen) fuerzas de flaqueza, hayamos perseverado

en el trabajo hasta fenecer la obra, y la continuar con la

que de antes yo había escrito. Lo cual se contiene y divi-

de en estos dos libros que á Vuestra Magestad se ofrecen

y consagran, para que debajo de tan sublime título y am-

paro puedan salir á luz, seguros de las tinieblas del olvi-

do y de lenguas mordaces. Que, pues, la otra primera

parte (que en orden agora es segunda), escrita de mano,

con humilde y sincero ánimo, me atreví ofrecer á Vues-

tra Magestad (sin tener por entonces intento de lo impri-

mir), justo es, que habiendo de salir á luz lo que se hizo

y continué por mandado de vuestro Real Consejo, vaya

también debajo de la sombra y amparo de Vuestra Mages-

14

DEDICATORIA

tad. Pues el sujeto de la materia es la misma Historia,

cuyo conocimiento y lección pertenece á los Reyes más

que á otras personas, porque á aquéllos mayor peso, car-

go y cuidado les es dado del omnipotente Dios, que da

los cetros y las coronas á los que Él ha escogido para

gobernar los reinos y mantener en paz y justicia sus va-

sallos. Y por tanto, tienen mayor necesidad de entender y

considerar cosas varias y diversas, que en las historias

siempre se hallan, para corregir las cosas mal hechas y

mantener las buenas, honrosas y provechosas. Reciba,

pues, Vuestra Magestad este mi trabajo, con el sincero

ánimo que el autor le ofrece á Vuestra Magestad, cuya

Real persona nuestro Señor guarde y deje vivir y reinar

con aumento de más reinos y señoríos, y por tantos y tan

felices años como la Cristiana República ha menester, así

como por Vuestra Magestad y los aficionados subditos y

vasallos se desea: Amén.

PRÓLOGO

AL LECTOR:

Costumbre fué de los antiguos romanos, hacer y con-

sagrar estatuas de metal y mármol á los que hacían obras

y cosas señaladas en ayuda y favor de la pública utilidad,

por incitar á grandes empresas los ánimos de los que

adelante sucediesen. Y no por otra cosa fueron tanto alza-

das aquellas pirámides de Egipto. Mas porque lo uno y

lo otro era sujeto á la aguda lima del tiempo, que todo lo

consume y acaba, fué hallada la historia, que lleva el •

nombre de los mortales y sus obras por infinidad de si-

glos, eternizando su memoria con perpetua alabanza. Ha-

biendo, pues, yo (prudente lector) ordenado y escrito, en

esta mi historia, las guerras y disensiones del Perú, que

sucedieron después que las nuevas leyes se hicieron para

el buen gobierno de todas Indias sujetas á la corona

Real de Castilla (que á mí fué mandado escribir para

efecto que se tenga memoria y haya perpetua fama de los

leales hechos y de aquellos que los hicieron, porque otros

se animen á lo continuar y proseguir, y por el consiguien-

te, para perpetua infamia de los que hicieron lo contrario,

y otros se refrenen de hacer lo semejante); queriéndolo

agora sacar á luz, no puedo dejar de temer y recelarme;

porque no es posible satisfacer la opinión y voluntad de

16

PRÓLOGO AL LECTOR

todos, pues no tengo mayor ni más especial privilegio que

los demás escritores, para librarme del rabioso bocado de

la reprehensión, allende de las demás dificultades, que

generalmente se ofrecen, al que escribe los hechos de los

hombres, que son muchos. Y es cierto, más dificultoso y

de mayor trabajo, tratar de los del Perú; á do muchas

veces con invención y cautela, paliadamente, debajo de

quimera y engaño, cada uno sigue aquel bando á que

más su ánimo y propio interese le inclina. Donde cualquier

Historiador (por curioso que sea) corre gran riesgo y tor-

menta en aquella vieja afición y pasión de Pizarros y Al-

magros; porque cada cual del un bando pone comento y.

glosa contra los hechos de los del bando contrario, colo-

rando y matizando las obras y hechos de sus consortes.

Por razón que aquella terrible enemistad antigua, siempre

les dura y la tienen fija en sus corazones, como si en már-

mol ó duro diamante la hubiesen escrito y esculpido. Por

tanto, quien los hechos del Perú quiere escribir, ha de

hacer averiguación de verdad por sí ó por escrituras, y

en aquello que no fuere posible (ó no pudiere) debe pro-

curar relación verdadera de tales personas, que ni por sí,

•ni otro, les competa ambición ni interese. Siendo pues,

esto, por mí especulado, propuse escribir esta mi historia

(como en el Perú y en Castilla me fué mandado) desnu-

damente, cómo fué y pasó, para que el discreto lector sea

intérprete y juez; pues al historiador no se concede más

que ser testigo de lo que escribe. Por tanto, benigno y be-

névolo lector, te ruego y suplico que si alguna falta ó des-

cuido hallares en esta mi escritura, lo suplas con tu dis-

creción y prudencia, y como cristiano y prógimo, me ad-

viertas: que allende que en esto harás cosa de ánimo

noble, por ello te seré siempre obligado, como se debe

á semejante beneficio.

SÍGUENSE LOS DOS LIBROS DE LA PRIMERA PARTE DE LA HISTORIA

DEL PERÚ QUE ESCRIBIÓ DIEGO FERNÁNDEZ, VECINO DE LA

CIUDAD DE PALENCIA. EN QUE SE CONTIENE LO SUCEDI-

DO, EN LA NUEVA ESPAÑA Y EN EL PERÚ, SOBRE LA

EJECUCIÓN DE LAS NUEVAS LEYES QUE SE HICIE-

RON PARA EL BUEN GOBIERNO DE TODAS

LAS INDIAS DE SU MAGESTAD: CON LA

REBELIÓN Y CASTIGO DE. GONZA-

LO PIZARRO Y SUS SECUACES:

CON TODOS LOS ACAESCI-

MIENTOS Y REVOLU-

CIONES QUE HU-

BO EN LA

TIRA-

NÍA;

LIBRO PRIMERO

CAPÍTULO PRIMERO

Cómo á instancia de fray Bartolomé de las Casas fueron

hechas nuevas leyes para las Indias, y de otras cosas que

á la sazón se ordenaron, y cómo luego se tuvo noticia de

ello en todas las Indias.

Venida de fray Bartolomé de las Casas á Castilla.—No ha efecto la pre-

tensión de fray Bartolomé de las Casas hasta el año de cuarenta y

dos.—Proveyóse lo que fray Bartolomé quería.—Hácense nuevas

leyes y ordenanzas para todas las Indias de su Magestad.—Origen

de la rebelión de Gonzalo Pizarro.—Las cuatro principales ordenan-

zas que se hicieron.—Deshácese la Audiencia de Panamá y hácense

otras Audiencias de nuevo, y Virrey para el Perú.—Ordénase que

vaya Visitador á la Nueva España.—Envíanse traslados á las Indias

de las leyes y tratan del remedio.

Año del nacimiento de Nuestro Redentor y Salvador

Jesucristo, mil y quinientos y treinta y nueve, estaba

toda España cubierta de luto, porque había pasado de

esta breve y transitoria vida á la eterna, celestial y sin fin,

el ánima de la cristianísima emperatriz Doña Isabel, reina

de Castilla (como de sus santas costumbres y católicas

obras se debe esperar). Y fué tanto el pesar y tristeza que

sintió, por su arrebatado fin, el invictísimo César Carlos

Quinto Augusto, que si el dolor entonces de su prudencia

no fuera vencido, en aquel punto fenecieran sus glorio-

sas empresas, claros y sublimes triunfos. El cual, después

de ser acabadas las debidas obsequias que al honoratísi-

HISTORIA DEL PERÚ

mo cuerpo fueron hechas, luego determinó pasar en Fran-

cia, Flandes y Alemania. Y para lo poner en efecto dejó

en la Corte, y en su lugar, al serenísimo príncipe don

Felipe de Austria, su hijo. Estando, pues, la Corte en

esta sazón, en la villa de Madrid (habiéndose ya partido

el sagrado Emperador) llegó allí (que venía de la Nueva

España) fray Bartolomé de las Casas, de la Orden de

Santo Domingo, antiguo conquistador y poblador de las

Indias; y al parecer, así en los sermones como en sus

pláticas familiares, se mostraba muy celoso del bien co-

mún, en la conversión de los indios, y gran defensor de

ellos; y sustentaba cosas que, aunque buenas y santas,

parecían dificultosas de se efectuar. Al tiempo que este

religioso vino á la Corte, no halló en el Consejo de las In

dias el aparejo que deseaba, por presidir en él el carde-

nal de Sevilla don García de Loaysa, que allende que er i

persona de gran prudencia, había muchos años gobernado

las Indias en aquel cargo, y así entendía las cosas dellas

que muchas veces acertaba lo que convenía mejor que los

mismos que las habían conquistado y morado. Y por esta

causa (ó por otra alguna que le movió) nunca fué de pa-

recer que se hiciese lo que fray Bartolomé pedía; por lo

cual, se entretuvo y no hubo efecto su pretensión hasta el

año de cuarenta y dos, que la Cesárea Magestad del Em-

perador volvió en Castilla; el cual, como católico y cris-

tianísimo, fué fácilmente del fraile persuadido (por los

cargos de conciencia que de no lo proveer le puso de-

lante). Y á la verdad, todo lo que decía y platicaba pare-

cía rnuy justificado y necesario para la conversión de los

indios, y para mejor conservarse el número de ellos, si

de querer que se hiciese en poco tiempo y de golpe no

resultaran mayores males y daños. Informado, pues, su

Magestad, y queriendo proveer de remedio, mandó llamar

y ayuntar sus consejos, y otros letrados, prelados y reli-

giosos; y consultado el caso, habiendo sobre ello larga-

mente tratado y conferido, al cabo se hubo de proveer lo

que fray Bartolomé quería (como mejor pareció á su

Magestad y á los de la consulta), aunque todavía contra

la opinión y parecer del Presidente y del obispo de Lugo

HISTORIA DEL PERÚ

2.5

don Juan Suárez de Carvajal, y del comendador mayor

Francisco de los Cobos y de otros caballeros que eran de

aquel voto; como personas que entendían, sospechaban

lo que podría suceder (esto según que después de resu-

midos los negocios se publicó en la Corte y aun se escri-

bió á las Indias). De manera que sobre ello se hicieron

nuevas leyes y ordenanzas para todas las Indias de su

Magestad, así para la Nueva España como el Perú, sobre

la forma que de allí en adelante se había de tener y guar-

dar en el tratamiento, tributos y servicios de los indios,

y sobre otras cosas á esto anejas. Entre las cuales hubo

algunas (al parecer de aquellos á quien tocaban) más ri-

gurosas de lo que convenía, de donde tuvo principio y

origen la rebelión y alboroto de Gonzalo Pizarro, cuya

historia pretendemos escribir, tocando también sumaria-

mente el suceso que de estas ordenanzas hubo en la

Nueva España. Por lo cual, pondremos aquí algunas de

las que más hacen á nuestro propósito, las principales de

las cuales son estas cuatro:

Que después de la muerte de los conquistadores, y po-

bladores, y vecinos de las Indias, los repartimientos de

indios que estuviesen en su cabeza encomendados, eu

nombre de su Magestad, no sucediesen en ellos sus hijos

ni mujeres, sino que luego fuesen puestos en cabeza del

Rey, dando á los hijos y mujer cierta cantidad de los fru-

tos de ellos para sustentación suya.

ítem: que ningún indio se cargase, salvo en aquellas

partes que no se pudiesen excusar, y se les pagase su

trabajo, y que no se echasen indios en las minas ni á

la pesquería de las perlas, y que se tasasen los tributos

que hubiesen de dar á sus encomenderes, quitándoles

juntamente el servicio personal.

ítem: que se quitasen las encomiendas y repartimien-

tos de indios que tenían los Obispos, Monasterios y Hos-

pitales, y los que hubiesen sido Gobernadores, Presi-

dentes y Oidores, Corregidores y Oficiales de Justicia, ó

sus Tenientes y Oficiales de su Magestad. Y que no los

pudiesen tener, aunque dijesen que querían renunciar los

oficios.

24

HISTORIA DEL PERÚ

ítem á todos los encomenderos del Perú que hubiesen

sido culpados en las alteraciones y facciones de don Fran-

cisco Pizarro y don Diego de Almagro.

Con la cual ordenanza, casi ninguno podía tener en el

Perú indios ni hacienda, y, por consiguiente, todas las

personas de calidad de la Nueva España, por la ley ter-

cera antes de ésta, porque las tales personas, todos ha-

bían sido Corregidores, Alcaldes ó Justicias, ó Lugarte-

nientes. De suerte que, solas estas dos leyes, eran como

red barredera, que comprendían todas las Indias.

Fué también proveído, juntamente con esto, que la

Audiencia de Panamá se deshiciese y se ordenase otra

de nuevo en los confines de Guatemala y Nicaragua,

mandando que fuese sujeta á esta Audiencia la provin-

cia de Tierra Firme. Asimismo se proveyó que hubiese

nueva Audiencia en el Perú, y en ella cuatro Oidores

y un Presidente-con titulo de Visorrey y Capitán gene-

ral, y también que fuese á la Nueva España persona

cual conviniese, para visitar al Virrey, y á la Audiencia de

México, y á todos los Obispos, y tomase las cuentas y re-

sidencia á los Oficiales reales y á todas las Justicias del

Reino. El cual proveimiento luego se divulgó, y las or-

denanzas (que muchas eran) fueron impresas y publica-

das por toda España. Y como á la sazón estaban algunas

personas de las Indias en la Corte Real, luego enviaron

muchos traslados de las ordenanzas, así á la Nueva Es-

paña como al Perú, de que todos recibieron grande es-

cándalo, alteración y descontento. Y luego comenzaron

á tratar del remedio, tanto, que los indios lo entendían y

se alegraban y ensoberbecían mucho por ello.

CAPÍTULO II

Cómo su Magestad nombró personas que ejecutasen las or-

denanzas de las Indias, á don Francisco Tello de Sando-

val en la Nueva España, y á Blasco Núñez Vela, en el

Perú, y cómo Tello de Sandoval entró en México, y de su

fundación y sitio.

Señala su Magestad persona para la ejecución de las Ordenanzas.—Don

Francisco Tello de Sandoval va por Visitador á la Nueva España

con las nuevas leyes.—Blasco Núñez Vela, Virrey y Presidente del

Perú.—Los cuatro Oidores de la Audiencia del Perú.—Parten de San-

lúcar el Virrey y el Visitador.—Véense en la mar, de noche, fue-

gos amontonados.—Tlascallán, ciudad fértil y abundosa.—Asiento

y sitio de la ciudad de los Ángeles.—Quieren salir los mexicanos

cubiertos de luto á recibir al Visitador.— Entra el Visitador en

, México.—Descripción de la ciudad de México.

Pasados algunos días, después que las ordenanzas

fueron hechas y publicadas, la sacra Magestad señaló per-

sonas para la ejecución de ellas, y por el mes de Abril

del año de cuarenta y tres, nombró por Visitador á don

Francisco Tello de Sandoval (natural de Sevilla), que ha-

bía sido Inquisidor de Toledo, y á la sazón era del Con-

sejo Real de las Indias (persona de gran rectitud, grave y

prudente), para que fuese con las nuevas leyes á la Nue-

va España, y las ejecutase é hiciese la visita de aquella

tierra; y por Virrey y Presidente de las provincias del

26

HISTORIA DEL PERÚ

Perú, señaló á Blasco Núñez Vela, natural de la ciudad

de Avila, que era veedor general de las guardas de Cas

tilla. Proveyó asimismo por Oidores de la Audiencia del

Perú, al licenciado Diego de Cepeda, natural de la villa

de Tordesillas, que era oidor en las islas de Canarias, y

al licenciado Lisón de Tejada, natural de Logroño, al-

calde de los hijosdalgo en la Real Audiencia de Vallado-

lid; y al licenciado Alvarez, abogado en la misma Au-

diencia; y al licenciado Pero Ortiz de Zarate, natural de

la ciudad de Orduña, que era alcalde mayor en Segovia;

y mandó su Magestad que fuese Agustín de Zarate (que

era secretario del Consejo Real), por contador de cuen

tas de aquellas provincias y de Tierra Firme; y diéronseles

las ordenanzas, para que, asentada la Audiencia en la ciu-

dad de los Reyes (adonde su Magestad mandó que resi-

diesen), se ejecutasen como en ellas se contenía al pie de

ía letra, como leyes inviolables. Finalmente, el visitador

don Francisco Tello de Sandoval y el virrey Blasco Núñez

Vela, con los demás que en su compañía habían de ir, se

aprestaron luego para la partida, y sábado tres de No-

viembre del año de cuarenta y tres, partieron del puerto

de Sanlúcar de Barrameda al reir del alba, con una her-

mosa flota de cincuenta y dos velas, y con próspero vien-

to, dentro de doce días llegaron á las islas de Canaria,

al puerto de la ciudad, donde surgieron y se refrescaron

del enojo del mar por quince días. Y á los veintinueve de

Noviembre, se embarcaron el Virrey y Visitador con toda

la flota, así del Perú como de la Nueva España, y dando

velas al viento, partieron del puerto de aquella ciudad y

se engolfaron, donde muy presto se perdieron de vista los

unos de los otros, siguiendo don Francisco Tello la man-

derecha y Blasco Núñez por la izquierda. Prosiguiendo,

pues, el Visitador su viaje con las velas de la Nueva Es-

paña, á los nueve días, siete de Diciembre en la noche,

víspera de la Concepción de la gloriosísima Virgen María

Nuestra Señora, haciendo la noche muy escura (por ser

el fin de la luna), se vieron en la mar unos fuegos amon-

tonados á manera de hogueras, que de tal manera echa-

ban de sí claridad, que á la luz de ellos en cualquiera de

HISTORIA DEL PERÚ

27

los navios se podía muy bien leer y escribir, como si fue-

ra de día. Duraron estos fuegos desde aquella noche has-

ta la media noche del día siguiente, que fué día de Nuestra

Señora, lo cual causó grande admiración y puso algún

pavor en los mareantes. Afirmaron los marineros y pilotos

jamás haber visto en la mar cosa semejante. Prosiguien-

do su viaje, á doce de Febrero, llegó en salvamento con

trece navios, al puerto de San Juan de Ulúa, y otro día

siguiente se partió para la Vera Cruz, que está á cinco

leguas, donde el Visitador estuvo siete días. De allí se

partió para Tlaxcallan, que es una gran ciudad de indios,

cuya tierra es fértil, con abundancia de ríos y mucha ar-

boleda y prados. De aquí se partió para la ciudad de los

Angeles, que está cinco leguas de Tlaxcallan y está

asentada en un llano, y es su asiento de los buenos y más

sanos del mundo; tiene las calles anchas, llanas y dere-

chas; son las casas de cal y canto y de buenos edificios.

De aquí partió el Visitador para la ciudad de México, por

diversos pueblos de indios, y cuando por ellos pasaba le

recibían con mucha fiesta. Ya en este tiempo (y antes) los

de México tenían relación y noticia de su llegada, y por

el consiguiente, de las ordenanzas que traía, y así, para

cuando el Visitador hubiese de entrar en la ciudad, todos

estaban determinados de salir á recibirle cubiertos de luto,

por mostrar el sentimiento y tristeza que por su venida

tenían, lo cual entendiendo el virrey don Antonio de

Mendoza, lo había reprehendido y estorbado. Entró el Vi-

sitador en México, sábado ocho días del mes de Marzo,

Saliéronle á recibir el Virrey con la Real Audiencia y Ofi-

ciales de ella, y los Cabildos de la ciudad y la Iglesia,

con más de seiscientos hombres de caballo, con ricos y

galanos jaeces; y todos juntos, en buena orden, les salie-

ron á recibir media legua de la ciudad. El Virrey y el Vi-

sitador, se recibieron con mucho comedimiento y cerimo-

nia, y vinieron juntos al Monasterio de Santo Domingo,

donde don Francisco Tello se apeó, habiéndole salido á

recibir á la puerta del Monasterio don fray Juan de Zumá-

rraga, primero Obispo de México, de la orden de San

Francisco. Aquí se despidieron el Virrey y el Audiencia

28

HISTORIA DEL PERÚ

y Cabildos, con todos los demás, dejando aposentado al

Visitador en el Monasterio.

Está fundada esta gran ciudad de México en un

llano sobre agua, de la suerte que Venecia, porque

iodo el cuerpo de la ciudad está sobre agua y tiene

grandísimo número de puentes. La laguna sobre que

está fundada la ciudad, aunque parece toda una, son

dos y muy diferentes, porque la una es de agua salada

y amarga, y la otra de agua dulce y buena; la salada

crece y mengua, la dulce está más alta, y así cae el agua

buena en la mala y no al contrario. Tiene cinco leguas de

ancho la laguna salada y tendrá ocho de largo, y casi lo

mismo tendrá la dulce. Andan en estas lagunas doscien-

tas mil barquillas, que los naturales llaman acales y los

españoles canoas: son á manera de artesas, hechas de una

pieza y son grandes y chicas, según es el tronco del árbol

de que cada una se hace. Tenía en esta sazón y tiempo

setecientas casas muy grandes y principales y bien edifi-

cadas, labradas pulidamente y de cal y canto. Ninguna

de estas casas tiene tejado, sino muy buenos terrados, que

se puede muy bien andar por encima de las casas. Las

calles son bien trazadas, muy llanas y derechas, y tan an-

chas, que por cada una de ellas pueden ir en ala siete de

caballo con sus lanzas y adargas, sin que el uno estorbe

al otro. La casa donde está la Real Audiencia, tenía den-

tro nueve patios y una muy buena huerta y plaza, do se

pueden muy bien correr toros. Posaban en esta casa có-

modamente, el virrey don Antonio de Mendoza y el visi-

tador don Francisco Tello de Sandoval, tres Oidores y el

Contador de cuentas. Estaban también en ella la Cárcel

real, la Casa de la fundición, do se funden campanas y ar-

tillería, y la Casa de la moneda. Pasa por el un lado de

esta casa, la calle (que llaman) de Tacuba y por otro cabo

la calle de San Francisco. A las espaldas tiene la calle de

la Carrera, que todas son calles principales, y por delante,

la plaza que corren toros en ella. Es tan amplia esta casa,

que en lo que responde á estas calles y plaza hay ochen-

ta puertas de casas principales de vecinos. La población

de los indios de esta ciudad está en dos grandes barrios

HISTORIA DEL PERÚ

29

que llaman Santiago y México, en que estarían en este

tiempo doscientos mil indios. Salen y entran á esta ciu-

dad por cuatro calzadas, que una de ellas tiene dos leguas

de largo, que es por la que entró Hernando Cortes, la del

Mediodía, y otra tiene una legua y las otras menos.

CAPÍTULO III

Cómo en la ciudad de México se diputaron personas para

suplicar de las Ordenanzas, y cómo fueron públicamente

pregonadas, y del alboroto y sentimiento que sobre ello hubo.

Alborótanse los de México sobre la ejecución de las nuevas leyes y

tratan del remedio.—Reprehende el Visitador á los de México y

conseja lo que deben hacer.—Van los diputados al Visitador y re-

prehende el Visitador á los diputados.—Discúlpase el Visitador de

haber hecho pregonar las ordenanzas.

Habiéndose aposentado don Francisco Tello de San-

doval en el Monasterio de Santo Domingo, luego se co-

menzó por toda la ciudad una general murmuración yes-

cándalo, diciendo que venía por ejecutor de las nuevas

leyes, y cada uno discantaba lo que le parecía sobre su

venida, y públicamente se juntaron á tratar sobre el reme-

dio, diciendo que se les hacía grandísimo agravio. Y eran

todos de acuerdo y parecer que luego suplicasen de las

ordenanzas é interpusiesen su apelación ante el Visita-

dor. Y aquella noche y otro día domingo, no trataron de

otro cosa los del Cabildo y Oficiales de su Magestad y

vecinos. Y así, el lunes, en amaneciendo, se comenzaron

á llamar y convocar unos á otros, y todos los Regi-

dores con el Escribano de ayuntamiento, con grande nú-

mero de gente, se fueron derechos al Monasterio de Santo

Domingo, llevando ordenada en forma su apelación. Y fué

tanta la gente,que con ser el Monasterio muygrande y es-

32 HISTORIA DEL PERÚ

pacioso, no cabían dentro. Y aunque el Visitador se re-

celó y tuvo algún miedo de su desvergüenza, salió á ellos

con buen semblante, y diéronle á entender el efecto de

su venida. ¿1 reprehendió al Cabildo su determinación con

palabras blandas, diciéndoles: que pues él no había pre-

sentado sus poderes, ni tampoco les constaba el efecto de

su venida, que de qué querían apelar, pues no sabían de

qué se agraviaban, y que les rogaba se fuesen luego, y

que allá, entre sí, nombrasen dos ó tres Regidores por

diputados de la ciudad, y que éstos viniesen á la tarde á

tratar del negocio, y que él les oiría y respondería. Con

esto'se despidieron todos, y diputaron entre sí al Procu-

rador mayor y dos Regidores y al Escribano de ayunta-

miento y Cabildo, Miguel López de Legaspi; los cuales

fueron á las dos después de medio día, al Monasterio.

El Visitador los recibió (al parecer) alegremente y los

metió en su aposento, y reprehendióles el grande albo-

roto que á la mañana habían hecho, exagerando su de-

lito, representándoles lo que dello pudiera resultar con-

tra el servicio de Dios y de su Magestad, diciéndoles

asimismo, que él no venía á destruir la tieira, sino para

les favorecer en todo lo que pudiese, prometiéndoles ser

buen intercesor y medianero para con su Magestad, á

quien escribiría en su favor sobre la suspensión de las

ordenanzas; y que las muy rigurosas él no las había de

ejecutar por alguna manera. Finalmente, les habló y per-

suadió de tal suerte; que ellos se volvieron muy contentos,

sin hacer diligencia alguna sobre la diputación que lleva-

ban, y ellos mismos fueron causa de sosegar el pueblo,

que tan inquieto y escandalizado estaba. Con esto, pues,

se entretuvieron algunos días, hasta lunes veinticuatro de

Marzo, que se pregonaron públicamente las nuevas leyes,

estando presentes al acto el Virrey y el Visitador con

toda la Audiencia; y en acabándose el pregón, el Procura-

dor mayor de la ciudad quiso romper por toda la gente,

haciendo algún alboroto, para llegar al Visitador á inter-

poner ante él la suplicación, que ya traía ordenada, y mu-

chos de los presentes dieron clara muestra de escandali-

zarse. Por lo cual, el Visitador, recelándose no sucediese

HISTORIA DEL PERÚ

33

alguna novedad y desvergüenza, comenzó luego allí, en

presencia de todos, á desculparse de haber hecho prego-

nar las ordenanzas, prometiendo que todo aquello que era

en perjuicio de los conquistadores y vecinos, no se había

de cumplir ni efectuar, y que tampoco faltaría en cosa al-

' guna de todo lo que había tratado y prometido á los di-

putados del Cabildo de la ciudad. Y mostraba tener gran

sentimiento, porque no le daban entero crédito, haciendo

grandes salvas para darles á entender que él deseaba y

procuraba más que ellos mismos, el bien público de todos

los de la Nueva España. Y prometió, con sacramento, de

escribir á su Magestad, informándole en favor de los con-

quistadores y pobladores; y que no solamente había de

favorecer para que su Magestad no les disminuyese las

rentas y hacienda que tenían, ni quebrantase sus fueros y

capitulaciones, empero que ayudaría para que de nuevo

se lo confirmase é hiciese nuevas mercedes, y les repar-

tiese todo aquello que estaba vaco en la tierra. Asimismo,

el Obispo de México (que estaba presente), viendo la

gente tan triste y descontenta, esforzó cuanto pudo el in-

tento del Visitador y convidó toda la gente, para que otro

día siguiente, veinticinco de Marzo (fiesta de Nuestra Se-

ñora), fuesen todos á la iglesia mayor, que él les predicaría

y el Visitador diría la misa. Con esto se fueron todos harto

tristes, confusos y vacilantes, consolándose algún tanto

de su congojoso temor con la dudosa esperanza que se

les prometía, y toda aquella noche pasaron con harto poco

reposo, llenos de congoja y cuidado.

3

CAPÍTULO IV

Cómo se sosegó la gente de México y nombraron diputados

que fuesen á negociar con su Magestad.

Nómbranse diputados por la ciudad para que vayan ante su Magestad.

Escribe el Visitador á su Magestad sobre las ordenanzas y en favor

de los conquistadores y pobladores.—Embárcanse los diputados

para Castilla. ^

Venido, pues, el día de la Anunciación de la sacratísi-

ma Inmaculada Virgen María, fiesta que representa el

principio de la reparación del género humano, el Vi-

rrey, Oidores y Cabildo, y todos los demás vecinos de

la ciudad, se juntaron en la iglesia mayor, donde cele-

bró la misa el Visitador y predicó el Obispo de México,

acotando en su sermón muchas autoridades de la Sagra-

da Escritura, cerca de la presente tribulación en que toda

la gente estaba. Y tratólo tan bien, y con tal espíritu, que

á todos dio mucha consolación; y luego comenzaron de-

mostrar más contento y trataban mejor del negocio. Y de

allí en adelante, el Procurador mayor y Regidores iban

á visitar á don Francisco Tello y trataban con él la forma y

manera que tendrían con su Magestad para el remedio, y

con su parecer y consejo, nombraron dos religiosos, per-

sonas principales y dos Regidores diputados por el Ca-

bildo de la ciudad y de toda la tierra, para que éstos par-

tiesen luego para Alemania, donde sabían que á la sazón

estaba el cristianísimo Emperador ocupado en las guerras

que contra los luteranos hacía. Y el Visitador ^se ofreció

36

HISTORIA DEL PERÚ

escrebir con ellos á su Magestad, dándole á entender

cuánto convenía al servicio de Dios y suyo, paz y sosie-

go y perpetuidad de la tierra, la suspensión de las orde-

nanzas, y que avisaría de los daños é inconvenientes que

sucederían de la ejecución dellas. Lo cual así hizo, es-

cribiendo á su Magestad por extenso, la relación de su

viaje y lo sucedido de su venida en la Nueva España, ad-

virtiendo muchas cosas cerca de la declaración y ejecución

de las nuevas leyes, notando y advirtiendo particularmen-

te, lo que en cada ley se debía restringir ó ampliar. Y en

esta carta iba un capítulo bien largo y notable en favor de

los conquistadores y pobladores de la tierra, para efecto

que se les encomendasen indios y fuesen gratificados de

sus servicios y trabajos, culpando mucho á los Gobernado-

res porque injustamente habían dado los repartimientos.

Iban en esta carta veinticinco capítulos, que contenían las

condiciones con que se debían encomendar los indios,

para perpetuidad de la tierra y aumento de los naturales,

que casi todo era en favor de los vecinos encomenderos.

Escrita, pues, esta carta, embarcáronse los procuradores

diputados en la flota que partió de San Juan de Ulúr.

para Castilla, y, asimismo, se embarcó otra mucha gente

por razón de las nuevas leyes.

CAPÍTULO V

Cómo don Francisco Tello ejecutó con moderación algunas

ordenanzas, y lo que negociaron con su Magestad los di-

putados de la Nueva España y el regocijo y fiestas que

se hizo en México.

Ejecuta el Visitador la tercera ley en los que eran Oficiales y en los

Obispos.—Llegan los diputados á Castilla y pártense para Alema-

nia.—Negocian los diputados con su Magestad y vuelven á México*

Alégranse los de México y dan gracias al Visitador.—Regocíjanse

los de México y hacen fiestas.—Vuélvese á Castilla don Francisco

, Tello de Sandoval.

Después que las nuevas leyes fueron pregonadas, pro-

curó el Visitador, con mucho tiento y poco á poco, cum-

plir y ejecutar algunas dellas, por los mejores medios que

pudo. Y así ejecutó la tercera ley de las rigurosas en los

oficiales del Rey, que entonces lo eran, porque en aqué-

llos le pareció ser cosa justa y conveniente, y no en los

que antes lo habían sido, ni en los tenientes, y ejecutóla

también en los prelados, y en la carta que escribió á su

Magestad, dio relación de ello. Los procuradores diputa-

dos, religiosos y regidores que partieron de la Nueva Es-

paña, llegaron con próspero viaje en salvamento á Casti-

lla, y de allí se partieron luego para Alemania á negociar

con el católico Emperador, tomando los religiosos hábito

de soldados, por ser en aquel tiempo, y en aquellas par-

tes, la persecución de los monasterios en Inglaterra y

Alemania; y habiendo bien negociado á lo que iban, y

33

HISTORIA DEL PERÚ

trayendo cédulas reales de su buen despacho, escribieron

el buen suceso que con su Magestad habían tenido, en la

primera flota que volvió á la Nueva España. Llegados,

pues, los despachos á México y vistos en el Cabildo, lue-

go salieron todos juntos con el Escribano de Ayuntamien-

to y fueron á casa del Visitador, con harto más contento y

alegría que no cuando fueron á suplicar de las ordenan-

zas, y diéronle muchas gracias por la carta que, en favor

de todos en general, había escrito, y mostráronle la cédula

de su Magestad, por la cual expresamente mandaba al Vi-

sitador que las nuevas leyes se sobreseyesen y no se en-

tendiese en la ejecución dellas hasta que otra cosa en con-

trario se mandase, y decía también que su Magestad man-

daría repartir la tierra entre los conquistadores y poblado-

res de ella. Después de lo cual, en la primera flota, su Ma-

gestad envió poder á don Antonio de Mendoza para repar-

tir todo lo que estuviese vaco en la tierra. Luego dieron

orden la ciudad y Cabildo que, por alegría de la buena

nueva, hiciesen fiestas y regocijos, y así, jugaron cañas y

corrieron toros, lo más regocijado y principalmente que

jamás hasta entonces se había hecho, y de allí adelante,

tuvieron tanto placer y contento, que no entendían eft

otra cosa que en festejarse. Y para más confirmación de

la buena esperanza que tenían que se había de cumplir

la cédula real sobre la suspensión de estas leyes, suce-

dió que, en este tiempo, falleció un conquistador casado,

que tenía indios encomendados y no tenía hijos, y el Vi-

rrey y Visitador pusieron los indios que tenía en la mujer

del difunto, de que todos los señores de indios recibie-

ron grandísimo contento, porque aun todavía estaban

con recelo y sospecha si se habían de ejecutar ó no las

nuevas leyes. Habiendo, pues, don Francisco Tello de

Sandoval, hecho en la Nueva España lo que hemos referi-

do y todo lo demás que por su Magestad le fué mandado,

volvió para Castilla y fué después proveído por su Ma-

gestad, por Presidente de las Reales Audiencias de Grana-

da y de Valladolid y Presidente del Consejo Real de las

Indias, y por el mes de Diciembre de mil y quinientos y

sesenta y seis años, su Magestad le dio el Obispado de

HISTORIA DEL PERÚ

39

Osma. Y con esto pongo fin al suceso sobre las nuevas

leyes que en aquellas Indias se llevaron; y, sucesivamen-

te, proseguiremos luego lo que avino á Blasco Núñez

Vela en las provincias del Perú, sobre la ejecución de

estas nuevas leyes, que es lo que principalmente toca á

nuestra historia.

CAPÍTULO VI

Cómo en llegando el Virrey d Tierra Firme fué ejecutando

las ordenanzas, y hubo diferencia con los Oidores, y se

embarcó sin ellos, y tomando la costa del Perú ejecutó con

rigor las leyes, y lo que sobre esto se trataba en Lima.

Llega Blasco Núñez Vela al Nombre de Dios.—Quita el Virrey en Pa-

namá los indios de servicio del Perú.—Persuaden al Virrey para

que no quite los indios de servicio.—Respuesta del Virrey.—Hablan

al Virrey sobre que no ejecute las leyes y responde ásperamente.—

Visita el Virrey al licenciado Zarate y el Licenciado le aconseja lo

que ha de hacer.—Enójase el Virrey del consejo que le da Zarate y

responde ásperamente.—Pártese el Virrey sin los Oidores y des-

embarca en Túmbez.—Va el Virrey por la tierra del Perú prego-

nando y ejecutando las nuevas leyes.—No quiere el Virrey admitir

.suplicación alguna.—Avisan los de Lima al licenciado Vaca de

Castro la venida del Virrey.

Ya en el segundo capítulo está referido, cómo después

que el visitador don Francisco Tello de Sandoval y el

virrey Blasco Núñez Vela, partieron de las Canarias,

se engolfaron, y que muy presto se perdieron de vista.

Pues es de saber que Blasco Núñez Vela prosiguió su

viaje y llegó con felicidad de tiempo, al Nombre de Dios,

á diez días del mes de Enero del año de cuarenta y cua-

tro, y de allí se partió para la ciudad de Panamá, donde

luego quitó algunos indios de servicio, que allí habían

traído de las provincias del Perú, y los mandó tornar á

ellas, y á los que los tenían que los enviasen á su costa.

42

HISTORIA DEL PERÚ

Serían los indios que se quitaron á particulares hasta

trescientos, los cuales luego hizo embarcar en un navio,

y así por falta de comida, como por dejarlos en la costa,

murieron muchos de ellos. A muchas personas les pesó

por quitar estos indios de sus dueños, así por tenerlos in-

dustriados como porque ya eran cristianos, y también por

ser contra la voluntad de muchos de los indios, y sobre

esta razón hablaron muchas veces al Virrey para que no

lo hiciese; persuadiéronle para ello, y diciendo no ser

esto cosa que convenía al servicio de su Magestad, pues

era notorio que lo que más se pretendía era que los in-

dios fuesen cristianos, y que esto no podía haber efecto

estando en poder de sus caciques; especialmente, que era

muy claro, que si algún indio se hacía cristiano y después

volvía á poder de su cacique, hacía que le sacrificasen al

demonio; cuanto más que su Magestad expresamente

mandaba que los indios fuesen puestos en su libertad, y

que aquellos que allí estaban querían residir en aquella

provincia, y contra su voluntad los mandaba llevar al

Perú, y con tan poco recaudo, que era como imposible no

morir muchos de ellos. A todo esto el Virrey respondía

que su Magestad se los mandaba llevar expresamente y

que no podía hacer ni haría otra cosa. Lo cual, conside-

rado por las personas que le persuadían, y el gran peli-

gro que de proceder en la ejecución de las ordenanzas se

temían, todos pretendían de se lo estorbar, alegando mu-

chas razones para que lo entendiese, representándole las

grandes guerras que en el Perú habían pasado, y cómo es-

taba la gente alterada y descontenta. Todo esto el Virrey

oía de mala gana y respondía ásperamente, y decía que

por estar fuera de su jurisdicción no los ahorcaba. De ma-

nera que con esto ponía duro freno para que nadie, con

instancia, le persuadiese lo que convenía.

• Estuvo Blasco Núñez veinte días en Panamá, en los

cuales los Oidores se informaron de muchas cosas delPerú,

y especialmente entendieron dos cosas: la una, el grande

agravio que los conquistadores recibían con las ordenan-

zas; la otra, el gran peligro que había de quererlas ejecu-

tar, en tiempo que poco antes el licenciado Vaca de Castro

HISTORIA DEL PERÚ

había dado la batalla á don Diego de Almagro el mozo, y

le había vencido y justiciado, y habían sido muertos en la

batalla más de trescientos y cincuenta hombres, y los que

habían quedado, por el gran servicio que habían hecho á

su Magestad, todos estaban esperando que les habían de

hacer grandes y crecidas mercedes. Lo cual, entendido pol-

los Oidores y habiendo considerado bien el negocio y la

cualidad de la condición del Virrey, no le apretaron, pare-

ciéndoles que, llegados al Perú, vista la cualidad de la

tierra y gente de ella, estaría más apto para tomar su con-

sejo. El Virrey, desabrido con poca ocasión, se determinó

partirse delante de ellos diciendo: que juraba, que para

que viesen quien él era, que cuando los Oidores llegasen,

había de tener cumplidas y ejecutadas las ordenanzas. Y

por estar á la sazón enfermo y en la cama el licenciado

¿árate, el Virrey le fué á visitar antes de su partida, y el

licenciado Zarate le dijo, que pues estaba determinado de

se partir sin ellos, que le encargaba y suplicaba entrase

muy blandamente en la tierra, y que no tratase de ejecu-

tar ninguna ordenanza hasta que la Audiencia estuviese

asentada en la ciudad de los Reyes, y él estuviese apode-

rado de toda la tierra, y que entonces ejecutaría las leyes

que conviniesen, así para la conciencia de su Magestad

como para la buena gobernación y conservación de los na-

turales; y que sobre las que eran muy ásperas y otras que

parecían que no convenían, que se debía informar sobre

ellas á su Magestad, y que después, si su Magestad (no

obstante la información) tornase á mandar que se cumplie-

sen y ejecutasen, que entonces se podían cumplir y eje-

cutar mejor, porque estaría más apoderado en la tierra, y

estarían en todos los pueblos puestas las justicias de su

mano. Estas y otras cosas le dijo el licenciado Zarate,

que no fueron al gusto del Virrey, antes se enojó mucho

por ello, y respondió con alguna aspereza, jurando que

había de ejecutar las ordenanzas como en ellas se conte-

nía, sin esperar para ello términos algunos ni dilacio-

nes, y que cuando los Oidores llegasen al Perú, ya él les

habría quitado de trabajo. Y con esto luego se embarcó

solo, sin querer esperar á los Oidores ni alguno de ellos,

44

HISTORIA DEL PERÚ

puesto que se lo rogaron, y á cuatro de Marzo llegó al

puerto de Túmbez, donde desembarcó y siguió su viaje

por tierra, ejecutando y cumpliendo las ordenanzas por

los pueblos por donde pasaba, tasando los indios que al-

gunos tenían y á otros quitándoselos y poniéndolos en

cabeza de su Mageccad. Y así pasó por Piurá y Trujillo,

pregonando y ejecutando las nuevas leyes, no queriendo

admitir suplicación alguna, aunque por los vecinos se ale-

gaba que aquello no se podía hacer sin conocimiento de

causa (puesto que las ordenanzas se hubiesen de ejecu-

tar) y sin que la Audiencia estuviese asentada, pues ex-

presamente su Magestad así lo mandaba por una de aque-

llas ordenanzas que decía: que para ejecución de ellas en-

viaba un Virrey y cuatro Oidores; empero el Virrey ponía

temor y amenazaba á los que en esto insistían, lo cual

ponía gran confusión y tristeza en los ánimos y corazones

de todos, considerando el rigor de las leyes, que á nadie

perdonaban y que á todos en general comprendían. Y

antes de esto, al tiempo que el Virrey tomó la costa del

Perú, envió delante sus provisiones y poderes á la ciudad

de los Reyes y al Cuzco, para ser recibido y obedecido,

y para que el licenciado Vaca de Castro desistiese de la

gobernación que tenía, pues él ya estaba en la tierra por

Virrey. Aunque días antes que estos recaudos se recibie-

sen en la ciudad de los Reyes, ya se sabía la provisión

que su Magestad había hecho en Blasco Núñez Vela y

tenían traslado de todas las ordenanzas, y la ciudad y

Cabildo, despacharon con recaudo sobre este negocio á

don Antonio de Rivera y á Juan Alonso Palomino, para el

licenciado Vaca de Castro que estaba en la ciudad del

Cuzco; y también Vaca de Castro recibió cartas de Espa-

ña en que le avisaban de la provisión de Blasco Núñez

Vela, juntamente con el traslado ue las ordenanzas, lo

cual trajo Diego de Aller su criado, que de España venía

y se había adelantado por llegar con la nueva.

CAPÍTULO VII

Cómo Vaca de Castro vino del Cuzco d Lima muy acom-

pañado, y la sospecha que del se tuvo, y cómo de ello le

avisó Baltasar de Loaysa.

Escribe Vaca de Castro á algunos cabildos la venida del Virrey.—Pár-

tese Vaca de Castro para la ciudad de los Revés.—Sospecha contra

Vaca de Castro.—Avisa Loaysa á Vaca de Castro la sospecha que

contra él tenia.

Teniendo, pues, Vaca de Castro nuevas de la venida

•de Blasco Núñez Vela y relación y traslado de las Orde-

nanzas, y habiendo también recibido las cartas y emba-

jada de la ciudad de Lima, luego escribió á los Cabildos

de Arequipa y las Charcas y otras partes, lo que su Ma-

gestad había proveído, enviando asimismo el traslado de

Jas ordenanzas, ofreciéndose de hacer y trabajar para el

remedio, todo aquello que á él buenamente fuese posible.

De donde algunos tomaron ocasión de sospecha y se per-

suadieron creer que quería impedir y resistir el recibi-

miento del Virrey, por retener en sí la gobernación, aun-

que por sus cartas y palabras que decía daba bien á en-

tender que no era tal su intención, ni pretender más que

informar personalmente á su Magestad lo que convenía á

su Real servicio, pro y utilidad de los conquistadores y

pobladores de aquella tierra; pero como él fué el primero

-que escribió á los Cabildos tales nuevas, el vulgo juz-

gaba lo contrario. Luego en la ciudad de los Reyes se co-

menzó un nuevo rumor y escándalo, sobre el rigor de las

46

HISTORIA DEL PERÚ

ordenanzas, y lo mismo fué en Arequipa, donde Vaca de

Castro envió á Torneas Vázquez con cartas para el Cabildo

y traslado de las nuevas leyes; y así por el consiguiente,

fué cundiendo esta enfermedad por todo el reino. Luego

Vaca de Castro aparejó su venida para la ciudad de los

Reyes, y partióse por el mes de Marzo, acompañándole

muchas personas principales, que fueron: don Alonso de

Montemayor, el capitán Gaspar Rodríguez, el licenciado

Carvajal, el capitán Lorenzo de Aldana, Pedro de los

Ríos, Hernando Bachicao y otras muchas personas, algu-

nos de los cuales persuadían mucho á Vaca de Castro que

se volviese al Cuzco y s? aparejase para hacer resistencia

al Virrey, lo cual rechazaba Vaca de Castro, dando para

ello causas y razones bastantes. Mas como se iba dete-

niendo, y haciendo mayor pausa en el camino de lo ordi-

nario, murmurábase en aquellas partes donde se tenía ya

nueva que Vaca de Castro había salido del Cuzco, lo

cual es cierto que causó grande sospecha, arguyendo que

se quería volver al Cuzco para resistir las ordenanzas, y,

por el consiguiente, á quien las traía. Especialmente se

trataba de esto en la ciudad de los Reyes, donde á la

sazón estaba (que habia venido de Arequipa) Baltasar de

Loaysa, clérigo, natural de Madrid, que había estado

en aquella ciudad al tiempo y sazón que Tomás Vázquez

había llegado con los recaudos de Vaca de Castro para el< Cabildo, y él, viendo el alboroto de la ciudad de Arequi- pa, había dicho á muchos, libremente, su parecer sobre ello, exagerando lo que decían y publicaban que había de hacer en deservicio del Rey. Y de Arequipa, Loaysa se había venido á Lima, y como vio la gran murmuración que allí había contra Vaca de Castro, tomó luego con presteza la vía del Cuzco para avisarle de lo que en su ofensa en Lima se trataba, y encontróle casi al medio ca- mino, y habiéndole dado aviso de lo que pasaba, le per- suadió que apresurase su camino y que enviase delante mensajero al Virrey dándole la bienvenida, lo cual, con mucha voluntad, hizo Vaca de Castro; y así despachó luego á Jerónimo de la Serna, su mayordomo, con cartas para el Virrey, dando el parabién de su buena venida, con HISTORIA DEL PERÚ 47 los demás comedimientos necesarios, como á persona que ya estaba en la administración y gobierno de aquellos Reinos. Y con Serna, envió también á Pero López, su se- cretario, y les mandó que fuesen á toda furia hasta en- contrar al Virrey, viniéndose Vaca de Castro desde Picoy (donde los despachó) muy despacio hasta la ciudad de los Reyes, y entró en ella por el mes de Abril del año de cua- renta y cuatro. CAPITULO VIII Cómo sabido en Lima que el Virey venía ejecutando las or- denanzas, se trató que no se recibiese, y después se acordó recibirle, y cómo antes que entrase en Lima, los vecinos del Cuzco que habían venido con Vaca de Castro se volvieron, y el temor que por esto se tuvo. Tratan los de Lima de no recibir al Virrey.—Causas y consideraciones . . de los de Lima para no recibir al Virrey.—Pártense para recibir al Virrey el factor lllán Suárez y Diego de Agüero.—Vuélvese el Fac- tor antes de llegar al Virrey.—Aparéjanse los de Lima para hacer suntuoso recibimiento al Virrey.—Vuélvense al Cuzco los que ha- bían venido con Vaca de Castro y otros vecinos.—Los^que partieron de Lima toman la artillería que estaba en Guamanga. Cuando el licenciado Vaca de Castro llegó á la ciudad de los Reyes, ya se tenía nueva cierta de la llegada del Virrey al puerto de Túmbez (que es uno de los principa- les puertos de aquella costa) y sabían que venía ya cami- no de aquella ciudad, donde había de residir. Y en este tiempo ya se habían avivado las nuevas de los agravios que el Virrey hacía, y de lo que había hecho en Piurá y Trujillo contra los vecinos conquistadores, y de cómo iba, con grande aspereza, continuando la ejecución de las or- denanzas, así cuanto á tasación de los tributos como de las otras cosas, como quier que tocase *á los que por aquellos lugares vivían. De donde súbito se comenzó á encender un tal fuego de alteraciones y desabrimien- tos entre las personas á quien tocaba (y aun en toda la 50 HISTORIA DEL PERÚ otra gente), que en un instante cundió toda la ciudad, y á todos puso en mil varios pensamientos para lo resis- tir y que el Virrey no fuese recibido en la ciudad, lo cual decían y afirmaban, que se podía muy bien hacer, hasta informar á su Magestad del daño de la tierra y del derecho de los conquistadores. Y porque el capitán Gas- par Rodríguez y otras personas de los amigos y aficiona- dos de Vaca de Castro, eran los que más trataban de este negocio, causó en algunas personas sospecha contra el li- cenciado Vaca de Castro; y como ya se hubiese derrama- do por el pueblo esta confusión y discordia de todos, y el deseo que muchos tenían de que Vaca de Castro gober- nase, así esto, como las nuevas que de cada día llegaban de la voluntad y rigor que el Virrey traía en cumplir de hecho y al pie de la letra las ordenanzas, cuanto más se acercaba á la ciudad de Lima, tanto más crecía el escán- dalo y alteración en la gente de ella, porque consideraban y hacían cuenta los que tenían indios, que el día que el Virrey entrase en Lima no tenían que comer, unos por unas leyes y otros por otras, porque había (como está di- cho) diversidad de cosas y mandatos sobre ellas, y mu- chas particularidades en su discurso, y aun á algunos allende desto, despertaba el temor de los delitos, que en las pasadas pasiones de los dos gobernadores Pizarro y Almagro, y en sus parcialidades y fuera de ellas, habían cometido, en que todos, generalmente, se hallaban culpa- dos y delincuentes, y tenían por cosa cierta que con la venida del Virrey habían de resucitar; y esto ayudaba á poner el hecho en mayor confusión y variedad de pensa- miento y procurar remedios, que entonces y aun después, fueron poco sanos y menos provechosos, aunque en esta sazón no fueron parte para estorbar la entrada y recibi- miento del Virrey. Y, sobre todo, puso mayor alteración la vuelta de Jerónimo de la Serna, mayordomo de Vaca de Castro, que había enviado (según está referido) por men- sajero al Virrey, el cual, luego que fué de vuelta, dio á todos larga relación de lo que el Virrey venía haciendo y ejecutando por los pueblos y repartimientos de indios por donde pasaba. Y si estuviera en manos de algunos de HISTORIA DEL PERÚ 51 los principales á quien más tocaba el negocio y entendie- ran que los demás les fueran siguiendo, de allí tuvieran principio los alborotos y desvergüenza de adelante, no lo dejando tanto añejar; pero como había diversidad de juicios, y en algunos el acato y temor del-Rey se repre- sentase, puesto que á todos en general les daba mal gus- to, todavía esta cordura y buena consideración entretenía y dilataba cualquier mala conclusión, que la ciega pasión y particular interese acarreaba para el remedio engañoso. Y así, por entonces, esto aprovechó para que se turbase la pacífica entrada del Virrey, puesto que no tardó mucho en venir la tormenta con la rebelión y desvergüenza de Gonzalo Pizarro. Habíanse partido después que las provi- siones fueron obedecidas y pregonadas, para recibir y acompañar al Virrey, el factor Yllan Suárez de Carvajal y el capitán Diego de Agüero, que eran dos personas que más habían trabajado en el voto de su entrada y recibi- miento, y el Factor se volvió para Lima antes de llegar donde el Virrey estaba, sin que de cierto nadie supiese la causa; y Diego de Agüero fué prosiguiendo su camino hasta verse con el Virrey, el cual se holgó mucho con él, sabiendo ser persona principal, y le mandó luego volver para que se hallase en Lima en su recibimiento, y le per- suadió que no firmase ni fuese de parecer en cosa que to- case á contradicción de las ordenanzas, ni á tomarle ju- ramento sobre la suspensión de ellas, porque ya le habían al Virrey avisado que se trataba de ello, y que tenían ya ordenados los requerimientos y otras diligencias para la entrada, de lo cual estaba muy desabrido. Y vuelto el capitán Diego de Agüero á la ciudad, se tornó á tratar en el Cabildo y Ayuntamiento de la ciudad, sobre la entrada y recibimiento del Virrey, y aunque se tornó á poner algún estorbo y contradicción, al fin, sobre muchos acuerdos y pareceres, se acordó y determinó que el Virrey fuese re- cibido y obedecido; y con esto, luego salieron algunos caballeros y personas de calidad, para le recibir y dar la bien bienvenida, sabiendo que ya venía de Trujillo ade- lante. Y todos los demás caballeros y vecinos, justicias y regidores y oficiales del Rey, con todo el común del pue- 52 HISTORIA DEL PERÚ blo, se quedaron aprestando y aparejando el recibimiento, haciendo ropas y atavíos para honrar y solemnizar su en- trada, y por la principal calle por do había de entrar de- recho á la plaza, hicieron poner arcos triunfales. Y sabido que venía á tres jornadas de la ciudad, los vecinos del Cuzco que habían venido con el licenciado VacadeCastro y otros algunos de los vecinos que en la ciudad de los Reyes estaban, se volvieron á la ciudad del Cuzco, desa- bridos y aun alterados de las nuevas de lo que el Virrey venía haciendo. El licenciado Carvajal se fué también con los vecinos del Cuzco, y cuando llegaron á Jauja, de allí se fué á sus pueblos, con intención (á lo que pareció), de sacar á los indios algún aprovechamiento, ya que los in- dios le fuesen quitados por el rigor de las ordenanzas, aunque muchos lo entendieron de otra manera, diciendo que se había vuelto por la venida del Virrey. Los demás vecinos prosiguieron su camino, y en Guamanga toma- ron con algún escándalo la artillería que el licenciado Vaca de Castro había dejado después que venció á don Diego de Almagro, juntando para ello gran número de indios. De manera que, cuando después el Virrey entró en Lima, ya ellos iban de camino, y de su ida el Virrey tuvo mala sospecha, pareciéndole que de partida tan de- sabrida y alterada no podía suceder sino mucho daño, aunque por entonces no mostró hacer mucho caso por ello, por no dar muestra que en su pensamiento recelase temor que le pudiese dañar, viniendo en nombre de su Magestad y como su delegado. CAPÍTULO IX Cómo llegando el Virrey cerca de Lima le salieron á reci- bir, y de la manera que fué recibido, y la jura que hizo. Salen á recibir al Virrey muchos principales de Lima.—Alaba el Virrey el valle de Lima.—Reciben al Virrey la ciudad y cabildo y clerecía. Toma el Factor juramento al Virrey.—Dicen que el Virrey juró con engaño. Llegado que fué Blasco Núñez Vela á tres leguas de aquella ciudad, donde se había de dar principio á sus tra- bajos y persecuciones, aunque con su venida muchos de aquellos á quien tocaban las ordenanzas tenían los áni- mos tan emponzoñados como está dicho, todavía cu- briendo esta pasión con una mañosa y fingida simulación, pocos quedaron en el pueblo (á lo menos de las personas de cuenta) que no saliesen á recibir y besar las manos y darse á conocer al Virrey. Salió también don Jerónimo de Loaysa, Obispo de los Reyes, que fué después primer Arzobispo, con quien el Virrey recibió placer y contento, y á una legua de la ciudad salió el licenciado Vaca de Castro, acompañado de algunos caballeros y criados y amigos suyos, á quien el Virrey recibió asimismo alegre y cortesmente, mostrando holgarse mucho de su vista; y pasaron entre ambos palabras y cerimonias de mucho amor y amistad. Después destos recibimientos y de otros caballeros que después en esta sazón llegaron, así veci- nos de aquella ciudad como de otros pueblos, el Virrey se vino platicando con ellos, acercándose á la ciudad, y 54 HISTORIA DEL PERÚ mirando los campos, alababa la frescura del valle de Lima y de sus huertas y arboledas, que con los ríos y arroyos corrientes y acequias de regadío están de continuo verdes y vistosos, de apacible color; y llegado que fué al río que pasa junto á la ciudad, le estaban esperando para le reci- bir el electo obispo de Quito don Garci Díaz de Arias y toda la clerecía y religiosos y toda la demás gente con el cabildo y regimiento de la ciudad. Y antes de que el Virrey entrase en Lima el factor Yllan Suárez le tomó juramento en nombre de la ciudad y cabildo de ella, que guardaría los privilegios, franquezas y meicedes que los conquista- dores y pobladores del Perú tenían de su Magestad, y que les oiría á justicia sobre la suplicación de las ordenan- zas. El Virrey juró que haría todo aquello que conviniese al servicio del Rey y bien de la tierra; por lo cual, muchos dijeron y.publicaron que había jurado con cautela y en- gaño. Luego metieron al Virrey debajo un rico palio, con mucha autoridad, como á persona que representaba la misma persona real, y se recibió por todos con mucha veneración y fingida alegría, y el Virrey recibió á todos con todo amor y buen acogimiento, mostrando gran con- tento de la obediencia que se representaba en su venida y entrada, contra lo que algunas personas antes le habían informado, especialmente el padre regente, fray Tomás de San Martín, provincial de los Dominicos, que muchas veces le había dicho que no se fiase de la gente del Perú, porque los más de ellos eran traidores contra él. Hechos, pues, los cumplimientos y cerimonias de cortesía, metie- ron al Virrey por la ciudad debajo del palio, repicando todas las campanas y sonando muchos instrumentos de música, llevándole por medio de los arcos triunfales que tenían hechos, estando las calles enramadas y entapiza-^ das; y así fué por medio de la plaza, donde habiendo hecho oración, le llevaron luego á le aposentar en las casas del marqués don Francisco Pizarro, que son en la plaza de la ciudad, á quince días del mes de Mayo del año de cuarenta y cuatro. CAPITULO X Cómo el Virrey prendió d Vaca de Castro, y la grande alte- ración que hubo después que fué recibido, y la disensión entre él y los Oidores, y cómo quiso ahorcar á Antonio Solar. Prende el Virrey á Vaca de Castro.—Hacen juntas los de Lima y plati- can sobre el daño de la tierra.—Hablan al Virrey sobre el daño de la tierra.—Llegan los tres Oidores á Lima y asiéntase el Audien- cia.—Recibimiento del sello real.—A los pobres más queá los ricos aplacen muchas justicias.—Discordia entre el Virrey y Oidores y el Reino sóbrela ejecución de las ordenanzas.—Siguen los Oidores el bando de los vecinos y conquistadores.—Causa porque los Oido- res querían mal al Virrey.—La división es ruina y destrucción de reinos y repúblicas.—Mote que se puso al Virrey en el valle de la Barranca.—Quiere el Virrey ahorcar á Antonio Solar.—Sueltan los Oidores á Antonio Solar y enójase el Virrey por ello.—Causa de bandos y parcialidades entre el Virrey y los Oidores.—Tan odioso el nombre de Virrey en el Perú como el nombre de Rey en Roma. Después que Blasco Núñez Vela fué recebido y apo- sentado (según está referido) cómo entendió el alboroto que había causado en la ciudad la huida de los que habían venido con Vaca de Castro, luego le mandó prender y poner en la cárcel pública, entendiendo ó persuadiéndo- se que el licenciado Vaca de Castro había sido el origen de aquel motín. Lo cual, entendido por las personas prin- cipales de la ciudad, fueron á suplicar al Virrey no permi- tiese que una persona como Vaca de Castro, que era del Consejo de su Magestad y había sido Gobernador de 56 HISTORIA DEL PERÚ aquellos Reinos, estuviese en cárcel pública aprisiona- do. Y así le mandó poner en la Casa Real con cien mil castellanos de seguridad, mandando secuestrar todos sus bienes. Lo cual, visto y considerado por toda la gente y otros rigores que hacía, todos andaban desabridos, y, poco á poco, se iban todos de la ciudad la vía del Cuzco, donde el Virrey no estaba recibido, y los que en la ciu- dad estaban, andaban haciendo mil juntas y corrillos, platicando en el daño que en la tierra venía y en los po- bladores de ella, haciendo pausa la riqueza, libertad y se- ñorío, que los conquistadores y señores de Indios tenían, por lo cual afirmaban que la tierra se había de despoblar y venir en gran disminución, y que por ninguna vía se podía compadecer lo que su Magestad mandaba, ni podía haber nuevos descubrimientos y menos conservarse la población, contratación y comercio de la tierra y otros mil inconvenientes que cada uno ponía. Y con esta con- fusión y temor que todos tenían, algunos de los principa- les acudían al Virrey, so color de visitación, creyendo que habían de hallar algún remedio ó limitación en su volun- tad y rigor, viendo la calidad de la tierra y alteración de ella. Y algunos que más se atrevían á tocar en esta materia le representaban algunos de estos inconvinientes con la mayor templanza que podían (porque ya sabían que se aceleraba cuando en esto le tocaban), lo cual aprovecha- ba poco, porque luego echaba el bastón, interrumpiendo la plática con aquel color de cumplir la voluntad de su Príncipe. De manera que á nadie dejaba ni consentía acabar su plática, ni respondía ni quería satisfacer á cosa que sobre este caso se le dijese, poniendo luego por de- lante aquella real voluntad, lo cual, en el corazón de muchos, causaba mayor escándalo y aun enemistad y rancor con el Virrey. Y como de ahí á algunos días que fué recibido, llegaron tres de los Oidores que atrás se habían quedado, porque el licenciado Zarate había que- dado enfermo en Trujillo, -luego procuró asentar el Au- diencia y los Reales estrados en aquella casa do él estaba aposentado, como lugar más conveniente y por la suntuo- sidad y sitio que tenía, y ordenó suntuoso recibimiento HISTORIA DEL PERÚ 57 para el sello Real (como de Audiencia que nuevamente entraba en la tierra), y se recibió llevándole en una caja sobre un caballo muy bien aderezado, cubierto con un paño de tela de oro, debajo de un palio de brocado, lle- vando las varas del palio los Regidores de la ciudad, ves- tidos de ropas rozagantes de terciopelo carmesí, de la forma que en Castilla se recibe la persona Real, llevando un Regidor al caballo de diestro. Luego se asentó el Au- diencia y se comenzaron á hacer y librar negocios, así de gobernación como de justicia, que parecía dar más auto- ridad á la tierra. Y los que menos eran y más pobres, se holgaban por ello (porque á ellos, comunmente, más que á los ricos, place ver mucha justicia). Y como ya el demo- nio comenzase á tratar la caída del triste Virrey, revolvien- do y desasosegando la tierra, que tan poco tiempo había estado pacífica, ordenó que esta alteración creciese y se aumentase, tornando á brotar los primeros malos humores de ella, poniendo discordia y disensión entre el Virrey y los Oidores y todo el Reino, sobre querer llevar todavía adelante la ejecución de las ordenanzas, y no querer reci- bir la suplicación del Cabildo de la ciudad de Lima y de otros algunos pueblos que de los de abajo habían acudido, tomando los Oidores el bando y opinión de los vecinos y conquistadores, contradiciendo la voluntad del Virrey, y murmurando de querer ejecutar las ordenanzas y de no querer admitir la suplicación de ellas. Lo cual hacían y trataban de tal suerte, que se entendía que ellos querían ganar gracia y benevolencia con los de la tierra, y que el Virrey fuese más odiado y aborrecido. Juntábase también á esto alguna materia de interese, por haber mostrado el Virrey con los Oidores alguna aspereza y reprehensión, sobre que le pedían aumento y crecimiento de sus sala- rios, representándole su costa y gasto y la gran carestía de la tierra, á lo cual, no tan solamente no daba buena salida, empero los reprendía de que no tomaban casas para su morada, porque estaban en casas de vecinos que les hacían toda la costa de sus personas y criados. Y como en esto de la suplicación de las ordenanzas, con- tino se tratase entre ellos, ponían los Oidores al Virrey 58 HISTORIA DEL PERÚ mil objectos é inconvenientes, sobre que algunas veces había palabras de enojo, puesto que la forzosa comunica- ción hacía que se disimulase algún tanto. Y á la verdad, siempre en lo aparente favorecían á los conquistadores y vecinos con celo de justicia, arguyendo según derecho, y en su favor, que no podían ser despojados ni abajados de lo que poseían hasta ser oídos y convencidos, á lo menos hasta en tanto que se tornase á informar á su Magestad. De manera que siendo el Virrey, sin culpa, aborrecido de todos, y siendo él y los Oidores un cuerpo, y juntamente administradores de un mismo cargo, y debiendo partici- parle i gualmente del bien ó mal que del resultase, los Oidores granjeaban amistad, provecho y autoridad y otros respectos de interese, acostándose al bando de los ricos y poderosos á quien el negocio tocaba, que para granjeria no fuera malo, si fuera cosa durable y no trajera consigo la carga de inconvenientes que cualquier hombre de buena consideración puede colegir. De suerte, que yendo esta enemistad en crecimiento é interviniendo en toda la tierra gran división (que puede ser siempre ruina y des- trucción de todo reino y próspera república) puso en los corazones y pensamientos de la gente tantas novedades de confusión y alboroto, que sin toque de pedernal y acero encendía ítodo el pueblo en mil desconciertos; porque, de una parte, consideraban y veían la determinada voluntad del Virrey, inclinada á cumplir de hecho las ordenanzas; por otra, que la Magestad del Emperador estaba muy lejos para procurar remedio de su agravio; y, por otra paite, temían que siendo despojados de su posesión y se- ñorío de los Indios que tenían, que con dificultad después lo podrían conseguir; que cierto eran tres landres para sus entrañas que cualquiera dellas les causaba frenesí. Y así todos andaban locos, confusos y desatinados. Y no solamente parecía haber esta, enfermedad en la gente, pero aun también en el mismo Virrey, porque de ver le- vantado y alborotado el pueblo y que muchos se huían de él, también él se alborotaba é inquietaba, y tenía por esto mil desabrimientos, que por el consiguiente incitaba más el ánimo obstinado de los interesados, determinan- HISTORIA DEL PERÚ 59 dose echar tras la hacienda, la vida y la honra, como des- pués lo hicieron. Sucedió en este tiempo un negocio, que fué tam- bién parte de aumentar el rancor y confusión de la gente, y fué que cuando el Virrey había pasado por el valle de la Barranca (que es treinta leguas de Lima) halló escrito en la pared del Tambo un letrero que decía: "Al que me echare de mi casa y hacienda, yo le echaré del mundo y quitarle he la vida,,. El Virrey leyó el mote y disimuló por entonces, persuadiéndose que lo había pues- to ó hecho poner Antonio de Solar, natural de Medina del Campo, cuyo era el repartimiento de la Barranca. Y habiendo disimulado por entonces, pocos días después que entró entró en Lima, le hizo llamar, y tratando con él á solas sobre aquel mote, publicó el Virrey que le había dicho palabras desacatadas, por lo cual mandó cerrar las puertas de palacio y llamó un Capellán suyo que le confe- sase, queriéndole ahorcar de un corredor que salía á la plaza. Antonio de Solar no se quiso confesar, y duró la porfía hasta que se divulgó por el pueblo y vino el Arzo- bispo y otras personas de calidad y suplicaron al Virrey suspendiese aquella justicia por entonces. Y, en fin, con- cedió dilatar la justicia por aquel día, y mandó que Solar fuese llevado á la cárcel en prisiones, y habiéndosele pa- sado la alteración y cólera, le pareció no ser bien ahor- carle. Y así estuvo en la cárcel por espacio de dos meses, sin hacerle cargo de su culpa por escrito ni formar otro proceso contra él, hasta que venidos los Oidores un sá- bado, en visita de cárcel, siendo informados y rogados sobre el negocio, visitaron á Antonio Solar, y preguntán- dole la causa de su prisión, dijo que no sabía por qué es- taba preso, y no se halló entre los Escribanos proceso alguno contra él, ni el Alcalde supo dar otra razón más que el Virrey le había enviado preso con aquellas prisiones. El lunes siguiente, los Oidores, en su acuerdo, hablaron al Virrey, diciendo que habían hallado preso á Solar, y que no parecía proceso contra él, mas que de- cían que por su mandado estaba eñ la cárcel, y que si no había información que justificase la prisión conforme á 60 HISTORIA DEL PERÚ justicia, no podían hacer menos'que soltarle. El Virrey les dijo que él le había mandado prender, y aun le había que- rido ahorcar por el mote que se había puesto en el Tambo de la Barranca y por desacatos que le había dicho, en lo cual no había testigos, y que él, por vía de gobernación, siendo Virrey, le podía prender y aun justiciar sin ser obligado á darles cuenta. Los Oidores le respondieron que no había más gobernación que cuanto fuese conforme á justicia y á leyes del Reino, y así quedaron diferentes. Y el sábado siguiente, en la visita de cárcel, le dieron su casa por cárcel, y en otra visita le dieron por libre. Lo cual sintió el Virrey demasiadamente, y halló ocasión para vengarse de los Oidores todos tres, en que cada uno había ido á posar en casa de un vecino de los más ricos de la ciudad, y aunque al principio había sido por con- sentimiento del Virrey, fué con que fuese por pocos días, y entretanto que buscaban casas para su morada; y así el Virrey, con este desabrimiento, los envió luego á mandar que buscasen casas y que no comiesen á costa de los ve- cinos. De manera que el Virrey y Oidores, parecían dos parcialidades y bandos contrarios el uno del otro. Tam- bién Antonio Solar, después que fué suelto y dado por libre, anduvo secretamente convocando é indignando los vecinos y otra gente contra el Virrey. Y para mayor in- dignación de la gente publicaban y decían cosas que el Virrey había dicho y hecho, que jamás le habían pasado por pensamiento, y á todo se daba entero crédito, porque ya Blasco Núñez era tan aborrecido generalmente de todos, que por su respecto, aun el nombre de Virrey, era en esta sazón tan odioso en la ciudad de los Reyes, cuanto fué el nombre de Rey en el pueblo romano, des- pués que Tarquino superbo fué echado de Roma, aunque Blasco Núñez Vela era el primer Virrey que el reino del Perú había tenido. CAPÍTULO XI Cómo Diego Centeno y Pedro de Hinojosa fueron nombra- dos por Procuradores de la villa de Plata, y Diego Centeno vino d Lima y se partió con despachos para Guamanga y la ciudad del Cuzco, y Francisco de Carvajal se quiso ir d España. Viene Diego Centeno al Virrey.—Tristeza y congoja de Carvajal y lo que dijo.—Quién fué Carvajal, edad y naturaleza. Al tiempo que estas cosas y revoluciones pasaban en la ciudad de los Reyes, habían bajado de la villa de Plata (provincia de los Charcas) Diego Centeno, natural de Ciu- dad Rodrigo, y Pedro de Hinojosa, de Trujillo (vecinos principales y conquistadores), los cuales habían sido en- viados y nombrados por Procuradores de aquella villa para tratar y negociar con el licenciado Vaca de Castro (Gobernador que á la sazón era) sobre cosas tocantes al pro y utilidad y aumento de la tierra, y sobre lo demás que al Concejo y Regimiento de la villa les pareció ser necesario, porque ya estaban informados de cómo Vaca de Castro había bajado á Lima, y que por la venida del Virrey había de salir de la tierra, y querían que por ellos negociase algunas cosas con su Magestad, como por su carta Vaca de Castro se les había ofrecido. A los cuales así mismo se había dado poder muy copioso, para susti- tuir el Procurador ó Procuradores que á ellos mejor pare- ciese. Y no llegando Pedro de Hinojosa á Lima ó por mala disposición ó por otra cosa alguna que le moviese, 62 HISTORIA DEL PERÚ Diego Centeno, sabida la venida del Virrey, prosiguió su camino para darse á conocer y besarle las manos. Blasco Núñez se holgó mucho con su venida, teniendo relación cuan principal y rico era, y ser muy aficionado al servicio de su Magestad; y así, habiendo estado Diego Centeno algunos días en la ciudad, y queriéndose volver á su casa y hacienda, el Virrey (queriendo hacer del entera con- fianza) le dio y encargó despachos para Guamanga y el Cuzco, que eran nombramientos de justicia que nueva- mente hacía. Con que Diego Centeno se partió, quedando muy adelante en la gracia y voluntad del Virrey por sus ofrecimientos y buen celo que en él conoció. Lo cual, después Diego Centeno confirmó con notables hechos y obras de lealtad y de amor con su Rey, como en su tiem- po se hará mención. En este tiempo Francisco de Carvajal, vecino del Cuzco, vino á la ciudad de los Reyes con propósito de irse á España con doce ó trece mil castellanos que había habido de sus indios y hacienda, y entendiendo estas disensiones y revueltas, consideró lo que de ello podría suceder, y así procuró cuanto pudo acelerar su partida; y como en la ciudad de los Reyes no halló aparejo para hacer su viaje, partióse luego de Lima y fuese por la costa del mar la vía de Arequipa, creyendo hallar navio en que se fuese; y como en la Nasca, ni en Hácari, ni en Quilca le pudo hallar, mostró tener por ello mucho pesar y congoja y aun mucha desesperación, por lo cual, alzando hacia arriba su cabeza, y enclavando los ojos en el cielo, dijo semejantes palabras: "Pues que tierra y mar, el cielo y los elementos no quieren ni consienten que en tal coyuntura yo pueda salir de esta tierra, juro y prometo que de aquí para siempre jamás hasta que el mundo se acabe, ha de quedar la memoria de Francisco de Carvajal en el Perú y por todo el mundo„. Finalmente, como no halló remedio para irse (como le tenía determi- nado), fuese á la ciudad de Arequipa, donde estuvo hasta que después Gonzalo Pizarro salió del Cuzco al asiento de Jaquijaguana. Este Francisco de Carvajal (de quien adelante se ha de hacer en esta historia larga mención) HISTORIA DEL PERÚ 03 * era natural de Rágama (aldea de Arévalo), fué alférez en la batalla de Revena y soldado del Gran Capitán; hallóse en Pavía cuando la prisión del Rey de Francia; pasó des- pués á la Nueva España con doña Catalina de Leytón, su amiga, y el virrey don Antonio de Mendoza le dio cierto cargo de gobernación hasta que en el Perú sucedió el al- zamiento de los indios, que don Antonio le envió con gente y armas en socorro del marqués don Francisco Pizarro, el cual le dio unos indios en el Cuzco. Era en esta sazón de edad de más de setenta y cinco años, crudelísimo de con- dición, mal cristiano y muy codicioso. Y haciendo causa en este discurso y narración, contaremos lo que en esta coyuntura y tiempo hizo Gonzalo Pizarro en la provincia de los Charcas y en el Cuzco. CAPÍTULO XII Cómo Gonzalo Pizarro vino de los Charcas al Cuzco y fué elegido por Procurador y Capitán general para el reme- dio de las nuevas leyes, y en la Villa de Plata alzaron bandera por su Magestad y se vinieron muchos á servir al Virrey. Pretende Gonzalo Pizarro tener derecho á la gobernación del Perú.— Advierten algunos á Gonzalo Pizarro del derecho que tiene á la go- bernación é incítanle para ello.—Viene al Cuzco Gonzalo Pizarro. Elígese coloradamente Gonzalo Pizarro por Capitán general para dar principio á la tiranía.—Envía Gonzalo Pizarro á Francisco de Al- mendras para tomar los pasos.—Nombra Gonzalo Pizarro capitanes y oficiales de guerra.—Consideración de la promesa que hizo Diego Centeno á Gonzalo Pizarro.—Dicho de Sócrates que los hombres habían de tener ventanas en el pecho.—Los de la villa de Plata obe- decen las provisiones del Virrey y alzan bandera en nombre de su Magestad.—Revocan los de la villa de Plata el poder que habían dado y escriben á la ciudad del Cuzco.—Salen veinticinco de la villa de Plata para irse al Virrey. Cuando el Virrey entró en el Perú estaba entonces Gonzalo Pizarro, natural de Trujillo (hermano del mar- qués don Francisco Pizarro), en la provincia de los Char- ~ cas, en Chaqui, pueblo de indios de su repartimiento, y á lo que se entendió, no muy apartado de pretender gober- nar la tierra, y tener deseo que se ofreciese ocasión deba- jo de cuyo color pudiese dar principio á su designio, para poner en obra su voluntad. Y así, después que vino de la entrada de la Canela, se había declarado con algunos te- 5 66 HISTORIA DEL PERÚ ner derecho á la Gobernación por la muerte del Marqués, su hermano, por razón de cierta cédula que el Marqués tenía del Emperador, y del nombramiento que en él ha- bía hecho por virtud della. Sobre lo cual, en tiempo de la gobernación de Vaca de Castro se comenzaron á de- clarar algunas cosquillas y acometimientos sobre tal pre- tensión, que por las pocas fuerzas de Gonzalo Pizarro y mucho poder de Vaca de Castro cesaron y no pudieron pasar adelante, y como la venida del Virrey fuese notoria en el Reino, y el tenor de las ordenanzas y juntamente el rigor con que eran ejecutadas, y la aspereza de Blasco Núñez Vela, volvió a la memoria y recordación de algu- nos á quien tocaban las leyes, este derecho que Gonzalo Pizarro pretendía, considerando asimismo ser persona principal, valerosa, y de hacienda y dineros. Y así procu- raron avisarle y despertarle con cartas y mensajeros, guiados más por su propio y particular interese que no por ( lo que á Gonzalo Pizarro tocase, aunque las palabras y mensaje eran debajo de cubierta que lo hacían preten- diendo remedio del agravio que todos recibían en gene- ral. Y como estas cartas y persuasiones hallasen aparejo en el corazón y voluntad de Gonzalo Pizarro, no fué mu- cho menester esforzarse ni porfiar en ello, sino que del primer golpe derribaron el árbol para coger el fruto que todos pretendían, y en Gonzalo Pizarro ya era viejo el deseo de mandar y señorear la tierra. Y> así, puesto que

en los principios mostró hacer alguna flaca resistencia y

se detuvo algún tanto en declararse, fué, por mejor en-

tender el ánimo y voluntad de los que le persuadían, y

también por más obligarlos y que metiesen prendas en el

negocio; después de lo cual, con sólo número de hasta

veinte personas, amigos y criados suyos, partió de su

pueblo Chaqui, donde estaba, habiendo primero enviado

algunas cartas y recaudos para algunos de sus amigos,

especialmente para la Villa de Plata (donde era vecino y

comarcano), de algunos de los cuales había habido res-

puestas y propósitos. Y de allí se partió para la ciudad

del Cuzco, que era el pueblo más cercano, después de la

Villa de Plata, y más aparejado para conseguir su deseo,

HISTORIA DEL PERÚ

donde entró no dando de sí tan clara muestra como traía

en lo interior de su pecho, sino debajo de color que,

como amigo de todos, le pesaba del daño que les venía,

ofreciéndose de poner su hacienda y persona, por lo que

á cada uno tocase, y no con fuerzas ni poder de gente y

armas, sino con ser procurador y defensor general de todo,

bajando á la ciudad de los Reyes, donde el Virrey estaba,

para procurar y solicitar jurídicamente remedio del rigor

de las ordenanzas. Lo cual, entendiéndose así por algu-

nos de los vecinos principales de la ciudad, y á otros

siéndoles notorio el fundamento de su negocio, acorda-

ron que Gonzalo Pizarro, con autoridad de Procurador

general, bajase á Lima, y por dar mejor color para que

fuese con mano armada, acordaron que por estar en el

camino (como en frontera) el Inga, para que Gonzalo Pi-

zarro bajase seguro y sin contraste, convenia que le hi-

ciesen y eligiesen también por Capitán general. Y con

este principio y color, quisieron comenzar la tiranía, y

con apariencia que Gonzalo Pizarro tomaba la voz por to-

dos, y que así, todos le elegían por su Procurador y de-

fensor contra las ordenanzas, como de hecho lo hicieron,

y sobre esta razón hicieron ciertos autos, con que ordi-

nariamente se suelen colorar semejantes desvergüenzas y

negocios.

Luego que fué así elegido, comenzó Gonzalo Piza-

rro á procurar de ganar y atraer así voluntades de mu-

chos; de los vecinos del Cuzco, con satisfacciones y

razones justificadas, y de los vecinos de los otros pue-

blos, con cartas y ofrecimientos, con que de lejos co-

menzó á engañar gente, y así, de poco en poco, fué cre-

ciendo y subiendo en fuerzas y poder, cobrando mucha

autoridad y reputación, que fué mayor ocasión de poner

más enteramente en su ánimo volnntad de seguir la eje-

ción de su empresa; y así comenzó á se aparejar y per-

trechar con todo género de armas y pertrechos de guerra;

y luego envió al capitán Francisco de Almendras con al-

guna gente á guardar los pasos, para que en la ciudad

de los Reyes no se tuviese noticia de cosa alguna, y para

que nadie de los que de Lima viniesen, pudiesen pasar al

68

HISTORIA DEL PERÚ

Cuzco sin su consentimiento. Y habiendo juntado hasta

quinientos hombres, nombró Capitanes y Oficiales de

guerra: por Maestro de Campo al capitán Alonso de Toro,

y Capitán de gente de caballo á don Pedro Puertocarrero,

y capitanes de Infantería al capitán Gumiel y á Juan Vé-

lez de Guevara, y de arcabuceros á Pedro Cermeño, y á

Hernando Bachicao nombró por Capitán de Artillería; y

para pagar la gente sacó la plata de las casas del Rey y

de bienes de difuntos y de otros depósitos so color de

empréstito. Y con gran diligencia procuró de atraer luego

en su opinión pueblos y gente; los pueblos para efecto

que le fuesen propicios y favorables, aprobando con autos

de los Cabildos y causa; y la gente y soldados, para que

le ayudasen y favoreciesen personalmente á subir al

grado de Gobernador, que mañosamente pretendía. Y

como la Villa de Plata hubiese sido tan vecina de su ha-

bitación, y allí tuviese muchos amigos, á los cuales él|

había muchas veces escrito antes que saliese de Chaqui

(su pueblo de indios) para el Cuzco y después de llegado,

y le habían prometido y dado palabra de le ayudar y fa-

vorecer, entendiendo Gonzalo Pizarro que para conse-

guir su empresa era cosa muy necesaria tener debajo de

su mano aquella provincia, volvió en esta sazón á escri-

bir y despertar sus amigos para que viniesen á favore-

cerlo, y también escribió al Cabildo de la Villa de Plata

con razones persuasorias, é hizo también que el Cabildo

del Cuzco escribiese para que siguiesen su voz y le nom-

brasen por su procurador y Capitán general como la

ciudad del Cuzco lo había hecho, rogándoles asimismo

tuviesen por bien y aprobasen lo que Diego Centeno en

su nombre había hecho y otorgado. Porque después que

Diego Centeno partió de la ciudad de los Reyes, con los

recaudos del Virrey para los pueblos, habiendo llegado

Guamanga, y dado los despachos que llevaba para el

Cabildo y para el capitán Vasco de Guevara, subiendo

al camino del Cuzco, encontró con el capitán Francisco

de Almendras y su gente, el cual, temiendo y recelando

que el capitán Diego Centeno llevase recaudos del Vi-

rrey en perjuicio de Gonzalo Pizarro, procuró saber de él

HISTORIA DEL PERÚ

09

la verdad, y habiéndolo sabido, dejóle proseguir su ca-

mino, escribiendo á Gonzalo Pizarro lo que Diego Cen-

teno llevaba. Y llegado Diego Centeno al Cuzco, le fueron

tomados los despachos y le estorbaron que no pasase

adelante, y no se hizo esto de suerte que á la clara pa-

reciese premia, salvo atrayéndole Gonzalo Pizarro é inci-

tándole en su amistad, con muestra de mucho amor y con-

fianza y grandes ofrecimientos. Lo cual fué parte (al pare-

cer) para que, como amigo aficionado, Diego Centeno

aceptase y prometiese de seguir á Gonzalo Pizarro en

aquella jornada, aunque según por lo que adelante mos-

tró, se puede bien colegir haberle antes movido á hacer

esta aceptación, miedo y temor de Gonzalo Pizarro, que

no amor ni sus ofrecimientos. Pero el secreto del pecho

de los hombres sólo Dios le puede alcanzar, y por esto

decía Sócrates, que la Naturaleza había errado en no hacer

ventanas en los pechos de los hombres, para efecto que

se pudieran fácilmente conocer sus intenciones. Final-

mente, Diego Centeno aprobó la elección de Gonzalo Pi-

zarro, y por virtud del poder que tenía de la villa de

Plata, le eligió y nombró por Procurador general.

Empero estos despachos que Gonzalo Pizarro envió á

la villa de Plata, no tuvieron tan buen suceso como él pen-

saba, porque cuando llegaron ya habían aportado las pro-

visiones yrecaudos delVirrey para que le recibiesen yfue-

sen á la ciudad de los Reyes á le favorecer y servir, y pues-

to que de muchas personas Gonzalo Pizarro tenía promesa

que le ayudarían, debió ser la intención de los más de le

favorecer debajo de la obligación de lealtad que á su Rey

debían; y así, entendiendo éste que la intención de Gon-

zalo Pizarro era mañosa y desvergonzada, se le mostraron

contrarios y enemigos capitales; porque luego entraron

en su Cabildo, y aunque hubo algunos que se mostraron

al descubierto por Gonzalo Pizarro, al fin fueron por

todos obedecidas las provisiones del Virrey, y firmando

con obras su lealtad, alzaron bandera en nombre de su

Magestad é hicieron con ceremonia pleito homenaje de

ayudar y servir en su Real nombre á Vasco Núñez Vela

hasta la muerte, siendo desto los principales autores

70

HISTORIA DEL PERÚ

Luis de Rivera, natural de Sevilla (que á la sazón era te-

niente y capitán por el licenciado Vaca de Castro) y An-

tonio Alvarez, alcalde ordinario, Lope de Mendieta y

Francisco de Retamoso, regidores; siguiéndoles después

en este leal camino Alonso Pérez Castillejo, Alonso Ca-

margo, Luis Perdomo, Francisco de Tapia y otros, los

más de los cuales (guardando esta fe y juramento) mu-

rieron en servicio del Rey. Y habiendo hecho esto, luego

por auto revocaron el poder que habían dado á Diego

Centeno y Pedro de Hinojosa, y escribieron al Cabildo

del Cuzco que aunque su Magestad mandase cumplir las

ordenanzas, y por la ejecución de ellas perdiesen las ha-

ciendas y vidas, lo habían de obedecer, y que en el poder

que habían dado á Diego Centeno se contenía ser para

efecto de hacer en aquel caso lo que cumpliese al servicio

del Rey y buena gobernación y conservación de los na-

turales; y que pues la elección de Gonzalo Pizarro había

sido contra lo expresado en el poder, que la sostitución

hecha por Diego Centeno era en sí ninguna. Después de

lo cual, salieron de la villa de Plata veinticinco de ca-

ballo, bien aderezados, y tomando á Luis de Rivera por

su capitán, se fueron la vuelta de Lima, caminando por

despoblados y caminos y lugares secretos, porque Gon-

zalo Pizarro no los pudiese tomar.

CAPITULO XIII

De la alteración que puso en Lima y al Virrey la venida

de Gonzalo Pizarro, y el Virrey se puso en armas y pren-

dió á Vaca de Castro y otras personas, y suspendió las or-

denanzas, y envió mensaje á Gonzalo Pizarro y á los escri-

banos de gobernación que le requiriesen, y lo que sobre

esto avino.

Hace tocar arma el Virrey y prende á Vaca de Castro y otros.—Hace

gente el Virrey y nombra Capitanes y da paga.—Hace ensayar la

gente el Virrey.—Suspende el Virrey la ejecución de las ordenan-

zas.—Envía el Virrey al Obispo de Lima y al regente fray Tomás

que hablen á Gonzalo Pizarro.—Llega fray Tomás al Cuzco y Gon-

zalo Pizarro no le da audiencia.—Hace detener Gonzalo Pizarro al

Obispo en la puente de Aporima.—Envía el Virrey los escribanos

de gobernación que notifiquen á Gonzalo Pizarro deshaga la gente.

Estando las cosas del Cuzco.en tal estado, vinieron

nuevas ciertas al Virrey de lo que Gonzalo Pizarro hacía,

lo cual le puso en grande alteración, y en toda la ciudad;

aunque es cierto que algunos recibían más escándalo por

su propio interese que por el daño que esperaban de la

empresa de Gonzalo Pizarro. Puesto que al principio, por

no haber certidumbre no se hizo tanto caso, hasta que se-

gundaron las nuevas y se supo de cierto que Gonzalo Pi-

zarro hacía gente y daba paga descubiertamente, y que

había tocado atambores y nombrado capitanes y oficia-

les de guerra y tendido banderas, y que tenía todo el

Cuzco por sí. Lo cual del todo alteró al Virrey, y dio más

72

HISTORIA DEL PERÚ

bollicio en la tierra, acrecentando corrillos y novedades,.

levantando los corazones de muchos para tomar las ar-

mas. El Virrey concibió luego en sí sospecha contra el

licenciado Vaca de Castro, que poco antes había estado

en la Gobernación de la Tierra y tenía muchos amigos, de

quien temió que le podía venir mucho daño en aquella

revuelta y alteración, y especialmente, porque muchas

personas le acompañaban; y así hizo tocar un arma fal-

sa, haciendo luego prender á Vaca de Castro (á quien ya

había dado la ciudad por cárcel), y á don Pedro Luis de

Cabrera y á Hernán Mexía, su yerno, al capitán Lorenzo

de Aldana, y Melchor Ramírez, y Baltasar Ramírez su her-

mano, y los hizo llevar á la mar, metiéndolos en un navio

de armada de que era capitán Jerónimo Zurbano. Y de

ahí, á pocos días, soltó á Lorenzo de Aldana, y don Pedro

Cabrera y su yerno fueron desterrados para Panamá, y

los hermanos Ramírez á Nicaragua, sólo por ser éstos per-

sonas principales y que siempre acompañaban á Vaca de

Castro.

Luego comenzó el Virrey á echar mano de las ar-

mas, nombrar Capitanes y dar paga, hacer soldados, fun-

dir arcabuces y se hacer en todo soldado, platicando á

la continua en cosas de la guerra. Nombró por capitanes

de infantería á Pablo de Meneses, y Martín de Robles, y

á Vela Núñez, su hermano; y de arcabuceros, á Gonza-

lo Diez, y de la gente de caballo nombró á don Alonso de

Montemayor (que como está dicho había bajado del Cuz-

co con Vaca de Castro), y á Diego Alvarez Cueto su cu-

ñado, todos personas de quien el Virrey tenía todo buen

concepto; los cuales luego comenzaron de hacer gente,

y en pocos días se juntaron de pie y de caballo más de

seiscientos hombres, y hacían sus reseñas y alardes, en-

sayándose en peleas y escaramuzas fingidas para el tiem-

po del menester, así como lo suelen hacer los diestros y

sabios capitanes, y de cada día se iba juntando más gente

y haciéndose más al trabajo y ejercicio de la guerra. Em-

pero con tener el Virrey tan buen aparejo, entendiendo

que en muchos de los que andaban en su servicio había

dolencia, por el interese de la ejecución de las ordenanzas,

HISTORIA DEL PERÚ

73

y considerando que sería cosa conveniente y necesaria

atajar esto, porque no hubiese parcialidades ni inconve-

nientes en la buena orden que se daba para resistir á

Gonzalo Pizarro, y que se estorbase que los tales intere-

sados no diesen aviso de lo que en Lima se hacía, y tam-

bién, creyendo que por aquella vía Gonzalo Pizarro, tra-

yendo como traía la voz de Procurador general por razón

de las ordenanzas, desistiría de la empresa, y que los que

á él se habían juntado le dejarían, y por otros motivos y

consideraciones que tuvo para que no viniese en rompi-

miento aquella preñez de sangre y alboroto que declara-

ba la venida de Gonzalo Pizarro y alteración de la tierra,

determinó hacer aquello que al principio rehusado había,

creyendo que sin algún estorbo pudiera cumplir la volun-

tad y mandado de su Magestad, y así suspendió en esta

sazón la ejecución de las ordenanzas, hasta en tanto que

su Magestad fuese informado y proveyese sobre ello. Lo

cual cierto dio grandísimo contento á toda la ciudad, y

especialmente, á aquellos que dello se les seguía mayor

interese.

Mas como ya el mal estaba repartido por todos los

miembros de la tierra, y aposentado principalmente en

el corazón de Gonzalo Pizarro el daseo y ambición de

gobernar y señorear el Reino, aprovechó poco este pro-

veimiento para él y los que con él estaban, porque de ahí

á pocos días, siendo enviados por el Virrey, primeramen-

te fray Tomás de San Martín, Provincial de los Domini-

cos, y después, don Jerónimo de Loaysa, Obispo de los

Reyes, para que desviasen á Gonzalo Pizarro su venida,

y le hiciesen saber esto que el Virrey había proveído en

pro y utilidad de todo el Reino, y para atajarla demanda

que traía, creyendo que esto solo bastara para conseguir

su intento. Fray Tomás de San Martín llegó al Cuzco, y

apenas Gonzalo Pizarro le quiso dar audiencia para ex-

plicar su embajada y mandado, y al Obispo de Lima an-

tes que llegase le hizo detener en la puente de Aporima,

para que de allí no pasase hasta que ya él fuese salido

del Cuzco, por razón que la venida del Obispo no fuese

causa para desbaratar el buen aparejo, que la dudosa for-

74

HISTORIA DEL PERÚ

tuna le comenzaba á dar, para adquirir lo que tanto desea-

ba. El Obispo disimuló el descomedimiento que con él se

usaba y aguardó á que Gonzalo Pizarro saliese, de mane-

ra que el Obispo le habló y dio su mandado, de suerte

que á todos fué notorio el auto y proveimiento del Virrey

sobre las nuevas ordenanzas. Mas ni por esto, ni por ex-

hortaciones y amonestaciones y buenos consejos que in-

tervinieron, no bastó para curar ni atajar la llaga encan-

cerada que de ambición traía afistolada y arraigada en lo

interior de sus entrañas; porque ninguna cura ni medicina

bastaba, si no era quedar por señor de la tierra. Y como

traía toda su gente más en manera de sujeción que de li-

bertad, puesto que algunos, y los más de los principales,

quisieran que Gonzalo Pizarro no pasara adelante, y que

así lo mostraban en sus palabras y semblante, viendo la

determinada voluntad todos se conformaron con él, apro-

bando no ser consejo sano volver atrás; concurrió tam-

bién que no daban entero crédito que el Virrey haría con

determinación aquello que había publicado sobre la eje-

cución de las nuevas leyes, aunque esto fuera el menor

inconveniente si la cabeza principal no estuviera con

tanto frenesí. Por manera que la embajada fué de ningún

fruto y Gonzalo Pizarro prosiguió con su intención ade-

lante. Asimismo proveyó el Virrey en dos de Agosto que

Simón de Alciati y Pero López de Cazalla, escribanos de

gobernación, fuesen á Gonzalo Pizarro y le notificasen

que deshiciese la gente y se viniese como Procurador ge-

neral llanamente y que él le otorgaría la suplicación de

las ordenanzas, los cuales se partieron luego y con ellos

Francisco de Ampuero y otros más, no pudieron pasar de

Guamanga, donde Francisco de Almendras los prendió y

tomó los despachos.

CAPITULO XIV

Cómo llegaron al puerto de Lima dos navios de Arequi-

pa, y el Virrey tuvo nueva de la conjuración que en el Cuzco

se hacía con Pizarro, y cómo del Cuzco se huyeron muchos

para el Virrey.

Vienen dos navios de Arequipa á Lima con gente leal.—Dicen al Virrey

que Loaysa convoca gente para servir al Rey.—Causa por qué á

muchos les pesaba de seguir á Gonzalo Pizarro.—Muestra de la da-

ñada intención de Gonzalo Pizarro.—Viene Pizarro del Cuzco á

Xaquixaguana.—Húyense algunos á Gonzalo Pizarro y pónenle en

confusión.—Vuélvese Pizarro al Cuzco.

Muchos días había que Blasco Núñez Vela estaba

congojado por no saber cosa cierta de la ciudad del

Cuzco, y del estado en que estaban las cosas y motivos

de Gonzalo Pizarro, y en esta sazón y tiempo parecieron

dos navios cerca del puerto de la ciudad, que, á lo que pa-

recía, venían de Arequipa, que puso en gran rebato y

temor á todos y en mucha confusión, y especialmente al

Virrey que, como estaba tan alborotado, poca ocasión

bastaba para le atribular. Mas habiendo enviado con pres-

teza á saber lo que era, supo que venían del puerto de

Arequipa y que en ellos venían el capitán Alonso de Cá-

ceres (que había estado en Arequipa por teniente de

Vaca de Castro) y Jerónimo de la Serna, que había subi-

do de la ciudad de los Reyes al Cuzco por la venida del

Virrey, y del Cuzco se había salido conociendo la inten-

ción de Gonzalo Pizarro, y venía en compañía de Alonso

76

HISTORIA DEL PERÚ

de Cáceres á servir al Virrey, juntamente con otras per-

sonas que en su compañía venían, de cuya venida el Vi-

rrey holgó mucho, porque se hacía principio de lealtad

viniendo los de fuera á servir á su Magestad habiendo

visto huir á los que en su compañía estaban. Y de Jeró-

nimo de la Serna supo lo que en el Cuzco había y el es-

tado de Gonzalo Pizarro, y le informó cómo Baltasar de

Loaysa, clérigo, estaba en el Cuzco convocando y per-

suadiendo á muchos al servicio de su Magestad, y que

tenía de su bando á personas principales de mucha cali-

dad. Lo cual luego fué entendido por toda la ciudad, pu-

blicándolo el Virrey con el contento y alegría que de

ellos recibió, creyendo que no dañaba ser público, que

cierto fué al contrario, porque como había muchos que

deseaban saber y coger nuevas para dar aviso, no tardó

mucho en llegar esto á los oídos de Gonzalo Pizarro, é

hizo mucho daño en la muerte de Gaspar Rodríguez y de

otros, como adelante se dirá.

Y aun por estas nuevas también se puso sospecha en

Jerónimo de la Serna, induciendo á algunos al Virrey, que

no venía por le servir sino para le matar como íntimo amigo

de Gaspar Rodríguez, y que también quería matar á Gon-

zalo Pizarro porque Vaca de Castro gobernase, de quien

era Serna mayordomo, á lo cual, en alguna manera, el Vi-

rrey daba crédito, y así no le miraba tan bien como antes

ni tenía de él tan buen concepto como su voluntad y ofre-

cimientos merecían; hasta que, conociéndole más, hizo de

él entera confianza, puesto que después le mató con sus

manos en los alcances de Quito, siendo su Capitán. Y

porque se entienda bien este negocio como pasó, de que

Serna dio el aviso, es de saber que, como entre la gente

que Gonzalo Pizarro había juntado, había muchas perso-

nas de calidad y que siempre habían sido leales á su Rey,

entendiendo el intento y voluntad de Gonzalo Pizarro en

seguir su empresa, no lo juzgaron á bien, ni aprobaron su

determinación, ni les pareció que á sólo el bien común

del Reino se enderezaba su fin, sino á pasar adelante,

porque allende que conocían su pretensión de gobernar,

también había dado á entender Gonzalo Pizarro que de-

HISTORIA DEL PERÚ

77

rendía su cabeza, publicando que el Virrey había dicho que

traía cédula de su Magestad para se la cortar, por las alte-

raciones pasadas entre el Marqués su hermano y don

Diego de Almagro; y así á muchos les pesaba de haberse

arrojado y metido prendas en el negocio y quisieran dar

de mano á Gonzalo Pizarro, si lo pudieran hacer sin temor

de ser castigados por lo pasado. Porque aquel desatina-

do principio tuvo un tal siniestro que, como había de ser

sangriento su fin, desde que Gonzalo Pizarro entró en el

Cuzco (á lo menos desde que tuvo alguna posibilidad y

mando), en lo que más mostró su dañada intención, y la

gente sujeción para se prendar, fué que nadie osó hacer ni

decir cosa que en servicio del Rey y en su honor fuese;

aunque el primer color, de la pretensión é intento de

todos (así por la haz) solamente representaba la libertad

de la tierra y el amparo de los conquistadores, poblado-

res y vecinos; empero, siendo muchos despertados ya y

advertidos por persuasión de Baltasar de Loaysa, viendo

su ceguedad, procuraban salir della. Asimismo Diego

Centeno, después de haber dado la palabra á Gonzalo

Pizarro, conociendo por el consiguiente el mal camino que

seguía, ayudaba y favorecía cuanto era posible á Loaysa

en su buena intención, y estaban ya muchos conjurados

para dejar á Gonzalo Pizarro.

Estando, pues, con esta determinación, habiendo sa-

lido Gonzalo Pizarro al asiento de Xaquixaguana (in-

dios de su repartimiento) de donde salió de hecho, de-

jando en el Cuzco al capitán Gaspar Rodríguez juntan-

do la gente y aparejando lo demás necesario para la

partida, de ahí, á pocos días, desaparecieron de la ciu-

dad veintidós ó veintitrés de los conjurados, personas

de mucha cualidad, y en quien Gonzalo Pizarro tenía

más confianza, que fueron; el capitán Gabriel de Ro-

jas, Gómez de Rojas su sobrino, el capitán Garcilaso

de la Vega, el licenciado Carvajal, Alonso Pérez de Es-

pinel, Pedro Pizarro, Juan Ramírez, Jerónimo de Soria,

Pedro del Barco, Machín de Florencia, Pedro Manjarres,

Juan de Sayavedra, Jerónimo Costilla, Gómez de León y

Luis de León y otras personas del concierto referido. Lo

78

HISTORIA DEL PERÚ

cual, sabido que fué por Gonzalo Pizarro, le pesó en ex-

tremo y aun le puso en términos de desbaratar del todo

la quimera de su intención é irse á las Charcas ó á Chile

con cincuenta amigos suyos, porque los que se le fueron

eran ricos y emparentados y de mucha cualidad, y temió

de hecho que su huida sería causa de que otros muchos

se fuesen. Y con este recelo, Gonzalo Pizarro se volvió

luego al Cuzco para averiguar y castigar lo que había

sido, é iba indignado contra Loaysa porque muchos le in-

dignaban y persuadían que le matase, certificándole que

por su industria se habían aquéllos huido; y aun también

Baltasar de Loaysa fué persuadido por sus amigos que

luego se ausentase y huyese del Cuzco, lo cual Loaysa

ao quiso hacer; mas salió del Cuzco con Gaspar Rodrí-

guez y Diego Centeno, que salieron al camino á recibir á

Gonzalo Pizarro, al cual encontraron con Alonso de Toro,

su maestre de campo, y Alonso de Toro dijo á Loaysa

algunas palabras sentidas y desabridas, cargándole la

culpa de los que se habían huido, y dando Baltasar de

Loaysa agudas disculpas, Gonzalo Pizarro mostró quedar

algún tanto satisfecho, y procuró poner, de allí en adelan-

te, mejor recado en su campo.

CAPITULO XV

Del concierto que hizo Baltasar de Loaysa con Gaspar Ro-

dríguez y otras personas, y Gonzalo Pizarro envió gente

tras él, y no le hallando llevaron preso d Alonso de Orihuela,

y cómo Francisco de Carvajal vino al asiento de Xaquixa-

guanay Gonzalo Pizarro le hizo su maestre de campo.

El concierto que muchos hicieron con Loaysa.—Parte Loaysa para el

Virrey.—Envía Pizarro gente que prenda á Loaysa.—Prenden á

Orihuela los que salieron contra Loaysa.—Viene Francisco de Car-

vajal al asiento de Xaquixaguana.—Hace Pizarro á Francisco de

Carvajal su maestre de campo.—Lo que muchos han advertido y

notado en Francisco de Carvajal.

Después que hubo pasado este suceso, Baltasar de

Loaysa declaró á Gaspar Rodríguez abiertamente, como él

había dado la orden que aquellos caballeros se huyesen,

y que si hasta allí no se había aclarado tanto con él, había

sido la causa verle tan metido en los negocios de Gonzalo

Pizarro; y aun le dijo también, que, al tiempo que se ha-

bían huido, había entretenido él á Gaspar Rodríguez, para

que mejor y más á su salvo lo efectuasen, y persuadióle

mucho hiciese lo mismo, pues veía cómo ya á Gonzalo

Pizarro le iban falleciendo las fuerzas y andaba desani-

mado, y le hizo entender que tenía convertidos otros mu-

chos para hacer otro tanto. Gaspar Rodríguez declaró,

que si el Virrey enviase perdón general, para él y todos

sus amigos, de todo lo pasado, que le ofrecía destruir

luego á Gonzalo Pizarro y matarle ó prenderle. Después

80

HISTORIA DEL PERÚ

de esto, se juntaron en casa de Diego Maldonado, Gaspar

Rodríguez, Diego Centeno y Baltasar de Loaysa, y otras

personas de confianza, y tratando del negocio, se resumie-

ron que Baltasar de Loaysa partiese luego á traer la pro-

visión del perdón, y que en el entretanto Gaspar Rodrí-

guez negociase con Gonzalo Pizarro cómo Diego Maldo-

nado quedase por capitán y alcalde en el Cuzco, y que

al punto que entendiesen ó tuviesen aviso que Loaysa

había despachado, y Gonzalo Pizarro se viese alejado del

Cuzco, Diego Maldonado alzaría bandera por el Rey y

mandaría quemar las puentes para que Pizarro no pudiese

huir, y que entonces Gaspar Rodríguez, con sus amigos,

prendería ó mataría á Gonzalo Pizarro. Lo cual, siendo

así concertado, tomando Baltasar de Loaysa carta de

Diego Maldonado para el Virrey, se partió del Cuzco es-

condidamente por caminos secretos y apartados. Lo cual,

sabido que fué por Gonzalo Pizarro, considerando que

era huida de hombre culpado, envió luego tras él algunos

arcabuceros, los cuales, no pudiendo haber á Loaysa, se

encontraron en el camino con Alonso de Orihuela, vecino

del Cuzco, que iba camino de Arequipa por mandado del

Virrey, y lleváronle preso á Gonzalo Pizarro, y porque

Orihuela quiso encubrir lo que pasaba en Lima, mandó á

Gaspar Rodríguez que le matase. Y no le pareciendo á

Gaspar Rodríguez causa justa para darle la muerte, no lo

quiso hacer, de que Gonzalo Pizarro concibió en sí algu-

na sospecha contra Gaspar Rodríguez, y fuéle dado á

Orihuela tormento tan cruel, que quedó tullido de ambas

manos.

Había venido á este asiento de Xaquixaguana Fran-

cisco de Carvajal, que venía de la ciudad de Arequipa,

estando ya de partida para irse á España; y algunos juz-

garon esta venida de Francisco de Carvajal no ser de su

propia voluntad, sino compelido á ello, y se decía que

Gonzalo Pizarro había enviado por él rigurosamente para

se ayudar y favorecer del en aquella empresa y jornada,

por ser, como era, Francisco de Carvajal muy práctico y

experimentado en las cosas de la guerra. El cual, como

hombre mañoso y no poco avisado, se mostró grande

HISTORIA DEL PERÚ

»1

amigo y servidor de Gonzalo Pizarro, y muy contento de

la empresa que había tomado, y se ofreció en ayudar á

sustentarla, aprobándola por justa, buena y santa, por

donde vino tanto en su gracia y amor, que quitando á

Alonso de Toro el cargo de maestre de campo que le

había dado, le dio á Francisco de Carvajal, que le duró

hasta que con él perdió la vida, y aun se cree que á vuel-

tas el alma, según fué el proceso y discurso de sus malas

y perversas obras y sospechosa muerte. Y es de muchos

advertido y notado, que en este mismo lugar que le fué

dado el cargo, fué después arrastrado y hecho cuartos por

justicia, en pago de la injusta empresa que de aquí co-

menzó á seguir. Lo cual agora deja la historia por contar

lo que el Virrey hacía en la ciudad de los Reyes.

6

CAPÍTULO XVI

Cómo el Virrey envió á Jerónimo de Villegas á Gudnuco

para que Pedro de Puelles viniese con la gente que tenía y

ambos se fueron á Pizarro, y enviando el Virrey en su se-

guimiento al capitán Gonzalo Diez y á otros, hicieron lo mis-

mo, y por ello la bandera de Gonzalo Diez fué arrastrada.

Envía el Virrey á Jerónimo de Villegas á Guánuco.—Vanse Pedro de

Puelles y Jerónimo de Villegas para Gonzalo Pizarro.—Avisan al

Virrey la ida de Puelles y envía en su seguimiento.—Avisa el Re-

gente á Vela Núñez que le quieren matar los que lleva y vuélvese.—

Vanse los de Vela Núñez á Gonzalo Pizarro.—Anímase Gonzalo

Pizarro con la venida de Puelles y los demás de Vela Núñez.—

Manda el Virrey arrastrar la bandera del capitán Gonzalo Diez.—

Nombra el Virrey por capitán á Jerónimo de la Serna en lugar de

Gonzalo Diez.

Mucho se holgaba el Virrey, después de la venida de

Jerónimo de la Serna, por las buenas nuevas que le había

dado de la conjuración que había contra Gonzalo Pi-

zarro, y de ver la pujanza de gente, que, en su favor y en

servicio de su Magestad, se había juntado, y de la volun-

tad y buena orden de sus capitanes; de que los loaba y

honraba mucho con palabras de mucho amor, prometién-

doles galardón de sus trabajos, representándoles el gran

servicio que á su Magestad hacían en defender con sus

personas la corona y patrimonio real sustentando justi-

cia. En este tiempo, acordó el Virrey enviar á Jerónimo

de Villegas (natural de Burgos) á la ciudad de León de

84

HISTORIA DEL PERÚ

Guánuco, y escribió con él á Pedro de Puelles para que

luego viniese con toda la gente que tuviese; por que es así,

que, después de llegado el Virrey á Lima, vino á besarle

las manos Pedro de Pueyo, que estaba á la sazón en

Guánuco por teniente de Vaca de Castro, y el Virrey se

lo agradeció mucho y le dio nuevos poderes para el cargo

que antes tenía, y le hizo volver, mandando que tuviese á

punto la gente de la ciudad y los que más por allí apor-

tasen; y pareciéndole al Virrey ser ya tiempo, envió á Je-

rónimo de Villegas con este mandado. Llegado, pues, á

Guánuco Jerónimo de Villegas, y habiendo dado su re-

cado y carta á Pedro de Puelles (natural de Sevilla), pla-

ticaron los dos este negocio, y pareciéndoles que si se

iban al Virrey sería desbaratado Gonzalo Pizarro, y que

las ordenanzas serían ejecutadas y quedarían sin indios;

por tanto, tomando Pedro de Puelles cuarenta de caballo

y más de veinte arcabuceros que tenía, se fué para jun-

tarse con Gonzalo Pizarro, do quiera que le hallase. Luego

el Virrey fué avisado de la ida de Pedro de Puelles, y

sabiendo que había de pasar junto al valle de Xaoxa,

mandó aprestar á Vela Núñez su hermano, y al capitán

Gonzalo Diez, y á Jerónimo de la Serna, con hasta cin-

cuenta hombres bien armados, para que fuesen y le ataja-

sen por aquel paso; los cuales partieron luego, y, pasando

de Guadacheri, encontraron al regente fray Tomás de

San Martín, que venía del Cuzco de hablar á Gonzalo Pi-

zarro por mandado del Virrey, y el Regente avisó secre-

cretamente á Vela Núñez que le querían matar los que lle-

vaba consigo, por lo cual, Vela Núñez, avisando á cinco ó

seis deudos yamigos suyos, en anocheciendo, hicieron sa-

car sus caballos con disimulación que los iban á dar agua,

y cabalgando en ellos y guiándolos el Regente, se escapa-

ron. Sabido por Juan de la Torre y Piedrahita, con otras

personas del concierto, se levantaron y acudieron á la

guardia, y uno á uno los rindieron á todos, amedrentán-

dolos que los matarían si no se iban con ellos, lo cual

casi todos otorgaron, especialmente el capitán Gonzalo

Diez, que se tuvo entendido ser del concierto por ser

yerno de Puelles, y que á la sazón estaban en buena paz

HISTORIA DEL PERÚ

85

y amistad; y así se fueron todos, sin que nadie fuese for-

zado, en busca de Gonzalo Pizarro, y cuando llegaron

donde él estaba, hacía dos días que Pedro de Puelles ha-

bía llegado; y cuando llegó, halló que Gonzalo Pizarro

estaba muy desanimado y confuso, y con su venida se

animó él y toda su gente, y mucho más después que lle-

garon Gonzalo Diez y Piedrahita y los demás que de

Lima habían salido con Vela Núñez; y con gran determi-

nación, se determinaron de proseguir la empresa que ha-

bían comenzado, teniendo por buen agüero y principio

bien fortunado la venida de Pedro de Puelles y Gonzalo

Diez, su yerno.

VelaNúñez, y Jerónimo de la Serna, y los demás se vol-

vieron á la ciudad de los Reyes, y sabido por el Virrey lo

que había pasado, lo sintió demasiadamente, porque veía

á la clara cuan mal le sucedían los negocios y cuan enco-

nados iban; y queriendo, en alguna manera, hacer justicia

y venganza de tan gran traición, como el capitán Gonzalo

Diez había hecho (persona de quien tanto confiaba) faltan-

do á su palabra y fe que le había dado, pues no podía ha-

cer justicia de su persona, hizo luego traer su bandera y

arrastrarla por toda la plaza, en presencia de todos los ca-

pitanes y soldados á vista de toda la ciudad, y mandó que

todos los sargentos y alféreces, así de la compañía de Gon-

zalo Diez como de todas las demás, con las puntas de las

ginetas la hiciesen pedazos en oprobio y afrenta del ausen-

te Capitán. De lo cual no quedó poco corrido y afrentado

Gómez Estacio, alférez de su compañía, y otros compañe-

ros de la bandera, por ser su Capitán, y también porque al

mismo Gómez Estacio hizo el Virrey que llevase la bande-

ra arrastiando, y así desde este punto, fué contrario al Vi-

rrey y gran servidor y amigo de Gonzalo Pizarro. Y puesto

que á algunos pareció mal lo que Gonzalo Diez había he-

cho, y que justamente pagaba su honra en le arrastrar la

bandera, otros había que se holgaban de ello, porque el

poder del Virrey iba menguando y el de Gonzalo Pizarro

creciendo, y deseaban su caída y verle destruido y echado

de la tierra. Y con esto ninguna cosa hacía, por buena que

fuese, que á bien se juzgase, lo cual él sentía mucho, aun-

86

HISTORIA DEL PERÚ

que disimulaba. Habiendo, pues, hecho esto el Virrey en

la bandera y honra de Gonzalo Diez, nombró por Capitán

de su compañía á Jerónimo de la Serna, teniendo ya

mejor concepto de él y de su servicio, que no antes tenía,

por la muestra y experiencia de lealtad que en tal tiempo

había hecho, habiéndose vuelto con Vela Núñez su herma-

no, y de allí en adelante, siempre, en todo lo que se ofre-

cía, era el primero con quien se aconsejaba y de quien

echaba manos, y el que más quería y honraba, y Jerónimo

de la Serna le servía lealmente.

CAPITULO XVII

Cómo Baltasar de Loaysa vino á Lima y se partió con el

perdón para Gaspar Rodríguez y sus aliados, y cómo los

sobrinos del Factor salieron en su seguimiento y envió el

Virrey tras ellos, de que resultó la muerte del Factor.

Congoja y sospecha del Virrey.—Viene Loaysa al Virrey y dale rela-

ción del concierto.—Dase á Loaysa la provisión de perdón general.

Pártese Loaysa con los despachos para el Cuzco.—Sale gente de

Lima contra Loaysa.—Envía gente el Virrey contra los que salieron

en busca de Loaysa y envía á llamar al Factor.—Las palabras que

pasaron entre el Virrey y el Factor.—Muerte del factor Illán Suá-

rez.—Pesóle mucho al Virrey la muerte del Factor y discúlpase.

Estaba en este tiempo el Virrey muy triste y congo-

jado, porque no había acudido á la ciudad de los Reyes

persona alguna de los que Jerónimo de la Serna le había

dicho; y como veía que tan avieso le sucedían las cosas y

negocios, y que los que enviaba á llamar, no sólo no ve-

nían, empero se iban á Gonzalo Pizarro, estaba puesto

en gran confusión, y temía si, por ventura, Jerónimo de

la Serna no le había dicho verdad, ó si acaso se hubiese

resfriado ó desbaratado la buena intención de los conju-

rados ó que hubiesen sido sentidos. Estando, pues, en

tal confusión y sospecha, llegó Baltasar de Loaysa, con

quien el Virrey se holgó mucho, porque, con su venida,

fué certificado de todo lo que pasaba, y que Serna en todo

le había dicho verdad, y certificóle que los que se habían

huido de Gonzalo Pizarro, venían por la vía de Arequipa

83

HISTORIA DEL PERÚ

con bandera tendida con voz y nombre de su Magestad,

y que se había partido ocho días antes que él saliese del

Cuzco. Asimismo le certificó cómo los que estaban con-

jurados contra Gonzalo Pizarro, quedaban esperando el

perdón para luego le prender ó matar, lo cual animó

mucho al Virrey y le puso grande esperanza, entendien-

do, que, antes que Gonzalo Pizarro llegase á Lima, sería

preso ó muerto. Y tratando con Loaysa sobre el perdón, le

dijo el Virrey, que, por causa del secreto, sería mejor que

le diese una cédula de su propia letra y firma, porque ha-

ciéndose la provisión, forzosamente lo había de saber el

licenciado Cepeda y el Factor, de quienes en alguna ma-

nera se temía. Loaysa dijo, que no convenía sino llevar

provisión Real librada por don Carlos, porque ésta se

pedía y él había prometido de llevarla. Finalmente, que

la provisión se despachó luego para todos los que Balta-

sar de Loaysa nombró, y también para todos los demás

que lo mismo hiciesen, perdonándolos plenariamente

todo lo pasado.

Era sábado en la noche, cuando la provisión se despa-

chó, y concertóse de que el Factor había de dar un ma-

cho grande andador á Loaysa, para se partir el domingo

por la mañana; y venido el día, enviando Loaysa por el

macho, dijo el Factor que habían ido en él por hierba

y que no sabía dónde, lo cual sintió mucho el Virrey y

se enojó con el Factor por ello. Baltasar de Loaysa apa-

rejó luego su partida, y mandó el Virrey que fuese en

su compañía Hernando de Zaballos, los cuales luego se

partieron para el Cuzco por los .llanos, y como en este

tiempo, la ciudad de los Reyes estaba dividida en bandos,

y se tuvo noticia de estos despachos, no era muy lejos de

la ciudad Baltasar Loaysa, cuando se huyeron de la ciu-

dad y de casa del factor Yllan Suárez, Diego Suárez Es-

cobedo, Diego Suárez de Carvajal y Jerónimo de Car-

vajal su primo, y otros deudos suyos y personas que allí

posaban, juntándose con ellos otros de la ciudad, y entre

ellos, don Baltasar de Castilla, Gaspar Mexía, Pero Martín

y otros, que serían hasta veinte bien aderezados. De lo

cual, siendo luego avisado el Virrey por un soldado que se

HISTORIA DEL PERÚ

69

decía Francisco Mezquita, concibió luego en sí esto haber

sido por consejo del Factor, y así aquel mismo día, do-

mingo catorce de Septiembre, después de haber enviado á

don Alonso de Montemayor, con cincuenta hombres, en

seguimiento de los huidos, estando la gente del pueblo ya

sosegada y el Factor acostado en su cama, el Virrey envió

por él con Vela Núñez su hermano y algunos arcabuze-

ros. Y el Factor se levantó luego de la cama, y así como

quiera se vistió, y cubierto con una ropa de grana se fué

con Vela Núñez, no sospechando cosa alguna de su daño

más de que el Virrey le enviaba á llamar para comunicar

con él algún secreto de la guerra ú otra cosa semejante

L (como otras veces lo solía hacer). Y como llegó á la pre-

sencia del Virrey, dijóle algo alterado (por lo que le habían

dicho): "Señor Factor, ¿cómo? ¿no fuera parte la amis-

tad mía y vuestra, de España y de acá, para que tanto mal

no saliera de vuestra casa? Por cierto que no lo habéis

hecho como buen servidor de su Magestad ni celoso de

su honra y servicio,,. A lo cual dicen que respondió el Fac-

tor: "No me maltrate vuestra señoría tanto como eso, por-

que soy tan servidor de su Magestad como vuestra seño-

ría„; de la cual respuesta, airado el Virrey, pareciéndole

descomedida y desacatada, resultó responderle palabras

injuriosas, y entre ellas, que mentía como traidor, y á

vuelta de las palabras, echó aceleradamente mano á una

daga, con la cual algunos afirman que le hirió y que man-

dó á sus criados que le matasen. Finalmente, que el Fac-

tor fué muerto de muchas heridas que los criados del Vi-

rrey le dieron. Luego le amortajaron en la misma ropa de

grana que llevaba cubierta, y le envolvieron en un repos-

tero para le llevar á enterrar, y, porque no le viesen llevar

los de la guarda, le descolgaron por un corredor y le en-

terraron junto á una esquina de la iglesia mayor que es-

taba cerca. Y de ahí á pocas horas que el arrebatado ím-

petu de la ira y cólera se le pasó al Virrey y le señoreó la

razón, cierto le pesó en todo extremo y se tuvo por cier-

to haber llorado por él. Sabida, pues, la muerte del Fac-

tor por toda la ciudad, el Virrey mandó llamar á algunos

principales vecinos y, disculpándose, afirmó haber tenido

90

HISTORIA DEL PERÚ

bastante causa para le haber muerto, atribuyendo su

muerte al desacato de sus palabras, y les dijo, que nadie

se escandalizase por ello, que si bien ó mal había hecho,

él daría cuenta de ello á Dios y á su Rey; de lo cual todo

el pueblo se alteró y tomó más indignación contra él. De

manera, que de la huida de éstos se causó este sangriento

principio, del cual se tomó ocasión y falso color para

prender al Virrey, que cierto fué tiranía secreta y sin fun-

damento alguno. Y es cierto que después de este suceso

sintió el Virrey mucha pena por ello, y decía muchas

veces que la muerte de Yllan Suárez le traía asombrado

y fuera de sí, y maldecía á su hermano Vela Núñez por-

que se le había traído, llamándole de torpe y de bestia,

porque, conociendo su condición y viéndole tan alterado,

le había traído, diciendo, que si fuera hombre de entendi-

miento, disimulara en el cumplimiento de lo que le man-

daba haciendo muestra que no le hallaba, hasta que se le

hubiera pasado el enojo.

CAPITULO XVIII

Cómo el Virrey se quiso fortalecer en Lima y publicó que

se quena ir á Trujillo y embarcar los Oidores, y mandó

llevar á la mar los hijos del Marqués, y los Oidores trata-

ron de prenderle.

Causas de estar el Virrey confuso y no se determinar en cosa alguna.—

Do hay muchos pareceres siempre se toma el peor.—Echa fama el

Virrey que quiere embarcar los Oidores y retirarse á Trujillo y

manda embarcar los hijos del Marqués.—Proveen los tres Oidores

que el Virrey sea preso y desposeído del mando, y nombran por

Presidente al licenciado Cepeda.—Mandan que Martín de Robles

prenda al Virrey.—Dan mandamiento firmado de su nombre para

prender al Virrey.

Después que el Factor fué muerto, según está referido,

cada hora iba creciendo el alboroto por toda la ciudad,

causado de los interesados de las nuevas leyes, y esta-

ban algunos tan dañados, que andaban poniendo como

en precio la vida y honra del Virrey. Había Blasco Núñez

Vela tenido noticia en este tiempo, que Ventura Beltrán

tenía presos en Guaura ciertos caciques é indios, para

efecto que le diesen más tributos de los que le debían, y

que los había maltratado, y, en razón de ello, había en-

viado á Simón de Alceati que hiciese la información, de

lo cual Ventura Beltrán estaba muy sentido. Y así, éste y

Antonio Solar (vecinos ambos de Medina del Campo),

andaban muy solícitos con otros sus allegados, incitando

é indignando gentes. Y lo que más ayudaba para atizar el

fuego, era que cada día venían nuevas de la venida de

»2

HISTORIA DEL PERÚ

Gonzalo Pizarro y de su pujanza; y el Virrey estaba muy

desatinado por no entender las voluntades de aquellos

con quien trataba, porque unos le decían que morirían

con él, otros le daban mil consejos, otros afirmaban que

éstos y aquéllos le engañaban, de manera que estaba tan

confuso, que ni á los unos creía ni á los otros entendía,

y de aquí resultaba tanta variedad y confusión en su pe-

cho, que de sí mismo no se fiaba ni de persona alguna se

confiaba. Pero con todos estos contrarios, considerando

la malicia de la gente, disimulaba con todos lo mejor que

él podía, mostrándoles buen rostro y dando muestra de

mucha confianza; y aunque hacer esto no era de su con-

dición, conformábase y usaba del tiempo. Segundaban en

esto más las nuevas por la ciudad, cómo Gonzalo Pizarro

había juntado más de quinientos hombres, y que se daba

priesa á caminar con designio de poner en efecto su in-

tención; lo cual acrecentaba más novedades, consultas y

corrillos, y todos estaban metidos en revuelta y confu-

sión, y el Virrey andaba apasionado con mil desasosiegos

y cuidados que le traían desvelado. Y no sabiendo qué

hacer, imaginaba cuál sería más seguro y sano consejo:

salir al campo á dar la batalla á Gonzalo Pizarro ó si sería

mejor fortalecerse en Lima, ó, por ventura, si le estaría bien

retirarse de Lima para abajo con la gente que tenía. Y, so-

bre todo esto, hablaba á muchos, mas de nadie aceptaba

consejo ni se determinaba á cosa alguna por el mal crédi-

to que de todos tenía; y de esta suerte, ni el buen con-

sejo se ponía por obra, ni el malo se conocía, ni cosa al-

guna se efectuaba, sino que verdaderamente todos anda-

ban en confusión como los de la torre de Babel. Empero,

como en semejantes negocios donde hay muchos parece-

res, siempre se toma el peor y menos provechoso, des-

pués de haber determinado hacerse fuerte en la ciudad y

barrear las calles y fortalecer la plaza, y habiéndolo pues-

to por obra, como cosa de que finalmente se pensaba

aprovechar, un día derramó y echó fama que se quería

salir de la ciudad y embarcar los Oidores y sus mujeres

y toda la gente principal y retirarse á la ciudad de Truji-

llo; y dando muestra de quererlo efectuar, mandó á Diego

HISTORIA DEL PERÚ 93

Alvarez Cueto que llevase á la mar los hijos del marqués

don Francisco Pizarro, y que los metiese en un navio y se

quedase en guarda de ellos y de Vaca de Castro, y por

General de la Armada, de lo cual sintieron mal los Oido-

res. Volando, pues, la fama de esto de unos en otros, al-

borotó más toda la gente, y todos andaban en consultas y

concilios imaginando medios para que esto no viniese á

efecto; y como esto fuese en perjuicio de los Oidores y

contra la voluntad de ellos, decían, que ellos no querían

desamparar la ciudad ni dejar su Audiencia. De manera,

que así por esta causa como por la muerte del Factor, de

que le hacían culpado, y, finalmente, porque (como ya

está dicho) los Oidores estaban ya parciales y allegados

á la parte y bando de los vecinos, juntos los tres Oidores

en uno, Cepeda, Alvarez y Tejada, de un parecer, acuerdo

y conformidad, acordaron que, por remedio evidente y

cosa muy necesaria para aplacar el alboroto del pueblo, el

Virrey fuese preso y desposeído de su mando. Y en esta

consulta fué nombrado y señalado el licenciado Cepeda

por Presidente. Lo cual, habiendo así acordado, hicieron

llamar luego al capitán Martín de Robles, que era fama

no estaba bien con el Virrey, y por ser su capitán les pa-

reció sería la prisión con menos alboroto del pueblo. Ve-

nido, pues, ante ellos Martín de Robles, tuvo el caso por

pesado y dificultoso, y algunos dijeron haberlo rehusado

poniendo excusas y dificultad en ello; y como esta pri-

sión se hubiese acordado debajo de falso color de recta

justicia y por autoridad del Audiencia, atribuyendo al

Virrey delitos y aun desatinos, que, por ventura, jamás le

pasaron por el pensamiento, quisieron justificar su causa,

dando á entender que justicia lo permitía, publicando ser

en servicio de su Magestad, sólo para efecto de contras-

tar la voluntad del Virrey de los querer sacar de la Ciu-

dad. Martín de Robles, viendo la determinada voluntad de

los Oidores, pidióles mandamiento firmado de sus nom-

bres, para su descargo y justificación, y así se le dieron,

encargándole el secreto hasta lo efectuar, cuando ellos,

como señores y jueces, se lo mandasen. Y así, de esta

suerte, quedó concertada y tramada la prisión del Virrey.

CAPÍTULO XIX

Cómo el Virrey fué preso y la forma que para ello se tuvo,

y cómo don Alonso de Montemayor, volviendo á Lima con

los que con él habían salido, fué preso con otras personas.

Líbrase provisión Real en forma para la prisión del Virrey.—Previénen-

se los Oidores y especialmente se pertrecha el licenciado Cepeda.—

Tiene aviso el Virrey que le quieren prender.—Sálese un soldado

de casa de Cepeda y dice al Virrey que le vienen á prender y man-

da tocar arma.—Alboroto y confusión por toda la ciudad.—Sale de

su casa Martín de Robles.—Disparan los arcabuceros del Virrey.—

Hacen audiencia los tres Oidores sobre las gradas de la iglesia ma-

yor.—Mandan los Oidores que Jerónimo de Aliaga requiera al

Virrey que venga ante ellos.—Respuesta del Virrey.—Mandan que

Martín de Robles cumpla el mandamiento.—Llevan preso al Virrey

ante los Oidores.—La sospecha que muchos tuvieron contra Cepe-

da.—Llevan preso al Virrey á casa de Cepeda.—Prenden á don

Alonso de Montemayor y á otros.

Como se hubo concertado la prisión del Virrey, pareció

á los tres Oidores, que, para que hubiese efecto y la gente

del pueblo lo aprobase, convenía hacer y librar provisión

Real en declaración y, muestra de su intención; y así,

luego la mandaron hacer, despachándola por don Car-

los, etc. y sellada con su Real sello, la cual se dirigía al

Consejo, Justicia y Regidores de la ciudad de los Reyes,

para que diesen favor y ayuda-al capitán Martín de Ro-

bles, para que estorbase al Virrey que no embarcase los

Oidores y vecinos de la ciudad, y que, sobre tal razón, le

pudiese prender. Y hecha que fué la provisión, la'tomaron

96

HISTORIA DEL PERÚ

y recibieron en sí hasta el tiempo de la prisión, que la pu-

blicaron, y la noche siguiente, después de ser esto así

concertado para otro día, mostrando temer que el Virrey

pondría en ejecución lo que había publicado, que era

desamparar la ciudad y sacar la gente de ella antes de

estar ellos prevenidos, procuraron estar aquella noche

sobre el aviso, especialmente el licenciado Cepeda, que

posaba en unas casas algo fuertes, cerca de la plaza, que

eran de María de Escobar (que había sido mujer del capi-

tán Francisco de Chaves, á quien mataron los de Chile

cuando mataron al marqués don Francisco Pizarro), y en

ellas aquella noche juntó la más gente que pudo, así de

amigos como soldados y vecinos, con los cuales estuvo en

guarda y vela, hecho fuerte toda la noche; y además de

esto, Cepeda y los otros dos Oidores procuraron sembrar

por el pueblo su voluntad, para que todos estuviesen avi-

sados y apercibidos (á lo menos los principales), para que

oyendo tocar cualquier arma acudiesen luego á aquellas

casas. Mas no pudo ser tan secreto que aquella noche (ya

muy tarde) no llegase á oídos del Virrey, el cual, algo

alterado y escandalizado (aunque luego no dio á ello en-

tero crédito) quisiera salir á saber qué era y poner reme-

dio si fuese verdad, sino que la noche escura se lo es-

torbó, por no alterar más la gente, y también porque la

escuridad pudiera causar algún desconcierto. Y así acordó

de estarse quedo hasta que fuese de día, y mandó luego

á Vela Núñez visitar y recorrer el cuerpo de guardia (que

era su misma compañía), y en esta sazón salióle un sol-

dado de los que estaban recogidos en casa de Cepeda, y

vino á dar aviso al Virrey de lo que pasaba, y díjole: "¿Qué

hace vuestra señoría? que los Oidores y mucha gente le

vienen á prender,,. De'lo cual el Virrey, atónito y alterado,

pidiendo sus armas y armándose, mandó tocar arma, y

luego fué hecho, con que se alborotó tanto el pueblo, y

puso tanto desatino y temor en los hombres (especial-

mente en los que ignoraban estos conciertos ó descon-

ciertos referidos), que así comenzaban á salir unos por

las calles, y otros acogerse dellas á sus casas, otros á

echar mano á las armas; como suele hacer el descuidado

HISTORIA DEL PERÚ

97

ejército que, sin recelo de la priesa de los enemigos, re-

posadamente está durmiendo, y siendo acometidos de

noche, al tiempo que el pesado sueno más les carga, con

el desatino del y con el temor de la muerte, ni hallan sus

armas, ni atinan á la puerta, ni aciertan á vestirse, ni aun

se acuerdan do está su ropa.

Desta suerte, pues, andaban todos por la ciudad,

no se entendiendo los unos á los otros, ni sabiendo

lo que era, ni dónde habían de acudir, aunque nadie

dejaba de entender, que, donde estaba el Virrey, allí es-

taba la voz y persona Real, y que allí eran obligados

á acudir (si ya no lo estorbara la contrariedad de los

negocios y la mala voluntad que muchos le tenían). A

este tiempo, pues, repentinamente y con acelerados pa-

sos, salió de su casa el capitán Martín de Robles con

hasta cinco ó seis personas, sus amigos y oficiales de su

compañía, á saber qué cosa era, y viendo el alboroto que

la novedad del tocar armas había causado en toda la ciu-

dad, y pareciéndole que debía ser tiempo oportuno para

efectuar el deseo y concierto de los Oidores, con otro

golpe de gente que ya se le había juntado, acudió á las

casas y aposento de Cepeda, al cual halló no poco altera-

do Nde la repentina arma, pertrechándose lo mejor que

podía de gente y armas, así de los amigos que tenía pre-

venidos, como de otros que, sin saber dónde iban, acu-

dían al golpe de gente. Lo cual Cepeda hacía creyendo

que ya el Virrey venía sobre él, lo que no aprovechara

poco en aquella coyuntura (según opinión de muchos)

para estorbar su prisión, por no estar entonces tan refor-

mada la parte de los Oidores como después estuvo. Así

que, llegado allí Martín de Robles, y entendiendo los

Oidores en dar orden en lo que se debía hacer para efec-

tuar su voluntad, acudió luego allí, en poco rato, golpe

de gente, así de la gente que estaba prevenida como de la

que acudía de la ciudad á saber qué era, y eran deteni-

dos por los Oidores con la voz de su Magestad, aunque

no eran tantos que pareciese bastar para acometer tan

grande hecho. Empero, luego comenzó á crecer el favor

de los Oidores y menguar la ventura del Virrey, acudién-

98

HISTORIA DEL PERÚ

doles más gentes y armas, y levantándose también per-

sonas principales del bando de los Oidores, que andaban

estorbando por las calles que no acudiese la gente al

Virrey, diciendo que de la otra parte estaba el Rey y su

Magestad. Por lo cual muchos se mudaron del primer in-

tento que llevaban, unos, por así lo creer, otros, por no

lo entender. De manera que aumentándose el bullicio del

arma, y sabiendo los Oidores que con todas estas diligen-

cias se había acogido á la parte del Virrey gran golpe de

gente de sus banderas y capitanes, no teniendo por se-

gura su fortuna para lo que habían emprendido, y dudan-

do el fin y suceso, acordaron de se aventurar y echarlo en

el regazo de fortuna, y poner el pecho al agua y el juego

y dados al tablero, sin tener atención á su poca gente ni

á la mucha que el Virrey tenía, por no esperar á que más

se rehiciese, ni que los que consigo tenían se mudasen. Y

así acordaron salir de tropel de aquellas casas, con nuevo

ánimo sacado del temor de su empresa, y comenzaron de

caminar para la plaza donde el Virrey posaba. Empero,

llegados á la plaza, así los Oidores como la gente, viendo

delante tan gran tropel, rehusaron la entrada y retrayé-

ronse, y otra y otra vez lo intentaron, así como el que del

manso y seguro río, en alguna pequeña barca quiere salir

contra las bravas ondas al tempestuoso mar. Andando,

pues, vacilando de esta suerte, llegáronsele algunas per-

sonas de nuevo, que añadió esfuerzo á la parte de los

Oidores, y, sobrepujando la osadía al temor, determinaron

de se aventurar; y llegando con esta determinación á la

esquina de las casas del capitán Diego de Agüero (que es

el cantón de la plaza), como ya el Virrey sabía su venida,

y viese desde su casa el golpe de la gente que por la calle

parecía, mandó jugar la arcabucería que tenía puesta en

los corredores de su casa, la cual, comenzó á jugar tan

alto y fuera de camino, que, aunque á muchos ponía pavor

y espanto, á ninguno acertaba (porque los corazones de

los arcabuceros debían estar fuera de tino y desleales), lo

cual teniendo por favorable, los Oidores y gente de su

bando, para conseguir el fin que deseaban, oponiéndose

de hecho contra toda aquella gente que en la plaza y co-

HISTORIA DEL PERÚ

99

rredores parecía, la fortaleza de su ánimo y la mala fortu-

na del Virrey, los sacó salvos y seguros de la primera re-

friega, y salieron á lo ancho de la plaza, donde estaba la

.mayor fuerza de la gente, de la cual la mayor parte se

pasó luego á su bando. Y así, con mayor osadía y menos

temor, procuraron pasar adelante y llegaron á ponerse

sobre el andén y gradas de la puerta principal de la igle-

sia mayor (que salen á la plaza) donde, haciendo poner

cuatro sillas, se asentaron los tres Oidores y comenzaron

á hacer Audiencia sobre la materia que trataban, enviando

luego á-llamar al licenciado Zarate. Donde, consultado lo

que debían hacer, estando ya el Virrey (por se les haber

pasado su gente) retraído y cerrada la puerta principal de

la casa, donde al principio había bajado con valeroso áni-

mo á resistir los Oidores con Vela Núñez su hermano,

luego mandaron los Oidores que Jerónimo de Aliaga,

como escribano del Audiencia, fuese de su parte al Virrey

y le dijese: que ellos le besaban las manos como á su Vi-

¡sorrey, y le requerían como Real Audiencia y en nombre

de su Magestad, se viniese luego ante ellos, porque el

pueblo estaba alborotado, y convenía que se embarcase y

fuese á dar cuenta á su Magestad de lo que había hecho.

Lo cual Jerónimo de Aliaga hizo, y de ahí á poco volvió

con respuesta del Virrey, en que decía que no lo haría por

causa que no le matasen.

Luego mandaron los Oidores al capitán Martín de

| Robles cumpliese el mandamiento que le habían dado, y

á Nicolás de Rivera, que era alcalde ordinario, que para

ello le diese favor y ayuda, por virtud de la provisión

que para ello habían librado, lo cual luego se efectuó,

entrando sin resistencia en las casas del Virrey, don-

de, subidos á lo alto, le hallaron retraído en una cuadra

armado de cota y coracinas y una alabarda en las ma-

nos, como le tomó la voz del alboroto, creyendo que por

armas se había de hacer ayudándole su gente, y no des-

I amparándolo como los más lo habían hecho. Martín de

Robles le habló con buenas y graciosas palabras, y pro-

metió el seguro de su persona, poniéndole por delante ser

cosa necesaria sacarle de allí para aplacar el alboroto del

100

HISTORIA DEL PERÚ

pueblo. Y así le persuadió abrir la cámara, y de allí le lle-

varon por la plaza al lugar donde los Oidores estaban.

A este tiempo, pues, venía el licenciado Zarate de su

casa á juntarse con el Virrey, y viendo que no podía pasar,

se metió en el portal de la iglesia con los Oidores sus com-

pañeros, donde el Virrey fué llevado ante los Oidores, que

estaban con los dos cuerpos de la gente, justificando con

palabras ser lo que hacían en servicio de su Magestad y

bien de la tierra. Luego mandaron llevar al Virrey en casa

dei licenciado Cepeda para que de allí fuese llevado á la

mar y embarcado para España, publicando los Oidores

tener ellos poder para hacerlo por vía de justicia; lo cual

algunos creían y otros no entendían, y otros maliciosa-

mente disimulaban, cuadrando á todos el engaño, por

pensar que les era provechosa y conveniente aquella pri-

sión para la revocación de las ordenanzas y para quedar

la tierra como antes estaba. Así que de esta suerte fué

sacado el Virrey, y traído á la presencia de los jueces, que

lo estaban esperando con gran placer y contento, por ha-

ber salido con su intención con tan poco escándalo y sin

muerte de persona alguna ni con daño del Virrey (que

era lo que más ellos deseaban) porque su intento sólo

había sido desposeerle del cargo que tenía. Aunque del

licenciado Cepeda, personas discretas y bien entendidas

juzgaron querer pasar más adelante, y así lo declaran las

palabras y glosa que se hizo sobre la aflicción de Blasco

Núñez Vela. Volviendo, pues, al propósito de la historia,

luego fué llevado Blasco Núñez Vela á casa del licenciado

Cepeda, donde fué puesto á recado con buenas guardas y

sin le quitar las armas que consigo traía. Fué y pasó esto

á diez y ocho días del mes de Septiembre, año de mil y

quinientos y cuarenta y cuatro.

En esto no se halló don Alonso de Montemayor, ca-

pitán é íntimo amigo del Virrey, que había ido en segui-

miento de los que habían huido para tomar los despachos

á Baltasar de Loaysa; mas, venido que fué, por temor que

su venida no causase bullicio, por ser persona muy princi-

pal, los Oidores le prendieron, y también á Pablo de Me-

neses, y otras personas de los cincuenta que con él habían

HISTORIA DEL PERÚ

101

ido, y también á algunos capitanes y amigos del Virrey, á

los cuales encarcelaron ligeramente en casa del capitán

Martín de Robles y de otros capitanes y vecinos principa-

les de la ciudad. Tiénese por muy cierto, que una y de las

principales cosas que á los Oidores (y á las personas que

los ayudaron) más pusieron ánimo y avilanteza para ejecu-

tar y poner en efecto la prisión del Virrey, fué la ausencia

de don Alonso de Montemayor y de los demás que con él

habían ido, que serían cincuenta personas, todos de la

parcialidad del Virrey, los cuales, si al tiempo de su pri-

sión tuviera á su lado, se cree y tiene por cierto, que los

Oidores no le osaran acometer.

CAPÍTULO XX

Cómo los Oidores pidieron al Virrey los hijos del Marqués

y que les entregasen los navios, y fué llevado al puerto

para que se hiciese, y habiendo dado Cueto los hijos del

Marqués, se fué con los navios á Guaura, donde por en-

gaño tomaron d Vela Núñez, de que resultó que Cueto

entregó el armada.

El aviso que dio el padre Regente al Virrey.—Piden los Oidores al Vi-

rrey que les entregue los navios y los hijos del Marqués y concéde-

lo.—Llevan al Virrey con gente á la mar para que mande sacar los

hijos del Marqués.—Manda el Virrey á sus capitanes sacar los hijos

del Marqués.—Sale Jerónimo Zurbano en un batel y habla á la gen-

te y pide que el Virrey se deje en su libertad como él lo pueda lle-

var á los navios.—Tórnase Zurbano á los navios y vuelven al Virrey

á la ciudad.—Quitan las armas al Virrey.—Envía el Virrey á su her-

mano Vela Núñez para que se entregue el armada.—Respuesta de

Diego Alvarez Cueto.—Envía el Virrey á fray Gaspar con un anillo

suyo para que el armada se entregue.—No quiere Diego Alvarez

entregar el armada y da los hijos del Marqués.—Pártese Diego Al-

varez del puerto de Lima para Guaura.—Envían los Oidores perso-

nas por tierra y por mar para que por concierto ó por engaño tomen

los navios.—Prisión de Vela Núñez.—Entrega Diego Alvarez los

navios.

A la sazón que el Virrey fué preso estaban metidos

en los navios de armada que estaban en el puerto y

Callao de Lima (de que era general Diego Alvarez Cueto

y capitán Jerónimo Zurbano) el licenciado Vaca de Cas-

tro y los hijos del marqués don Francisco Pizarro, los cua-

104

HISTORIA DEL PERÚ

les el Virrey mandó meter para los enviar fuera de la tie-

rra ó llevarlos consigo si fuese á Trujillo, ó para los tener

por prenda y rehenes, para que á él no se le hiciese algún

daño ó mal tratamiento; porque, al tiempo que el Virrey

los mandó embarcar, ya estaban enconados los negocios,

y tan temeroso de algún mal suceso, que imaginaba y fan-

taseaba mil invenciones y quimeras para atraer á sí las

voluntades de los que le eran contrarios á su opinión, tra-

yendo delante los ojos el aviso y consejo del padre Re-

gente, que le había dicl o que se guadarse de la gente

del Perú, y no fiase ni confiase de persona alguna, porque

les serían traidores por cualquier interese, por ser gente

que comía con dos carrillos y se mudaban como veletas á

la banda que el viento más fresco corría. Y como, por su

prisión y tenerle ya desposeído de su cargo y mando, qui-

siesen los Oidores poner en libertad los hijos del Marqués,

ytener en su poder ydebajo de su mano los navios y arma-

da que estaba en el puerto, trataron con el Virrey que se

los entregase, poniéndole algunos temores, si no lo hacía,

para le atraer á ello, lo cual, habiendo tratado y platicado

los Oidores y otras personas con grande instancia é im-

portunación, el Virrey prometió que lo haría, y para lo

efectuar, fué sacado de casa de Cepeda, do estaba preso,

y se entregó con mandamiento de los Oidores á Diego de

Agüero y Nicolás de Rivera para que le llevasen al puer-

to (dos leguas de la ciudad) donde los navios estaban,

para que mandase á sus capitanes se cumpliese la volun-

tad de los Oidores, y así fué llevado en compañía de mu-

cha gente para ponerlo por obra.

Mas como la intención del Virrey en lo interior, fuese

otra de la que por de fuera mostraba, puesto que por sus

palabras parecía quererlo así, con algunas señales y sem-

blantes mostraba contradecir sus palabras, lo cual no se

dejó de entender en los navios por sus capitanes, viéndole

venir de aquella suerte y con tanta gente; por lo cual aper-

cibieron luego sus navios, y puesto que el Virrey les daba

voces mandando se pusiese por obra, por ninguna vía lo

quisieron hacer; antes Jerónimo Zurbano (por mandado

de Diego Alvarez Cueto), salió del navio en un batel bien

HISTORIA DEL PERÚ

105

apercibido y llegó cerca de donde estaba el Virrey y toda

la gente, de suerte que podía ser oído y entendido, y ha-

bló de esta manera:

"Oid, oid, oid. Don Carlos, por la gracia de Dios,

Emperador y Rey de Castilla y el Virrey que está ahí en

su nombre. Yo soy enviado de parte del señor Diego Al-

varez Cueto, General de los navios que están en este

puerto por su señoría, y en nombre de su Magestad en

que yo estoy por Capitán por la mano de su señoría, así

como en castillo fuerte, de que le tenemos hecho pleito

homenaje, el cual no puede sernos quitado hasta que á su

misma persona (estando tan libre y tan señor como estaba

al tiempo que nos los dio) se los volvamos y restituyamos,

lo cual impide la disposición del tiempo y no da lugar á

ello, puesto que su señoría lo manda, porque ya sabemos

que no está en su libertad ni de su voluntad lo manda, ni

su General tiene por bien que se cumpla, si no fuere de esta

suerte: que se aparte toda la gente que está en su guarda

y le dejen libremente hablar conmigo, y que yo le pueda

llevar á los navios, donde le serán entregados de nuestra

mano á la suya, para que cumplamos aquello á que somos

obligados y debemos, hacer, y su señoría, estando en su

libertad, haga lo que fuere servido. Y si esto se hiciere,

luego se pondrá por la obra, y de otra manera será excu-

sado, porque ni conviene á la honra de su señoría ni al

servicio de su Magestad que de otra suerte se haga,,.

Acabadas estas pláticas, los de tierra tiraron con un

arcabuz al batel de Jerónimo Zurbano, el cual respondió

prestamente con dos tiros, que hubiera de hacer daño en

la gente, si al tiempo de pegar fuego no se apartaran. Y sin

más esperar, se volvió Jerónimo Zurbano á los navios, di-

ciendo y respondiendo algunas palabras de la una parte á

la otra. Luego volvieron el Virrey á la ciudad el mismo

día de su prisión y le pusieron donde antes estaba, qui-

tándole las armas que tenía, porque hasta entonces no se

las habían quitado. Los Oidores, de industria, usaron con

él alguna aspereza y rigor por atraerle á que todavía hicie-

se lo que pedían, y siendo para ello incitado y persuadido,

tornó á mandar que se hiciese y cumpliese la entrega de

106

HISTORIA DEL PERÚ

los navios, y para lo efectuar envió á Vela Núñez su

hermano, el cual fué luego al puerto y se metió en una

balsa con un indio que la remaba, y entrado que fué en

el navio del General, le dio su fingido mensaje. Empero

como Diego Alvarez Cueto entendía ser al contrario la

voluntad del Virrey, no hubo efecto alguno, y dio por res-

puesta que él se determinaba ir á Panamá, para ir de allí

á dar cuenta á su Magestad de lo que pasaba. Lo cual,

visto por Vela Núñez, de miedo que no le matasen (cre-

yendo que él hubiese sido en lo estorbar), no osó volver

á la ciudad, por lo cual los Oidores mucho más se indig-

naron contra el Virrey, y le decían, que bien sabían ellos

que todo esto se hacía por su voluntad y por su consejo

y mandado. Pero, con todo eso, no dejaban asimismo de

le persuadir, con buenas y blandas palabras, para que die-

se orden como esto hubiese efecto. Y temiendo el Virrey

no se desmandasen á más los Oidores con él, envió á fray

Gaspar de Carvajal (de la Orden de Santo Domingo) con

un anillo suyo, que era muy conocido, para que, sin em-

bargo de cualquier consideración, el armada se entregase

á los Oidores.

Llegado fray Gaspar, pasó muchas pláticas con Die-

go Alvarez, persuadiéndole con instancia que lo hiciese

por la libertad y vida del Virrey, lo cual jamás quiso

hacer Diego Alvarez; y al fin, pareciéndole pequeño in-

conveniente dar los hijos del Marqués, se determinó de'

enviarlos á los Oidores, y así los sacaron luego, junta-

mente con don Antonio de Rivera y doña Inés su mujer,

que estaban en su guarda, y Vela Núñez se quedó en los

navios, que tampoco osó volver á la ciudad. Luego Diego

Alvarez se determinó salir de aquel puerto, y quemó

cuatro navios porque los de la ciudad no se pudiesen de-

llos aprovechar, porque él no tenía gente para ellos, y

también pusieron fuego á dos barcos que estaban en el

puerto, y con seis navios restantes se hizo luego á la vela.

Los cuatro navios se quemaron, que los de la ciudad no

lo pudieron remediar, empero remediaron los dos bar-

cos, puesto que todavía recibieron harto daño del fuego.

Luego se partió Diego Alvarez la vuelta de Guaura (que

HISTORIA DEL PERÚ

107

es un puerto y asiento de indios, dieciocho leguas de

Lima), de donde envió á Jerónimo Zurbano, en un navio,

á Panamá, para que de allí fuese á Espafia á dar noticia á

su Magestad de lo que pasaba, quedándose en Guaura

Diego Alvarez y Vela Núñez con los demás navios, en el

puerto, para procurar si hubiese algún corte ó medio en la

libertad del Virrey. Lo cual, como fué sabido por los Oido-

res, enviaron por tierra á Ventura Beltrán y á don Juan

de Mendoza, con gente en su compañía, y por mar á Diego

García de Alfaro, vecino de Lima, que era práctico en las

cosas de la mar, el cual fué en los dos barcos (que ya esta-

ban reparados), con treinta arcabuceros para tentar, si por

concierto ó por engaño, podría haber alguna manera de

avenencia con Diego Alvarez sobre la entrega de los na-

vios, y si no, que procurase de tomarlos, ó alguno dellos

con los barcos.

Diego García de Alfaro llegó bien de noche sobre

los navios, y no se osando determinar á dar en ellos,

se metieron en el puerto detrás de un ancón y abrigo,

donde no podían ser vistos hasta estar sobre ellos. Es-

tando los barcos en este lugar, dieron voces algunos de

los de tierra y capearon de un alto que estaba cerca de

los barcos, diciendo que viniesen los capitanes ó alguno

dellos, para con ello dar asiento sobre la libertad del

Virrey. Esto, para efecto de engañar al general Diego Al-

varez. Vela Núñez, deseando la libertad del hermano, se

puso luego en la barca del navio con algunos versos para

seguro de los que iban, y se fué hasta la parte que le lla-

maban (que era donde los barcos estaban en celada), y

como del engaño fuese descuidado, llegó tan adelante,

que pudo muy bien descubrir los barcos y ellos al suyo. Y

puesto que Vela Núñez procuró de huir, no lo pudo hacer,

y tampoco fué parte para se poner en defensa por la mu-

cha ventaja que le tenían, de manera que fué rendido y

preso. Luego enviaron recado á Diego Alvarez, haciéndo-

le saber lo que pasaba, certificando con sacramentos, que

si no entregaba los navios luego harían justicia de Vela

Núñez y lo mismo del Virrey; y con temor no lo hicie-

sen, Diego Alvarez entregó y dio los navios, lo cual no

108

HISTORIA DEL PERÚ

hiciera si Jerónimo Zurbano allí se hallara. Tomados,

pues, los navios, porque en uno de ellos estaba detenido

Vaca de Castro por mandado del Virrey, le enviaron luego

á Lima, y metieron también dentro á Vela Núñez para que

de él hiciesen los Oidores lo que les pareciese, quedando

preso en su poder Diego Alvarez Cueto. Lo cual dejare-

mos agora por contar lo que hicieron aquellos que se

huyeron de la ciudad de los Reyes, que iban en segui-

miento de Baltasar de Loaysa.

CAPITULO XXI

Cómo don Baltasar de Castilla y sus compañeros alcanza-

ron d Loaysa y le prendieron, y él ocultó los despachos, y

le llevaron á Gonzalo Pizarro, y se dio garrote d Gaspar

Rodríguez y d Arias Maldonado y Felipe Gutiérrez.

Don Baltasar de Castilla y sus compañeros alcanzan á Loaysa. - Catan á

Loaysa y no le hallan despachos algunos.—Muerte de Gaspar Ro-

dríguez, y fué la primera en que se ensayó Carvajal.—Muerte de

Felipe Gutiérrez y Arias Maldonado.—Mete Carvajal á Loaysa en

una cueva para darle tormento.—Manda Pizarro que no mate Car-

vajal á Loaysa.

Después que don Baltasar de Castilla y Jerónimo de

Carvajal y compañeros, salieron de la ciudad de los Reyes

en seguimiento de Baltasar de Loaysa, diéronse tanta prie-

sa, que á pocas jornadas le alcanzaron en Mala (veinte le-

guas de la ciudad de los Reyes), y por ser cerca de la

ciudad y temer no viniesen en su seguimiento, no le qui-

sieron allí luego catar y tomar los recados que llevaba,

antes le llevaron consigo á grande andar, llevándole to-

dos en medio, y mirando mucho por él á causa de los re-

cados; y cuando pararon, pidiéronle ahincadamente les

diese los despachos que llevaba, y como afirmase no lle-

var recados algunos, lé desabrocharon y cataron muy

bien, mas por muchas diligencias que hicieron no le halla-

ron cosa alguna. Por lo cual entendieron que Baltasar de

Loaysa había comido la provisión que llevaba para excu-

sar la muerte de sus amigos, aunque para excusar la muer-

110

HISTORIA DEL PERÚ

te á Gaspar Rodríguez aprovechó poco, porque como des-

pués de la huida de Jerónimo de la Serna y de los más que

se huyeron, se hubiese publicado la voluntad de Gaspar

Rodríguez, y pocos días después de esto hubiese llegado

á Gonzalo Pizarro, mensajero de la prisión del Virrey, y

ciertas cédulas en que le daban aviso de lo que Loaysa

había tratado en Lima con el Virrey, y especialmente le

avisaban que se guardase y recatase mucho de Gaspar

Rodríguez, consultando Gonzalo Pizarro el negocio con

Francisco de Carvajal (que ya era Maestro de campo) el

mismo día que recibió esta nueva, en la cuesta que dicen

de Parcos, delante de Guamanga, fué dado garrote á Gas-

par Rodríguez dentro de un toldo, que fué la primera

muerte en que se ensayó el ministro cruel é infernal Fran-

cisco de Carvajal, para las muchas que adelante se habían

de seguir, siendo verdugo un negro que para semejantes

sacrificios desde entonces fué diputado; cuya muerte en

todos sus amigos puso gran lástima, y mucho escándalo

y temor, porque los más dellos eran en esta conjuración,

y especialmente á Diego Centeno, como más principal

amigo de Gaspar Rodríguez y de quien ya se temía mu-

cha sospecha. Empero aprovechóle mucho, que, como

este caso era en los principios y Gonzalo Pizarro tenía

necesidad de gente, y aun no estaba bien certificado de

los autores de la conjuración, y también tenía recelo si la

prisión del Virrey era mañosa para le engañar, disimuló

por entonces, aunque todavía envió á Guamanga á Pedro

de Puelles para que matase á Arias Maldonado y á Felipe

Gutiérrez (natural de Madrid), lo cual luego hizo y eje-

cutó, que cierto era poco menos de ánimo cruel que Fran-

cisco de Carvajal.

Llegó en esta sazón Rodrigo de Salazar (que era de

los que prendieron á Baltasar de Loaysa) y dio la nue-

va á Gonzalo Pizarro de lo que había hecho. Era esto en

la cuesta de Parcos, donde luego Gonzalo Pizarro hizo

alto; y otro día, sabiéndose que llegaban ya cerca los que

traían á Loaysa, salióles al camino Francisco de Carvajal,

llevando consigo al padre Herrera y al alguacil Cantilla-

na y Bustillo el escribano (secretario de Gonzalo Pizarro)

HISTORIA DEL PERÚ

111

y los dos negros diputados, con botija de agua, garrote

y cordeles y burro para dar tormento al padre Loaysa; y

encontrándolos Francisco de Carvajal, hizo meter á Bal-

tasar de Loaysa en una cueva que había en el camino, y

haciéndole desnudar, le comenzó á poner en el burro y

hacer sus preguntas, empero jamás confesó cosa alguna.

Y habiendo estado en esto Francisco de Carvajal más de

dos horas, como muchos rogasen por Loaysa á Gonzalo

Pizarro, envió á mandar á Francisco de Carvajal que no le

matasen y le llevase al campo, donde, siendo llegado, le

tomaron todo cuanto tenía y le desterraron por los cam-

pos y despoblados, y allí corrió gran peligro y trabajo y

pasó mucha necesidad, hasta en tanto, que, muchos días

después, aportó muy destrozado á Guamanga.

CAPÍTULO XXII

Cómo por causa que Gonzalo Pizarro venia acercándose d

Lima, los Oidores pusieron al Virrey dentro la mar, y los

autos que sobre ello se hicieron, y cómo le enviaron en un

barco al puerto de Guaura, y concertaron que el licenciado

Alvarez le llevase á España, y algunos en breve escritura

glosaron los trabajos del Virrey.

Mandan llevar al Virrey á una isla despoblada.—Requerimiento del li-

cenciado Cepeda al procurador y regidores de Lima.—El testimonio

que pide el Virrey.—Respuesta del licenciado Cepeda.—Meten al

Virrey en una balsa de espadañas.—Entran los diputados para la

guarda del Virrey cada uno en su balsa.—Era cosa de lástima ver

cómo iba el Virrey por la mar en la balsa. —Acuerdan los Oidores

enviar al Virrey á España y hacen información contra él y envíanle

con gente á Guaura.—Envian al licenciado Alvarez á Guaura.—

Escribióse en breve escritura los trabajos del Virrey y la tribulación

de la ciudad de los Reyes.—Lo que se ha notado sobre la muerte de

Ventura Beltrán y de Martín de Robles.

Volviendo, pues, al propósito de la historia, partidos

que fueron los navios del puerto de Lima, y los dos bar-

cos en su seguimiento, pareció á los Oidores que el Vi-

rrey no estaba seguro en la ciudad, así por la venida de

Gonzalo Pizarro (que ya se venía acercando), como por-

que la tierra estaba toda alterada, y temían que si el Vi-

rrey estuviese en la ciudad sería causa de les poner en

alguna necesidad, estando á ojo de muchos de sus ami-

gos que le habían servido y se aventurarían á ponerle en

libertad; y.temiendo esto más que otra cosa, echaron

8

114

HISTORIA DEL PERÚ

fama que le querían sacar de Lima porque los parientes

del Factor no le matasen, y así acordaron que el Virrey

fuese sacado de la ciudad y llevado á una isleta despobla-

da que estaba más de una legua del puerto, hasta que se

acordase lo que.se debía hacer, lo cual se puso por obra,

y le llevaron con mucha gente de guarda á un portezuelo

donde los indios de Maranga echan sus balsas. Y estando

ya el Virrey con toda la gente que le llevaba en este por-

tezuelo, sábado veinte de Septiembre, el licenciado Cepe-

da pidió por testimonio á Simón de Alceati, como reque-

ría á Rodrigo Niño (procurador de la ciudad de los Reyes)

y á Nicolás de Rivera el mozo y Francisco de Ampuero,

regidores, que luego, con las demás personas que con

ellos iban, fuesen á la isla, que estaba una legua den-

tro el mar, y llevasen al Virrey, y le tuviesen en buena

custodia y guarda, y que su persona fuese tratada como la

persona Real, y le defendiesen de cualquier persona que

le quisiese hacer mal ó daño, por cuanto le enviaban allí

por le amparar y defender de sus enemigos.

El Virrey dijo á Simón de Alceati, que diese el testimo-

nio que el licenciado Cepeda le pedía, y que á él le diese

por testimonio, que los Oidores (como lo veía), le echaban

á la mar en un haz de pajas, con sólo un indio, para que

fuese anegado y muerto. El Licenciado replicó, que asen-

tase por su respuesta como al presente no había en el

puerto ningún barco en que su señoría pudiese ser lleva-

do, y que todos los barcos de la tierra eran de la suerte y

manera, como aquel en que le mandaban meter, y como

los demás en que iban los que le habían de guardar y de-

fender. Luego se aparejaron los que habían de entrar en

las balsas, entre los cuales estaba Hernán González (que

llamaban Ramusgo), el cual se llegó al Virrey y le dijo:

"¡Ah señor!, muchos días ha que hemos sospechado y di-

cho que vuestra señoría se había de ver en estos térmi-

nos,,. El Virrey se enojó mucho dello, y todos los.que

eran presentes reprehendieron á Hernán González. Y de

aquí procedió que le levantaron que había dicho: "Seño-

res, tenedle bien, que nada como un pece,,, y que el Virrey

le respondió: "Decid, villano, ¿dónde me visteis vos na-

HISTORIA DEL PERÚ

115

dar?,, Habiendo, pues, pasado estos autos, el Virrey fué

metido en la mar en una balsa de espadaña ó enea, con un

indio que la remaba (porque en estas balsas no hay lugar

ni capacidad para caber más gente), y se metieron asimis-

mo los que allí estaban diputados para su guarda, cada

uno en una balsa con su indio, que eran: el factor Juan de

Salas, Alconchel, Hernán González, Juan Euriquez, Die-

go Bravo ensayador, Rodrigo Niño, Francisco de Ampue-

ro, Rodrigo de Paz, Hernán Bravo de Laguna, Francisco

Martín el Bermejo, Juan de Cáceres, Pero Hernández,

Antonio de Váida, Juan Núñez, Bernardino de Valderra-

ma, quedándose aprestando allí mismo Nicolás de Rivera

y otros que después fueron.

Era cierto cosa de lástima, ver ir de aquella suerte

al Virrey, metido en una balsilla de enea, de poco sos-

tén y menos seguridad, arrastrando los pies por el agua,

con mil sobresaltos que las ondas del mar de poco en

poco le daban (por no tener experiencia de semejan-

te navegación), lo cual se veía en el semblante de su

rostro y por algunas palabras que decía; mas causaba

poca lástima y piedad á los que así le llevaban, por no

ser alguno de ellos de su bando. De esta suerte, pues,

fué el Virrey llevado á la isla y puesto en ella, con buena

guarda de arcabuceros y de vecinos de Lima, donde es-

tuvo cuatro ó cinco días con poco reposo, así como hom-

bre forzado y preso, privado del poder y mando que poco

antes tenía en toda la tierra. Y como en éste tiempo se

tuvo nueva que Gonzalo Pizarro á más andar se venía

acercando á Lima, y el rigor de los Oidores en lo que

más se mostraba era quererle echar fuera de la tierra,

acordaron de luego enviarle á España á su Magestad, con

cierta información que contra él hicieron, así de la muer-

te del Factor, como otras cosas de que le hacían cargo y le

acumulaban; y determinaron que el licenciado Alvarez le

llevase, el cual se ofreció de hacerlo, ó por codicia.de di-

nero que le dieron, ó para poner al Virrey en su libertad

(como después lo hizo), que por ventura, arrepentido del

yerro que había hecho, lo quiso hacer. Finalmente, al

Virrey lo sacaron de la isla en un barco que para ello

*

116

HISTORIA DEL PERÚ

aparejaron, en el cual fué llevado, con gente que le guar-

dase, al puerto de Guaura, donde estaba ya acordado que

se habían de llevar los despachos para llevarle á España,

y allí estuvo detenido algunos días mientras los Oidores

despachaban al licenciado Alvarez. Y asimismo los Oido-

res enviaron á Vela Núñez á Guaura, para que estuviese

con Cueto hasta que se determinase lo que dellos se de-

bía hacer. Y sabiendo que ya Gonzalo Pizarro se venía

acercando á Lima, apresuraron en su intención y envia-

ron al licenciado Alvarez á Guaura, para que estuviese á

punto y se partiese luego, en enviándole los despachos,

para llevar al Virrey á España (que para otro día siguien-

te se habían de llevar).

Habiendo, pues, pasado así esta fortuna y persecu-

ción del Virrey según está referido, algunas personas

principales y de buen juicio, quisieron escribir y cifrar

estos sus trabajos y acaecimientos en historia breve y ver-

dadera, disfrazada, y para ello, juntándose en secreto, lo

escribieron en solas dos hojas de papel, sumando con

toda verdad la venida y prisión del Virrey y la tribulación

de la ciudad de los Reyes. Y entre otras cosas que en esta

tan breve y verdadera escritura pusieron, algunos han

notado después acá (como por misterio), las palabras que

allí se ponen en persona y voz de Ventura Beltrán, y

es, que habiendo el licenciado Zarate dicho que el Virrey

no se maltratase ni prendiese, dice aquella escritura: en-

tonces respondió uno que se llamaba Ventura Beltrán,

que tenía el poder de todos los traidores: "La sangre

de éste venga sobre nosotros y sobre nuestros hijos,,. Y

cumplióse la profecía, y como después, de ahí á muchos

días Ventura Beltrán fué ajusticiado en España, en Medi-

na del Campo, sobre la muerte de su mujer, y aun se tuvo

entre muchos ser inocente de aquel delito que le acusa-

ron, notaron algunos aquellas palabras y que se había

cumplido la profecía. Y algunos también han notado la

muerte del capitán Martín de Robles, á quien muchos

años después justició en las Charcas el licenciado Alta-

mirano, por mandado del Virrey don Hurtado de Mendo-

za, marqués de Cañete, que también fué juzgado ser sin

HISTORIA DEL PERÚ 117

culpa por la causa que fué muerto; el cual fué muy prin-

cipal, como está dicho, en la prisión del Virrey. Fueron en

hacer esta suma de historia personas principales, y entre

ellos algunos religiosos, puesto que fué uno el que la

puso en estilo.

CAPÍTULO XXIII

Cómo el licenciado Alvarez puso en libertad al Virrey y

tomó el navio en que estaban presos Vela Núñez y Diego

Alvarez, y el Virrey se fué á Payta y de allí al puerto de

Túmbez, y ayuntó gente y armas, y despachó á Diego Al-

varez para España.

Determina el licenciado Alvarez poner en libertad al Virrey.—La orden

que tiene el licenciado Alvarez para libertar al Virrey.—Quiérense

alzar con el navio Vela Núñez y Cueto y son sentidos.-^-Concierto

entre los del navio.—Requerimiento del licenciado Alvarez al Vi-

rrey.—Responde de palabra el Virrey y requiere por escrito.- Te-

nía cédula el Virrey para librar y despachar con sólo un Oidor.—

Capea el licenciado Alvarez al capitán del otro navio y ríndele con

cautela.—Llega el Virrey á Payta y corrieron dos cometas de levan-

te á poniente,—Llega el Virrey á Túmbez y luego despacha á Cueto

para España. —Según opinión de muchos acertara el Virrey irse la

vuelta de Panamá.—En Túmbez comenzó el Virrey á hacer Audien-

cia y despachar provisiones.— Acuden al Virrey gentes de diversas

partes.

Partido que fué el licenciado Alvarez de Lima para el

puerto de Guaura por mandado de los Oidores, desde

aquella hora le fué señoreando la razón, poniendo en su

imaginación y pensamiento la atrocidad del caso y nego-

cio que á su cargo llevaba, que era ser alguacil y carce-

lero de su Virrey, habiendo él sido uno de los que lo ha-

bían causado; y considerando que no sólo por ello caía

en mal caso, pero que el Virrey (siendo la persona que

era) podía ser parte para le quitar la vida, y demás de

120

HISTORIA DEL PERÚ

esto, considerando también y temiendo, que, en llegando

á Panamá, el Virrey le sería quitado y puesto en su liber-

tad, por tanto, acordó enmendar el vieso con reducirse en

su gracia y ponerle en su libertad, y hacer entender al Vi-

rrey que sólo para tal efecto había pretendido y aceptado

la jornada. Lo cual, luego que fué llegado, procuró ponerlo

por obra por esta orden: había en el puerto de Guaura de

los navios del Virrey solos dos, el uno de los cuales era

de un Pero Diez, y el otro que se decía la Sacristana, y el

Virrey estaba metido en el de Pero Diez, y en el otro es-

taba Vela Núñez y Cueto con sus criados; y pareciéndole

al licenciado Juan Alvarez que estando el otro navio en

el puerto no se podría bien conseguir su deseo, acordó

dar mandado de parte de los Oidores que aquel otro navio

se mandaba llevar con los presos á la ciudad de los Reyes,

para que, apartándose dellos aquel navio, se alzasen con

él los presos (lo cual secretamente el licenciado Alvarez

lo había así tratado y concertado con algunos criados de

los presos), y que después se volviesen á juntar con ellos,

porque de otra manera no le parecía al Licenciado que se

podía hacer sin alboroto, juntar á sí entrambos navios,

porque en el otro estaban á recaudo y érales notorio que

él no tenía comisión para llevar más que al Virrey; lo

cual no sucedió como el Alvarez lo había concertado,

porque yendo navegando el navio con Vela Núñez y

Cueto, y estando ya sus criados puestos á punto para dar

en los que los llevaban, fueron sentidos y puestos los ar-

cabuces á los pechos para estorbo de su intención, puesto

que no se hizo esto tan fácilmente que el Capitán del na-

vio y los demás los pudiesen rendir y aprisionar, antes

hubo entre ellos alguna revuelta, y fué acuerdo y con- .

cierto entre ellos que se volviesen al puerto donde habían

salido, y así se hizo.

Lo cual viendo el licenciado Alvarez, sin tener certi-

dumbre de lo que les había sucedido, acordó hacerse á

la vela y ver el fin que traían, porque temió que su con-

cierto se supiese, y también porque, entretanto que el

otro navio llegase navegando á la vela, pudiese poner

en libertad al Virrey (porque hasta allí no lo había efec-

HISTORIA DEL PERÚ

121

tuado), y para lo hacer, el Licenciado se metió en una cá-

mara del navio, y de ahí á poco salió con un papel en las

manos que había escrito, que era un breve recibimiento '

en que, en efecto, requería al Virrey, que, por cuanto su

Magestad le había enviado á gobernar aquellos reinos, y

por las revueltas pasadas había sido preso, y por causa de

la venida de Gonzalo Pizarro, los Oidores sus compañe-

ros, se le habían entregado para le llevar á España, lo

cual por los Oidores y él se había hecho para le sacar de

peligro; que, por tanto, le requería una y dos y tres y más

veces, usase de su libertad y arribase con el navio á la

parte que mejor le pareciese, porque él y el maestre y la

gente le obedecerían como á su Visorrey y señor, y que

así él lo mandaba á todos por el poder que de la Audien-

cia tenía, con otras razones encaminadas en su disculpa y

pedir perdón al Virrey. El cual respondió de palabra cul-

pándole mucho por haber sido en su prisión, y también

por escrito requirió el Virrey al licenciado Alvarez, que,

para que hubiese efecto el requerimiento que le hacía, se

fuese con él do quiera que fuese para poder usar del oficio

de Presidente, porque conforme á una cédula que de su

Magestad el Virrey tenía (la cual mucho había guardado)

podía con sólo un Oidor librar y despachar por Audiencia.

El licenciado Alvarez lo aceptó de buena voluntad, y

con esto dieron vuelta al puerto, poniéndose todos á buen

recaudo, si por caso les fuese menester defenderse del

otro navio, que también había arribado al puerto, y viendo

el licenciado Alvarez al Capitán al borde, le capeó y dio

voces que se viniese en la barca, lo cual luego hizo, y

siendo dentro del navio fué desarmado y los que con él

venían, y puestos debajo de cubierta; con lo cual, fácil-

mente rindieron y tomaron el otro navio con los presos,

y con este buen suceso determinaron irse al puerto de

Payta, y de allí donde mejor al Virrey le pareciese. Y

echaron fuera en el puerto, los soldados que habían veni-

do por guarda del Virrey, puesto que estuvo en determi-

nación de los ahorcar á todos por haber sido sus solda-

dos. Empero hizo dejar cuatro dellos en el navio, de los

más desvergonzados, para hacer justicia dellos, y aque-

122

HISTORIA DEL PERÚ

lia misma noche se huyeron á nado. Luego fueron siguien-

do la derrota del puerto de Payta y tomaron el puerto á los

diez y ocho de Octubre, y una noche antes se vieron del

navio dos cometas muy grandes que corrieron de Levante

al Poniente.

Aquí en Payta, halló el Virrey á Juan Ruiz con un

navio suyo, y á Ponce de León, á los cuales rogó se fue-

sen con él para le servir en su empresa. Luego se partió

el Virrey para el puerto de Túmbez, encomendando á

Juan Ruiz su navio y otro que allí tomó de Vaca de Cas-

tro, en que había venido un su criado que se decía Pedro

de Aller, que venía de España y había traído el traslado

de las ordenanzas antes que Blasco Núñez entrase en la

tierra, lo cual no hizo poco daño en los negocios. Lle-

gado el Virrey á Túmbez, despachó á Diego Alvarez Cueto

para España, con larga relación de todo lo que le había

sucedido en Tierra Firme y en el Perú, y escribió á su Ma-

gestad le enviase gente de confianza, porque en aquellas

provincias no había nadie de quien se pudiese confiar, y

que en el ínterin que Diego Alvarez volvía con el socorro

que enviaba á pedir, se entreternía en Quito y su provin-

cia, pareciéndole que allí estaría mejor que en otra parte,

por ser lugar de bastimentos y do podrían acudir sus ami-

gos y criados, porque de todos iba solo, y tenía esperanza

que luego, en sabiendo de su libertad, le habían allí de

acudir y también de la otra gente de la tierra; porque ver-

daderamente tenía creído, que, fuera de los Oidores, po-

cas personas le querían mal, y así, esperaba que con el

favor de los de la tierra (aunque no le viniese ayuda de su

Magestad) podría volver al estado en que antes estaba, y

esto fué lo que le engañó para quedarse allí y no seguir

la vuelta de Panamá (como llevaba en determinación)

donde se rehiciera de gente, armas y artillería (que des-

pués sacó de allí el capitán Bachicao), lo cual (según opi-

nión de muchos), fuera cosa acertada y excusara los al-

cances que le dieron, y mil trabajos y fortunas que pade-

ció, y por ventura, su muerte y las de muchos que por le

seguir murieron (puesto que á sólo Dios, sabidor de to-

das las cosas presentes, pasadas y por venir, pertenece el

HISTORIA DEL PERÚ

123

secreto); así que esto le hizo quedar en Túmbez. Después

que hubo despachado á Cueto para España, envió al capi-

tán Juan Ruiz á correr la costa y á recoger los navios que

hubiese.

Aquí en Túmbez, comenzó el Virrey á hacer Audien-

cia con el licenciado Alvarez, y despachó provisiones á

todas partes, á Quito, San Miguel, Puerto Viejo y Truji-

llo, y al tiempo que llegaron á la ciudad de San Miguel

las provisiones y recados del Virrey, vinieron también al

Cabildo provisiones de Gonzalo Pizarro para ser recibi-

do por Gobernador, y con saber que el Virrey estaba en

Túmbez (término de aquella ciudad), admitieron desca-

radamente las provisiones de Gonzalo Pizarro. Envió el

Virrey á Jerónimo Pereira á hacer gente á los Bracamo-

ros, y estuvo algunos días en este puerto de Túmbez,

ayuntando á sí alguna gente que venía de Tierra Firme, y

Nicaragua, y la Nueva España, y otras partes, y algunos de

sus amigos y criados, que, por su prisión, andaban deste-

rrados y huidos. De Quito le acudieron Rodrigo de Ocam-

po y Diego de Ocampo su sobrino, con treinta de á ca-

ballo, vecinos y soldados, y de Puerto Viejo le envió el

capitán Hernando de Santillana (que estaba por Corregi-

dor) veinticinco hombres y la caja de su Magestad con

cantidad de pesos de oro, que repartió en Motupe (donde

envió á Vela Núñez su hermano), y le vino así mismo

un navio de la Nueva España con ochenta hombres, y

Juan de Yllanes llegó con un galeón y veinticinco solda-

dos; también le acudió don Alonso de Montemayor con

veinte soldados que había recogido en San Miguel de

Piurá; finalmente, que el Virrey se rehizo de gente y bas-

timentos, armas y cabalgaduras, y pertrechos de guerra.

Lo cual dejaremos en este estado, por tratar de la venida

de Gonzalo Pizarro, y de lo que en este tiempo sucedió en

la ciudad de los Reyes.

CAPITULO XXIV

De una conjuración que hubo en Lima para matar al licen-

ciado Cepeda y cómo fué descubierta, y sabiendo los Oido-

res la libertad del Virrey enviaron provisión mandando á

Gonzalo Pizarro deshiciese su campo, y lo que sobre esto

pasó.

Conjúransc muchos para matar al licenciado Cepeda.—Tiene Cepeda

noticia de la conjuración y prende á muchos.—Fué dado tormento

á Alonso de Barrionuevo.—Cortóse la mano derecha á Barrionue-

vo.—Don Alonso de Montemayor y otros, desterrados de Lima.—

Van algunos en busca del Virrey.—Tienen nueva los Oidores de la

libertad del Virrey.—Envían los Oidores á requerir á Gonzalo Pi-

zarro.—Dicho de Francisco de Carvajal.—Piden á Pizarro por Go-

bernador.

Ya está contado cómo, después de ser preso el Virrey,

vinieron á la ciudad de los Reyes don Alonso de Monte-

mayor y los demás que con él habían salido en segui-

miento de don Baltasar de Castilla y los sobrinos del Fac-

tor, y que fueron presos por los Oidores; pues es de saber

que éstos y otros amigos del Virrey y servidores de su

Magestad, se conjuraron unos con otros para matar al li-

cenciado Cepeda (debajo cuyo poder y mando estaba ya

la gobernación de toda la tierra, con título de Presidente

y ceremonia de señoría, y que había ya nombrado capi-

tanes y oficiales de guerra: capitanes de infantería á Pablo

de Meneses y Martín de Robles, Mateo Ramírez y Manuel

Estacio, y de gente de caballo á Jerónimo de Aliaga,

maestre de campo á Antonio de Robles y á Ventura Bel-

126

HISTORIA DEL PERÚ

trán sargento mayor). Era, pues, su concierto y motivo

que, después de haber muerto á Cepeda, alzarían bandera

por el Rey y libertarían al Virrey, do quiera que estuviese,

para volverlo al cargo y mando que antes tenía, siendo el

autor principal de este concierto don Alonso de Monte-

mayor. Pero esto no se trató con el secreto y fidelidad

que tan peligroso negocie requería, porque siendo descu-

bierto, ó por sospecha de la demasiada frecuentación de

los conjurados, ó, por ventura (lo que más fué fama) que

alguno de los del concierto lo reveló á Cepeda, luego fue-

ron todos buscados y encarcelados los que pudieron ser

habidos, y aun algunos fueron presos á vueltas destos, que

no se tenía noticia ser de los conjurados, más de que eran

sospechosos por ser de antes muy amigos del Virrey.

Luego se procedió rigurosamente contra ellos; empero, no

se pudiendo bien averiguar, quisieron los Oidores hacer

justicia de algunos de los principales que á ellos les pare-

cía ser más culpados, lo que no se efectuó, porque perso-

nas de mucha calidad y vecinos de la ciudad les fueron á

la mano, más por amistad y consejo que por otra vía, re-

presentando inconvenientes que dello pudieran resultar;

sobre lo cual algunos fueron atormentados, que estuvie-

ron en el tormento sin descubrir cosa alguna, entre los

cuales fué dado tormento á Alonso de Barrionuevo, que

declaró alguna cosa y se condenó así mismo, por lo cual

fué condenado á hacer cuartos; contra lo cual ningún gé-

nero de ruego pudo bastar, hasta que sacándole á justi-

ciar y saliendo á la plaza (do se había de ejecutar la sen-

tencia) el capitán Mateo Ramírez con su bandera, para el

seguro de la tal ejecución, intervinieron en aquel punto

tantos ruegos, que le otorgaron la apelación y se dejó de

ejecutar la sentencia; pero no fué tan sin daño de su per-

sona, que, en lugar de la vida, no le fuese cortada la mano

derecha, que fué el hierro con que señaló por entonces su

lealtad en servicio de su Magestad. Don Alonso de Mon-

temayor y los demás, fueron desterrados de Lima para la

tierra de abajo, donde después los recogió el Virrey, ó la

mayor parte de ellos, y le sirvieron en sus trabajos y al-

cances y batalla de Quito, como se dirá adelante.

HISTORIA DEL PERÚ

127

Viendo, pues, todos, cuan mal les sucedía á los amigos

del Virrey, muchos hubo, que, aunque estaban de buena

voluntad en su servicio, procuraron andar con el tiempo y

llegarse á la parcialidad de los Oidores; aunque fuera de

los de la conjuración hubo también algunos de tan leales

entrañas, que, no mirando á estos temores y miedos, se

ayuntaron con los desterrados para ir juntamente con ellos

en busca del Virrey, para le ayudar y favorecer, como des-

pués lo hicieron; entre los cuales fueron: el contador Juan

de Guzmán, Sancho Sánchez de Avila (deudo del Virrey),

Hernán Vela, Jerónimo de la Serna, Juan Rodríguez veci-

no del Cuzco, y otros algunos. Los cuales fueron sufrien-

do muchos trabajos hasta llegar á Túmbez en busca del

Virrey, porque ya en esta sazón se había publicado que

el licenciado Juan Alvarez le había puesto en su libertad,

lo cual habían sentido mucho los Oidores, y diciendo mu-

cho mal del licenciado Juan Alvarez, se increpaban y cul-

paban á sí mismos por le haber confiado tal negocio, y

hasta saber el verdadero suceso acordaron hacerlo saber á

Gonzalo Pizarro. Y para tal efecto libraron una provisión,

que, en suma, en ella se contenía que, pues ellos estaban

en nombre de su Magestad y habían suspendido las orde-

nanzas y enviado el Virrey á España, que le requerían lue-

go deshiciese su campo, y si quisiese venir á Lima fuese

sin campo formado, con hasta quince ó veinte personas.

Despachada esta provisión ningún vecino quiso ir á

notificarla, por lo cual, los Oidores, resolutamente man-

daron que Agustín de Zarate (contador mayor de cuentas)

y don Antonio de Rivera vecino de Lima, fuesen á hacer

aquella notificación, los cuales fueron con creencia de los

Oidores camino de Xaoxa, donde en aquella sazón había

llegado Gonzalo Pizarro. De lo cual, teniendo él noticia,

y temiendo que si este mensaje llegase á su campo se le

amotinaría la gente, despachó luego á Jerónimo de Ville-

gas, su capitán, con algunos arcabuceros para que tomase

la provisión y detuviese á quien la llevaba. Caminando,

pues, juntos don Antonio de Rivera y Agustín de Zarate,

toparon con un indio que traía una carta secreta, escondi-

da en un rodete que traía en la cabeza (que es traje de

128

HISTORIA DEL PERÚ

ciertos indios) y era de Gonzalo Pizarro para don Antonio

de Rivera, fecha en la cuesta de Parcos, en que Gonzalo

Pizarro le hacía saber la muerte de Gaspar Rodríguez y

los demás, y la prisión de Baltasar de Loaysa, dicien-

do que, á bien librar, se escaparía con notable daño y

afrenta.

Agustín de Zarate rogó mucho á don Antonio de Ri-

vera escribiese á Gonzalo Pizarro en favor de Loaysa, y lo

hizo no sabiendo por ventura lo que á Loaysa había suce-

dido, y el indio se volvió á Gonzalo Pizarro; y yendo ellos

caminando encontraron á'Jerónimo de Villegas, el cual

detuvo al contador Zarate, y le tomó los despachos, y vol-

vióle á Pariacaca por donde había venido, donde estuvo

en son de preso, y á don Antonio de Rivera le dejó pasar

libremente. Llegado Gonzalo Pizarro á Pariacaca, hizo lla-

mar á Agustín de Zarate para que le diese la embajada

que traía; el cual, .temiendo el riesgo de la vida, habló

aparte á Gonzalo Pizarro, y, conforme á lo que trató con

él, dio luego su embajada en presencia de sus capitanes, á

lo cual ninguna cosa respondió Gonzalo Pizarro. Francis-

co de Carvajal dijo que, en lo que decían los señores Oido-

res que fuese Gonzalo Pizarro con quince ó veinte se en-

tendía que entrase con quince ó veinte por hilera. Todos

los capitanes y del consejo, respondieron que convenía

al bien común hacer Gobernador á Gonzalo Pizarro, y que

con esto se haría lo que los Oidores pedían; donde no,

que meterían á sangre y fuego la ciudad y la saquearían.

Con esta respuesta volvió Zarate á los Oidores, los

cuales enviaron mensaje á los capitanes, diciendo, que

ellos no lo podían hacer de su oficio si no precediese pe-

dimiento de parte; lo cual, siendo entendido en el campo

de Pizarro, se adelantaron los Procuradores de los pue-

blos, y con los demás que estaban en Lima, dieron peti-

ción sobre ello pidiendo á Pizarro por Gobernador. Vien-

do esto los Oidores, dieron parte á los Obispos de Lima,

Cuzco y de Quito, y al regente fray Tomás de San Martín,

y á los Oficiales reales, lo cual es cierto (y así se enten-

dió) que lo hicieron para su descargo, poique, cuando

esto trataron, ya estaban en determinación de hacerlo por

HISTORIA DEL PERÚ

129

no lo poder contradecir sin riesgo de sus vidas. En esto,

Gonzalo Pizarro llegó con su campo menos que una legua

de la ciudad de los Reyes, y por aquel día se dilató la res-

puesta de los Oidores con harto desabrimiento de Gonza-

lo Pizarro y de los suyos, y no con poco temor de los de

la ciudad.

CAPÍTULO XXV

Cómo los que se huyeron del Cuzco vinieron á Lima, y Gon-

zalo Pizarro llegó con su campo ana legua de la ciudad, y

Carvajal entró de noche y prendió muchas personas y ahor-

có d Pedro del Barco, Juan de Sayavedra y d Machín de

Florencia, y los Oidores dieron provisión d Gonzalo Piza-

rro de Gobernador, y entró en la ciudad de los Reyes con

su gente y fué recibido al cargo.

Prende Carvajal muchos de los que se huyeron del Cuzco y otros.—

Ahorca Carvajal á tres personas principales.—Da la medalla Piza-

rro para que Carvajal no mate á nadie.—Acuerdan dar la provisión

de Gobernador á Pizarro.—De la manera que el licenciado Zarate

firmó la provisión.—Lo que se contenía en la provisión.—A todos

ciega el interese.—Parte Gonzalo Pizarro á tomar posesión del car-

go.—Reciben los Oidores y Cabildo á Gonzalo Pizarro y hace jura-

mento y homenaje.

Ya en el capítulo XIV está referido, cómo al tiempo que

Gonzalo Pizarro salió del Cuzco se le huyer-on'*muchas

personas principales, que fueron: el fcapitán Gabriel de

Rojas, el licenciado'Carvajal, Machín de Florencia, Juan

de Sayavedra, Pedro del Barco y otros, de los cuales se

tratará en este capítulo, porque no fué su venida tan sin

sangre de algunos, y trabajos y peligros de otros que se

deba pasar en silencio. Porque es de saber, que después

que éstos se huyeron de Gonzalo Pizarro, fueron ca-

minando la vía de Arequipa por el camino de los llanos

132

HISTORIA DEL PERÚ

y costa de la mar, deteniéndose en el camino todo el

tiempo en que pasaron los trances y revueltas que he-

mos referido, y llegaron al tiempo y sazón que la al-

terada ciudad de Lima estaba más atribulada, de lo

cual fueron admirados y por ninguna cosa quisieran ha-

ber bajado, porque el temor y mudanza del tiempo les

representaba ya los trabajos en que se habían de ver, y es-

taban como atónitos y confusos, faltándoles el fundamen-

to y ocasión de su venida. Porque cuando uno se deter-

mina de acometer algún hecho, y con determinación ima-

gina cómo lo ha de efectuar, si al tiempo de la ejecución

le fallece el principio en que viene fundado, todo juicio y

entendimiento, por reportado que sea, se confunde y

ofusca.

Así, pues, quedaron estos leales caballeros, que, ha-

biendo venido á favorecer al Virrey á la ciudad de Lima,

donde estaba su voz, en llegando á la ciudad entendieron

que los negocios iban al revés y contrarios de lo que ellos

tenían entendido y fantaseado, no mucho después de su

llegada, y ser puestos debajo el amparo de la Real Audien-

cia (que todavía parecía estar en pie, aunque cojeando),

viniendo ya muy cerca Gonzalo Pizarro para entrar otro

día en la ciudad, según en el capítulo precedente está re-

ferido. Como aquel día se dilató de darle la gobernación,

parecióle al verdugo cruel Francisco de Carvajal, que no

era bien que se tomase la posesión del gobierno sin de-

rramamiento de sangre humana, para solemnizar la fiesta

y dar principio á lo que adelante había de suceder. Mo-

vió, pues, este ministro infernal, la voluntad de Gonzalo

Pizarro, para que le enviase delante á la ciudad á prender

los que allí se le habían huido, representando cuan gran

maldad había cometido en dejarle y haberse venido al

Virrey, lo cual Gonzalo Pizarro no rehusó ni Carvajal fué

perezoso en la partida, que luego aquella noche, vino

como por la posta á la ciudad con algunos arcabuceros; y

en llegando, fué á hablar al licenciado Cepeda, y le dijo,

que convenía prender ciertas personas para asegurar la

gente de Gonzalo Pizarro, lo cual Cepeda otorgó que se

hiciese, entendiendo que no fuera parte para lo estorbar.

HISTORIA DEL PERÚ

133

Finalmente, el cruel Carvajal se dio tan buena maña, que

aquella misma noche prendió hasta treinta personas de los

principales, los cuales puso en la cárcel pública á buen

recaudo con prisiones y guardas, y otros muchos se hu-

yeron.

Estaban también en esta sazón, retraídos en casa del

Obispo (por- la venida de Gonzalo Pizarro) los capitanes

Alonso de Cáceres y Gabriel de Rojas; siendo avisado de

esto Carvajal, fué luego á casa del Obispo y sacólos de la

cama y púsoles en la cárcel con los demás, sin que nadie

fuese parte para se lo contradecir ó defender, porque en

esta sazón no había cuarenta hombres de guerra en la ciu-

dad, que todos los soldados del Virrey y de los Oidores

se habían ya pasado á Gonzalo Pizarro, y con ellos y los

que consigo traía, tenía más de mil y cien hombres bien

armados y encabalgados. Otro día bien de mañana, vinie-

ron del real algunos capitanes é insistieron á los Oidores

que diesen luego la provisión de Gobernador á Gonzalo

Pizarro, pues le pertenecía por el nombramiento que el

Marqués su hermano, en él había hecho, y por otros

justos y derechos títulos, y que haría pleito homenaje de

dejar el cargo, cada y cuando que por su Magestad le fue-

se mandado; donde no, que saquearían la ciudad. Y como

en esto se diese alguna dilación por los Oidores, luego

Francisco de Carvajal sacó de la cárcel cuatro de los pre-

sos, y en sendas acémilas los llevó fuera de la ciudad, y

en tres cuartos de hora ahorcó los tres, que fueron: Juan

de Sayavedra, Pedro del Barco y Machín de Florencia,

cada uno de su rama, de un árbol que estaba en el cami-

no por donde Gonzalo Pizarro había de pasar. Lo cual

hizo diciéndoles donaires y gracias. Al cuarto, que era

Luis de León, Gonzalo Pizarro mandó que no le matase,

á ruego de un hermano suyo que era soldado.

Destas muertes hubo gran temor y alteración en toda

la ciudad, y aun en el campo de Gonzalo Pizarro, porque

se entendió que Francisco de Carvajal mataría todos los

presos y muchos más; por lo cual, luego intervinieron mu-

chos ruegos, y Gonzalo Pizarro dio la medalla que traía y

un anillo muy conocido, para que Francisco de Carvajal

134

HISTORIA DEL PERÚ

no matase otra persona alguna. Empero con todo esto,

hubo también grandes ruegos con Carvajal, y aun algunos

le untaron las manos con buenos tejuelos de oro, porque

le conocían ser muy codicioso. Viendo, pues, esta obra los

Oidores, y que Francisco de Carvajal los amenazaba, que

si luego no daban la provisión á Gonzalo Pizarro había

de ahorcar todos los presos y saquear la ciudad, manda-

ron juntar las personas con quien el día antes se había

comunicado el negocio, y todas las d^más personas seña-

ladas que se hallaron en la ciudad, y siendo así juntos,

todos acordaron de dar la piovisión de Gobernador áGon-

zalo Pizarro, la cual firmó primero el licenciado Cepeda,

y dándosela luego al licenciado Zarate que la firmase,

tomó la pluma en la mano é hizo una cruz encima de su

firma y dijo: "Juro á Dios y á esta cruz y á las palabras de

los Santos Evangelios, que firmo esta piovisión de miedo

y porque no maten á esos caballeros que están presos,,

y en presencia de muchos pidió que así se lo diesen por

testimonio.

La sustancia de esta provisión era, que Gonzalo Piza-

rro gobernase aquella provincia hasta que su Magestad

otra cosa mandase, y que hiciese pleito homenaje de

así lo cumplir, y que dejaría el cargo y gobernación lue-

go que el Audiencia y su Magestad lo mandasen. Lue-

go que la provisión fué despachada, la enviaron al real á

Gonzalo Pizarro, el cual, habiendo recibido lo que tanto

deseaba, toda su gente y aun los de la ciudad se regoci-

jaron, como de cosa que á todos parecía ser conveniente

á la quietud de la tierra, y trataban que su Magestad lo

había de confirmar, así por los servicios del Marqués su

hermano, como por otras causas que alegaban en loor y

alabanza de Gonzalo Pizarro. Porque tanto en esta sazón

fortuna le comenzaba á encumbrar en el ánimo y volun-

tad de las gentes, con aquella color de libertad, que gene-

ralmente parecía ser de todos amado, siendo su funda-

mento aquel particular interese que á cada uno le iba en

el negocio de que se trataba. Y lo que más á esto favore-

cía, era haberles sido el Virrey tan odioso, por la misma

causa de interese (que tanto á todos nos ciega).

HISTORIA DEL PERÚ

135

Recibida, pues, y pregonada esta provisión en el real

de Pizarro con regocijo de trompetas y bullicio de gente,

por todos se le dio el título de Señoría, y dándole algunos

amigos suyos el parabién, le pidieron mercedes como á

Gobernador de tan grandes y prósperos reinos, lo cual

otorgó con todo placer y contento, por haber conseguido

tan próspero fin sin rompimiento de batalla ni muerte de

alguno de los suyos. Luego se partió Gonzalo Pizarro á

tomar la posesióndel cargo, haciendo poner en orden toda

su gente, como si hubiera de dar batalla, marchando paso

á paso la artillería por delante, de que era capitán Hernan-

do Bachicao, á quien seguía el capitán Cermeño con su

compañía de arcabuceros; tras él iba el bachiller y capitán

Guevara con la suya, siguiéndole el capitán Diego de Gu-

miel con toda la infantería; tras éstos iba el nuevo Gober-

nador, bien armado, en un poderoso caballo y una ropeta

de brocado sobre las armas; junto á Gonzalo Pizarro ve-

nía Antonio Altamirano con el estandarte real; luego iban

siguiendo las banderas y gente de caballo, de que eran ca-

pitanes Pedro de Puelles y don Pedro Puertocarrero. De

esta suerte, pues, entró por la ciudad de los Reyes á vein-

tiocho de Octubre, año de cuarenta y cuatro, y dejando

su escuadrón formado en la plaza, subió do estaban los

Oidores, por los cuales fué recibido, haciendo el juramen-

to y homenaje, y dio fianzas de hacer residencia y estar á

derecho con los querellosos. De allí se fué luego á las ca-

sas de Cabildo, do se habían ayuntado los Regidores, y

fué recibido con solemnidad acostumbrada, lo cual ha-

biendo hecho se fué á aposentar á las casas del Marqués

su hermano (que habían sido aposento del desterrado Vi-

rrey). Luego Francisco de Carvajal aposentó la gente por

sus cuarteles y casas de los vecinos, dejando allí la que

era necesaria para guarda del nuevo Gobernador; y con

esta entrada se aseguró algo la ciudad, osando ya todos

tener sus casas, haciendas y tiendas abiertas, que hasta

allí no lo estaban con temor de ser salteados y robados,

por el desasosiego y alteración de la tierra; empero poco

duró el sosiego y quietud, que, por los pecados de los

hombres (y por lo que Dios fué servido), las cosas y ne-

136 HISTORIA DEL PERÚ

gocios sucedieron luego de mal en peor, con revueltas y

batallas que se causaron por haberse quedado el Virrey

en Túmbez, como en su tiempo se dirá. Así que, de esta

suerte, Gonzalo Pizarro quedó por señor y Gobernador, y

toda la tierra debajo de su mano.

CAPITULO. XXVI

Cómo Gonzalo Pizarro proveyó y puso en todos los pueblos

de la tierra tenientes y capitanes, y Diego Centeno se fué

á la villa de Plata en compañía de Francisco de Almen-

dras, y lo que hicieron el capitán Luis de Rivera y los de-

más que salieron de la villa de Plata á servir al Virrey.

Pone Pizarro corregidores y capitanes de su mano.—Muéstrase maño-

samente Diego Centeno amigo de Francisco de Almendras y muy

servidor de Pizarro.--Da licencia Pizarro á Diego Centeno para ir

á la villa de Plata.—Perdona Pizarro á Diego Maldonado.—Los que

habían salido de la villa de Plata se esconden entre los indios.—

Quitaba los indios Pizarro á los que perdonaba y poníalos en su

cabeza.

Luego que Gonzalo Pizarro fué recibido en la ciudad

de los Reyes por Gobernador del Perú, parecióle que

una de las más principales cosas que se requerían para

sustentar su intención y que nadie le pudiese contrastar,

era poner corregidores, tenientes y capitanes de su mano,

en todos los pueblos de aquellas provincias, y así comen-

zó á dar orden en ello, nombrando las personas que eran

más sus amigos y de quien tenía más confianza. Entre

otros que nombró por corregidores, fueron el capitán

Alonso de Toro (que en los principios había sido su

Maestre de campo) para la ciudad del Cuzco, y para Are-

quipa á Pedro de Fuentes, que también era íntimo amigo

SUY0 Y gran defensor (Je su causa, y para los Charcas y

villa de Plata á Francisco dé Almendras.(á quien después

138

HISTORIA DEL PERÚ

mató Diego Centeno) y todos tres murieron en servicio de

Gonzalo Pizarro. Luego hizo despachar sus cédulas y po-

deres cuales convenían, nombrándolos asimismo sus ca-

pitanes para más los obligar en su servicio y á tener con

él entera fidelidad.

Había bajado Diego Centeno con Gonzalo Pizarro,

y como entendió que Francisco de Almendras era nom-

brado para la villa de Plata, y le pareció que por allí

podía volver á enristrar su intención, en servicio de su

Magestad, para que el Virrey volviese á señorear la

tierra, procuró y comenzó mañosamente cuanto pudo á

mostrarse muy amigo de Francisco de Almendras, y, por

el consiguiente, muy servidor de Gonzalo Pizarro y de

sus amigos y allegados, dando dádivas á algunos de ellos

con toda liberalidad, con que ganó la gracia de Gonzalo

Pizarro; y supo darse tan buena maña, que fué parte para

que, haciendo del entera confianza, le dio licencia para

que se fuese en compañía de Francisco de Almendras á vi-

sitar su casa y hacienda, y así se fué con él y con algunas

personas de los que se habían venido huyendo del Cuzco

y de Arequipa á servir al Virrey, que eran: Alonso Pérez

de Espinel, Diego de Rivadeneyra y Luis de León y otros,

que serían ocho ó nueve, los cuales Gonzalo Pizarro en-

viaba con Francisco de Almendras á manera de hombres

desterrados.

Bajó también en este tiempo del Cuzco Diego Malso-

nado con temor de ser muerto por haber alzado bandera,

creyendo que el Virrey estaba en su libertad; el cual, vi-

niendo por lugares apartados y fuera de camino, se entró

de noche en la ciudad y se escondió; y visto lo que pasa-

ba, y que no tenía remedio alguno para salvarse si no era

reconciliándose con Gonzalo Pizarro, procuró lo mejor

que pudo, con sus amigos, esta reconciliación y perdón,

de suerte que, aunque con dificultad, Gonzalo Pizarro le

perdonó (puesto que siempre le tuvo por enemigo y sos-

pechoso). Asimismo el capitán Luis de Rivera, y Antonio

Alvarez, Lope de Mendieta, Diego López de Zúñiga,

Francisco de Tapia y don Gómez de Luna y los demás

que habían salido de la villa de Plata con bandera de

HISTORIA DEL PERÚ

139

su Magestad á cumplir el mandado del Virrey, habían

venido hasta Arequipa juntando y allegando gente, ar-

mas y caballos; donde, teniendo nueva del desbarato

y prisión del Virrey y buen suceso de Gonzalo Piza-

rro, no osaron estarse allí ni volver á la villa de Plata,

especialmente Luis de Rivera y Antonio Alvarez, que

habían sido ministros de justicia y principales en el nego-

cio, y así, procuraron ponerse en cobro por miedo de ser

muertos por Pizarro ó sus ministros, que ya sabían estar

esparcidos por la tierra; y así, cada uno por sí, se fué luego

á esconder entre los indios, donde estuvieron con mucho

trabajo y desasosiego hasta que Antonio Alvarez hubo

perdón de Lorenzo de Aldana (al tiempo que después

quedó por teniente de Gonzalo Pizarro), y Luis de Rive-

ra se juntó con Diego Centeno después que mató Cente-

no á Francisco de Almendras.

También algunos de éstos caminaron para Lima y fue-

ron perdonados por Gonzalo Pizarro, aunque los reparti-

mientos que tenían los puso en su cabeza y los diputó

para gastos de la guerra. Otros hubo de éstos que se fue-

ron á la villa de Plata, donde fueron admitidos y perdo-

nados por Francisco de Almendras, aunque tomándole sus

haciendas y repartimientos, y andando corridos y maltra-

tados; y á don Gómez de Luna, porque supo que había

dicho algunas palabras en ofensa de Gonzalo Pizarro y en

perjuicio del Rey, le prendió y puso en la cárcel pública,

y allí le dio garrote, y después le mandó sacar á la plaza,

donde le hizo cortar la cabeza. También hubo algunos

que, por ser constantes y perseverar en su lealtad, andu-

vieron mucho tiempo huidos, desterrados y perseguidos

del cruel Carvajal y por otros ministros de la tiranía, has-

ta que los atribulados reinos consiguieron libertad y fue-

ron reducidos al servicio de su Magestad.

CAPÍTULO XXVII

Cómo Gonzalo Pizarro comenzó á oiry despachar negocios

por audiencia, y mandó matar al capitán Diego Gumiel, y

la ocasión que para ello tuvo.

Procuran algunos indignar á Pizarro contra el licenciado Cepeda.—Avi-

san á Cepeda que ordenan de matarle.—Manda Pizarro que ningu-

no salga de la ciudad sin licencia y mata á Rodrigo Núñez y Pedro

de Prado y al capitán Diego Gumiel. —El negar de las mercedes

que se piden engendra odio en el que demanda.—Palabras de Car-

vajal á Diego Gumiel habiéndole dado garrote.—Gonzalo Pizarro

era avaro de su natura y es dañoso para ser tirano.—Húyense algu-

nos de Gonzalo Pizarro.

Cómo Gonzalo Pizarro hubo proveído de su mano

las justicias de los pueblos, luego comenzó á despachar

negocios por audiencia con mucha autoridad y reputa-

ción, sobre que no faltaban algunas cosquillas entre él y

los Oidores, de que en la ciudad había alguna murmura-

ción y se tenía cuenta con ello, debajo de cuya oca-

sión algunas personas procuraron indignar á Gonzalo Pi-

, zarro con el licenciado Cepeda, avisándole que se guarda-

se de él, porque era tan mañoso, que, cuando más des-

cuidado estuviese, le había de dar traspié y prenderle ó

matarle. Lo cual tratando Francisco Carvajal y otros, al-

gunos eran de parecer que Gonzalo Pizarro matase al li-

cenciado Cepeda. Pizarro lo rehusó, mas fué con acuer-

do, que, cuando entrasen en la consulta, tratasen cierto

negocio importante que, principalmente, tocaba á las co-

sas en que á Cepeda tenían por sospechoso, y que si repli-

142

HISTORIA DEL PERÚ

case ó fuese de contraria opinión, que luego allí le diesen

de puñaladas, dando seña para ello Gonzalo Pizarro.

Desto Cepeda fué avisado, y, entrados en la consulta,

habló y razonó tan á sabor de Gonzalo Pizarro y de

todos, que fué causa que de allí adelante estuvo muy en

gracia de Pizarro y de sus capitanes, de tal suerte, que

todo lo mandaba y regía.

Fueron sueltos en este tiempo los que Francisco de

Carvajal tenía presos, y Gonzalo Pizarro perdonó otros

muchos, puesto que al licenciado Carvajal y á Garcila-

so de la Vega no los quiso perdonar por entonces, y

mandó pregonar que ninguna persona saliese de la ciu-

dad sin su licencia, y porque se la pidieron Rodrigo

Núñez y Pedro de Prado, los mandó matar, teniendo

sospecha que convocaban algunos para se huir en de-

manda del Virrey. Asimismo, de ahí á pocos días que

Gonzalo Pizarro entró en la ciudad, mató al capitán Die-

go Gumiel y fué de esta suerte: Había pedido este Capi-

tán á Gonzalo Pizarro un repartimiento de indios para un

amigo suyo, y habiéndole importunado muchas veces, y

siéndole siempre denegado, como el negar de las merce-

des que á los señores se piden por la mayor parte engen-

dra odio en el que demanda, luego este Capitán (aunque

tan amigo y familiar de Gonzalo Pizarro) concibió en sí

odio y rancor, y quedó incitado para le procurar todo su

daño en cuanto pudiese.. Y con este enojo, estando un día

con los hijos del Marqués (los cuales él tenía en mucha ve-

neración por respeto de la mucha amistad que con el padre

había tenido) les dijo (aunque eran muy pequeños) que

aquella gobernación que tenía su tío á ellos pertenecía con

más justo título, y que él había de hacer y ser parte para

que la huHesen, y que para lo poner en efecto él había de

ser otro Juan de Herrada. Todo esto, y otras cosas odio-

sas que les dijo, vino á oídos de Gonzalo Pizarro, de que

recibió grande alteración y consiguió sospecha en sí de

alguna conjuración, y una noche, ya muy tarde, envióle á

llamar diciendo que quería comunicar con él cierto nego-

cio que requería presteza. Y como otras veces Diego de

Gumiel solía ser de esta suerte llamado por Gonzalo, fué

HISTORIA DEL PERÚ

143

causa de se engañar para no rehusar la ida ni poner excu-

sa, y así no recibió sobresalto de ser llamado á tal hora;

porque, si mal sospechara, pudiera muy bien salvarse y aun

fuera parte para causar revuelta en la ciudad por ser per-

sona de valor y capitán, y ser en extremo bien quisto de

todos. Llegado, pues, á presencia de Gonzalo Pizarro, bre-

vemente y sin le oir disculpas, le fué dado garrote, y por

la mañana Francisco Carvajal le hizo sacar y poner al pie

del Royo (que está en medio de la plaza) y le hizo allí de-

gollar, hablándole y diciéndole gracias como si estuviese

vivo; y después de haber así razonado con él en presencia

de muchas personas (que de industria había llevado con-

sigo para el efecto) concluyó diciendo: "Así que, buen

capitán y gentil caballero, si de esta vez vuestra merced

no escarmienta, juro por Dios que no sé qué le haga,,.

Con estas muertes y estos bandos, andaba la gente tan

temerosa y escandalizada, que nadie se osaba desmandar

ni hablar, y con toda esta sujeción, Gonzalo Pizarro se da-

ba mala maña en contentar la gente, porque de su propia

condición y natura no era liberal sino avaro (que para todo

tirano es dañoso) por lo cual, asimismo, muchos andaban

descontentos y se huyeron de la ciudad algunos soldados,

y en un barco se huyeron Iñigo Cardo y Pero Vello y

otros cuatro ó cinco soldados, que se fueron por la mar

en busca del Virrey, y se juntaron con él y le sirvieron; y

á algunos de ellos costó bien caro, porque después de la

batalla de Quito, los mandó matar Gonzalo Pizarro.

CAPÍTULO XXVIII

Cómo estando Gonzalo Pizarro en fiestas y regocijo le die-

ron nuevas que el Virrey estaba en libertad y lo que sobre

ello proveyó, y Vaca de Castro se alzó con el navio, y se

prendieron muchas personas, y estando el licenciado Carva-

jal para ser degollado, Pizarro le perdonó y soltó los

presos.

Festéjase Gonzalo Pizarro en Lima.—Túrbanse las fiestas con la nueva

que el Virrey está en libertad.—Provee Pizarro que vayan capita-

nes por mar y tierra contra el Virrey.—Tratan que vayan procura-

dores á España y contradícelo Carvajal.—Provéese que el doctor

Tejada y Francisco Maldonado vayan á España.—No quiso el licen-

ciado Zarate firmar las provisiones.—Procura Vaca de Castro al-

zarse con el navio.—Sabe Pizarro la ida de Vaca de Castro y prende

muchas personas.—Quiere dar garrote al licenciado Carvajal.—

Ruegan y persuaden á Pizarro no mate al licenciado Carvajal.—

Sueltan los presos y al licenciado Carvajal.

Después de estas muertes y refriegas, con el alegría y

contento que Gonzalo Pizarro tenía de su prosperidad,

quiso representar el estado y nuevo señorío de su gober-

nación y mando de la tierra con fiestas y regocijos, y to-

dos sus capitanes y personas de calidad comenzaron á

festejarse, con que parecía que se autorizaba más la per-

sona de Pizarro y se regocijaba la tierra; aunque del todo

no entraba este regocijo en las voluntades y corazones de

10

146

HISTORIA DEL PERÚ

muchos, adivinando (por ventura) lo que adelante había

de suceder, porque la misma sombra del mal se represen-

taba ya. Y así, las fiestas se enturbiaron, viniendo luego

nuevas que el desterrado Virrey era puesto en libertad, y

que estaba en Túmbez juntando gente para volver á Lima

contra Gonzalo Pizarro y sus secuaces. De lo cual pesó

mucho á Pizarro y á sus amigos y aun á todo el reino,

especialmente á aquellos que habían sido al Virrey con-

trarios, porque les parecía que el juego se volvía á enta-

blar y á poner en condición, y que la tierra se había de

volver á alterar (como de hecho sucedió). Sobre lo cual,

habido acuerdo con sus capitanes y amigos, proveyó que

por mar fuese un capitán con gente sobre el Virrey, y fue-

sen por tierra el capitán Gonzalo Diez y Jerónimo Villegas,

con alguna gente, y que se juntasen con Hernando de

Alvarado, que estaba por teniente de Pizarro en Trujillo,

y que éstos bajasen á Piurá para ir también sobre el Vi-

rrey. Gonzalo Diez y Villegas partieron luego, y Gonzalo

Pizarro, con más cuidado que hasta allí, mandó poner re-

cado en la ciudad y en su persona, y no dejó de tener

desabrimientos con los Oidores y otras personas que en

la prisión y salida del Virrey habían tenido mano, porque

no se habían dado buena maña, y por haberle enviado an-

tes que él viniese.

En este tiempo no había en el puerto de la ciudad

de Lima sino solamente un navio en que todavía esta-

ba preso ó detenido el licenciado Vaca de Castro. Y ha-

bíase tratado que se enviasen dos procuradores á Es-

paña, en nombre de Gonzalo Pizarro y de la tierra, para

que diesen cuenta á su Magestad de lo sucedido, y de

este parecer eran muchos; mas Francisco de Carvajal lo

contradecía, diciendo que los verdaderos procuradores

eran muchos arcabuces y soldados, armas y caballos.

Decía más, que lo que se debiera de hacer luego al prin-

cipio, era prender á los Oidores y enviarlos á su Magestad

para darle cuenta de la prisión de su Virrey, y lo mismo

decía Bachicao; empero al cabo de muchos acuerdos, se

proveyó que fuesen á España el doctor Tejada en nombre

del Audiencia, y que fuese también con él Francisco Mal-

HISTORIA DEL PERÚ

147

donado. Esto aprobó Gonzalo Pizarro por algunos moti-

vos que tuvo, y por causa que pretendía deshacer la Au-

diencia, y parecíale que ido Tejada á España y llevando

él consigo á Cepeda, quedaba solo el licenciado Zarate, y

que de esta suerte el Audiencia estaba deshecha, lo cual

él mucho deseaba.

Luego se concertó Gonzalo Pizarro con el doctor Te-

jada de darle para su viaje seis mil castellanos, y allí lue-

go se hicieron los despachos y provisiones que había

de llevar, lo cual no quiso firmar el licenciado Zarate,

puesto que le pusieron algunos temores, y esta provi-

sión se firmó de los dos Oidores. También hizo que los

procuradores de los Cabildos diesen poder á Tejada y á

Maldonado, y Gonzalo Pizarro escribió con el Maldo-

nado á su Magestad y á su hermano Hernando Pizarro.

Luego se acordó que, en aquel navio que está dicho, fuese

Hernando Bachicao. con artillería y gente, para llevar

estos dos procuradores, y estándose acabando de despa-

char los recados que habían de llevar, como Vaca de Cas-

tro fuese avisado de ello por un deudo y amigo suyo, lla-

mado García de Montalvo, temiéndose que sacándole del

navio le podría resultar daño, porque Gonzalo Pizarro no

estaba bien con él por algunas cosas del tiempo en que

había gobernado la tierra, y especialmente, que, cuando

Gonzalo Pizarro salió de la Canela y fué á ver á Vaca de

Castro en el Cuzco le recibió con poco amor y menos cor-

tesía, de que Gonzalo Pizarro se sintió tan injuriado que

dijo después públicamente en los Charcas que había esta-

do por darle de puñaladas; y fué su sentimiento tan sen-

tido que el bachiller Díaz su criado, se determinó (por

darle contento) de matar áVaca de Castro con un arcabuz,

y habiendo aceptado Gonzalo Pizarro, después le dijo y

rogó, que lo dejase por entonces para mejor sazón, lo

cual se divulgó en el Perú; y así Vaca de Castro procuró,

con favor y ayuda deste su deudo, y de criados que

consigo tenía, de se alzar con el navio é irse la vuelta de

Panamá, lo cual sin dificultad pudo hacer, así por la poca

gente del navio como por el descuido que se tenía; y de

esta suerte, alzando velas, se fueron sin que nadie se lo

143

HISTORIA DEL PERÚ

pudiese estorbar. Lo cual, sabido por Gonzalo Pizarro, le

dio grandísimo enojo y desabrimiento por no poder en-

viar los procuradores (que era mucho á su gusto) y no le

quedar otro navio en el puerto, y con el pesar y grande

ira que dello tenía, creyendo haber sido Vaca de Castro

ayudado de sus amigos y criados que estaban en la ciu-

dad, luego mandó tocar arma y fueron presos todos los

sospechosos, así de los que se le habían huido á Pizarro

del Cuzco y otras partes, como todos los demás que eran

aficionados y amigos de Vaca de Castro, que fueron: el li-

cenciado Carvajal, Alonso Pérez de Espinel, Gabriel de

Rojas, Vasco de Guevara, Alonso de Cáceres, Diego de

Silva, Diego de Pineda, Francisco Paez, Dionisio de Bo-

badilla y otros. Y al licenciado Carvajal, luego que fué

preso, el Maestre de campo le mandó confesar, certificán-

dole que había de morir, estando presente el verdugo con

las tristes insignias de garrote y cordel; lo cual puso á to-

dos en gran confusión y tristeza, porque se entendía que

haciéndose justicia (ó por mejor decir, injusticia) del li-

cenciado Carvajal, ninguno de los presos quedaría con ia

vida (que eran los principales de toda la tierra).

Estando, pues, el licenciado Carvajal en estos térmi-

nos, iban y venían muchas personas á Gonzalo Pizarro y

persuadíanle que mandase sobreseer aquella justicia, di-

ciendo, que, puesto que el Licenciado se le hubiese huido

del Cuzco para venir á servir al Virrey, que había sido por

persuasión del Factor su hermano, á quien el Virrey había

muerto tan injustamente y sin razón, y que, cuando por

otra cosa no fuese, le había de servir y seguir por vengar

aquella muerte. Mas era tanto el enojo que Gonzalo Piza-

rro tenía que á nadie quería oir sobre esta razón. Asimis-

mo los amigos del licenciado Carvajal, conociendo el hu-

mor y codicia del Maestre de campo, le importunaron por

la dilación de esta muerte, metiéndole en las manos dos

tejuelos de oro que valían más que dos mil y quinientos

pesos, ofreciéndole mucho más, con lo cual luego aflojó y

fué á consultar el negocio con Gonzalo Pizarro para que

se resfriase; de manera que por entonces no hubo efecto.

Luego dieron recio tormento á Francisco de Páez y á Dio-

HISTORIA DEL PERÚ

149

nisio de Bobadilla, y no se hallando culpa ni indicio con-

tra nadie, todos los presos fueron vueltos y, por el consi-

guiente, el licenciado Carvajal, quedando Francisco de

Paez y Bobadilla maltratados de los tormentos que habían

padecido.

CAPÍTULO XXIX

Cómo Gonzalo Pizarro hizo aderezar un bergantín y un

barco en que fué Hernando Bachicao con el doctor Tejada

y Maldonado, y fueron la vuelta de Túmbez sobre el Virrey,

el cual, creyendo venir grande armada y pujanza de gente,

se retiró la vuelta de Quito.

Parte Bachicao en dos navios con cincuenta arcabuceros con los dos pro-

curadores.—Fortuna contraria al Virrey y próspera á Pizarro.—

Toma Bachicao un navio y rehácese de gente y artillería.—Toma

Bachicao otro navio en Túmbez.—No se aventura Bachicao contra

cosas dificultosas.—Retírase el Virrey la vuelta de Quito.

Como el navio en que estaba Vaca de Castro se hizo

á la vela (como ya está contado) y no quedó otro alguno

en que pudiesen ir los procuradores ni bajar, contra el

Virrey, hizo Gonzalo Pizarro aderezar un bergantín y un

barco, que estaban medio al través, en los cuales mandó

que fuesen el capitán Bachicao (que era otro ministro de

crueldad semejante al Maestre de campo); el cual, luego

se embarcó con cincuenta arcabuceros y con el doctor

Tejada y Francisco Maldonado, llevando Bachicao ins-

taacción que fuese por el puerto de Túmbez (donde ya sa-

bían que estaba el Virrey) y si hubiese forma para le pren-

der ó hacerle retirar de allí lo hiciese, y si no se fuese á

Panamá para que de allí se fuesen á España el doctor Te-

jada y Francisco Maldonado. Lo cual proveyó Gonzalo

Pizarro más por cosa sin fundamento, que por pensar que

de su ida se pudiese conseguir otro fruto que ponerse en

152

HISTORIA DEL PERÚ

la aventura de perder los navios y gente por llevar á Pa-

namá los procuradores, porque no sólo no iba gente para

poder ofender al Virrey, mas ni aun para se defender de

un solo navio si á ello saliese.

Mas como fortuna quisiese ser del todo contraria al

perseguido Virrey é inclinarse á la prosperidad de Piza-

rro, á quien tan favorable había sido, ordenó que á Gon-

zalo Pizarro y á su capitán le sucediese mejor de lo que

pensaban, dándoles navios y gente para del todo inquietar

al Virrey; porque, partido que fué Bachicao y llegado al

puerto de Trujillo, halló allí un navio bien grande que

era de Baltasar Díaz (vecino de Panamá) que iba cargado

de mercaderías, el cual tomó y rehízo de artillería y gente,

con que luego se partió para Túmbez, donde ya sabía de

cierto que el Virrey estaba, á do llegando muy de maña-

na, dio en un navio de que era capitán Bartolomé Pérez

(vecino de Puerto Viejo) muy servidor del Virrey, y con

él estaba Hernán Pérez su hermano y otras personas, y

puesto que se puso en huida, muy presto le tomó sin re-

sistencia por haber en él poca gente y no tener artillería.

Y por haberse huido quiso Bachicao ahorcar al capitán y

al maestre, y de hecho lo hiciera si no fuera á intercesión

y ruego del doctor Tejada; y ofreciéndose Bartolomé Pé-

rez ser de allí adelante servidor de Gonzalo Pizarro (como

con todos los reconciliados hacía) le llevó consigo.

Tomado, pues, este navio, púsole á gesto y tam-

bién su bergantín y barco, y el otro navio por hacer

más bulto y aparato de armada, y porque el Virrey pen-

sase que venía más fuerza de gente, y fuese hacia tie-

rra, más con intención de dar algún sobresalto al Virrey,

que no por tener pensamientos de poner los pies en ella;

porque cierto, Hernando Bachicao no era hombre para

que de él se presumiese que contra las cosas dificulto-

sas se hubiese de aventurar. Lo cual visto por el Virrey,

dando crédito á ciertas nuevas y carta echadiza que entre

su gente se había publicado, que gran pujanza de gente

venía sobre él, creyendo que en ninguna manera le podía

valer otra cosa que el retirarse, por tanto, apercibió su

gente, y con el oidor Alvarez y con los demás que le qui-

HISTORIA DEL PERÚ

153

sieron seguir se fué la vuelta de Quito (que era en aquella

sazón el pueblo más apto para su amparo, porque aun no

estaba inficionado como los demás). De manera que por

se haber el Virrey retirado así, tuvo lugar este malvado

Capitán de tomar la tierra, lo que cierto él no pensó, y

por el consiguiente, halló aparejo para rehacerse mejor de

gente, armas y bastimentos para poder pasar adelante y

proponer en sí de ocupar el reino de Tierra Firme, y tomar

y robar los pueblos de la costa, como en efecto lo hizo.

CAPÍTULO XXX

Cómo el capitán Juan de Yllanes, viniendo la vuelta de

Túmbez, vio los navios de Bachicao, y reconociendo ser de

enemigos, se fué la vía de Panamá y Hernando Bachicao á

Puerto Viejo, y lo que allí hizo.

Platican Juan de Yllanes y Vela Núñez sobre lo que deben hacer.—Pa-

recer de Juan de Yllanes.—No quiere Vela Núñez seguir el buen

parecer de Juan de Yllanes.—Váse Juan de Yllanes á Panamá por

mandado de Vela Núñez.—Descubre Juan de Yllanes los navios

contrarios.—Retírase Juan de Yllanes á Panamá.—Roba y saquea

Bachicao á Puerto Viejo y quiere matar al capitán Santillana.—

Otorga la vida Bachicao á Santillana á ruego de los procuradores.

A la sazón que Hernando Bachicao vino sobre el puer-

to de Túmbez, había ido el capitán Juan de Yllanes (gran

servidor del Virrey y que siempre le había seguido y ser-

vido) con un navio suyo, á echar en un pueblo de indios

(que se dice Motupe) setenta hombres para compañía de

Vela Núñez, que con otros ochenta soldados estaba guar-

dando aquel paso; y llevando esta gente, antes de llegar

donde Vela Núñez estaba, tuvo nueva que por mar y por

tierra venía mucha gente sobre el Virrey. Con esta nueva

Juan de Yllanes se dio más priesa por llegar donde Vela

Núñez estaba, y cómo fué llegado, platicando entre ellos

sobre estas nuevas y sobre el remedio que para ello se

tomaría, el parecer de Juan de Yllanes (como de hombre

experimentado en las cosas de la mar) fué que Vela Nú-

ñez con toda la g^nte se metiese en aquel navio, y le for-

156

HISTORIA DEL PERÚ

taleciesen y basteciesen de lo necesario, para que, si por

la mar venía la gente que habían echado por nueva y sal-

taba en tierra á dar sobre el Virrey, ellos diesen sobre los

navios con el suyo para se apoderar de ellos y quedar se-

ñores de la mar, que, saliendo con ello, sería gran parte

para también haber la tierra; y que si no viniese tanto

poder de gente que quisiese acometer esto, que su navio

era muy bueno y nuevo, y .llevando toda aquella gente,

podía embestir con los enemigos y rendirlos por fuerza

de armas. Lo cual, cierto era bueno y saludable conse o

y cosa acertada en aquella coyuntura, y si por obra se

pusiera, ni el Virrey se retirara de Túmbez, ni Bachicao

saltara en tierra, ni fuera á Panamá, ni alcanzara la ventu-

ra y.buenos sucesos que hubo. Porque con aquel navio y

toda la gente, viniendo Bachicao como venía, se pudie-

ran muy bien tomar sus navios y dar fin á su vida. Lo

cual, fortuna quitó y apartó del corazón y voluntad de

Vela Núñez, diciendo que quería hacer lo que el Virrey le

había enviado á mandar, que era retirarse con aquella

gente la vuelta de Quito. De manera que no habiendo

efecto este buen consejo, el Juan Yllanes, después de en-

tregada la gente, se volvió, por mandado de Vela Núñez,

la vía de Panamá, con instrucción de lo que había de

hacer en aquel pueblo y en Puerto Viejo, en dar aviso al

capitán Hernando de Santillana, aunque aprovechó poco,

porque Santillana fué tomado por Bachicao. Y como, á la

vuelta, Juan de Yllanes descubrió aquellos navios sobre el

puerto, y entendió;ser de enemigos (por las nuevas que ya

se tenía) atreviéndose al buen navio que llevaba (aunque

sin gente ni armas para poderse defender) no quiso partir

de allí hasta saber lo que había sucedido á su Virrey, y

certificarse quién venía en aquellos navios y de la fuerza

de ellos, y así anduvo á vista de ellos. Por lo cual, de

Bachicao fué seguido y dado alcances, aunque esto no

fué parte para le apartar de la intención que tenía, porque

yendo en pos de él, y siguiéndole animosamente y sin

mostrar temor dellos, dio bordo la vuelta del puerto,

donde otro día se halló entre los navios. Y viniendo á él

el bergantín con cierta gente disparando tiros, comenza-

HISTORIA DEL PERÚ

157

ron á dar voces que amainase de parte de Pizarro. A lo

cual Juan de Yllanes respondió (poniendo una bandera al

cuartel del navio á uso de guerra) que llegasen á bordo

los bellacos tiranos y que verían cómo se amainaba. Y

como creyesen que debía estar en el navio golpe de gente,

y no pareciendo otra persona sino Juan de Yllanes, no

osaron llegar á él, y menos Bachicao, que luego acudió en

otro barco haciendo fieros y desgarros de cobarde (como

lo era) y así se sostuvo Juan de Yllanes hasta que los de-

más navios dieron velas contra él y le necesitaron á no es-

perar más. Y así se retiró la vuelta de Panamá, á dar man-

dado á la ciudad y al capitán Juan de Guzmán, que allí es-

taba haciendo gente por mandado del Virrey(que para ello

le había enviado desde el puerto de Túmbez) pareciéndo-

le que ya no podía hacer otra cosa que más aprovechase.

Hernando Bachicao con estos dos navios, bergantín y

barco y otro navio pequeño que se decía de los dos herma-

nos, y otro galeón que tomó en la bahía de los Caraques,

se fué la vuelta de Puerto Viejo, do estaba el corregidor

Santillana; y, llegado al puerto, envió al capitán Ojeda y

á Marmolejo su alférez, con ciertos arcabuceros al pue-

blo, que está seis leguas, donde entrando súbito y arre-

batadamente con estruendo de arcabuces y ruido de armas

apellidando: Pizarro, Pizarro, con poca resistencia (por la

poca fuerza del pueblo y gente), fué preso Santillana, An-

tón Jiménez, Hernando Holguín y Nicolás de Villacorta,

y el pueblo fué robado y saqueado. Y llegado el capitán

Santillana á la presencia de Bachicao, le mandó confesar,

habiendo ya mandado poner un palo para le colgar del,

no por otra cosa que ser amigo del Virrey y su Corregi-

dor, y haber preso y desterrado algunos amigos de Gonza-

lo Pizarro. Empero, como lo que había hecho era en servi-

cio del Rey, el doctor Tejada y Maldonado rogaron por él,

y á su intercesión le fué otorgada la vida, que Hernando

Bachicao, aunque malo y cruel, tenía respeto en su cruel-

dad á los ruegos de los que á Pizarro servían. Y así San-

tillana escapó de la muerte con prometer lo que sus leyes

mandaban cerca de la obediencia y servicio, de Gonzalo

Pizarro.

I

CAPÍTULO XXXI

Cómo Hernando Bachicao vino á Panamá y lo que hubo en

su entrada, y cómo ahorcó al Maestre y Contramaestre de

un navio, y entrado en la ciudad dio garrote á ciertos ca-

pitanes y de otras cosas que sucedieron.,

Parte Bachicao para Panamá.—Júntanse los de Panamá á dar orden so-

bre lo que deben hacer.—Buen parecer de algunos capitanes y veci-

nos.—Pareceres de contraria opinión y consideraciones de algunos.

Acuerdos y resolución de la consulta.—Va Luis Sánchez con carta

y mensaje á Bachicao.—Respuesta y carta de Bachicao.—Bachicao

experto en todas maldades.—Acuerda el Corregidor que entren los

navios contra la opinión de los capitanes.—Métese Juan de Yllanes

en su navio y va en busca del Virrey.—Escóndense algunos en

lugares comarcanos.—Ahorca Bachicao un maestre y al contra-

maestre.—Apodérase Bachicao del artillería y pide empréstidos y

hace desafueros.—El pedir era en mano de Bachicao y el negar en

la mano de ninguno.—Están las leyes sin fuerza ni vigor—Locura,

hinchazón y vanidad de Bachicao.—Conjúranse de matar á Bachi-

cao.—Descubren la conjuración á Bachicao.—Da garrote Bachicao á

Bartolomé Pérez, y Antonio Hernández y á Francisco Cajero.—

Hace Bachicao arrastrar las banderas de los capitanes, que fué tro-

feo de su lealtad.—Vaca de Castro, Cueto y Jerónimo Zurbano se

embarcan para España.

Robado el pueblo de Puerto Viejo y preso el capitán

Santillana, partió el corsario Bachicao con sus navios y

con el no pensado favor, la vuelta de Panamá y reino de

Tierra Firme, y en muy pocos días se puso cerca del pue-

blo entre unas islas cercanas, de donde fueron vistos los

navios y se dio luego mandado á la ciudad; y por estar

160

HISTORIA DEL PERÚ

con poca fuerza de gente, armas y artillería con que se

poder defender, recibió gran sobresalto y se pusieron en

armas, y para mejor acordarse lo que se debía hacer sobre

la defensa y resistencia de los navios, que ya entendían no

ser de buena parte por las nuevas que de la prisión del

Virrey se habían ya tenido, Pedro de Casaos, que á la sa-

zón estaba por Corregidor y alcalde mayor del Reino,

mandó juntar á Cabildo los alcaldes y regidores, y per-

sonas principales de la ciudad, donde se trató sobre la

venida destos navios y de lo que se podría hacer en su

defensa. Y fué la opinión y parecer de algunos, especial-

mente de los capitanes Juan de Guzmán, Juan de Yllanes,

y del capitán Juan Vendrel (que para juntar y acaudillar

la gente de pie de la ciudad se había nombrado) y asi-

mismo de Juan Fernández, Baltasar Díaz y Arias de Ace-

vedo, vecinos y regidores, y algunos otros que de la parte

del Virrey y en su favor se habían mostrado, que el pue-

blo se procurase defender, y que no dejasen entrar á ca-

pitán ni gente de Gonzalo Pizarro, porque si entraban,

violentamente le ocuparían contra el servicio de su Ma-

gestad, pues á su Virrey le habían preso y echado de la

tierra; y que sería bien que se armase un navio, de los que

estaban en el puerto, y se metiese en él mucha gente y

armas y sacasen plata de la Casa Real para contentar los

soldados que había, porque con este navio (siendo bien

aderezado) se les podía hacer resistencia y defenderles la

entrada del puerto; yaunque parecía venir golpe de navios

vendría en ellos poca gente, porque Gonzalo Pizarro era

muy claro que no osaría enviar gran golpe de gente.

Dado, pues, este buen parecer, y que cierto fuera cosa

acertada hacerse así, hubo otros pareceres varios y dife-

rentes de los del Cabildo, y otras personas del pueblo que

fueron de opinión que entrase quien viniese y que se con-

tratase la tierra, y que no se pusiese en armas, diciendo

que sería cobrar enemistad con Gonzalo Pizarro y con

'todo el Perú, y que se tomaría todo lo que allí estaba de

mercaderes, y las contrataciones cesarían, ayuntando á

esto otras dificultades é inconvenientes, encaminados más

(á lo que se podía entender) á su propio interese y á temor

HISTORIA DEL PERÚ

161

de ver sus personas puestas en peligro de armas, que no

tener atención á la defensa y libertad de su pueblo; por-

que por una parte temían, creyendo venir allí gran golpe

de gente, y por otra también les ocupaba temor de perder

sus haciendas, especialmente los que tenían trato en el

Perú, pareciéndoles que mostrándose contra Pizarro, no

sólo lo perderían, pero aun toda la tierra y contratación

della; y aun algunos había, que, no solamente por estas

causas, eran incitados y movidos á seguir este fingido con-

sejo, pero aun también pretendían mostrarse servidores

de Gonzalo Pizarro y querían ganar su gracia; porque en

aquella sazón, como la voluble fortuna le comenzaba á

encumbrar, y la voladora fama echaba y esparcía nuevas

de su prosperidad, muchos había que se inclinaban á él,

pareciéndole (inconsideradamente) que aquel tiranizado

señorío había de durar mucho tiempo, y que dello les

podría resultar algún provecho, á lo menos, quedar en

nombre y opinión de sus amigos y servidores. Finalmen-

te, habiéndose tratado largo sobre ello, por último conse-

jo y resolución (aunque no en conformidad de todos) se

acordó que se escribiese luego al capitán ó general de los

navios (no sabiendo hasta entonces quien era), para sa-

ber su intento y voluntad, y á qué era su venida en aquel

reino; lo cual se encomendó al doctor Villalobos, que es-

tuvo en este Cabildo como persona principal y oidor que

había sido de la Real Audiencia de Panamá, y rogaron á

Andrés de Ariza, vecino de la ciudad, que fuese el men-

sajero (por haber sido amigo y hacedor de las cosas del

marqués don Francisco Pizarro, y tenía mucha noticia de

las cosas del Perú).

Andrés de Ariza rehusó la embajada poniendo algu-

nas excusas, y diciendo, que se escogiesen doce per-

sonas de las que estaban en el Cabildo, y que se echa-

sen suertes cuáles dos irían, y que si á él le cupiese la

suerte iría y no de otra manera. Y queriéndose así hacer,

se atravesó un Luis Sánchez, mercader (hombre rico y

amigo de Andrés Ariza) y le rogó aceptase ser mensa-

jero, dando muestras que si á él le fuera mandado lo

hiciera, para que aquel negocio no viniese en rompimien-

11

162

HISTORIA DEL PERÚ

to. Porque (como está dicho) todos aquellos á quien to-

caba interese en el trato del Perú, y allá tenían haciendas,

temían como su propia muerte la contradicción y repug-

nancia del Capitán y el romper de hecho con él, y como

la intención de Pedro Casaos también (á lo que parecía)

fuese antes encaminada á conformidad (pudiéndose hacer

sin daño del pueblo) que no á resistencia ni batalla, cre-

yendo que venía mucha gente en los navios, viendo la

voluntad que Luis Sánchez mostraba en sus palabras, fué,

por él y por otras personas del Cabildo, mandado, que él,

en nombre de todos, fuese á los contrarios á llevar la car-

ta que ya estaba escrita.

Luego Luis Sánchez se partió á los navios, y los capi-

tanes que para la defensa fueron nombrados, se quedaron

aprestando la gente, para que, si viniese á términos de

pelea, no les tomase desapercibidos, aunque pocos lo

tenían en voluntad. Luis Sánchez dio su mensaje y carta,

y de ahí á dos días dio vuelta, con respuesta y carta de

Bachicao, en que decía, que él no venía para hacer daño

en aquella tierra, sino á servir á su Magestad y á todos

los de aquel reino, y á echar en tierra los procuradores

que iban á España con despachos de Gonzalo Pizarro,

como Gobernador, y del Audiencia y cabildos del Perú.

Y para que les constase ser así, y Gonzalo Pizarro ser

Gobernador por la Real Audiencia, que para ello él en-

viaba el traslado signado de su provisión, con otras enga-

ñosas ofertas y palabras fingidas, que en su carta se con-

tenían, para atraer al pueblo y los que le mandaban al

consentimiento de su entrada, como hombre en todas mal-

dades experto; sobre lo cual, asimismo, escribió el doc-

tor Tejada, como oidor de la Audiencia del Perú, afirman-

do lo mismo que Bachicao. Vistas, pues, estas cartas por

Pedro de Casaos, juntamente con la relación que dio Luis

Sánchez, que dijo haberle parecido venir en los navios

más de trescientos hombres y los más arcabuceros, y que {

venía un oidor de la Audiencia, acordó que entrasen sin

resistencia, diciendo que no quería poner el negocio en

condición ni la tierra en peligro. Lo cual fué muy contra

el parecer y opinión de los capitanes y de los vecinos que

HISTORIA DEL PERÚ

163

lo habían contradicho, adevinando el daño que de ello ha-

bía de suceder y sujeción de la tierra; pareciéndoles cosa

grave, que, habiendo sido preso y desterrado una persona

como el Virrey, hubiesen de recibir gente de la parciali-

dad contraria, y no se teniendo por seguros en el pueblo,

acordaron ponerse en cobro, antes que en el pueblo en-

trasen. Juan de Yllanes se metió en la mar, en su navio,

con pocos marineros y menos aderezo, y, á vista de los

navios contrarios, se salió del puerto y se fué en busca

del Virrey, y en Quito se ayuntó coné 1; el capitán Juan

de Guzmán se fué á una estancia apartada, do había buen

aparejo de se esconder, y los otros capitanes y vecinos ya

nombrados, y Pero Méndez (que había sido secretario del

Audiencia) se fueron á la villa de Nata (treinta leguas de

allí), donde estuvieron hasta que Bachicao se fué y quedó

la tierra en su libertad.

Dado, pues, el mensaje á Bachicao para su entrada,

prometió que no haría mal ni daño alguno su gente,

y que en echando los procuradores en tierra, y prove-

yéndose de cosas necesarias del pueblo, hasta en can-

tidad de cien mil castellanos que él y su gente traían

para gastar, se volvería luego al Perú; y como con sus

navios guiase al puerto, y un navio de los de Panamá

se hiciese á la vela, envió Bachicao su bergantín tras él,

'el cual, no queriendo amainar, fué combatido y rendido,

y al maestre y contramaestre los ahorcó de la entena,

y así los metió por el puerto; lo cual causó grande escán-

I dalo y alboroto en el pueblo, porque entendieron cuan

diferente intento traía de lo que había mostrado y se había

[ofrecido. Y cierto que les pesó mucho, por no se haber

Ipuesto en defensa, y si para ello no fuera ya tarde, de

^voluntad lo hicieran. Finalmente, Bachicao desembarcó

■oda su gente, que serían ciento y sesenta hombres, sol-

idados, maestres, marineros y grumetes (que de todos qui-

so hacer aparato y muestra), en que podrían haber sesen-

| ta arcabuces, y saltó en la playa, poco arriba del puerto

que llaman Viejo, de donde fué en su orden y puestos á

punto los arcabuces, temiendo no le tuviesen puesta al-

guna celada. Así entró por la ciudad y se aposentó en las

164

HISTORIA DEL PERÚ

casas de Andrés de Ariza, y la gente por las casas del pue-

blo, donde estuvo pacíficamente dos ó tres días sin hacer

molestias á ninguna persona, entendiendo en visitaciones

y haciéndose muy afable á todos. Esto, mientras se infor-

maba quiénes eran los mercaderes más ricos y los vecinos

que tenían mejores caballos y preseas, y quién se había

mostrado.servidor de Gonzalo Pizarro y quién no. Des-

pués de lo cual, y siendo bien informado, luego se apo-

deró del artillería que el capitán Juan de Guzmán había

juntado para llevar al Virrey, y pidió empréstidos de dine-

ros y mercaderías fiadas, y comenzó á visitar tiendas de

mercaderes bien acompañado de arcabuceros, que, con

mechas encendidas, parecía que estaban amenazando

mientras el pedía alguna cosa, para que no le fuese nega-

da. Y así de unos sacaba dinero, y de otros mercaderías y

caballos y otras cosas que cohechaba, porque el pedir era

en su mano y el negar en la de ninguno. Desta suerte,

tenía atemorizado el pueblo, que ni había otra justicia

ni otro ejecutor ni á quien temer, porque la justicia que

estaba puesta por su Magestad, no servía para más, en

esta coyuntura, de tener el nombre, y estaban por el con-

siguiente las leyes sin vigor ni fuerza alguna, y todo se

sufría y disimulaba porque no viniese á peor estado. De

manera que cada día crecía el daño y ensanchaba la sobe-

ranía de este malvado, hinchado con la vanagloria de su

prosperidad y de la obediencia que todos le tenían, que

le incitaban á mil desatinos y locuras y palabras vanas,

en tanto, que se atrevió á escribir cartas á la Magestad del

Emperador, con razones hinchadas y presuntuosas, las

cuales él mostraba con grande arrogancia y leía á perso-

nas que él creía ser de su bando; lo cual, no se pudiendo

ya sufrir ni tolerar, algunas personas se conjuraron dej

matarle, siendo en este concierto, Pedro de Pena y los cal

pitanes Bartolomé Pérez y Hernando de Santillana y Anl

tonio Fernández y otras personas. Mas dilatóse entri

ellos, hasta que dieron parte del negocio á Marmolejo, su

alférez, el cual, siendo persuadido por Francisco Cajero,

amigo suyo, que también era alférez, otorgó de ser en el

concierto y descubrió el secreto á Hernando Bachicao; y

HISTORIA DEL PERÚ 165

aquel mismo día mañosamente, Bachicao prendió á Bar-

tolomé Pérez y á Antonio Fernández y á Francisco Caje-

ro, y dentro de una hora les hizo dar garrote y puso en

sendos palos; é hizo poner á cada uno en los pies un rótu-

lo que decía: Por traidor.

Había en esta sazón enviado Bachicao al capitán Oje-

da con algunos arcabuceros, para que prendiese al capi-

tán Santillana, al cual halló en la iglesia oyendo misa, y

por ruego de muchas personas difirió de llevarle por buen

rato, á cuya causa, interviniendo personas de calidad, y

resfriada la furiosa ira de Bachicao con la desastrosa

muerte de los tres, reservó la vida al capitán Santillana

y á Hernán Pérez, hermano del capitán Bartolomé Pérez,

que también estaba preso, y en denuesto de la honra de

los muertos capitanes, hizo arrastrar sus banderas, como

si no fuera trofeo de su lealtad. Con lo cual todos queda-

ron tan temerosos y escandalizados, cuanto la calidad del

caso les obligaba, no teniendo remedio por ninguna vía

para echar de sí tan dura y pesada carga de sujeción, por

estar este capitán del todo apoderado en la tierra, y tener

ya consigo más de cuatrocientos soldados. Porque de los

que halló en la ciudad para enviar al Virrey y de los que

venían de España, todos los había juntado á sí con gran-

des ofrecimientos que les hacía, dándoles alguna parte de

lo que robaba y cohechaba.

Al tiempo que llegó Bachicao estaban en Panamá el

licenciado Vaca de Castro, Diego Alvarez Cueto y Jeró-

nimo Zurbano, los cuales, por su venida, se fueron con

presteza al Nombre de Dios y se embarcaron para España;

el doctor Tejada y Maldonado, también se embarcaron

luego en la mar del Norte, y todos fueron siguiendo su

viaje.

CAPÍTULO XXXII

De los trabajos que pasó el Virrey de Túmbez d Quito y la

manera cómo fué recibido, y cómo Vela Núñez sabiendo

haberse retirado el Virrey se vino la vuelta de Quito, y de

lo que el Virrey hizo y proveyó para la guerra.

Entra el Virrey en Quito y recíbenle con cerimonia.—Lo que hizo y or-

denó el Virrey en Quito.—Vienen á Quito íñigo Cardo y Pero

Vello y otros.-Llega á Quito Juan Ruiz con algunos soldados y

mándale volver el Virrey.—Envía provisión el Virrey al capitán

Juan Cabrera.—Pártese Vela Núñez para Quito.—Viene Francisco

Hernández Girón á servir al Virrey y hácele su capitán.

Después que Blasco Núñez Vela, por la venida de Ba-

chicao, se retiró á Túmbez, fué caminando con los que le

quisieron seguir la vuelta de Quito (que son más de cien

leguas) sufriendo mucha hambre, trabajos y necesidades,

y aun harto peligro de la vida por haber indios alzados y

de guerra y, al tiempo de entrar en Quito, fué recibido

alegremente en la ciudad, y los Alcaldes y Regidores le

metieron con palio y la clerecía salió en procesión. Fuéle

tomado juramento que les guardaría sus libertades y fran-

quezas, y juró que lo haría, guardando lo que por su Ma-

gestad le era mandado. Luego procuró poner guardas y

espías por los caminos para saber lo que Gonzalo Pizarro

hacía, puesto que dé Quito á los Reyes hay más de tres-

\

\

168 HISTORIA DEL PERÚ

cientas leguas; asimismo, envió mandado y provisiones

por toda la comarca para que allí le acudiesen, y luego

mandó hacer pólvora, arcabuces, picas y otras armas y

cosas para la guerra.

Vinieron á Quito en esta sazón Iñigo Cardo y Pero

Vello con otros tres soldados, que eran los que de Gon-

zalo Pizarro se habían huido con el barco, los cuales

dijeron al Virrey que Gonzalo Pizarro estaba tan mal

quisto con los vecinos, que cualquiera que tomase la

voz de su Magestad todos les seguirían, con lo cual, y

otras muchas cosas que estos le dijeron, se animó y pro-

puso de salir de allí contra Gonzalo Pizarro. Llegó á este

tiempo el capitán Juan Ruiz (que el Virrey había enviado

de Túmbez á la gobernación de Popayán) y trajo algunos

soldados y armas, y dio relación cómo el Gobernador y

vecinos tenían afición á Gonzalo Pizarro por causa de las

ordenanzas, por lo cual el Virrey le mandó volver allá

con nuevas provisiones, haciendo llamamiento general

para el gobernador don Sebastián Benalcázar y todos los

cabildos y vecinos de la gobernación. Llegó también Car-

los de Salazar, con cartas del capitán Juan Cabrera en res-

puesta de lo que el Virrey le había escrito de Túmbez, el

cual iba al descubrimiento del Dorado, y decía, que en-

viándole comisión y poderes bastantes para tomar de la

caja del Rey, y de los vecinos los pesos de oro necesarios

para el proveimiento de su gente, que él saldría de su con-

quista para le servir, y que, demás desto, le prometiese

la entrada y descubrimiento de Diego de Rojas, que al

presente se tenía por muy buena. Todo lo cual el Virrey

le otorgó y envió su provisión despachada por Audiencia.

En este tiempo Vela Núñez estaba en Motupe, y luego

que supo haberse retirado su hermano de Túmbez, se par-

tió para Quito, subiendo por la tierra para salir á Tome

Bamba y á los indios Cañares, pasando no menos traba-

jos y necesidad que el Virrey hasta llegar á Río Bamba y

Luisa (veinte y dos leguas de Quito), donde se alojó hasta

saber lo que el Virrey mandaba. Había escrito el Virrey

desde Túmbez á Francisco Hernández Girón (que era Al-

calde ordinario de la villa de Pasto) para que le viniese á

HISTORIA DEL PERÚ 169

servir, el cual, habiendo juntado algunos soldados, se vino

á Quito. Informado el Virrey de su persona, y que era

servidor de su Magestad, le hizo su capitán de infantería,

y Francisco Hernández le sirvió lealmente, aunque des-

pués fué tirano y se reveló en el Perú contra el Rey.

I

CAPÍTULO XXXIII

Cómo el Virrey sabiendo que los capitanes de Pizarro ha-

bían muerto al capitán Pereira y tomado la gente, salló de

Quito y dló sobre ellos y les tomó mucha gente, y cómo

murieron Hernando Alvarado y Gonzalo Diez, y el Virrey

se fué á Piurá.

Tres capitanes de Pizarro salen al capitán Pereira y degüéllanle y redu-

cen la gente á Pizarro.—Sale el Virrey de Quito en busca de los tres

capitanes de Pizarro.—Da el Virrey sobre los capitanes y rinde la

gente y huyen los capitanes.—Matan á Alvarado los indios y la

hambre á Gonzalo Diez.—Perdona el Virrey los rendidos.—Per-

suaden al Virrey que vaya á Piurá á castigar los vecinos.—Plática

que hizo el Virrey á su gente.—Avisa el Virrey á Piurá de su ve-

nida y húyense los vecinos.—Los que se quedaron en Piurá.—Con-

sideración de la desgracia y mala fortuna del Virrey.

Estando Blasco Núñez Vela en San Francisco de

Quito de la manera que hemos dicho, y teniendo ya con-

sigo cuatrocientos hombres medianamente aderezados,

viniéronle nuevas cómo los capitanes Jerónimo de Ville-

gas, Gonzalo Diez y Hernando de Alvarado habían sal-

teado y muerto al capitán Pereira, que el Virrey había en-

viado por socorro á los Bracamoros, y que le habían to-

mado la gente que traía; porque es así, que, estando estos

capitanes de Gonzalo Pizarro en Colique (cuarenta leguas

172

HISTORIA DEL PERÚ

de Piurá), supieron como venía este Capitán del Virrey

con hasta sesenta de caballo, y echadas sus espías, salie-

ron al camino por donde venían, y una noche tomaron

sus centinelas, y hallándolas durmiendo y descuidadas,

degollaron al capitán Pereira y otros dos de los principa-

les, y redujeron la gente al servicio de Gonzalo Pizarro.

Sabido, pues, esto por el Virrey, fué grandísimo el pesar

que dello sintió, y aunque era la jornada larga, deter-

minó salir de Quito en busca destos capitanes, sin aguar-

dar ni esperar el socorro que esperaba del capitán Juan

de Guzmán, que era ido á Panamá, y del capitán Juan

de Yllanes, que de Quito había tornado á enviar, y otros

socorros que le habían de venir; y con esta determi-

nación, se comenzó á apercibir para subir á Piurá con

intento que, llegado allí, haría lo que el tiempo le diese

lugar y Dios le encaminase, incitándole para esta acele-

rada partida la nueva destos capitanes, y que le certifi-

caron que le tenían ocupado el camino de la tierra, para

le estorbar el paso del Cuzco, por donde tenían entendido

que el Virrey había de subir.

Puesto, pues, á punto con sus capitanes, que eran:

de gente de caballo, don Alonso de Montemayor y Ro-

drigo de Ocampo, que era también maestre de campo,

y de arcabuceros Jerónimo de la Serna y Gaspar Gil, y

de infantería Francisco Hernández Girón, y Juan Pérez

de Vergara, y Diego de Ocampo, y Vela Núñez su her-

mano, que ya era venido por General, y alférez general

Alonso de Lerma, y Andrés de Sayavedra sargento ma-

yor, comenzó su jornada, por el mismo camino que le

habían dicho estar ocupado, con grandísimo trabajo suyo

y de toda la gente, por ser el tiempo en el riñon del in-

vierno y haber grandes y caudalosos ríos de grandes co-

rrientes y ciénagas; y viniendo en demanda destos ca-

pitanes hasta el asiento de Ayabaca, sin tener dellos

alguna noticia, allí tuvo lengua que estaban en otra pro-

vincia llamada Cajas, para donde luego el Virrey hizo ca-

minar su gente, con voluntad y deseo de les haber á las

manos. Empero, llegados allí y no los hallando (porque ya

se habían partido de aquellos Tambos donde algunos

HISTORIA DEL PERÚ

173

días habían estado) asentaron su real, y á deshora y de

improviso, vinieron á dar con ellos cinco arcabuceros de

los capitanes que eran corredores, los cuales de su vo-

luntad se vinieron al Virrey y le dieron aviso cómo los

capitanes estaban en Chinchachará, nueve leguas de

aquel sitio, para donde el Virrey mandó luego apresura-

damente caminar. Y tomándoles descuidados, por pensar

que los corredores (que ya estaban con el Virrey) les ase-

guraban el sueño, antes de amanecer dio tan súbita y

arrebatadamente sobre ellos, que antes de que advirtiesen

ni pudiesen tomar armas ni hacer resistencia, rindieron la

mayor parte de la gente y se tomó casi todo el fardaje de

su campo. Empero los capitanes, entre la revuelta y prie-

sa del rendir, con grande peligro y riesgo, se huyeron y

metieron dentro de la montaña y sierras, cada uno por su

parte, donde á Hernando de Alvarado le mataron los in-

dios, y Gonzalo Diez murió de la hambre y trabajo que

padeció; Jerónimo de Villegas con algunos soldados, se

huyó la tierra adelante hacia Trujillo por do se escapó

con harío peligro. El Virrey usó de piedad con los rendi-

dos, procurando atraerlos á sí.

Luego que esto hubo acaecido, fué persuadido de

algunos de sus capitanes y soldados, que á la hora se

partiesen á tomar á Piurá (que estaba siete leguas de

aquel asiento de Chinchachará), para satisfacerse el Vi-

rrey y hacer justicia de los vecinos de aquella ciudad,

que, con mucha desvergüenza y desacato de su persona,

habían recibido por Gobernador á Gonzalo Pizarro, es-

tando el Virrey en Túmbez, término de la ciudad de San

Miguel. Oído por el Virrey les habló de esta manera:

"Bien veo, señores, que conforme al término y leyes de

ia guerra, y aun conforme á lo que merecen los vecinos*

de San Miguel, convenía mucho, para que ninguno se

escapase, tomar el camino con mucha celeridad, y, antes

que tuviesen aviso, apoderarnos de sus personas y hacien-

das, y hacer un castigo, con que-en el Perú se comen-

zase á entender que la parte del Rey no está tan sin

fuerzas que deje de hacer castigo en los delincuentes.

Pero como en este caso, yo tenga en más lo que conviene

174

HISTORIA DEL PERÚ

á la conservación de estos reinos, y á la rectitud y benig-

nidad con que la parte justa que seguimos se debe seña-

lar, que no el apetito de venganza y mis particulares inju-

rias, he determinado ir muy despacio á la ciudad de San

Miguel, y hacerles primero saber nuestra venida y victo-.

ria, para que el vecino que tuviere en su ánimo el servicio

del Rey se conozca su buena intención esperándonos allí

y declarándose en nuestra amistad, y el que tuviere lo

contrario, ausentándose, quede convencido, para que,

volviendo á nuestras manos, no pueda decir que mi sú-

bita venida y no entender mi intención, le hizo apartarse

de mí„.

Habiendo, pues, el Virrey dicho tales palabras, fué ca-

minando poco á poco la vuelta de Piurá, avisándoles de

su venida. Empero no halló el pueblo tan poblado de gen-

te ni de lealtad como pensó, porque, en sabiendo su veni-

da, los más vecinos se fueron á Gonzalo Pizarro, de quien

ya estaban prendados con el engaño y ceguera de toda

la tierra debajo el particular interese que á los señores de

indios tocaba. Quedaron solamente en la ciudad Juan de

Escobedo, Lucena y Farfán, y después de entrado el

Virrey acudió Bernaldo de Quirós, que hospedó al Virrey

en su casa, do fué bien servido de todo lo necesario. Pué-

dese bien considerar que Blasco Núñez Vela fué tan des-

graciado y de mala fortuna en el Perú, en todos sus desig-

nios y consejos, que todo aquello en que se determinaba

fué su destrucción y ruina, y una de las cosas en que pa-

reció es, que teniendo de Chinchachará el camino de la

sierra seguro y muy bastante para ir á ponerse en el asien-

to de Caxamalca ó el del Cuzco ó de cualquiera otra parte

donde hallara cantidad de gente que luego se le juntara,

con que se pudiera entretener, y de esta suerte se puede

presumir que el negocio de Pizarro no fuera durable ni

firme, así porque el atrevimiento de los que se desver-

güenzan contra su Rey de sí mismo amenaza caída y per-

dición, como porque Pizarro no tenía la facultad y posi-

bilidad que se requiere para cumplir con la gente del Perú,

que siempre fué amiga de sus intereses, y las mercedes

del Rey son firmes y honrosas y así mucho más se pre-

HISTORIA DEL PERÚ

175

tenden, tomó el de Piurá, donde llegado, se detuvo más

de lo que fuera menester, que no sólo fué causa que Gon-

zalo Pizarro le viniese á buscar con gran pujanza de gen-

te; empero, por ser lugar malsano, enfermáronlos más de

los suyos.

CAPÍTULO XXXIV

Cómo Gonzalo Pizarro salió con sn ejercito de Lima y se fué

á Trujillo, y de las cosas que hizo y proveyó en su partida,

y cómo un soldado de Gonzalo Pizarro se pasó al Virrey

para matarle, y de las soberbias locuras y desatinos que los

capitanes de Gonzalo Pizarro trataban y decían.

Tiene noticia Pizarro del desbarato de sus capitanes y determínase ir á

resistir al Virrey.—Envía Pizarro á llamar á Hernando Bachicao y

hace reseña y paga.—Procura Pizarro que los Oidores le requie-

ran que vaya contra el Virrey.—Primera, segunda y tercera provi-

sión.—No quiere Zarate firmar las provisiones.—Va Gonzalo Piza-

rro con Carvajal para que Zarate firme las provisiones y no quiere

firmallas, y da notable disculpa para no hacerlo.—Por qué causa

dejó Pizarro de matar al licenciado Zarate.—Dicen desatinos los de

Pizarro.—Arguye Cepeda que todos los reinos y la nobleza descien-

de de tiranía.—Dicho de Francisco de Carvajal.—Armas de Gonzalo

Pizarro: una corona encima de una P.—Quiere quemar Carvajal las

armas reales.—Quita las armas del brasero Luis de Almao, y quié-

rele ahorcar Carvajal.,—Procura Pizarro que todos los principales

vecinos vayan con él.—Manda que Lorenzo de Aldana quede por

Gobernador en Lima, y lleva consigo el sello Real.—Embarcase

Gonzalo Pizarro.—Desembarca Pizarro en Santa y va por tierra á

Trujillo.—Ofrécese Olivera á Pizarro de matar al Virrey.—Pártese

Olivera á Piurá con licencia de Pizarro.—Da avisos Olivera al Vi-

rrey por encubrir su maldad.—Dios es justo juez.

Tenía Gonzalo Pizarro en esta sazón puestas guardas

y espías por todas partes, para efecto de tener aviso de

cualquier cosa que sucediese, y así, no mucho después

del desbarato destos sus Capitanes, tuvo noticia de

su mal suceso, y cómo al Virrey se le iban juntando

178

HISTORIA DEL PERÚ

gente, armas y caballos, así de los que venían de España

como de los vecinos y soldados de la tierra; por lo cual,

entendiendo no le ser cosa segura estar en Lima tan des-

cuidado, acordó y determinó dejar las fiestas y pasatiem-

pos en que estaba, é ir á resistir al Virrey, y defenderle la

subida y el juntar de la gente, queriendo antes prevenir

que ser prevenido, mostrando á la tierra su pujanza para

que, los que estaban inclinados á su intención, viéndole

estar quedo en Lima, no le tuviesen en poco y se desani-

masen, y, por el consiguiente, pusiesen temor en sus con-

trarios. Y así, con tal intento y presupuesto, determinó

juntar su ejército para ir á desbaratar al Virrey y darle ba-

talla, si esperarle quisiese, y envió á Panamá por Her-

nando Bachicao, para que se juntase con él, y luego

nombró de nuevo sus capitanes, é hizo paga y comenzó á

enviar por delante los caballos y otras cosas; y, habiendo

hecho reseña, halló que tenía más de quinientos y cincuen-

ta hombres bien aderezados, y los más de caballo. Empe-

ro, para más justificar su viaje, procuró Gonzalo Pizarro

que los Oidores le requiriesen, que, por cuanto el Virrey

andaba robando y alterando la tierra, que él fuese á echar-

le fuera del reino y castigarle, y, para esto, daba el licen-

ciado Cepeda la orden que se debía tener, y, para tal

efecto, se ordenaron tres provisiones para que por au-

diencia se despachasen: la una, para que Gonzalo Pizarro

fuese con gente de guerra para echar al Virrey de la tierra

y todos le obedeciesen y ayudasen, y pudiendo el Virrey

ser habido, le prendiesen ó matasen; la segunda, para

que se echase empréstito por todo el reino de dos-

cientos mil castellanos; era la tercera, para que Pedro de

Puelles pudiese entrar con gente de guerra en la gober-

nación de Benalcázar y tomarla.

Hechas, pues, estas provisiones, firmólas el licenciado

Cepeda y mandó que el capitán Pedro de Puelles las fue-

se á firmar del licenciado Zarate. Pedro de Puelles se las

llevó, y no pudiendo acabar que las firmase se salió, lla-

mándole de viejo loco. Por lo cual, Gonzalo Pizarro

fué en persona con Francisco de Carvajal á su casa,

y habiéndole mandado, y aun rogado ahincadamente, que

HISTORIA DEL PERÚ

179

las firmase, jamás lo quiso hacer, diciendo, que no eran

aquellas cosas para hacerlas él ni tenía poder para ha-

cerlo, y que era contra el juramento que había hecho,

y que puesto caso que el licenciado Cepeda lo hacía y

ordenaba, bien entendía el poco valor que tenía, y que

lo hacía solamente por sustentar lo que había comenza-

do; por tanto, que suplicaba á su señoría no se lo man-

dase, porque no lo había de hacer aunque le cortasen

la cabeza, porque sería gran traición y aleve hacer tal

cosa, llevando como llevaba salario del Rey, y que, pues

por ello el Rey justamente le había de cortar la cabeza,

quería más bien que él se la quitase, sustentando su

honra y fama y de sus hijos. Estas y otras cosas que dijo

Zarate, escandalizaron mucho á Gonzalo Pizarro, y túvo-

se por cierto que luego le mandara cortar la cabeza, y si

Gonzalo Pizarro lo dejó de hacer, fué por no escandalizar

la gente, y porque en este tiempo pretendía justificar su

negocio; de manera que las tres provisiones quedaron so-

lamente firmadas por el licenciado Cepeda, y, sólo con su

firma, quiso Gonzalo Pizarro echar en ellas el sello Real,

mas después no se usó de alguna de ellas.

Llegó en esta sazón á Lima un bergantín de Arequipa,

con cien mil castellanos para Gonzalo Pizarro, con lo cual

I y otras cosas, estaba Pizarro y su gente tan soberbios, que

decían locuras y desatinos y aun blasfemias en su opinión,

i en tanto, que algunos decían á Gonzalo Pizarro que se co-

L roñase é intitulase Rey. Argüía Cepeda, que, de su princi-

I pió y origen, todos los reyes descendían de tiranía, y que

así la nobleza tenía principio de Caín y la gente plebeya

del justo Abel, y que esto claro se veía y mostraba por los

blasones é insignias de las armas, por los dragones, sier-

I pes, fuegos, espadas, cabezas cortadas y otras tristes y

crueles insignias, que en las armas de los nobles se ponían

y figuraban. Aprobaba mucho esto Francisco de Carvajal,

y discantaba diciendo, que se viese también el testamen-

to de Adán, para ver si mandaba el Perú al emperador don

Carlos ó á los Reyes de Castilla. Todo lo cual oía Gonza-

1 lo Pizarro de buena gana, puesto que con palabras tibias

lo disimulaba. Había Francisco de Carvajal quitado las

180

HISTORIA DEL PERÚ

armas reales del estandarte, para poner en su lugar las

armas de Gonzalo Pizarro, que ya él había inventado, que

eran una corona encima de una P, y las armas reales

echólas en un brasero que estaba en la cámara, y salióse

fuera con el estandarte, y un paje de Gonzalo Pizarro,

que se llamaba Luis de Almao, en saliéndose Carvajal,

quitó las armas del brasero porque no se quemasen, y,

apagando el fuego que habían cobrado, las guardó. Vol-

viendo, pues, Carvajal, y no hallando las armas quemadas,

y visto que no había otra persona dentro de la cámara sino

Luis de Almao, tomólo con grandísima ira por los cabe-

llos y sacóle arrastrando, jurando por vida del Goberna-

dor que le había de ahorcar, y de hecho lo hiciera, si á la

sazón no saliera Gonzalo Pizarro y se lo estorbara; y por

esta causa, aunque por sentencia, después del desbarato y

castigo de Gonzalo Pizarro, Almao fué dado por traidor,

no se condenó en más pena de que sirviese de soldado en

las galeras seis años á su costa.

Volviendo, pues, al propósito de la historia, procuró

y mandó Pizarro, que los más principales vecinos fuesen

con él y le siguiesen, por hacerlos culpados y que ellos

mismos se prendasen; y así fueron con él: Pedro de

Hinojosa, Pablo de Meneses, Juan de Acosta, Cristóbal

Pizarro, Basco Suárez, Garci Martínez, Diego Maldona-

do el rico, Lucas Martínez, Pedro de los Ríos, Garci-

laso de la Vega, Martín de Robles, Juan de Süvera,

el licenciado Carvajal, García de Herrezuelo, Antonio

de Quiñones, Juan Diez, los licenciados Cepeda, León,

Rodrigo Niño, y otros muchos vecinos de todos los pue-

blos del Perú. Ordenó y mandó que Lorenzo de Alda-

na quedase en Lima por su Gobernador y Lugarteniente,

con sesenta soldados para guarda y seguro de la ciudad;

mandó también que el sello Real se llevase. Lo cual,

como hubo hecho, se embarcó en un bergantín, por el

mes de Marzo del año de cuarenta y cinco, y juntamente

con él, el licenciado Cepeda, el contador Juan de Cáceres,

Blas de Soto su hermano, Pedro de Hinojosa y otras per-

sonas principales y aliados suyos, llevando en dos na-

vios mucho número de arcabuces, y picas, y otras muni-

HISTORIA DEL PERÚ

181

dones y aderezos de guerra. Y con la ida del licenciado

Cepeda, se cumplió el deseo de Pizarro de deshacer el Au-

diencia, por razón que ya en Lima no quedaba Oidor al-

guno sino Zarate, de quien hacía poca cuenta, así por estar

siempre enfermo como por estar Blas de Soto su herma-

no, casado con una hija del Zarate, puesto que este casa-

miento se había hecho contra la voluntad del padre, mas

con todo eso, todavía por consejo de Cepeda y de Carva-

jal, quiso llevar consigo el sello Real.

Fué Gonzalo Pizarro por mar hasta Santa, y allí se des-

embarcó y fué por tierra camino de Trujillo, para de allí,

salir al camino y oponerse al Virrey do quiera que estuvie-

se. Empero, con toda esta pujanza que llevaba, ofreciéndo-

sele en el camino un atrevido y desleal soldado (que había

sido paje del Virrey) llamado Olivera, mancebo bien dis-

puesto y animoso, de quitar la vida por sola su industria

al perseguido Virrey, se dijo, no sólo haber consentido en

ello Gonzalo Pizarro, más haberle ofrecido grandísimo

premio por ello, puesto que algunos fueron de opinión

contraria. Empero, entrado Pizarro enTrujillo (donde tuvo

la pascua) el infernal mozo, tomando del licencia, se fué

la vuelta de Piurá (donde ya se sabía que el Virrey estaba)

y llegado á la presencia de aquel á quien había de quitar

la vida, le significó haberse huido de Gonzalo Pizarro, para

le servir; y para encubrir mejor su diabólico intento, dio

avisos al Virrey de algunas cosas, haciendo grandes salvas

y ofrecimientos de lealtad, del cual fué grata y amorosa-

mente recibido, y le puso en su corazón y ánimo en lugar

de los más confiados y principales que consigo tenía, y,

como tal, le comunicaba y trataba, y, por el consiguiente,

lo era de todos sus capitanes y soldados. Mas como Dios

Nuestro Señor es justo juez, no fué servido ni permitió,

que, siendo el viejo Virrey tan leal á su Príncipe, padecie-

se muerte de tanta bajeza, y así este soldado, aquí en

Piurá ni en todos los otros trances de los trabajosos alcan-

ces que se le dieron (de que se hará mención) jamás tuvo

osadía para ejecutar su maldad, hasta que, perdiendo la

vida, vino á pagar su pecado, como se dirá adelante en su

tiempo y lugar, por contar agora la muerte del capitán

182

HISTORIA DEL PERÚ

Francisco de Almendras, de donde procedieron y comen-

zaron los peligrosos alcances y trabajos del capitán Diego

Centeno, y muchas muertes y rencuentros que pasaron

entre él y los capitanes de Gonzalo Pizarro, porque en

esta sazón y tiempo sucedió.

CAPÍTULO XXXV

Cómo Diego Centeno y Lope de Mendoza, con otros sus

aliados, mataron en la villa de Plata al capitán Francisco

de Almendras, y Lope de Mendoza fué á tomar á Are-

quipa, y la provincia de los Charcas fué reducida al servi-

cio de su Magestad y Diego Centeno elegido por Capitán

general.

Trata Diego Centeno de matar á Francisco de Almendras.—Conjura-

ción con Diego Centeno para matar á Francisco de Almendras.—La

alteración algunas veces viene del daño y sombra del mal que ha

de suceder.—Prende Diego Centeno á Francisco de Almendras.—

Muerte de Francisco de Almendras. — Sale Centeno á prender á

Diego de Soria—Vuelve Centeno á la villa de Plata.—Quiere ir

Diego Centeno sobre la ciudad del Cuzco.—Nómbrase Diego Cente-

no por Capitán general.—Gasta liberalmente Diego Centeno.

Ya la historia hizo mención, cómo al tiempo que Gon-

zalo Pizarro nombró á Francisco de Almendras por Capi-

tán y teniente de los Charcas y de la villa de Plata, Diego

Centeno se subió con él; pues es así, que, como este ca-

pitán Diego Centeno viese crecer la parcialidad y poder

del tirano, y ensancharse losmales ydesasosiegos de la tie-

rra (de que también había cabido parte á aquella provincia)

y que Francisco de Almendras, so color de justicia (ó por

mejor decir, sin ella) había muerto á don Gómez de Luna

por haber sido servidor de su Magestad, siendo, pues, á

esta sazón, el capitán Diego Centeno alcalde ordinario de

la villa de Plata, y compañero suyo Alonso Pérez Casti-

184

HISTORIA DEL PERÚ

llejo, concibió en su pensamiento y trató con él, de matar

á Francisco de Almendras, pareciéndole que por esta vía

se podía dar principio á la libertad de aquellos reinos,

cortándose el hilo de la prosperidad de Gonzalo Pizarro

en servicio de Dios y de la corona Real, y que por ello se

ganaría título de lealtad, siendo autor del bien y sosiego

de la tierra, procurando para ello el favor y ayuda de los

amigos que en aquella provincia tenía (y aun los había

ayuntado así con este pensamiento) quesera el principal,

Lope de Mendoza, y Alonso de Camargo, Alonso Pérez

Esquivel, Diego Mazo de Alderete, Diego de Rivadeney-

ra, Francisco Hernández Hidalgo, Zambrano, Alonso de

la Cueva, y Luis de León, y otros algunos. Lo cual, ha-

biéndolo así considerado y tratado con Alonso Pérez Cas-

tillejo y los demás, y hallando voluntad y deseo en to-

dos de servir á su Magestad, fué determinado de lo poner

en ejecución, con muerte de Francisco de Almendras y

otros dos criados de Gonzalo Pizarro y de Hernando Pi-

zarro su hermano, llamados Hernando Coruete y Diego

Hernández; lo cual luego procuraron poner por obra, sin

aguardar otra más aparejada coyuntura que aquélla. Y

para lo efectuar, se encerraron todos en casa de Diego

Centeno para se armar y aderezar, y fué acordado entre

ellos repartirse en tres partes, para que la una diese sobre

Francisco de Almendras, y las dos sobre las otras dos ca-

sas, lo cual así se hizo, juntándose á la parte que había

de ir á Francisco de Almendras, el Diego Centeno y la

mayor fuerza de la gente como á cosa más principal.

Siendo, pues, así concertado, secreta y encubierta-

mente y sin manera de rumor ni bullicio, salieron de las

casas de Diego Centeno, de donde se repartieron, siendo

señalado Centeno para la prisión de Almendras, el cual,

entrado en las casas de su morada con los que le seguían,

tuvo lugar de ejecutar su intención sin alguna resistencia

ni escándalo, siéndole fortuna favorable en le aparejar la

hora y sazón, y la persona de Francisco de Almendras me-

nos acompañada de lo que de ordinario solía estar y aca-

bado de levantar de la cama; y entrado que fué en su apo-

sento, como Francisco de Almendras le vio así venir tan

HISTORIA DEL PERÚ

185

de mañana, recibiendo de ello alguna manera de alteración

(nacida del daño y sombra del mal que le habia de suce-

der) le dijo: "¿Qué es, señor Diego Centeno? ¿Qué hay

acá tan de mañana?,,. A lo cual Diego Centeno respondió:

"Malas nuevas, malas nuevas; que el Virrey tiene preso

á Gonzalo Pizarro en Quito,,. Lo cual diciendo, y lle-

gándose á él, le trastornó sobre la cama que estaba junto,

diciendo ¡viva el Rey!, y le hirió con una daga. A lo cual,

luego acudió la compañía que llevaba, con el mismo ape-

llido, y fué preso y llevado á casa de Diego Centeno, sien-

do luego traído, en pos del, el Diego Hernández (no se

pudiendo haber el Coruete); contra los cuales luego proce-

dió Alonso Pérez Castillejo, como alcalde y en nombre de

su Magestad, haciéndoles cargo: al Francisco de Almen-

dras, de Teniente y Capitán de Gonzalo Pizarro y de la

muerte de don Gómez de Luna, que por servidor de su

Magestad le había muerto, y de otras cosas y delitos, y á

Diego Hernández, de amigo y secuaz de Pizarro contra el

servicio de su Magestad. Y hechos los procesos breve-

mente les condenó á muerte, que luego les fué dada, cor-

tando á Francisco de Almendras la cabeza, y ahorcando á

Diego Hernández como persona de más baja condición. Y

antes de ejecutarse la sentencia, salió Diego Centeno la

vuelta de Porco á prender á Pedro de Soria, mayordomo de

Hernando Pizarro, por quitar de aquella provincia todas las

ocasiones, lo cual, por ser antes avisado, no pudo hacer;

empero aprovechó la ida de Diego Centeno en que se tra-

jo la gente que había, en aquellas minas, reducida al ser-

vicio de su Magestad, con que dio luego la vuelta y ha-

lló las sentencias ejecutadas.

Luego entraron en consulta para dar orden en lo

que se debía hacer, y fué acordado que Lope de Men-

doza saliese con alguna gente á correr el Collao y to-

mase á Arequipa, que luego se efectuó; lo cual, sabido

por Pedro de Fuentes, teniente y capitán de Gonzalo

Pizarro, desamparó el pueblo y se huyó, con algunos

que á su parcialidad y bando se ayuntaron, quedando

dentro los servidores de su Magestad. Diego Centeno

fué por otra parte con el resto de la gente, que serían

186

HISTORIA DEL PERÚ

cien hombres, la vuelta de Chicuito, para esperar allí á

Lope de Mendoza y juntar la más gente que pudiesen

para ir sobre la ciudad del Cuzco, que había sido su pri-

mera determinación, y estuvo algunos días esperando á

Lope de Mendoza, y no con poco temor (según la tar-

danza) de que le hubiese la ida sucedido mal. Empero,

como fué venido con tan buen despacho y alguna más

gente de la que había llevado, procuraron de juntar con-

sigo la más gente que por aquella comarca hubiese, y

hallaron que había en todos más de doscientos hombres,

con que confirmaron su primera intención, nombrando de

conformidad de todos por General á Diego Centeno, y por

Maestre de campo á Lope de Mendoza, y por Capitán á

Alonso Pérez Castillejo, y Sargento mayor á Hernán Nú-

ñez de Segura. Y, por causa de estar todos mal adereza-

dos de armas y otras cosas necesarias para la jornada, no

se pusieron luego en camino, antes acordaron estar allí

algunos días haciendo arcabuces, aderezando armas y

previniendo lo demás que les faltaba, poniendo guardas y

espías, para que, de lo acaecido, no se tuviese noticia en

el Cuzco; en todo lo cual gastó liberalmente Diego Cente-

no gran suma de plata de su propia hacienda en los gastos

y paga de la gente, gastando asimismo de la hacienda del

Rey, y ayudándole también algunos de los vecinos que

más posibilidad tenían. Empero, con todas las guardas y

recato que se tenía, no se pudo tener tan secreto este he-

cho (especialmente después que vino de Arequipa Lope

de Mendoza) que, por nuevas de indios, no se tuviese no-

ticia, así de la muerte de Francisco de Almendras, como

del aparejo de guerra que Diego Centeno hacía, y que la

provincia de los Charcas estaba ya reducida al servicio de

su Magestad.

CAPÍTULO XXXVI

Cómo sabiendo Alonso de Toro la muerte de Francisco de

Almendras salió del Cuzco contra Diego Centeno, y le si-

guió hasta la Villa de Plata, y se volvió al Cuzco, y Die-

go Centeno revolvió sobre él, y del movimiento que hubo

en la ciudad de los Reyes sabido este suceso.

Sabida la muerte de Francisco de Almendras Alonso de Toro se fué

al Cuzco y habla á los vecinos y regidores.—Hace gente Alonso de

Toro y nombra capitanes.y da paga.—Llega Alonso de Toro con

su gente á vista de los de Centeno.—Retráese Diego Centeno y va

Alonso de Toro en su seguimiento.—Vuélvese al Cuzco Alonso de

Toro.—Entra Centeno en la villa de Plata y da orden en hacer gen-

te y pertrechos de guerra.—Tratan algunos en Lima de juntarse con

Diego Centeno.—Dan relación á Lorenzo de Aldana de los que se

quieren ir con Centeno y Aldana disimula.

Estaba en esta sazón Alonso de Toro más de ochenta

leguas del Cuzco, en un paso que Gonzalo Pizarro le ha-

bía mandado guardar para que por allí el Virrey no subie-

se al Cuzco, el cual, teniendo noticia y relación de la

muerte de Francisco de Almendras, dio luego la vuelta á

i gran priesa, y, llegado que fué al Cuzco, juntó á los regi-

dores y vecinos, y les hizo un largo razonamiento, refirien-

do lo que en la villa de Plata Diego Centeno había hecho,

exagerando el negocio y justificando la causa y goberna-

ción de Gonzalo Pizarro, persuadiéndolos á que luego sa-

liesen para lo castigar, lo cual fué así por todos acorda-

do, y, para mayor justificación, se escribió en el libro del

I acuerdo del Cabildo.

Luego comenzó Alonso de Toro á hacer gente y

nombrar capitanes y hacer paga intitulándose Capitán

general, y habiendo juntado trescientos hombres, salió

1S8

HISTORIA DEL PERÚ

con ellos de la ciudad é hizo alto en Urcos (seis leguas

del Cuzco), esperando allí para saber lo que Diego Cen-

teno hacía; empero, como los indios ayudaban á Cen-

teno, estaba el camino tan cerrado que en más de vein-

te días que allí estuvo no lo pudo saber; de manera,

que, sin saber cosa alguna, alzó su real y se fué la vuelta

de Chicuito (pueblo del Rey) y estando ya cerca los unos

de los otros, y queriéndose dar batalla, los de Diego Cen-

teno acordaron retraerse por respetos á que tuvieron con-

sideración no convenir poner el negocio en aventura, por-

que les pareció ser necesario que el Rey tuviese gente en

la tierra para lo que se le ofreciese. Y así, con este acuer-

do, se retiraron poco á poco, llevando consigo gran canti-

dad de comida, y los caciques y principales indios de la

provincia, más de cuarenta leguas de despoblado la tierra

adentro, hasta un sitio por donde el capitán Diego de Ro-

jas entró al río de la Plata, caminando siempre en su se-

guimiento Alonso de Toro hasta la villa de Plata, que

son ciento y ochenta leguas del Cuzco. Y entrado Alonso

de Toro en la villa, como la vio tan sola, y que no había

aparejo de comida para tener allí la gente, por estar los

caciques ausentes y la tierra alzada, acordó dejar el alcan-

ce, y volvióse al Cuzco, dejando en la villa de Plata al ca-

pitán Alonso de Mendoza con treinta hombres de los que

tenían mejores caballos, para que nadie de los suyos se

pudiese huir á Diego Centeno, y también, para efecto que,

si Diego Centeno revolviese, Alonso de Mendoza reco-

giese la gente y se fuese á juntar con él. Y como Diego

Centeno tenía de su mano los indios, fué luego avisado de

la vuelta de Alonso de Toro para el Cuzco, y creyendo

que se volvía por tener sospecha de la gente que llevaba,

mandó que Lope de Mendoza fuese luego, con cincuen-

ta hombres á la ligera, para que diese favor á los que se

le quisiesen pasar. Lope de Mendoza se partió luego, y

aunque Alonso de Toro era ya pasado, tomó de los de la

retaguardia alguna gente y armas, y volvióse hacia la vi-

lla de Plata sobre Alonso de Mendoza. El cual, como supo

la venida de Lope de Mendoza, se fué por otro camino

la vuelta del Cuzco.

HISTORIA DEL PERÚ

189

Llegado Diego Centeno á la Villa de Plata, determi-

nó estar de asiento en ella y hacer más arcabuces, y

otras armas y pertrechos de guerra, y dar orden para

juntar gente y dineros. Túvose muy en breve noticia des-

te suceso en la ciudad de los Reyes, y como allí hubie-

se soldados aficionados al Virrey, trataban públicamen-

te dello y de irse á juntar con Diego Centeno; y como

en este mismo tiempo llegaron también nuevas que.el Vi-

rrey se había retirado á Popayán, y que en él camino

había muerto á Rodrigo de Ocampo y otras personas prin-

cipales, por sospecha que dellos había tenido, los que

estaban en Lima de la parcialidad y mando de Gonzalo

Pizarro, quejáronse á Lorenzo de Aldana de aquellos que

habían publicado haberse de ir con Diego Centeno, di-

ciendo que se habían desvergonzado, y que por ello mere-

cían grave castigo. Lorenzo de Aldana disimuló con estos

lo mejor que pudo, y les dijo que tal cosa jamás había ve-

nido á su noticia, porque, si lo hubiera sabido, ya él lo

hubiera castigado. Finalmente, por el alcalde Pedro Mar-

tín de Secilia se prendieron algunas personas, y queriendo

de hecho dar tormento á algunos de los presos, Lorenzo

de Aldana, con buena maña que se dio, los sacó de don-

de estaban y los llevó á su casa, so color que estarían me-

jor guardados y más á recado, y no consintió proceder en

el negocio, y coloradamente á manera de destierro les dio

luego un navio para que se fuesen. De lo cual, el Alcal-

de y Regidor quedaron quejosos de Lorenzo de Aldana,

por haber así disimulado este negocio, y sobre ello escri-

bieron luego y dieron sus quejas á Gonzalo Pizarro. Lo

cual agora deja la historia, por contar lo que hizo Her-

nando Bachicao en Panamá antes que de allí se partiese.

CAPÍTULO XXXVII

Cómo el capitán Hernando Bachicao salió de la ciudad de "

Panamá y se embarcó para los reinos del Perú, y de las

cosas que allí hizo antes de su partida.

Ordena Bachicao de volverse al Perú.—Las cosas y desafueros que ha-

cía Bachicao en Panamá antes de su partida.—Embárcase Bachicao

con toda la gente y lo que había robado.

Ya en este tiempo, á Hernando Bachicao se le había

dado el mandado de Gonzalo Pizarro para que se juntase

con él, y estaba de camino para volverse al Perú, y anda-

ba con tanta diligencia y cuidado, que de día ni de noche

reposaba, ni aun dejaba reposar á nadie, tomando á los

unos y pidiendo á los otros, y no dejando armas, caballos,

ni otra cosa que bien le pareciese, que no la tomase, ni

casa de mercader que no cohechase, ni estancia que no

fuese á ranchear, y, finalmente, ninguno había á quien

mal no hiciese, en tanto, que á un reverendo padre, reli-

gioso y predicador de la Orden de San Francisco, llama-

do fray Luis de Oña, en su monasterio, con una caña le

dio por la cara y se la quebró en la cabeza, por sólo que

dijo que no sabía del guardián de la casa. Y asimismo,

habiendo en Panamá Gobernador y Alcaldes ordinarios

por su Magestad, por su propia autoridad hizo traer á la

vergüenza, caballero en un asno, un soldado de los del

Virrey, con voz de pregonero, que decía: "Esta es la justi-

192

HISTORIA DEL PERÚ

cia que manda hacer el ilustrísimo caballero y señor Gon-

zalo Pizarro, gobernador del Perú, á este hombre por

amotinador,,. No teniendo para lo hacer fundamento algu-

no, salvo que cualquier cosa á que su ira ó hinchazón le

persuadía ó inclinaba, lo ponía luego en ejecución. Lo

cual duró todo el tiempo que allí estuvo, y aun su parti-

da no fué menos peligrosa y llena de temor que su esta-

da; porque queriéndose ya partir por causa que Gómez de

Tapia (Alcalde de la ciudad) había, por su mandado,

hecho traer dos barcos, uno para ayuda de embarcar la

gente, y otro para embarcar su ropa y su amiga y otras

mujeres, porque este barco recibió algún revés, como

acaecer suele, aunque fué sin algún daño, comenzó Bachi-

cao á dar grandes voces, diciendo: "Mueran, traidores»;

y luego salieron muchos soldados que con él estaban,

con el mismo apellichp, y á muy gran priesa, fueron la calle

arriba á casa del Alcalde, que, verdaderamente, se pensó

que quería saquear el pueblo (que á todos puso en gran

rebato y temor) hasta que se entendió que iba con deter-

minación de matar al Alcalde, el cual, bien sin culpa, es-

taba descuidado á su puerta. Y si no fuera porque Arias

de Acevedo le dio aviso y se escondió, de hecho fuera

muerto. Al cual no hallando Bachicao, se volvió hacien-

do fieros, y se embarcó con toda la gente y robos que

había hecho, que fué por el mes de Marzo, año de cua-

renta y cinco, de que todos dieron muchas é infinitas gra-

cias á Dios por tan gran beneficio y merced, quedando el

pueblo tan sólo, maltratado y robado, que, verdaderamen-

te, parecía pueblo saqueado de moros ó desamparado por

pestilencia.

CAPÍTULO XXXVIII

Cómo Hernando Bachicao llegó al puerto de Manta con la

armada y escribió á Pizarro pidiéndole gratificación, y

cómo Gómez Estacio y otros se huyeron de Bachicao al Vi-

rrey, y la manera que para ello tuvieron.

Pretensión de Hernando Bachicao y cosas que decía.—Llega Bachicao

al puerto de Manta.—Hace mensajero Bachicao á Gonzalo Pizarro

y pide le haga Almirante de la mar y otras cosas.—Recibe Piza-

rro las cartas de Bachicao y otorga lo que pide.—Pide Bachicao

á Juan de Olmos una compañía que tiene de cien hombres y envía-

sela.—Francisco de Olmos y Gómez Estacio prenden al alguacil de

Bachicao y al capitán Ojeda y vánse al Virrey.—Váse Bachicao á

Túmbez.—Lo que algunos juzgaron de la huida de Francisco de

Olmos y Gómez Estacio y de los demás.

Salido Hernando Bachicao de Panamá, como está re-

ferido, llevó consigo todos los navios de mercaderías que

estaban cargados, y todos los soldados, y otras personas

que estaban esperando pasaje, en que llevaba quinientas

(personas, y ochenta tiros de artillería, y muchos caballos,

muías y ropa que habían comprado, robado y cohechado,

y fué guiando la vuelta del Perú, con pensamiento (á lo

que decía) que en llegando se había de intitular Conde,

[Duque ó Marqués. Y no parezca ser esto cosa fuera de

propósito, porque es cierto, que aún también publicaba

que había de ordenar clérigos y dar calongías y otras dig-

nidades y también títulos dello. Y así, muchas veces de-

cía que no reconocía otro Rey ni Papa sino á Gonzalo

Pizarro, y que, en llegando al Perú, le habia de coronar

13

194

HISTORIA DEL PERÚ

por Rey, lo cual juraba con juramentos y blasfemias

(como lo había de costumbre). Y otras veces, cuando ha-

blaba más humildemente, decía, que, por las cartas que

había él escrito á su Magestad, era cierto que daría luego

la gobernación á Gonzalo Pizarro, porque si no quería dar

la yegua le matarían el potro.

Llegó, pues, brevemente y con buena navegación al

puerto de Manta, y estuvo allí más de cuarenta días con

todos los navios de armada y mercaderías, sin dejar ir á

ninguno hasta saber del estado de la tierra y lo que Gon-

zalo Pizarro le mandaba. A quien, luego en llegando,

hizo mensajero, haciéndole saber su venida y de sus

prósperos sucesos, pidiéndole gratificación de su seña-

lado servicio, y aun dándole á entender que antes de

saltar en tierra había de ser gratificado y antes que la

armada le fuese entregada, y pedía señaladamente le

hiciese Almirante de la mar y le diese cierto reparti-

miento en el Cuzco, apuntando, que si luego no le fue-

se concedido, que él estaba en la mar con buena ar-

mada y tenía el juego bien entablado. El mensajero se

partió á gran priesa con estos despachos y á ganar las al-

bricias, y hallando á Gonzalo Pizarro en Trujillo, donde

(según hemos dicho) ya era llegado, le dio las cartas y

relación de lo sucedido. Gonzalo Pizarro recibió las car-

tas y grandísimo placer del buen suceso de los negocios,

empero dióle mucho desabrimiento quererle vender tan

de contado la ventura que como su capitán había tenido,

y la gente y armas, que, con su dinero y en su nombre,

había hecho y tomado; más, viendo y considerando la co-

yuntura en que estaba, y que Hernando Bachicao estando

en la mar era más señor que no él, y que también podia

favorecer á su enemigo, por tanto, no solamente le con-

firmó todo lo que pedía, pero aun le ofreció mucho más,

y le escribió y mandó que con toda la armada fuese al

puerto de Túmbez. ,

Estaba á esta sazón por Teniente y Capitán del pue-

blo de Puerto Viejo (que estaba cerca) Juan de Olmos, y

tenía el cargo por Gonzalo Pizarro, el cual tenía una]

compañía de hasta cien hombres; lo cual, sabido por Ba-

HISTORIA DEL PERÚ

195

chicao, luego se la envió á pedir, mandando que Juan de

Olmos viniese con ella; y conociendo Juan de Olmos su

mala condición y soberbia y que, de no se la enviar,

le sucedería daño, luego á la hora se la envió, no se atre-

viendo él á ir con ella, por se haber mostrado tibio en los

negocios de Gonzalo Pizarro. Enviada, pues, la gente,

como se dilatase la venida de Juan de Olmos, teniendo

Bachicao recelo no se ausentase (como persona de quien

no tenía buen crédito) envió al capitán Ojeda con algu-

nos arcabuceros para le traer, y, recelándose todavía Ba-

chicao de alguna novedad, envió también un alguacil de

su armada para le llamar y saber en qué dilación se dete-

nía. Yendo, pues, este alguacil al pueblo, iban hacia don-

de estaba Bachicao, Francisco de Olmos (pariente de Juan

de Olmos) y Gómez Estacio, vecino de Guayaquil, y Al-

varo de Carvajal, maestre de campo de Juan de Olmos,

"con los cuales encontrando el alguacil y preguntándoles

por el capitán Ojeda, le fué por ellos respondido, que atrás

quedaba con el capitán Juan de Olmos. Y asi, el alguacil

pasó adelante á dar el mandado que llevaba, y no siendo

de ellos aun bien apartado, se determinaron de no pasar

adelante, sino volverse y atar al alguacil y prender al Oje-

da, con determinación de irse á Quito á servir al Virrey

(porque no sabían como era salido á Piurá).

Y con esta determinación, luego volvieron y dieron de

palos al alguacil, quitándole las armas y la vara, y así lo

llevaron atado al pueblo, donde todavía se estaba el capi-

tán Ojeda, al cual, asimismo, prendieron y desarmaron, y

á los soldados que consigo tenía. Maravillado el Ojeda

de tal novedad, y temiendo que le matarían, ó por querer

mal á Bachicao (que desde Panamá le trataba mal) ó por

otra causa que fuese, entendiendo la voluntad de éstos,

i se ofreció ir con ellos, y así luego se partieron en busca

del Virrey. Lo cual, sabido por Bachicao, fué luego con

gente al pueblo, y no hallando al Ojeda ni á persona algu-

na de los que había enviado, se volvió renegando y di-

stiendo mil blasfemias; y, aderezando luego su viaje, se

fué con todos los navios la vuelta de Túmbez, en cumpli-

miento del mandado de Gonzalo Pizarro. Muchos hubo

196

HISTORIA DEL PERÚ

que después juzgaron la huida de estos haber sido enga-

ñosa y de trato doble, para debajo de color irse al Virrey

é intentar su muerte, porque después de idos éstos, el Vi-

rrey mató á Gómez Estacio, y á Ojeda, y Alvaro de Car-

vajal, y otros de los que de aquí con ellos se fueron, po-

niéndoles título de traidores, y aun diferenciando sus

muertes á las que se dan por otros delitos, como luego

adelante se dirá.

CAPÍTULO XXXIX

Cómo Hernando Bachicao ahorcó tres hombres por ta mar

y llegó al puerto de Túmbez, y Gonzalo Pizarro salió de

Trujillo con pujanza de gente en busca del Virrey, y de al-

gunas cosas que el Virrey proveyó, y la carta que escribió

á Hernando Bachicao.

Manda Bachicao lombardear un navio.— Hace Bachicao ahorcar al

maestro del navio y al piloto y á Pero López.—Va Gonzalo Pi-

zarro la vuelta de Piurá en busca del Virrey.—Hace degollar el

Virrey á Alonso García y Miguel Ibáñez.—Echado el trigo en agua

represada es ponzoña.—Ahorca el Virrey una espía de Gonzalo

Pizarro.—Escribe el Virrey á Bachicao.—Rompe Bachicao la carta.

Caminando Bachicao por la mar adelante-la vuelta de

Túmbez, estando en el paraje del puerto que dicen de

Zalango (que-es antes de la punta de Santa Elena, entre

la punta y cabo de San Lorenzo) porque la nao Al-

miranta, en que iba por capitán Martín de Olmos, y por

maestre un Cola extranjero y por piloto Juan Cano, que-

riendo hablar con la Capitana, con descuido del que go-

bernaba, topó con ella, creyendo que había sido de ma-

licia, sin más consideración ni esperar algún descargo,

aceleradamente y con rabioso furor, la mandó lombar-

dear y echar á fondo. Lo cual se hubiera del todo hecho,

sino que poniéndose el Capitán á bordo, le rogó y supli-

có, ahincadamente, no los hundiese, porque aquello se

había hecho inocentemente y sin malicia alguna por mal

gobernar. Y con esto fu£ parte para que el lombardear

cesase, aunque no su rigor, jorque luego mandó al capi-

198

HISTORIA DEL PERÚ

tan Martín de Olmos que ahorcasen al Maestre y al Pilo-

to, y por evitar mayor daño in continenti los colgaron de

la entena y, tras ellos, á Pero López, sargento de la

compañía, porque estaba sobre la cubierta al tiempo que

la nao topó, allende que los tiros habían muerto un

hombre y otros dos estaban heridos debajo de cubierta;

lo cual habiendo hecho, prosiguió su viaje hasta el puer-

to de Túmbez, donde supo que el Virrey estaba en Piurá

y que Gonzalo Pizarro venía sobre él. Por lo cual no con-

sintió desembarcar ninguna gente, caballos ni otra cosa

hasta saber lo que Gonzalo Pizarro con él hacía, sobre lo

que dende Manta le había escrito y pedido, y lo que le

mandaba hacer.

En esto ya Gonzalo Pizarro (habiendo entendido en

Trujillo el desbarato de sus capitanes y gente, que has-

ta allí no lo había sabido) marchaba la vuelta de Piurá

con voluntad y ánimo de verse con el Virrey y echar

á un cabo los desasosiegos de la guerra. Y en el asien-

to de Colique había hecho alto, donde le acudió Gómez

de Alvarado y Juan de Sayavedra con la gente de Guá-

nuco y Chachapoyas, y aderezó allí todo lo que le era

necesario, y haciendo alarde y reseña de su gente, halló

que tenía seiscientos hombres de pie y de caballo bien

armados y aderezados, y entre ellos muchos soldados

viejos y prácticos en las cosas de la guerra y hechos

á la tierra, lo que no era en la gente del Virrey, que

los más eran recién venidos de Castilla y no hechos y

habituados á ella, mal armados y que tenían muy ruin

pólvora. Salió, pues, Gonzalo Pizarro de Colique, para

dar de hecho la batalla al Virrey, creyendo (y aun te-

niendo por cierto) que el Virrey le estaba esperando con

pujanza de gente. Por este camino iba juntando Gonzalo

Pizarro algunos soldados que se habían escapado del des-

barato de sus capitanes en Chinchachará, entre los cuales

vino Manuel Estacio, con quien mucho se holgó, porque

le tenía por grande su amigo; y así fué caminando hasta

Iayanca, donde alijó todo el fardaje de su real para ir á

la ligera y sin embarazo para la batalla, porque, sin duda,

creía que el Virrey se la había de dar.

HISTORIA DEL PERÚ

199

Estaba el Virrey en esta sazón en Piurá, donde había

hecho matar un Alonso García, que andaba en servicio

de Gonzalo Pizarro, que fué degollado por el cogote, y lo

mismo se había hecho de un Miguel Ibáñez, vizcaíno,

porque había echado trigo en los Xagueis, por donde el

Virrey había de pasar con su gente, de los cuales, for-

zosamente, se había de beber, y el trigo en agua repre-

sada es ponzoña. Y teniendo el Virrey nueva cómo Gon-

zalo Pizarro venía, envió á Vela Núñez, su hermano,

con cierta gente al valle de Motupe, para guardar aquel

paso y ser avisado cuando Gonzalo Pizarro viniese cerca;

el cual, teniendo noticia de la pujanza que traía y que es-

taba ya tan cerca (que de Iayanca á Motupe no hay más

de cuatro leguas), quemó el Tambo y ahorcó un soldado

que venía por espía de Gonzalo Pizarro, y volvióse á Piu-

rá á dar el aviso. Supo el Virrey en este tiempo, cómo

Hernando Bachicao era llegado á Túmbez con el armada y

gente que traía, y, pareciéndole que ayuntando á sí aque-

lla gente y navio sería para del todo acabar su empresa,

acordó escribirle, persuadiéndole con razones amorosas y

haciéndole grandes ofrecimientos y promesas. Y habiendo

escrito la carta el Virrey se la envió, y no se atreviendo

el mensajero á dársela en su mano, púsola encima del

altar de la iglesia de aquel asiento. Luego vino á manos

de Bachicao, el cual, después de haberla leído, hizo burla

y escarnio della, y luego la rompió diciendo mil locuras y

desatinos.

I

CAPITULO XL

Cómo Gonzalo Pizarro salió de Iayanca para ir á Piurá,

y el Virrey se retiró á Quito, y Francisco Carvajal fué en

su seguimiento y mató algunos de los que se tomaron en el

alcance.

Acuerda el Virrey no dar la batalla y retirarse á Quito.—Envia Gonza-

lo Pizarro á Francisco Carvajal contra el Virrey.—Va Gonzalo Pi-

zarro en seguimiento del Virrey.—Carvajal toca arma al Virrey.—

Espera el Virrey para pelear y retírase Carvajal.—Hace el Virrey

juntar su gente y habíale discreta y cristianamente.—Quiere an-

tes la gente morir que dejar la compañía del Virrey.—Dicen á Piza-

rro que si Carvajal no tocara arma que el Virrey no se escapara.—

Manda Pizarro ir mas gente contra el Virrey.—Vuelve el Virrey

animosamente y quiere acometer los enemigos, y huyen y dejan la

presa.—Escribe Pizarro á los capitanes del Virrey para que lo ma-

ten ó prendan.—Mató Carvajal en el alcance algunos del Virrey.—

Cuento donoso de Francisco de Carvajal.—Manda Pizarro que sal-

ga Juan de Acosta.—Dicho de Carvajal.

Habiendo, pues, Gonzalo Pizarro mandado alijar su

campo para ir á la ligera, comenzó á caminar desde Motu-

pe con mucho recato y cuidado, llevando siempre sus

corredores delante, y porque de Motupe á Piurá hay un

gran despoblado de veinte y dos leguas, que en todas ellas

no hay agua ni refrigerio alguno, sino grandes arenales y

camino muy trabajoso, dio orden cómo los indios comar-

canos llevasen agua y comida necesaria, así para la gente

como para los caballos. Y, comenzando á entrar por el

despoblado, envió delante veinticinco de caballo por el

202

HISTORIA DEL PERÚ

camino real que de ordinario este despoblado se suele ca-

minar, y todo el campo fué por otro diferente camino lla-

mado Serran (que no es usado) para salir sobre Piurá. Y

aprovechó poco para no ser entendido, porque, allende

que el Virrey fué dello avisado, tenía puestas guardas por

el un camino y por el otro.

Estaba el Virrey determinado de esperar á Gonzalo

Pizarro y darle batalla, y, queriéndolo poner en ejecu-

ción, halló tan poca gente que tuviese salud para ello,

que le puso en gran confusión, y entrando sobre el caso

en consulta con sus capitanes, se acordó que la batalla

no se diese, y de desviarse retirándose para Quito, por-

que de otra manera se perdería por la mucha ventaja que

en número de gente y mejoría de armas y pólvora tenía

Pizarro, allende que la más de su gente estaba enferma.

Y así, aparejando de presto lo necesario para su arrebata-

do camino, con toda la gente no bien concertada y muy

atemorizada (por estar tan cerca el enemigo y la guarida

muy lejos) pareciéndole más á propósito tomar la vuelta

de Cajas, salió por aquel camino lo mejor que pudo, lle-

vando consigo toda lagente que se sintió en disposición

para seguirle; y, no embargante que había muchos enfer-

mos, eran muy pocos los que se querían quedar, y así,

con bueno y leal ánimo, sacaban fuerzas de flaqueza para

seguir la empresa tan justa que habían comenzado. Em-

pero, no pudiendo después vencer á su enfermedad, mu-

chos se iban quedando por más no poder y caían por los

caminos, donde muchos, con la muerte, dieron muestra

de su gran lealtad. Era este camino de Cajas, sierra muy

agria y áspera, y de muy estrechos pasos y grandes que-

bradas, por do fueron caminando á más que de paso.

Sabido, pues, por Gonzalo Pizarro que el Virrey se

iba retirando y el camino que llevaba, sin entrar en el

pueblo envió en su seguimiento á Francisco de Carvajal

con cincuenta de á caballo, para que le fuese dando caza

en la retaguardia. Y luego escribió una carta para Her-

nando Bachicao, para que desde Túmbez se fuese á la

Puna y de allí á la Culata, y subiese á Quito, por el puerto

que dicen de Chimbo, para juntarse con él. Y esto así pro-

HISTORIA DEL PERÚ

203

veído, con mucha furia marchó con toda su gente en se-

guimiento del Virrey, el cual, con mucho afán y trabajo

caminaba, animando su gente lo mejor que podía. Y ha-

biendo ya caminado ocho leguas con grandísimo trabajo

y quebranto, que apenas ellos ni los caballos lo podían

sufrir, quisieron descansar un poco aquella noche, creyen-

do haber ya escapado de las manos de sus enemigos. Mas

Francisco Carvajal, que los iba siguiendo, llegó cuatro ho-

ras de la noche á donde estaban, y con un trompeta que

llevaba les tocó arma, y sentido por el Virrey, se levantó

luego el primero y con valeroso ánimo comenzó á acau-

dillar su gente y ponerla en orden, y así como de prime-

ro comenzaron á caminar. Francisco de Carvajal iba de-

trás tomando algunos de los que se quedaban que no

podían durar sus caballos. Venido el día, Carvajal que

siempre les iba siguiendo,les dio vista, lo cual, visto por

el Virrey, luego hizo alto y juntó los que con él habían

llegado, que serían ciento y cincuenta hombres, y apeán-

dose en una buena disposición de sitio que escogió, hizo

dos escuadrones de su gente y esperó con propósito de

pelear. Reconocido su intento por Carvajal, no quiso aven-

turarse, y tocando la trompeta se volvió al pie de la. cues-

ta de Cajas.

El Virrey los estuvo esperando más de dos horas,

hasta que, avisándole que por ventura le tomarían el

alto, partió de allí y se puso en la cumbre de la cuesta,

donde estuvo hasta bien tarde, y viendo ya que ningún

I otro remedio tenía sino volverse á Quito, doliéndole en

el alma ver que muchos de los soldados que iban con él

no podían seguirle, unos por falta de sus cabalgaduras,

otros por sus indisposiciones y enfermedades, deseando

I más que se quedasen con su licencia que no de otra ma-

Inera, los hizo juntar á todos, y con el rostro tan triste,

I que daba bien á entender su sentimiento, les dijo tales

I palabras: "Una de las cosas en que mi fortuna me ha sido

Imás contraria, es desviarme el aparejo que yo deseaba y

I procuraba tener para gratificar los servicios y entera vo-

I luntad que en tan buenos y leales vasallos de su Mages-

tad he conocido, y la deuda particular con que tan buena

204

HISTORIA DEL PERÚ

y leal compañía me tiene obligado. Pero como creo, se-

ñores, estáis satisfechos de mi intención y agradecimien-

to, algún consuelo mesera, que, en cualquier tiempo que

veáis aparejo, tengáis por cierto que no olvidaré lo mucho

que se os debe. Y porque al presente la necesidad for-

zosa me hace temer que muchos de vosotros (por falta de

salud y por otros inconvenientes) será imposible poder-

me seguir, quiero, entre las otras cosas en que habéis

mostrado la voluntad que me tenéis, sea en ésta: que el

que no pueda ir conmigo se quede con mi licencia, y ha-

ciéndomelo saber, porque yo entienda que donde quiera

que quedáredes sois mis amigos, y lo habéis de ser cada

y cuándo que el tiempo diere lugar, y no que quedándoos

por el camino por no poder más, tengáis duda si yo estoy

indignado ó con mal crédito del que se quedare, y así,

olvidéis lo mucho en que yo estimo vuestra amistad y mi

firme propósito de gratificaros,,. Mucho sintió toda la

gente estas palabras del Virrey viendo su voluntad y cris-

tiandad, y pocos hubo que no quisiesen antes morir, que,

pidiendo licencia, apartarse de su compañía. Luego el Vi-

rrey y la gente volvieron á su trabajoso camino.

Yendo, pues, marchando Gonzalo Pizarro supo del ar-

ma que la primer noche había tocado Carvajal, y algunos

de los que iban en el alcance le dijeron, que si Francisco

de Carvajal no la tocara y diera en la gente con silencio,

que á todos los pudieran alcanzar sin que nadie se escapa-

ra, de lo cual Pizarro tuvo enojo, aunque lo disimuló; y fué

juzgado de muchos que Carvajal lo había hecho mañosa-

mente, porque si allí se diera fin á la guerra se le acabara

el mando que tenía. Es verdad, que, antes que Carvajal to-

case el arma, le dijeron algunos de los que con él iban, que

diesen en ellos antes que pudiesen huir, á lo cual respon-

dió Carvajal: "¡Oh, señores, al enemigo la puente de pla-

ta!,, Finalmente, luego que esto supo Gonzalo Pizarro,

mandó que el licenciado Carvajal, con el Maestre de cam-

po, fuesen con doscientos hombres que tuviesen mejores

caballos, los cuales luego salieron y fueron dando algu-

nos alcances al Virrey, dando y picando siempre en la re-

taguardia, tomándole alguna gente y de la ropa y bagaje

HISTORIA DEL PERÚ

205

que llevaba. Y habiendo éstos hecho una buena presa,

junto á unas grandes quebradas, en que habían tomado

mucha ropa y alguna gente, volvió el Virrey á ellos con

gran denuedo y valentía, y, apeándose del caballo, hizo

que todos los que con él iban se apeasen (que serían

ochenta) y fué animosamente para acometer los enemi-

gos. En lo cual, no sólo les puso temor, empero se pusie-

ron en huida dejando la presa que habían hecho, aunque

esto duró bien poco porque á los contrarios les acudió

más gente, y luego volvieron á su acostumbrado alcance;

y desta suerte los fueron siguiendo hasta el asiento de

Ayauaca, que son más de cuarenta leguas, donde llegó

Gonzalo Pizarro con grande afán y trabajo de su gente,

así por la aspereza del camino como por la gran falta de

comida. Porque, allende de ser el camino estéril, ponía

diligencia el Virrey en alzar los indios y caciques para que

los contrarios hallasen el camino desproveído; de manera,

que la necesidad que tuvo de reformar su campo le hizo

quedar y hacer alto en este asiento, donde Gonzalo Pi-

zarro escribió muchas cartas á las personas principales y

capitanes del Virrey para que le prendiesen ó matasen,

ofreciéndoles por ello grandes mercedes, y aun algunos

respondieron á ellas, que lo uno y lo otro causó después

las muertes de algunos, como se verá adelante.

Mató, en este lugar y asiento, el sangriento Carvajal,

algunas personas de las que se tomaron en el alcance (que

más su dañada voluntad le incitaba) poblando con sus

cuerpos algunos árboles de los que por allí había, entre

los cuales fueron: Montoya, vecino de Piurá, y Brizeño,

vecino de Puerto Viejo, y Rafael Vela (que decían ser pa-

rientes del Virrey) y otro llamado Balcázar.

Entre los demás que en el alcance fueron tomados,

fué preso un soldado muy mozo, á quien, habiéndole

preguntado como se llamaba y*de qué pueblo era, y dado

respuesta el soldado, le preguntó también Carvajal si co-

nocía allí un cierto vecino que le nombró; dijo el soldado

que le conocía muy bien porque era su padre. Carvajal

dijo entonces: "Pues, sepa vuestra merced, que el señor

su padre es el mayor amigo que yo tuve en España y de

206

HISTORIA DEL. PERÚ

quien .mejores obras he recibido. Y prometo á vuestra

merced, que, por su causa, le sirva yo de muy buena

gana en todo lo que se ofreciere, como vuestra merced

quiera ser buen amigo del Gobernador mi señor,,. Lo

cual oyendo el soldado, después de haber dado las gra-

cias de las ofertas y ofrecimientos que Carvajal le hacía,

quiso luego allí, in continenti, ejecutar en Francisco de

Carvajal su buen comedimiento, y díjole: "Señor, yo pro-

meto de aquí adelante servir á vuestra merced y al señor

Gobernador, y para que mejor lo pueda yo hacer y se-

guir á vuestra merced, le suplico, que una yegua que se

me tomó y la tiene un soldado de vuestra merced, que es

harto flaca y vale poco, mande que se me vuelva, siquie-

ra para que pueda alzarlos pies del suelo,,. A lo cual

respondió Carvajal: "¡Oh, señor! eso yo lo remediaré me-

jor,, Y llamando un criado suyo, le dijo: "Anda presto y

toma una soga, y ahórcame luego al señor Fulano, y sea

del mayor árbol que hubiese en todo este campo. Y mi-

rad que os mando, que sea de manera que tenga su mer-

ced los pies bien altos del suelo todo cuanto él sea ser-

vido y muy á su voluntad,,. El soldado se atribuló oyen-

do esto, y dijo: "Señor, yo seguiré á vuestra merced á

pie y aun de rodillas, porque, de la suerte que vuestra

merced manda, yo no querría alzar los pies del suelo,,.

Dijo Carvajal entonces: "Vuestra merced, por cierto, es

discreto y prudente y como tal escoge lo mejor,,. Desta

suerte, pues, reprendió Carvajal la presurosa demanda de

aquel mozo y se eximió de hacerle dar la yegua que pe-

día; porque, como Francisco de Carvajal no daba otra

paga á los soldados más de lo que ganaban y robaban en

"la guerra, era muy amigo de sustentarles aquéllo y estor-

bar que nadie se lo pidiese ni tomase. Gastó Carvajal

harto poco tiempo en las muertes referidas, y luego vol-

vió al alcance comenzado en compañía de Juan de Acos-

ta, á quien Gonzalo Pizarro mandó salir con sesenta hom-

bres que mejores caballos tuviesen. Bien ahorcara Carva-

jal muchos más si Gonzalo Pizarro no lo estorbara, á

quien Carvajal donosamente replicaba, diciendo: "De los

enemigos los menos,,./

CAPÍTULO XLI

De lo que Juan de Acosta hizo en el alcance, y cómo el Vi-

rrey mató en Calila d Jerónimo de la Serna y d Gaspar Gil

sus capitanes, y en Tomebamba á Rodrigo de Ocampo, y

en Quito á Alvaro de Carvajal, Gómez Estacio y al capi-

tán Ojeda y á otros que con él habían venido de Puerto

Viejo.

Lo que decía el Virrey de la tierra y gente del Perú.—Da Juan de Acos-

ta de rebato sobre el Virrey.—Hace dar garrote el Virrey á Jeróni-

mo de la Serna y á Gaspar Gil por sospecha que tuvo.—Hace el

Virrey dar también garrote á Rodrigo de Ocampo por la misma

sospecha.—Varias opiniones en el Perú sobre las muertes destos ca-

pitanes.—Hizo justicia el Virrey de Alvaro de Carvajal y de Ojeda

y Gómez Estacio y otros.

Luego salió Juan de Acosta en seguimiento del Virrey,

y, como llevaba buena gente y en buenos caballos, bien

le pensó alcanzar y tomar antes de Quito. Empero, el Vi-

rrey caminaba de día y de noche, con la poca gente que

le había quedado de los alcances pasados, sin se parar á

comer ni dormir, aunque muchas veces no hallaban sino

yerbas del campo, y con la desesperación y despecho que

llevaba, maldecía la tierra y el día que en ella había entra-

do, y las gentes que de España á ella habían venido, y los

navios en que vinieron, pues tan grandes traiciones sus-

tentaban, siguiéndole siempre Juan de Acosta reciamente,

hasta poco antes de llegar al asiento de Calua; y llegando

ya tarde, reposó algún tanto aquella noche, creyendo (se-

208

HISTORIA DEL PERÚ

gún lo mucho que le habían seguido) que tuviera tiempo

de reposar. Empero, llegando Juan de Acosta al cuarto

del alba, dio de rebato y repentinamente sobre ellos, y,

embarazándose con los primeros, tuvo el Virrey lugar de

se escapar con hasta sesenta hombres de los que mejores

caballos tenían con todos sus capitanes. Y tomando Juan

de Acosta la demás gente y fardaje, hizo alto y reparó,

pareciéndole que ya no podía hacer más efecto; y con

esto, el cansado y afligido Virrey tuvo más espacio y me-

nos peligro. El cual, llegado que fué á la provincia y

asiento de Calua, porque Jerónimo de la Serna y Gaspar

Gil, sus capitanes, se. adelantaron de su compañía y ban-

deras, sospechando que iban á quebrar un paso que esta-

ba en el camino por do habían de pasar, que cuando vino

de Piurá lo mandó hacer de madera con mucho trabajo,

que era en una peña, junto á un grande río, do había un

gran despeñadero, poco antes de Tambo Blanco, en la

provincia que llaman Amboca, que para le hacer, si le que-

braran, fuera menester espacio de tiempo; y, asimismo,

que había tenido otras sospechas, y aun avisos, de que se

querían reconciliar con Gonzalo Pizarro y que le habían

escrito; por tanto, se determinó quitarles las vidas y luego

lo puso por obra, haciéndoles dar garrote y degollarlos, en

aquel poco espacio de tiempo que los enemigos le habían

dado; y, caminando ya desde allí con menos trabajo y te-

mor, llegó al asiento de Tomebamba, donde mandó hacer

lo mismo de Rodrigo de Ocampo, su Maestre de campo (á

quien hasta allí había tenido por su grande é íntimo ami-

go), porque del había tenido la mesma sospecha y aviso

que de los dos muertos capitanes, los cuales le habían ser-

vido y seguido en todos sus trabajos. Sobre estas muertes

hubo en el Perú varios y contrarios juicios y opiniones

de culpa y de su descargo.

Desde este asiento de Tomebamba, fué caminando

Blasco Núñez hasta entrar en Quito, sin tener algún revés

y sin la hambre y necesidad que hasta allí habían pade-

cido. Y porque antes de llegar á Quito tuvo noticia y sos-

pechas que Francisco de Olmos y los que con él habían

venido de Puerto Viejo, habían sembrado palabras de

HISTORIA DEL PERÚ

209

mala intención en deservicio del Rey, luego que fué lle-

gado á la ciudad procuró inquirir y saber la verdad de la

manera que habían salido de Puerto Viejo y lo que des-

pués habían dicho y tratado, de que resultó, que, consul-

tado con el licenciado Alvarez, de muchos dellos se hizo

justicia, á unos cortando las cabezas, y á otros ahorcan-

do con título y renombre de traidores, siendo de los

muertos Alvaro de Carvajal, el capitán Ojeda y Gómez

Estacio, reservando la vida á Francisco de Olmos, enten-

diendo no haber sido culpado.

CAPÍTULO XLII

Cómo estando el Virrey en la ciudad de Quito, proveyó

que el tesorero Rodrigo Núñez de Bonilla fuese á hacer

gente d las provincias de Cali y Popayún y d los otros pue-

blos de la gobernación del adelantado Benalcázar, y lo

que el Tesorero hizo.

Hace el Virrey su capitán á Rodrigo Núñez de Bonilla y envíale á hacer

gente.—Viene Rodrigo Núñez de Bonilla con gente al Virrey.

Después que el Virrey llegó á la ciudad de San Fran-

cisco de Quito y hubo hecho el castigo referido, enten-

diendo por los negocios pasados que el tesorero Rodrigo

Núñez de Bonilla era realmente servidor de su Mages-

tad, y que lo que tocase á su Real servicio lo haría con

todo celo de lealtad y fidelidad, habiéndolo consultado

con sus capitanes, acordó de le nombrar por su Capitán,

i para hacer y juntar gente contra la tiranía y alzamiento

de Gonzalo Pizarro y sus secuaces, en las provincias de

I Cali y Popayán y en los demás pueblos de la gobernación

i del adelantado don Sebastián de Benalcázar, y dióle

para ello Real provisión, despachada por don Carlos. Con

el cual cargo, el tesorero Rodrigo Núñez tomó luego

mucha suma de oro y esmeraldas que tenía y pudo«haber

I en cantidad de más de cincuenta mil castellanos (que des-

Ipués gastó con la gente que hizo) y fuese la vuelta de

I aquellas provincias á entender en el juntar de la gente. Y

l hallando al Adelantado en el pueblo de Arma, le requirió

I con la provisión Real, y el Adelantado se fué con él

212

HISTORIA DEL PERÚ

hasta el pueblo que dicen de la Pascua (que es junto á la

provincia de Antioquía) en busca de Rodrigo de Soria,

capitán del Adelantado, que había juntado gente para ir

á una conquista. La cual gente le quitó, por virtud de la

provisión y poderes que llevaba, dándole favor para ello

el Adelantado, juntando asimismo la demás gente que por

allí había, el cual se fué con ella al Virrey contra la opi-

nión y pensamiento de algunos , que, por le haber visto

llevar su hacienda, le habían figurado en su entendimiento

y querido hacer entender al Virrey, ser ido á España por el

puerto de la Buenaventura, puesto que el Virrey jamás

dio crédito á ello. Finalmente, él volvió con la gente, aun-

que no á Quito, sino á la ciudad de Popayán, porque al

tiempo que dio la vuelta, ya el Virrey era salido, que Gon-

zalo Pizarro le había hecho retraer, dándole alcance hasta

el río Callente; donde la historia le deja agora, por prose-

guir la venida de Gonzalo Pizarro y del capitán Bachicao.

CAPÍTULO XLIII

Cómo sabiendo el Virrey que Bachicao se daba priesa para

le atajar, se salió de Quito, despoblando la ciudad, para la

villa de Pasto, y cómo la traición de Olivera fué descu-

bierta en Otavalo y fué ajusticiado, y Juan Cabrera llegó

con su gente, y el Virrey le dio el cargo de Maestre de

campo.

Da Olivera arma falsa imaginando de matar al Virrey, y aconseja al Vi-

rrey se entre en un huerto.—Reprehende el Virrey á Olivera sin

tener sospecha alguna contra él.—Los que salieron de Quito contra

el Virrey.—Sale el Virrey de Quito.—Viene al Virrey el capitán

Juan Cabrera.—Mostró Dios castigos en ¡os perseguidores del Vi-

rrey por diferentes vías.—Descubre Olivera su dañada intención á

Diego de Ocampo.—Disimula Diego de Ocampo con Olivera y des-

cubriólo al Virrey.—Muerte del traidor de Olivera.

Ya en este tiempo había recibido Hernando Bachicao

el mandado de Gonzalo Pizarro y había llegado con su

gente al término de Luisa, porque desde la Puna (que es

una isla) había metido en barcas y balsas toda su gente y

aparato de guerra, y, habiendo sabido que el Virrey había

ya pasado á Quito y Gonzalo Pizarro en pos del, dióse

prisa á caminar para llegar antes que el Virrey; de lo

cual, siendo el Virrey avisado, viendo que un enemigo le

venía por una parte y otro por otra, acordó no esperar

más allí y acogerse hacia el pueblo de Pasto (que está

cuarenta leguas de aquel pueblo) pareciéndole que esta-

ría más seguro. Y así, luego mandó pregonar que todos

214

HISTORIA DEL PERÚ

los hombres y mujeres se apercibiesen para ir con él,

porque su intento era despoblar el pueblo y no dejar cosa

alguna de que Gonzalo Pizarro se pudiese aprovechar.

Estando, pues, con su dañada intención, aquel malva-

do Olivera (de quien atrás hicimos mención) represen-

tóle el demonio, que esta era buena coyuntura para efec-

tuar el diabólico hecho á que era venido, y un día,

domingo, mientras en misa, dio arma falsa, diciendo que

los enemigos venían, para con la revuelta ejecutar su in-

tención; lo cual, poniendo al Virrey y toda su gente en

gran rebato y confusión, cada uno acudió á sus armas y

caballo y se pusieron á punto. Y no hallando este sol-

dado tiempo que le pareciese oportuno en todas estas re-

vueltas para hacer su hecho (puesto que lo procuró por

diversas vías) fuese para el Virrey, y, con instancia, le

persuadió y aconsejó se acogiese á un huerto que más

adentro de su aposento estaba, creyendo que lo hiciera,

y que, al entrar por una portezuela pequeña, le podría

matar. Desta muerte libró Dios al honrado Virrey man-

dando al Olivera se fuese luego á cabalgar y se juntase

con la demás gente, increpándole asimismo, de su dema-

siado atrevimiento, siendo un sencillo soldado, quererle

aconsejar cosa tan vergonzosa para su honor, pero, no

porque por alguna vía creyese ó sospechase que, con en-

gaño, le hubiese dado tal consejo, y, por el consiguiente,

creyendo ser el arma verdadera. Estando la gente desta

suerte, mandó dar otro pregón que todos se apercibiesen

para salir con él, poniendo grandes penas para que se hi-

ciese. Lo cual, en algunos que estaban dañados contra él

y aficionados á Pizarro, hizo poca impresión y se ausen-

taron, y también en otros que ya se cansaban de seguirle.

De los que en Quito había, se aparejaron Diego de Torres,

Martín de la Calle, Sánchez de la Carrera y Juan de la

Puente, vecinos todos, con sus mujeres y familia y ha-

cienda, y el contador Francisco Ruiz Londoño, Pero Mar-

tín Montanero, Juan Gutiérrez de Pernia, y Sarmiento, y

otros algunos soldados; aunque, de éstos, se quedó des-

pués la mayor parte y se juntó á Pizarro con los demás

vecinos que al tiempo del pregón desaparecieron.

HISTORIA DEL PERÚ

215

Otro día, lunes por la mañana, el Virrey se metió en

camino con la leal compañía que de su voluntad se le ha-

bía ayuntado y acudido con el pregón, y con la que le

había restado de los alcances, con intento de irse á la go-

bernación del adelantado don Sebastián de Benalcázar,

adonde (como está dicho) había enviado al tesorero Ro-

drigo Núñez de Bonilla para reformar su gente del traba-

jo de las persecuciones pasadas, y de allí volver sobre su

perseguidor, como después lo hizo por su mal; y llegan-

do á un pueblo que se dice Otavalo, vino luego allí el

capitán Juan Cabrera con más de cien hombres, que venía

en su ayuda y socorro, á quien el Virrey había enviado á

llamar para la partida de Piurá y no pudo venir, por causa

que, para juntar la gente, fué menester más espacio de

tiempo, y aun dejaba en Popayán á Juan Ruiz para aviar

más de otros cincuenta soldados que se quedaban apres-

tando. El Virrey se holgó mucho de su llegada y le reci-

bió con grandísimo amor y placer, y, á él y su gente, dio

las gracias de su lealtad y les hizo muchos ofrecimientos.

Quisiera Juan Cabrera (y aun lo pidió) que el Virrey le

hiciera su General como lo era del gobernador Benalcá-

zar. El Virrey le dijo que lo era Vela Núñez su hermano,

empero que le haría su Maestro de campo, y aceptó el car-

go, aunque con alguna tibieza y descontento.

Antes que el Virrey saliese deste pueblo de indios de

Otavalo, hubo de pagar el perverso Olivera el pecado y

delito que en sus dañadas entrañas tenía tan arraigado, no

queriendo Dios darya más lugar á sus malos pensamien-

tos ni dejarle sin castigo de su traición; porque, puesto

que Dios daba lugar á los azotes y persecuciones del Vi-

rrey hasta su muerte (por lo que su divina Magestad fué

•servido y á nosotros no es dado inquirir) en muchas cosas

y peligros le guardaba y mostraba castigos en sus perse-

guidores por diferentes vías y antes de su muerte. Y mu-

chos años después se han considerado y echado diversos

juicios sobre los tristes casos y desastradas muertes que

han acaecido y van sucediendo en los que más se mostra-

ron y señalaron en su prisión, persecuciones y muertes.

Volviendo, pues, á la historia, la manera y camino por do

216

HISTORIA DEL PERÚ

el demonio le trajo á Olivera á pagar su yerro, fué ésta: iba

con el Virrey y en su compañía Diego de Ocampo, á quien

el Virrey había quitado el cargo de Capitán de su guarda,

y en los alcances pasados había también muerto á Rodri-

go de Ocampo, su tío; y con esto, el Olivera imaginó que,

para ejecutar su intención, tendría buen compañero en

Diego de Ocampo. Y con este intento, le descubrió lo que

hasta allí sólo su pecho sabía, trayéndole á la memoria y

poniéndole por delante estas cosas, creyendo que le inci-

tara para le hacer espaldas y ser medianero en tan abomi-

nable trato y concierto. Lo cual," oído y entendido por

Diego de Ocampo, disimuló con el Olivera lo mejor que

pudo, y, sin interposición de tiempo, lo descubrió luego al

Virrey, y luego fué preso y se le tomó su confesión. El

cual dijo y declaró el intento y causa de su venida, y se

ofreció de matar á Gonzalo Pizarro con otra semejante as-

tucia. Luego fué condenado á muerte de traidor, y en eje-

cución, fué descabezado y colgado por los pies de un

palo, en parte que fuese visto por Gonzalo Pizarro si por

allí pasase.

CAPITULO XLIV

Cómo el Virrey proveyó que Vela Núñez fuese al puerto

de la Buenaventura y Panamá, y cómo en Pasto llegó el

capitán Juan Ruiz con cien soldados de los de Panamá y

del capitán Cabrera.

Manda ir el Virrey á Vela Núñez su hermano á Cali y al puerto de

la Buenaventura y que lleve un hijo de Gonzalo Pizarro.—Llega e

capitán Juan Ruiz al Virrey.—No puede caminar el capitán Santi-

llana y envía la gente al Virrey.

Habiendo el Virrey hecho justicia de Olivera, partióse

de Otavalo para la villa de Pasto, y una jornada antes de

la villa, en un pueblo de indios que se dice lies, porque

los capitanes Juan de Yllanes, Hernando Santillana y

Juan de Guzmán (que habían ido por gente á Panamá) le

pareció que tardaban, siendo ya venido Hernando Bachi-

cao, proveyó que su hermano Juan Velázquez Vela Nú-

ñez, con algunos soldados, fuese á la ciudad de Cali y al

puerto de la Buenaventura, y si pudiese haber navio lo

tomase,*y si no, que diese orden de hacer un barco en que

fuese á Panamá y trújese la gente consigo. Para lo cual" y

otras cosas necesarias le dio buena cantidad de pesos de

oro, y asimismo le dio, para que fuese llevado á Panamá,

(por la causa que al Virrey le pareció) un hijo de Gonza-

lo Pizarro, de edad de doce años, que de Quito había

traído, para lo cual, Vela Núñez, partió luego del pue-

blo de lies.

Despachado y partido Vela Núñez, el Virrey se fuáá

218

HISTORIA DEL PERÚ

la villa de Pasto con su gente, donde, de ahí á pocos

días, llegó el capitán Juan Ruiz con cien hombres, que

eran de los que se quedaron rezagados y que no se pu-

dieron despachar para venir con Juan Cabrera, y los más

eran de Panamá, porque luego que de allí salió Hernan-

do Bachicao, quedándose el capitán Hernando Santilla-

na, Corregidor que había sido de Puerto Viejo (que llevó

preso Bachicao) la ciudad mandó hacer gente para el so-

corro del Virrey y vino con ella Santillana, y llegado al

puerto de la Buenaventura, como la tierra es de muy

espesas y altas montañas y grandes y caudalosos ríos

que no se puede caminar á caballo, y Santillana era hom-

bre muy gordo y pesado, envió la gente á Popayán al

capitán Juan Ruiz, que ya sabía estar allí con despachos

y poderes del Virrey; y serían los soldados que de Pana-

má vinieron á juntarse con los rezagados del capitán Juan

Cabrera, hasta sesenta.

CAPÍTULO XLV

Cómo Gonzalo Pizarro se partió del asiento de Ayauaca y

envió á detener al capitán Bachicao, porque supo que el Vi-

rrey le había escrito, y lo que con él pasó y cómo llegó á

Quito.

Tiene sospecha Gonzalo Pizarro de Bachicao y envía á detenerle.—Re-

cibe Gonzalo Pizarro á Bachicao tibiamente.—Quéjase Bachicao á

Gonzalo Pizarro por recibirle con tibieza y replica Gonzalo Piza-

rro y enójase con él.—Quiso castigar Gonzalo Pizarro á Bachicao

y disimula.—Entra Gonzalo Pizarro en Quito -Sale Pizarro de

Quito en seguimiento del Virrey.

Ya en esta sazón, Gonzalo Pizarro había salido del

asiento de Ayauaca, donde había hecho alto y reparado

para reformar su campo, según que habernos referido, y

venía la vuelta de Tomebamba con hasta doscientos y

cincuenta hombres, porque toda la otra gente se le había

quedado y vuelto del camino, con la hambre y trabajo

que habían pasado, porque hasta aquel asiento (que era

la primera tierra donde había comida) había más de se-

•senta leguas de muy mal camino y de muchas ciénagas y

frío; lo cual pasó con muy gran trabajo y hambre (como

el Virrey también había hecho) porque de Ayauaca no

habían traído sino maíz tostado, que les había durado

muy poco. Más, llegado á este asiento de Tomebamba,

halló comida, de que se proveyó. Y porque allí supo cómo

el Virrey había enviado á mover trato con Hernando Ba-

chicao (como está dicho) temiendo, pues, no viniese en

220

HISTORIA DEL PERÚ

efecto, procuró despachar como por la posta á personas

de confianza, con muías que andaban á veinte leguas por

jornada, para que le detuviesen donde quiera que le ha-

llasen, y él partióse luego á toda furia con el resto de la

gente, porque no le reposaba el corazón por la poca con-

fianza que del tenía, por razón de la carta que desde

Manta le había escrito y por otras sospechas de que se

temía, por cosas que del le habían dicho. Y llegando con

estas imaginaciones á un pueblo de indios, que está doce

leguas de Quito (donde ya Bachicao estaba detenido) sa-

lió de allí á recibir á Gonzalo Pizarro, mas no lo recibió

como él pensaba que sus servicios merecían, porque, á su

parecer, todo lo que Gonzalo Pizarro tenía, era poco para

le pagar y gratificar lo que había trabajado y robado y el

armada que le traía. Y verdaderamente creía que había de

ser recibido con triunfo como Capitán romano y ser se-

gundo con él en la gobernación, y así sintió mucho este

tibio y mal regocijado recibimiento, quejándose mucho

por ello á Gonzalo Pizarro, representando sus grandes

servicios y trabajos en que se había visto, por le traer la

armada. Todo lo cual, Gonzalo Pizarro mostró tener en

poco (siendo al contrario en su pecho) diciéndole que

más quisiera que no lo hubiera hecho, por no oir las que-

jas que por su causa le daban y por haber mostrado para

con él tanta presunción, que le hubiese escrito locuras y

vanidades y adelantádose á entrar en Quito sin su man-

dado, y que estaba en punto de le castigar de manera

que le pesase. Y aun no estuvo muy apartado de lo hacer,

según opinión de algunos; empero disimuló porque no

dijesen que tal pago á daba quien tan bien le servía, y de

allí adelante le miró siempre con mejor semblante y le

acrecentó indios sobre los que tenía. Y de esta manera fué

Gonzalo Pizarro caminando, ya más á espacio y con más

seguridad, hasta la ciudad de Quito, donde entró toda su

gente puesta en orden, aunque la ciudad estaba tan des-

poblada, que veinte hombres sin orden y aun sin armas,

lo tomaran sin algún peligro, estando ya dentro Francis-

co Carvajal, que se había adelantado desde Tacunga

(quince leguas de Quito) con cincuenta de caballo. Entra-

HISTORIA DEL PERÚ

221

do Pizarro en la ciudad, estuvo en ella algunos pocos días

reformando su gente, por ser como es, tierra muy abun-

dosa de comida y también por esperar allí los que atrás

quedaban rezagados; lo cual hecho, viéndose con tanta

pujanza de gente (que tenía más de setecientos y cincuen-

ta hombres) salió de la ciudad camino de Pasto, en se-

guimiento del Virrey.

CAPÍTULO XLVI

Cómo el Virrey envió á Sancho de la Carrera para saber

de Gonzalo Pizarro, y cómo Pizarro vino en seguimiento

del Virrey y le fué dando alcance diez leguas delante del

río Callente, de donde se volvió á Quito y el Virrey se fué

á Popayán.

Envía corredores el Virrey para saber de Gonzalo Pizarro.—Refriega

de los corredores con los de Pizarro.—Quisiera el Virrey dar la

batalla.—Determínase que Francisco Hernández defienda el agua y

no tienen pólvora los soldados.—Váse el Virrey á Popayán.—Co-

men yeguas y caballos por el camino.—Siguen los de Pizarro á los

del Virrey y tómanles mucha presa.—Llega el Virrey á Popayán y

no es bien recibido.

Estuvo Blasco Núñez Vela en este tiempo más de

quince días que no supo alguna de Gonzalo Pizarro, y

para se avisar si había salido en su seguimiento, mandó

á Sancho de la Carrera, vecino de la villa de Pasto, fuese

con quince de á caballo á saber de Gonzalo Pizarro y de

su campo. El cual, llegando á Ipiales (catorce leguas de

Pasto) se apeó con sus compañeros para dar de comer

á los caballos, y como la tierra es doblada, aunque el

campo de Gonzalo Pizarro estaba muy cerca de allí, no le

vieron. Mas luego toparon con Martín de Garay, vecino

de Guamanga (que era soldado de Gonzalo Pizarro) y le

prendieron, y dijéronle que fuese á servir al Virrey y que

dirían que de su voluntad se les había pasado, lo cual

él rehusó de hacer, y alzando la falda de la cota de malla

224

HISTORIA DEL PERÚ

dijo que le matasen y que no le llevasen delante el Vi-

rrey. Estando en esto, acudieron allí otros soldados de

Pizarro y socorrieron á Martín de Garay, y tocaron arma

en el campo que allí muy junto estaba. Luego salieron al-

gunos en seguimiento de Sancho de la Carrera y sus com-

pañeros, y con ellos Francisco de Carvajal, de los cuales

se adelantó mucho un portugués Comendador de Cris-

to. Sancho de la Carrera revolvió sobre el portugués, y

dióle un encuentro que le pasó el brazo y le derribó del

caballo abajo. Lo cual, visto por Carvajal, mandó soco-

rrer al Comendador, y apretaron tan recio á los corredo-

res, que les iban tirando lanzas al pasar de las quebradas

y les mataron dos caballos; mas los corredores se esca-

paron y á toda furia se volvieron á la villa de Pasto, y

dieron relación al Virrey de lo sucedido y de la gente de

Pizarro. Luego mandó el Virrey tocar armas, y que la gen-

te de pie y los que tenían más ruines caballos se fuesen

delante. Lo cual hecho, el Virrey, con cincuenta lanzas,

se salió de Pasto y poco á poco, muy á espacio y en bue-

na orden, se llegó bien cerca de los enemigos, y no le

osaron acometer creyendo que había celada, y, recono-

ciendo que no la había diéronse mucha priesa á venir so-

bre él.

Entretanto que esto pasaba había salido la gente de

Pasto, y los de Pizarro entraban bravos y desvergonza-

dos, y fueron siguiendo al Virrey, que iba continuando

su jornada, toda aquella noche y la mañana de otro día

hasta el río Callente, que es nueve leguas de Pasto, don-

de, Helado el Virrey, hizo alto, y losde Pizarro venían ya

bajando al río por unas cuestas ásperas y muy altas. El

Virrey quisiera luego allí dar la batalla por ser el sitio y lu-

gar bueno y dispuesto para ello y para defenderles el agua,

y así, puestos á caballo lo consultaron: unos decían que

era bien que allí se acabase, y que para ello se trabase

luego escaramuza defendiéndoles el agua; de otros era

su parecer que esto no convenía, porque sería dar más lu-

gar al enemigo para que se acercase y el Virrey y ellos

se perdiesen. Habiendo, pues, altercado mucho sobre ello,

determinóse que Francisco Hernández, capitán de arca-

HISTORIA DEL PERÚ 225

15

buceros, pasase de la otra parte del río y les defendiese

que no bajasen al agua, y, queriéndolo efectuar, no se ha-

llaron más que sólo doce soldados con pólvora, y así no

se efectuó cosa alguna de lo que el Virrey quisiera. Por

lo cual siguió su camino la vía de Popayán, enojado y

descontento de no haber peleado con sus enemigos; y

fueron caminando con grandísimo trabajo por la grande

aspereza de la tierra, y muriendo y padeciendo de ham-

bre, que aun hierbas no hallaban para comer; y en este

camino se comieron algunas yeguas y caballos, y el que

desto alcanzaba un poco de carne se tenía por contento y

de buena ventura. Los de Pizarro los fueron siguiendo

más de otras diez leguas adelante del río Callente, con

grandísimo trabajo y hambre, por lo cnal, y no lo pu-

diendo ya más sufrir, dieron la vuelta, habiéndoles toma-

do en este alcance muchas sumas de oro y plata,caballos

y esclavos, y mucha ropa y ganados que los vecinos de

Quito llevaban, y de otros soldados que en Quito se ha-

bían reformado. Y, desta suerte, poco á poco, se volvieron

de allí á la ciudad de Quito (cincuenta leguas de donde

dieron la vuelta) y el Virrey fué con los suyos con harto

trabajo, aunque no tanto como hasta allí, á meterse en

Popayán, que estaba treinta leguas de donde se le dejó de

dar el alcance. Llegado que fué á Popayán no fué recibi-

do con ceremonia alguna, ni se holgaron mucho con su

vista, por razón que ya estaban aficionados á Gonzalo Pi-

zarro, á causa del falso color de la resistencia contra las

ordenanzas.

CAPÍTULO XLVII

Cómo vuelto Gonzalo Pizarro á Quito entendía en fiestas

y regocijos, y proveyó que Pedro de Hinojosa volviese con

el armada á Panamá, y Pedro Hinojosa envió delante á

Rodrigo de Carvajal.

Estáse Pizarro en Quito en fiestas y vicios.—Hizo matar Pizarro un ve-

cino por gozar de su mujer.— Manda Pizarro que el armada se

vuelva á Panamá y Pedro Hinojosa por General.—Despáchase Hi-

nojosa y envía delante á Rodrigo de Carvajal.—Saben en Panamá

la venida de Hinojosa y pónense en armas.

Vuelto Gonzalo Pizarro á la ciudad de San Francisco

de Quito, tenía consigo ochocientos hombres, entre los

cuales estaban los principales de la tierra, así vecinos

como soldados, y como aquella provincia es abundosa de

comida, hallábase (en esta sazón) bien en ella, y mostrá-

base soberbio y lozano con los prósperos sucesos que ha-

bía tenido, y de contino andaba envuelto en fiestas, re-

gocijos y banquetes y aun en vicios desordenados, y lo

mismo hacía su gente, porque á la cabeza siempre desean

imitar los miembros. Díjose por cosa muy cierta haber he-

cho matar un vecino de Quito por gozar de su mujer, con

quien trataba de amores; y desta suerte se entretuvo allí

hartos días sin haber tenido nuevas del Virrey ni del in-

tento que tenía, y, sobre el designio del Virrey, cada uno

echaba su juicio como mejor le parecía.

228

HISTORIA DEL PERÚ

Mandó en este tiempo Gonzalo Pizarro, que el arma-

da que Bachicao había traído volviese á Panamá, y por

General della Pedro de Hinojosa, con doscientos y cin-

cuenta soldados, y que, yendo á la Buenaventura, desde

aquel puerto fuese costeando y discurriendo por toda la

costa y no dejase algún navio que no le tomase, enten-

diendo que, siendo señor de la mar, no podría tener

contraste en la tierra. Luego escribió Gonzalo Pizarro á

los principales vecinos de Panamá y á los que allí tenía

por más amigos, encomendándoles mucho sus negocios,

y colorando que, el enviará Pedro de Hinojosa, era para

satisfacer y pagar los robos y cohechos que Bachicao

había hecho en el tiempo que allí había residido, certi-

ficándoles que enviaba oro y plata para ello, y que, si

Pedro de Hinojosa llevaba gente, era para se asegurar

del Virrey y de los capitanes que en su nombre hacían

gente en Panamá. Escritas, pues, estas cartas, luego se

despachó Hinojosa, y envió delante con estos recados

á Rodrigo de Carvajal, para tener gratas y prevenidas

aquellas personas para cuando él fuese. Y con esto, Pedro

de Hinojosa se hizo á la vela con diez navios, guiando al

puerto de la Buenaventura para de allí ir discurriendo

por toda la costa. Rodrigo de Carvajal fué siguiendo el

derecho camino de Panamá, y tres leguas antes, á do di-

cen el Ancón, saltó de noche con un barco en tierra, y supo

de un estanciero cómo estaban en Panamá Juan de Ylla-

nes y Juan de Guzmán, capitanes del Virrey, y que, te-

niendo hecha alguna gente para llevar, después habían

acordado de estarse en Panamá con la gente, para defen-

der el pueblo de Gonzalo Pizarro. Por lo cual, Rodrigo de

Carvajal no se atrevió á saltar en tierra, y envió secreta-

mente aquella noche las cartas con un soldado suyo para

que las diese á las personas para quienes iban dirigidas.

El soldado lo hizo, mas algunos dellos dieron dello aviso

á la justicia, y, siendo preso el soldado,jdijo la verdad de

todo lo que pasaba, declarando la venida de Pedro de Hi-

nojosa. Luego el pueblo se puso en arma, y armando dos

bergantines fueron con ellos para tomar el navio de Ro-

drigo de Carvajal, el cual, viéndolos venir, se hizo á la

HISTORIA DEL PERÚ

229

vela, guiando á las islas de las Perlas para esperar á Pe-

dro de Hinojosa. Luego el Gobernador se partió al Nom-

bre de Dios y apercibió la gente que allí había, y se vino

con ella á Panamá para de hecho resistir á Pedro de Hi-

nojosa cuando viniese. •

CAPÍTULO XLVIII

Cómo Pedro de Hinojosa llegó con el armada al puerto de

la Buenaventura y prendió á Vela Núñez y los demás que

con él estaban, y se fué á Panamá y la ciudad le defendió la

entrada, y, estando para romper los unos con los otros, se

concertó que Pedro de Hinojosa entrase con cincuenta

soldados.

' Concierta un soldado con Hinojosa de darle en las manos á Vela Nú-

ñez.—Prisión de Vela Núñez.—Estando para romper los de Panamá

y Pedro de Hinojosa, sale la clerecía y tratan de medios y con*.

cierto.

Después que Pedro de Hinojosa hubo despachado áRo-

drigo de Carvajal, fuese con sus diez navios costeando la

tierra hasta el puerto de la Buenaventura con intento de

saber del Virrey, y, si hallase algún navio, llevársele consi-

go por quitar al Virrey todo cualquier aparejo. Estaba á la

sazón Vela Núñez, hermano del Virrey, con los que con-

sigo había llevado, cerca de aquel puerto dando orden de

hacer un barco para embarcarse, y tenía ya aparejado

todos los materiales, y quería enviar los aparejos al puerto

para hacer su viaje, y, para este efecto, envió delante á

Juan Ladrillero con un soldado Yres que se decía Guiller-

mo, para ver si el puerto estaba seguro. Los cuales fueron

lamino del puerto, y á legua y media del divisaron un na-

vio por entre unos árboles, y el Guillermo dijo á Juan La-

drillero que se quedase allí, y que él, por ser más suelto

y ligero, iría á ver lo que había en el puerto, y que luego

232

HISTORIA DEL PERÚ

volvería á dar relación de lo que en el puerto había. En

esta sazón, ya Pedro de Hinojosa había echado algunos

soldados en tierra para que, de los de la tierra, tomasen

lengua de lo que había, y para que prendiesen los vecinos

que hallasen. Llegado, pues,- Guillermo, puesto que en-

tendió que eran soldados de Pizarro, no volvió con el re-

cado á Juan Ladrillero, mas antes se juntó con ellos y les

dijo, que si se lo pagaban bien les daría á Vela Núñez en

las manos, y á Rodrigo Mexía y Sayavedra con un hijo de

Gonzalo Pizarro que tenían consigo. Llegó en esto Pedro

de Hinojosa y prometió de dar al Guillermo dos mil cas-

tellanos si lo hiciese. Luego envió Pedro de Hinojosa

gente por dos partes, y encontrando los unos con Vela

Núñez, se quiso poner en defensa y mataron á Ortuño de

Gálvez, vizcaíno, que peleó valientemente por le defen-

der. Finalmente, Vela Núñez fué preso con todos los de-

más y robaron todo lo que llevaban, y tomaron el hijo de

' Gonzalo Pizarro é hicieron grandes alegrías por tan buen

principio y próspero suceso.

Luego Pedro de Hinojosa guió para Panamá, y, sa-

liéndole al camino Rodrigo de Carvajal, le dio aviso de

lo que le había sucedido y como los de Panamá esta-

ban pertrechados para le resistir, por lo cual, puestos

en orden de guerra, guiaron al puerto. Los de la ciu-

dad recibieron grande alboroto de su llegada, y, pues-

ta la gente en orden, vinieron con sus banderas á de-

fenderles la salida, que serían quinientos hombres, sol-

dados, mercaderes y oficiales, algunos no con mucha

gana de pelear y aun mal intencionados. Visto por Hino-

josa esta resistencia, saltó en tierra al Ancón, dos leguas

de la ciudad, y con él Juan Alonso Palomino y Pablo de

Méneses, y dejando en los navios cincuenta soldados

para guarda de la armada y con orden que si hubiese ba-

talla, á la hora ahorcasen á Vela Núñez y á los demás pre-

sos,,fué marchando á la ciudad con los doscientos restan-

tes con las banderas tendidas, llevando en los barcos de

los navios, junto á tierra, toda el artillería. Y, queriendo

romper los unos con los otros, estando á tiro de arcabuz,

• llegó la clerecía en procesión, las cruces cubiertas y algu-

HISTORIA DEL PERÚ 233

nos religiosos. Luego comenzaron á tratar de medio y

concierto para que no hubiese rompimiento de batalla, y

se pusieron treguas por aquel día, dándose rehenes de la

una parte á la otra. Finalmente, disputándose personas y

dando y tomando sobre el negocio, se concertó que Pe-

dro de Hinojosa saltase en tierra con cincuenta hombres

para seguridad, y que pudiese estar treinta días en la ciu-

dad, y que en este tiempo estuviese la armada en la isla

de las Perlas, y que, pasado este término, Pedro de Hi-

nosa se volviese. Hecho, pues, este concierto, y siendo

otorgado y jurado por ambas partes, entró Pedro de Hi-

nojosa en la ciudad con los cincuenta soldados, y en cua-

tro días se le pasaron casi todos los soldados que Juan de

Yllanes y Juan de Guzmán, capitanes del Virrey, habían

hecho. Por lo cual, los dos capitanes tomaron secreta-

mente un barco, y, con veinte soldados que les habían

quedado, se fueron de Panamá la vía de Cartagena. Suce-

dió esto por el mes de Octubre de cuarenta y cinco.

CAPÍTULO XLIX

Cómo Melchor Verdugo se alzó en Trujillo por su Mages-

tad y la manera que para ello tuvo, y cómo se fué á Nica-

ragua, y Pedro de Hinojosa envió al capitán Palomino en

su seguimiento.

La invención y ardid que tuvo Melchor Verdugo para salir de Trujillo

en servicio de su Magestad.—Embárcase Melchor Verdugo y váse

á Nicaragua.—Parte Juan Alonso Palomino contra Verdugo.—

Vuélvese Palomino á Panamá.—Algunos culparon á Verdugo por

no se haber ido por la Buenaventura al Virrey.

Estaba en este tiempo Melchor Verdugo en la ciudad

de Trujillo, que fué uno de los que prendió Francisco de

Carvajal la noche que entró en Lima, cuando ahorcó á

Machín de Florencia y Pedro del Barco, y, puesto que

después Melchor Verdugo se había reconciliado con Gon-

zalo Pizarro, siempre estaba temeroso. Por lo cual, se de-

terminó salir de la tierra haciendo alguna cosa en servicio

,de su Magestad; y, para tal efecto, juntó consigo algunas

personas y compró armas secretamente, y aun mandó ha-

cer algunas prisiones; y sabiendo que en el puerto de

Trujillo estaba un navio para ir á Panamá, envió á llamar

'al maestre y piloto so color de enviar ciertas cosas á Pa-

Inamá; los cuales, venidos, los encerró en una cámara se-

creta y muy apartada que para tal efecto tenía mandado

Jiacer. Luego se envendó con paños las piernas, fingien-

fdo que estaba malo de cierta enfermedad que en ellas

solía tener, y púsose á una ventana de su casa, donde de

236

HISTORIA DEL PERÚ

ordinario se sentaban cada día los alcaldes y otros veci-

nos, que era en la esquina de la plaza, y venidos los al-

caldes saludóles y rogó se subiesen á su aposento para

efecto de hacer ciertos autos, pues él no podía bajar por

su enfermedad é indisposición; y, siendo ya dentro con el

escribano, los llevó con buenas palabras poco á poco á

do tenía el maestre y piloto, y quitándoles las armas y

las varas los metió en aquel aposento echándoles las pri-

siones que para tal efecto había mandado hacer, y dejó

seis arcabuceros en su guarda; y, vuelto á su ventana, en

pasando algún vecino le llamaba, inventando algún géne-

ro de negocio, y le prendía, y, desta suerte, dióse Verdugo

tan buena maña, que en pocas horas tuvo hasta veinte

personas de los principales que en esta sazón en la ciudad

residían. Lo cual habiendo hecho, con algunas personas

que tenía prevenidas, salió por la ciudad apellidando la

voz del Rey, y juntó más gente, y luego se volvió á los

presos; á los cuales, habiéndoles hecho su parlamento, y

dicho y significado lo que le había movido hacer esto, se

declaró con ellos que luego se rescatasen, porque si no

los había de llevar consigo de la manera que estaban, y que

este rescate le quería para ayuda de hacer gente y soco-

rrer al Virrey. Finalmente, los presos se rescataron y cada

uno por sí hizo talla, que fué harta suma de pesos, y luego

lo entregaron. Con lo cual, y lo que también sacó de la

caja Real, y lo que más pudo allegar Melchor Verdugo

(que era muy rico) se embarcó en aquel navio con veinte

soldados y se fué á Nicaragua, á do siendo llegado habló

á los gobernadores de aquella provincia, y, dándoles

cuenta de su jornada, les pidió ayuda y socorro para ir al

Virrey. Empero, como no se le dio, fuese de allí á los con-

fines y á la Audiencia Real que allí residía, y pidió lo

mismo, y el Audiencia dio orden que el licenciado Ra-

mírez, oidor, lo hiciese. El cual se partió y apercibió los

vecinos de la tierra para que estuviesen á punto con sus

armas y caballos para cuando les fuese mandado.

Siendo, pues, Pedro de Hinojosa avisado de lo que

Verdugo en Trujillo había hecho, y que estaba en Nicara-

gua haciendo gente para el Virrey, mandó á Juan Alonso

HISTORIA DEL PERÚ

237

Palomino que fuese á Nicaragua con ciento y veinte solda-

dos y pusiese remedio. El capitán Palomino se partió lue-

go en dos navios, y, en llegando al puerto, se apoderó del

navio de Melchor Verdugo y de los demás que allí esta-

ban; y queriendo saltar con su gente en tierra, el licen-

ciado Ramírez y Melchor Verdugo con la gente de la ciu-

dad de León y Granada se lo resistieron. Por lo cual, el

capitán Palomino, viéndose inferior á los contrarios, y

que tenían caballos para correr la tierra, acordó estarse

quedo en la mar algunos días, esperando coyuntura de

hacer algún salto, y viendo que no se ofrecía oportunidad

para ello, tomó algunos navios del puerto y quemó los

que no pudo llevar y volvióse á Panamá. Algunos culpa-

ron á Melchor Verdugo de no se haber ido al Virrey por

la Buenaventura, pues entonces no había quien se lo im-

pidiese, y por haberse ido á Nicaragua que tan lejos esta-

ba de Popayán y de donde con tan gran dificultad y dila-

ción se podía ir al Virrey que no había de poder llegar

allá, ó tan tarde, que ya no fuese menester. Estuvo Mel-

chor Verdugo en Nicaragua algunos días, haciéndole

buen acogimiento el licenciado Maldonado (Presidente

de aquella Audiencia) y los Oidores por decir que iba con

la voz de su Magestad, por lo cual, y con lo que gastaba

(porque aquella tierra no es tan gruesa de dinero como el

Perú) se le allegó golpe de gente. Lo cual agora deja la

historia por contar lo que Gonzalo Pizarro y el Virrey

hacían.

CAPÍTULO L

Cómo Gonzalo Pizarro sabida la muerte de Francisco de

Almendras y alzamiento de Diego Centeno envió á Fran-

cisco de Carvajal á los Charcas, y cómo el Virrey supo la

prisión de Vela Núñez su hermano y salió con su gente de

Popayán á la villa de Pasto.

Dan nueva al Virrey de la prisión de Vela Núñez y causa mucha triste-

za en la gente.—Razonamiento del Virrey á los suyos.—Muestra el

Virrey regocijarse porque su gente se regocije.—Trajo el goberna-

dor Benalcázar cuarenta hombres.—Cristianísimas palabras del Vi-

rrey.—Los indios é indias del Perú ordinariamente hablan con el

demonio.—Llegan á Pasto el Virrey y su gente.

Cuando estas cosas pasaban, ya Gonzalo Pizarro, por

carta de Alonso de Toro, había sabido la muerte de Fran-

cisco de Almendras y alzamiento de Diego Centeno, so-

bre lo cual luego proveyó que Francisco de Carvajal, su

maestre de campo, fuese á los Charcas á lo castigar, con

larga comisión para ello y para recoger dineros y hacer

gente, y había algunos días que era partido, de quien, ade-

lante, en la segunda parte desta historia haremos larga

i mención, y de sus crueldades y suceso, que no será pe-

queño discurso. Y así, dejando por agora este cuento, di-

remos lo que en este tiempo hacía Blasco Núñez Vela en

I la ciudad de Popayán: el cual, después que llegó á Popa-

I yán, procuró que se trújese allí todo el hierro que había en

f la provincia y los maestros de herrería, y dio gran priesa

en hacer arcabuces, que se hicieron más de doscientos.

240

HISTORIA DEL PERÚ

También hizo que se hiciese armas defensivas de cueros

de vaca, celadas, barbotes y también coseletes, y eran

para la necesidad tan buenas, que no había lanza ni espa-

da que en ellas hiciese mella ni daño alguno, más que si

fueran armas de Milán.

Estando muy ocupado en esto, viniéronlo nuevas de

la prisión de su hermano Vela Núñez y sus compañeros,

de la cual recibió grandísima pena, y toda su gente mu-

cho pesar y tristeza, pareciéndoles ya que de donde es-

peraban y les había de venir el socorro para hacer guerra

al enemigo les iba faltando. Entendido por el Virrey este

sentimiento de su gente, estando casi todos con él y á

caballo, les habló desta manera: "Bien veo, señores, la

pena que todos habéis recibido con la nueva de la pri-

sión de Vela Núñez, así por ser mi hermano como por ha-

ber sido vuestro General y amigo de todos. Yo os ruego

no estéis por ello triste ni os dé pena, que si está preso

es por servir á su Magestad, y si le hubiesen cortado la

cabeza, él acabó su vida como buen caballero, sirviendo

á su Rey. Ruégoos mucho no penséis más en ello, y que

todos nos regocijemos poniendo en Dios nuestra esperan-

za,,. Acabadas de decir estas palabras, el buen viejo, por

alegrar su gente, se regocijó (al parecer) por la plaza, re-

volviendo su caballo á unas partes y á otras, é hizo que

todos los que estaban con él, así lo hiciesen.

Luego que el Virrey envió á Popayán, envió tam-

bién al nuevo reino de Granada de Bogotá por gente, y

despachó para ello al capitán Nieto, vecino de aquella

provincia, y no vinieron más que diez hombres. Asimis-

mo, viendo el Virrey que el gobernador don Sebastián de

Benalcázar se tardaba, y que estaba en las provincias de

Ancerma y Cartago, dijo públicamente: "Si el gobernador

Benalcázar es rebelde y no quiere venir, yo enviaré á cas-

tigarle, que todo es castigar,,; y vino de ahí á pocos dias,

que debió ser avisado destas palabras, y trajo consigo

cuarenta hombres mal armados, porque aun al Goberna-

dor dio el Virrey una cota para entrar en la batalla.

En todo este tiempo no había sabido el Virrey cosa al-

guna de Gonzalo Pizarro, y tenía duda si estaba en Pasto ó

HISTORIA DEL PERÚ

241

en Quito, ó si por ventura se había ido á Lima; y era la

causa que Gonzalo Pizarro tenía puesto grandísimo recado

en los caminos para que nadie pudiese ir ni venir. Mas con

todo este recato tuvo el Virrey nueva por indios, que de-

cían que un Atum Apo (que en su lengua quiere decir un

gran señor) había salido con gente y que iba camino del

Cuzco; lo cual era que Francisco de Carvajal había salido

para ir contra Diego Centeno, y los indios no supieron

dar razón de quien fuese. El Virrey mostraba tener gran

pena y congoja por no saber la certitud de quien era y

qué intento llevaba, lo cual habiendo del entendido un

clérigo sacerdote, le dijo secretamente: "Señor, si vuestra

señoría desea tanto saber quién es el Capitán que ha sa-

lido de Quito y con qué gente y el fin que lleva, promé-

tame vuestra señoría y déme su palabra, que no preten-

derá saber de mí quién me lo dijo, ni por qué vía lo he

sabido, y, desta manera, para mañana á estas horas yo me

ofrezco decir á vuestra señoría certificadamente quién ha

partido, y cuáles y cuántos van con él y para qué efecto,,.

El Virrey le dijo que, según su relación, tenía entendido

había de ser por parte del demonio, y que siendo así, no

solamente no lo quería saber en la coyuntura en que esta-

ba, más que si Dios permitiese que él estuviese en térmi-'

nos de ser vencido y muerto, y por saber tal cosa por se-

mejante medio hubiese de ser vencedor, que antes se

dejaría vencer y morir. Lo cual, por cierto, fué argumento

de la bondad y cristianidad de Blasco Núñez Vela; y no se

tenga por muy dificultoso en el Perú saber semejantes

cosas desta suerte, porque es cierto y cosa averiguada que

de los indios é indias de toda aquella tierra, hablan mu-

chos con el demonio y les da respuesta de todo lo que le

preguntan; y, desta suerte, muchas veces se ha sabido en

el Perú, á doscientas y trescientas leguas, quién ha sido

i vencedor de una batalla el mismo día que se dio y otras

cosas semejantes, Volviendo, pues, á la historia, habien-

do estado el Virrey muchos días en Popayán, y viendo que

ya no esperaba socorro de parte alguna, y que todo le su-

cedía mal, determinó de salir de Popayán; y para ser avi-,

sado y saber si podía entrar en Pasto y dónde estaba

16

HISTORIA DEL PERÚ

Gonzalo Pizarro y lo que hacía, envió al capitán Cepeda

(que era teniente de Pasto) con su compañía de á caba-

llo, y, sin esperar respuesta, de ahí á seis días envió al

capitán García de Bazán, con su compañía, en seguimien-

to de Cepeda, y tras éstos al estandarte Real y á Francis-

co Hernández, capitán de arcabuceros en su guarda; y así

llegaron todas estas compañías á Pasto, y después llegó el

Virrey con el resto de la gente; y fué con grandísimo

trabajo, por ser invierno y pasar grandes y caudalosos

ríos, en los cuales se les ahogó alguna gente y caballos,

y se llevó un río una carga de arcabuces que venían so-

brados.

CAPÍTULO LI

Cómo Gonzalo Pizarro hizo maestra de irse de Quito d

los Charcas para que el Virrey se viniese d Quito, y Blas-

co Núñez Vela vino la vuelta de Quito y asentaron los

reales á vista el uno del otro.

Echa fama Pizarro de irse á los Charcas por incitar al Virrey.—Escribe

cartas el Virrey á los de Gonzalo Pizarro.—Habíanse los corredo-

res del Virrey y de Pizarro.—Entran en consulta y aconsejan que

Pizarro se vuelva á Lima y se rehaga de gente y artillería y Piza-

rro lo contradice.

Estaba en este tiempo Gonzalo Pizarro en la ciudad

de Quito con mucha pujanza de gente, y deseaba mucho

incitar al Virrey para que le viniese á buscar, y para tal

efecto, echó fama que se iba á los Charcas contra Diego

Centeno, y que dejaba á Pedro de Puelles en Quito para

que estuviese como en frontera contra el Virrey; y para

mejor lo divulgar escogió de toda su gente y señaló los

que había de llevar, y después de haber hecho alarde des-

ta gente y dádoles socorro, partióse de Quito y procuró

por diversas vías que esto viniese á noticia del Virrey,

usando de algunas invenciones, y también por medio de

una espía del Virrey, la cual se descubrió á Pizarro y de-

claró la cifra que con el Virrey tenía. Lo cual, en alguna

, manera, el Virrey había creído antes que saliese de Po-

payán y, por el consiguiente, todos los vecinos de Quito

que consigo tenía, que, con estas nuevas, le daban espue-

las para que se fuese á Quito con deseo de irse á sus casas

244

HISTORIA DEL PERÚ

y haciendas, creyendo que, habiéndose ido Gonzalo Piza-

rro, si fuese el Virrey, Pedro de Puelles desampararía la

ciudad.

Sabía en este tiempo Gonzalo Pizarro todo lo que el

Virrey hacía, y sabiendo que estaba ya en Pasto y que

venía en su demanda, volvióse con la gente que tenía y

secretamente se vino á Quito. El Virrey llegó en esto ai

asiento de Otaualo, y antes, dos ó tres leguas, supo cómo

Gonzalo Pizarro estaba en la ciudad, pero no lo quiso de-

clarar á persona alguna. Antes de llegar al Tambo de

Otaualo mandó poner la gente en escuadrones en forma

batalla, para que cada uno supiese do había de acudir y la

de orden que en la batalla se había de tener, lo cual se hizo

con regocijo de toda la gente, y así lo habían hecho algu-

nas veces en Pasto. Esto hecho, se fueron á alojar al Tam-

bo y aquella noche durmieron en escuadrones. Aquí es-

cribió el Virrey muchas cartas á personas principales del

campo de Gonzalo Pizarro (que estaba entonces nueve

leguas de allí) entendiendo, que, sabiendo su venida, al-

gunos se le pasarían, y otro día siguiente, al cuarto del

alba, mandó tocar á marchar. Este día vino á dormir á un

asiento de indios que llaman Cochisqui, y también dur-

mieron en escuadrón y en orden de batalla, por causa que

ya se iban acercando al enemigo. Y, antes de amanecer,

mandó ir los corredores delante para que viesen los ene-

migos y supiesen cómo estaban; los cuales, llegados á

Guallibamba (que es un río grande, cuatro leguas de Qui-

to) hallaron veinte corredores de Gonzalo Pizarro que

guardaban' el paso del camino, y no se podía ir á Quito

por otra parte si no era por un camino malo y muy áspero

que no se podía caminar por él. Llegados, pues, cerca de

los corredores de Pizarro los corredores del Virrey, los ha-

blaron y dijeron que se pasasen á servir á su Magestad y

al Virrey en su nombre, que atrás venía con mucha gente,

y dejasen á un tirano que era traidor á su Rey, y que no

quisiesen morir con renombre y título de traidores. Ellos

respondieron, que más querían servir al Gobernador su

señor, y que ellos también le fuesen á servir y les haría

muchas mercedes, y dejasen de servir al Virrey, pues sa-

HISTORIA DEL PERÚ

245

bían que era un tirano, y venía á quitar la libertad y fran-

queza á todos los del Perú; y, habiendo pasado entre ellos

sobre tal razón muchas palabras (y aun desafíos que no

vinieron á efecto) se volvieron los de Pizarro á dar aviso

á su campo, y los corredores del Virrey los fueron siguien-

do por una cuesta arriba. Luego se tocó arma en el campo

de Pizarro diciendo, que el Virrey venía con novecientos

hombres, y puso gran confusión y rebato en toda la gente,

porque verdaderamente se tenía así entendido con todos

los recatos y avisos que Gonzalo Pizarro tenía; y para

echar esta fama había tenido el Virrey gran cuidado y

aviso, y traía siempre y caminaba con nueve banderas ten-

didas, y allende otros intentos y motivos que para lo ha-

cer tuvo, fué para efecto que se le pasase á él gente de

Gonzalo Pizarro.

Luego, pues, que Gonzalo Pizarro tuvo aviso de los

corredores, entró en consulta con todos sus capitanes y

personas de consejo de guerra, y tratando deste nego-

cio casi todos eran de acuerdo que Gonzalo Pizarro se

volviese á Lima, y que allí juntaría más gente y artille-

ría, para que, con mayor pujanza y ventaja, diese la ba-

talla al Virrey; lo cual, oído por Gonzalo Pizarro, se de-

claró que por ninguna vía lo haría, dando para ello algu-

nas causas, no muy bastantes, antes de soberbia y pre-

sunción, dando á entender que no quería ser fusilado por

cobarde, y así dijo en fin de su plática: "Juro á Nuestra

Señora que aquí tengo de vencer ó morir,,. Y con esta de-

terminación se estuvo quedo en el sitio* que /ya había to-

mado, que era en lugar muy fuerte y alto, cercado de una

cava muy honda y situado en el camino por donde el Vi-

rrey había de venir. Luego envió al capitán Guevara con

cincuenta arcabuceros para ponerse en celada por do ha-

bían de pasar, y que procurase tomar alguno del Virrey

para tomar lengua de la gente que traía (porque hasta allí

por ninguna vía lo había podido saber); y, para este efec-

to, los corredores de Gonzalo Pizarro pasaron delante

para trabar escaramuza, para que, retrayéndose metiesen

los contrarios en la celada, y provocaron á los corredores

contrarios para la escaramuza. Empero, teniendo sospecha

246

HISTORIA DEL PERÚ

de lo que había, se mandó que nadie saliese. Luego llegó

el Virrey,marchando con su gente con muy buena orden,

y habiendo bien reconocido el lugar y sitio fuerte que el

enemigo tenía, hizo muestra de querer subir á lo alto y

descendió con su gente á un llano ribera del río, y por una

ladera mandó poner muchos toldos; y como al bajar se

divisaba bien la poca gente que el Virrey traía, túvose

duda y sospecha si por ventura quedaba gente atrás para

usar de alguna cautela y engaño; y dióse luego orden

para que aquella noche hubiese buena vela y gran reca-

do en el real de Gonzalo Pizarro.

CAPÍTULO LII

Cómo el Virrey alzó de noche su real para dar antes que

fuese de día sobre Gonzalo Pizarro, y por ser el camino ás-

pero no hubo efecto y se fué á la ciudad de Quito.

Determina el Virrey ir por diferente camino á dar sobre Pizarro.—Man-

da el Virrey hacer grandes fuegos en su real y va con su gente por

un perverso camino.—Hállase el Virrey una legua de Quito de día

claro y váse á la ciudad.

Habiendo Blasco Núñez Vela bien visto y considerado

el sitio fuerte que su enemigo tenía, entendió que era

perdido si allí le acometía, y siendo informado que había

otro camino diferente de aquel que Pizarro guardaba, por

el cual, á cuatro leguas, salía á la retaguardia del real de

Gonzalo Pizarro, por fines que para ello tuvo, aunque le

dijeron que era perverso y malo, se determinó ir por él

para dar sobre los enemigos repentinamente antes del día,

por la parte á do el camino salía y donde estaba la gente

de caballo. La arcabucería tenía Pizarro en la vanguardia

porque no se podía presumir que nadie pudiese ir por este

camino, y así estaba sin guardas. Estando, pues, en esta

determinación, aun no era bien anochecido, cuando el Vi-

rrey mandó hacer en su real muy grandes fuegos para

descuidar los enemigos, y dejando puestos los toldos y

los indios con ellos, fué caminando con toda su gente por

aquel camino, lloviéndoles toda la noche, do había mu-

chas quebradas y grandes ríos, y muchos veces venían

los caballos rodando por las cuestas abajo y arrastrando

248

HISTORIA DEL PERÚ

las caderas iban hasta dar en los ríos; y desta manera ca-

minaron toda la noche, dejando muertos algunos caballos

y perdidos algunos soldados, que después no pudieron

llegar al tiempo de la batalla; y, siendo de día claro, se

halló una legua de Quito, y viendo que no podía ya haber

efecto en su designio, acordó irse á la ciudad con intento

de allegar á sí los que en ella hubiesen quedado y que no

hubiesen ido con Pizarro; y así caminaron para allá, y,

entrados, no hallaron hombre alguno, sino solamente las

mujeres; y antes que en la ciudad entrasen, tomaron los

corredores un hombre, del cual supieron por muy cierto,

que Gonzalo Pizarro tenía ochocientos hombres con bue-

nas armas y mucha munición y artillería.

Venida, pues, la mañana, Gonzalo Pizarro envió co-

rredores que reconociesen bien el sitio del Virrey, los cua-

les, siendo llegados, reconocieron que no había gente y

entraron en el real, y solamente hallaron un clérigo que ve-

nía con el Virrey, que era cura de la villa de Pasto, que se

decía Tapia, al cual luego llevaron á Gonzalo Pizarro, y le

dijo la poca gente que el Virrey traía, y que atrás no que-

daba persona alguna, y que el Virrey con la gente se había

ido por el otro camino. De lo cual Pizarro y todos los su-

yos fueron muy alegres y de allí tuvieron por suya la vic-

toria, porque, allende de venir con poca gente y mal arma-

da, supieron también que traía muy ruin pólvora, que era

de España, porque en toda la gobernación de Popayán no

habían hallado tan solamente una libra de salitre para la

poder hacer, y así fué de poco provecho. Entendido esto

por Gonzalo Pizarro, luego salió de aquel sitio fuerte y

vino marchando con su campo la vía de Quito.

CAPÍTULO Lili

Cómo el Virrey salió de la ciudad de Quito pata dar la

batalla, y el razonamiento que hizo á los suyos, y las plá-

ticas que pasaron entre él y el gobernador Benalcázar.

Habla Benalcázar al Virrey para que se baga concierto con Pizarro.—

Respuesta del Virrey.—Promete el Virrey de quebrar la primer

lanza.—Parlamento que hace el Virrey animando su gente en ser-

vicio del Rey.

Cuando Gonzalo Pizarro caminaba para Quito con la

buena nueva que el clérigo le había dado, ya el Virrey

estaba dentro de la desolada ciudad; y como él y Benal-

cázar se habían informado del hombre que habían tomado

de la pujanza de Gonzalo Pizarro, parecióle al goberna-

dor Benalcázar que sería bien advertir al Virrey lo que

convenía, y darle su parecer como hombre experimentado

y que había conquistado á Quito; y así, al entrar de la ciu-

dad, se llegó, á caballo como estaba, al Virrey y le dijo:

"Señor, vuestra señoría sepa que Pizarro está aquí con mil

hombres, vecinos y buenos soldados, que son la flor del

Perú. Sería de parecer (si á vuestra señoría le parece)

que diésemos algún concierto con él, pues vuestra seño-

ría tiene tan poca gente, y, para esto, yo me desarmaré é

iré á entender y tratar dello,,. A lo cual respondió el Vi-

rrey: "Señor Adelantado, aquí somos venidos en busca de

nuestros enemigos para pelear con ellos y castigarlos, y

no á dar conciertos ni tratar dellos, porque con traidores

ni hay palabra ni la guardan, ni tratemos de eso; sino que,

250

HISTORIA DEL PERÚ

pues estamos cerca y el Rey os hizo caballero, que peleéis

como tal y en esto se servirá Dios y el Rey,,. No le con-

tentó á Benalcázar esta respuesta y dijo al Virrey: "Señor,

pues vuestra señoría manda eso, yo lo haré, y no en balde

dicen en el campo que vuestra señoría va siempre en el

escuadrón de la sanidad,,. Dijo entonces el Virrey: "Yo os

prometo' que la primera lanza que se rompa en los enemi-

gos sea la mía,, (y así lo cumplió). Dijo estas palabras Be-

nalcázar porque, en los escuadrones y peleas en que por

el camino se ensayaban, quedaba siempre el Virrey con

doce de caballo detrás del escuadrón de la infantería, y

así, creyó que al tiempo de la batalla había de ser lo

mismo.

Habiendo, pues, pasado estas razones, fueron en su

orden hasta llegar á la plaza, á do hicieron alto, y el

Virrey les hizo allí un breve parlamento desta manera:

"Caballeros y soldados que tan bien y lealmente habéis

servido á vuestro Rey en mi acompañamiento, y tantos

trabajos habéis pasado: los enemigos tenemos cerca, y

muchas leguas hemos caminado para darles batalla y cas-

tigarles. Yo os ruego que peleéis valientemente, como en

vosotros tengo la confianza, hasta vencer vuestros enemi-

gos, y no permitáis ser vencidos, que es la cosa más vil

que los hombres pueden hacer, que, aunque los enemigos

son más que nosotros, muchos ejércitos se han vencido

con poco á muchos; y así, espero en Dios que vencere-

mos éste, pues la causa es suya y de nuestro Rey. Yo os

prometo de haceros grandes mercedes y señores en este

reino en nombre de su Magestad,,. Todos alegremente res-

pondieron que así lo harían y se lo prometieron. Luego el

Virrey mandó tocar los atambores y se volvió á salir fuera

de la ciudad, puesta toda su gente en buen or-den y con-

cierto, con determinación de dar la batalla.

CAPÍTULO LIV

Cómo se rompió la batalla y el Virrey fué muerto en ella,

y Gonzalo Pizarro hubo la victoria y lo que hizo después

del rompimiento.

Sitio de Gonzalo Pizarro.—Sitio del Virrey.—La orden de la gente leal.

La orden de la gente de Pizarro.—Estáse quedo Gonzalo Pizarro y

el Virrey le va á dar batalla.—Traba Francisco Hernández la esca-

ramuza.—Pelean valientemente los capitanes del Virrey.—Pelea

Francisco Hernández valientemente.—Rompió el Virrey la primera

lanza y derriba á Alonso de Montalvo. —Cae muerto Sancho Sán-

chez de las heridas y cansancio.—Derriban al Virrey del caballo.—

El licenciado Carvajal hace cortar la cabeza al Virrey.—Ponen la

cabeza del Virrey en el rollo de la plaza.—Entierran al Virrey con

pompa y cerimonia.—Muerte del licenciado Alvarez.—Muerte del

capitán Pedro de Heredia.—Ahorcaron á Pero Vello y á Pero An-

tón.—Hizo cortar Juan de la Torre la cabeza á Pedro de Tapia por

gozar de su mujer.—Envía Gonzalo Pizarro á diversas partes la

nueva de su victoria.—Ahorca Alarcón á Sayavedra y á Lerma.—

Perdona Gonzalo Pizarro á Vela Núñez lo pasado.

Lunes después de medio día, diez y ocho de Enero,año

del nacimiento de Nuestro Salvador Jesucristo y de núes'

tra redención mil y quinientos y cuarenta y seis, iban

marchando los dos campos el uno en busca del otro; y

puesto que el Virrey no llevaba sino trescientos y treinta

hombres y sabían que Gonzalo Pizarro tenía ochocientos,

iba él y%toda su gente con tanto ánimo y determinación

como si ya verdaderamente supieran ser suya la victoria;

y puesto ya los unos á vista de los otros en el campo que

252

HISTORIA DEL PERÚ

llamaba de Anaquito (dos leguas de la ciudad) cada uno

comenzó á ordenar y animar su gente para dar la batalla.

Estaba Gonzalo Pizarro, al tiempo que los dos campos se

divisaron, en un buen sitio en que había algunas hoyas y

montones de tierra. El Virrey estaba en una hoya, que,

para la poca gente que traía, era lugar dispuesto para es-

perar su enemigo. Formó luego el Virrey su escuadrón de

infantería de setenta picas, que no tenía para más, y de

ciento y veinte arcabuceros que tenía guarneció el es-

cuadrón, y dejó la mayor parte para sobresalientes que

encomendó al capitán Francisco Hernández para que tra-

base la escaramuza. A la mano izquierda del escuadrón

de infantería puso un escuadrón de setenta de caballo

con el estandarte Real y encomendóle á don Alonso

de Montemayor; formó otro escuadrón de cincuenta de

caballo que dio al capitán Cepeda, teniente de Pasto, y

éste púsose á la mano derecha de la infantería. El Virrey,

con doce de caballo, se quedó en la retaguardia para so-

correr lo que más necesario fuese, aunque después fué el

primero que rompió su lanza.

Gonzalo Pizarro, siendo avisado -de la orden del

Virrey, ordenó su gente de la misma suerte (aunque

con doblado número); formó su escuadrón de infantería

de trescientas y cincuenta picas, y en el. avanguardia

puso personas principales que hizo apear de la gente

de caballo, y algunos puso también en la retaguardia, y

guarneció bien este escuadrón de arcabuceros; y de

los arcabuceros restantes sacó dos mangas, una al lado

derecho de su escuadrón, de que era capitán Juan de

Acosta, con sesenta arcabuceros, y otra al lado izquier-

do, de que era capitán Guevara, con otros tantos. Luego

Formó un escuadrón, de hasta noventa de caballo, á la

mano derecha de su infantería, que dio al licenciado

Carvajal y á Pedro de Puelles y á Diego de Urbina.

Formó también otro escuadrón de los de caballo restantes,

que puso al lado izquierdo de la infantería, en que iban

Gómez Alvarado y Martín de Robles y otras muchas

personas principales del campo, y este escuadrón dio

Gonzalo Pizarro al licenciado Cepeda. Quedó Pizarro de-

HISTORIA DEL PERÚ

253

irás-de todos con quince de caballo, y fué á ruego de los

suyos, porque se quería hallar en los primeros.

Estando, pues, los dos campos ordenados desta mane-

ra, Gonzalo Pizarro, conociendo la ventaja de su sitio, es-

túvose quedo. El Virrey, viendo estar quedos á sus ene-

migos y que el día se le iba, acordó animosamente ir luego

á dar la batalla; y, con esta determinación, subió su infan-

tería por una ladera de la hoya en que estaba situado para

ir á sus contrarios, y los de caballo hicieron lo mismo, su-

biendo por otra parte, que era el camino acanalado yangos-

to, que les fué forzado desbaratarse y salir de tres en tres y

de cuatro en cuatro, y al salir para adelante las mangas de

los arcabuceros les dieron una recia carga, trabando asi-

mismo Francisco Hernández la escaramuza con estos so-

bresalientes. Luego arremetió á manera de corrida el

escuadrón de la infantería del Virrey al de Gonzalo Pi-

zarro, é iban en la delantera Juan Cabrera, Alonso Sán-

chez de Avila, Rodrigo Núñez de Bonilla y el capitán

Pedro de Heredia; y llegando á la frente del escuadrón

de Pizarro pelearon tan valientemente y con tanto ánimo

que, rompiendo y pasando por las primeras hileras, des-

barataron el escuadrón por toda aquella parte, cayendo

tendido y muerto el capitán Juan Cabrera. Pasó adelante

el capitán Francisco Hernández con una partesana en las

manos é hízolo bien-este día. Sancho Sánchez de Avila

iba delante de todos, y esforzadamente, con un montante

en las manos, se hizo hacer lugar hasta llegar al medio

del escuadrón, siguiéndole siempre los suyos que le ha-

bían quedado; y todavía la gente leal se mantenía valero-

mente y había gran grita y vocerío entre todos. Estando

en esto, viendo el licenciado Carvajal casi desbaratado el

escuadrón, salió de su puesto con los que tenía y don

Alonso de Montemayor le salió al encuentro. Entonces

Blasco Núñez Vela pasó delante de don Alonso, dicien-

do: "¡Santiago, y á ellos!,,, siguiéndole hasta veinte de

á caballo, los cuales arremetieron contra el escuadrón del

licenciado Carvajal con tanto ímpetu y valentía que de-

rribaron á muchos de los enemigos, y, desbaratando este

escuadrón, algunos cantaron victoria; siendo el primero

254

HISTORIA DEL PERÚ

que rompió su lanza Blasco Núñez Vela, y del primer en-

cuentro que hizo derribó á Alonso de Montalvo del

caballo abajo y pasó adelante, peleando como valiente

y animoso caballero, y lo mismo los que le seguían.

Luego Gonzalo Pizarro, juntándose con el escuadrón

grande do estaba el licenciado Cepeda y los principales de

su campo, arremetió á la infantería del Virrey, hiriendo y

matando y desbaratándolos, y pasó hasta llegar do estaba

Sancho Sánchez de Avila en medio de su escuadrón, y

le cercaron por todas partes, defendiéndose tan esforza-

damente que nadie se le osaba acercar, hasta que de las

heridas y cansancio cayó muerto en tierra. Luego fueron

muertos casi todos los que con él estaban, á lo cual ayu-

dó que el capitán Cepeda (teniente de Pasto) había des-

amparado el lugar que tenía y dejó desabrigada la infan-

tería, poniéndose en la retaguardia del estandarte Real.

Hecho esto, arremetió Gonzalo Pizarro con gran tropel

contra la gente de caballo, y cuatro de los que iban de-

lante encontraron al Virrey, uno de los cuales fué Her-

nando de Torres, natural de Cádiz, y todos cuatro revol-

vieron sobre él, y con las porras y estoques le derribaron

casi muerto del caballo abajo. Lo cual viendo los suyos,

y que los más eran muertos y casi todos heridos, desma-

yaron del todo y pusiéronse en huida. Los de Pizarro,

cantando victoria, los fueron siguiendo, y, escapándose

muy pocos, los trajeron al Real.

Siendo ya vencida la batalla, el licenciado Carvajal en-

contró al Virrey, que ya quería expirar, é hízole cortar

la cabeza, y él y Pedro de Puelles la llevaron á Quito

con grandes alegrías, habiendo algunos capitanes y per-

sonas arrancado y pelado algunas de sus blancas y

leales barbas para traer por empresa, y Juan de la

Torre las trajo después públicamente en la gorra por

la ciudad de los Reyes, por lo cual Dios fué servido y

permitió que éste y otros justamente lo pagasen, siendo

muertos inhabilitadamente, como en el segundo libro

desta historia se hará mención. Llevada, pues, la ca-

beza del Virrey á la ciudad de Quito, la pusieron en el rollo

de la plaza, do estuvo colgada algún poco de tiempo, y

HISTORIA DEL PERÚ

255

pareciendo esto á alguno cosa de gran fealdad, la quitaron

y juntaron con el cuerpo y le amortajaron y llevaron á en-

terrar á la iglesia mayor con gran pompa y cerimonia,

llevando luto Gonzalo Pizarro y algunos principales de su

campo. Dieron asimismo honrada sepultura en la misma

iglesia á Sancho Sánchez de Avila, por ser deudo de

Blasco Núñez Vela. Fué el enterramiento martes, otro

día después de la batalla. Murió también el capitán Cepe-

da, natural de Placencia; salieron heridos don Alonso de

Montemayor y el licenciado Juan Alvarez. El licenciado

estaba herido en la cabeza y murió en Quito, aunque se

tuvo por muy cierto que Gonzalo Pizarro le hizo dar pon-

zoña, y que fué en los polvos que los médicos le echaron en

la herida, y otros afirman que se le dio en una almendra-

da. El capitán Pedro de Heredia fué preso, y mandó Gon-

zalo Pizarro darle luego garrote porque se había pasado

al Virrey, habiéndole á él pedido licencia para irse á

| Túmbez. Hizo con gran diligencia buscar los soldados

que de Lima se le habían huido con el barco, y ahorcó á

Pero Vello y á Pero Antón, y no pudo haber á Iñigo Car-

do. Habíase huido el capitán Pedro de Tapia después del

vencimiento de la batalla y acogióse al Monesterio de

San Francisco, do, estando retraído, envió á llamar al ca-

pitán Juan de la Torre, que era su cuñado, para que le

alcanzase perdón de Gonzalo Pizarro, el cual prometió de

lo hacer. Mas en saliendo del Monesterio, lo dijo á Pedro

de Puelles, que luego cortó á Tapia la cabeza. Túvose

entendido que hizo esto Juan de la Torre por gozar de

doña Teresa, mujer de Tapia. Estos fueron muertos des-

pués de la batalla y otros cinco ó seis. A don Alonso de

Montemayor ya\ tesorero Rodrigo Núñez de Bonilla, con

otros ocho ó nueve, los desterró para Chile y enviólos con

el capitán Antonio de Ulloa, y, en el camino, prendieron

valerosamente á Ulloa y fuerónse á la Nueva España. A

los demás que quedaron vivos, procuró Gonzalo Pizarro

atraerlos á su servicio, mandando que de los suyos fuesen

bien tratados; perdonó al gobernador don Sebastián de

I Benalcázar, con juramento que hizo de no ser jamás con-

tra él; quiso matar al capitán Francisco Hernández Girón,

256

HISTORIA DEL PERÚ

y aun túvolo así mandado (que cierto no se perdiera nada

por lo que después hizo y causó en el Perú), mas por

muchos ruegos que hubo, así por ser bien quisto y haber

peleado valientemente, como por ser reputado por pariente

de Lorenzo de Aldana, Gonzalo Pizarro le perdonó.

Luego envió Pizarro mensajeros por todas partes con

la nueva de la victoria. Envió á Panamá al capitán Alarcón

para que diese la nueva del vencimiento á Pedro de Hino-

josa, mandando que le enviase su hijo y á Vela Núñez, con

los demás que tenía presos en Tierra Firme. Partióse luego

el capitán Alarcón é hizo su viaje, y trayendo deTierraFir-

me los presos y con ellos al hijo de Gonzalo Pizarro, cerca

de Puerto Viejo ahorcó á Sayavedra y á Lerma, que eran

dos soldados principales de los presos, por tener noticia

que decían y trataban cosas contra Gonzalo Pizarro; y,

queriendo hacer lo mismo de Rodrigo Mexía, rogó por él

el hijo de Gonzalo Pizarro, diciendo que todos los demás

le trataban mal y le decían injurias, y que Rodrigo Mexía

le había siempre hablado y tratado con mucha crianza y

comedimiento. El capitán Alarcón llevó los demás presos

á Quito, juntamente con Vela Núñez, á quien Gonzalo

Pizarro perdonó todo lo pasado, advirtiéndole que en lo

porvenir estuviese muy sobre el aviso y recatado, y le

hizo buen tratamiento, teniéndole consigo con alguna

manera de libertad.

FIN DEL PRIMER LIBRO

APÉNDICES

17

APÉNDICE I

Réplica de Diego Fernández de Palencia á las objeciones

puestas á su Historia por el licenciado Santillán.

Habiendo yo, Diego Fernández, visto y entendido los

errores y objetos que el licenciado Santillán ha puesto

contra el libro de la Historia del Perú que á mí se mandó

escribir, respondo y satisfago por la orden siguiente:

RESPUESTA Á LA 1.a OBJECIÓN.

Entra el licenciado Santillán tan furioso y desatinado

en sus objeciones, que no cita el libro ni el capítulo do

dice la dicha Historia haber errado en esta primera obje-

ción, lo cual es en la segunda parte de mi Historia, lib. I,

cap. III, en las finales palabras, á fol. 7, col. 3, y bien

consideradas las causas que pone el licenciado Santillán,

y refiriendo cómo fué y pasó, lo que da en la dicha obje-

ción, aunque ello fuese muy cierto, que no es, no contra-

dice á la justicia, porque, presupuesto que fuese como dice,

iy el auto que refiere fuese así hecho y actuado como le

pone, no podría rectamente, sino al contrario; que el osar

de su letra [decir] que suspendió el presidente Gasea el

servicio personal [es] falso, porque fuera muy más falso

decir que no lo suspendió, porque el presidente Gasea,

como es notorio, tenía poder plenísimo de su Magestad

para hacer ordenanzas y suspender y quitar las que hubie-

se, y, finalmente, para hacer todo aquello que á él pare-

260

HISTORIA DEL PERÚ

ciese ser necesario estando en la gobernación del Perú, y

esto sin limitación alguna para que él tuviese necesidad

para que juntamente con él entendiese la Audiencia en

ello, y siendo ansí, claro es que todas las cosas que en la

gobenación del reino el dicho Presidente hiciese, actuase

y mandase, no se deben atribuir por alguna vía al Audien-

cia, sino al dicho Presidente, pues él, sin los Oidores, lo

podría muy bien hacer, y lo que él acordó con ellos en la

dicha gobernación, es y fué por vía de comunicación y

cumplimiento, ó para mejor informarse, y no que fuese

menester algún requisito necesario para ello, y los Oido-

res, sin el Presidente, no lo podían hacer, y si lo intenta-

ron estando él en la tierra, allende que fuera exceso, los

pudiera muy bien castigar por ello, y fuera desacato no-

table, y hace poco al caso decir que lo firmaron todos los

Oidores con el dicho Presidente, para que sea falso decir

que el presidente Gasea suspendió el servicio personal; y

así quiero poner silencio de aquí adelante á muchas ano-

taciones y glosas puestas en la margen que hace el dicho

Licenciado harto fuera de término, y de hacer enmienda,

y es cosa cierta que si en la Historia yo dijera que el pre-

sidente Gasea y el Audiencia habían suspendido el servi-

cio personal, que fuera juzgado por hombre idiota y de

poco entendimiento, y que sabía poco de negocios, y me-

nos que era decoro de las personas en la Historia; y, á

este tono tampoco se había de decir que el Presidente dio

las entradas y conquistas, pues es cosa cierta que todas

las comunicó y acordó con parecer de los Oidores, cuanto

más, que, en este caso, basta la notoriedad y publicidad

del vulgo que el presidente Gasea suspendió el servicio

personal. Finalmente, en lo que viene á parar esta obje-

ción, es que la Historia dijera que el presidente Gasea y

el Audiencia suspendieron el servicio personal, que es

cosa de harta substancia y esencia; bien se pudieran aquí

alegar otras muchas razones que se dejan por huir la pro-

lijidad.

HISTORIA DEL PERÚ

261

RESPUESTA Á LA 2.a OBJECIÓN.

La segunda objeción va, por su compás y medida,

siguiendo á la pasada, y por el siguiente glosi" en la mar-

gen, y por esta mi respuesta, se verá cuál es más justo,

la enmienda ó lo enmendado. Cuanto á lo primero, daré

razón bastante que hubo término de ocho días, y alegaré

también historia que lo diga; cuanto á dar razón, parece

claro y cosa evidente que no había razón ni fundamento

para que mandase el Presidente que el repartimiento no

se abriese hasta que él se hiciese á la vela, si no pusiera

también término para ello, porque si no pusiera término y

el repartimiento se pudiera abrir en haciéndose á la vela,

como el dicho Licenciado dice que se hizo, era frivolo y

sin fundamento el dicho auto y mandato, que no se

puede ni debe presumir de la prudencia y prevenimien-

to del dicho Presidente, porque mejor pudiera hacerle

allí luego abrir, pues estaba á la lengua del agua, que no

dar lugar á que, dentro de media hora y luego, los Oido-

res lo pudieran hacer, porque no había más inconvenien-

tes en lo uno que en lo otro, estando, como estaban, dos

leguas de la ciudad de los Reyes y donde el Presidente

no podía oir los clamores y querellas de los agraviados,

y esta razón á todos generalmente cuadrara, y porque dije

que acotaría Historia, digo que el contador Agustín de

Zarate, en su Historia del Perú, lib. VII, cap. XI, folio

267, en la plana 2.a, dice así: "y así, hechas las cédulas

de las encomiendas, las dejó selladas en poder del Se-

cretario del Audiencia, con orden que no las abriese

hasta que hubiese ocho días que él estuviese hecho á la

vela,,, por do parece calumnia é invención lo que dice el

dicho licenciado Santillán, que, luego que se hizo á la

vela, lo abrió el dicho Secretario en su casa por mandado

del Audiencia, ni se debe presumir que tal cosa el Audien-

cia mandase que el Secretario en su casa lo abriese, sien-

do escritura cerrada y sellada con tanta autoridad y cere-

monia.

ítem: en una relación de letra y mano de Jerónimo de

262

HISTORIA DEL PERÚ

Silva, vecino y regidor de la ciudad de los Reyes, que yo

mostraré, dice así: "Quedó la tierra, después de su parti-

da, en administración de los Oidores, y dejó hecho un re-

partimiento de ciertos repartimientos que había de indios,

cerrado, con auto que dentro de tantos días que fuese

hecho á la vela se abriese, y en él repartido lo que había.

Todos los pretensores aguardaban aquel día, porque á

todos particularmente había dado esperanza se había

acordado dellos, como día de su remedio; cumplido el

término y llegado el día, fué cosa de ver la gente que acu-

dió á la sala del Audiencia, do, estando en los estrados, se

abrió el dicho repartimiento que, cerrado y sellado, había

dejado, y allí los más que creían, por cierto, que tenían re-

medio salieron sin él, y otros que no tenían muy entera

confianza, salieron con suerte; fué cosa de ver lo que cada

uno decía y las malas voluntades que de allí sacaron.

Dejó que de los repartimientos que dejaba señalados

diese cédula el Arzobispo,,.

RESPUESTA Á LA 3.a OBJECIÓN.

Desta tercera objeción se comienza á declarar la con-

sulta y concierto entre el licenciado Santillán y Antonio

de Quiñones, y, asimismo, de aquí comienza el dicho Li-

cenciado á manifestar la sospechosa amistad con los ve-

cinos del Cuzco, de que fué siempre notado, pues desde

Lima, á lo que parece, afirma haber visto lo que pasó en

el Cuzco, diciendo: "y la verdad es que los vecinos no es-

torbaron la entrada á Francisco Hernández,,, siendo por

cierto la verdad en contrario, y más habiendo visto el di-

cho Licenciado el proceso de esta causa, do está bastan-

tísimamente probado todo lo que en este caso refiere la His-

toria; y en lo que dice el dicho Licenciado que el Audiencia

escribió al Corregidor, es invención y fingimiento notorio

para contestar con Antonio de Quiñones, porque tal carta

no escribió el Audiencia, ni tal se debe presumir, porque

si tal presunción se tuviera de Francisco Hernández,

como el Licenciado dice, no se le diera la dicha entrada,

HISTORIA DEL PERÚ

263

y si después de habérsela dado, los Oidores tuvieran del

tan mala sospecha, es claro que se la estorbaran; porque

era conquista, el Presidente se la dio, con parecer y

acuerdo de los Oidores, los cuales, si del presumieran lo

que dice, no fueran en que se la diera; y después de par-

tido el Presidente, pues tenían el gobierno de la tierra, si

tenían del sospecha, ¿cómo no le pusieron estorbo en el

hacer de la gente? No era menester carta al Cuzco, y si

tal carta los Oidores escribieron, es claro que el alcalde

Juan de Berrio la presentara en el pleito que sobre este

negocio trató contra él Gonzalo de Monzón, por cuya

querella los Oidores mandaron por su provisión, parecer

ante sí personalmente al dicho Alcalde en la ciudad de

los Reyes, y, parecido en Lima, dio 3.000 castellanos por

concierto al dicho Gonzalo Monzón porque se bajase

de la querella, y si tal relación desta carta tuviera en el

proceso, es cierto que se dijera en la Historia; y finalmen-

te, si tal carta el Audiencia hubiera escrito, es claro y

manifiesto que el capitán Palomino, y Vasco de Guevara,

y Diego de Silva, y Mateo del Sanz, y Juan Cermeño, que

son los testigos que se tomaron en esta causa, lo dijeran

y declararan, ó alguno dellos, los dichos de los cuales yo

mostraré, porque saqué al pie de la letra la relación deste

proceso para efecto de poner este caso en la Historia, y

así, es claro que en este caso yo no escribí cosa alguna

por relación de nadie, y el primer testigo que se tomó,

que es Juan Cermeño, dice semejantes palabras: "de Jo

cual siendo certificado el Corregidor y teniendo ya la gen-

te y el estandarte Real en la plaza, envió á Garcilaso de la

Vega, y al capitán Vasco de Guevara, y a Diego de Silva,

y á otras personas, al dicho capitán Francisco Hernández,

y para que de su parte le dijesen que luego viniese, como

vasallo y servidor de su Magestad, á ponerse debajo su

Real estandarte, los cuales, llegados al Capitán, le hallaron

penado y congojado de aquel suceso y sin armas, y de-

cía que maldita fuese su ventura, porque sin saber él cosa

alguna ni haberlo entendido, le ponían culpa en lo que él

no la tenía, y que él era servidor de su Magestad y que-

ría ir al llamamiento del Corregidor, y para ponello en g

264

HISTORIA DEL PERÚ

efecto cabalgó en un caballo, del cual los soldados le qui-

taron y le derribaron y no le dejaron venir, antes le po-

nían temores, con los arcabuces armados puestos á los

pechos, diciendo, que si saliese de su casa que le matarían,

y que mirase que el Corregidor le engañaba para le mal-

tratar y haberle de matar; lo cual, sabido por el Corregi-

dor, le envió segundo mandado,,, etc. Dice después: "y

que un día después por la mañana, el dicho Francisco Her-

nández, fué á casa del Corregidor para que su merced hi-

ciese justicia y castigase á los culpados, porque su volun-

tad no era de hacer cosa que en deservicio de su Magestad

fuese,,.

Asimismo dice Vasco de Guevara, en fin de su dicho,

que el dicho Francisco Hernández, otro día, viernes muy

de mañana, había ido á entregarse en poder del Corregi-

dor, solo y como obediente y persona pacífica.

Asimismo dice Diego de Silva: "y este testigo insistió

con el dicho Francisco Hernández, que se fuese á ver y

hablar con el Corregidor, y, queriéndolo hacer Francis-

co Hernández, subió á su caballo y los soldados le resis-

tieron, y por ninguna vía lo consintieron y le apearon del

caballo,,, etc., y veráse claramente por la relación del pro-

ceso, que yo saqué de mi propia letra, cómo la Historia

va puntualmente por el hecho y contecimientos de este

caso y por las probanzas del proceso y autos del.

Véase también la respuesta que se da á la segunda ob-

jeción de Antonio de Quiñones.

ítem: asimismo Francisco Camacho, soldado siempre

leal y que era corregidor de Chanca, en el III capítulo

dice que los vecinos le estorbaron la entrada á los solda-

dos, y da la razón, etc.

RESPUESTA Á LA 4.a OBJECIÓN.

Por cierto en esta cuarta objeción yo no sé qué enmien-

da el dicho Licenciado, ni qué es lo que opone contra la

Historia, mas de para hacer bulto de enmiendas, y, en lo

que se alarga que á él le parece que se debiera poner de

HISTORIA DELf PERÚ

265

su voto y del licenciado Cianea, yo creo cierto que dé

ahora el voto para entonces, porque tal no parece por el

proceso, sino probanza bastantísima de muchas ocasiones

que se dieron el dicho Francisco Hernández para recatar-

se de los vecinos, y es cierto que por el dicho proceso se

pudiera ni bien proceder jurídicamente contra el Corregi-

dor y el Alcalde y contra los vecinos, y así fué pública

voz y fama que el dicho'Corregidor y vecinos habían con-

tribuido en los tres mil castellanos que el Alcalde dio por

concierto á Gonzalo Monzón. Otras superfluidades tiene

esta objeción que no hay para qué responder. Véase tam-

bién, para respuesta desta objeción, la respuesta á la se-

gunda objeción de Antonio Quiñones.

RESPUESTA Á LA 5.a OBJECIÓN.

En esta quinta objeción-usa el licenciado Santillán de

un paréntesis ó digresión que, llevando su discurso por el

principio de la segunda parte de la Historia, se vuelve á

la primera parte y tómala por el cabo, creyendo, por ven-

tura, hallar allí do ejecute mejor su pasión; y á lo que

opone digo: que lo que se refiere en el dicho capítulo es y

fué verdad, así como se dice, y así lo dijo muchas veces

en España el presidente Gasea, y así digo certísimamen-

íe que lo declarara con juramento el señor doctor de la

Gasea, su hermano, así lo que pasó en la mar al tiempo

de su partida, como cuando llegó á Sevilla, y así tengo yo

el traslado de una relación, que era escrita de la propia

mano y letra del dicho presidente Gasea,y está escrita de

mano de su Secretario; y en lo que dice que nadie se le

atreviera al Presidente, digo que aquéllo no fué atrevi-

miento, sino comedimiento y gratitud y liberalidad.

RESPUESTA Á LA 6.a OBJECIÓN. ^

Esta objeción es el mismo capítulo pasado de la pri-

mera parte, y en lo que dice que la Historia refiere haber

266

HISTORIA DEL PERÚ

sido injusto, en el repartimiento que hizo, el presidente

Gasea, levántaselo, por cierto, á la Historia, porque

aunque la den garrote y tormento jamás lo confesará en

el término que se le opone, antes se dice harto mejor que

no lo que oponen contra la dicha Historia, por cuan-

to ella dice así: "con todas estas buenas partes que tuvo,

fué y ha sido de algunos muy notado, diciendo, que en

el repartir de la tierra usó de injusticia y mucha desigual-

dad, porque dio más honra, interese y provecho á los prin-

cipales valedores y secuaces de Gonzalo Pizarro, que no á

los leales y servidores del Rey, y porque á muchos destos

no les cupo ni se les dio cosa alguna de renta; á esto,

los que son libres de afición y pasión y que no les tocó

interese en el negocio, aunque juzgaron en alguna ma-

nera haberse hecho injustamente, comparando la lealtad

de los unos á la iniquidad de los otros, teniendo tan so-

lamente atención á haber usado generalmente el licencia-

do Gasea oficio de juez y no á otra cosa, considerando

haberlo hecho administrando justicia juntamente con la

que pertenece y toca á oficio de Capitán general, juzga-

ron haberlo así hecho con mucha prudencia y discreción,

pues notoriamente lo hizo á fin de sostener y sustentar el

reino y mejor conservarle,,; y luego, sucesivamente, se

ponen y prosiguen las razones y consideraciones que el

Presidente tuvo para gratificar los desleales, de manera

que antes falta la Historia en las primeras razones de los

interesados y su fundamento. Y haberse dado muchas

quejas del dicho Presidente, ¿quien lo puede negar, que

aun hasta hoy duran?; y pues el licenciado Santillán dice

en su objeción, que si á vueltas destos dio algunos repar-

timientos á personas culpadas en la rebelión, también

tuvo justa consideración para que quedasen satisfechas,

que los perdones que les había dado en nombre de su

Magestad eran fijos, pues demás de perdonarlos, les

hacía merced por lo que habían servido después de redu-

cidos; á esto respondo, que en cuanto á decir que el Presi-

dente tuvo justa consideración para hacerlo, está bien

dicho, pues es lo mesmo que dice mi Historia, empero,

decir que la justa consideración fué para que quedasen

HISTORIA DEL, PERÚ

267

satisfechas de los perdones, es muy idiota consideración

y sin fundamento, que por tal razón se entienda que el

Presidente lo hiciese; ¡bueno, era, por cierto, que, porque

los desleales quedasen satisfechos, diese el Presidente

tanta honra y provecho á gente tan desleal, y, por tal

razón, gastase la Real hacienda quitándosela á los leales,

sin haber de por medio más de que aquellos desleales en-

tendiesen que los perdones que tenían eran fijos! y esto

yo lo dejo á la discreción de cualquier persona desapa-

sionada, porque es cierto que si el Presidente no tuviera

más consideración de á lo que dice el licenciado Santi-

llán, y no la tuviera á las cofradías, alianza y ligas de los

vecinos, que estaban asidos unos con otros, es cosa muy

cierta y clara que justiciara á Garcilaso de la Vega, que

había hecho cosas tan señaladas siendo rebelde, y que

siempre se había hallado con Gonzalo Pizarro en Quito y

en Guaxina,.y que fué causa de vencer Gonzalo Pizarro á

Diego Centeno, y fué secuaz del tirano hasta que estuvo

el un campo á vista del otro en Xaquixaguana, al tiempo

que también se pasó el licenciado Cepeda, que fué enton-

ces por su ventaja; y lo mismo hiciera el Presidente de

Antonio Quiñones, pues habiéndole dado Vaca de Castro

el repartimiento tan bueno como tiene, sin tener méritos

para ello, ni haber sacado espada ni rompido lanza en la

tierra en servicio de su Magestad, más de solamente por

ser su criado con nombre de camarero y ser deudo de su

mujer, se mostró tan ingrato y desleal, que, en entrando

el virrey Blasco Núñez Vela en el Perú, fué de los prime-

ros secuaces del tirano y de los más prendados, y estan-

do en Quito al tiempo de la batalla tan indispuesto y tu-

llido, que no podía pelear ni subir á caballo, fué tanta su

deslealtad y obstinación que se hizo llevar á la batalla en

una silla con dos negros, y, con vino y conservas que

llevó, refrescaba los soldados y gente y los animaba con

palabras feas y desvergonzadas, diciendo: "Ea, caballe-

ros, que hoy es vu2stro día en que ganaréis honra y pro-

vecho con la muerte del robador tirano,,, y otras palabras

semejantes; y también el Presidente hiciera lo mismo de

Alonso de Hinojosa, que había justiciado tantos servido-

268

HISTORIA DEL PERÚ

res principales del Rey sólo porque habían intentado le-

vantar la ciudad del Cuzco por su Magestad, y á otros,

porque se habían declarado por su Magestad; y estos tres

referidos eran de los que vinieron del Cuzco á Lima cuan-

do Francisco Hernández se rebeló, y de los demás que se

vinieron entonces se podría, con verdad, decir otras se-

mejantes cosas, y de otros muchos que dejo por huir pro-

ligidad; y así, conforme á esto, está bien apuntado y dicho

en el proemio de la segunda parte de mi Historia.

RESPUESTA Á LA 7.a OBJECIÓN.

A la séptima objeción se responde, que el dicho repar-

timiento es notorio haber valido al justo lo que la Histo-

ria refiere por los memoriales que los vecinos de los pue-

blos dieron al Presidente, el cual tuvo gran curiosidad y

diligencia para que se valuase, y así lo escribió á su Ma-

gestad, lo cual digo y afirmo agora por cosa cierta y no-

toria; y esto digo que se entiende sin ciento veinte mil

castellanos que se repartieron por las personas que lle-

vaban gruesos repartimientos; y allende también de otros

sesenta mil pesos que se montaron en los yanaconas, que

son indios ladinos, sin servicio de caciques, que estaban

en Potosí, y se repartieron entre soldados; y sobre este

caso dice Agustín de Zarate en su Historia, á fol. 264, li-

bro VII, col. 2: "y valió la renta que estaba vaca y se re-

partió más de un millón de pesos de oro,,; lo cual dice

tratando de este repartimiento, y así mesmo dice Francis-

co de Gomara en su Historia, que es en la pequeña, de

cuarto de pliego, á fol. 225, plana primera: "Salióse,

pues, á Aporima doce leguas del Cuzco, y allí consultó

el repartimiento con el arzobispo de los Reyes Loaysa,

y con el secretario Pero López, y dio millón y medio de

renta, y aun más, á diversas personas, y ciento y cin-

cuenta mil castellanos que sacó á los encomenderos,,; y

aunque yo digo y afirmo también que aquel primero año

valió á los encomenderos más de trescientos mil cas-

tellanos, demás de aquello que dieron por memoria en

HISTORIA DEL PERÚ

269

la valuación, que, como tenían las tasas y retasas, pro-

curaron grandemente aprovecharse y desollar los pobres

indios; y aun digo más: que el millón y cuarenta y un mil

y tantos pesos de renta se entiende sin el servicio per-

sonal y sin las granjerias que tienen los encomenderos en

sus repartimientos; y así, es grandísimo desatino lo que

pone en esta objeción el licenciado Santillán.

RESPUESTA Á LA 8.a OBJECIÓN.

Á la octava se responde, que lo que dice el dicho licen-

ciado Santillán en favor de los vecinos del Cuzco, se ar-

guye ser grande su pasión y afición, pues afirma al con-

trario de lo que vio probado por el proceso, y dice por

Francisco Hernández que los soldados no querían sino lo

que él, que era levantar la tierra, y así pasa, y entonces

bien se vio en Francisco Hernández al contrario, por el

discurso de la Historia, y en el fin y paradero que tuvo,

pues Francisco Hernández se fué á hurto y excusa de sus

soldados, y con simulación y solo, en casa del Corregi-

dor, y así, en la relación que saqué deste proceso, se ve

claro y manifiestamente, y lo declaran muchos testigos,

especialmente Juan Maldonado, en lo que se sacó en la

dicha relación.

Véase la respuesta á la tercera objeción de Antonio

Quiñones.

RESPUESTA Á LA 9.a OBJECIÓN.

Respóndese á esta objeción que la junta del dicho Li-

cenciado y Antonio de Quiñones fué para tachar indebi-

damente la Historia, y que así, á esta objeción está respon-

dido; á la cuarta objeción de Antonio Quiñones, allí me

remito.

270

HISTORIA DEL PERÚ

RESPUESTA Á LA 10.a OBJECIÓN.

Son tan desatinadas algunas objeciones destas, que

parecen disparates ó entremeses lo que opone el licencia-

do Santillán; dice, pues, en esta objeción, que la Histo-

ria dice que el Corregidor y vecinos del Cuzco hicieron

junta, y la Historia no dice tal por cierto, y niega el dicho

Licenciado que no sedecian en las juntas palabras desaca-

tadas, y que, si se dijeran, el Audiencia lo castigara, por-

que la justicia estaba bien puesta; son, por cierto, cosas

sin término, pues huyeron del Cuzco el capitán Palomino

y Jerónimo Castilla, y para hacer justicia dio comisión el

Audiencia al mariscal Alvarado, por ser hombre de valor

y justiciero, y para ello le alzaron la carcelería y justició

á Francisco de Miranda, vecino del Cuzco y á otros; y

Antonio de Quiñones puso estas dos objeciones de San-

tillán, novena y décima, en una que es la cuarta objeción;

véase la respuesta que tengo dada á la dicha cuarta obje-

ción del dicho Antonio de Quiñones.

RESPUESTA Á LA 11.a OBJECIÓN.

Esta undécima objeción, es por cierto harto donosa,

de lo que decían los soldados sobre las cosas del Gene-

ral, y dice, que fuera justo que se dijera que era falso y

que la realidad de verdad era, que Pantoja era ido á com-

prar los ganados, etc. Lo cual, cierto, si yo pusiera así,

fuera harto idiota y simple por muchas razones, causas y

consideraciones que exceden al término de respuesta; á

lo menos, yo no lo jurara por todo lo del mundo, y cual-

quiera de buen entendimiento bien verá, que, aunque no

sea letrado, cuan apuntada y arrendada está la Historia

en este punto, pues dice: "lo cual á muchos soldados ha-

cían entender,,, y asimismo dice: "fingían que estasyotras

semejantes pláticas habían tratado con él„; así que, pues

la Historia dice fingían, ya se declara bien lo que fué, y

HISTORIA DEL PERÚ

271

viéndose bien todo el periodo y cláusulas del, no sé quién

pueda en este caso condenar la Historia, que muy mali-

cioso ó interesado no sea.

RESPUESTA Á LA 12.a OBJECIÓN.

Esta objeción es tan sin término y disparatada, que ni

se entiende ni deja entender, porque ella misma se con-

tradice derechamente una y otra vez, allende que ni cita

lugar do la Historia lo dice, ni las palabras que refiere

están en el discurso que él da á entender, y do ellas están

debe ser en lugar que se refieren por tercero querellante,

y no por el autor, y su discurso desta objeción es asimis-

mo fundado en superfluidad, que basta leerse para dejar-

se, empero contiene cosas que no se pueden disimular.

¡Por cierto que es gentil razón decir que por carta del

Obispo de Chiapa se determinase el Audiencia de ejecu-

tar el servicio personal, y quiérela justificar con decir que

había casi dos años que el Presidente era partido, y que

no había venido mandato de su Magestad, y que se en-

tendía, etc.!; como si en casi dos años podía un correo ir

y venir, á lo menos aguardaran el término ultramarino;

cierto, lo que dice, parece cosa sin término y desatinada,

cuanto más que el auto del Presidente se fundó en que se

esperase la respuesta hasta tres años, y esto es certísimo,

y la razón guía que así fuese, y dice que el Virrey no fué-

de parecer que se publicase la suspensión, ni quiso firmar

el.auto, y después dice: "Y esto es lo que en verdad pasa,

y no lo que dice la Historia, que los Oidores derogaron

por su autoridad el auto que había hecho el presidente

Gasea teniendo tan grandes poderes, porque el auto no

era sino de Presidente y Oidores, y pasado lo que dicho

es„; y antes dice la objeción desta manera: "Y, hecho el

auto, se lo enviaron con Pedro de Avendaño, y á pregun-

tar si quería que se pregonase ó no; él respondió que hi-

ciesen lo que quisiesen, y, á Avendaño, que hiciese lo que

le mandaban,,; cuanto más que la Historia no dice sino

272

HISTORIA DEL PERÚ

lo que la objeción: que se platicó entre el Virrey y Oido-

res, que es lo que la objeción dice, y así no hay contra-

dicción de la objeción á Historia.

ítem: lo que dice la objeción en que siente y presupo-

ne que la Historia dice, que el Virrey y Oidores manda-

ron pregonar la provisión del servicio personal, es falso

presupuesto, porque la Historia no dice tal, sino que se

platicó; yo no sé por cierto cómo esta objeción se pueda

salvar por alguna vía para no ser condenada, que ella mes-

ma no se entiende ni la entendió quien )a puso, porque

notoriamente se contradice; dice también que fácilmente

lo remedió el Audiencia: ¡buena facilidad por cierto, es-

condiéndose y amilanándose la suprema justicia y escon-

diéndose el proceso en archivo secreto debajo de tres lla-

ves! asaque, de principio al fin, va esta objeción uniforme

y continuada en desvarío y contradicción y desconcierto,

y, para que se entienda mejor, véase lo que dice la Histo-

ria en este caso. '

ítem: confiesa en esta objeción el dicho Licenciado, el

descontento del reino y el odio que se tenía con los Oido-

res, y siendo así, ¿quién duda sino que, con el odio y des-

contento, se aguzarían las lenguas de los-vecinos del rei-

no, y se atendería la ira con el odio de los Oidores?

. RESPUESTA Á LA 13.a OBJECIÓN.

En esta objeción se vuelve Santillán al capítulo II del

segundo libro, y es cierto que fueron públicas y en públi-

co las palabras ásperas que dijeron á Jerónimo de Silva,

procurador general de la ciudad de los Reyes, y yo lo mos-

traré de la propia letra y mano del dicho Jerónimo de Sil-

va, y también lo de don Antonio está por auto, y el dicho

Jerónimo de Silva refiere particularmente todo lo que

pasó, así en el Audiencia como con el Virrey.

RESPUESTA Á LA 14.a OBJECIÓN.

Es tan larga y prolija esta objeción que quita el ánimo

de responder á ella, pues no tiene cosa alguna de sustan-

HISTORIA DEL PERÚ

273

cia, y se podría muy bien y con razón reprender de malas

consideraciones y viciosa objeción, pero, con todo eso,

quiero apuntar una gruesa consideración, y es que, dando

causas por qué convenía proveer al cargo de Corregidor á

Pedro de Hinojosa, entre otras cosas dice así: "Los Oido-

res hubieron su acuerdo sobre lo que se debía hacer en

esto, y pareció que el proveimiento se llevase adelante por

muchas causas: una, porque estando publicado y cesan-

do por aquella ocasión, entendería Hinojosa que estaba

condenado, y estaría recatadoyaun sospechoso, y era mu-

cha su posibilidad y crédito con vecinos y soldados, que,

cualquiera cosa que quisiera, le acudieran todos; otra,

por[que] si Hinojosa tenía buen hecho era acertada la pro-

visión, y si malo mucho más, porque, si algo había de ha-

cer, convenía procurar que no fuese en la ciudad de los

Reyes, sino dar orden como echarle de allí, y que se decla-

rase por allá arriba, que sería fácil de remediarse estando

la Audiencia en pie, y para efectuar esto se dieron mucha

priesa,,; y al cabo desta objeción dice de su letra: "esto es

lo que pasa en este negocio y lo demás es fingido,,. Véa-

se, pues, mi Historia y lo que dice el licenciado Santillán,

y juzgúese cuál'parece más fingimiento.

RESPUESTA Á LA 15.a OBJECIÓN.

Harto gentil razón es la que da el licenciado Santillán

que, por haber dicho una palabra desabrida el doctor Sa-»

ravia al general Hinojosa, en término de autoridad de

Oidor y Alcalde de corte, sobre diligencia de justicia y

sobre caso de tercero, dejase por tanto Hinojosa, en ne-

gocio que tanto le iba, de hablar al doctor Saravia; consi-

deren, pues, esto, los que han tenido negocios con cuales-

quier jueces y corregidores de su Magestad y con los al-

caldes de corte, como asimismo eran en aquel tiempo los

oidores del Audiencia, y condénenme.

ís

274

HISTORIA DEL PERÚ

RESPUESTA Á LA 16.a OBJECIÓN.

A esta objeción se responde que lo contenido en la

dicha Historia es puntualmente lo que fué y pasó, y á

esta objeción no se debía responder ni merece, respuesta,

pues su principio se funda sobre falso, y así hacen muchas

veces el dicho Licenciado y Antonio de Quiñones, por-

que en esta objeción presupone que dice la Historia que

los Oidores dieron comisión á Jerónimo de Silva para

que quitase los arcabuces á Martín de Robles, y así glosa

el dicho Licenciado en la margen de su propia letra: "Co-

misión á Silva para quitar arcabuces á Robles, falso,,, y si

tal dice la Historia, sino que detuviese á Martín de Ro-

bles, que la Historia sea falsa, y si no quede por falsa la

nota y la objeción; y pues en lo que toca á las provisio-

nes, el dicho Licenciado se remite á ellas, que por ellas

parecerá, yo digo lo mismo, y que dirán lo mismo que la

Historia, las cuales yo vi originalmente en poder del di-

cho Jerónimo de Silva, y de su propia letra y mano mos-

traré toda la relación y la data de las provisiones, y lo que

contenían véase en la relación.

RESPUESTA Á LA 17.a OBJECIÓN.

Ya van precediendo objeciones sueltas y extravagan-

tes y sin orden ni concierto alguno, para que el que viere

las objeciones no pueda ver ni averiguar dónde se dice

aquello que él presupone que dice la Historia, sino á car-

ga cerrada dice: la Historia; no sin causa se dice vulgar-

mente, que un hombre apasionado no tiene orden ni con-

cierto alguno; dirá á esto el dicho licenciado Santillán,

que ya él lo había puesto en las objeciones de Antonio

de Quiñones, que es en el cap.XXIV, fol. 43 de la segunda

parte. Pone el licenciado Santillán esta objeción, con el

amor y amistad de los vecinos del Cuzco, y al fin, ponde-

radas bien las palabras y vocablos de la dicha objeción,

declaran bien el intento de la junta, pues dice así: "y con

HISTORIA DEL PERÚ

275

este título, sin saber lo que pasaba, se echaron, por los

que dicho es, nuevas que querían hacer junta en Chicuito

para hacer Procurador general, y adivinaban que había de

ser como Gonzalo Pizarro, etc.,,; y el dicho Licenciado

dice muy gran verdad, que cierto y sin duda lo adivina-

ban, de manera que el dicho Licenciado confiesa que así

fué lo que dice la Historia, y que fué levantamiento, aun-

que en sus palabras declara la verdad; y, porque la mal-

dad desta objeción quede convencida, ha sido Dios servi-

do que en mi poder estén cartas originales y traslados de

escrituras, que, por personas principales y servidores de

su Magestad, se escribieron á la Real Audiencia de los

Reyes, y se depusieron dichos de personas calificadas, así

sobre este negocio como en otros semejantes, y habién-

dolo visto el dicho Licenciado y habiendo sido Juez y

Oidor de su Magestad en aquella sazón, no sé que senti-

rá cuando entienda que los señores de su Real Consejo de

Indias tienen noticia dello y sepa que está en mi poder,

lo cual hasta agora, juro ante Dios que yo no me acordaba;

quiero, pues, poner aquí algunas palabras insertas en la

carta que Pedro de Enciso, corregidor de Chicuito, envió

á la dicha Audiencia, que la primera dice así, y es de su

propia letra y mano de Juan Godinez del Nao, su algua-

cil mayor:

"Por mis cartas tendrá V. A. entendido cómo los ve-

cinos del Cuzco andan algo desvergonzados sobre esto

del servicio personal, y la necesidad que hay de proveer

de Corregidor que sea tal persona que los ponga en or-

den; todavía dicen que se han de venir aquí á juntar los

procuradores de las ciudades del Cuzco y Arequipa y

Pueblo Nuevo y Charcas; si vinieren, ya V. A. terna de

mí entendido que estoy determinado de prenderlos y en-

viarlos presos á esa vuestra Corte,,; y en el último capí-

tulo desta carta dice así:

"Este otro día envié un envoltorio á V. A., y en él

ciertas cartas, que el Cabildo del Cuzco escribía al de

Nuestra Señora de la Paz y á otras personas, sobre esta

junta que quieren hacer y sobre otras cosas; á V. A. su-

plico me avise del recibo dellas, porque otras que á V. A.

276

HISTORIA DEL PERÚ

he escrito antes desta alteración y después della, creo no

se han recibido, de que no estoy con poca pena,,; y es la

fecha de Chicuito á 18 de Junio de 1553.

Remítese lo demás en respuesta desta objeción lo que

se responde á la sexta objeción de Antonio de Quiñones, y

léase, porque por el auto de Guamanga, autorizado, se

prueba claramente que no pasó lo glosado en aquella ob-

jeción, que es sobre esta materia, y con el auto inserto en

la dicha respuesta queda condenada por falsa la ob-

jeción.

ítem: el Audiencia de los Reyes hizo información, la

cual yo vi toda, sobre esta junta y sobre lo que se trataba

en la ciudad del Cuzco, y el principal testigo fué Barto-

lomé Hernández, secretario de la dicha Audiencia, el cual

dice así en lo que yo saqué:

"Que por el año de 53 se tuvo noticia en esta ciudad,

por cartas de algunos Cabildos de pueblos, que los veci-

nos del Cuzco y de otras partes querían hacer junta en

Chicuito, que es en el Collao, so color y diciendo que

querían enviar procuradores á España á su Magestad, á

le suplicar les hiciese merced de algunas cosas, porque la

ciudad del Cuzco había enviado procuradores al Audien-

cia de Lima á suplicar de ciertas provisiones que se ha-

bían enviado para que se cumpliesen en la dicha ciudad,

ansí de les quitar el servicio personal de los indios como

de la coca y retasas de los tributos de indios que tenían

encomendados les habían de dar, y otras cosas, y sobre

el concierto que los indios habían de hacer de las cosas

que les daban, licencia en que trabajasen en hacer casas

y sementeras, y sobre que ningún español pudiese traer

india de servicio de camino ni sacarla de los pueblos,

como se contiene en las provisiones; de lo cual, en aque-

lla sazón, se recibió en el reino gran descontento, y se

tenía grande odio con los Oidores por ello, diciendo que

tan de golpe estrechaban la tierra en tanta manera que

los hombres no podían vivir, y también porque los Oido-

res cometieron el castigo de la muerte de Pedro de Hino-

josa á Alonso de Alvarado, que era hombre colérico y

uno de los principales, que los matadores mandaban que

HISTORIA DEL PERÚ

277

hiciesen muchos oprobios del y de toda su casa, matán-

dole de muerte ignominiosa, y que se entendía que por

ello habiéndole cometido el dicho castigo había de estar

riguroso en él, que casi se entendía que lo había de hacer

en venganza de su injuria; y así, durante el tiempo que

estuvo haciendo el dicho castigo, se dijo públicamente

que no había de parar en la provincia de los Charcas,

donde estaba, sino que había de llegar hasta Popayán, y

que allí cortaba las ramas, y que había de venir al Cuzco á

cortar las raíces, y otras cosas deste jaez, de que también

entre la gente había preñez de desear nueva alteración,

ninguno se teniendo por seguro en su casa, porque les

parecía que ninguno había tan sin pecado que pudiese

tirar la primer piedra; y ansí, cree este testigo que por

esta causa y por otras que á los Oidores les movía para

remedio dello y poner orden en el reino, habían proveído

que fuese el licenciado Santillán, y para ello le dieron

muchas provisiones, y estando para se partir, vino la

nueva, etc.„

RESPUESTA Á LA 18.a OBJECIÓN.

A esta objeción se responde lo respondido á la obje-

ción próxima pasada 17.a, y háse de ver la respuesta á la

objeción 9.a de Antonio de Quiñones, que es más de un

pliego de respuesta, y es sobre lo mismo, y es notable

respuesta y cumple que se vea. Véase también las cláu-

sulas de la carta de Pedro de Enciso, que están en la pa-

sada objeción 17.a.

ítem: las cartas y la autoridad populas hic, etc., que

pone Santillán en esta objeción, arguyen en favor de la

Historia.

ítem: para mayor confusión de esta objeción y de otras

que pone el dicho Licenciado, se debe notar la carta ori-

ginal, que yo tengo en mi poder, que el licenciado Juan

Fernández, fiscal de la Real Audiencia, escribe de Potosí

á la dicha Audiencia en 4 de Diciembre de 1553, de su

278

HISTORIA DEL PERÚ

propia letra, mano y firma, y, entre otras razones,

dice así:

"ítem: verálo V. S. mejor, porque es Dios verdad que,

desde cuatro ó cinco días antes que sucediese lo del

Cuzco, me avisaron dos ó tres veces que se decía en este

asiento cómo aquella ciudad andaba desasosegada, y que

nos guardásemos, porque se tenía por cierto haber envia-

do, ó que enviarían, á matarnos, y también porque como

se piensa haber aquél tomado esta empresa á fin de estor-

bar retasas y servicios, y como ven que en el castigo de lo

pasado, si acaso no es esto mismo, no se ha tenido ni

tiene aceptación de personas, y conocidoen algunos, bien

pocos, á quien lo uno y lo otro toca, ruin voluntad ó al

menos, si no la tienen, hánse dejado hablar palabras que

las significan y nos obligan á guardar nuestras personas

y tener cuenta con las suyas; de lo cual, porque no se

piense que lo digo á otros fines, yo daré cuenta, y si fuere

necesario, probanza, siendo Dios servido de me dejar vol-

ver á esa ciudad, para lo cual mande V. S. mandar guar-

dar esta carta.,,

ítem: en la postrer cláusula desta carta, dice así:

"Sospecha he tenido y tengo que la gente del Cuzco

no ha de querer salir, sino hacerse fuerte, so color de

decir que quieren que los oyan, y que con este color han

de querer atraer vecinos á su opinión, y plega á Dios no

sea para otro algún mal'fin que no entendamos; y ansí,

suplico á V. S., con toda la eficacia que puedo, que en

tal caso nos envíen, con la brevedad posible, á mandar lo

que fuere servido que hagamos, y si no pudiera venir el

recado por tierra, venga por la mar y con persona de mu-

cho recaudo. Nuestro Señor, etc.,,

ítem: lo mismo da á entender el mariscal Alonso de

Alvarado por otra carta que así mesmo escribe al Audien-

cia, la cual yo tengo originalmente, hecha en Potosí á

20 de Enero de 1554, la cual da á entender la maldad de

los vecinos. Cartas á folio 9.

HISTORIA DEL PERÚ

279

RESPUESTA Á LA 19.a OBJECIÓN.

Por respuesta desta objeción se vea la respuesta á la

15.a objeción de Antonio Quiñones, que es sobre lo mes-

mo, y débese notar la pasión y amistad con los vecinos

del Cuzco y sus largas glosas en su favor, y es de notar

que el dicho Licenciado confiesa que, en efecto, pasó lo

que quedó en la dicha Historia, do dice: "y es verdad que

algunos Oidores propusieron lo susodicho,,.

RESPUESTA Á LA 20.a OBJECIÓN.

Hase de ver para esta objeción la respuesta á la 16.a

objeción de Antonio Quiñones, que es sobre el mesmo

caso, y, en fin, bien mirada y considerada esta objeción,

confiesa lo que dice la Historia.

RESPUESTA Á LA 21.a OBJECIÓN.

A esta objeción se responde la respuesta que se dio á

la 17.a y 18.a objeciones de Antonio de Quiñones, y lo

que refiere la Historia es la verdad, y no hay cosa en con-

trario, y que aquella noche se dio el arma, y que no esta-

ban nombrados generales lo dirá Arias Maldonado.

RESPUESTA Á LA 22.a OBJECIÓN.

A esta objeción se responde, que la Historia dice pun-

tualmente la verdad de la sospecha contra el licenciado

Santillán, y así lo dirá el licenciado Mercado, y que es

verdad que doña Ana, mujer del dicho Licenciado, escri-

bió por dos veces secretamente al doctor Saravia que, por

amor de Dios, aquellas noches que ella dio el aviso, mi-

rase mucho por el dicho Licenciado su marido, porque

280

HISTORIA DEL PERÚ

estaba el demonio revestido en él, y otras cosas semejan-

tes; y estas cartas y avisos, el dicho doctor Saravia me lo

mostró á mí, y así mesmo los días pasados el licenciado

Mercado me dijo, que también el dicho doctor Saravia le

había á él mostrado las cartas y las había visto y leído, y

es cierto que la dicha dona Ana era gran cristiana, devota

y muy honesta y leal de corazón, y tenía gran pena por

las muestras y sospecha que había contra el dicho licen-

ciado Santillán su marido; y estas cartas y el manda-

miento original que se hizo para prender al dicho licen-

ciado Santillán es cierto, y yo lo sé que lo tiene guarda-

do el dicho doctor Saravia, y si Pedro de Avendaño, como

dicen, ha dado otro mandamiento escrito, que no es el ori-

ginal, sino un traslado que él sacó, porque el manda-

miento original siempre le tuvo el dicho doctor Saravia,

y en esto se verá si hubo recato y vela sobre la sospecha

contra el dicho licenciado Santillán.

RESPUESTA Á LA 23.a OBJECIÓN.

Vuélvese el licenciado Santillán al cap. XXV.

A esta objeción se responde, que es objeción desatina-

da y sin término de razón, porque es público y notorio

haber así pasado en el término que la Historíalo dice, y

las cartas que escribió don Pedro Cabrera á Francisco

Hernández fueron públicas y notorias, y el mesmo don

Pedro lo contó muchas y diversas veces en el campo, re-

firiendo cómo había engañado á Francisco Hernández; y

decir en la objeción que don Pedro no juró ni hizo decir

misa es gran desatino que la Historia tal afirme, y lo de

las cartas y todo lo demás,'Francisco Hernández lo decla-

ra en la confesión que le fué tomada cuando del se hizo

justicia.

ítem: en la carta original de don Pedro de Cabrera, que

escribió al Audiencia de su propia letra y mano (la cual

originalmente yo tengo) siente lo mesmo en cuanto dice:

"y también sé que si no naciera Villafuerte para hacer lo

HISTORIA DEL PERÚ

281

que por mí hizo, que yo hubiera perdido la vida,,, en lo

cual da bien á entender que usó de manera con el dicho

Villafuerte para con Francisco Hernández.

RESPUESTA Á LA 24.2 OBJECIÓN.

A esta objeción se responde, que esto sea razón la que

da el licenciado Santillán para que el Arzobispo no pidie-

se la comisión que la Historia refiere.

ítem: en las cartas que el Arzobispo escribió al Con-

sejo Real de las Indias (cuyos traslados yo tengo y mos-

traré) dice en una dellas, en un capítulo, que es la fecha

en el asiento de Cañas á primero de Abril de 1554, desta

manera: "Los Oidores, como ya tengo escrito, come-

tieron este negocio al licenciado Santillán y á mí, y como

no esperan de nosotros gratificación después de acaba-

do, hácese lo más de ruego, y demás de la libertad que la

gente desta tierra tiene y la guerra trae consigo, se tole-

ran muchas cosas, ansí por esto como por temor de que

apretándoles no suceda alguna desgracia, porque nunca

se puede estar seguro desto, principal faltando Visorrey„.

Ansí que, por esta carta, se puede bien considerar la in-

tención del Arzobispo sobre esta comisión.

RESPUESTA Á LA 25.A OBJECIÓN.

A esta objeción se responde la respuesta que se dio á

la 19.A objeción de Antonio de Quiñones.

RESPUESTA Á LA 26.A OBJECIÓN.

A esta objeción se responde, que lo que la Historia

dice del padre Custodio fué así como ello pasó, y se le

dio una acémila y un negro que se había comprado para

ir á lo de arriba el licenciado Santillán.

282

HISTORIA DEL PERÚ

RESPUESTA Á LA 27.a OBJECIÓN.

Que es verdad que para este objeto que la Historia

dice pidió el Arzobispo la dicha comisión, y así se com-

prueba por la carta que el dicho Arzobispo escribió al

Consejo Real de las Indias, cuya cláusula se puso por

yerro en esta hoja á la objeción 24.A. Véase.

ítem: ser aficionado mucho el licenciado Altamirano al

Arzobispo, por su carta enviada al Audiencia, de su letra

y firma, parece ser verdad que dice: "el Arzobispo en

Mala; creo llegará hoy deste asiento; temía por cosa acer-

tada que fuese en el campo. V. S. haga lo que más con-

vienen.

RESPUESTA Á LA 28.A OBJECIÓN.

Respóndese lo mesmo que se dio por respuesta á la

objeción 20.A de Antonio Quiñones, que fué sobre lo

mesmo.

RESPUESTA Á LA 29.A OBJECIÓN.

Que el auto que se hizo en Arequipa está sacado por

el original que se hizo y actuó en la dicha ciudad, y hace

poco al caso decir que firmó por testigo, pues es todo

uno, y firmó el auto, y yo mostraré el traslado de todo

el dicho auto y del que se hizo asimismo con Tomás

Vázquez.

RESPUESTA ALA 30.A OBJECIÓN. .

Que la toma del navio fué y pasó como la Historia lo

dice y refiere y no de otra manera, y así, Bernardino de

Romani, en una carta original que escribe al Audiencia,

dice: "fué principal dellos Riberos, el que trujo la cabeza

de Arequipa con el mayor contento del mundo»; y así,

pues, es falsa la objeción.

HISTORIA DEL PER*

283

RESPUESTA Á LA 31.a OBJECIÓN.

Respóndese que cuando los Oidores estaban en el

campo, el notorio que proveían las cosas de la guerra de

la manera y forma que dice la Historia, y es cosa fuera

de término de razón argüir que el autor en esto use de

parcialidad.

ítem: para mayor confusión del licenciado Santillán y

de la maldad que en esto al autor quiere imponer, digo

que el dicho Arzobispo de los Reyes escribió al Consejo

Real de las Indias lina carta, cuyo traslado yo tengo de

letra de Pedro de Avendaño, y dice en parte de un capí-

tulo tales palabras: "Este mismo día, á la noche, vinieron

de la ciudad á este campo el doctor Saravia y el licencia-

do Mercado de Peñalosa, oidores, porque el licenciado

Altamirano estaba en la mar en guarda de los navios;

con su acuerdo y parecer se proveían los días que aquí

estuvieron todo lo que tocaba á la guerra porque ellos lo

quisieron; ansí, aunque lo tenían cometido al licenciado

Santillán y á mí, y luego por la mañana fué á darles un

arma Pablo de Meneses, que es maestre de campo,.

RESPUESTA Á LA 32.a OBJECIÓN.

Que es verdad que los Oidores proveyeron que fuese

Jerónimo de Silva á Mama.

RESPUESTA Á LA 33.* OBJECIÓN.

A esfa^objeción responde lo que largamente está res-

pondido á la 21.a objeción de Antonio Quiñones.

RESPUESTA Á LA 34.a OBJECIÓN. .

A esta objeción se responde que la Historia dice la

verdad, y el dicho licenciado Santillán se engaña, y que

así parece por la carta que el Arzobispo de los Reyes en-

284

HISTORIA DEL PERÚ

vio á los señores del Consejo Real de las Indias, cuyo

traslado de la cláusula se puso en esta hoja á la respues-

ta de la 31.a objeción.

RESPUESTA Á LA 35.a OBJECIÓN.

Dase por respuesta lo que largamente está respondido

á la 22.a objeción de Antonio Quiñones, y la Historia dice

que lo estorbaron, principalmente al principio.

RESPUESTA Á LA 36.a OBJECIÓN.

Respóndese que lo que la Historia dice, es la verdad,

y que de ninguna cosa da razón, y cuando apunta auto ó

escritura, parece al contrario.

RESPUESTA Á LA 37.a OBJECIÓN.

A esta objeción se responde, que se vea la respuesta á

la 22.a objeción de Antonio Quiñones, do está bien res-

pondido y satisfecho.

ítem: para confusión desta objeción, Pablo de Mene-

ses escribió una carta, cuyo traslado tengo yo, intitulado

de la propia mano y letra del dicho Pablo de Meneses, y

en una parte de la dicha carta, dice así: "Vista la remisión,

pedí licencia para irme á Lima, no se me dio, antes el se-

ñor doctor Bravo de Saravia, trató que fuese yo en su segui-

miento de Francisco Hernández, y para esto sacase seis-

cientos hombres, los que me pareciesen del campo que

estuviesen mejor aderezados de armas y caballos, y excú-

seme dello por las causas que he dicho, y tornóseme á

importunar, y fray Domingo de Santo Tomás que lo hi-

ciese y que convenía así al servicio de su Magestad, y

acéptelo; y apercibidos los seiscientos hombres para ir, y

el señor Arzobispo me dijo que apercibiese más, los que

quisiesen ir conmigo. Y con esto, el sábado antes que

HISTORIA DEL PERÚ

285

amaneciese, me levanté para hacer la jornada, y, según

parece, la noche antes se trató entre los señores Arzobispo

y licenciado Santillán, que no debía seguir á Francisco

Hernández tanta gente, y créese que para esto hablaron

los señores que digo á algunos vecinos; las causas que

los movieron no las sé, á lo que lo atribuí á alguna envi-

dia. Los señores Oidores estaban ya en Lima, y esto era

en Pachacama, y tornóse á la consulta y tratóse que no

fuesen más de ciento y que quedase el campo entero; con

estos dije que no quería ir; el señor Arzobispo me dijo, que

cómo iba con seiscientos y ahora no quería ir con ciento;

parecióme que tocaba en que era flaqueza mía, y así, dije,

que no con ciento, con diez iría, y ansimismo cabalgué

con algunos amigos y me fui á Chiloa, cinco leguas de

Pachacama, y salía mucha gente conmigo, como estaba

apercibida, y el licenciado Santillán salió á detener la

gente diciendo, que ya bastaba la gente salida, porque no

habían de ser más de ciento, y así se volvieron todos con

creer que ya iban los ciento; mandaron volver á Antonio

de Lujan que había salido con cuarenta arcabuceros, que

le escribieron los señores Arzobispo y licenciado Santillán

á Chiloa y de allí se tornó,,, etc.

RESPUESTA Á LA 38.a OBJECIÓN.

A esta objeción se responde, que, quien niega que no

salió á detener á la gente, no habrá cosa que deje de ne-

gar, porque yo lo vi y juro en forma, que hizo el dicho li-

cenciado Santillán dejar la bandera de Lope Martín, con

grande ceño, y que fué cosa muy notada; yo iba junto á

Pedro Cuello, alférez del dicho Lope Martín, que llevaba

la dicha bandera, y se enojó mucho el dicho Licenciado

porque el dicho Alférez daba razones para qué la debía

llevar; no sé cierto con qué ánimo puede el dicho Licen-

ciado negar cosa que pasó tan públicamente y tan notada,

y, en fin, la carta del maestre de campo Pablo de Mene-

ses, cuya cláusula está en esta hoja en la precedente res-

puesta, lo muestra bien claro y lo hace manifiesto.

286

HISTORIA DEL PERÚ

RESPUESTA Á LA 39.a OBJECIÓN.

Fué público y notorio lo que niega el dicho Licencia-

do en esta objeción, y que hasta hoy dura la murmuración

de las diferencias y puntillos que tuvo con el Arzobispo,

harto de poco momento, y se enojó con Lope de Zuazo,

Alférez general, porque se había alojado con el estandarte

Real en la tienda del Arzobispo, y le dijo que si se anda-

ba al rabo del Arzobispo, que arbolaría él otro estandar-

te, y sobre esto hubo otras palabras apasionadas.

RESPUESTA Á LA 40.a OBJECIÓN.

Respóndese la respuesta que se dio á la 23.a y 24.* ob-

jeción de Antonio Quiñones.

RESPUESTA Á LA 41.a OBJECIÓN.

Respóndese lo mismo que se dio por respuesta á la

objeción 25.a de Antonio de Quiñones.

ítem: asimismo en la carta que escribió Pablo de Me-

neses á Francisco de Adrada, dice así: "yo me fui á Chin-

cha, á donde supe que nuestro campo venía; hablé á los

señores Arzobispo y licenciado Santillán para que luego

caminase el campo á donde estaba Francisco Hernández,

y nunca lo pude acabar con ellos, y entróse muchas veces

en acuerdo sobre ello: el voto del señor Arzobispo y mío

que fuese el campo; algunos vecinos lo estorbaron, di-

ciendo que á los soldados se les hacía de mal, etc.„; y

adelante dice otra cláusula de esta carta así: "y como al-

gunos vecinos habían propuesto que no siguiesen á Fran-

cisco Hernández, y visto que yo le había de seguir, tra-

tóse de suerte que el campo fuese á Pachacama, y las

causas que para esto hubo no las digo, porque no son para

carta,. Asimismo se confirma que en el Guarco se puso la

HISTORIA DEL PERÚ

287

nueva del desbarato de Villacuri, donde el campo estaba

el domingo de Cuasimodo, y, por el consiguiente, la dife-

rencia desta consulta sobre ir contra Francisco Hernández

por el traslado de una carta del Arzobispo que envió al

Consejo Real de Indias, hecha en Chincha, á 12 de Abril

de 1554, que dice una cláusula de ella así: "El domingo,

en la noche que supimos la nueva, como este negocio está

cometido á dos, hubo diferentes acuerdos, y ansí no se

hizo, y por esta causa se ha dilatado el deshacer á éste,

que según la poca gente que trae y la pujanza deste cam-

po, hubiera poco que hacer, etc.„

RESPUESTA Á LA 42.A OBJECIÓN.

No puedo dejar de responder algo largo á esta obje-

ción, y la plática que hizo el dicho licenciado Santillán

en Chincha, y fué pública y notoria, y, allende las pala-

bras que dijo, dio gran muestra de sentimiento, y lo dijo

hinchados los ojos como hombre muy sentido y aun in-

juriado, y es grandísima rotura (?) decir que dio licencia

á cincuenta hombres enfermos, habiéndola dado á más de

ciento y doce, y juro que la lista y alarde que se hizo en

el Jagüey, que fué de ciento doce, y entre ellos muchos

soldados inquietos y facinerosos y desasosegados, des-

honestos y de'mala vivienda y muy amigos del dicho Li-

cenciado algunos dellos, y porque dicen que eran enfer-

mos Diego de Avalos, Pedro de Arana, Córdoba el jine-

te, el Portugués músico, Sepúlveda, Baltasar Hernández,

Alvar García, éstos que de presente se me acuerdan, ¿eran

enfermos ó sanos y si eran para la guerra? ¿Y por qué ca-

lla el dicho Licenciado el estandarte que sacó en el Ja-

güey, los atambores, y pólvora, y mecha? Y si vino Luis

Dávalos con él, como dice el dicho Licenciado, para cu-

rarse, ¿por qué trajo toda su compañía, y bandera, y alfé-

rez, sargento, pífano y atambor? ¿Y por qué dice que Al-

var García tomó la lista y no Baltasar Hernández? La ver-

dad es que Baltasar Hernández fué secretario del Audien-

cia, y ansí, ante él, dio el dicho Licenciado las licencias

288 HISTORIA DEL PERÚ

como ante secretario, y cuando en el Jagüey se hizo la

lista estaba allí el dicho Alvar García, que en el oficio del

dicho Baltasar Hernández había sido Oficial suyo, y así

como su Oficial tomó la lista y luego la dio al dicho Bal-

tasar Hernández, de quien yo la hube. Y por razón que

algunos soldados bien intencionados pasaban adelante,

viendo las malas muestras del dicho Licenciado, envió el

dicho Licenciado á Sepúlveda, alguacil, con algunos ar-

cabuceros para que los volviese, poniéndoles pena de la

vida, y de ser habidos por traidores. Y haber dicho el

dicho Licenciado en la pasada objeción que se llevaba

gente por ser la tierra peligrosa, es fingimiento notorio,

porque para ir á Lima desde Chincha en aquella sazón es

cosa que se deja bien entender; y, en fin, lo que yo veo

en estas cosas lo peor es negallo,pues lo que allí pasó fué

cosa fuera de todo buen término, y fué mucho más y más

malo que la Historia lo dice, porque la Historia tuvo todo

el recato que ser pudo. En lo que dice el licenciado San-

tillán que quedaron en Chincha más de ochocientos cin-

cuenta hombres, la verdad es que en la lista que se hizo

allí, saliendo por una puerta y entrando por otra, la cual

yo tengo en mi poder de letra del secretario Pedro de

Avendaño, hubo la dicha copia de soldados, mas pregun-

to yo: ¿Cómo no hubo más de quinientos treinta para Pa-

blo de Meneses? ¿sorbiólos la tierra ó escondiéronlos los

vecinos? Y en lo que dice que sobraba gente y faltaba

voluntad, es muy gran verdad.

Las disoluciones y maldades que se cometían en Chin-

cha, de robos, adulterios, estupros y otras exorbitan-

cias, muchas parecen claro por las dos cartas originales

que yo tengo y mostraré de la propia letra y mano del li-

cenciado Rodrigo Niño y de Pedro de Avendaño, escri-

tas de Chincha á la Real Audiencia; asimismo las mues-

tras malas que dio el dicho licenciado Santillán en su

partida, parece manifiesto y claro por la suma de la con-

sulta que se hizo después de él salido, sacado del dicho

libro de la consulta, lo cual es lo siguiente:

Auto.—"En el valle de Chincha, en 7 de Mayo de 54,

don Pedro Puertocarrero, dijo: que el sábado próximo pa-

HISTORIA DEL PERÚ

289

sado le fué entregada la provisión en que le eligieron por

Maestre de campo, y que en aquella sazón no aceptó el

dicho cargo, porque como estaba aquí el licenciado San-

tillán y por haber las novedades que hubo después que

llegó la provisión para que Pablo de Meneses fuese en el

castigo de Francisco Hernández, y porque vio la tibieza

que en sacar la dicha gente había y estaba muy confuso el

negocio, y que ahora que es ido el dicho Licenciado, y le

parece que cumple al servicio de su Magestad, que él le

acepta.,,

"En Chincha, lunes 7 de Mayo, aceptó el cargo don

Pedro,,.

"Este día, después de hecha reseña, en que se hallaron

quinientos treinta hombres, entraron en consulta:

Consulta: Don Luis de Toledo.

Baltasar Velázquez.

El licenciado Rodrigo Niño.

Juan Pérez de Guevara.

Don Pedro Puertocarrero.

El capitán Rodrigo Niño.

El gobernador Rodrigo Contreras.

Lorenzo de Estopiñán.

Miguel de la Serna.

Gómez Arias de Avila.

Diego López de Zúñiga.

Pedro de Añasco.

Juan Cortés.

Don Juan de Sandoval.

Jerónimo Costilla.

Ruy Barba.

Muñoz de Avila.

Juan Maldonado de Buendía.

Francisco de Pifia, sargento mayor.

Diego de los Ríos.

Antonio de Quiñones.

Garci-Laso.

Sebastián de Cazalla.

Juan Tello de Sotomayor,,.

19

290

HISTORIA DEL PERÚ

"Hubo diversos y contrarios pareceres sobre ir contra

Francisco Hernández ó en la estada ó ir á lea ó al Gu ar-

co; dicen la falta de comida, de gente armada y encabal-

gada; algunos dellos son de opinión que vayan dos capi-

tanes, uno de caballo y otro de infantería, y pida la gente

á Santillán, y si no la diere le requiera en forma, y si la

diere, uno se venga con ella y el otro dé aviso al Audien-

cia de lo que manda que se haga, y si no la diere vayan

á la Audiencia,,.

"Suena entre muchos de la consulta, que en los Jaque-

yes tendió bandera, y tocó atambor y pífano, é hizo hacer

guardas y puso centinelas, y que llevó del campo algunos

botijos de pólvora y petacas de mecha, que dio licencia,

que llevaba por amigas personas algunas que no eran de

buena vivienda y desasosegadas,,.

"Dicen algunos que no cumple que el campo pase ade-

lante, porque se ponen á gran riesgo y ventura, por las

nuevas que tenían en el campo de Francisco Hernández,

del descontento de Santillán, que publicó entre algunas

personas que le habían injuriado los Oidores, y que en-

tenderá Francisco Hernández que por disenciones se ha

hecho, y que afirmará por esta causa los ánimos de los

soldados en su opinión,,.

"Dicen los tres del Cuzco, hermanados, que no cumple

que el Arzobispo vaya del campo hasta que vuelva la re-

solución de la Audiencia, por el ser que da al campo asis-

tiendo con su persona, y porque, yéndose, fácilmente per-

suadirá Francisco Hernández á su gente, que era por di-

senciones, y que por ellas este campo se desharía,,.

"Dicen que Francisco Hernández está en la Nasca es-

perando, con ventaja de mucha comida y reparada su gen-

te y cabalgadura, para suplir con la ventaja de sitio lo

que le falta de gente, y si tal no le pareciere, que por los

dos caminos que van á Lima, podrá fácilmente tomar el

uno, y cuando le vengan á reconocer llevarán un día de

ventaja, y con ventaja de cabalgaduras podrá llegar á

Lima dos días antes, que sería gran daño,,.

"Otros dicen que el campo vaya á Lima á reformarse y

que allí esperarán lo que el Audiencia los mandará hacer,,.

HISTORIA DEL, PERÚ

291

"Rodrigo Niño: "que Santillán no tiene claro entendi-

miento y lleva amigos particulares de mala vivienda, y ha

dado muestras de querer vengarse de la injuria que dice

haber recibido de quitalle el cargo».

Dejé de sacar el parecer de Alonso de Cáceres

desta relación, que es largo y no á este propó-

sito, sino que no se siga á Francisco Hernández,

y pone inconvenientes.

"Dicen que se tenga cuenta con el camino de Guayta-

ra, que va al Cuzco, y desde lea se le puede tomar la de-

lantera: Jerónimo Castilla,,.

"Dicen que les parece el campo á Jauja: Lorenzo Esto-

piñán,,.

Débese, pues, considerar que hallándose en esta con-

sulta los más principales del reino, y tanto número de

ellos, que son veinticinco, y muchos dellos grandes é ín-

timos amigos del licenciado Santillán, y siendo él Oidor,

que si no fuera cosa muy desaforada y perversa y mala

la nuestra que dio de sí, y muy pública y notoria, que no

se trataran semejantes cosas en esta consulta, porque la

Historia dice, como es verdad, que dieron una fingida li-

cencia á Pedro de Cianea para que viese y considerase

loq ue Santillán hacía en el camino, y diese dello aviso á

los Oidores, digo que yo pedí al dicho Pedro de Cianea,

la relación desto y de otras cosas, y que me lo diese de su

propia letra y mano, lo cual así me lo dio y lo tengo en

mi poder, y entre otras cosas, dice así:

Relación de Pedro de Cianea.—"Finalmente, que enten-

diendo la Real Audiencia ser necesario nuevo provei-

miento, le hicieron desta manera: que el reverendísimo

señor Arzobispo y el señor general Santillán dejasen el

cargo de Generales y se viniesen á esta Corte, y el maes-

tre de campo Pablo de Meneses fuese General y D. Pedro

Puertocarrero fuese Maestre de campo, y que, con esta

orden, se seguiría al tirano. A todos pareció buen proveí-

292

HISTORIA DEL PERÚ

miento, excepto al licenciado Santillán, que lo sintió de-

masiado, y aun dio adversas muestras de las que debía á

criado del Rey, aunque sus obras no se pueden conde-

nar. Hizo un parlamento el señor Arzobispo, en que

decía, que Ja Real Audiencia, etc. Luego prosiguió el li-

cenciado Santillán, y dijo: "Ya, señores, habéis visto

cómo la Real Audiencia me ha quitado de vuestra com-

pañía, y cierto, á mí me pesa porque á todos tenía por

amigos y señores, y los que habéis sido y sois mis ami-

gos no consentiréis que vaya solo y desacompañado á

Lima, porque así como yo miraba porvuestras honras, son

obligados vuestras mercedes á volver por la mía, que en

parte es la de vuestras mercedes, y tan bien se servirá al

Rey en Lima como acá,,; y ansí,.desde luego, procuró des-

hacer el campo para que no hubiese efecto lo nuevamen-

te acordado. Estuvo dos dias en despacharse, procurando

que se viniesen á Lima los que lo habían gana, y como

allí había necesidad, todos los más que no les obligaba la

vergüenza se holgaban de venirse, y atrajo á sí el capitán

Luis de Avalos, que era su amigo, que con toda su com-

pañía, y bandera, y atambor, alférez y sargento se viniese

de Chincha con él, y sacó Real estandarte y se le trajo, y

ocho botijas de pólvora y dos petacas de mecha de arca-

buz; y como esto no pareciese bien á Pablo de Meneses

ni á los que deseaban el servicio de su Magestad, mur-

muraban dello, y Pablo de Meneses mandó á Pedro de

Cianea que con una cautelosa licencia viniese á dar aviso

de lo que pasaba, etc.,, Dice cómo llegó al Jagüey, y pro-

sigue: "Aquí llegó el Cianea y vio cómo llegaban muchos

á pedir licencia al dicho Licenciado; haciendo del ladrón

fiel firmó allí muchas cédulas en que decía que daba li-

cencia á Fulano para ir á Lima, y otras cosas dijo y habló

muy desvergonzadas y escandalosas. Luego, por la maña-

na, se partió deste Jagüey, y esta noche vino á hablarle el

capitán Pedro de Añasco, su primo, y estuvo con él has-

ta casi el alba, etc.,,.

Entendidos, pues, todos estos negocios del licenciado

Santillán, y bien considerados como es razón, no sé yo

por cierto quién me podrá juzgar en este caso por histo-

HISTORIA DEL PERÚ

293

dador malicioso ni apasionado, sino por muy blando y

sin pasión alguna, porque, lo que en este caso calló la

Historia, fué por buena consideración.

RESPUESTA Á LA 43.a OBJECIÓN.

A esta objeción se responde la respuesta que se dio á

la objeción 28.a y á la 29.a de Antonio de Quiñones.

ítem: en un traslado de las cartas que el Arzobispo

de los Reyes escribió al Consejo Real de las Indias, en

una dellas dice una cláusula así: "El lunes 7 se hizo alar-

de, y porque no hubo aderezados como convenía la can-

tidad que el Audiencia mandaba que llevase Pablo de

Meneses, tratado con los capitanes y principales, se acor-

dó que se consultase con los Oidores y se esperase su

respuesta, y, por esta dilación, yo me partí el martes en la

tarde con el gobernador Rodrigo de Contreras y capitán

Basco de Guevara y Pedro Ortiz, y estuvimos esperando

lo que se proveía nueve leguas de Chincha hasta que el

campo pasó á esta ciudad,,.

Véase la respuesta á la 29.a objeción de Antonio Qui-

ñones y la carta del secretario Avendaño.

RESPUESTA Á LA 44.a OBJECIÓN.

A esta objeción se responde, que, pues la Historia

calló mucho de lo que pasó en efecto de verdad sobre lo

contenido en esta objeción, por el decoro de la calidad del

oficio, como clarísimamente se ha mostrado y satisfecho

en la respuesta que se dio á la objeción pasada 42.a,

donde se puso la consulta que se hizo en Chincha, la

suma della, que mejor fuera el callar para el honor del

dicho Licenciado, pues acabando halla el cuchillo que le

degüella; en fin, en todo el reino del Perú se divulgó la

sospecha y mala opinión contra el dicho licenciado San-

tillán, desde Quito hasta los Charcas y en el campo del

Rey y en el de Francisco Hernández, á todo lo cual el

294

HISTORIA DEL PERÚ

dicho licenciado Santillán dio mucha ocasión, y en una

carta que el mariscal Alvarado y el licenciado Juan Fer-

nández, ambos á dos, juntamente escriben al Audiencia,

la cual original yo tengo, por una cláusula della se tuvo

sospecha decirse por el dicho Licenciado, la cual dice así:

"Hemos visto ciertos escritos por gente que va en su

campo desde Guamaya, que serán más de ciento. Tam-

bién nos dicen éstos que se huyeron, y hemos visto por

cartas escritas del campo de Francisco Hernández, que el

motivo que tuvo para ir á Lima, porque siempre estuvo

en venir por acá y tuvo puestos mantenimientos en los

caminos, ha sido y fué, que dice y publica Francisco Her-

nández que alguna gente de Lima estaba de su intención

contra V. S., y que le han escrito que vaya allá con toda

brevedad, y que no espere á que V. S. se rehaga, ni

aun aguardar á que junte mucha gente; lo cual, cierto,

nos ha dado y da gran pena, porque tenemos muy enten-

dido que, no habiendo vecindad de por medio, basta la

fuerza que V. S. tiene, para sin riesgo poder hacer pe-

dazos á él y á todos los que con él fueren; más, hace estar

sospechosos de que debe haber alguna gente de ruin in-

tención, ver que Francisco Hernández, con ser ruin y poca

su gente, se atrevió á ir contra una fuerza y pujanza tan

grande como la que V. S. tiene; plega á Dios por su infi-

nita misericordia de poner en ello su mano, y de atajar

una tan gran maldad, sin que se dé lugar á que por ruines

intenciones de allá, no suceda lo que de otra manera nos

parece que no podrá suceder, etc„.

ítem: en la boda del licenciado Mercado hubo gran-

de sospecha que el dicho licenciado Santillán y un reli-

gioso escribió ai doctor Saravia, y la carta tenía el secre-

tario Pedro de Avendaño, y hubo gran recato del dicho

licenciadoSantillán, y así Pedro de Cianea, en su relación,

dice que se decía que se querían alzar, y era el mal que

todos declinaban á parte temerosa; en el legajo á f. 59.

HISTORIA DEL PERÚ

295

RESPUESTA Á LA 45.a OBJECIÓN.

A esta objeción se responde, que, en lo que toca decir

la objeción que el Arzobispo quiso estorbar la ida del

Audiencia, está de otro modo en la Historia que en la ob-

jeción, y en la Historia se pone como debe y ello pasó

en efecto de verdad, y así lo siente el mismo Arzobispo

y lo da á entender á los señores del Consejo Real de

las Indias en la carta que á los dichos señores escribió,

cuyo traslado está en mi poder, y en una cláusula dice:

"El campo comenzó á salir de aquí á 15 de Junio, y

por la mala orden que ha habido en despacharlos, aun-

que está mucha gente en esta ciudad, había llegado á

Xauxa con la gente que tiene Antonio Quiñones hasta hoy

ochocientos noventa hombres. Los Oidores acordaron

que la Audiencia hiciese esta jornada; no sé si será acerta-

do por el embarazo y confusión para el despacho de los ne-

gocios y resolución y presteza que en alguna cosa quiere

la guerra»; así que por esta carta del Arzobispo se verá la

verdadera relación de la Historia y no poco curiosa.

RESPUESTA Á LA 46.a OBJECIÓN.

A ésta no hay para qué responder, pues no tiene fun-

damento, y lo que la Historia dice es puntualmente como

fué y pasó, y el dicho licenciado Santillán confiesa que el

licenciado Altamirano usó el cargo y oficio que se le dio.

RESPUESTA Á LA 47.a OBJECIÓN.

A esta objeción se responde, que la Historia recita

puntualmente lo que pasó sobre el Martín de Toribio

Galindez, lo cual sé por relación verdadera de todo el

proceso, cuya relación y traslado yo tengo en mi 'po-

der, y le podré mostrar, y por cierto que si el dicho li-

cenciado Santillán tuviera el recato que á su honor debía,

296

HISTORIA DEL PERÚ

que no pusiera esta objeción ni apuntara en ella la mujer

que se lo descubrió á él, que no había para qué; y aun

más: digo y afirmo que no sé con qué intención se le des-

cubrió este secreto al dicho licenciado Santillán, ni lo que

del se entendía, ni lo que se murmuró por ello; así que el

dicho Licenciado no tenía para qué poner esta objeción,

ni hay para qué replicar á ella.

RESPUESTA Á LA 48.a OBJECIÓN.

A esta objeción se responde lo mesmo que está res-

pondido á la objeción 34.a de Antonio de Quiñones, do

está bien respondido y satisfecho; y así como en aquella

34.a objeción Antonio de Quiñones pretendió representar

un servicio sin haber, en efecto, hecho cosa alguna, así

en esta objeción representa el licenciado Santillán el ser-

vicio por el dicho Antonio de Quiñones; entre otras pala-

bras dice:

" Y el dicho Antonio de Quiñones lo resistió,,', como si el

dicho Antonio de Quiñones hubiera visto á los enemigos

por sus ojos, cuanto más que resistir; aunque uno no sea

letrado, en este caso, con las armas y las manos se en-

tiende. ¿Y por qué no dice que también estuvo allí el li-

cenciado Polo con gente del Mariscal?, sino que esto de

los vecinos del Cuzco es caso reservado para el licencia-

do Santillán.

RESPUESTA Á LA 49.a OBJECIÓN.

Yo quisiera excusar la respuesta á esta objeción, y

porque no parezca que quedoconvencido, no se sufre; en

fin, á todo dice el licenciado Santillán:,, lo que pasa

es, etc„, y pone el cuento á sú gusto y como mejor le pa-

rece, y casi todos los sé yo de vista mejor que de rela-

ción, y éste es uno dellos, y que ninguno en todo el Perú

le puede saber como yo, y así digo, que lo que dice de la

india de Melchor de León, es desta manera: Este Mel-

fflSTORIA DEL PERÚ

297

chor de León se trataba por deudo del licenciado Santi-

llán, y el Melchor y yo siempre estuvimos juntos en

aquella jornada, y, en llegando á Xauxa, el Melchor de

León dio un yanacona, gran servidor y diligente, á Her-

nando de Santillán, sobrino del Oidor, que era harta es-

trecha amistad en aquel tiempo; y Melchor de León tenía

una india palla, hermosa y bien dispuesta y moza y de

gentil parecer; debajo desta amistad y deudo Hernando

de Santillán,'por medio del yanacona que el Melchor de

León le había dado, sacóle la india. Melchor de León era

soldado de pundonor, y así quiso satisfacerse de Hernan-

do de Santillán por su persona y desafialle, y yo se lo es-

torbé. Juró ante Dios, poniéndole por delante ser esto

cosa que tocaba al Oidor, su tío, con quien parece que lo

había de haber Melchor de León. Estaba también quejo-

so del licenciado Santillán porque estaba bien informado

que la india le servía á él. Llegado el campo á Guaman-

ga, se determinó Melchor de León de afrentarse de hecho

con Hernando de Santillán y se aparejó para ello; yo le

hice en esto tanta resistencia que dejó aquel intento, y,

por estorbar esta pasión, le persuadí hablase al General

que le hiciese dar la india, porque es fuero, que nadie en

tiempo de guerra tome ni admita servicio de otro solda-

do, como si verdaderamente fuesen esclavos, y esto se

guarda como ley inviolable. Y así, con alguna vergüen-

za por su punto, el Melchor de León habló á Pablo de

Meneses, como dice la Historia. Pablo de Meneses rogó

al capitán Pedro de Añasco hablase al Oidor para que hi-

ciese con su sobrino que diese la india, porque donde no,

no podía dejar de agraviar á Melchor de León. Y yo, que

á todo fui presente, fui con el capitán Añasco y subí con

él al aposento del licenciado Santillán, y en su aposento

estaba entonces la india, y yo la vi, y en mi presencia le

habló el capitán Añasco, yt el Oidor le respondió viva-

mente, diciendo que no había para qué se guardase aque-

lla costumbre que se tenía en la guerra, y que era contra

razón y derecho, y que bien, que él hablaría á su sobrino;

y el capitán se esforzó mucho en su plática, rogando é

importunando lo posible, y el Oidor entonces le dio bue-

I

296 HISTORIA DEL PERÚ

RESPUESTA Á LA 50.a OBJECIÓN.

A esta objeción se responde, que la espada y la daga

del licenciado Santillán se la quitó el doctor Saravia, y lo

ñas palabras, á todo lo cual yo fui presente; ansí que Pa-

blo de Meneses no fué cierto querer tomar ocasión, sino

lo que tengo dicho, y en lo demás que trata la objeción

sobre la comisión de Pablo de Meneses, fué y pasó como

dice la Historia.

Dice el licenciado Santillán en esta objeción, que, á la

sazón que pasó-aquella revuelta, estaba él'acostado en su

toldo, yesto cierto bien se le puede creer, porque en toda

aquella jornada fué notado de muy perezoso y de dormir

mucho, y pues él no se recataba de manifestarlo en sus

objeciones, no quiero yo recatarme en las respuestas, ya

que en la Historia tuve todo recato; porque cierto en la

hora que pasó esta revuelta no era para estar acostado en

su toldo, sino para estar aparejado y dar ejemplo á la gen-

te de su diligencia'y cuidado; y es cierto que, cuando el

dicho licenciado Santillán salió de Chincha, yo me hallé

aquella noche con Pablo de Meneses y con el Maestre de

campo á poner guardas y centinelas, y dijo Pablo de Me-

neses: "Bien es que se tenga cuidado, más, ¡juro al cielo

de Dios! que Santillán nunca se alce,,. ¿Cómo se ha de al-

zar que está siempre echado? Asimismo es público y no-

torio, y hasta hoy dura en él Perú, el chiste que siempre

cantaban los soldados:

El uno jugar y el otro dormir.

¡Oh, qué gentil!

No comer y apercibir.

¡Oh, qué gentil!

El uno duerme y el otro juega,

¡Así va la guerra!

aunque de verdad, el juego del Arzobispo no era sino jue-

go de ajedrez.

HISTORIA DEL PERÚ

299

que dice el licenciado Santillán que él se lo quitó es por

hacer valiente á su sobrino, y que el General ni el doctor

Saravia habían podido llegar á él, y que desde fuera

daban voces; no sé quién podrá creer que ansí fuese,

dado que no es verdad; y porque la relación que dio

Pedro de Cianea, de su letra, es la más puntual de las

que se escribieron, quiero poner yo aquí las mesmas pa-

labras que él refiere en su relación de lo que pasaron el

doctor Saravia y el licenciado Santillán, porque Cianea

fué el que se halló más junto á ellos cuando hubieron las

palabras y, cuanto á este caso, dice así:

"Y yendo andando poco trecho, que no sería cuarto

de legua, dijo el licenciado Santillán al Doctor: "Señor,

„ sé que no es Pablo de Meneses juez de este caso de Her-

„ nando de Santillán„; el Doctor le respondió: "Sí es, y

„ lo ha de ser de todos los que sucediesen en este cam-

„ po„; replicó Santillán y dijo: "No es, ni vos lo enten-

„ deis,,; por estas palabras de vos, respondió el Doctor:

" Vos no lo entendéis, y él lo ha de ser,,; replicó Santi-

llán: "No sabéis lo que decís más que mi muía,,; y esto

todo quedo, que no lo oían sino los tres y algunos que

iban allí junto; y á este tiempo, el Doctor se enojó, y

dijo: "Vos, vos, quita de ahí,,, é hízose afuera; y el San-

tillán se empuñó de su espada y sacó un palmo y dijo:

"Vos sois vos, y vos sois tú„; el Doctor le dijo de que le

vio echar mano: "Quita de ahí; sirva más al Rey y no os

"curéis de otra cosa,,; y el capitán Juan Ruiz le asió de la

mano de la espada al Licenciado, y dijo: "¿Qué es esto?„,

y Vasco Suárez de Avila se metió en medio, y dijo: "Ea,

señores, que sois nuestro Rey, ¿qué hacéis?»; el Doctor

dio de "espuelas á su muía, y el licenciado Mercado dio

voces que llegaba gente: "Ea, caballeros, no eche ningu-

, no mano á la espada ni hable, que por vida de su Ma-

, gestad, que corte la cabeza al que hablare, y marchen

„ todos,,. Y de aquí va procediendo por su relación con-

tando y refiriendo este caso, puntualmente, como fué y

pasó, como se podrá ver por la dicha relación.

300

HISTORIA DEL PERÚ

RESPUESTA Á LA 51.a OBJECIÓN.

A esta objeción se responde, que la Historia refiere lo

que pasó acerca desta objeción puntualmente como fué y

pasó, y así lo dirá el licenciado Mercado, que está en Es-

paña, y porque en la pasada objeción puse acerca della

lo que dio por relación Pedro de Cianea, que fué el que

más junto se halló á la cuestión del doctor Saravia y li-

cenciado Santillán, quiero poner lo que escribe acerca

desta objeción, de cómo se paró en el camino el licencia-

do Santillán, y lo que más pasó, que dice así:

"Dijo el licenciado Santillán: "Yo no pasaré de aquí

„ sin Hernando de Santillán,,; y el licenciado Mercado le

dijo: "Vaya vuestra merced y yo enviaré á mandar á Pa-

„ blo de Meneses que se traiga consigo al señor Santi-

„ llán„; y ansí improviso dijo á Baltasar Hernández: "Id

„ al General y decid desde luego se venga y traiga con-

„ sigo, sin hacer nada, á Hernando de Santillán,,; dijo:

" Yo no iré de aquí sin Hernando de Santillán „; y como

esto vio el licenciado Mercado, dijo: "Señor, camine vues-

„ tra merced que yo volveré, y doy la palabra de hacerle

„ traer y venir juntos al alojamiento; y con esto se con-

tentó el licenciado Santillán, y comenzó á marchar él y

los que con él estaban,,; y de aquí va procediendo la rela-

ción, y refiere puntualmente cómo todo fué y pasó hasta

reconciliarse, y veráse notoriamente que va refiriéndose

harto más áspero contra el dicho licenciado Santillán que

no lo que refiere la Historia, porque tuvo buena conside-

ración para hacerlo ansí.

RESPUESTA Á LA 52.a OBJECIÓN.

A esta objeción se responde la respuesta que se dio á

la 36.a objeción de Antonio de Quiñones, do está bien

respondido y satisfecho, á lo menos contestan bien Qui-

ñones y Santillán, que Saravia, y en esta objeción conclu-

yen, que él solo mandaba más que todo el campo, y en

otras partes se contradicen á la clara de punta en blanco.

HISTORIA DEL PERÚ

301

RESPUESTA Á LA 53.a OBJECIÓN.

No había para qué dar respuesta á esta objeción, pues

las razones que da el licenciado Santillán son solamente

de su cosecha y consideración, y no lo que fué y pasó, y

quererse exonerar del cargo de General Pablo de Mene-

ses estando el campo en las Salinas; juro ante Dios que

yo fui presente á las pláticas, y que es verdad que Pablo

de Meneses se afirmó mucho con el doctor Saravia para

dejar el dicho cargo, y si no fuera por las persuasiones

del doctor Saravia y ofertas y sacramentos que hizo de le

ayudar y favorecer, yo tengo por muy cierto que de he-

cho se resistiera, aunque se le pusiera pena de muerte

para ello, porque él andaba tan mohíno y desabrido por

los puntos y niñerías que cada hora se le ofrecían por res-

pecto del licenciado Santillán, que, si no es por quien lo

vio y consideró, apenas se puede creer.

RESPUESTA Á LA 54.a OBJECIÓN.

En esta objeción se ve que el licenciado Santillán no

puede olvidar el afición con los vecinos del Cuzco, ni

puede negar tampoco la junta y consulta con Antonio de

Quiñones para estas objeciones, pues va esta objeción y

la de Antonio de Quiñones 36.a á un compás y medida, y

aunque en la máscara parecen otros vocablos y palabras,

claro se entiende haber salido entrambas de un aljaba;

respóndese á esta objeción la respuesta que se dio á la

dicha objeción 36.a de Antonio de Quiñones, y allí, lo que

escribe ¿amacho, véase.

RESPUESTA Á LA 55.a OBJECIÓN.

Yo no sé que es lo que quiere enmendar en esta obje-

ción á la Historia, porque este paso yo le vi por mis ojos,

y estando confesando á Pedro Hernández le tomó Juan

302

HISTORIA DEL PERÚ

Ramón, y después pasó lo que la Historia dice y refiere

puntualmente como fué.

RESPUESTA Á LA 56.A OBJECIÓN.

Esta objeción es como la precedente, y lo que dice la

Historia es la verdad, y yo estuve presente y lo vi y con-

sideré, y fui en mirar y especular semejantes casos,

harto más curioso y cuidadoso que no el licenciado San-

tillán.

RESPUESTA Á LA 57.A OBJECIÓN.

Respóndese que también esta objeción declara la con-

sulta y junta del licenciado Santillán y Antonio de Qui-

ñones contra la Historia, y es la mesma que la obje-

ción 37.A de Antonio de Quiñones; allí se remite la res-

puesta.

ítem en lo que dice la objeción que dice la Historia

que halló el campo sin centinelas en Perosona de Pie-

drahita.

RESPUESTA Á LA 58.a OBJECIÓN.

Esta objeción es de la mesma suerte que la pasada, y

declara la dicha Junta y consulta, y es la mesma que la

objeción 38.A de Antonio de Quiñones, y allí se dio res-

puesta, á do se remite-

Ítem: en la relación que hizo Pedro de Cianea de su le-

tra, dice desta suerte: "Y el Francisco Méndez que dijo

se vino aquel día y dijo lo acordado, y como cierto se da-

ría la batalla aquella noche, y, echado menos el Francisco

Méndez, dijeron y aconsejaron sus capitanes al tirano no

diese la batalla, porque ya los Oidores estaban avisa-

dos, etc„.

ítem: en una relación que se hizo por mandado del

Audiencia, cuyo traslado yo tengo, dice así: "Sabido por

HISTORIA DEL PERÚ

303

un soldado que se llamaba Francisco Méndez, se le huyó

con gran riesgo por dar esta nueva de la determinación

del enemigo, el cual la dio, y luego se dio orden como se

fortificase el sitio donde estaba el real, etc.,,.

ítem: en otra relación, que está aparte, de sólo lo que

sucedió en Pucará, en que hace relación cómo Domingo

de Ollave se pasó á las cuatro de la tarde y dio aviso, dice

la relación:„ y visto por los Oidores entraron en consulta

sobre lo que se debía hacer, y antes que saliesen della,

ya que anochecía, llegó Francisco Méndez, que es un sol-

dado antiguo, etc„.

ítem: en lo que dice la objeción que no hubo contra-

dicción, ni pasó el parlamento que la Historia dice que

dijo Pablo de Meneses, es muy al contrario de la verdad,

y esto se parece bien por la carta del dicho Pablo de Me-

neses, enviada á España, donde refiere cómo fué y pasó;

y asimismo parece la verdad, por la otra relación que se

hizo por mandado del Audiencia, que confirma con la

dicha carta; en lo que á él se arguye, la confederación y

liga y conclusión de la junta del licenciado Santillán y

Antonio de Quiñones, y la venida de Francisco Méndez,

podrán declarar bien Juan Ortiz de Zarate y Arias Maldo-

nado que están en esta Corte.

RESPUESTA Á LA 59.a OBJECIÓN.

Grandísimo trabajo, es cierto, con estas objeciones

del licenciado Santillán, que son tan bárbaramente pues-

tas, que no citan ni señalan lugaren la Historia donde

opone, y ansí, en algunas dellas, no puedo sino respon-

der conforme á lo que opone y no á lo que yo entienda

que dice la Historia para defensa della; y así, en esta ob-

jeción, buscando la Historia en el cap. 53, do se pone

esta objeción, trata la Historia el caso que la objeción

opone, y dice desta manera: "Pablo de Meneses dijo

que le parecía muy bien y que fuese luego á dar parle al

doctor Saravia, que presidía con los Oidores y tenía par-

ticular cuenta con las "osas de la guerra, etc.,,; de mane-

304

HISTORIA DEL PERÚ

ra que estas palabras son de Pablo de Meneses y no del

autor, y, cierto, aunque fueran del autor, eran verísi-

mas y ciertas y muy notorias á todos los leales y servido-

res de su Magestad, y digo que en la relación que se hizo

por mandado del Audiencia, cuyo traslado yo saque de

casa del secretario Francisco Ortigosa, dice así: "Pare-

ciendo bien lo dicho á Pablo de Meneses, dijo á don Juan

que lo fuese á tratar con el doctor Saravia, que presidía

en el Audiencia Real y que en las cosas de la guerra

tenía particular cuenta, y ansí se lo fueran á decir, al cual

no pareció bien decir que se dejase aquel sitio etc„. Y los

que saben de negocios, bien entenderán, por cosa muy

cierta, que en las cosas que tocan á una consulta, acuden

particularmente al que preside, y en cosa que toca á

cualquier consejo do hay Presidente, se acude especial-

mente á él, y cuando falta Presidente, acuden al que pre-

side más antiguo Oidor, y con esta razón se concluye

con lo que el licenciado Santillán trata del doctor Sara-

via, y, esto, aun cuando con el dicho doctor Saravia no

concurriera más que ser más antiguo Oidor y presidir en el

Audiencia, y el licenciado Santillán, indebidamente, quie-

re mostrar á la clara la pasión que siempre tuvo con el di-

cho Doctor, y para poner objeción no había necesidad de

hacer repertorio de tiempo, sino que, según su juicio, le

parece que á bien hacer bulto de que quiera que sea.

RESPUESTA Á LA 60.a OBJECIÓN.

También esta objeción muestra bien la pasión con el

doctor Saravia, y en lo que el dicho licenciado Santillán

refiere la orden del escuadrón y de la gente del Rey es

como á él se le antoja, y aun contradiciéndose expresa-

mente de un renglón á otro, porque siempre fué más cu-

rioso en ambición que en semejante curiosidad, y la orden

que la Historia pone es como fué y se ordenó, y en lo

que dice que el razonamiento del doctor Saravia es fingi-

do y disimulado, es falsedad y maldad y grande atrevi-

miento; yo digo que si el dicho razonamiento no fué así,

fflSTORIA DEL PERÚ 305

y por la orden que se pone, y así no lo dijesen con fun-

damento Juan Ortiz de Zarate y Arias Maldonado, que

están en esta Corte y estaban en la primera hilera, y to-

dos los demás que se hallaron en el escuadrón, que yo sea

ajusticiado por falsario, y si así todos lo dijeren como la

Historia lo dice, que el dicho Licenciado quede por hom-

bre que no ha dicho verdad, sino levantamiento en este

caso; y digo más, que aunque no se hiciera el dicho par-

lamento como se hizo, fuera justo que el autor lo pusiera

por el honor de todos los del Perú y de la nación espa-

ñola, porque fuera de gente bárbara y aun peor, en el dar

de una batalla, no haber reportación y razonamiento y más

en causa tan justa, santa y justificada; y juro cierto que

luego otro día, lunes, yo pedí al doctor Saravia me diese

la minuta de aquel razonamiento, y me la dio en borrón

de su propia letra, y digo que como era tan de noche y el

tiempo sereno, que se oyó por todos el dicho razonamien-

to y se tuvo cuenta entre todos en este caso.

Otrosí: digo que en la relación que se hizo de todo lo

que pasó en el asiento de Pucará, que yo tengo, dice una

cláusula así:

"Puesta la orden ya dicha, y andándola requiriendo los

Oidores y General, vino al escuadrón de infantería el doc-

tor Bravo de Saravia, encima de un caballo, armado y con

una celada en la cabeza y una hacha de armas, y rodeando

el escuadrón les fizo una breve y bien ordenada oración,

en que les dijo semejantes palabras: "Caballeros y genti-

' „ les hombres, soldados y leales vasallos de su Magestad:

„ quereros yo con palabras esforzar ni incitar de presente

„ aquello que tan usado y guardado es entre nosotros, que

„ es hacer lo que debéis á vuestro Príncipe y á nuestro

„ valor y honras, ni poner ánimo más del que tenéis será

„ excusado, pues de vuestras personas se conoce no ser

„ necesario, y en lo que hasta aquí sucedido se ha visto;

„ sólo os acuerdo que sois españoles y que servís al mas

„ valeroso Príncipe que ha habido en el mundo y que me-

„ jor ha gratificado los servicios que le han hecho y casti-

„ gado y deshecho los que han procurado su deservicio; y

„ ansí yo, en su Real nombre, os prometo y doy mi pala-

20

306

HISTORIA DEL PERÚ

„ bra que, deshecho, como espero en Dios que con nues-

„ tro esfuerzo se deshará, este tirano, que todo aquello

„ que de aprovechamiento hubiere en la tierra y merce-

„ des que su Magestad ha de hacer, como hará en vos-

„ otros, en su nombre lo habréis entre vosotros y se os

„ dará sin que en ello haya ninguna falta, y con esto

„ acabo,, y se fué á su escuadrón dejando la gente muy

contenta,,. Y dice en la margen, de tinta de India, desta

suerte: "Después desta oración del Doctor, llegó al escua-

drón el general Pablo de Meneses, encima de un caballo

y con una lanza, y dijo con grande ánimo y regocijo: "Se-

ñores, ya vienen éstos y vienen perdidos, mira, etc.,, Po-

nerse lo que dijo.

RESPUESTA Á LA 61.a OBJECIÓN.

Á esta objeción se responde lo mesmo que á las obje-

ciones 39.a y 40.a de Antonio de Quiñones, que es sobre

lo mesmo y allí está respondido.

Otrosí digo, que, en la relación de Pedro de Cianea,

dice así: "Salido del fuerte dio en el escuadrón de don

Juan de Sandoval, el cual desbarató breve, y, como vio

que le había desbaratado, creyó que había vencido la

más de nuestra gente, porque ya él había vencido la manga

de Juan Ramón, y agora la de á caballo; tuvo por cierto

que había hecho el negocio, etc.,, A lo menos pudiera

decir con verdad, que, el licenciado Santillán, siempre es-

tuvo con una ropa de mantas asida con un gran botón de'

oro hasta de día claro y se acabó toda la refriega, que fué

harto notado de todos.

RESPUESTA Á LA 62.a OBJECIÓN.

Esta objeción es, por cierto, harto donosa, que ya que

no halla en qué estribar, trepa por el vidrio y repren-

de al autor en lo que le parece á su juicio que la Historia

dice verdad, y porque se puede excusar respuesta será

mejqr callar, por no reprender el juicio y entendimiento

del dicho'Licenciado, que es ajeno de mi pretensión.

HISTORIA DEL PERÚ

307

RESPUESTA Á LA 63.A OBJECIÓN.

A esta objeción se responde, que cualquiera de buen

juicio que se hubiere hallado en aquel tiempo en aquélla

jornada, ó que haya tenido noticia della, le cuadrarán las

consideraciones de la Historia, y, para que se entienda

haber diferencia entre las personas que tenían mando,

quiero poner una cláusula de la carta que escribe Pablo

de Meneses á Francisco de Adrada, que dice así:

"Hice caminar el escuadrón de infantería y el de caba-

llo, con propósito de dar en ellos en su fuerte, porque

iban desmayados y aun faltos de munición y perdida la

metad de la gente, y proveí á los nuestros de pólvora, y

podíaseles entrar por cima de la sierra. A los señores

Oidores les pareció otra cosa, y ansí volvieron los escua-

drones al sitio de antes, etc.,,

Cuanto más que la enemistad entre el licenciado San-

tillán y el doctor Saravia, era notoria y pública, y lo

mesmo la enemistad del dicho Licenciado con Pablo de

Meneses.

RESPUESTA Á LA 64.A OBJECIÓN.

Respóndese á esta objeción lo mesmo que á la obje-

ción pasada que precedió.

RESPUESTA Á LA 65.A OBJECIÓN.

A esta objeción se responde, que es y fué notoria la

desorden en el pretender gratificación, y que aún el

mesmo día que se pasó Piedrahita en Pucará, comió

á la mesa con los Oidores por el favor que le hacía el

licenciado Santillán, y estuvo á la mesa tan desvergon-

zado y arrogante y desenvuelto, cantando y refiriendo

sus proezas y hazañas, y flaquezas y cobardías de los del

Rey, que mereciera justiciarle por sólo aquella désver-

308

HISTORIA DEL PERÚ

güenza que tuvo, dando á entender que solo faltar; él era

causa de ser perdido el tirano, y el licenciado Santillán lo

aprobaba con semblantes y ademanes y risas, de que fué

harto notado y reprendido en público y en secreto, sien-

do* el dicho Piedrahita el mayor facineroso y desasosega-

do y desvergonzado de todos los del Perú, y que se

había hallado en todos los alzamientos y principales mo-

tines del Perú, como es público y notorio, y, siendo esto

así verdad, le favorecía y loaba y ensalzaba el dicho li-

cenciado Santillán, por ser casado con una sobrina suya

y pretender gratificación el dicho Piedrahita; con este

favor fué público y notorio y cosa sabida, y que se enten-

dió que si el Audiencia gratificara, como lo .pretendió el

dicho licenciado Santillán, que Piedrahita fuera de los

más aventajados, y desto ninguno dudará de los que co-

nocieron en aquella sazón al dicho licenciado Santillán y

sus partes.

RESPUESTA Á LA 66.A OBJECIÓN.

A esta objeción digo, que lo referido en la dicha His-

toria es la verdad, y son notorias las diferencias sobre el

repartir, y el que más pretendió repartir fué el dicho li-

cenciado Santillán, y asimesmo el licenciado Mercado

quisiera lo mesmo, y lo pretendió, y lo mismo dice y pu-

blica hoy en día y lo confiesa el dicho licenciado Merca-

do, y así lo dirá, y que fué propiedad no hacerlo; y si otra

cosa dijese el dicho licenciado Mercado, que yo sea casti-

gado por ello.

ítem: digo que en la relación de Pedro de Cianea, que

está de su letra, dice desta suerte una cláusula:

"Acudió todo el Reino á pedir premio y mercedes á

los señores Oidores, donde no dejó de haber hartos in-

convenientes, porque el licenciado Santillán y licenciado

Mercado, querían que se repartiese la tierra; el doctor

Saravia y el licenciado Altamirano, decían que no, y cada

uno destos señores tenían su fin, y yo no puedo condenar

al del Doctor y Altamirano, aunque soy yo condenado

HISTORIA DEL PERÚ

309

de hambre, porque cierto ellos tuvieron celo santo, justo

y bueno, y también le debieron tener esotros, aunque se

entiende que, si repartieran, dieran mucho á quien mere-

cía; pero hubo desto muchas cosquillas y enemistades

públicas, sabíanse muchas cosas que pasaban en los rea-

les acuerdos, hubo en la manera de pedir de comer al Rey

grandes desvergüenzas, que, habiéndose de pedirla rodi-

lla por el suelo, se pedía con junta de capitanes y con pa-

labras poco acatadas; finalmente, que en este tiempo se

temió harto y mucho gran desvergüenza, y públicamente

se sospechaba gran novedad,; y por aquí procede harto

peor y va contra el dicho licenciado Santillán.

ítem: si en esta respuesta en lo que dice Pedro de

Cianea que se sabían muchas cosas que pasaban en los

reales acuerdos, hubiere yo de declarar lo que en el Cuz-

co se dijo y publicó entre personas de autoridad, sería

grande infamia y deshonestidad para alguno, y, por tanto,

pongo silencio, y á quien en puridad se sufriere decir, yo

diré lo que fué cerca desta sospecha.

RESPUESTA Á LA 67.a OBJECIÓN.

A esta objeción se responde, que lo que la Historia re-

fiere en este caso es la verdad, y no lo que en contrario

se dice.

RESPUESTA Á LA 68.a OBJECIÓN.

A esta objeción había bien que responder y satisfacer

acerca de la materia que apunta la objeción, y en lo que

refiere que la Historia dice que el Virrey marqués de Ca-

ñete prefirió que fuese el licenciado Santillán; no sé á qué

propósito levanta testimonio á la Historia, porque es dis-

parate tal término con lo que la Historia dice, y la causa

cierta y verdadera, pues quiere que lo declare, es porque

realmente el licenciado Juan Fernández,fiscal del Audien-

cia, no lo quiso aceptar estando nombrado, y aun casi

310

HISTORIA DEL PERÚ

aviado para el camino; y la causa que se divulgó porque

el dicho fiscal no quiso ir aquel camino, algunos la enten-

dieron, no hay para qué se diga; y lo que el autor dice del

buen efecto de aquella provisión para los negocios del

Audiencia, no sé quién lo quiera contradecir sino sólo el

licenciado Santillán.

ítem: en lo que al fin apunta el dicho Licenciado en

sus finales palabras, Dios Nuestro Señor le dé espacio

para que pueda enmendarme y que sea libre de pasión y

sin cólera; y en cuanto dice que dejé de poner cosas sus-

tanciales, digo que es verdad ante Dios, pero algunas me

han hecho borrar, el dicho licenciado y Antonio de Qui-

ñones, que á ellos los estuviera harto mejor callarlas y

que, por buen respecto, las calló la Historia; más, por lo

que ha sucedido, entiendo ya para mí, salvo mejor juicio,

que Dios quiere y permite que en todo se diga y aclare

verdad.

Y estas respuestas doy yo, el dicho Diego Fernández,

para satisfacer á las dichas objeciones, y en su tiempo

y lugar protesto pedir, acusar y querellar contra los di-

chos licenciados Santillán y Antonio de Quiñones ante

su Magestad, y ante quien y con derecho deba.—Diego

Fernández.

312

HISTORIA DEL PERÚ

ante sí, y mandábalos embarcar y pagarles el pasaje y co-

mida para llevarlos á sus tierras, así esclavos como libres,

y por el mismo caso lo querían mal todos.

Partióse de aquí, de Panamá, á veintidós de Febrero,

y fuese á desembarcar al puerto de Túmbez, tierra del

Perú; llegó á cuatro de Marzo aquí, y halló un navio en

que, entre marineros y pasajeros, tenían indias é indios,

y quitóselos á todos, y envióles á sus tierras de estos

indias é indios, porque casi todos ó los más querían estar

con sus amos y no irse del, porque estaban hechos cris-

tianos, y él no quería sino enviarlos, como tengo dicho,

acá; había que murieron todos los indios de los que envió,

y, algunos que quedaban, malos indios los sacrificaban

porque lo tienen por costumbre; y, en este puerto, supo

cómo el Perú estaba alterado con las provisiones, por-

que las habían visto cuatro meses antes que el Virrey vi-

niese á la tierra.

Asimismo, en este puerto, quitó un repartimiento de

indios á un vecino de Piurá, y los puso en cabeza del

Rey; mandó á los Caciques que no diesen á cristiano

ninguno ninguna cosa sin que lo pagasen y les diesen oro

ó plata; esto que aquí mandó no se puede cumplir en la

tierra, porque se echaría á perder y mucha gente moriría

de hambre.

De aquí se fué á la ciudad de Piurá, donde lo recibie-

ron contra la voluntad de la ciudad, y pregonáronse las

provisiones, y los vecinos suplicaron dellas, y él res-

pondió que se tenía de cumplir lo que su Magestad man-

daba; mandó llamar los Caciques é hízoles razonamiento

cómo venía de parte de su Magestad á hacerlos libres

como son los cristianos, y que no diesen á su amo de tri-

buto más de aquello que por él fuese mandado; asimismo

mandó venir ante sí á todas las indias é indios, así escla-

vas como libres, é hízolas poner en su libertad y que se

fuesen á sus tierras. De aquí se fué á Trujillo, donde lo

recibieron muy contra su voluntad de todos los vecinos;

apregonáronse las provisiones, suplicaron dellas; visto

que tanto se quejaban moderóse en ellas, y, con todo esto,

los vecinos no quedaron contentos. Las mujeres en la

HISTORIA DEL PERÚ

313

iglesia, y saliendo, se juntaban, y decían que maldito fue-

se el Virrey que venía á destruir la tierra, que se volviese

á Castilla, que no era de consentir tal hombre en la tie-

rra, y que si tal hombre estuviese que maldecerían á sus

hijos para que lo vengasen; todo aquesto y otras cosas que

se decían, oía el Virrey á sus oídos, y cuando se salió del

pueblo le daban voces, diciendo que tal hombre nunca

más lo viesen.

De allí se fué á la ciudad de Lima, donde tuvieron tres

requerimientos para le hacer, suplicando de las ordenan-

zas, y si no quisiese que no lo recibirían; supo él esto an-

tes que llegase, y envió á decir que no usaría dellas has-

ta hacerlo saber á su Magestad y que no le notificasen

nada; y así se hizo, que, venido, lo recibieron con toda su

potestad que convenía; llegado que fué á esta ciudad, supo

cómo Gonzalo Pizarro estaba alzado y hacía gente para

venir contra él.

A ocho días después que llegó á esta ciudad empe-

zó á hacer gente, é hizo hasta quinientos hombres, todos

los más sin voluntad de pelear, y envió á [a]percebir á

Trujillo, y á Piurá, y á Guánuco y á las Chachapoyas; de

Trujillo vinieron algunos vecinos del y de Piurá á servir-

le; los vecinos de Guánuco todos le enviaron á decir que

vernían bien aderezados, y después que estuvieron ade-

rezados tomaron el camino de Gonzalo Pizarro y fuéron-

se, y vino á su noticia del Virrey, y, como se iban, envió

tras dellos cuarenta arcabuceros, y después que estuvie-

ron fuera quisieron matar á su hermano del Virrey, que iba

por su Capitán, y fuéronse más de la mitad dellos á Gon-

zalo Pizarro, y, cuando su hermano volvió á Lima con la

vida, no pensó que había hecho poco.

Estando en estas cosas no hacía cada tercer día sino

apregonar, so pena de muerte, que todos se aderezasen

para salir con él á la batalla, así los que tenían pagados

como todos los mercaderes y oficiales.

En este tiempo que tengo dicho, Gonzalo Pizarro es-

taba en el Cuzco haciendo gente toda cuanta podía, el

cual se dice que tenía ochocientos hombres y veintidós

tiros de artillería gruesos, los cuales había llevado de

314

HISTORIA DEL PERÚ

Guamanga, que los había dejado allí un Vaca de Castro,

y no había otros en el reino.

Seguía á Gonzalo Pizarro mucha gente, y con mejor

, voluntad que al Virrey, porque Gonzalo Pizarro libertaba

la tierra, y el Virrey, si cumplía las provisiones, destruía

la tierra; y, á esta causa, los vecinos y soldados querían

muy mal al Virrey y á sus cosas, de manera que no había

hombre ni mujer en todo el Perú que no codiciase echar-

lo de la tierra al Virrey; y estando de esta manera el Vi-

rrey y su gente, y Gonzalo Pizarro con la suya en el

Cuzco, enviaron mensajeros de una parte á otra; el Vi-

rrey decía y prometía que no usaría de las provisiones, y

que las suspendería hasta que su Magestad proveyese en

ello, y decía más, que escribiría de su parte al Rey que

convenía á la tierra que se suspendiesen las provisiones

y se rompiesen, y, demás de esto, hacíales muchas ofertas,

diciendo que él haría que les diesen los indios perpetuos

para ellos y sus descendientes como mayorazgo.

Gonzalo Pizarro decía que él no quería nada desto,

sino que se saliese de la tierra y se volviese con el Rey,

que tal hombre como él no quería consentirlo en la tie-

rra, porque era hombre muy recio, y no se confiaban del

que cumpliría lo que decía, sino que, como digo, se fuese

él, y se quedasen los Oidores para la tener en justicia,

hasta que S. M. proveyese otra cosa; y, andando en es-

tos conciertos, el Virrey hacía toda la gente que podía, y

Gonzalo Pizarro se abajaba á Lima á darle batalla.

Los Oidores, viendo que no se excusaba haber bata-

lla estando el Virrey en la tierra, aconsejábanle al Virrey.

que saliese de la tierra y no diese la batalla, pues veía que

la gente que tenía no estaba con voluntad de pelear, antes

serían todos contra él, así vecinos como soldados, y el Vi-

rrey no quiso hacerlo ni tenía á los Oidores en nada para

en este caso, sino decía que tenía de morir, y que tenía de

sacar los frailes del monasterio para que peleasen y favo-

reciesen al Virrey.

Estando los negocios desta manera que he dicho,

acaeció que un domingo en la noche, á catorce de Sep-

tiembre, se fueron de Lima veinte hombres vecinos y

HISTORIA DEL PERÚ

315

soldados á ayudar á Gonzalo Pizarro, y, entre éstos, había

cinco ó seis que eran sobrinos del factor Illán Suárez y los

tenía en su casa, y como ellos se fueron, dende á una hora

lo supo el Virrey y mandó tocar alarma y que fuesen por

el Factor á su casa, al que trajeron luego, y así como el

Virrey lo vido, dijo que era traidor al Rey, y él respondió

que no era sino tan servidor de su Magestad tanto cuan-

to él y aún más, y luego el Virrey, como estaba enojado,

no guardó razones, sino echó mano á una daga y dióle

de puñaladas, y cargaron sus criados del Virrey y matá-

ronlo allí luego, que le dieron nueve heridas que la menor

era de muerte.

Quiero decir quién era este factor del Rey, Illán Suá-

rez, que era hermano del Obispo de Lugo, y era una per-

sona que en el Perú mandaba tanto como el Duque de Me-

dina enCastilla; tenía un hermano con Gonzalo Pizarro,

y con él cincuenta sobrinos y parientes, y todos cuantos

vecinos había en el Perú lo querían mucho, y donde ha-

blaba él todos callaban.

El cual se dice, y se tiene por muy cierto, que lo mató

sin merecerlo, que si los sobrinos se fueron que él no lo

supo, y, aunque el hermano estaba con Gonzalo Pizarro,

que á él le pesaba de ello y que quisiera tenerlo consigo

para que sirviera al Virrey; y también es muy cierto y no-

torio que el factor Illán Suárez no quisiera que el Virrey

entrara en Lima, porque habia muchos en Cabildo que

decían que saliesen al camino al Virrey, y lo tomasen y lo

embarcasen por fuerza, de manera que se volviese á Cas-

tilla; y el Factor fué tan servidor de su Magestad, que, á

pesar de algunos, hizo que recibiese el Virrey en Lima,

por donde se colige que él no supo la ida de los sobri-

nos, y no tuvo razón de lo matar, porque él era muy ser-

vidor de su Magestad, de lo cual se ha hecho muy gran

probanza.

Otro día, lunes, de mañana, viendo el Virrey el mal

caso que había hecho en matar al Factor, y visto que el

pueblo se escandalizaba mucho por ello, acordó de re-

traerse con la gente á los navios que en el puerto estaban,

y apercibió gente de los soldados para que se embarcasen

316

HISTORIA DEL PERÚ

y algunos que se fuesen por tierra, porque quería retraer-

se á Trujillo ó á Piurá, y hacerse fuerte hasta hacerlo sa-

ber al Rey lo que pasaba; y rogó á los Oidores que se re-

trajesen con él á donde tengo dicho, y [á] los Oidores pa-

recióles que no era bien salir de la ciudad sino estar quedos

en ella; los soldados, como sintieron que el Virrey los

quería embarcar, y decían muchos que tenían de morir y

no embarcarse; asimismo quería el Virrey embarcar á los

vecinos y á sus mujeres y llevarlos consigo á muchos, y

á todos les pesaba dello; de manera que así los Oidores

como vecinos y soldados, todos tenían muy mala volun-

tad de seguir al Virrey ni servirle.

Luego, el lunes y martes quince y dieciséis de Septiem-

bre, estos dos días anduvo grande alboroto en el pue-

blo, diciendo que el Virrey quería saquear el pueblo y ro-

barlo todo, hasta los verdugados de las mujeres; asimis-

mo se decía por el pueblo que quería el Virrey cortar las

cabezas á siete ú ocho vecinos del pueblo, de los principa-

les, porque tenía sospecha dellos que eran en favor de

Gonzalo Pizarro; decíase que esto quería hacer por con-

tentar á los soldados, porque viendo robado el pueblo lo

seguirían; todo estoque digo en este capítulo no se tuvo

por muy cierto que el Virrey lo quisiese hacer, mas, en la

verdad, el alboroto de lo que digo era tanto lo que andaba

por el pueblo, que no había hombre en él de calidad que

no lo supiese; que muchos vecinos apercibieron sus casas

de gente para defenderse; si fuera así como tengo dicho,

hubiera grandes muertes de hombres, porque muriera

mucha gente sobre ello.

Esto que he dicho en este capítulo, dice el Virrey que

los Oidores alborotaron el pueblo y echaron esta fama

por no salir de la tierra y tener lugar de mandar y robar;

el Virrey me ha dicho á mí muchas veces, porque he es-

tado con él, como adelante diré, y jura y promete que tal

cosa no tenía en propósito ni voluntad de hacer de robar

el pueblo ni matar á vecino ninguno como decían, sino

de retraerse, y, aqueste retraerse, decía el Virrey que había

consultado con los Oidores, que si Gonzalo Pizarro tra-

jese mucha gente, que vería si él podía darle batalla, y

HISTORIA DEL PERÚ

317

si no que á esta causa se retraería á Trujillo ó á Piurá,

como he dicho, por tener lugar de lo hacer saber á su

Magestad para que proveyese; ya el Virrey había revoca-

do las provisiones, y él aun decía juntamente con él (1), y

quería avisarlo al Rey cómo á la tierra convenía revocar

las provisiones, y que el Rey diese los indios perpetuos

como mayorazgo, y más los indios que el Rey tiene en

en su cabeza que se repartiesen en vecinos conquistado-

res, que hay hartos que no tienen indios, y esto porque

convenía á la tierra y era servicio de su Magestad; y si

esto que digo enviase el Rey, sería la tierra muy rica, y

el Perú estaría muy pacífico, y serían todos servidores

del Rey, y el Rey sería muy aprovechado de la tierra

mejor mucho que no es ahora; y si esto que dice el Vi-

rrey que quería hacer, lo hiciera en la verdad, el reino le

era en grande obligación; en estos dos días dichos, los

Oidores hablaron á un Capitán, y dijéronle que era gran-

de servicio de Dios y del Rey que el Virrey saliese de la

tierra y lo enviasen á Castilla, y asimismo hablaron á la

mayor parte de los vecinos, y conformáronse con ello, y

acordaron de lo prender, porque dijeron, que hombre que

quería matarnos y robarnos, justo es que lo echemos de

la tierra; los Oidores dijeron que así* era la verdad, que

los querían matar como al Factor y robarlos; visto que los

Oidores afirman á lo que se decía, púsoles más voluntad

de lo prender y echar de la tierra; el capitán.Robles, que

es el que tengo dicho, habló á los soldados los más ami-

gos que tenía, para que otro día de mañana, que era

miércoles, estuviesen á punto, y luego como amaneció,

miércoles, media hora del día, tocaban al arma, y todos

los que el Capitán había hablado y vecinos, se fueron^á

casa del oidor Cepeda, donde se tenía concertado de

allegar la gente, y de allí lo ir á prender; los vecinos se

pusieron á las esquinas de la plaza en tocando al arma,

y luego los otros, capitanes y soldados, acudían á casa

del Virrey, y como llegaban á las esquinas de las plazas,

los vecinos les decían: "Ea, soldados, id á casa de los

(1) Asi en el manuscrito.

318

HISTORIA DEL PERÚ

Oidores, que es el Rey, á favorecerlos y ¡viva el Rey!,,; y

los soldados, como no tenían buena voluntad al Virrey,

acudían á casa del oidor Cepeda todos los más, y llegarse

ian hasta trescientos hombres.

El Virrey tenía en su casa cuarenta arcabuceros y otros

cien hombres que le acudieron; luego sin tardar se vino

la gente de los Oidores á la posada del Virrey, que era

en la plaza, á prenderlo, y venía la gente diciendo ¡viva

el Rey!, y los Oidores diciendo á los soldados que esfor-

zasen y echasen á tal hombre de la tierra; el Virrey, vien-

do que los Oidores venían contra él, espantóse dello, y

armóse y salió hasta la puerta de su casa, y quería salir

contra ellos, é luciéronlo volver por fuerza, aunque no

quiso, y en la verdad acertólo, porque si saliera lo mata-

ran, porque los soldados que estaban de su parte le que-

rían mal; salió Vela Núñez, hermano del Virrey, á pelear,

con la gente que el Virrey tenía; como se vinieron los

unos y los otros y empezaron á pelear tirándose con ar-

cabuces, y los arcabuceros de la parte del Virrey tiraban

por alto, y el capitán Robles fuese juntando á ellos, y los

unos y los otros decían ¡viva el Rey! Ya que estaban cer-

ca los unos de los otros, toda la gente del Virrey se pasó

luego á la parte de los Oidores, y luego, todos juntos, en-

traron en casa del Virrey, y subiendo á lo alto donde es-

taba el Virrey el capitán Robles lo prendió; él se dio lue-

go, porque si se defendiera lo mataran, y preso trujéronlo

ala posada del oidor Cepeda, y luego el oidor Cepeda [se]

hizo apregonar por Presidente y Capitán general y en su

Lugar teniente á Martín de Robles, y en todo aquesto fué

Dios servido que no muriese nadie; hubo dos heridos; el

Virrey tenía en la mar, dentro en los navios, dos capita-

nes, los cuales tenían presos á tres hijos del Marqués y á

don Antonio de Rivera y á su mujer, porque, si se retraje-

ran, llevarlos consigo, porque eran sobrinos de Gonzalo

Pizarro. Luego que fué preso el Virrey fué á la posta un

criado del Virrey á hacer saber á los capitanes de la mar

cómo el Virrey estaba preso por mandado de los Oido-

res; los capitanes de los navios estaban señoreados de

todos los navios que en el puerto estaban, que eran ocho,

HISTORIA DEL PERÚ

319

y tres barcos, que había en un brazo de mar que es des-

viado del puerto, fueron á quemarlos porque los de tierra

no tuviesen con qué enojarlos y fuesen ellos señores de

la mar.

Quiero decir lo que se dice [de] Gonzalo Pizarro; á esta

sazón que el Virrey fué preso, Gonzalo Pizarro venía

con ochocientos hombres, todos muy bien aderezados, y

en el camino supo cómo en el Cuzco se habían alzado con-

tra él siete ú ocho vecinos en favor del Virrey,y volvió al

Cuzco el dicho Gonzalo Pizarro con sesenta hombres, y

cortóles las cabezas á todos los que halló culpados; víno-

se luego donde tenía su gente; venía caminando á la ma-

yor priesa que podía á la ciudad de Lima á echar al Vi-

rrey de la tierra. Vuelvo á decir lo que más [ha] sucedido al

Virrey; luego, á las diez del día, en el dicho día que le

prendieron, tomaron al Virrey y lleváronlo á la mar para

meterlo en un navio y sacar á los hijos del Marqués; lle-

gados fueron á la mar; el capitán Zurbano vino á tierra con

un barco bien armado y con sus versos y arcabuces y dos

lanzas de complidor; antes que llegase á tierra, paró y

dijo que querían que diesen los navios y tomasen uno

dellos y que le darían al Virrey; él respondió que no

había sido traidor ni tirano, ni sus antepasados, y que

ellos habían sido traidores y tiranos, que por tales les

nombraba, pues habían prendido al Virrey que [represen-

taba la persona de su Príncipe, que lo pusiesen un tiro de

ballesta dellos, que pareciese que estaba libre y no preso,

y que él saldría á hablarle como á su Virrey y Señor, y

hacer lo que por él fuese mandado; estando en esto, ti-

raron de tierra un arcabuz á los del barco, y tras de

aquél otros muchos, y asimismo los del batel tiraron sus

versos y arcabuceses, y fué Dios servido que no hiriesen

á nadie.

Luego el batel se volvió á los navios y no quiso vol-

ver más á hablar á los de tierra; ya los soldados apunta-

ban arcabuces al Virrey para lo matar, y, visto esto, los

Oidores dieron vuelta y trajéronlo al Virrey al puerto; á

la tarde, echaron fuera de los navios á don Antonio de

Rivera para que hiciese concierto para que diesen los na-

320

HISTORIA DEL PERÚ

víos y á los hijos del Marqués para que los pudiese to-

mar; salió en tierra don Antonio de Rivera, y alcanzó á los

Oidores antes que llegasen al pueblo, y concertaron con

el Virrey, ó por mejor decir, hiciéronle escribir una carta

á los capitanes de los navios para que diesen luego á los

hijos del Marqués si querían rescatar la vida del Virrey,

y que luego les darían al Virrey; con esta carta se partió

don Antonio de Rivera y un fraile Dominico; fuéronse á

los navios, y, vista la carta, dieron luego á los hijos del

Marqués y á don Antonio de Rivera y á su mujer libres,

y fuéronse al pueblo aquella noche, y, ellos en tierra, no

quisieron dar al Virrey. Otra día de mañana, que fué jue-

ves, fueron y vinieron cartas y mensajeros de tierra á los

navios para que hubiesen concierto que diesen los navios,

y que les darían uno dellos en que se fuesen, y no apro-

vechó nada con ellos, que no quisieron dar los navios para

que este mismo día, anduviesen carpíinteros adobando

los dos barcos que habían desbaratado) y á vísperas es-

taban adobados, y estaban á punto cuarenta arcabuceros

para ir á tomar los navios por fuerza.

Los capitanes tuvieron aviso como se aderezaban

estos dos bateles y los arcabuceros para los ir á la noche

á tomar; sabido esto que estaba ordenado, los capitanes

de la mar, visto que no podían llevar todos ocho navios

que había en el puerto, determinaron de quemar los tres

dellos y echarlos á fondo, y así lo hicieron.

Luego, antes que este día anocheciese, alzaron sus

áncoras y se hicieron á la vela y se fueron á un puerto

que se dice Guaura, dieciocho leguas de Lima, la vuelta

de Panamá; escribieron que si querían concierto que lle-

vasen al Virrey al puerto y que allí se concertarían. Lue-

go, otro día, viernes, hicieron los Oidores á Diego García

capitán y diéronle treinta hombres arcabuceros y otros

diez con rodelas, y que se metiesen en los barcos y vinie-

sen á Guaura á tomar los navios; llegaron los barcos con

su gente, domingo, antes que amaneciese, al puerto, y

por hacer mucha mar no dieron aquella noche sobre los

navios, y también porque los navios estaban metidos

adentro en la mar fuera del puerto, los barcos fuéronse á

HISTORIA DEL PERÚ

321

meter en el puerto y pusiéronse en parte donde no fuesen

vistos de los navios; habían venido por tierra cuatro de á

caballo, y, visto que no hallaron los barcos en el puerto,

concertaron cómo tomarían los navios; subiéronse dos

encima de una sierra y hicieron seña á los navios con una

bandera de paz para que viniesen á tierra, y luego un Ca-

pitán de los del navio se metió en una barca con gente y

tiros venían á tierra; llegando al puerto vinieron los bar-

cos con la gente y dan vuelta huyendo á los navios; la

gente que estaba en los bateles estaban apuntando, y,

viendo que el batel se volvía, aguijaron con sus bateles y

alcanzáronlo, y de la una banda y de la otra empezaron á

pelear tirándose tiros; luego el Capitán que venía en el

barco se dio; fueron luego á los navios, los cuales se die-

ron luego, porque hicieron conciertos que darían al Virrey

toda su hacienda y un navio en que fuese él y sus her-

manos, los cuales nunca se cumplió.

Tomados los navios hallaron uno menos y un capitán,

que es Jerónimo Zurbano, el cual tomó un navio, el mejor

que había entre ellos, y fuese porque tenía muchos ene-

migos en la tierra de parte de Gonzalo Pizarro, y temióse

que lo matarían, que no fuera nadie parte para darle la

vida; y viendo que Cueto y su hermano del Virrey no

querían irse sin llevarse al Virrey de la tierra, porque se

temían no lo matasen, y á esta causa se fué solo el que

digo.

En este tiempo, que fueron cinco días, que fué la nue-

va que los navios habían tomado, lo que hicieron del Vi-

rrey fué: que, visto los Oidores que el Virrey estaba en

peligro de su persona en el pueblo, y también por estar

seguros ellos, llevaron al Virrey á una isla en la mar, des-

poblada, que no tenía otra cosa sino arena, sin haber otra

cosa; fuéronse con él veinte vecinos y los soldados para

que lo guardasen; para ir á la isla hay una legua de mar;

no había barco en que pasarlo, hicieron balsas de paja

en que pasase el Virrey y los demás; las balsas son del

tamaño de dos haces de heno, entrambos juntos, y allí

lo echaron y ataron; pasó á la isla, como digo, y allí

estuvo ocho días; al cabo de estos ocho días se supo

21

322

HISTORIA DEL PERÚ

cómo estaban tomados los navios y preso Vela Núñez

hermano del Virrey y Cueto cuñado del Virrey.

Acordaron los Oidores de enviar al Virrey preso á

Castilla, y así lo pusieron por obra; hicieron probanzas

contra el Virrey, las siguientes: probaron cómo él era mal

quisto en toda la tierra, y que, por estar en la tierra él, se

tenía de dar una batalla donde muriera mucha gente, por

donde se destruyera la tierra; más, probaron cómo quería

prender á ocho ó diez vecinos, los más principales del

pueblo, y les quería cortar las cabezas, y demás desto á

otros muchos; asimismo probaron cómo quería embarcar

á los Oidores y á todos los vecinos y á sus mujeres, de

manera que no quedase nadie en la tierra.

Probóse más: cómo quería darle sacomano al pueblo

y robarlo todo por poder llevar los soldados consigo; pro-

bóse más, cómo mató al Factor sin razón, siendo muy ser-

vidor de su Magestad. Esto que tengo dicho y mucho

más se probó contra él; quiero decir, que yo tengo para

mí que según las Indias yo vide y según vide el pueblo,

que se probaría esto que digo y mucho más; si el Virrey

era en culpa de aquesto que digo sólo Dios lo sabe; so-

nábase por el pueblo muy reciamente lo que digo; yo he

oído al Virrey muchas veces, y según él jura y dice, yo

creo que se lo levantaron los Oidores para echarlo de la

tierra y quedarse ellos hechos señores; digo esto á lo que

siento, sólo Dios es el que sabe la verdad dello.

En este tiempo los Oidores, preso que tuvieron al

Virrey, ellos luego escribieron al Gonzalo Pizarro de gran-

de amistad cartas, y se querían conformar con él, y le en-

viaron una provisión para que fuese Gobernador del Nue-

vo Toledo, que es el Cuzco.

Apregonóse Cepeda, uno de los Oidores, luego aquel

día, por Presidente y Capitán General, y en su lugar á

Martín de Robles.

El rebato que se hizo estando el Virrey en la isla, lo

que sentí de la gente común y principales, todos á una

mano se holgaron con el prendimiento del Virrey; no

había hombre en toda la ciudad que le pesase dello, sino

que se holgaban mucho, y, como digo, que si no fueron

HISTORIA DEL PERÚ

323

sus criados del Virrey y algunos amigos, que todos eran

pocos.

Después de saber cómo los navios estaban tomados

en el puerto de Guaura, acordaron de traer á uno de los

navios al Virrey para que allí estuviese hasta que se des-

pachasen los negocios y probanzas para llevar á Castilla;

hicieron un barco pequeño en que los trujesen como digo;

estaba por capitán de los navios Diego García, el cual los

había tomado; teníalos hasta que proveyesen los Oidores

lo que se haría dellos; mandaron que el uno que se haría

agua se fuese á Panamá.

Mandaron que el otro que había estado de armada,

que era el mayor, que fuese á Lima.

En estas cosas pasadas, Vaca de Castro estaba preso

en la nao por mandado de los Oidores y mandado del

Virrey; cuando se alzaron de los navios, trajeron dentro á

Vaca de Castro, el cual estaba en este puerto de Guaura,

y aun los soldados le robaron y saqueron la vajilla de

plata que tenía con que se servía en el navio, y así se hi-

cieron (1); todo lo que hallaron en los navios, todo lo sa-

quearon.

Mandaron los Oidores que fuese Vaca de Castro á

Lima ó que se fuese en el navio preso, y así lo llevaron

para que acabe de dar su residencia.

En este tiempo que el Virrey estuvo en los navios

preso en Guaura, hubo cierta revuelta, desta manera que

diré: juntáronse un Capitán y ciertos soldados y los

amigos y criados del Virrey, que sería veintiuno de Oc-

tubre, y dijeron entre ellos: "prendamos á Cepeda y á los

demás Oidores hasta que nos den al Virrey,, y si aquesto

llegara á efecto, fuera por muerte y males de muchas

gentes; parece que fué Dios servido que fuesen sentidos,

y prendieron á muchos, otros huyeron; á uno de los que

prendieron, sentenciáronlo á arrastrar, y después á ahor-

carlo, y después descuartizarlo; hubo rogadores, y los

soldados se juntaron y pidieron la vida de aqueste, y

otorgáronsela.

(1) Asi en el manuscrito.

324

HISTORIA DEL PERÚ

Cortáronle la mano derecha; á otros tres ó cuatro de

los presos, pienso ahorcarán, porque les daban el térmi-

no por horas; á todos los más culpados los desterraban

por tres años para donde estaba Diego de Rojas.

Acordáronse los Oidores que fuese á Castilla el licen-

ciado Alvarez con todos los negocios y que llevase preso

al Virrey, y así se puso por la obra; dióle la ciudad, para

gastos en Castilla, seis mil pesos de oro; dióle más mil y

quinientos pesos de oro para los soldados; yo tengo para

mí, que fué más lo que le dieron; vino á los navios á

cuatro días del mes de Octubre; entró el navio donde el

Virrey estaba, y túvolo en son de preso.

Estaba en el puerto el navio en que estaba el Virrey,

y otro navio en que estaban presos los hermanos del Vi-

rrey; trajo concertado el licenciado Alvarez con los Oido-

res de enviar el navio, donde estaban los hermanos del

Virrey presos, á Lima; el Virrey, desde que supo que que-

rían llevarle los hermanos á Lima, pesóle mucho; hablóle

al licenciado Alvarez y díjoles muchas cosas acerca de

cómo habían sido traidores y tiranos en prender al Virrey

que era la persona de su Rey, y visto el Licenciado el ye-

rro que había hecho acordó de aplacer y hacer lo que al

Virrey le cumpliese, y rogóle el Virrey que cinco criados

que estaban en tierra que los metiesen con sus hermanos

y se fuesen con ellos á Lima, y así lo hizo, que luego los

mandó meter con propósito que se alzasen con el navio y

se fuesen á Panamá; luciéronse á la vela para irse á Lima

y llevaron dentro un Capitán que los guardase y seis ar-

cabuceros, y los marineros; luego que se fueron, pusieron

por obra los hermanos del Virrey de se alzar con el navio,

y fué sentido del Capitán que llevaba y púsose con sus

arcabuceros á popa del navio é hízolos entrar debajo de

cubierta; ellos rogaron que no los llevase á Lima porque

les cortarían las cabezas, que ellos querían morir allí y

no ir á Lima; hubo concierto entre ellos que volviesen al

puerto porque los hermanos del Virrey dijeron al Capitán:

"Mira que el Virrey está ya en su libertad, porque el Li-

cenciado nos dijo que lo tenía de poner en su libertad»;

el Capitán hubo por bien de volverlos al puerto y entre-

HISTORIA DEL PERÚ

325

garlos al Licenciado y que hiciese dellos lo que fuese ser-

vido; habiendo este concierto entre ellos arribaron otro

día de mañana al puerto; á horas de las once ó doce ho-

ras del día, vimos venir el navio al puerto, arribando, y,

visto que venía el Maestre y marineros, con consejo del

Licenciado, nos hicimos á la vela con nuestro navio di-

ciendo que los hermanos del Virrey se habían alzado con

el navio y que venía sobre nosotros para tomar el navio

y al Virrey, y á esta causa nos hicimos á la vela porque

dentro en la mar éramos señores del navio y era más

grande nuestro navio y mejor navio de la vela, que antes

le pudiéramos hacer mal nosotros á él que él á nosotros;

saldríamos una legua á la mar con nuestro navio y el li-

cenciado Alvarez salió de una cámara en que iba y llamó

al Virrey y al Maestre del navio y á toda la gente que den-

tro estaba é hízoles el requerimiento siguiente:

"Cerca del puerto de Guaura, á siete de Octubre de

mil quinientos cuarenta y cuatro años, el señor licenciado

Alvarez, Oidor de su Magestad en el Audiencia Real del

Perú, dijo en presencia de mí el Escribano público é tes-

tigos, de suso escritos, al muy ilustre señor Blasco Núñez

Vela, Visorrey destos reinos y presidente de la dicha Au-

diencia Real, que presente estaba, que el dicho señor

Oidor es venido, como criado y servidor de su Magestad

y Oidor de la dicha Audiencia, á hacer saber á su Señoría

cómo está su Señoría libre y no tenido ni preso, para que

su Señoría pueda hacer de su persona y del dicho señor

Oidor y de lo demás á su voluntad, y gobernar y regir es-

tos reinos como por su Magestad le fué y está mandado

y cometido, y que así pido y suplico á su señoría lo haga;

y que mandaba y mando á Pedro Díaz, Maestre y señor de

este navio, y marineros y estantes en él, que obedezcan y

cumplan lo que por su Señoría les" fuese mandado so pena

de la vida, y que si hasta aquí el dicho señor Oidor espe-

cialmente y toda la Audiencia otra cosa han hecho, [ha

sido] para efecto de excusar mayores inconvenientes y da-

ños que pudieran suceder y conservar la vida de su Seño-

ría, y para poder mejor y más libremente [hacer] lo que

ahora ha hecho el dicho señor Oidor; y, de cómo decía y

326

HISTORIA DEL PERÚ

dijo todo lo susodicho, pidió á mí el dicho Escribano que

se lo diese por testimonio, y á los presentes rogó que

dello fuesen testigos,,.

"Y luego el dicho señor Virrey dijo, que, en la libertad

que el dicho señor Licenciado lo pone, lo hace como cria-

do de su Magestad, y que, aunque á él, para lo que á él

mismo le toca, lo que más le convenía era ir á dar rela-

ción á su Magestad de lo que con él se había hecho, que

acatando á lo que importa al servicio de su Magestad,

que estos reinos, por estar tan lejos de su Real persona, no

queden ni estén sin persona que represente á su Mages-

tad, porque los servidores de su Magestad se junten á él y

resistan á sus deservidores que no se hagan fuertes ni po-

derosos en la tierra, lo cual podían hacer dejando libres

mucho tiempo, y que, aunque él está solo, se determina,

por lo que debe al servicio de su Magestad, de ponerse

en tierra y entender en la gobernación que su Magestad

le. tiene encargada, y que, para mejor lo efectuar, pide y

requiere al dicho señor Licenciado, asimismo salte en tie-

rra como él, para que juntos se haga mejor lo que convie-

ne para la expedición de los negocios, porque el dicho

señor Virrey no tiene por Audiencia á los Oidores que

quedan en los reinos, por las causas que piensa expresar

en su tiempo, y piensa hacer Audiencia en la parte donde

hallare servidores de su Magestad y donde más seguro

pueda residir, usando de una cédula real de su Magestad

en que le da facultad para que un-Oidor de los [con] por su

Magestad señalado[s] pueda hacer Audiencia, y que man-

daba y mando al dicho Pero Díaz, señor del dicho navio,

que lleve al puerto de Paita, porque allí acordará dónde

más conviene asentar la Audiencia, y do resida el dicho

señor Virrey; testigos los dichos. Y luego el dicho señor

licenciado Alvarez dijo que él es venido á servir á su

Magestad y hacer todo lo que pudiere, y con él andará

para el dicho efecto, y por el consiguiente está presto

de servir y seguir al dicho señor Virrey; testigos los di-

chos,,.

"Fué notificado al dicho Pero Diaz, señor y Maestre

del dicho navio y marineros, y dijeron que estaban pres-

HISTORIA DEL PERÚ

327

tos de hacer todo lo que por el dicho señor Virrey les

fuese mandado; testigos los dichos,,.

Luego, hecho este requerimiento, mandó el Virrey que

volviésemos con el dicho navio al puerto [á] aguardar el

navio que venía para tomar á sus hermanos; llegada la

oración surgió el navio junto á nosotros, el cual traía to-

davía presos á los hermanos del Virrey, y el Capitán que

los traía presos, arribó al puerto por no matarlos, porque

se le querían alzar con el navio; el licenciado Alvarez,

visto que el navio estaba surto, metióse en la barca de

nuestro navio y fué á bordo del otro navio, y mandó al

Capitán y á diecisiete soldados que llevaba, arcabuceros,

que se metiesen en la barca y se viniesen con él, y así lo

hicieron; trujólos donde el Virrey estaba, y asi como

entraron, se les quitó las armas, porque no sabían nada

de lo que el Licenciado había hecho; volvió el licenciado

Alvarez al otro navio y dijo á los hermanos del Virrey

lo que había hecho, que era poner en libertad al Virrey;

mandó á los marineros que hiciesen todo lo que les fuese

mandado por Vela Núñez, hermano del Virrey; volvióse

al navio el Licenciado; estuvimos hasta la mañana, hi-

címonos á la vela entrambos navios la vuelta de Panamá;

sin echar hombre en tierra, fuimos hasta el puerto del

Mal Abrigo, que es cerca de Trujillo, y echó en tierra al

Capitán que llevaba presos á los hermanos del Virrey á

Lima y otro soldado con él; llevó mandamiento para Tru-

jillo para que requiriese al Cabildo y justicia, so pena de

la vida, acudiesen á Paita, y que allí sabrían dónde él es-

t taría para que allá fuesen; asimismo á los oficiales del

Rey que llevasen la moneda que tuviesen recogida del

Rey; asimismo envió á mandar, á la ciudad de Lima, á

los Oidores y Cabildo y todos los vecinos, fuesen á Pai-

ta, y que allí sabrían donde estuviese para que se junta-

sen con él; asimismo á los oficiales del Rey* so pena de la

vida y perdimiento de indios.

Volvímonos á hacer á la vela; vinimos al puerto de

Paita, de donde avisó á Piurá, y envió á mandar que fue-

sen á Túmbez todos los vecinos á juntarse con él; en este

puerto tomó las armas que halló y tomó cuatro caballos;

32S

HISTORIA DEL PERÚ

fuese de aquí al puerto de Túmbez, y allí acordó de se

quedar con veinte hombres, sin armas ni caballos; despa-

chó de aquí al Puerto Viejo y al Quito, para que todos

los vecinos y soldados vengan allí; despachó á su cuña-

do Cueto para Castilla á hacerlo saber al Rey todo lo pa-

sado, para que dé favor y ayuda para castigar lo hecho;

lo que á mí me parece, visto que tal está el Perú, y lo que

ha sucedido, que viniese á efecto que el Rey dé favor é

ayuda, y el Virrey llevó gente en cantidad, y se viene á dar

batalla, que morirán más de mil hombres, y, aun con todo

esto, tengo para mí que el Virrey no señoree la tierra si

Dios no pone mano en ello para que haya conciertos, por-

que bien podía [ajllegar Gonzalo Pizarro mil quinientos

hombres muy bien aderezados, y más si más quisiere lle-

var. Quiero decir de la quedada del Virrey lo que me pare-

ce á mí, y es, que él queda con el cuchillo á la garganta á

causa que no tiene en el Perú hombre de quien se fiar,

porque no hay vecino en el Perú que lo quiera bien, y

más que yo tengo para mí cierto, que en sabiendo en la

ciudad de Lima que el Virrey queda en Túmbez, que ha

de venir Gonzalo Pizarro á dar sobre él, porque tiene en

la mar un navio, el mejor que hay en la mar del Sur, que

pueden meter en él cincuenta ó setenta caballos y dos-

cientos hombres, y pueden venir en ocho días donde el

Virrey está, y asimismo por tierra toda la gente que qui-

siesen traer; de manera que, como digo, el Virrey queda

en grande peligro, y asimismo no tiene por dónde se vaya

el Virrey, porque quedó sin navio en el puerto, pues por

tierra no se puede ir.

Lo que puedo decir es, que Gonzalo Pizarro queda y

está hecho señor de todo el Perú; muchos dicen, yo así

lo creo, que llegado que sea Gonzalo Pizarro á Lima tie-

ne de echar de la tierra á los Oidores; lo que hará en esto

y en obedecer al Rey no hay quien lo sepa; lo que dello

sucediere, y lo demás, yo lo escribiré y lo haré saber

á V. M.

Todo lo que aquí escribo lo he visto, porque yo estu-

ve en el Nombre de Dios y Panamá cuando el Virrey aquí

estuvo, y pasé al Perú con él, y estuve en los pueblos don-

HISTORIA DEL PERÚ

329

do él estuvo, y asimismo en Lima estuve todo el tiempo

que el Virrey estuvo en ella, y al tiempo que se salió yo

salí con él," y en el puerto de Guaura estuve con él diez

días, donde platiqué con él, y, vista su razón, él hiciera

mucho bien y servicio á Dios, sino que no fué creído; salí

de este pueblo con él hasta dejarlo en el puerto de Túm-

bez, como tengo dicho, y de allí me vine yo á Panamá.

Copia simple en el Archivo de Simancas, Indias, Descr. y pobl.

leg. 6 y en la Colee. Muñoz, tomo 83, pág. 186 y sig.

APÉNDICE III

Relación sumaria de lo sucedido en el Perú después de la

llegada del Virrey, escrita por Antonio Palomino.

Memorial de lo sucedido en el Perú después

que Blasco Núñez Vela, Virrey, fué hasta mi par-

tida, el cual es para mi señor el Embajador para

lo enviar á la S. C. M. el Emperador nuestro se-

ñor ó á quien su señoría mandare.

Sumariamente:

El virrey Blasco Núñez Vela, partido de Panamá, en

cuatro meses y medio llegó á Túmbez, jurisdicción del

Perú, viaje muy próspero, jamás visto tan breve, y, des-

embarcado en Túmbez, envió sus cartas y mandamientos

y provisiones de Virrey y ordenanza de su Magestad á la

ciudad de San Miguel, y á la ciudad de Trujillo, y á la

ciudad de los Reyes, y á la ciudad del Cuzco, y á las

Charcas, yá Arequipa, y á Guamanga y á todas las más

ciudades pobladas de españoles en el Perú, en que, en efec-

to mandaba que luego, vistas las provisiones y ordenan-

zas de sus Magestades, lo recibiesen, y notificando al go-

bernador Vaca de Castro, dondequiera que lo hallasen,

que no usare más jurisdicción de Gobernador, cometien-

do en nombre de su Magestad la jurisdicción á los al-

332

HISTORIA DEL PERÚ

caldes hasta su llegada, mandando apregonar pública-

mente las provisiones y ordenanzas, y que luego las eje-

cutasen y cumpliesen como en ellas se contenía.

Vistas las cartas y provisiones y las ordenanzas de sus

Magestades, todos los conquistadores, pobladores, estan-

tes y habitantes se escandalizaron viendo las dichas orde-

nanzas, y viendo que, si suplicación de ellas no les era

concedida, todos quedaban destruidos y perdidos; y los

capítulos que á todos generalmente dañaban son los si-

guientes:

Primeramente:

El capítulo que decía que todos los que habían enten-

dido en las pasiones entre Pizarro y Almagro se procedie-

se contra ellos, [y], siendo culpados, les quitasen los in-

dios; de éste no hay conquistador que tenga indios que

se escape.

El capítulo que dice que el que hubiese hecho mal

tratamiento á indios se proceda contra él y se los quiten:

de este capítulo no hay ninguno que esté fuera, porque

todos son culpados, porque de otra manera no se pudiera

haber hecho la guerra.

Del que dice que todos los tenientes de gobernado-

res y de oficiales de sus Magestades se les quiten los in-

dios; agrávianse porque todos los más lo han sido.

Del capítulo que dice que no hereden los hijos de los

conquistadores ni sus mujeres, los indios de repartimien-

to que su Magestad les tenía hecho merced que hereda-

ren; agrávianse por esta revocación.

Del que dice que los indios no sean obligados á dar

de comer, ni indios de carga, se agravian, porque la tierra

nó se puede sustentar sin que esto se haga, porque anti-

guamente se ha hecho, y entre ellos se hace, y aunque en

la tierra no hubiera españoles, ellos no se pueden susten-

tar sin cargarse unos á otros.

El capítulo que dice que no se echen indios á las

minas ni se saque oro de ellas; de éste se agravian más

aún que de todos, porque, generalmente, toca á todos,

HISTORIA DEL PERÚ

333

así soldados como conquistadores, estantes y habitantes

en toda la gobernación.

En el capítulo que todos los esclavos indios sean li-

bres, habiendo su Magestad llevado sus quintos y dere-

chos reales; también se agravian desto, porque toca á

todos.

En el que dice que no se hagan descubrimientos y los

comenzados sean con ciertas condiciones; también se

quejan de éste, porque donde están cuatro ó cinco mil

hombres, y los más hijosdalgo, si no se emplean en

servir á su Magestad en descubrimientos, no se pueden

sustentar.

Y también se agravian de otros muchos capítulos de

que les viene daño á todos en general, etc.

Prosiguiendo en los despachos enviados por el dicho

virrey Blasco Núñez Vela á las dichas ciudades y á otras

por decir, hechos sus ayuntamientos del daño sobredi-

cho, en la ciudad de San Miguel, que es cuarenta leguas

de Túmbez la primera, recibieron sus despachos, y obede-

ciéndolos como en ellos se contenía, fué el Teniente al

camino á entregarle la vara cumpliendo su mandamiento,

y luego se comenzaron á ejecutar las dichas ordenanzas

y á quitar los indios á los tenientes, y ejecutaron lo de-

más en aquella ciudad.

En la ciudad de Trujillo, vistos los despachos y pro-

visiones y ordenanzas, obedeciéronlas y cumpliéronlas

como el virrey Blasco Núñez de Vela mandaba, tomando

la jurisdicción los alcaldes hasta que su Señoría mandase

otra cosa, mandando apregonar públicamente las dichas

ordenanzas en que todos eran culpados.

En la ciudad de los Reyes, donde al presente yo esta-

ba, vinieron los dichos despachos, provisiones y orde-

nanzas para la dicha ciudad, y vistos por el Cabildo de la

dicha ciudad, donde yo me hallé, luego fueron obedecidas

y cumplidas, apregonando la dicha provisión de Virrey

públicamente, quitando la vara al licenciado de la Gama,

que era Teniente del gobernador Vaca de Castro, y los

alcaldes tomaron la jurisdicción, como el dicho Virrey

mandaba, en sí, y enviaron un alguacil y un escribano al

334

HISTORIA DEL PERÚ

gobernador Vaca de Castro á que no usare de la dicha

jurisdicción, lo cual se lo notificó y no usó más della, vi-

niéndose, en cumplimiento dello, á la ciudad de los Reyes

á esperar y recibir al dicho Virrey, y con los más que allí

estaban; y luego hicieron procuradores en nombre de

todos los conquistadores y pobladores de la dicha go-

bernación y de la dicha ciudad al licenciado Niño, rete-

niendo las dichas ordenanzas por pregonar, porque en

esta ciudad, como digo en este capítulo, solas las provi-

siones se apregonaron, y el dicho Procurador con los de-

más letrados que á la sazón se hallaron, ordenaron cier-

tas suplicaciones para suplicar de los dichos capítulos

y de algunos más, y en este estado, llegó el dicho virrey

Blasco Núñez Vela á la dicha ciudad de los Reyes, al cual

salieron á recibir el Obispo y el dicho Vaca de Castro y

todos los vecinos y regidores estantes y habitantes y los

demás hijosdalgo que allí estábamos: á la entrada de la

ciudad se le hizo un arco triunfante de verde, y llevósele un

palio de carmesí con ocho varas de plata aforradas, debajo

del cual entró él y el caballo en que venía desde el dicho

«\rco hasta la iglesia mayor donde hizo oración, y salido

de la iglesia no quiso más cabalgar, mas metióse debajo

del palio otra vez hasta las casas del marqués Pizarro,

que haya gloria; iban delante del siempre, desde que

entró, sus maceros y alabarderos, y más adelante el Obis-

po y el licenciado Vaca.de Castro, Gobernador que había

sido, y todos los otros caballeros, y los que llevaban las

varas del dicho palio eran los oficiales de su Magestad

y los demás regidores más principales, el cual dicho palio

y varas tomaron sus criados y lo repartieron, y á la entra-

da del arco lleváronle un libro misal para que jurase de

mantener los privilegios que le eran dados por su Mages-

tad y mercedes, y antes que llegase el libro misal, viendo

que lo detenían, puso la mano en su pecho jurando de

cumplir lo que su Magestad le mandaba, que eran las or-

denanzas sobredichas; el dicho Cabildo y regidores fue-

ron luego con el dicho Virrey, y, entrando en una sala,

hicieron un Cabildo y suplicaron de las dichas ordenanzas

enviadas por su Magestad; la respuesta del dicho Virrey

HISTORIA DEL PERÚ

335

fué que no quiso otorgar las dichas suplicaciones, cosa

ninguna ni parte dellas, diciendo ser mero ejecutor, di-

ciendo que aunque lo derritiesen en una tina de aceite no

podía dejar de cumplir la ejecución de las dichas orde-

nanzas como en ellas se contenía al pie de la letra, apa-

sionándose con los dichos regidores, y en cumplimiento

dellas las mandó apregonar públicamente y guardar como

en ellas se contenía, mandando después del dicho pregón,

por pregón público, que, dentro de quince días primeros

siguientes, todos los señores de indios trajesen sus ca-

ciques y principales ante él, para proveer "justicia con-

forme á las dichas ordenanzas, y así, en efecto, man-

dó que los indios esclavos fuesen traídos ante él para

libertarlos, y, en efecto, entendía en la ejecución de

los otros capítulos quitando los indios á los oficiales de

su Magestad y á sus tenientes; el cual dicho día le entró á

ver y á besar las manos un conquistador señor de indios,

que ha por nombre Antonio de Solar, y mandándole

traer sus caciques, respondió el dicho Solar que su Se- f

noria no le mandaría poner hombre en sus indios más

de los que él tenía puestos, porque sería escandalizar la

tierra y escandalizarla; el dicho Virrey luego mandó lla-

mar un alguacil y un clérigo que lo confesase, mandán-

dole luego ahorcar de una ventana al dicho Solarle] con-

fesaron, el cual se estuvo en confesar desde la mañana

hasta hora de víspera, por más prisa que el Virrey dio;

en el entretanto vino el Obispo á rogarle que le oyese, y

el Regente y todos los caballeros y regidores, y oficiales

y frailes de los monasterios y clérigos; entras mientres (1)

el dicho Solar, estando en su confesión con sus grillos y

cadena y guardas, hasta que, en efecto, concluyeron con

el Virrey que se quedase para otro día, al cual llevaron á

la cárcel, y le acompañó el Obispo, y los regidores le to-

maron la cadena y la llevaron en peso, y otros hidalgos

le alzaron los grillos, el cual iba diciendo que no había

confesado pecado ninguno por privarlo del sentido; y

(1) Asi en el manuscrito.

336 HISTORIA DEL PERÚ

como este caballero es de los principales de la goberna-

ción, fué caso de tanto alboroto y escándalo que no se

platicaba sino que no había de ser parte el dicho Visorrey

para ahorcarlo, y como todos fueron culpados en las di-

chas ordenanzas, y á la sazón estaban en la dicha ciudad

algunos regidores del Cuzco donde el dicho Virrey no

estaba recibido, se salieron de la dicha ciudad, de diez en

diez y de veinte en veinte, tanto número de personas que

casi dejaron la ciudad sola; fueron al Cuzco todas las ca-

bezas principales é hicieron llamamiento á todos los de

la gobernación, y todos juntos, unánimes y conformes,

enviaron por Gonzalo Pizarro, hermano del rflarqués Pi-

zarro, que haya gloria, y de Hernando Pizarro, que acá

está preso, el cual estaba en las Charcas quieto en sus

minas, doscientas leguas del Cuzco, y venido, acordado

entre ellos cómo todos quedaban perdidos cumpliéndose

las dichas ordenanzas, apregonaron por su Justicia mayor

en rrbmbre del Príncipe, hasta que su Magestad fuese in-

formado y en ello proveyere, al' dicho Gonzalo Pizarro, y

luego salieron del Cuzco todas las dichas gentes y hicie-

ron su alarde, en que se halló gran cantidad de arcabuce-

ros y muchos de á caballo y mucha infantería, y descen-

dieron á Guamanga, sesenta leguas de los Reyes,ytoma-

• ron toda-el artillería que en la dicha ciudad estaba de las

batallas pasadas, que es la cosa más fuerte que allá hay,

y con la dicha artillería se pusieron cuarenta leguas de la

ciudad de los Reyes, con gran junta de gentes y arcabuce-

ría y jinetes y todo cuanto hay en la tierra, descendiendo

á la dicha ciudad de los Reyes, las dichas cuarenta leguas

donde yo los dejé, digo se decía que allí estaban por vista

de ojos.

Después que el visorrey Blasco Núñez Vela supo todo

lo susodicho, hizo su alarde, mandando venir los caballos

y armas, haciendo capitanes, tañiendo el atambor por las

calles á orden de guerra; hallóse en el dicho registro que

estaban noventa caballos y yeguas con los mancarrones

en que los cuarenta y cincuenta serían sanos, y hallándo-

se á obra de doscientos hombres y cincuenta ó sesenta

arcabuceros; el dicho Visorrey, viendo lo susodicho y su

HISTORIA DEL PERÚ 337

22

poca posibilidad y la mucha pujanza de las dichas gentes

y del dicho Gonzalo Pizarro, mandó desembarcar del navio

en que yo vine, de Juan Vázquez Dávila,'ciento y sesenta

ó ciento ochenta mil castellanos de muy linda moneda, que

se enviaban á su Magestad, los cuales vide traer en cier-

tos carros y repartir entre los soldados, en que, en efecto,

se gastaron los dichos pesos de oro, con que se harían

otros doscientos ó trescientos hombres, y el dicho Viso-

rrey envió su hermano por Capitán para dar una vista en

sus enemigos, veinte leguas de la dicha ciudad; los solda-

dos lo enviaron solo y se pasaron con el dicho Gonzalo

Pizarro, así éstas, como otras Capitanías que el Virrey en-

vió; en efecto, que la dicha moneda de su Magestad que

gastó, fué favor para el dicho Gonzalo Pizarro y los de

arriba. Visto el Virrey esto, recibiendo mucha pasión,

mandó suspender las ordenanzas y á prometer mercedes,

y prometiendo de no cumplir las ordenanzas ni parte de

ellas, antes mandando tomar y restituir los dichos indios

á las personas á quien se habían quitado, y prometiendo

los indios que sus soldados ganasen en matar á sus seño-

res conquistadores en la dicha guerra, y luego mandó, por

pregón público, que ninguno fuere osado á salir de la

dicha ciudad, so pena de muerte, y mandó, por sus escua- .

dras, que guardase[n] los caminos, con mandamientos, en

que, [en] efecto, decían que cualquiera que topasen en-

trando ó saliendo en la dicha ciudad de los Reyes sin su

licencia, que luego lo prendiesen, y, sin oirlo, lo echasen

una soga á la garganta y lo ahorcasen del primer árbol que

hallasen hasta que muriese naturalmente; las cuales dichas

escuadras guardaron los dichos caminos ocho días cada

escuadra, y una noche dieron al arma y oyeron voces

que decían venía el Príncipe y Pizarro Justicia mayor;

no se supo quién lo dijo, y porque un don Pedro de Ca-

brera vivía al canto de aquella calle, lo desterraron para

Panamá; y al licenciado Vaca de Castro tiene preso en un

galeón en la mar, con mucha guarda, y secrestados todos

sus bienes, y los Oidores no hacían Audiencia, porque

todo era dar al arma, y estaban esperando cada hora á

los de arriba, y en este estado dejé la tierra, á la cual

338 HISTORIA DEL PERÚ

Dios Nuestro Señor ponga remedio con que su Mages-

tad sea servido;, y por pasar así y tenerlo así, para decir á

su Magestad, breve, firmé mi nombre, con que dejé un

caballo y un hombre en mi lugar, con el Virrey, que me

dio licencia.—Alonso Palomino.

Ogirinal en Simancas, Indias leg. 15. Copia en la Colee. Muñoz,

tomo 83, páginas 198 y siguientes.

APÉNDICE IV

Relación de lo sucedido en el Perú después de la prisión del

virrey Blasco Núñez Vela.

Lo que ha sucedido después de la prisión del virrey

Blasco Núñez Vela en aquellos reinos, y se sabía por re-

lación cierta, hasta que nos partimos del puerto del Nom-

bre de Dios, que fué á veintisiete de Marzo del año 545:

Después que el Virrey fué preso de los Oidores, como

he dicho en la relación sumaria que acerca dello se ha

enviado, enviaron á decir á Gonzalo Pizarro que viniere

con todo su ejército, porque no hallaría resistencia ningu-

na en la ciudad de los Reyes, y él se vino, y á tres ó cua-

tro leguas de la ciudad hizo alto con todo su ejército, y

allí le salieron los Oidores á recibir y á darle la bienve-

nida, llamándole de Señoría; estuvieron los Oidores con

el dicho Gonzalo Pizarro todo aquel día hasta la tarde

metidos en un toldo, en secreto, y desde allí los Oido-

res......

Otro día Gonzalo Pizarro hizo ahorcar, antes que en-

trase en la ciudad, tres vecinos del Cuzco, en el camino

por do habían de venir para la ciudad; llamábanse los que

así ahorcó Pedro del Barco, y Martín de Florencia, y Sa-

yavedra, que eran hombres que valían sus haciendas se-

tenta mil ducados de oro y dende arriba, sin los reparti-

mientos que tenían encomendados; ahorcólos porque del

Cuzco se habían venido á la ciudad de los Reyes á servir

340

HISTORIA DEL PERÚ

á su Magestad, y prendiéronlos en Lima después de la

prisión del Virrey, y así recibieron martirio, que aun, no

les dieron lugar para bien confesar; y á otros hizo matar

en el Cuzco por la misma causa, que de sus nombres no

se acuerdan.

Antes que ahorcase á los de arriba mató en el dicho

camino el dicho Gonzalo Pizarro á Felipe Gutiérrez, hijo

de Alonso Gutiérrez, y Arias Maldonado, á los cuales

cortó las cabezas porque no quisieron venir con él en la

jornada, y porque decían que su Magestad se tenía por

deservido de lo que hacía Gonzalo Pizarro, y asimismo

mató á Badillo, hijo del licenciado Badillo, en el Cuzco.

Hizo quemar cerca de Parcos, que es en el camino del

Cuzco, dos principales indios, y trajo doce mil indios car-

gados de la ropa del ejército que consigo traía, que, por

el-trabajo que con las cargas pasan, pocos dellos volve-

rán á sus naturalezas.

Asimismo, en el camino, cortó la cabeza á Gaspar Ro-

dríguez, hermano de Pero Ansules, porque supo que

quiso pasar al Virrey para servir á su Magestad, y á otros

dicen que mató en las Charcas.

Asimismo mató en Lima al capitán Diego de Gumiel,

que era otro vecino del Cuzco, porque dijo que su Ma-

gestad no sería servido de tantas crueldades como se ha-

cían, y pusiéronle un rétulo á los pies en la picota á donde

le sacaron muerto, que decía: por amotinador; y á Boba-

dilla, y á Páez, y á otros descoyuntaron á tormentos; eran

criados de Vaca de Castro.

Entró el dicho Gonzalo Pizarro en la ciudad de Lima

con toda su gente de armas, y, á la entrada de la ciudad,

estando todos mirando por las ventanas cómo entraba,

en casa de Diego de Agüero estaba en la ventana miran-

do un indio de Diego de Agüero, y ciertos españoles junto

á él, y un soldado de los arcabuceros, que venía en la or-

denanza de la gente de Gonzalo Pizarro, asestó con el

arcabuz al indio diciendo: "que le acierto,,, y, disparando,

dio con el indio muerto en tierra. Así diz que andan tan

encarnizados en matar á hombres que* no hacen diferen-

cia dellos á bestias, y en estar allí los Oidores y no

HISTORIA DEL PERÚ

341

hablar en ello, ni ser parte para cosa de justicia, se nota

mucho se desautoriza la justicia de que tan huérfana

queda la tierra.

Entrado en la ciudad de los Reyes el dicho Gonzalo

Pizarro con toda su gente de piqueros y arcabuceros, y los

de caballo y el artillería delante de sí, puestos todos en

la plaza y en ordenanza, en que dicen que había seis-

cientos hombres armados y á punto de guerra, con sus

banderas tendidas, disparando muchos arcabuces y tiros,

hizo juntar á los Oidores y vecinos para que hiciesen Ca-

bildo, y allí le recibieron por Gobernador y Capitán ge-

neral, y así se hizo luego por provisión de la Audiencia

por vía de don Carlos, como parece por la .información

que acerca dello va.

Luego que fué recibido en la ciudad Gonzalo Pizarro

por Gobernador, cómo los Oidores supieron que el Vi-

rrey estaba libre, y que el licenciado Alvarez, Oidor, [que]

se encargó de llevarle preso á Castilla, le había puesto en

libertad, y que quedaba en Túmbez, que es la costa aba-

jo, diz que los, Oidores aconsejaron á Gonzalo Pizarro

para que enviase gente contra el Virrey y le echasen de

la tierra, dando ellos mandamiento, juntamente con Gon-

zalo Pizarro, para ello, por el recelo que tenían que vol-

vería el Virrey sobre ellos, y así armaban un navio de

artillería, gente y caballos para enviar en su busca; y es-

tando presó el licenciado Vaca de Castro en aquel navio

que armaban, que le tenía preso Gonzalo Pizarro des-

pués que vino á la ciudad, que los;Oidores .se lo entrega-

ron, se alzó con el navio con ciertos amigos que le ayu-

daron, y se vino á Panamá, á donde dio aviso de lo que

en Lima pasaba.

Certifican que Gonzalo Pizarro pretende la goberna-

ción de la manera que la' tenía el marqués Pizarro, su

hermano, para poderla repartir, y así se reparte ahora, y

dispone de todo libremente; que asimismo pretende la

libertad de Hernando Pizarro, y otras pretensiones no lí-

citas; y, como no le confirme su Magestad, de lo tomar él,

como lo ha hecho ahora, y hacer todos los pertrechos de

guerra para sustentar y conservarse y entregarse á Fran-

342

HISTORIA DEL PERÚ

cia y meter franceses; certifican que una ele las cosas

•para haber venido la tierra á lo que está, ha pendido de

avisos de Castilla, y bien se ha figurado por lo que se ha

visto de la venida del clérigo Diego Martín, criado de

Hernando Pizarro, que es ahora mayordomo de Gonzalo

Pizarro, y el que dispone en todo lo que se hace en toda

la tierra, y es uno de los más principales que guían la

danza; este clérigo, Diego Martín, se embarcó en San

Lucar, cuando él vino y en hábito de soldado en la nao

donde iban los Oidores.

Ha capitulado con los vecinos de toda la tierra, con

dellos (1) á su grado y con otros por fuerza, para que le

acudan con la tercia parte de todos los tributos de toda la

tierra que dan los indios, para tener guarniciones en la

tierra para su defensa, y han tasado lo que así se le ha de

dar en doscientos y cuarenta mil pesos de oro cada un

año, de más de lo que á él le dan para los gastos de su

persona y guarda, que es en cantidad; y todo el oro que

había en poder de los oficiales de su Magestad ha to-

mado y mandado á los oficiales distribuir por sus li-

branzas.

Demás de la provisión de Gobernador que los Oido-

res le dieron al dicho Gonzalo Pizarro, diz que le dieron

otra para que todos los pueblos vecinos estantes y habi-

tantes le tengan y obedezcan por Gobernador y Capitán

general y cumplan sus mandamientos, que aunque esto

dicen que los Oidores no lo han hecho de voluntad, son

apremiados á ello, y para otros insultos que se hacen en

la tierra; y cuando acordaron en el desatino que hicieron

de la prisión del Virrey debieron de pensar los Oidores

que quedara en ellos el poder de mandar la tierra, y así

les ha salido su pensamiento al revés. Ha determinado el

dicho Gonzalo Pizarro de señorear todos los navios que

hay en la mar del Sur, y que por flotas, viniendo con ellos

armada para su seguridad, se vengan á Panamá para que.

no se les perturbe la contratación, y que tienen acordado

(1) Así en el manuscrito.

HISTORIA DEL PERÚ

343

de hacer galeras en Arequipa para correr toda la costa

hasta Nicaragua y Guatemala, y señorear toda la mar y

navios; aunque esto creo yo que no lo podrían hacer, como

entre ellos lo platican, porquel porná (1) para hacer gale-

ras y navios hay falta de madera y de los otros materia-

les que no los hay, y solamente se podrá aprovechar de

los navios que toman ahora hasta que les duran los apa-

rejos dellos, y después no se podrán aprovechar como

haya guarda y recaudo por el Rey en Panamá y Nicara-'

gua, porque de allí no se provean.

Hánse hecho las marcas reales de los quintos que per-

tenecen á su Magestad, del oro y de la plata, y que de

aquí adelante no se marque ni se quite ningún oro ni pla-

ta, y que sin marcar ni quitar se contraste con ellos en la

tierra y corra en ella, conque no salga de la tierra, de aquí

adelante, oro ni plata de aquello por quintar; sus fines para

lo que han hecho (2) diz que es á propósito de que, no sa-

liendo oro ni plata de la tierra, vernan á capitular y con-

certar con ellos lo que pretenden.

De navios que iban de Nueva España á Guatemala

para el Perú, con inadvertencia que tuvieron de lo que pa-

saba en aquellatierra, tomaron algunos navios los tiranos,

y así, armado en ellos, envió Gonzalo Pizarro á un su ca-

pitán, que se dice Hernando Bachicao, con cinco navios

de armadapor la costa, para que, si al Virrey hallasen en la

costa, le matasen ó le echasen de la tierra; y el Virrey,

teniendo aviso dello en el puerto de Túmbez, se retiró

la tierra adentro hacia Quito, con algunos servidores del

Rey que le siguieron, aunque es opinión que, salido de

allí Bachicao, el Virrey daría la vuelta otra vez sobre

Túmbez, por ser puerto conveniente para la redución de

la tierra.

El capitán Bachicao, visto que el Virrey se había en-

trado la tierra adentro, vino con los cinco navios al puer-

to de Panamá, robando toda la costa, con hasta cien hom-

bres que traía en los dichos navios; y porque uno de los

(1) Asi en el manuscrito.

(2) En el manuscrito: para lo que ha mucho.

344

HISTORIA DEL PERÚ

navios que estaban en el puerto de Panamá surto se hizo

á la vela para su viaje, fué tras del y lo alcanzó, y porque

no amainó habiéndole dicho: "amaina de parte de Gon-

zalo Pizarro,,, le bombardeó y mató dos hombres, y des-

pués de rendido ahorcó al Maestre del navio, que se decía

Pedro Gallego, que es casado en Sevilla; así, trayéndole

ahorcado de la jarcia, entró en el dicho puerto de Pana-

má con sus navios, siendo presentes el doctor Tejada,

Oidor, y Francisco Maldonado, que venía en los dichos

navios con el dicho Bachicao.

Los de Panamá, habiendo sido requeridos muchos

días antes que se pusiesen en resistencia y estuviesen

sobre aviso por el daño que se creía había de suceder, así

por estar veinte y tantos navios en el puerto como por

otros respetos que se sospechaban que no había de dejar

de venir allí, y había en Panamá más de cuatrocientos

hombres que podían defender á resistir la entrada, y con

la nao de armada que trujo Vaca de Castro, no lo quisie-

ron hacer, antes como asomaron del puerto los cinco na-

vios de Bachicao, enviaron allá un barco con un vecino

de Panamá, y tomaron lengua y supieron como eran de

Gonzalo Pizarro, y habiendo sabido y visto que habían

ahorcado al dicho Pedro Gallego, Maestre del navio, y

que le traía colgado de la-jarcia, y muerto otros dos hom-

bres, y que venían de armada, y con tener noticia de todo

esto y de ló demás que en el Perú pasaba, le dejaron en-

trar en Panamá al dicho capitán Bachicao libre y exenta-

mente, sin resistencia ninguna.

El dicho capitán Bachicao salió en tierra con su gente

en ordenanza, llevando Francisco Maldonado la avan-

guardia y Bachicao la retaguardia; todos armados por la

ciudad entraron á punto de guerra, y los arcabuceros tra-

yendo las mechas encendidas y disparando arcabuces, y

allí descalabraron á algunos con los tiros que tiraban, y

entre ellos á un vecino de Panamá, que se dice Francisco

de Torres, le pasaron el brazo con un arcabuz estando á

una ventana; y así entró con chirimías y atambores, y sin

contradición alguna se apoderaron en el pueblo, y apo-

sentaron toda la gente sacando á los dueños de sus casas,

M t

HISTORIA DEL PERÚ

345

y allí los proveyeron de todo cuanto pidieron, y aun di-

cen que algunos los daban con alegre voluntad; diz que

andaban tan carniceros y tan soberbios que no hablaban

palabra que no fuese blasfemando de Dios y de sus

santos.

Luego entendieron, el dicho Bachicao y su gente, en

recoger todas las armas ofensivas y defensivas que había

en la ciudad, y toda la munición, así lo que allí había del

Rey como de todos los vecinos estantes y habitantes en

la ciudad, que hasta una espada no dejaban; dicen que

pedían á los de Panamá treinta mil pesos de oro para re-

partir en la gente, y que, á no los dar, decían que meterían

á saco el pueblo; no se sabe si se acordaron en ello, por-

que [en] aquella sazón los navios [que] estaban en el Nom-

bre de Dios para Castilla, se hicieron á la vela; enviaron al

Nombre de Dios desde Panamá cierta gente de arcabuce-

ros y vino por capitán dellos Francisco Maldonado, y allí

tomaron las armas que hallaron y cierta artillería y mu-

nición que había para defensa del puerto: de todo se apo-

deraron sin hacer ninguna contradición. Este Francisco

Maldonado es uno de los más culpados para la alteración

de la tierra,y el que quitó las tasas á las Justicias que es-

taban puestas por el Rey, y las tomó en sí por Gonzalo

Pizarro, y es el que prendió y fué en la muerte de Gaspar

Rodríguez, el cual va ahora á Castilla en estas naos jun-

tamente con el doctor Tejada; algunos servidores del Rey

que había en Panamá, visto cómo daba la entrada de la

ciudad, huyeron, y andan por los montes recelándose que

no los matasen; dicen que dice Bachicao que el Rey les

ha de cumplir todo.lo que ellos pretenden, y que ha de

saber que hay hombres en el Perú que se lo harán cum-

plir, y con otros desacatos grandes; tomaban á los mer-

caderes que hay en'Panamá de sus casas y tiendas todo

lo que hallaban para se vestir y ataviar, y con palabras les

tomaban diciendo que en el Perú lo pagarían, y los mer-

caderes no osaban otra cosa más que darlo luego.

Decían y publicaban entre ellos que, antes que vayan

de Panamá, llevarían delante de sí todos los navios que

allá hay, sin dejar ninguno, con toda la gente que allí ha-

346

HISTORIA DEL PERÚ

liaren; que mucho se lo allegar (1) por la libertad que con

él tienen para robar, y aunque por nueva que tenían de la

nao de armada que estaban en el puerto del Nombre de

Dios, enviaron los oficiales de la casa de la Contratación de

Sevilla, la cual á la sazón estaba de partida para Castilla,

no había hecho el dicho Bachicao y su gente más daño

de esto; tiénese por cierto que robará todo lo que hubie-

se y hallare, ida que sea la nao de armada, porque la

gente de los soldados que traía Bachicao está tan encar-

nizada y cruel, que no se podrá excusar que no roben y

tomen todo lo que hallaren.

Este capitán Bachicao es un hombre que ha cometido

muchos delitos antes de ahora contra su Magestad y la

Real Hacienda y que merece muerte; anda tan cruel, que

dice y publica que no tiene fe, ni sabe qué cosa es fe, y

aun dicen que trae familiar, y que anda encomendado á

él, y por las cosas que le han visto y le ven hacer así se

tiene por cierto; dícese que cuando vaya de Panamá,

tiene acordado de dejar allí cierta guarnición de gente.

Antes que entrase en Panamá, tocó en Túmbez y

Paita, y por toda la costa del Perú y Puerto Viejo, y vino

robando todo lo que hallaba, y haciendo castigos y

afrentas á todos los que no le venían luego á darle la

obediencia, y así azotó algunos públicamente por' la

costa.

En Puerto Viejo y el pueblo de Santiago, prendió ai

Teniente que estaba puesto allí por el Virrey, y otros que

estaban sirviendo á su Magestad, á los cuales puso en

término de quererlos ahorcar, y por algunos de los, que

coirél venían, que por ellos volvieron, estorbaron que no

los ahorcasen, y robáronles y saqueron las haciendas qu4

tenían, que no les dejaron cosa, y á los mercaderes hicie-

ron lo mismo, y á un mercader dellos, que se dice San

Pedro, le tomaron siete mil y ochocientos pesos de oro

de un cofre, de los cuales no le volvieron cosa ningunaj

de todo esto son testigos el doctor Tejada Oidor, y Fran-

cisco Maldonado, que venían con ellos; y, cierto, de la

(1) Asi en el manuscrito. .

HISTORIA DEL PERÚ

347

venida del doctor Tejada con ellos, siendo Oidor, y no ser

parte para estorbar ninguna cosa destas, y haber recibido

cinco mil y quinientos pesos de Gonzalo Pizarro del di-

nero del Rey, se ha notado mucho en todas aquellas

partes donde se ha tenido noticia dello, y de recibir,

como dicen que recibió, repartimiento de indios de mano

de Gonzalo Pizarro, quitándolos á un vecino del Cuzco,

que se dice Mesa, porque venía á servir al Rey á la ciu-

dad de los Reyes.

Traía, el dicho Bachicao y su gente, consigo mucha

cantidad de indios y de indias para sus mancebas de ser-

vicio, que, por la costa, por los pueblos de indios y ca-

minos, tomaban por fuerza, y así cree que volverán pocos

de los indios y indias que así traían consigo, por ser la

tierra de Panamá enferma, á donde murieron todos los

más indios y indias que allí traen.

Esto es lo que ha acaecido, en suma, hasta que nos em-

barcamos, en el Nombre de Dios para Castilla, sin otras

muchas particularidades que han pasado en el servicio (1)

Dios y de su Magestad. Si las provincias é reinos del

Perú de estuviesen los españoles que en él residen y

habitan (2) y conformes en lo que ha emprendido Gonza-

lo Pizarro, ternia por trabajosa cosa reducirse la tierra en

servicio de su Magestad, porque la tierra del Perú tiene

gran resistencia, y hay muy grandes pertrechos de gue-

rra para la defensa, así de munición, de tiros y pólvora en

abundancia que en la tierra hay, y aspereza de tierra;

pero en ella hay muchas parcialidades y disensiones

entre ellos mismos; y así no se puede, en ninguna mane-

ra, conservar mucho tiempo en la maldad que se ha Come-

tido, porque entre ellos mesmos se han de matar como

han hecho antes de ahora, y ahora se tiene noticia que lo

hacen, y esto se tiene por cierto que ha de aprovechar

mucho haberse determinado el Virrey de quedar en la

tierra como quedó; y si se proveyese de España con breve-

(1) Asi en el manuscrito; sin duda quería decir en deservicio.

(2) Blanco en el original.

HISTORIA DEL PERÚ

dad socorro á los servidores del Rey, se cree serían des-

baratados presto, conque, á los que se enviasen para la

redención de socorro, se les afirmase de gratificar y galar-

donar en la tierra, porque estuviesen firmes en el servicio

de su Magestad hasta reducir la tierra.

Copia del tiempo en el Archivo de Simancas (Descr. y pob. leg. 6) y

trasladada por don Juan Bautista Muñoz, en cuya colección manuscrita

se encuentra, en el tomo 83, folios 180 y siguientes.

ÍNDICE DE PERSONAS

Acosta (Juan de), págs. 180,201,

206-8 y 252.

Adrada (Francisco de), 286 y 307.

Agüero (El capitán Diego de), 51,

98, 104 y 340.

Alarcón (El capitán), 251 y 256.

Aldana (El capitán Lorenzo de),

46, 72, 177,180, 187, 189 y 256.

Alceati (Simón de), 74, 91 y 114.

Aleone//el, 115.

Aliaga (Jerónimo de), 95, 99

y 125.

Aller (Diego de), 44.

Aller (Pedro de), 122.

Almagro (Diego de), 24, 50/52

y 332.

Almagro el mozo (Diego de), 43.

Almao (Luis de). 177 y 180.

Almendras (Francisco de), 65, 67,

68, 74, 137, 138, 182-84, 186,

187 y 239.

Altamirano (Antonio), 135.

Altamirano (El licenciado), 116,

282, 283, 295 y 308.

Alvarado (El mariscal Alonso de),

270, 276, 278 y 294.

Alvarado (Gómez de), 198 y 252.

Alvarado (Hernando de), 146, 171

y 173.

Alvarez (Antonio), 70, 138 y 139.

Alvarez Cuelo (Diego), 72, 93,

103-8, 119, 120, 122, 159, 165,

321 y 322.

Alvarez (El licenciado Juan), 26,

93, 113, 115, 116, 119-21, 123,

127, 209, 251, 255, 324-7 y 341.

Ampuero (Rodrigo de), págs. 74,

114 y 115.

Ana (Doña), mujer del licenciado

Santillán, 279 y 280.

Antón (Pero), 251 y 255.

Ansules (Pero), 340.

Añasco (Pedro de), 289, 292

y 297.

Arana (Pedro de), 287.

Arias de Acevedo, 160 y 192.

Arias de Avila (Gómez), 289.

Arias Maldonado, 109. 110, 279,

303, 305 y 340.

Ariza (Andrés de), 161 y 164.

Avalos (Diego de), 287.

Avalos (Luis de), 287 y 292.

Avendaño (Pedro de), 271, 280,

283, 288, 293 y 294.

Bachicao (Hernando), 46, 68,122,

135, 146, 147, 151, 152, 155-7,

159, 162-5, 167, 177, 178, 189,

191-4, 197, 199, 202, 212, 213,

218-20, 228 y 343-47.

Balcázar, 205.

Barba (Ruy), 289.

Barco (Pedro del), 77, 131, 133,

235 y 339.

Barrionuevo (Alonso de), 125

y 126.

Bazán (García de), 242.

Beltrán (Ventura), 91, 107, 113,

116 y 125.

Benalcázar (El adelantado don Se-

bastián de), 168, 178, 211, 215,

239, 240, 249 y 250,

Berrio (Juan de), 263.

350

ÍNDICE DE PERSONAS

Bobadilla (Dionisio de), págs. 148,

149 y 340.

Bravo (Diego), 115.

Bravo de Laguna (Hernán), 115.

Bravo de Saravia (El doctor), 273,

279, 280, 283, 284, 294, 298-301

y 303-8.

Brizeño, 205.

Bustillo (El escribano), 110.

Cabrera (Juan), 167, 168, 213,

215, 218 y 253.

Cabrera (D. Pedro Luis de), 72,

280 y 337.

Cáceres (Alonso de), 75, 76, 133

y 148.

Cáceres (Juan de), 115 y 180.

Cajero (Francisco), 159, 164 y 165.

Calle (Martín de la), 214.

Cainacho (Francisco), 264 y 301.

Camargo (Alonso de), 70 y 184.

Cano (Juan), 197.

Cantillana (El alguacil), 110.

Cañete (Marqués de). Véase Hur-

tado de Mendoza (D. Andrés).

Cardo (Iñigo), 143, 167, 168 y 255.

Carlos V, 21, 88, 95 y 105.

Carrera (Sancho de la), 223 y 224.

Carvajal (Alvaro de), 195, 196,

207 y 209.

Carvajal (El licenciado), 46, 52,

77, 131, 142, 145, 148, 149, 180

y 251-4.

Carvajal (Francisco de), 62,79-81,

109-11, 125, 128, 131-5, 139,

141, 143, 145, 146, 148, 151,

177-81, 201-6, 220, 224, 235

y 241.

Carvajal (Fray Gaspar de), 103

Y 106. (

Carvajal (Jerónimo de), 88 y 109.

Carvajal (Rodrigo de), 227, 228,

231 y 232.

Casaos (Pedro de), 160 y 162.

Casas (Fray Bartolomé de las),

21 y 22.

Castilla (D. Baltasar de), 88, 109

y 125.

Castilla (Jerónimo), 77, 270, 289

y 291.

Cazalla (Sebastián de), 289.

Centeno (Diego), 61, 62, 68-70,

77, 78, 80, 110, 137-9, 182-9,

239, 241, 243 y 267.

Cepeda (El licenciado Diego de),

págs. 26, 88, 91, 93, 95-7, 100,

104, 113, 114, 125, 126, 132,

134, 141, 142, 147, 177-81, 252,

254, 267, 317, 318, 322 y 323.

Cepeda (El capitán), 242, 252, 254

y 255.

Cermeño (Juan), 263

Cermeño (El capitán Pedro), 68

y 135.

Chaves (Francisco de), 96.

Cianea (El licenciado Pedro de),

265, 291, 292, 294, 302, 306,

308 y 309.

Cicerón, 12.

Cieza de León (Pedro), 9.

Cobos (Francisco de los), 23.

Cola, extranjero, 197.

Contreras (Rodrigo de), 289y 293.

Córdoba el jinete, 287.

Cortés (Hernán), 29.

Cortés (Juan), 289.

Comete (Hernando), 184 y 185.

Cuello (Pedro), 285.

Cueva (Alonso de la), 184.

Custodio (El padre), 281.

Díaz (Baltasar), 152 y 160.

Díaz de Arias (D. Garci), 54.

Diez (Gonzalo), 72, 83-6, 146,.

171 y 173.

Diez (Juan), 180.

Diez (Pero), 120, 325 y 326,

Enciso (Pedro de), 275 y 277.

Enríquez (Juan), 115.

Escobar (María de), 96.

Escobedo (Juan de), 174.

Estacio (Gómez), 85, 193, 195,

196, 207 y 209.

Estacio (Manuel), 125 y 198.

Estopiñan (Lorenzo de), 289 y291.

Factor (El). Véase Suárez de Car-

vajal (Illán).

Farfán, 174.

Felipe II, 11 y 22.

Fernández (Antonio), 164 y 165.

Fernández (Diego), 5, 6, 8-11,

259 y 310.

Fernández (Juan), 160, 277, 294

y 309.

Florencia (Machín de), 77, 131,.

133, 235 y 339.

Fuentes (Pedro de), 137 y 185. ' !

Gálvez (Ortuño de), 232. ^ -v 1

Gallego (Pedro), 344.

Gama (El licenciado de la), 333.

ÍNDICE DE PERSONAS

Garay (Martín de), págs. 223 y

224.

Garda (Alonso), 197 y 199.

' Garda (Alvar), 287 y 288.

Garda (Diego), 320 y 323.

Garda de Alfaro (Diego), 107.

Gasea (D. Pedro de la), 9, 13,

259, 260, 265, 266 y 271.

Gasea (El doctor la), 265.

Gaspar (Fray). Véase Carvajal

(Fray Gaspar de).

Gil (Gaspar), 172, 207 y 208.

Godínez del Nao (Juan), 275.

Gomara (Francisco de), 268.

González (Hernán), 114 y 115.

Guevara (El capitán), 135, 245

y 252.

Guevara (Vasco de), 68, 148, 263,

264 y 293.

Guillermo, indio, 231.

Gumiel (Diego de), 68, 135, 141,

142 y 340.

Gutiérrez (Alonso), 340.

Gutiérrez (Felipe), 109, 110 y 340.

Gutiérrez de Pernia (Juan), 214.

Guzmán (Juan de), 127.

Gitzmán (El capitán Juan de), 157,

160, 163, 164, 172, 217, 228

y 233.

Heredia (Pedro de), 251 y 255.

Hernández (Antonio), 159.

Hernández (Baltasar), 287, 288

y 300.

Hernández (Bartolomé), 276.

Hernández (Diego), 184 y 185.

Hernández (Pedro), 115 y 301.

Hernández Girón (Francisco), 12,

167-9, 172, 224, 242, 251-3, 255,

262-5, 267, 269, 280, 281, 284,

286, 287, 28:), 293 y 294.

Hernández Hidalgo (Francis-

co), 184.

Herrada (Juan de), 142.

Herrera (El padre), 110.

Herrezuelo (García de), 180.

Hinojosa (Alonso de), 267.

Hinojosa (Pedro de), 61, 70, 180,

227-9, 231-3, 235, 236, 256, 273

y 276.

Holguln (Hernando), 157.

Hurtado de Mendoza (D. Andrés),

Marqués de Cañete, 9, 13, 116

y 309.

Ibáñez (Miguel), 197 y 199.

351

Inés (Doña), mujer de don Anto-

nio de Rivera, págs. 106.

Isabel (La emperatriz doña), 21.

Jiménez (Antón), 157.

Jiménez de la Espada (Marcos),

8 y 9.

Ladrillero (Juan), 231.

Laso (Garci), 289.

León (El licenciado), 180.

León (Gómez de), 77.

León (Luis de), 77, 133, 138 y 184.

León (Melchor de), 296 y 297.

León Pinelo (D. Antonio de),.

5 y 6.

Lcrma (Alonso de), 172 y 251.

Leyton (Doña Catalina de), amiga

de Francisco de Carvajal, 63.

Lison de Tejada (El licencia-

do), 26.

Loaysa (Baltasar de), 46, 75-80,

87, 88, 100, 108-11 y 128.

Loaysa (D. García de) Arzobis-

po de Sevilla, 22.

Loaysa (don Jerónimo de) Arzo-

pispo de los Reyes, 53, 73, 268,

281-7, 290-3, 295 y 29S.

López de Cazalla (Pero), 47, 74,

197, 198 y 268.

López de Legazpi (Miguel), 32.

López de Velasco (Juan), 6 y 8.

López de Zúñiga (Diego), 133

y 2S9.

Lacena, 174.

Lugo (El Obispo de). Véase Suá-

rez de Carvajal (D. Juan).

Lujan (Antonio de), 285.

Luna (D. Gómez de), 138, 139,

183 y 185.

Maestre de campo (El). Véase Car-

vajal (Francisco).

Abaldonado (Diego), 80, 137, 138

y 180.

Maldonado (Francisco), 145-7,

151, 157, 165 y 344-6.

Maldonado de Buendla (Juan),

269 y 289.

Maldonado (El licenciado), 237.

Manjarrés (Pedro), 77.

Marmolejo (El alférez), 164.

Marqués (El) .Véase Pizarro (Fran-

cisco).

Martin (Diego), 342.

Martin elbermejo(Ftancisco), 115.

Martín (Lope), 285.

352

ÍNDICE DE PERSONAS

Martín (Pero), págs. 88.

Martín Montanero (Pero), 214.

Martín de Secilia (Pedro), 189.

Martínez (Garci), 180.

Martínez (Lucas), 180.

Mazo de Alderete (Diego), 184.

Medina (Duque de), 315.

Meléndez (El padre), 6.

Méndez (Francisco), 302 y 303.

Méndez (Pero), 163.

Mendieta (Lope de), 70 y 138.

Mendoza (Alonso de), 188.

Mendoza (D. Antonio de). Virrey

de México, 27, 28, 38 y 63.

Mendoza (D. Hurtado de). Véase

Hurtado de Mendoza (D. Gar-

cía).

Mendoza (D. Juan de), 107.

Mendoza (Lope de), 183-6 y 188,

Meneses (Pablo de), 72, 100, 125,

180, 232, 283-6, 288, 289,291-3,

297, 298, 300-4, 306 y 307.

Mercado de Peñalosa (El licen-

ciado), 279, 280, 283, 294, 299,

300 y 308.

Mesa, 347.

Mexía (Gaspar), 88.

Mexía (Hernán), 72.

Mexía (Rodrigo), 232 y 256.

Mezquita (Francisco), 89.

Miranda (Francisco), 270.

Montalvo (Alonso de), 251 y 254.

Montalvo (García de), 147.

Montemayor (D. Alonso de), 46,

72,89, 95, 100, 101, 123, 125,

126, 172, 252, 253 y 255.

Montoya, 205.

Monzón (Gonzalo), 263 y 265.

Muñoz de Avila, 289.

Nieto (El capitán), 240.

Niño (Rodrigo), 114, 115, 180,

288 y 289.

Niño (El capitán Rodrigo), 289

y 291.

Núñez (Rodrigo), 141 y 142.

Núñez de Bonilla (Rodrigo), 211,

215, 253 y 255.

Núñez de Segura (Hernán), 186.

Núñez Vela (Blasco), 25, 26, 39,

41,42, 44,45, 53, 55, 60, 65-9,

71-7,79,81,83-93,95-101,103-8;

110, 113-7, 119-23, 125-7, 132,

133, 135-9, 143, 145, 146, 151-3,

155-7, 159, 160, 163-5, 167-9,

171-4, 177, 178, 181, 185, 189,

191,193, 196-9,201-5, 207,208,

211-9, 221, 223-5, 227, 235-7,

239-55, 267, 311-29, 331,333-6,

339-43 y 346.

Ocampo (Diego de), págs. 123,

172, 213 y 216.

Ocampo Rodrigo de), 123, 172,

189, 207, 208 y 216.

Ojeda (El capitán), 193, 195, 196,

207 y 209.

Olivera, 177, 181, y 213-6.

Ollave (Domingo de), 303.

Olmos (Francisco de), 193, 195,

208 y 209.

Olmos (Juan de), 193-5.

Olmos (Martin de), 197 y 198.

Oña (Fray Luis de), 191.

Orihuela (Alonso de), 79 y 80.

Ortigosa (Francisco), 304.

Ortiz (Pedro), 293.

Ortiz de Zarate (Juan), 303, y 305.

Orliz de Zarate (Pero), 26, 41,

43, 56, 99, 100, 131, 134, 145,

147, 177-9 y 181.

Páez (Francisco), 148, 149 y 340.

Palomino (Antonio), 331 y 338.

Palomino (Juan Alonso), 44, 232,

235-7, 263 y 270.

Pantoja. 270.

Paz (Rodrigo de), 115.

Pena (Pedro de), 164.

Perdomo (Luis), 70.

Pereira (Jerónimo), 123 y 171.

Pérez (Bartolomé), 152^159, 164

y 165.

Pérez (Hernán), 152 y 165.

Pérez Castillejo (Alonso), 70 y

183-6.

Pérez de Espinel (Alonso), 77,

138 y 148.

Pérez Esquivel (Alonso), 184.

Pérez de Guevara (Juan), 289.

Pérez de Vcrgara (Juan), 172.

Piedrahita, 84, 85, 307 y 308.

Pineda (Diego de), 148.

Pina (Francisco de), 289.

Pizarro (Cristóbal), 180.

Pizarro (Francisco), 24, 50, 54,

63, 65, 66, 91, 93, 96, 103, 104,

106, 134, 142, 161, 332 y 334.

Pizarro (Gonzalo), 9, 13, 21, 23,

51, 62, 63, 65, 81, 83, 85, 87

88/92,109-11,113,115,121,123'

ÍNDICE DE PERSONAS

353

125, 127-9, 131-9, 141-8, 151,

152, 157, 160 2, 164, 167, 168,

'171-5, 177-85, 187, 189, 191-5,

197-9, 201, 202, 204-6, 208,

212-4, 216, 217, 219-21, 223-5,

227, 228, 232, 235, 237, 239-49,

251-6, 266,267,275,313-6, 318,

319, 322, 328, 336, 337 y 339-46.

Pizarro (Hernando), págs. 147,

336, 341 y 342.

Pizarro (Pedro), 77.

Ponce de León, 122.

Prado (Pedro de), 141 y 142.

Puelles (Pedro de), 83, 85, 110,

135, 178, 243, 244, 252, 254

y 255.

Puente (Juan de la), 214.

Puertocarrero(D. Pedro), 68, 135,

288, 289 y 291.

Quiñones (Antonio de), 7, 180,

262, 264, 265, 267, 269, 270,

274, 276, 277, 279, 281-4, 286,

289, 293, 295, 296, 300-3, 306,

y 310.

Quirós (Bernaldo de), 174.

Ramírez (Baltasar), 72.

Ramírez (Juan), 77.

Ramírez (Mateo), 125 y 126.

Ramírez (Melchor), 72.

Ramírez (El licenciado), 237.

Ramón (Juan), 302 y 306.

Regente (El). Véase San Martín

(Fray Tomás de).

Retarnoso (Francisco), 70.

Riberos, 282.

Ríos (Diego de los), 289.

Ríos (Pedro de los), 46 y 180.

Rivera (D. Antonio de), 44, 106,

127, 128 y 318-20.

Rivera (Luis de), 70 y 137-9.

Rivera (Nicolás de), 99 y 104.

Rivera, el mozo (Nicolás de), 114

y 115.

Rivadeneyra (Diegode), 138 y 184.

Robles (Antonio de), 125.

Robles (Martín de), 72, 91, 93, 95,

97, 99, 101, 113, 116, 125, 180,

252, 274, 317,318 y 322.

Rodríguez (Gaspar), 46, 50, 76-80,

87, 109, 110, 128 y 340.

Rodríguez (Juan), 127.

Rojas (Diego de), 168 y 324.

Rojas (Gabriel de), 77, 131, 133

y 148.

Rojas (Gómez de), págs. 77.

Romani (Bernardino de), 282.

Ruiz (Juan), 122, 123, 167, 168,

215, 217, 218 y 299.

Ruiz Londoño (Francisco), 214.

Salas (Juan de), 115.

Solazar (Carlos de), 168.

Salazar (Rodrigo de), 110.

Sánchez de la Carrera, 214.

Sánchez (Luis), 159, 161 y 162.

Sánchez de Avila (Alonso), 253.

Sánchez de Avila (Sancho), 127,

251, 254 y 255.

Sandoval (Don Juan de), 289

y 306.

San Martín (Fray Tomás de), 54,

71, 73, 83, 84, 103, 104 y 128.

Santillán (Hernando de), 297, 299

y 300.

Santillán (El licenciado Hernando

de), 7, 8, 259, 262, 267, 269,

270, 273-5, 277, 279-81, 283,

285, 304 y 31.6-10.

Santillana (Hernando de), 123,

155-7, 159, 164, 165, 217 y 218.

Santo Tomás (Fray Domingo

de), 284.

Sanz (Mateo del), 263.

Saravia (Doctor). Véase Bravo de

Saravia.

Sarmiento, 214.

Sayavedra, 256.

Sayavedra (Andrés de), 172.

Sayavedra (Juan de), 77, 131,133

y 339.

Sayavedra (Juan de), 198, 232

y 251.

Sepúlveda, 287 y 288.

Serna (Jerónimo de la), 46, 47,

50, 75, 76, 83-7, 127, 172, 207

y 208.

Serna (Miguel de la), 289.

Silva (Diego de), 148, 263 y 264.

Silva (Jerónimo de), 262, 272,274

y 283.

Silvera (Juan de), 180.

Sócrates, 69.

Solar (Antonio de), 59, 60, 91

y 335.

Soria (Diego de), 183.

5 ría (Jerónimo de), 77.

SL ia (Pedro de), 185.

Soria (Rodrigo de), 212.

Soto (Blas de), 180 y 181,

23

354

ÍNDICE DE PERSONAS

Suárez de Ávila (Vasco), pági-

nas 180 y 299.

Suárez de Carvajal (Diego), 88.

Suárez de Carvajal (D. Juan),

Obispo de Lugo, 23 y 315.

Suárez de Carvajal (Illán), 51,

54, 87-90, 93, 114, 115, 125,

148, 315, 317 y 322.

Suárez Escobedo (Diego), 88.

Tapia (El clérigo), 248.

Tapia (Francisco de), 70 y 138.

Tapia (Gómez de), 192.

Tapia (Pedro de), 251 y 255.

Tejada (El doctor), 93,145-7, 151,

152, 157, 165 y 344-6.

Tello de Sandoval (D. Francisco),

25, 28,31,35, 37, 38 y 41.

Tello de Sotomayor (Juan), 289.

Teresa (Doña'i, mujer del capitán

Pedro de Tapia, 255.

Toledo (D. Luis de), 2S9.

Toro (Alonso de), 68, 78, 81, 137,

187, 188 y 239.

Toribio Gallndez (Martín de), 295.

Torre (Juan de la), 84, 251, 254

y 255.

Torres (Diego de), 214.

Torres (Francisco de), 344.

Torres (Hernando de), 254.

Ulloa (Antonio de), 255.

Urbina (Diego de), 252.

Vaca de Castro (El licenciado),41,

44-7,49,50,52,55,61,66, 70-2,

75, 76, 84, 93, 103, 108, 122,

145-8, 159, 165, 267, 323, 331,

333, 337, 340, 341 y 344.

Váida (Antonio de), 115.

Valderrama (Nicolás), 115.

Vázquez (Tomás), págs. 46 y 282.

Vázquez Dávila (Juan), 337.

Vega (Garcilaso de la), 77, 142,

180, 263 y 267.

Vela (Hernán), 127.

Vela (Rafael), 205.

Vela Núñez (Juan Velázquez),

hermano del Virrey, 72, 84-6,

89, 90, 96, 99, 103, 106, 107,

116, 119, 120, 123, 155, 156,

167, 168, 172, 199, 215, 217,

231, 232, 239, 240, 256, 318, 322

y 327.

Velázquez (Baltasar), 289.

Vélez de Guevara (Juan), 68.

Vello (Pero), 143, 167, 168, 251

y 255.

Vendrell (Juan), 160.

Verdugo (Melchor), 235-7.

Villacoria (Nicolás de), 157.

Villafuette, 280 y 281.

Villegas (Jerónimo de), 83, 84,

■ 128, 146, 171 y 173.

Villalobos (El doctor), 161.

Virrey (El). Véase Núñez Vela

(Blasco).

Yllanes (Juan de), 123, 155-7, 159,

160, 163, 172, 217, 228 y 233.

Zambrano, 184.

Zarate (Agustín de), 26, 127, 128,

261 y 268.

Zarate (El licenciado). Véase Or-

tiz de Zarate.

Zeballos (Hernando de), 88.

Zuazo (Lope de), 286.

Zumárraga (Fray Juan de), 27.

Zurbano (Jerónimo), 72, 103-5,

107, 108, 159, 165, 319 y 321.

ÍNDICE GENERAL

Páginas.

PRÓLOGO............................................ 5

DEDICATORIA............................................ 11

PRÓLOGO AL LECTOR.................................... 15

Capitulo /.—Cómo á instancias de fray Bartolomé de las Casas

fueron hechas nuevas leyes para las Indias, y de otras cosas

que á la sazón se ordenaron, y cómo luego se tuvo noticia de

ello en todas las Indias.................................i 21

Capítulo II.—Cómo su Magestad nombró personas que ejecuta-

sen las ordenanzas de las Indias, á don Francisco Tello de

Sandoval en la Nueva España y á Blasco Núñez Vela en el

Perú, y cómo Tello de Sandoval entró en México, y de su

fundación y sitio....................................... 25

Capítulo III.—Cómo en la ciudad de México se diputaron per-

sonas para suplicar de las ordenanzas, y cómo fueron públi-

camente pregonadas, y del alboroto y sentimiento que sobre

ello hubo........................................... 31

Capitulo IV.—Cómo se sosegó la gente de México y nombraron

diputados que fuesen á negociar con su Magestad.......... 35

Capitulo V.—Cómo don Francisco Tello ejecutó con moderación

algunas ordenanzas, y lo que negociaron con su Magestad

los diputados de la Nueva España, y el regocijo y fiestas que

se hizo en México......................|.............. 37

Capitulo' VI.—Cómo en llegando el Virrey á Tierra Firme fué

ejecutando las ordenanzas, y hubo diferencia con los Oidores,

y se embarcó sin ellos, y tomando la cosía del Perú ejecutó

con rigor las leyes, y lo que sobre esto se trataba en Lima.. 41

Capitulo VII.—Cómo Vaca de Castro vino del Cuzco á Lima

muy acompañado, y la sospecha que del se tuvo, y cómo dello

le avisó Baltasar de Loaysa............................. 45

Páginas.

Capítulo VIII.—Cómo sabido en Lima que el Virrey venía eje-

cutando las ordenanzas se trató que no se recibiese, y des-

pués se acordó recibirle, y cómo antes que entrase en Lima,

los vecinos del Cuzco que habían venido con Vaca de Castro

se volvieron, y el temor que por esto se tuvo.............. 49

Capítulo IX.—Cómo llegado el Virrey cerca de Lima le salieron

á recibir, y de la manera que fué recibido, y la jura que hizo. 53

Capítulo X—Cómo el Virrey prendió á Vaca de Castro, y la

grande alteración que hubo después que fué recibido, y la

discusión entre él y los Oidores, y cómo quiso ahorcar á An-

tonio Solar........................................... 55

Capítulo XI.—Cómo Diego Centeno y Pedro de Hinojosa fueron

nombrados por Procuradores de la villa de Plata, y Diego

Centeno vino á Lima y se partió con despachos para Guaman-

ga y la ciudad del Cuzco, y Francisco de Carvajal se quiso ir

á España............................................. 61

Capítulo XII.—Cómo Gonzalo Pizarro vino de los Charcas al

Cuzco y fué elegido por Procurador y Capitán general para el

remedio de las nuevas leyes, y en la villa de Plata alzaron

bandera por su Magestad y se vinieron muchos á servir al

Virrey................................................ 65

Capítulo XIII.—De la alteración que puso en Lima y al Virrey la

venida de Gonzalo Pizarro, y el Virrey se puso en armas y

prendió á Vaca de Castro y otras personas, y suspendió las

ordenanzas, y envió mensaje á Gonzalo Pizarro y á los escri-

banos de gobernación que le requiriesen, y lo que sobre esto

avino................................................. 71

Capítulo XIV.—Cómo llegaron al puerto de Lima dos navios de

Arequipa, y el Virrey tuvo nueva de la conjuración que en el

Cuzco se hacía con Pizarro, y cómo del Cuzco se huyeron

muchos para el Virrey.................................. 75

Capítulo XV.—Del concierto que hizo Baltasar de Loaysa con

Gaspar Rodríguez y otras personas, y Gonzalo Pizarro envió

gente tras él, y no le hallando, llevaron preso á Alonso de

Orihuela, y cómo Francisco de Carvajal vino al asiento de

Xaquixaguana y Gonzalo Pizarro le hizo su Maestre de 79

campo................................................

Capítulo XVI.—Cómo el Virrey envió á Jerónimo de Villegas á

Guánuco para que Pedro de Puelles viniese con la gente que

tenía y ambos se fueron á Pizarro, y enviando el Virrey en su

seguimiento al capitán Gonzalo Diez y á otros, hicieron lo

mismo, y por ello la bandera de Gonzalo Diez fué arrastrada. 83

Páginas.

personas.

95

Capítulo XX.—Cómo los Oidores pidieron al Virrey los hijos

del Marqués y que les entregase los navios, y fué llevado al

puerto para que se hiciese, y habiendo dado Cueto los hijos

del Marqués, se fué con los navios á Guaura, donde por en-

gaño tomaron á Vela Núñez, de que resultó que Cueto entre-

gó la armada.......................,.................. 103

Capítulo XXI.—Cómo don Baltasar de Castilla y sus compañeros

alcanzaron á Loaysa y le prendieron, y él ocultó los despa-

chos, y le llevaron á Gonzalo Pizarro, y se dio garrote á

Gaspar Rodríguez y á Arias Maldonado y Felipe Gutiérrez.. 109

Capitulo XXII.—Cómo por causa que Gonzalo Pizarro venía

acercándose á Lima, los Oidores pusieron al Virrey dentro la

mar, y los autos que sobre ello se hicieron, y cómo le envia-

ron en un barco al puerto de Guaura, y concertaron que el li-

cenciado Alvarez le llevase á España, y algunos en breve es-

critura glosaron los trabajos del Virrey.................... 113

Capitulo XXIII.—Cómo el licenciado Alvarez puso en libertad al

Virrey y tomó el navio en que estaban presos Vela Núñez y

Diego Alvarez, y el Virrey se fué á Payta y de allí al puerto

de Túmbez, y ayuntó gente y armas, y despachó á Diego Al-

varez para España...................................... 119

Capítulo XXIV.—De una conjuración que hubo en Lima para

matar al licenciado Cepeda y cómo fué descubierta, y sabien-

do los Oidores la libertad del Virrey enviaron provisión man-

dando á Gonzalo Pizarro deshiciese su campo, y lo que sobre

esto pasó.............................................. 125

Capítulo XXV.— Cómo los que se huyeron del Cuzco.vinieron á

Lima, y Gonzalo Pizarro llegó con su campo una legua de la

ciudad, y Carvajal entró de noche y prendió muchas personas

y ahorcó á Pedro del Barco, Juan de Sayavedra y á Machín

Capitulo XVII— Cómo Baltasar de Loaysa vino á Lima y se

partió con el perdón para Gaspar Rodríguez y sus aliados, y

cómo los sobrinos del Factor salieron en su seguimiento y

envió el Virrey tras ellos de que resultó la muerte del Factor. 87

Capítulo XVIII.—Cómo el Virrey se quiso fortalecer en Lima y

publicó que se quería ir á Trujillo y embarcar los Oidores, y

mandó llevar á la mar los hijos del Marqués, y los Oidores

trataron de prenderle................................... 91

Capítulo XIX.—Cómo el Virrey fué preso y la forma que para

ello se tuvo, y cómo don Alonso de Montemayor, volviendo

á Lima con los que con él habían salido, fué preso con otras

Páginas.

de Florencia, y los Oidores dieron provisión á Gonzalo Piza-

rro de Gobernador, y entró en la ciudad de los Reyes con su

gente y fué recibido al cargo............................. 131

Capitulo XXVI.—Cómo Gonzalo Pizarro proveyó y puso en to-

dos los pueblos de la tierra tenientes y capitanes, y Diego

Centeno se fué á la villa de Plata en compañía de Francisco

de Almendras, y lo que hicieron el capitán Luis de Rivera y

los demás que salieron de la villa de Plata á servir al Virrey. 137

Capitulo XXVII.—Cómo Gonzalo Pizarro comenzó á oir y des-

pachar negocios por audiencia, y mandó matar al capitán Die-

go Gumiel, y la ocasión que para ello tuvo................ 141

Capitulo XXVIII.—Cómo estando Gonzalo Pizarro en fiestas y

regocijos le dieron nuevas que el Virrey estaba en libertad y

lo que sobre ello proveyó, y Vaca de Castro se alzó con el

navio, y se prendieron muchas personas, y estando el licen-

ciado Carvajal para ser degollado Pizarro le perdonó y soltó

los presos............................................ 145

Capítulo XXIX.—Cómo Gonzalo Pizarro hizo aderezar un ber-

gantín y un barco en que fué Hernando Bachicao con el doc-

tor Tejada y Maldonado, y fueron la vuelta de Túmbez sobre

el Virrey, el cual, creyendo venir grande armada y pujanza

de gente, se retiró la vuelta de Quito.....„............... 151

Capitulo XXX.—Cómo el capitán Juan de Yllanes, viniendo la

vuelta de Túmbez, vio los navios de Bachicao, y reconocien-

do ser de enemigos se fué la vía de Panamá y Hernando Ba-

chicao á Puerto Viejo, y lo que allí hizo.................. 155

Capítulo XXXI.—Cómo Hernando Bachicao vino á Panamá y lo

que hubo en su entrada, y cómo ahorcó al Maestre y Con-

tramaestre de un navio, y entrado en la ciudad dio garrote á

ciertos capitanes, y de otras cosas que sucedieron.......... 159

Capitulo XXXII.—De los trabajos que pasó el Virrey de Túm-

bez á Quito y la manera cómo fué recibido, y cómo Vela Nú-

ñez, sabiendo haberse retirado el Virrey, se vino la vuelta de

Quito, y de lo que el Virrey hizo y proveyó para la guerra.. 167

Capítulo XXXIII. —Cómo el Virrey sabiendo que los capitanes

de Pizarro habían muerto al capitán Pereira y tomado la gente,

salió de Quito y dio sobre ellos y les tomó mucha gente, y

cómo murieron Hernando Alvarado y Gonzalo Diez, y el

Virrey se fué á Piurá................................... 171

Capítulo XXXIV.—Cómo Gonzalo Pizarro salió con su ejército

de Lima y se fué á Trujillo, y de las cosas que hizo y proveyó

en su partida, y cómo un soldado de Gonzalo Pizarro se pasó

Páginas.

al Virrey para matarle, y de las soberbias locuras y desatinos

que los capitanes de Gonzalo Pizarro trataban y decían..... 177

Capliulo XXXV— Cómo Diego Centeno y Lope de Mendoza,

con otros sus aliados, mataron en la villa de Plata al capitán

Francisco de Almendras, y Lope de Mendoza fué á tomar á

Arequipa, y.la provincia de los Charcas fué reducida al ser-

vicio de su Magestad y Diego Centeno elegido por Capitán

general...............................■................ 183

Capitulo XXXVI.—Cómo sabiendo Alonso de Toro la muerte de

Francisco de Almendras, salió del Cuzco contra Diego Cen-

teno, y le siguió hasta la villa de Plata, y se volvió al Cuz-

co, y Diego Centeno revolvió sobre él, y del movimiento que

hubo en la ciudad de los Reyes sabido este suceso.......... 187

Capitulo XXXVII.—Cómo el capitán Hernando Bachicao salió

de la ciudad de Panamá y se embarcó para los reinos del

Perú, y de las cosas que hizo allí antes de su partida....... 191

Capítulo XXXVIII.—Cómo Hernando Bachicao llegó al puerto

de Manta con la armada y escribió á Pizarro pidiéndole gra-

tificación, y cómo Gómez Estacio y otros se huyeron de Ba-

chicao al Virrey, y la manera que para ello tuvieron........ 193

Capitulo XXXIX.—Cómo Hernando Bachicao ahorcó tres hom-

bres por la mar y llegó al puerto de Túmbez, y Gonzalo Pi-

zarro salió de Trujillo con pujanza de gente en busca del

Virrey, y de algunas cosas que el Virrey proveyó, y la carta

que escribió á Hernando Bachicao........................ 197

Capitulo XL.—Cómo Gonzalo Pizarro salió de layanca para ir

á Piurá, y el Virrey se retiró á Quito, y Francisco de Carva-

jal fué en su seguimiento y mató algunos de los que se toma-

ron en el alcance....................................... 201

Capítulo XLI.—De lo que Juan de Acosta hizo en el alcance, y

cómo el Virrey mató en Calua á Jerónimo de la Serna y á

Gaspar Gil, sus capitanes, y en Tomebamba á Rodrigo de

Ocampo, y en Quito á Alvaro de Carvajal, Gómez Estacio y

al capitán Ojeda, y á otros que con él habían venido de Puer-

to Viejo.............................................. 207

■Capitulo XLII.—Cómo estando el Virrey en la ciudad de Quito

proveyó que el tesorero Rodrigo Núñez de Bonilla fuese á

hacer gente á las provincias de Cali y Popayán, y á los otros

pueblos de la gobernación del adelantado Benalcázar, y lo

que el Tesorero hizo..................................... 211

Capitulo XLIII.—Cómo sabiendo el Virrey que Bachicao se daba

priesa para lo atajar, se salió de Quito, despoblando la ciu-

Páginas.

dad, para la villa de Pasto, y cómo la traición de Olivera fué

descubierta en Otavalo y fué ajusticiado, y Juan Cabrera llegó

con su gente, y el Virrey le dio el cargo de Maestre de campo 213

Capitulo XLIV.—Cómo el Virrey proveyó que Vela Núñez fue-

se al puerto de la Buenaventura y Panamá, y cómo en Pasto

llegó el capitán Juan Ruiz con cien soldados de los dv. Pana-

má y del capitán Cabrera............................... 217

Capitulo XLV.-Cómo Gonzalo Pizarro se partió del asiento

de Ayauaca y envió á detener al capitán Bachicao porque

supo que el Virrey le había escrito, y lo que con él pasó y

cómo llegó á Quito..................................... 219

Capítulo XLVI.—Cómo el Virrey envió á Sandio de la Carrera

para saber de Gonzalo Pizarro, y cómo Pizarro vino en se-

guimiento del Virrey y le fué dando alcance diez leguas de-

lante del río Callente, de donde se volvió á Quito, y el Vi-

rrey se fué á Popayán................................... 223

Capítulo XL VII, — Cómo vuelto Gonzalo Pizarro á Quito enten-

día en fiestas y regocijos, y proveyó que Pedro de Hinojosa

volviese con el armada á Panamá, y Pedro de Hinojosa envió

delante á Rodrigo de Carvajal............................ 227

Capítulo XLVIII.—Cómo Pedro de Hinojosa llegó con el arma-

da al puerto de la Buenaventura y prendió á Vela Núñez y

los demás que con él estaban, y se fué á Panamá y la ciudad

le defendió la entrada, y, estando para romper los unos con

los otros, se concertó que Pedro de Hinojosa entrase con cin-

cuenta soldados....................................... 231

Capítulo XLIX.—Cómo Melchor Verdugo se alzó en Trujillo por

su Magestad y la manera que para ello tuvo, y cómo se fué á

Nicaragua, y Pedro de Hinojosa envió al capitán Palomino

en su seguimiento ..................................... 235

Capitulo L.—Cómo Gonzalo Pizarro, sabida la muerte de Fran-

cisco de Almendras y alzamiento de Diego Centeno, envió á

Francisco de Carvajal á los Charcas, y cómo el Virrey supo la

prisión de Vela Núñez, su hermano, y salió con su gente de

Popayán á la villa de Pasto.............................. 239

Capitulo'LI.—Como Gonzalo Pizarro hizo muestra de irse de

Quito á los Charcas para que el Virrey se viniese á Quito, y

Blasco Núñez Vela vino la vuelta de Quito y asentaron los

reales á vista el uno del otro............................. 243

Capitulo LII.—Cómo el Virrey alzó de noche su real para dar

antes que fuese de día sobre Gonzalo Pizarro, y por ser el ca-

mino áspero no hubo efecto y se fué á la ciudad de Quito.... 247

Páginas.

Capíñilo LUÍ.—Cómo el Virrey salió de la ciudad de Quito para

dar la batalla, y el razonamiento que hizo á los suyos, y las

pláticas que pasaron entre él y el gobernador Benalcázar.... 249

Capitulo LIV.—Cómo se rompió la batalla y el Virrey fué muer-

to en ella, y Gonzalo Pizarro hubo la victoria, y lo que hizo

después del rompimiento................................ 251

Apéndice 1............................................... 259

Apéndice II............................................ 311

Apéndice III............................................. 331

Apéndice IV............................................. 339

Índice de personas....................................... 349

índice general............................................ 355

Поділитись
39 527 views
КУПРІЄНКО - науково-публіцистичний блог: книги, статті, публікації. Україна. Київ. KUPRIENKO - Scientific blog: books, articles, publications.
Сайт розроблено, як науково-популярне онлайн видання. Напрями - Історія України, Історія цивілізацій Доколумбової Америки: документи, джерела, література, підручники, статті, малюнки, схеми, таблиці. Most texts not copyrighted in Ukraine. If you live elsewhere check the laws of your country before downloading.