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Пио Бароха. Желания Шанти Андиа. Pío Baroja. Las inquietudes de Shanti Andía


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bien. Odiaba el vascuence como a un enemigo personal, y creía que hablar como en Burgos o
como en Miranda de Ebro constituía tal superioridad, que toda persona de buen sentido, antes de aprender
a ganar o a vivir, debía aprender a pronunciar correctamente.
A los chicos nos parecía una pretensión ridícula el que don Hilario quisiera dar importancia a las cosas
de tierra adentro. En vez de hablarnos del cabo de Buena Esperanza o del banco de Terranova, nos hablaba
de las viñas de Haro, de los trigos de Medina del Campo. Nosotros le temíamos y le despreciábamos al
mismo tiempo.
Él comprendía nuestro desamor por cuanto constituía sus afectos, y contestaba, instintivamente, odiando
al pueblo y a todo lo que era vasco.
Nos solía pegar con furia.
A mí me salvó muchas veces de las palizas la recomendación de mi madre de que no me pegara, porque
me encontraba todavía enfermo.
Yo, comprendiendo el partido que podía sacar de mis enfermedades, solía fingir un dolor en el pecho o
en el estómago para esquivar los castigos. Me libré muchas veces de los golpes; pero perdí mi reputación
de hombre fuerte. «Este chico no vale nada», decían de mí; y hasta hoy creen lo mismo.
Ahora se ríe uno pensando en las marrullerías infantiles; pero si se intenta volver con la imaginación a
la época, se comprende que los primeros días de la escuela han sido de los más sombríos y lamentables
de la vida.
Después se han pasado tristezas y apuros; ¿quién no los ha tenido? Pero ya la sensibilidad estaba embotada;
ya dominaba uno sus nervios como un piloto domina su barco. Sí; no es fácil que los de mi época,
al retrotraerse con la memoria a los tiempos de la niñez, recuerden con cariño las escuelas y los maestros
que nos amargaron los primeros años de la existencia.
Esta impresión de la escuela fría y húmeda, donde se entumecen los pies, donde recibe uno, sin saber
casi por qué, frases duras, malos tratos y castigos, esa impresión es de las más feas y antipáticas de la
vida.
Es extraño; lo que ha comprendido el salvaje, que el niño, como más débil, como más tierno, merece
más cuidado y hasta más respeto que el hombre, no lo ha comprendido el civilizado, y entre nosotros, el
que sería incapaz de hacer daño a un adulto, martiriza a un niño con el consentimiento de sus padres.
Es una de las muchas barbaridades de lo que se llama civilización.
A los pocos días de entrar en la escuela entablé amistad con dos chicos que han seguido siendo amigos
míos hasta ahora: el uno, José María Recalde; el otro, Domingo Zelayeta.
José Mari era hijo de Juan Recalde, el Bravo. Llamaban así a su padre por haber demostrado repetidas
veces un valor extraordinario; José Mari iba por el mismo camino: se mostraba arrojado y valiente.
El otro chico, Chomin Zelayeta, era hijo de un tornero y vendedor de poleas del muelle.
Chomin se distinguía por su viveza y por su ingenio. El padre era un tipo, hombre enérgico, de carácter
fuerte y un poco fosco, que encontraba motivos raros para sus decisiones.
-¿Por qué no se casa usted de nuevo, Zelayeta? -le dijo alguno.
-No, no; ¿para qué? Tendría que hacer mayor la casa, y no me conviene.
Habían querido una vez nombrarle concejal, pero él se opuso con todas sus fuerzas.
22
-Pero hombre, ¿por qué no quieres ser concejal?
Antes me matan -dijo él- que obligarme a llevar una levita de cola de golondrina.
Esta levita tan aborrecida por Zelayeta era el frac que en ciertas solemnidades de Lúzaro hay la costumbre
de que lo vistan los concejales.
Zelayeta padre, a pesar de sus genialidades y de sus rabotadas, era hombre de tendencia progresiva,
le gustaba suscribirse a los libros por entregas, sobre todo para que los leyese su hijo.
Los primeros meses de escuela, mi madre me enviaba a la Iñure, a la salida, y aunque la buena vieja
no era muy severa conmigo, tenía que marchar a su lado, mientras mis camaradas campaban solos por
donde querían.
Después de muchas súplicas y reclamaciones, conseguí libertad para ir y venir a la escuela sin rodrigón
vigilante. Mi madre me recomendaba que anduviera por donde quisiera, menos por el muelle, lo cual significaba
lo mismo que decirme que fuera a todos lados y a ninguno.
A pesar de sus advertencias, al salir de la escuela echaba a correr hasta las escaleras del muelle.
Otros chicos, en general los de familias terrestres o terráqueas, como dicen algunos en Lúzaro, tenían
más afición a ir al juego de pelota; nosotros, los de familia marinera, entre los que nos contábamos Recalde,
Zelayeta y yo, nos acercábamos al mar.
Veíamos salir y entrar las barcas; veíamos a los chicos que se chapuzaban, desnudos, en la punta de
Cay luce, y a los pescadores de caña haciendo ejercicio de paciencia. Los pescadores nos conocían.
¡Qué sorpresa cuando aparecía, al final de un aparejo, un pulpo con sus ojos miopes, redondos y estúpidos,
su pico de lechuza y sus horribles brazos llenos de ventosas! Tampoco era pequeña la emoción cuando
salía enroscada una de esas anguilas grandes que luchaban valientemente por la vida, o uno de esos
sapos de mar, inflados, negros, verdaderamente repugnantes.
Cuando no nos vigilaba nadie nos descolgábamos por las amarras y correteábamos por las gabarras y
lanchones, y saltábamos de una barca a otra.
En este punto de la independencia infantil se va ganando terreno velozmente, y yo fui avanzando en mi
camino con tal rapidez, que llegué en poco tiempo a gozar de completa libertad.
Muchas veces dejaba de ir a la escuela con Zelayeta y Recalde. Don Hilario, el maestro, mandaba recados
a casa avisando que el día tal o cual no había ido; pero mi madre me disculpaba siempre, y como veía
que me iba poniendo robusto y fuerte, hacía la vista gorda.
Los domingos y los días de labor que faltábamos a clase solíamos ir al arenal; nos quitábamos las botas
y las medias y andábamos con los pies descalzos.
Recogíamos conchas, trozos de espuma de mar, mangos de cuchillo y piedrecitas negras, amarillas,
rosadas, pulidas y brillantes.
Al anochecer saltaban los pulgones en el arenal, y los agujeros redondos del solen echaban burbujas de
aire cuando pasaba por encima de ellos la ligera capa de agua de una ola.
Alguna vez logramos ver ese molusco, que nosotros llamábamos en vascuence deituba y que no sé por
qué decíamos que solía estrangularse. Para hacerle salir de su escondrijo había que echarle un poco de
sal.
El que tenía más suerte para los descubrimientos era Zelayeta; él encontraba la estrella de mar o la concha
rara; él veía el pulpo entre las peñas o el delfín nadando entre las olas. Siempre estaba escudriñándolo
todo; su padre, por esta tendencia a registrar, le llamaba el carabinero.
Los domingos, mi madre comenzó a dejarme andar con los camaradas, después de hacerme una serie
de advertencias y recomendaciones.
Ya, teniendo tiempo por delante, no nos contentábamos con ir al arenal; subíamos al Izarra y después
íbamos descendiendo a las rocas próximas.
Cuando ya estuvimos acostumbrados a andar entre los peñascos nos pareció la playa insípida y poco
entretenida.
El fin práctico de nuestros viajes a las rocas era coger esos cangrejos grandes y oscuros que aquí llamamos
carramarros, y en otros lados centollas y ermitaños.
El monte Izarra, a una de cuyas faldas está Lúzaro, forma como una península que separa la entrada
del puerto de una ensenada bastante ancha comprendida entre dos puntas: la del Faro y la de las Ánimas.
El monte Izarra es un promontorio pizarroso, formado por las lajas inclinadas, roídas por las olas. Estos
esquistos de la montaña se apartan como las hojas de un libro abierto, y avanzan por el mar dejando
arrecifes, rocas negras azotadas por un inquieto oleaje, y terminan en una peña alta, negra, de aire misterioso,
que se llama Frayburu.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
23
Para hacer nuestras excursiones solíamos reunirnos a la mañanita en el muelle, pasábamos por delante
del convento de Santa Clara, y por una calle empinada, con cuatro o cinco tramos de escaleras, salíamos
a un callejón formado por las tapias de unas huertas. Luego cruzábamos maizales y viñedos y salíamos
más arriba, en el monte, a descampados pedregosos con helechos y hayas.
En la punta del Izarra debió de haber en otro tiempo una batería; aún se notaba el suelo empedrado con
losas del baluarte y el emplazamiento de los cañones. Cerca existía una cueva llena de maleza, donde
solíamos meternos a huronear.
Era un agujero, sin duda hecho en otro tiempo por los soldados de la batería, para guarecerse de la lluvia
y que a nosotros nos servía para jugar a los Robinsones.
El viejo Yurrumendi, un extraño inventor de fantasías, le dijo a Zelayeta que aquella cueva era un antro
donde se guarecía una gran serpiente con alas, la Egan-suguia. Esta serpiente tenía garras de tigre, alas
de buitre y cara de vieja. Andaba de noche haciendo fechorías, sorbiendo la sangre de los niños, y su aliento
era tan deletéreo que envenenaba.
Desde que supimos esto, la cueva nos imponía algún respeto. A pesar de ello, yo propuse qu

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