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Роберто Хорхе Пайро. Липовый Инка. Roberto Jorge Payró. El falso Inca


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que los nuestros cejan, montad y partid sin mirar atrás. Aquí tenéis las
llaves de mis escritorios de papeles, cédulas y negocios de importancia,
que entregaréis a mi sucesor. [136]
Entregole, en efecto, las llaves y luego agregó:
-Examinad mis cartas y papeles particulares y quemad todo aquello que
creáis oportuno. ¡Fío en vuestra prudencia y generosidad: que mi memoria
no quede empañada ni comprometida!
-Así lo haré, hijo mío.
-Ahora, padre, oíd mi confesión.

XIII
EL COMBATE
El campamento estaba sumido en las tinieblas y el silencio, y Juan de
Tobar seguía montando la guardia, cuando a eso de la una de la madrugada
pareciole oír el rumor de unas ramas que se quebraban en el bosque, a
pocos pasos de distancia. Escuchó, trató de sondar las tinieblas con ojos
dilatados por el pánico, y convencido de que alguien andaba entre los
árboles, hizo fuego con su arcabuz hacia donde se escuchaba el ruido. Tres
disparos le contestaron, silbando las balas cerca de su cabeza; Tobar
arrojó el arma, y convencido de su muerte segura, echó a correr hacia el
lado opuesto del campamento.
La alarma estaba dada, y todos los españoles pusiéronse en pie,
ocupando sus puestos de combate.
Villacorta salió corriendo de su tienda, apercibido a la lucha,
embrazando la adarga y empuñando la espada, y cubierta la cabeza con una
montera escarlata para que lo reconocieran los suyos, mientras en los
alrededores se escuchaba el creciente tropel de los indios que sitiaban el
fuerte en número considerable, que no era posible calcular en medio de las
sombras.
Después de los tiros, en la campaña y entre el bosque sonaron
trompetas, caracoles, atabales, tambores y pingollos, aumentando el temor
y la expectativa de los sitiados con la evidencia de que enfrente se
hallaba un formidable [137] ejército. Luego, todo calló, y el silencio
reinante parecía una terrible amenaza…
Villacorta puso en cobro las armas y el real estandarte, dando a los
de a caballo la orden de tener sus monturas prevenidas, dictando las
últimas instrucciones y haciendo proceder al reparto de municiones en
abundancia.
Los indios, entretanto, aunque bien informados a su juicio de la
situación del fuerte y sus defensores, no se atrevían a atacar en medio de
las tinieblas. Bohórquez estaba a su cabeza, lo mismo que Luis Enríquez, y
ambos habían recibido de un espía la comunicación de que Villacorta no
tenía pólvora para sus soldados. Por esto resolvieron sitiar el fuerte,
abandonando el primer plan de Enríquez, quien había dicho a Bohórquez:
-Limitémonos por ahora a los combates parciales, y en terreno
descubierto, donde las flechas pueden luchar con menos desventaja contra
las armas de fuego, y donde el número lleva más probabilidades de vencer.
Necesitamos arcabuces, pues no tenemos más de cuatro o cinco, y de ese
modo podremos tomarlos de los españoles muertos.
Este plan, ejecutado con precisión y perseverancia, hubiera
centuplicado el poder de los indios. Pero Bohórquez estaba lejos de ser un
general que abarcara una situación compleja, e impulsado por las
circunstancias aparentemente favorables y por la especie de demencia que
se había apoderado de él, lanzose sin reflexión a los hechos decisivos…
Confiaba sobre todo en la falta de municiones en que creía a Mercado y
Villacorta, y de la que dio conocimiento a su gente en la arenga con que
animó al ataque.
Los indios, dando absoluto crédito a la palabra de su jefe, llegaron
aquella noche casi a tocar con el pecho las pircas de San Bernardo…
Así, a boca de jarro, comenzó el combate al amanecer. El padre
Torreblanca, refugiado en la capilla, rezaba en voz alta oraciones
latinas, entre los estampidos de los arcabuces. Una nube de flechas,
partiendo del campo de los indios, caía dentro del recinto del fuerte, y
hasta sobre la misma capilla; tan cerca estaban los tiradores, en cuyas
filas hacía estragos [138] el plomo español, sobre todo el de los
arcabuceros aguerridos que, desde las alturas y tras de sus adargas,
disparaban de mampuesto, sin errar blanco.
Los soldados bisoños hacían fuego por aspilleras, resguardados tras
de las pircas y aunque inexpertos, no fueron menos eficaces, pues -como
dice un historiador- «echaban en los arcabuces más carga de la necesaria,
y sufriéndola los cañones por ser muy reforzados, daban alcance más allá
de los indios, y las balas llegaban donde estaba oculto y dando órdenes
Bohórquez, quien se vio obligado a retirarse mucho para asegurar su
persona».
Los indios no cejaban, lanzábanse a pelear por mangas, pero los
españoles los mantenían a raya, después de haberlos hecho retroceder fuera
del alcance de los arcabuces, y donde las flechas eran completamente
ineficaces. Villacorta, viendo que los proyectiles no causaban daño a los
defensores del parapeto, aumentó su número para hacer mayor el estrago en
las filas enemigas, en las que cundía el desaliento, cuando una grave
peripecia fue a infundirles nuevos bríos…
Estaba distribuyéndose pólvora de una botija y junto a la capilla en
que se hallaba el padre Torreblanca, cuando una chispa del taco de un
arcabuz incendió la pólvora que, explotando con terrible estampido,
comunicó el fuego al techo de paja, e hizo que el jesuita se pusiera en
salvo precipitadamente.
Al oír el estruendo, Bohórquez gritó a los suyos:
-¡Se les ha quemado la única pólvora que tenían! ¡Son nuestros! ¡Al
asalto!
Los calchaquíes se lanzaron como fieras sobre las pircas, pero una
terrible descarga sembró la muerte entre ellos, obligándolos a
retroceder… Villacorta en persona, junto con sus ayudantes, distribuía
municiones con toda diligencia… Los españoles hacían un fuego furioso.
Los indios, pasada la primera confusión, volvieron a la carga como
leones…
Uno de ellos trepó a la pirca, desafiando las balas y dando ejemplo y
paso a los suyos. Ya estaba en lo alto, ya iba a penetrar en el recinto
inexpugnable… Y entró en él, pero [139] rodando con una bala en pleno
corazón. Un mestizo que militaba con los españoles se precipitó sobre el
cadáver y momentos después, cantando victoria y entre un coro de vítores
de los suyos, exhibía a los indios, clavada en la punta de una pica, la
sangrienta cabeza del héroe.
No tardaron en alzarse otras cabezas destilando sangre, como
terribles trofeos e implacable amenaza. Ya sabían los indios que los
españoles no daban cuartel, y el desaliento volvió a cundir con mayor
intensidad entre ellos, tanto más cuanto que todo su heroico esfuerzo
parecía resultar inútil: «tanta flecha -dice un historiador- habían
arrojado, que en el campamento se hizo fuego con ellas para cebar mate», y
sin embargo el número de los españoles y sus mortíferas descargas no
parecían disminuir…
Pero lo que determinó el espanto de los indios fue el inopinado
regreso de Sancho Gómez y los suyos, que se creían muertos o prisioneros.
El soldado -poniendo en planta una estratagema que pudo costarle la vida,
pero que dio a sus armas la victoria-, después de examinar la situación
por medio de exploradores, deslizose hasta el camino de Salta, y por él se
precipitó con los suyos hacia el fuerte, a rienda suelta.
Los indios que vieron aquel pelotón de jinetes envueltos en un
torbellino de polvo, no dudaron que se trataba de un grueso refuerzo
español enviado de Salta, y consideraron segura su pérdida.
Bohórquez, presa de espanto, pues ya se veía pendiente de una horca,
se dio a precipitada fuga sin ordenar siquiera la retirada.
A pesar de los esfuerzos, las órdenes, las súplicas de Luis Enríquez,
que había combatido como un héroe, los calchaquíes recogieron
apresuradamente sus muertos y heridos, dejando sólo ocho cadáveres en el
sitio más batido por las balas, y se dispersaron ocultándose en el bosque
y en las asperezas del terreno, tres horas después de comenzada la
batalla. Los españoles no se atrevieron a seguirlos, e hicieron bien, pues
en campo raso hubiera cambiado mucho el aspecto de las cosas. Sancho Gómez
y sus diez jinetes entraron [140] triunfantes en el fuerte, entre los
vítores entusiastas de sus compañeros. El padre Torreblanca invitó

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Tags: Bolivia, carta, Chile, cita, cuento, ensayo, Espana, fantástico, historia, inca, nota, novela, pieza, poema, verso

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