Пио Бароха. Желания Шанти Андиа. Pío Baroja. Las inquietudes de Shanti Andía
Uncategorized August 2nd, 2006
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e
quemáramos la maleza del interior. Si estaba la Egan-suguia se achicharraría, y si no estaba, no pasaría
nada. A Recalde no le pareció bien la idea. Así se consolidan las supersticiones.
La parte alta del Izarra era imponente. Al borde mismo del mar, un sendero pedregoso pasaba por encima
de un acantilado cuyo pie estaba horadado y formado por rocas desprendidas. Las olas se metían por
entre los resquicios de la pizarra, en el corazón del monte, y se las veía saltar, blancas y espumosas, como
surtidores de nieve.
Algunos chicos no se atrevían a asomarse allí, de miedo al vértigo; a mí me atraía aquel precipicio.
Allá abajo, en algunos sitios, las piedras escalonadas formaban como las graderías de un anfiteatro. En
los bancos de este coliseo natural, quedaban, al retirarse la marea, charcos claros, redondos, pupilas resplandecientes
que reflejaban el cielo.
El mismo Yurrumendi aseguraba, según Zelayeta, que aquellas gradas estaban hechas para que las
sirenas pudieran ver desde allá las carreras de los delfines, las luchas de los monstruos marinos que pululan
en el inquieto imperio del mar.
El agua, verde y blanca, saltaba furiosa entre las piedras; las olas rompían en lluvia de espuma, y avanzaban
como manadas de caballos salvajes, con las crines al aire.
Lejos, a media milla de la costa, como el centinela de estos arrecifes, se levantaba la roca de aspecto
trágico, Frayburu.
Los pescadores decían que enfrente de Frayburu, el monte Izarra tenía una cavidad, una enorme y misteriosa
caverna.
Pasada esta parte, el Izarra se cortaba en un acantilado liso, pared negra y pizarrosa, veteada de blanco
y de rojo, en cuyas junturas y rellanos nacían ramas y hierbas salvajes.
Aquí el mar, de mucho fondo, era menos agitado que delante de los arrecifes.
Cuando ya bajaba el camino, se veía la playa de las Ánimas, entre la punta del Faro y otro promontorio
lejano. Sobre el arenal de la playa se levantaban dunas tapizadas de verde, y las casitas esparcidas de la
barriada de Izarte echando humo.
Ya cerca de la punta del Faro abandonábamos el camino para meternos entre las rocas. Había por allí
agujeros como chimeneas, que acababan en el mar. En algunas de estas simas se sentía el viento, que
movía las florecillas de la entrada; en otras se oía claramente el estrépito de las olas.
Saltábamos de peña en peña, y solíamos avanzar hasta los peñascos más lejanos; pero cuando comenzaba
a subir la marea teníamos que correr, huyendo de las olas, y a veces descalzarnos y meternos en el
agua.
En la marea baja, entre las rocas cubiertas de líquenes, solían verse charcos tranquilos, olvidados al retirarse
el mar. Muchas horas he pasado yo mirando estos aguazales. ¡Con qué interés! ¡Con qué entusiasmo!
Bajo el agua transparente se veía la roca carcomida, llena de agujeros, cubierta de lapas. En el fondo,
entre los líquenes verdes y las piedrecitas de colores, aparecían rojos erizos de mar, cuyos tentáculos blandos
se contraían al tocarlos. En la superficie flotaba un trozo de hierba marina, que al macerarse en el agua,
quedaba como un ramito de filamentos plateados, una pluma de gaviota o un trozo de corcho. Algún pececillo
plateado pasaba como una flecha, cruzando el pequeño océano, y de cuando en cuando el gran monstruo
de este diminuto mar, el cangrejo, salía de su rincón, andando traidoramente de lado, y su ojo enorme
inspeccionaba sus dominios buscando una presa.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
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Algunos de estos charcos tenían sus canales para comunicarse unos con otros, sus ensenadas y sus
golfos; viéndolos, yo me figuraba que así, en gran tamaño, serían los océanos del mundo.
En los recodos de las peñas donde se amontonaban las algas y se secaban al sol, me gustaba también
estar sentado; ese olor fuerte de mar me turbaba un poco la cabeza, y me producía una impresión excitante,
como la del aroma de un vino generoso.
Las horas se nos pasaban entre las rocas en un vuelo; casi siempre yo llegaba tarde a casa.
Muchos domingos el tiempo nos fastidiaba; comenzaba a llover de una manera desastrosa, y mi rüadre
no me dejaba salir. Le acompañaba a Aguirreche, comíamos en casa de mi abuela y pasábamos la tarde
allí. ¡Qué aburrimiento!
Se formaba una tertulia de señoras respetables, entre las que había dos o tres viudas de capitanes y
pilotos, y al anochecer se tomaba chocolate .
… Y yo oía la charla continua, en vascuence, de las amigas de mi abuela, y veía con desesperación el
caer de la lluvia continua y monótona, y escuchaba el ruido de los chorros de agua que caían de los
canalones al chocar en las aceras.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
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Yurrumendi, el fantástico
Capítulo IX
En mi tiempo, el muelle largo de Lúzaro, que en vascuence se llama Cay luce, no era tan ancho ni tan
bien empedrado como ahora; tenía una pequeña muralla, y en vez de terminar en el rompeolas, concluía
en las mismas peñas.
A todo lo largo del muelle, en aquella época y en ésta, sigue pasando lo mismo; había casas de
pescadores con balcones, ventanas y galerías de madera, adornados por colgaduras formadas por camisetas
encarnadas, medias azules, sudestes amarillentos, aparejos y corchos.
En estas casas hay siempre ropa tendida, lo que depende, en parte, del instinto de limpieza de esa gente
pescadora, y en parte, de lo difícilmente que se seca lo impregnado por el agua del mar.
Entre las casas de a lo largo del muelle de Cay luce, antes, como ahora, había algunos almacenes de
carbón y una fila de tabernas en donde los pescadores se reunían y se reúnen a beber y a discutir, y que
destilaban, sobre todo los domingos, por su única puerta, una tufarada de sardina frita, de atún guisado con
cebolla y de música de acordeones.
Entre aquellas tabernas había la del Telescopio, la de la Bella Sirena, la del Holandés, la Goizeco Izarra
(Estrella de la mañana), y la más célebre de todas era la de Joshe Ramón, conocida por el Guezurrechape
de Cay luce, o sea, en castellano, El mentidero del Muelle largo.
En este muelle, y a pocos pasos del Mentidero, tenía su taller el padre de Zelayeta. En la ventana de la
casa, convertida en escaparate, exponía poleas de madera, faroles, cañas de pescar, un cinturón de salvavidas…
El padre de Zelayeta trabajaba en su torno con su aprendiz, y mientras él torneaba solían sentarse a la
puerta, a charlar, algunos amigos.
Yo me había hecho íntimo de Chomin Zelayeta. Chomin era muy hábil y muy pacienzudo. Llegó a
domesticar un gavilán pequeño, y el pájaro, cuando se hizo grande, reñía con todos los gatos de la vecindad.
Los días de tormenta se ocultaba en algún agujero oscuro, y no salía hasta que pasaba.
Zelayeta sentía, como yo, el entusiasmo por la isla desierta y por los piratas, y como tenía talento para
ello, dibujaba los planos de los barcos en que íbamos a navegar los dos, y de las islas desconocidas en
donde pasaríamos el aprendizaje de Robinsones.
Nuestra inclinación aventurera, en la cual latía ya la inquietud atávica del vasco, pudo aumentarse más
oyendo las narraciones de Yurrumendi el piloto, el viejo y fantástico Yurrumendi, amigo y contertulio de
Zelayeta padre.
Eustasio Yurrumendi había viajado mucho; pero era un hombre quimérico a quien sus fantasías turbaban
la cabeza. Todos tenemos un conjunto de mentiras que nos sirven para abrigarnos de la frialdad y de
la tristeza de la vida; pero Yurrumendi exageraba un poco el abrigo.
Era Yurrumendi un hombre enorme, con la espalda ancha, el abdomen abultado, las manos grandísimas
siempre metidas en los bolsillos de los pantalones, y los pantalones, a punto de caérsele, tan bajo se los
ataba.
Tenía una hermosa cara noble, roja; el pelo blanco, patillas muy cortas y los ojos pequeños y brillantes.
Vestía muy limpio; en verano, unos trajes de lienzo azul, que a fuerza de lavarlos estaban siempre desteñidos,
y en invierno, una chaqueta de paño negro, fuerte, que debía de estar calafateada como una gabarra.
Llevaba una gorra de punto con una borla en medio. Era soltero, vivía solo, con una patrona vieja, fumaba
mucho en pipa, andaba tambaleándose y llevaba un anillo de oro en la oreja.
Yurrumendi había formado parte de la tripulación de un barco negrero; navegado en buques franceses,
armados en corso; vivido en prisión por sospechoso de piratería. Yurrumendi era un lobo de mar. El
Atlántico le conocía desde Islandia y las islas de Lofoden hasta el cabo de Buena Esperanza y el de Hornos.
Sabía lo que son las tempestades del Pacífico y los tifones del mar de las Indias.
Yurrumendi había visto mucho, pero más que lo que había visto le gustaba contar lo que había imaginado.
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A Chomin Zelayeta y a mí nos tenía locos con sus narraciones.
Nos decía que en el fondo del mar hay, como en la tierra, bosques, praderas, desiertos, montañas, volcanes,
islas madrepóricas, barcos sumergidos, tesoros sin cuento y un cielo de agua casi igual al cielo de
aire.
A todo esto, muy verdad, unía las invenciones más absurdas.
-Algunas veces -decía- el mar se levanta como una pared, y en medio se ve un agujero como si estuviera
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