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Sebastian Lorente. HISTORIA DE LA CIVILIZACIÓN PERUANA.
Себастьян Лоренте. История перуанской цивилизации.

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HISTORIA DE LA CIVILIZACIÓN
PERUANA
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Introducción
—I—
Interés de la civilización peruana
Sus atractivos.- La civilización peruana por su notable antigüedad, sus
variadas formas, su grandioso desarrollo y sus violentísimos contrastes
ha atraído poderosamente la atención de propios y extraños. Si bien presentida
más que conocida su grandeza después de la conquista, y perdida
hasta principios de este siglo su existencia en la de la metrópoli, no
había ni la libertad de pensamiento ni los vivos deseos, ni la conciencia
clara, que multiplican los estudios filosóficos-históricos sobre los progresos
de las naciones independientes, los del Perú no han dejado de excitar
el más alto interés desde el siglo XVI hasta nuestros días: gobiernos y
particulares, historiadores y hombres de ciencia, curiosos viajeros y sabios
naturalistas, diligentes observadores, sagaces anticuarios, espíritus
dados a las especulaciones abstractas y espíritus que sólo buscan resultados
prácticos, han examinado con inteligente solicitud una cultura sumamente
atractiva por su expansión en el tiempo y en el espacio, de formas
tan variadas, como extraordinarias, dulce, benéfica y ostentando
siempre entre los mayores contrates y ruinas el porvenir más brillante.
Su antigüedad.- País del Nuevo Mundo no ha podido entrar el Perú en la
carrera de la civilización, tan pronto como las naciones del antiguo continente
próximas a la cuna del linaje humano, pero desde una antigüedad
muy notable no sólo con relación a los pueblos americanos, sino
respecto de muchos pueblos hoy muy cultos en Europa, fue habitado por
tribus de índole apacible, que no obstante la barbarie circunvecina gozaban
las dulzuras de la vida civil y habían adelantado notablemente así en
poder, como en las principales artes. Aunque el transcurso de los siglos,
el desborde de las pasiones políticas, las invasiones desoladoras y las
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catástrofes naturales hayan acumulado ruinas sobre ruinas, sepultando
en el olvido razas y cultura, todavía quedan vestigios de ésta y de aquéllas,
que nos llevan a épocas muy lejanas. Donde quiera aparecen restos
de una agricultura adelantada, arte, que sólo poseen los pueblos civilizados.
Abundan también los escombros de poblaciones, y sabido es que los
hombres nunca levantan edificios duraderos, si no después de haber salido
de su existencia vagabunda y bárbara; además en el Perú necesitaron
períodos más que seculares para descender gradualmente desde las cumbres
a las laderas, y desde las punas a los valles, a medida que las relaciones
entre las tribus colindantes eran más pacíficas y seguras. Por otra
parte varios monumentos, unos de imponente grandeza, otros de hábiles
labores remontaban según las tradiciones recogidas en el siglo de la conquista
a miles de años, revelaban una vetustez incalculable en sus durísimas
piedras, que la acción lenta de los elementos había corroído. Prueba
más clara de esa inmemorial cultura han dado en nuestros días los ídolos
y otros artefactos descubiertos a 33 pies de profundidad bajo las capas de
guano en las islas de Guañape y 62 en las de Chincha.
Sus variadas formas.- La variedad sorprendente de civilización se manifiesta
en las diversas formas de gobierno, religión y género de vida, que
simultánea o sucesivamente han prevalecido en el Perú. Han existido
multitud de comunidades, ya sin jefes vitalicios, ya sometidas a curacas
hereditarios —unos de reducida dominación y otros ejerciendo su autoridad
en dilatados señoríos—, como los del gran Chimú; todas ellas fueron
absorbidas en el vastísimo imperio de los incas, el que formó la parte
principal de un virreinato sometido a España y una vez roto el yugo
colonial se estableció la república democrática. Entre las creencias religiosas
resaltan desde luego las tradiciones primitivas extrañamente alteradas
por toda suerte de idolatrías y de supersticiones; sin desterrarlas
los pretendidos descendientes del Sol generalizaron el culto espléndido
y civilizador del astro del día. Bajo la dominación española fue el catolicismo
la religión exclusiva de los peruanos civilizados; la república independiente,
si bien la reconoce como religión del estado, ha hecho predominar
en las costumbres la tolerancia religiosa sobreponiéndose a las
prohibiciones legales. En cuanto al modo de vivir, si las condiciones del
territorio hacen prevalecer fuera de los bosques la vida de los labradores,
no por eso dejan de haber pueblos pastores, mineros, comerciantes y en
menor escala pueblos manufactureros. Lo que la civilización del Perú ha
ofrecido de más extraordinario y permanente en el estado social ha sido
el espíritu comunal, que apareció desde los primeros albores de la vida
civil, recibió una organización admirable en el imperio incaico, dejó sentir
su influencia bajo los virreyes y aún no ha desaparecido enteramente;
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lo que entre los griegos consiguió difícilmente Licurgo en el reducido
territorio de Esparta, lo que en nuestros días se relega entre las peligrosas
utopías del socialismo, fue realizado por Manco-Capac y sus sucesores
en escala vastísima, haciéndose solidario el destino de las comunidades
y provincias, sin trastornos, ni crímenes, sin holgazanería, ni violencias,
en dulce paz, con bienestar común, con la regularidad de un
convento y con las aspiraciones concertadas de una familia, cuyos individuos
están cordialmente unidos.
Su grandioso desarrollo.- La civilización del Perú hubo de producir bajo
los incas sorprendentes efectos por la solidaridad de acción entre algunos
millones de hombres, por la continuidad de los mismos esfuerzos
durante siglos y por su propia fuerza de desarrollo. Mientras en el interior
se levantaban obras colosales y adelantaban las artes de la paz y se
gozaba más suma de bienestar que en la mayoría de los países civilizados,
se extendieron a lo lejos el ascendiente y los beneficios de aquella
singular cultura; así los hijos del Sol, bajo cuyo gobierno se confundía el
interés de la patria con el de la autoridad, llegaron a formar un imperio
rival de los grandes imperios del Asia por la extensión, y superior a
todos ellos por el orden social y por el carácter paternal de la administración.
Aún bajo la tutela extranjera, de suyo inclinada a sacrificar los
intereses de la colonia a las pequeñas y desacertadas aspiraciones de
una corte y de una metrópoli situadas a más de tres mil leguas de distancia,
ejerció el Perú influencia muy poderosa desde Panamá hasta Buenos
Aires; Lima, que en casi todo el período del virreinato fue el centro del
poder, del comercio y de la ilustración, contribuyó de todos modos a
formar las nuevas sociedades, con las que la emancipación había de
establecer siete repúblicas hispanoamericanas y uno de los estados de la
federación colombiana; a donde no llegaba la acción de las autoridades
coloniales, en regiones en que no habían podido penetrar las armas de
los incas, se hizo sentir el celo de los misioneros enviados a la inhospitalaria
tierra de los salvajes por la deliciosa Ciudad de los Reyes. Tan
eficaz era el influjo del Perú sobre la América del Sur, que la independencia
de los nuevos estados hubo de sellarse en el campo de Ayacucho con
el concurso de las huestes libertadoras, originarias de todos ellos. Después
de la emancipación, sea para conjurar peligros más o menos generales,
sea para facilitar el progreso común, el centro de las negociaciones
y tratados ha sido la capital del Perú.
Sus violentos contrastes.- Tan grandioso desarrollo no ha podido preservar
a la cultura peruana de perturbaciones y caídas, que más de una vez
han comprometido su porvenir y aun han hecho dudar de los adelantos
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alcanzados. Prescindiendo de los contrastes, que ocurrieron en las épocas
prehistóricas, y que por lo mismo están envueltos en densas tinieblas,
la civilización de los incas con todo su esplendor y grandeza, apareció
tan frágil y cayó de súbito con tan pequeño ataque, que juzgándola
de ligero se la tomaría por una obra puramente fantástica o por un vano
simulacro. El cúmulo de abusos, miserias, humillación y rémoras inherentes
a la civilización colonial ha dado ocasión a que no sólo se nieguen
todos sus beneficios, sino a que se tenga ese período trisecular como un
paréntesis en la cultura de los peruanos, como un retroceso o un letargo.
Si los progresos del Perú independiente aparecen claros, grandes y rápidos,
los gravísimos desórdenes causados por las prolongadas convulsiones
de la república, permiten a sus enemigos poner en tela de juicio
así su magnífico porvenir, como sus más valiosas conquistas. En verdad
es incuestionable, que entre mil inapreciables elementos de prosperidad
y engrandecimiento quedan otros refractarios a la acción civilizadora;
sin hablar de los gérmenes de perturbación y de retroceso, que todavía

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