Инквизиторский процесс над касиком города Тескоко. Proceso inquisitorial del cacique de Tetzcoco


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Инквизиторский процесс над касиком города Тескоко (судебные документы)

Proceso inquisitorial del cacique de Tetzcoco.

Índice

Proceso Inquisitorial del cacique de Tetzcoco
o Preliminar
o I.- Auto cabeza de proceso
o II.- Prisión de Don Carlos
o III.- Declaración de Cristóbal, indio de Chiconabtla
o IV.- Secuestro de los bienes de Don Carlos
o V.- Declaración de Pedro, indio de Tezcuco
o VI.- Declaración de Gabriel, indio de Tezcuco
o VII.- Declaración de Bernabé Tlalchachi
o VIII.- Declaración de Doña Inés, natural de Iztapalapán
o IX.- Amonestación y declaraciones del Gobernador e indios principales de Tezcuco
o X.- Lo que declararon acerca del culto al dios Tlaloc
o XI.- Depósito de los bienes de Don Carlos
o XII.- Continúan las informaciones sobre el dios Tlaloc
o XIII.- Los ídolos de la cama de Don Carlos
o XIV.- Lo que hallaron a los pies de las cruces enterrado
o XV.- Diligencia en Tezcucingo
o XVI.- Lo que declaró Gerónimo de Pomar
o XVII.- Lo que se halló en las sierras
o XVIII.- Fundición de las barretillas de oro
o XIX.- Declaración de Doña María, mujer de Antonio Pomar
o XX.- Declaración de Doña María, viuda de D. Pedro, gobernador que fue de Tezcuco
o XXI.- Declaraciones de las criadas de Doña María
o XXII.- Declaración del hijo de Don Carlos
o XXIII.- Declaración de Doña María, mujer de Don Carlos
o XXIV.- Ampliación de la denuncia que hizo Francisco Maldonado
o XXV.- Declaraciones de los testigos
o XXVI.- Declaración del acusado Don Carlos Chichimecatecutli
o XXVII.- Nombramientos de Fiscal, Defensor y procurador
o XXVIII.- Acusación del Fiscal Cristóbal de Canego
o XXIX.- Traslado al defensor
o XXX.- Defensa presentada por Vicencio de Riverol
o XXXI .- Traslado al Fiscal y notificación
o XXXII.-Escrito del Defensor
o XXXIII.- Diversas diligencias
o XXXIV.- Interrogatorio presentado por el Defensor
o XXXV.- Ratificaciones de los testigos
o XXXVI.- Petición del Fiscal y auto de su Señoría
o XXXVII.- El defensor pide prórroga para hacer su probanza
o XXXVIII.- Auto negando la prórroga
o XXXIX.- Escrito del defensor pidiendo reposición del auto
o XL.- Nuevo auto negando lo solicitado por el defensor
o XLI.- Dase por concluso el proceso
o XLII.- Que se consulten los pareceres del Virrey e Oidores
o XLIII.- Consulta, lectura y relato del proceso
o XLIV.- Sentencia definitiva
o XLV.- Pregón del auto
o XLVI.- Notificación de la sentencia al fiscal
o XLVII.- Auto público de fe celebrado en la Plaza de México
o Apéndice
Fragmento de un Proceso contra los indios de Ocuila

Preliminar
Con el acuerdo oportuno y por indicación acertada del señor Secretario de Relaciones Exteriores, Don Enrique C. Creel, inaugura una serie de publicaciones históricas la Comisión Reorganizadora del Archivo General y Público de la Nación, que al fin ha quedado definitivamente instalada, después de empeñosas y eficaces gestiones del señor Subsecretario, Don Federico Gamboa.
El documento elegido para iniciar la serie es un proceso inquisitorial, hasta ahora inédito y desconocido, que a no dudarlo, será de interés para los individuos que formen el XVII Congreso Internacional de Americanistas, que ha de reunirse en esta ciudad de México con motivo de las fiestas seculares de la proclamación de nuestra Independencia; porque el proceso contiene no pocas noticias sobre el culto de algunos dioses indígenas, sobre las costumbres y sobre la vida social en el siglo XVI; todo enumerado y descrito con muchos detalles, en las prolijas y animadas declaraciones de los testigos, que vertidas al castellano por intérpretes como Fray Alonso de Molina, Fray Bernardino de Sahagún, el clérigo Juan González y otros peritos en la lengua náhuatl, nos conservan con exactitud el modo de narrar y de comunicarse entre sí, según la usanza de sus antepasados, los indios supervivientes a la conquista, y especialmente los descendientes de antiguos señores o caciques de los pueblos.
El proceso fue iniciado e instruido siendo Inquisidor Apostólico contra la herética pravedad y apostasía en la ciudad de México y en todo el obispado, Don Fray Juan de Zumárraga, a quien se le había concedido tal título por el Arzobispo de Sevilla, Don Alonso -VIII- Manrique, Inquisidor General de España, con fecha 27 de junio de 1535.
El Señor Zumárraga tenía facultad y poder para inquirir contra todas o cualesquier personas, así hombres como mujeres, vivos o difuntos, ausentes o presentes, de cualquier estado y condición, prerrogativa y preeminencia y dignidad que fuesen, exentos o no exentos, vecinos o moradores que fueren o hubiesen sido en toda la diócesis de México, y que se hallasen culpados, sospechosos e infamados de herejía y apostasía, y contra todos los fautores, defensores y receptadores de ellos.
Podía hacer procesos en debida forma de derecho, ciñéndose a lo que disponían los Cánones; así como encarcelar, penitenciar y castigar, y aun relajar al brazo seglar a los reos, es decir, entregarlos a la autoridad del orden común para que ejecutase en ellos la pena de muerte, ya quemándolos vivos o después de haberles dado garrote en sus propias personas o en sus efigies.
Había también facultad para nombrar los oficiales que hubiere menester en sus inquisiciones, señalarles salarios o sueldos que demandaren sus servicios, y removerlos de sus empleos cuando lo juzgare oportuno1.
Con tan amplios poderes, el señor Zumárraga estableció en México el Santo Oficio, casi en forma, aunque no como Tribunal, puso cárcel, nombró alguacil, secretario, fiscal, y comisarios.
-Un docto biógrafo2, asegura que el señor Zumárraga nunca usó el título de Inquisidor Apostólico, pero tal aseveración es inexacta, y en más de diez procesos que hemos tenido a la vista, y en el que hoy publicamos, actuó y firmaba con ese título, en castellano o en latín; conoció de toda clase de herejías, pronunció sentencias en unión de uno de los oidores y celebró autos públicos de fe.
Viene, pues, a rectificar este error, del aludido erudito, el presente proceso, como rectifica a la vez los de antiguos cronistas, que al hablar del procesado, incurrieron en inexactitudes de otra índole: y a dar bastantes datos sobre el ardiente celo que desplegaba el primer Obispo en la extirpación del culto idolátrico, celo que llevó bastante lejos tratándose de individuos que por su reciente conversión a la fe, merecían más clemencia de su justicia y menos rigor de sus cristianos sentimientos.
-IX-
Quizá tal celo abrasador fue hijo de las ilusiones que se forjaron los primeros y santos misioneros, cuando con tanta actividad, pocos años después de consumada la Conquista, entregáronse a las prédicas y a las prácticas que requería la implantación del catolicismo entre los indios.
Los indios al comparar la mansa actitud de los misioneros con la fiereza de los conquistadores, las virtudes de aquéllos con los vicios de éstos, en bandadas acudían a las plazas y a los templos, apenas levantados, para recibir las aguas del bautismo. Por otra parte, los indios, ante el nuevo culto lleno de ceremonias y de pompas flamantes para ellos, fueron más catequizados por la novedad y lo aparatoso del ritual, que por la convicción; les cautivó sobre manera el canto, la música, el espectáculo teatral de las procesiones; todos ansiosos venían sin distinción de sexo ni edad a oír las misas, escuchar los sermones, recibir los sacramentos, y, para asistir a todas y cada una de las festividades católicas.
En breve, sin embargo, apagose aquella llamarada de conversiones encendidas por el tizón del mal trato de los conquistadores y alimentada por el oleo del humanismo de los frailes.
Los mismos misioneros que como Fray Toribio de Benavente habían hecho alarde de convertir centenares, millares y aun millones de indios, comenzaron a ver la realidad descarnada, la aparente conversión de aquellas multitudes que habían recibido rociadas de aguas bautismales, pero que como lluvias pasajeras no hicieron germinar ni fructificar los granos esparcidos.
Los indios, unos no habían olvidado el antiguo culto y otros volvían después de bautizados, a abrazar de nuevo las creencias de sus mayores; y como todavía existían muchos sacerdotes y creyentes, fanáticos adoradores de sus derribados dioses, con el mismo celo que desplegaban los misioneros cristianos, tornaron al redil sus para ellos ovejas descarriadas.
Entonces sucedió lo que hubo de suceder. Los indios en los rincones de las chozas o jacales, en los templos o teocallis arruinados, en el fondo de las cuevas y en la cima de los cerros, en el apartado silencio de los bosques y en las orillas de los lagos, prosiguieron pertinaces en sus idolatrías, consumando sacrificios, ofreciendo flores, quemando copal o inciensos, y aun paliando la adoración de sus falsas deidades bajo los simulacros de imágenes y cruces cristianas.

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