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RELACION SOBRE LA CONQUISTA DEL NUEVO REINO DE GRANADA, POR JUAN DE SAN MARTIN Y ANTONIO DE LEBRIJA (julio de 1539)

 

Carta-informe de los oficiales reales, Juan de San Martín y Antonio de Lebrija, sobre lo acaecido en la jornada del licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada en que tomaron parte. Del Archivo General de Indias. Sección Patronato, legajo 27, Ramo 16. Sin fecha.

Transcrita por Gonzalo Fernández de Oviedo (14, Libro XXVI, Capítulo XI), y publicado en "Relaciones Históricas de América". Publicación de la Sociedad de Bibliófilos Españoles. Madrid 1916. Documento copiado nuevamente y cotejado con el original.

Se trata de un informe rendido por el factor Juan de San Martín y el contador Antonio de Lebrija a la Real Audiencia de Santo Domingo, lo que se desprende de la carta del Presidente de esta institución, fechada el 20 de septiembre de 1539 (Doc. 1.308). Según se deduce del texto, el relato fue escrito, en su parte principal, en Santafé antes de que Jiménez emprendiera su regreso a España. Fue completado en Cartagena, en julio de 1539, mientras se esperaba el navío que llevara a los conquistadores a Espana. La Real Audiencia envió el relato al Consejo de Indias y el emperador Carlos V fue informado de los principales acontecimientos mediante un resumen que hiciera el relator del Consejo (Doc. 1.340).

SACRA, CESAREA, CATOLICA MAJESTAD

Ya a Vuestra Majestad le será notorio cómo el adelantado don Pedro Hernández de Lugo vino a la ciudad y provincia de Santa Marta por gobernador, y llegó a ella con 800 hombres, poco más o menos, en dos de enero de mil y quinientos y treinta y seis años. En la cual provincia hizo algunas entradas a las sierras, de que recibió mucho daño, por ser la gente muy belicosa, como ya Vuestra Majestad habrá sabido por otras cartas de los gobernadores de ella.

A seis de abril del dicho año, el dicho adelantado, viendo que con la gente que traía hacía muy poco fruto en las sierras de Santa Marta, antes recibía mucho daño de pérdida de gente, envió al licenciado Gonzalo Ximenez por su teniente con hasta 500 hombres de pie y de caballo por el Río Grande arriba, y por el agua 5 bergantines con la  gente que en ellos cupo, y la demás gente por tierra y con los oficiales que por Vuestra Majestad residimos en esta provincia. Y de todo lo que en la jornada ha sucedido damos aviso y relación a Vuestra Majestad sucesivamente, puesto caso que algunos de nosotros hubieran de ir a informar a Vuestra Majestad más largamente de esta tierra que nuevamente se ha descubierto y poblado en nombre de Vuestra Majestad; a la cual llamamos el Nuevo Reino de Granada.

En la entrada del Río Grande se perdieron dos bergantines con la gente de uno de ellos; y luego el dicho adelantado tomó a armar otros dos, para  en seguimiento de la jornada. Y siguieron el río arriba en descubrimiento de él, hasta que pasaron adelante de donde otros españoles habían llegado otra vez, enviados por García de Lerma, vuestro gobernador. Y siempre, prosiguiendo la costa del Río Grande arriba, así por agua como por tierra, puesto caso que mientras más se subía siempre había menos muestras de indios y de buena tierra, el dicho teniente prosiguió su jornada. Porque él y todos llevaban propuesto de no dar la vuelta hasta hallar la tierra que a Vuestra Majestad se le hiciese servicio. Y con esta porfía, pasando muchos ríos y ciénagas y montes muy malos de pasar, allegamos a un pueblo que los indios llaman de La Tora, donde hasta allí, así de hambre como por ser las más de la gente que venía, nuevamente venida de España, se había muerto la mayor parte de ella.

Estando el real en este pueblo, que serán doscientas leguas de la mar, a nuestro parecer, el teniente, viendo la mala disposición que cada día el río mostraba de menos poblaciones, envió a descubrir dos veces a ciertos bergantines. Los cuales, de la relación que dieron después de vueltos, se coligió más mala disposición de la tierra, y que así era imposible caminar por el río ni por tierra, a causa que ya el río anegaba toda la tierra, de manera que no se podía caminar.

Visto por el dicho teniente la mala disposición de pasar adelante, determinó de ver si sería posible de tomar la sierra que prolonga el dicho Río Grande, que estaba, por lo más cerca, veinte leguas. Porque hasta allí no se había podido tomar, aunque muchas veces se había procurado, porque entre ella y el río es todo tierra anegada y lagunas. Y para hacerlo, envió al capitán Juan de San Martín, el cual fue en ciertas canoas por un brazo del río arriba, que bajaba de la sierra. El cual, como volvió, dijo que había llegado hasta 25 leguas de donde había salido, y que había hallado alguna manera de población, aunque poca, y que era camino por donde bajaba la sal que se hacia en la sierra a contratar en el río.

Visto por el teniente, determinó de ir él mismo con la mejor gente y más sana que entonces había, para ver lo que había adelante. Y se partió del dicho pueblo de La Tora, dejando en él el real, y caminó hasta donde antes se había llegado, y allí, por la mala disposición suya, se quedó, y envió a descubrir más adelante al capitán Antonio de Lebrija y al capitán Juan de Céspedes. Los cuales fueron con hasta 25 hombres para que descubriesen dichas tierras y viesen lo que en ellas había.

Los cuales atravesaron un grueso trecho de sierra, que podía tener 25 leguas de sierra montuosa, y llegaron a una tierra masa, donde vieron muestra de muy buena tierra y buenas poblaciones, con las cuales nuevas se volvieron a donde el teniente había quedado. Y desde allí se volvió al pueblo a donde había dejado el real, para sacarle de allí e ir en demanda de aquella tierra nuevamente descubierta. Y ya mucha gente de la que había quedado en el real se habían muerto por las causas dichas. Y con la mejor gente y de mejor disposición se partió en la dicha demanda, tornando a enviar en los bergantines toda la gente enferma.

Y caminando en la dicha demanda, atravesó las dichas sierras montuosas que se llaman de Opón, y salió a la tierra masa que los primeros descubrieron, donde comenzó la conquista de este Nuevo Reino. Y haciendo alarde de la gente que traía, halló que por todos los que allí habían salido, no éramos más que ciento y setenta hombres de pie y de caballo, que todos los demás murieron en el camino o se tornaron a Santa Marta en los bergantines, muy enfermos.

Viendo el teniente la buena manera de tierra, y como siempre habíamos traído muestra de mucha sal, hecha panes grandes, y que no teníamos lenguas para la dicha tierra, determinó por señas venir, preguntando dónde aquella sal se hacía. Y así nos trajeron los indios a donde se hacía. La cual se hace de una agua salobre, atravesando muchas poblaciones y muy grandes y de mucha comida, en catorce o quince días después que salimos de la dicha tierra masa. Hácese aquella sal en muchas partes, blanca y muy buena.

Llegados a estos pueblos de la sal, ya aquí mostró la tierra lo que en ella había y lo que había delante, 'porque era muy gruesa y de muchos indios, y la manera de los edificios de casas diferente de los que hasta entonces habíamos hallado. En especial, una jornada más adelante del dicho pueblo de la sal, entramos en la tierra del más principal señor que hay en ella, que se dice Bogotá. Y bien mostró ser así, porque le hallamos una casa de su aposento que, para ser de paja, se podría tener por una de las mejores que se han visto en Indias.

Y hasta allí, por todos los pueblos que habíamos pasado, se había visto muestra de algún oro y piedras esmeraldas, y puesto caso que el dicho Bogotá nos quiso resistir la entrada de su tierra, saliéndonos a la retaguardia asaz número de indios, poco le aprovechó; porque en fin, como son indios, luego volvieron las espadas, con daño suyo que se les hizo.

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