cho, come si su condición fuese igual a la de los parias.
Llegados a este punto es necesario referirnos a las actitudes económicas de los latifundistas. Como ocu¬rre con los grupos precedentes y posteriores, todos ellos dependen del monopolio de los exportadores ex¬tranjeros que les imponen los precios. En compensa¬ción controlan los costos internos y la venta de sus productos en los mercados del interior. En ese ámbito Rosas es el estanciero que más tierras posee en la pro¬vincia de Buenos Aires, en determinado momento no menos de 136 leguas cuadradas, aproximadamente 327.000 hectáreas dedicadas a la cría del vacuno del que se aprovecha los cueros y en menor grado la carne con
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destino al abasto y a los saladeros”.
Dicho esto, no es menos cierto que son sus partida¬rios los grandes propietarios latifundistas (al menos en determinado momento) entre los que figuran los siguien¬tes, poseedores todos ellos de rodeos que superan las tres mil cabezas vacunas: Juan José Viamonte, Juan Te¬rrero, Luis Dorrego, Pedro León Martínez, Pedro Celes¬tino Casco, Bonifacio González, Francisco Xavier Ace-vedo, Vicente Castex, Estanislao Peña, Isidoro Casco, Pedro José Echegaray, Tomás Rojo, Silveiro Ponce, Manuel Arroyo, Isidoro Martínez, José Miguens, Victo¬riano Aguilar, Ambrosio Crámer, Félix Alzaga, Pruden¬cio Rosas, Gervasio Rosas, Esteban Framillán, Tomás Anchorena, Wenceslao Pardo, Juan Benito Sosa, Hila-rio Almeida, Ezequiel Maderna, Domingo Gorostiaga, Víctor Barrancos, Francisco Writh, Faustino Ximénez, Andrés Hidalgo, José Ezcurra, Manuel Cipriano Pardo, Miguel Barrenechea y Lucas Gonzáles b.
Una extensa nómina de legisladores e incondicionales, por cierto, que dominan el 80 por ciento de la riqueza ga¬nadera de Buenos Aires y controlan el comercio de cue¬ros y carnes saladas. Descontado Juan Manuel de Rosas, le siguen en poder económico sus socios y amigos Luis Dorrego, Juan Terrero y los hermanos Anchorena. Para¬lelamente, en un proceso iniciado en 1820, se observa la presencia de ganaderos británicos dedicados en su mayor parte a la cría de ganado lanar. “Los más habían com¬prado campos a precios ínfimos a unitarios perseguidos por Rosas que los vendían antes que el dictador los embargase, o para proporcionarse algunos recursos y
a Acuerdos y sentencias dictadas por la Suprema Corte de Justicia de la Provincia, Buenos Aires, 1883, t. VI, pp. 81-217. Se determinan en un acuerdo de ese año todos los bienes mue¬bles e inmuebles propiedad de Rosas en 1852.
” Ricardo Levene, La anarquía. . ., passim; Antonio Mala-ver, Las suertes de estancia de Azul, su legislación. Su trasmisión al dominio privado. . ., Buenos Aires, 1896; Francisco Solano Antuña, Confiscación de los bienes en los crímenes de lesa pa¬tria, Buenos Aires, 1834; Andrés Carretero, Contribución al conocimiento de la propiedad rural en la provincia de Buenos Aires para 1830, en Boletín del Instituto de Investigaciones Históricas, 1970, nros. 22-23, pp. 246-292.
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en el destierro” informa Carlos Lemée a fines del siglo pasado y lo confirman las escrituras de compra regis¬tradas en las escribanías porteñas0.
No podemos dejar de mencionar otros aspectos. Mientras el propietario de “Los Cerrillos” y de otras estancias ejerce el poder, administradores y capataces atienden sus intereses ganaderos. Son ellos hombres prácticos en las faenas rurales (todos se establecen con estancias y conforman cabezas de familias de prestigio en la “aristocracia” porteña) que periódicamente reci¬ben las autoritarias órdenes de Rosas sobre los más va¬riados e inverosímiles aspectos. Las recibe, entre otros, Juan José Beccar a cargo de la “Hacienda de San Mar¬tín” y en momentos del bloqueo francés, ordenándosele mantenga limpia la casa principal y combata los ratones (”se ha olvidado usted del hombre que era. . . antigua¬mente esa casa tenía nombre por su aseo. .. y de algún tiempo a esta parte se tiene siempre por inmunda y por la plaga de ratones de que usted se ha dejado domi¬nar”)”. Es la de Rosas una mentalidad autoritaria, ver¬tical, para quien ningún detalle debe estar fuera de su atento control: hombres, animales, objetos, presente y futuro, todo debe servirlo.
El sociocentrismo, manifestación, según vimos, del irracionalismo inducido, es una de las ideas que se ponen
a Periódicamente las autoridades deben insistir en el cobro de los impuestos a causa de la morosidad de los contribuyentes de mayor poder adquisitivo y económico, advirtiéndose sobre las falsas declaraciones de todos ellos. En 1825 y 1826 son mul¬tados Franciso Santa Coloma junto al clan formado por Tomás Manuel, Nicolás y Juan José Anchorena (Alfredo Estévez, La contribución directa, 1821-1852, en Revista de Ciencias Econó¬micas, año XLVIII, serie IV, número 10, Buenos Aires, 1960, pp. 115-232) Cf. además: Alfredo Montoya, La ganadería y la industria de salazón de comes en el período 1810-1862, Bue¬nos Aires, El Coloquio, 1971; Andrés Carretero, La propiedad de la tierra en la época de Rosas, Buenos Aires, El Coloquio, 1972; Juan José Sebreli, Apogeo y ocaso de los Anchorena, Buenos Aires, Siglo XX, 1971; María Sáenz Quesada, Los es¬tancieros, Buenos Aires, Editorial de Belgrano, 1980.
b Adolfo Saldías, Papeles de Rosas, La Plata, 1904, t. I, p. 143.
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en práctica para someter a los más e impide, creen con cierta razón, todo rechazo al sistema. Lo propio, se pien¬sa, es siempre lo mejor. La siguiente anécdota recordada por Lucio V. Mansilla, sobrino de Rosas, es ilustrativa. Cuenta el autor de Una excursión a los indios ranqueles que al regresar a Buenos Aires luego de una estada en Europa, su tío le observa en tono serio y recrimina¬torio que esperaba no se hubiese agringado. Agringarse era vestirse de acuerdo a la moda europea, preocuparse por la cultura, aspirar al progreso y al saber.
En 1819 Rosas redacta las conocidas instrucciones para sus mayordomos de estancias (no se trata de una obra orgánica). Lo hace en momentos que la industria saladeril, luego de una interrupción de las actividades entre 1817 y 1819 debido a la carestía y escasez de la carne vacuna, comienza a producir tasajo con destino a Brasil y Cuba para aumentar a la mano de obra de esas dos economías esclavistas. Debemos recordar, según observa el ingeniero Montoya, que el 60 por ciento de las exportaciones que salen por el puerto de Bue¬nos Aires a mediados del siglo XIX corresponden a en¬víos de cueros vacunos y el resto se reparte entre las la¬nas y las carnes saladas. Aclarado lo anterior, digamos que en las mencionadas instrucciones prohibe a los peo¬nes que posean y críen aves para su consumo: “Ni rastro debe haber de ellas ni de palomas”, señala. Prohi¬be también la presencia de agregados o que se establez¬can pulperos en las estancias. Ordena asimismo se persi¬gan a los cazadores de nutrias y organiza un estricto control en los más variados aspectos. Por lo demás, es inflexible con los ladrones y con otros hechos que dis¬tan mucho de merecer esa calificación, castigándolos con penas corporales, y así se desprende de uno de los pá¬rrafos de sus instrucciones: “El peón o capataz que ensi¬lle un caballo ajeno o haga uso de un animal ajeno. . . será castigado según merezca”. Y recordando el concep¬to que tienen los desposeídos podemos comprender perfectamente la exacta significación de “será castiga¬do según merezca”, que de ninguna manera señala una reprensión verbal.
Se sostuvo, se sigue haciéndolo en trabajos más recientes que repiten lo expuesto por otros, que Rosas no fue un estanciero progresista debido a sus métodos
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y al desinterés en mestizar la hacienda. La razón de su arcaísmo es que debe adaptarse por razones eco¬nómicas a los requerimientos del saladero, industria que elabora carne magra exclusivamente producida por el ganado criollo. Y no olvidaremos, por último, que los cueros vacunos de esos animales tienen más peso y grosor que el producido por la hacienda mes¬tiza y sirven a las necesidades del momento. Rosas y su grupo de terratenientes que lo apoyan proveen ma¬terias para dos tipos de explotaciones distintas, simi¬lares a las que definen a los estancieros de las zonas mar¬ginales en la segunda mitad del siglo XIX.
Faltan por considerar otros aspectos claramente identificados entre el progresismo y antiprogresismo, términos que se asocian ya en esos días a dos posicio¬nes bien distintas. En primer lugar, es necesario insistir en que el sistema económico basado en los envíos de cue¬ros, carnes saladas y el abastecimiento a un mercado in¬terno deprimido no era de ninguna manera un elemento que pudiese transformar las relaciones sociales del Anti¬guo régimen0. En segundo, contrariamente, contribuirá a mantenerlo inmutable muchos años.
Como afirmáramos, los métodos de Rosas y sus pares son los mismos de las décadas anteriores: levas, represión y peonaje obligatorio. En 1830, a poco de asumir el po¬der de la provincia de Buenos Aires, sanciona un decreto por el cual pone en vigencia todas las disposiciones ya conocidas y confirma asimismo la obligatoriedad de que el peón para transitar libremente por la campaña debe ir munido de su correspondiente “papeleta” firmada por el alcalde del partido residencia de su portador*. En ni

















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