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Pío Baroja. Zalacaín El Aventurero.

PÍO BAROJA

ZALACAÍN EL AVENTURERO

(Historia de las buenas andanzas y fortunas de
Martín Zalacaín el Aventurero)

MADRID.--1919.

PRÓLOGO

CÓMO ERA LA VILLA DE URBIA EN EL ÚLTIMO TERCIO DEL SIGLO XIX

Una muralla de piedra, negruzca y alta rodea a Urbia. Esta muralla sigue
a lo largo del camino real, limita el pueblo por el Norte y al llegar al
río se tuerce, tropieza con la iglesia, a la que coge, dejando parte del
ábside fuera de su recinto, y después escala una altura y envuelve la
ciudad por el Sur.

Hay todavía, en los fosos, terrenos encharcados con hierbajos y
espadañas, poternas llenas de hierros, garitas desmochadas, escalerillas
musgosas, y alrededor, en los glacis, altas y románticas arboledas,
malezas y boscajes y verdes praderas salpicadas de florecillas. Cerca,
en la aguda colina a cuyo pie se sienta el pueblo, un castillo sombrío
se oculta entre gigantescos olmos.

Desde el camino real, Urbia aparece como una agrupación de casas
decrépitas, leprosas, inclinadas, con balcones corridos de madera y
miradores que asoman por encima de la negra pared de piedra que las
circunda.

Tiene Urbia una barriada vieja y otra nueva. La barriada vieja, la
_calle_, como se le llama por antonomasia en vascuence, está formada,
principalmente, por dos callejuelas estrechas, sinuosas y en cuesta que
se unen en la plaza.

El pueblo viejo, desde la carretera, traza una línea quebrada de tejados
torcidos y mugrientos, que va descendiendo desde el Castillo hasta el
río. Las casas, encaramadas en la cintura de piedra de la ciudad, parece
a primera vista que se encuentran en una posición estrecha é incómoda,
pero no es así, sino todo lo contrario, porque, entre el pie de las
casas y los muros fortificados, existe un gran espacio ocupado por una
serie de magníficas huertas. Tales huertas, protegidas de los vientos
fríos, son excelentes. En ellas se pueden cultivar plantas de zona
cálida como naranjos y limoneros.

La muralla, por la parte interior que da a las huertas, tiene un camino
formado por grandes losas, especie de acera de un metro de ancho con su
barandado de hierro.

En los intersticios de estas losas viejas, y desgastadas por las
lluvias, crecen la venenosa cicuta y el beleño; junto a las paredes
brillan, en la primavera, las flores amarillentas del diente del león y
del verbasco, los gladiolos de hermoso color carmesí y las digitales
purpúreas. Otros muchos hierbajos, mezclados con ortigas y amapolas, se
extienden por la muralla y adornan con su verdura y con sus
constelaciones de flores pequeñas y simples las almenas, las aspilleras
y los matacanes.

Durante el invierno, en las horas de sol, algunos viejos de la vecindad,
con traje de casa y zapatillas, pasean por la cornisa, y al llegar Marzo
o Abril contemplan los progresos de los hermosos perales y melocotoneros
de las huertas.

Observan también, disimuladamente, por las aspilleras, si viene algún
coche o carro al pueblo, si hay novedades en las casas de la barriada
nueva, no sin cierta hostilidad, porque todos los habitantes del
interior sienten una obscura y mal explicada antipatía por sus
convecinos de extra-muros.

La cintura de piedra del pueblo viejo se abre en unos sitios por puertas
ojivales; en otros se rompe irregularmente, dejando un boquete que por
días se ve agrandarse.

En algunas de las puertas, debajo, de la ojiva primitiva, se hizo
posteriormente, no se sabe con qué objeto, un arco de medio punto.

En las piedras de las jambas quedan empotrados hierros que sirvieron
para las poternas. Los puentes levadizos están substituídos por montones
de tierra que rellenan el foso hasta la necesaria altura.

Urbia ofrece aspectos varios según el sitio de donde se le contemple;
desde lejos y viniendo desde la carretera, sobre todo al anochecer,
tiene la apariencia de un castillo feudal; la ciudadela sombría,
envuelta entre grandes árboles, prolongada después por el pueblo con sus
muros fortificados que chorrean agua, presentan un aspecto grave y
guerrero; en cambio, desde el puente y un día de sol, Urbia no da
ninguna impresión fosca, por el contrario, parece una diminuta
Florencia, asentada en las orillas de un riachuelo claro, pedregoso,
murmurador y de rápida corriente.

Las dos filas de casas bañadas por el río son casas viejas con galerías
y miradores negruzcos, en los cuales cuelgan ropas puestas a secar,
ristras de ajos y de pimientos. Estas galerías tienen en un extremo una
polea y un cubo para subir agua. Al finalizar las casas, siguiendo las
orillas del río, hay algunos huertos, por cuyas tapias verdosas surgen
cipreses altos, delgados y espirituales, lo que da a este rincón un
mayor aspecto florentino.

Urbia intra-muros se acaba pronto; fuera de las dos calles largas, solo
tiene callejones húmedos y estrechos y la plaza. Esta es una encrucijada
lóbrega, constituida por una pared de la iglesia con varias rejas
tapiadas, por la Casa del Ayuntamiento con sus balcones volados y su
gran portón coronado por el escudo de la villa, y por un caserón enorme
en cuyo bajo se halla instalado el almacén de Azpillaga.

El almacén de Azpillaga, donde se encuentra de todo, debe dar a los
aldeanos la impresión de una caja de Pandora, de un mundo inexplorado y
lleno de maravillas. A la puerta de casa de Azpillaga, colgando de las
negras paredes, suelen verse chisteras para jugar a la pelota, albardas,
jáquimas, monturas de estilo andaluz; y en las ventanas, que hacen de
escaparate frascos con caramelos de color, aparejos complicados de
pesca, con su corcho rojo y sus cañas, redes sujetas a un mango, marcos
de hojadelata, santos de yeso y de latón y estampas viejas, sucias por
las moscas.

En el interior hay ropas, mantas, lanas, jamón, botellas de Chartreuse
falsificado, loza fina... El Museo Británico no es nada, en variedad, al
lado de este almacén.

A la puerta suele pasearse Azpillaga, grueso, majestuoso, con su aire
clerical, unas mangas azules y su boina. Las dos calles principales de
Urbia son estrechas, tortuosas y en cuesta. La mayoría de los vecinos de
esas dos calles son labradores, alpargateros y carpinteros de carros.
Los labradores, por la mañana, salen al campo con sus yuntas. Al
despertar el pueblo, al amanecer, se oyen los mugidos de los bueyes;
luego, los alpargateros sacan su banco a la acera, y los carpinteros
trabajan en medio de la calle en compañía de los chiquillos, de las
gallinas y de los perros.

Algunas de las casas de las dos calles principales muestran su escudo,
otras, sentencias escritas en latín, y la generalidad, un número, la
fecha en que se hicieron y el nombre del matrimonio que las mandó
construir...

Hoy, el pueblo lo forma casi exclusivamente la parte nueva, limpia,
coquetona, un poco presuntuosa. El verano cruzan la carretera un sin fin
de automóviles y casi todos se paran un momento en la casa de Ohando,
convertido en Gran Hotel de Urbia. Algunas señoritas, apasionadas por lo
pintoresco, mientras el grueso papá escribe postales en el hotel, suben
las escaleras del portal de la Antigua, recorren las dos calles
principales de la ciudad y sacan fotografías de los rincones que les
parecen románticos y de los grupos de alpargateros que se dejan retratar
sonriendo burlonamente.

Hace cuarenta años la vida en Urbia era pacífica y sencilla; los
domingos había el acontecimiento de la misa mayor, y por la tarde el
acontecimiento de las vísperas. Después, en un prado anejo a la
Ciudadela y del cual se había apoderado la villa, iba el tamborilero y
la gente bailaba alegremente, al son del pito y del tamboril, hasta que
el toque del Ángelus terminaba con la zambra y los campesinos volvían a
sus casas después de hacer una estación en la taberna.

LIBRO PRIMERO

La infancia de Zalacaín

CAPÍTULO PRIMERO

CÓMO VIVIÓ Y SE EDUCÓ MARTÍN ZALACAÍN

Un camino en cuesta baja de la Ciudadela pasa por encima del cementerio
y atraviesa el portal de Francia. Este camino, en la parte alta, tiene a
los lados varias cruces de piedra, que terminan en una ermita y por la
parte baja, después de entrar en la ciudad, se convierte en calle. A la
izquierda del camino, antes de la muralla, había hace años un caserío
viejo, medio derruído, con el tejado terrero lleno de pedruscos y la
piedra arenisca de sus paredes desgastada por la acción de la humedad y
del aire. En el frente de la decrépita y pobre casa, un agujero indicaba
dónde estuvo en otro tiempo el escudo, y debajo de él se adivinaban, más
bien que se leían, varias letras que componían una frase latina: _Post
funera virtus vivit_.

En este caserío nació y pasó los primeros años de su infancia Martín
Zalacaín de Urbia, el que, más tarde, había de ser llamado Zalacaín el
Aventurero; en este caserío soñó sus primeras aventuras y rompió los
primeros pantalones.

Los Zalacaín vivían a pocos pasos de Urbia, pero ni Martín ni su familia
eran ciudadanos; faltaban a su casa unos metros para formar parte de la
villa.

El padre de Martín fué labrador, un hombre obscuro y poco comunicativo,
muerto en una epidemia de viruelas; la madre de Martín tampoco era mujer
de carácter; vivió en esa obscuridad psicológica normal entre la gente
del campo, y pasó de soltera a casada y de casada a viuda con absoluta
inconsciencia. Al morir su marido, quedó con dos hijos Martín y una niña
menor, llamada Ignacia.

El caserío donde habitaban los Zalacaín pertenecía a la familia de
Ohando, familia la más antigua aristocrática y rica de Urbia.

Vivía la madre de Martín casi de la misericordia de los Ohandos.

En tales condiciones de pobreza y de miseria, parecía lógico que, por
herencia y por la acción del ambiente, Martín fuese como su padre y su
madre, obscuro, tímido y apocado; pero el muchacho resultó decidido,
temerario y audaz.

Pío Baroja. Zalacaín El Aventurero.
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