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STEINBECK, JOHN. El Caballero de las Dos Espadas

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E l Caballer o De L as Dos Espadas

De cómo Arthur llegó a Rey gracias a Excalibur

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En el prolongado y anárquico período posterior a la muerte de Uther Pendragon
previo a la ascensión al trono de su hijo Arturo, muchos señores detentaban la
autoridad en Inglaterra y Gales, en Cornualles y Escocia y en las Islas, y como
algunos se negaron a renunciar a ella, los primeros años del reinado de Arturo
fueron consagrados a la restauración del reino, mediante la ley, el orden y la fuerza
de las armas.
Uno de sus enemigos acérrimos era el señor Royns de Gales, cuyo creciente poder
en el oeste y el norte entrañaba una permanente amenaza para Inglaterra.
Mientras Arturo residía en Londres con su corte, un fiel caballero llegó con la nueva
de que el arrogante Royns había reclutado un vasto ejército que incursionaba en los
territorios de Arturo, quemando las cosechas y las casas y exterminando a la
población.
-Si eso es cierto -dijo Arturo-, seria deshonroso no proteger a mis súbditos.
-Es cierto -dijo el caballero-. Yo mismo vi a los invasores y presencié sus estragos.
-Entonces debo combatir a Royns y destruirlo -dijo el rey. Y convocó a todos los
señores, caballeros y gentileshombres leales a celebrar un consejo general en
Camelot, donde se harían planes para la defensa del reino.
Y cuando todos los barones y caballeros estuvieron reunidos y ocuparon su sitio
frente al rey, compareció en la sala una doncella y anunció que venía de parte de la
gran dama Lyle de Avalón.
-¿Qué mensaje traes? -inquirió Arturo.
Entonces la doncella abrió su manto de ricas pieles y todos vieron que ceñía al cinto
una noble espada.
-No es propio de una doncella portar armas -dijo el rey-. ¿Por qué ciñes espada
-Porque no tengo otra opción -respondió la doncella-. Y debo ceñirla hasta que la
tome un caballero de honra y bravura, de buena fama y sin mancha. Sólo un
caballero semejante puede sacar esta espada de su vaina. Estuve en el campamento
del señor Royns, donde me habían dicho que había buenos caballeros, pero ni él ni
sus vasallos pudieron desenvainar el acero.
-Aquí hay nobles varones de honra -dijo Arturo-, y yo mismo haré el intento, no
porque sea el mejor, sino porque si trato primero mis barones y caballeros tendrán
licencia para secundarme.
Entonces Arturo aferró la vaina y la empuñadura y tiró de la espada con todas sus
fuerzas, pero la hoja no se movió.
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-Señor -dijo la doncella-, es innecesario que recurras a la fuerza. El caballero a quien
está destinada la tomará fácilmente en sus manos.
Arturo se volvió hacia sus hombres y les dijo:
-Ahora intentadlo vosotros, uno por uno.
-Quienes lo intentéis -dijo la doncella-, estad seguros de no haber cometido
deshonras, vilezas o desmanes. Sólo un caballero puro y sin tacha puede extraerla, y
debe ser de sangre noble tanto por parte de la madre como del padre.
Entonces la mayor parte de los caballeros reunidos intentó extraer la espada sin
éxito alguno. Al fin la doncella dijo con tristeza:
-Pensé que aquí encontraría a hombres intachables y a los mejores caballeros del
mundo.
-En ninguna parte encontrarás caballeros tan buenos o mejores -dijo Arturo con
disgusto-. Lamento que no tengan la fortuna de ayudarte.
Un caballero llamado Sir Balin de Northumberland había permanecido aparte. Había
tenido la desgracia de matar en justa lid a un primo del rey y, a causa de malignas
habladurías, lo habían confinado en prisión durante seis meses. Pero recientemente
un amigo había expuesto la verdad del caso y el caballero había recobrado la
libertad. Observaba la prueba ansioso de participar en ella, pero como había estado
en prisión, y era pobre y vestía ropas sucias y raídas, no dio un paso adelante hasta
que todos desistieron de sus tentativas y la doncella se dispuso a partir. Sólo
entonces Sir Balin la interpeló, diciéndole:
-Señora, suplico a tu cortesía que me permitas intentarlo. Sé que estoy pobremente
vestido, pero mi corazón me dice que puedo tener éxito.
La doncella observó ese manto hecho jirones y no pudo creer que se tratara de un
hombre de honor y noble ascendencia.
-Señor -le dijo-, ¿por qué deseas someterme a nuevas penurias cuando todos estos
nobles caballeros han fracasado?
-Hermosa dama -dijo Sir Balin-, la dignidad de un hombre no está en sus hábitos. La
virilidad y la honra se ocupan en su interior. Y a veces no todos conocen sus
virtudes.
-Dices la verdad -dijo la doncella-, y te agradezco que me lo hayas recordado.
Vamos, toma la espada y veamos qué puedes hacer.
Entonces Balin se acercó a ella y extrajo la espada sin dificultad, y con sumo deleite
contempló el fulgurante acero. Y el rey y muchos otros aplaudieron a Sir Balin,
aunque algunos caballeros rezumaron envidia y rencor.
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-Has de ser el caballero más noble y puro que he encontrado -dijo la doncella-, pues
de lo contrario no lo habrías conseguido. Ahora, gentil y cortés caballero, hazme el
favor de devolverme la espada.
-No -dijo Balin-. Me gusta esta espada, y la conservaré hasta que alguien pueda
arrebatármela por la fuerza.
-No la conserves -exclamó la doncella-. Es una imprudencia. Si te quedas con ella,
la usarás para matar a tu mejor amigo y al hombre que más quieres en el mundo. Esa
espada te destruirá.
-Señora, aceptaré la ventura que Dios tenga a bien mandarme -dijo Balin-, pero no te
devolveré la espada.
-Entonces no tardarás en lamentarlo -dijo la dama-. No quiero esa espada para mi. Si
tú la conservas, la espada te destruirá y te compadezco.
Entonces Sir Balin mandó buscar su caballo y armadura y solicitó al rey la venia
para partir.
-No nos dejes ahora -dijo Arturo-. Sé que te sientes ultrajado a causa de tu injusto
confinamiento, pero alzaron contra ti falso testimonio. Si hubiese conocido tu honra
y bravura, habría actuado de otro modo. Ahora, si permaneces en mi corte y en esta
cofradía, te enalteceré y compensaré mis faltas.
-Agradezco a Su Alteza -dijo Balin-. Tu bondad es bien conocida. No te guardo
rencor, pero debo irme y suplico que tu gracia me acompañe.
-No me satisface tu partida -dijo el rey-. Te pido, buen caballero, que no nos
abandones por mucho tiempo. A tu regreso te daremos la bienvenida y yo
compensare la injusticia que padeciste.
-Dios agradezca tu generosidad -replicó el caballero, y se dispuso a partir. Y hubo
en la corte caballeros envidiosos que rumorearon que la hechicería y no la virtud
caballeresca le habían granjeado su buena fortuna.
Mientras Balin se armaba y arreaba su caballo, la Dama del Lago llegó a la corte de
Arturo, ricamente ataviada y bien montada. Saludó al rey y luego le recordó la
gracia que él le había prometido al recibir la espada del lago.
-Recuerdo mi promesa -dijo Arturo-, pero he olvidado el nombre de la espada, si es
que alguna vez me lo dijiste.
-Se llama Excalibur -dijo la dama-, que significa «Hecha de acero».
-Gracias, señora -dijo el rey-. Y ahora, ¿qué gracia me pides? Te daré cualquier cosa
que esté a mi alcance.
Y la mujer dijo con brutalidad:
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-Quiero dos cabezas: la del caballero que desenvainó la espada y la de la doncella
que la trajo aquí. No estaré satisfecha hasta no tener las dos cabezas. Ese caballero
mató a mi hermano y esa doncella causó la muerte de mi padre. Esa es mi demanda.
Tal ferocidad dejó atónito al rey, quien al fin balbució:
-Por mi honra, no puedo matar a estos dos para propiciar tu venganza. Pideme
cualquier otra cosa y te la daré.
-No pido otra cosa -dijo la dama.
Cuando Balin estuvo listo para partir, vio a la Dama del Lago y en ella reconoció a
quien tres años antes había ultimado a su madre mediante sus artes secretas. Y
cuando le dijeron que la dama exigía su cabeza, se le acercó y le dijo:
-Eres una criatura maligna. ¿Quieres mi cabeza? Yo tomaré la tuya. -Y desenvainó
la espada y de un tajo separó la cabeza del cuerpo.
-¿Qué has hecho? -exclamó Arturo-. Has traído la vergüenza sobre mi y sobre mi
corte. Yo estaba en deuda con esta dama, quien además se hallaba bajo mi
protección. Este ultraje es imperdonable.
-Mi señor -dijo Balin-, deploro tu disgusto, pero no mi acción. Esta era una bruja
malévola que mató a muchos buenos caballeros mediante encantamientos y
hechicerías, y con sus artificios y falsedades llevó a mi madre a la hoguera.
-Sean cuales fueren tus razones -dijo el rey-, no tenias derecho a hacer esto en mi
presencia. Fue un acto desagradable y ofensivo. Abandona mi corte. Tu presencia ha
dejado de sernos grata.
Balin tomó de los cabellos la cabeza de la Dama del Lago y la llevó a su habitación,
donde lo aguardaba su escudero. Ambos montaron a caballo y se alejaron de la
ciudad.
-Quiero que lleves esta cabeza a mis amigos y parientes de Northumberland –dijo
Balin-. Diles que mi enemiga más peligrosa ha muerto. Diles que estoy libre de la
prisión y cuéntales cómo adquirí mi segunda espada.
-Deploro que hayas hecho esto -dijo el escudero-. Es lamentable que hayas perdido
la amistad del rey. Nadie duda de tu valor, pero eres un caballero obstinado y

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