Пио Бароха. Желания Шанти Андиа. Pío Baroja. Las inquietudes de Shanti Andía
Uncategorized August 2nd, 2006
Pages: 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 57
Email This Post
|
Print It
|
| 260 views
No quiero -dijo- que se convierta en una mala mujer, ni que puedan llamarla, jamás, la hija del traidor.
Después mandó a uno de sus soldados fieles que le disparara un tiro de arcabuz.
El soldado obedeció.
-¡Mal tiro! -exclamó Lope al primer disparo, al notar que la bala pasaba por encima de su cabeza.
Y cuando sintió, al segundo disparo, que la bala penetraba en su pecho y le quitaba la vida, gritó,
saludando a su matador con una feroz alegría:
-Este tiro ya es bueno.
Realmente Lope de Aguirre era todo un hombre.
Después de muerto le cortaron la cabeza y descuartizaron el tronco, conservándose la calavera en la
iglesia de Barquisimeto, encerrada en una jaula de hierro.
Esto es lo que cuenta Cincunegui en sus Recuerdos históricos de Lúzaro, y, poco más o menos, es
lo que decía el libro de casa de mi abuela, aunque con muchos más detalles y comentarios.
El leer aquellas aventuras de Aguirre me producía un poco la impresión que produce a los niños
Guignol cuando apalea al gendarme y cuelga al juez. A pesar de sus crímenes y de sus atrocidades,
Aguirre, el loco, me era casi simpático
Lope de Aguirre,
el traidor.
El funeral de mi tío Juan
Capítulo VII
Una impresión de la infancia que me causó gran efecto fue el funeral de mi tío Juan de Aguirre.
Durante mucho tiempo constituyó un misterio el paradero del hermano mayor de mi madre, hasta que
se supo que había muerto.
Comprobé, con esa penetración que es frecuente en los chicos, que en mi familia existía cierta reserva
al referirse a mi tío Juan; ni mi madre, ni su hermana Úrsula, ni mi abuela querían hablar del desaparecido,
y este misterio y esta reserva excitaron mi fantasía.
Nuestra criada, la Iñure, que era muy supersticiosa, me aseguró que el tío Juan no había muerto.
-¿Pues dónde está? -le pregunté yo.
-Está lejos de aquí.
-¿Y por qué no vine?
-No puede venir.
-Pero, ¿por qué?
Al último, y después de grandes recomendaciones para que no dijera nada a mi madre, la Iñure me contó
que mi tío Juan se había hecho pirata, que le habían llevado a un presidio de Inglaterra, donde estaba preso
con cadenas en los pies y unas letras impresas con un hierro candente en la espalda. Por eso, aunque
vivía, no podía venir a Lúzaro.
La historia de la Iñure me sobreexcitó aún más, y exaltó mi imaginación hasta un grado extremo. De
noche me figuraba ver a mi tío en su calabozo, lamentándose, desnudo, con las letras grabadas en la espalda,
que se destacaban de un modo terrible.
Por esta época, y para que se fijara más en mí la memoria de mi tío, se celebró su funeral en Lúzaro. Al
parecer, mi abuela recibió del cónsul de un pueblo de Irlanda una carta participándole que Juan de Aguirre
había muerto. Pero ¿era verdad? La Iñure aseguró rotundamente que no.
Recuerdo muy bien el día del funeral; ¡tan grabado quedó en mi memoria!
Mi madre me despertó al amanecer; ella estaba ya vestida de negro; yo me vestí rápidamente, y salimos
los dos al camino con la Iñure.
Era una mañana de otoño; el pueblo comenzaba a desperezarse, las brumas iban subiendo por el monte
Izarra y del puerto salía, despacio, una goleta.
Llegamos a Aguirreche; estuvimos un momento, y después, mi abuela, la tía Úrsula y mi madre, vestidas
con mantos de luto, y yo con la Iñure, nos dirigimos a la iglesia.
La alta nave se encontraba oscura y desierta; en medio, delante del altar mayor, la cerora y el sacristán
iban vistiendo de negro un catafalco mortuorio; en el suelo se entreveía una porción de objetos, trozos de
madera, en donde se arrollan las cerillas amarillentas, y cestas con paños negros.
Mi abuela, mi madre y mi tía se reunieron con la cerora, y las cuatro anduvieron de un lado a otro,
disponiendo una porción de cosas.
La Iñure quería que me sentara en uno de los bancos próximos al túmulo, donde tenían que colocarse
los parientes a presidir el duelo; pero a mí me daba miedo estar allí solo.
Anduve detrás de mi madre, cogido a su falda, sin dejarla hacer nada, hasta que vino el viejo Irizar, con
su traje negro y su sombrero de copa, y me tuve que sentar junto a él en el banco del centro.
Poco a poco fueron entrando mujeres vestidas de luto, que se arrodillaban, extendían paños negros en
el suelo, desenrollaban la cerilla amarillenta y la encendían.
Los cirios, en el altar mayor, comenzaron a arder, y a su luz resplandeció todo el retablo churrigueresco,
dorado, retorcido, con sus columnas salomónicas y sus racimos de uvas.
Arriba, del crucero de la iglesia, colgaba el barco de vela y se balanceaba suavemente, como si fuera
navegando hacia los esplendores de oro que brillaban en el altar mayor.
Comenzó a sonar una campana; la gente fue afluyendo, primero poco a poco, luego de golpe; los dos
bancos destinados a los parientes y amigos se llenaron, y comenzó la misa.
19
Yo estaba asustado; ya sabía que en el túmulo no había nadie, pero me parecía que allí dentro debía de
estar agazapado el tío Juan con sus cadenas y sus letras ignominiosas en la espalda.
De cuando en cuando sonaba el órgano, y su voz armoniosa se levantaba hasta la alta bóveda. Yo miraba
por todas partes, a pesar de que el viejo Irizar me exhortaba a que estuviera con más devoción.
¡Qué fervor el de aquellas mujeres! Arrodilladas sobre sus paños negros rezaban con toda su alma. Eran
algunas viudas de capitanes y de pilotos, y, al recordar el hombre perdido en el mar, sollozaban.
Después de la misa, el cura se volvió hacia los fieles y rezó por el muerto y por todos los sepultados en
el océano.
Entonces los sollozos aumentaron.
Luego, el cura se acercó al catafalco a rezar sus responsos y lo roció varias veces con agua bendita.
Yo me encontraba amilanado. Al salir de la iglesia, el sol pálido iluminaba el atrio. Irizar y yo nos
quedamos a la puerta. Todas las mujeres, con sus capuchones negros, cruzaron por delante de nosotros,
en procesión hacia casa de la abuela, y tras ellas fueron saliendo los señores, con su sombrero de copa, y
los marineros y la gente pescadora, con los trajes de paño y las manos metidas en los bolsillos del pantalón.
Por la noche, la Iñure me aseguró de nuevo que mi tío Juan no había muerto. Yo le tenía que ver, tarde
o temprano.
Su convencimiento se me comunicó. Estaba persuadido de que un día vería a un señor con el aspecto
de marino de los libros de mi tía Úrsula, con patillas, botas altas, levitón y sombrero de hule con cintas colgantes.
Hablaría con aquel señor y resultaría ser mi tío Juan.
Durante mucho tiempo, el misterio de Juan de Aguirre inquietó mi espíritu, y con este misterio relacionaba
aquel funeral en la iglesia, con las nubes de incienso en el aire y el barco de vela colgado del
crucero, como si fuera navegando hacia los fuegos de oro del altar mayor…
Una impresión semejante de misterio me producían las fiestas de Navidad. En estos días, el aire, la luz,
las cosas, todo me parecía distinto.
Había la tradición en Aguirreche de armar un gran nacimiento en un cuarto del piso bajo. Una vieja medio
loca, la Curriqui, vestida con una falda de flores y una toca blanca, era la encargada de explicar lo que pasaba
en Belén. Llevaba una varita en la mano para mostrar las figuras, y una pandereta para acompañarse
cuando cantaba villancicos. Tenía dos o tres tonadillas monótonas y unos cuantos versos monorrimos.
Entre las figuritas del nacimiento había una mujer desastrada, que sin duda era la bufona. Recuerdo la canción
que le dirigía la Curriqui. Era así:
(Ahí está Mari Domingui. ¡Miradla qué facha! Quiere venir con nosotros a Belén.)
Y la Curriqui seguía:
(Si quieres venir con nosotros a Belén, tendrás que quitarte esa falda vieja.)
El público de pescadores y de chicos celebraba estos detalles naturalistas.
La Curriqui volvía el día de Reyes a su escenario de Aguirreche, con una capa blanca y una corona de
latón, a cantar otras canciones.
Este día, algunos pastores del monte bajaban a las casas y entonaban villancicos con voces agudas y
roncas, acompañándose de panderos y zambombas.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
20
Orra Mari Domingui
Beguira orri
Gurequin naidubela
Belena etorri
Gurequin naibadezu
Belena etorri
Atera Bearco dezu
Gona zar hori.
Si el ama de la casa les daba algunos cuartos, decían en el villancico que se parecía a la Virgen; en
cambio, si no les daba nada, la acusaban de ser una vieja bruja.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
21
Correrías de Chico
Capítulo VIII
Tanto me habían hablado de la maldad de los chicos, que fui a la escuela como un borrego que llevan
al matadero.
Yo estaba dispuesto a luchar, como Martín Pérez de Irizar, contra cualquier Juan Florin que me atacase,
aunque mis fuerzas no eran muchas.
Al principio me puso el maestro entre los últimos, lo que me avergonzó bastante; pero pasé pronto al
grupo de los de mi edad.
El maestro, don Hilario, era un castellano viejo que se había empeñado a enseñarnos a hablar y a pronunciar
Related posts
Pages: 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43 44 45 46 47 48 49 50 51 52 53 54 55 56 57










About



Leave a Comment
You must be logged in to post a comment.