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ras.
Mi tía Úrsula, además de su biblioteca, formada por folletines ilustrados franceses, y de sus libros de
15
Por tierra y por mar profundo
Con imán y derrotero,
Un vascongado el primero
Dio la vuelta a tod el mundo
aventuras marítimas, tenía otro fondo de donde ir sacando los relatos emocionantes que a mí tanto me cautivaban.
En la sala de Aguirre, en el arca, se guardaba, entre otras cosas viejas y respetables, un tomo manuscrito,
en folio, muy voluminoso. En la cubierta, de pergamino, decía, con letras ya desteñidas y rojizas: <
de la familia Aguirre».
Como casi todos los miembros de la familia de este nombre y los emparentados con ella habían sido
marinos y viajeros, para explicar sus correrías, intercaladas en las amarillentas páginas, se veían cartas de
navegar antiguas, bastante raras. En estos mapas el mar se simbolizaba con una ballena echando un surtidor
de agua, un galeón y varios delfines; los pueblos, por casitas; los montes, por árboles, y los países
salvajes, por indios con plumas en la cabeza, un arco y una flecha. Había, también, planos para indicar las
corrientes y los vientos, y dibujos de sondas, brújulas primitivas y astrolabios.
Todo el libro se reducía a una serie de narraciones de aventuras marítimas y terrestres.
Mi tía Úrsula se calaba las antiparras y leía con gran detenimiento alguno de estos relatos, y los
comentaba.
La mayoría eran breves y estaban redactados en una forma tan amanerada qué yo no me enteraba de
su sentido. De las más entretenidas era la de Domingo de Aguirre, llamado el Vascongado, que
formó parte en la expedición de Gonzalo Jiménez de Quesada, cuando la conquista de América. Domingo
de Aguirre presenció el incendio de Iraca, que debió de tener mucha importancia a juzgar por sus descripciones.
Cuando comencé a escribir, a mi tía Úrsula se le ocurrió dictarme párrafos del gran libro de la familia, y
todavía conservo, por casualidad, un pliego en papel de barba, escrito por mi inhábil mano, con letras
desiguales, que dice así:
Recuerdo que al escribir esto que me dictaba mi tía, le hice varias preguntas acerca de la vida y de las
costumbres de los piratas, y, a pesar de que ella trataba de exagerar la odiosidad de los caballeros de la
fortuna, a mí me parecía que aquello de ser pirata y de abordar a los barcos y quitarles sus tesoros y
guardarlos en una isla desierta debía de tener grandes encantos.
Yo aprendí a leer y a escribir con todas estas narraciones y aventuras de la familia. Cosa extraña: casi
siempre había algún Aguirre aventurero cuyo fin se ignoraba. El uno quedaba entre indios, el otro se decía
que se había hecho pirata.
Parecía como si un destino fatal persiguiese a algunos individuos de la familia, a través del tiempo y de
las generaciones.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
16
El capitán de barco Martín Pérez de Irizar, hijo de Rentería, cuando volvía de Cádiz de cargar
un galeón de mercaderías, se encontró en alta mar con el corsario francés Juan Florin, cuyo nombre
espantaba a cuantos salían al mar. El orgulloso francés llevaba dos barcos bien pertrechados
de armas. A los que cogía en el mar, grandes o chicos, hombres o mujeres, los desvalijaba y los
dejaba en cueros; así que estaba muy rico.
Al divisar el galeón del capitán guipuzcoano, como el francés le atacara con brío, Irizar se
defendió en su barco valientemente. Por ambas partes corrió la sangre en abundancia, y después
de la refriega, Martín Pérez de Irizar apresó a Juan Florin, a sus barcos y a toda su gente.
De los piratas murieron treinta hombres y quedaron heridos más de ochenta. Juan Florin quiso
dar veinte mil duros al capitán Irizar por su rescate; pero fue inútil su ofrecimiento, porque el hombre
entendido y de buen juicio prefiere su honra a iodo el dinero del mundo.
Con noventa hombres presos y los dos barcos cogidos, el capitán Irizar volvió a Cádiz, como
correspondía a su fina lealtad.
El emperador don Carlos, Nuestro Señor, mandó que fuese ahorcado Juan Florin, el pirata, y
que el capitán Martín Pérez de Irizar pusiera en su escudo, para eterno recuerdo, el galeón y la
bandera ganados en la batalla.
Lope de Aguirre, el traidor
Capítulo VI
De muchos capitanes, marinos, aventureros y frailes se ocupaba el libro de la familia; pero, entre todas
aquellas historias, la más extraordinaria, la más absurda, dentro de su realidad, era la de Lope de Aguirre,
el loco, llamado también Lope de Aguirre, el traidor.
Varias veces leí las aventuras asombrosas de este hombre, que en el manuscrito se contaban con todos
sus detalles.
Domingo de Cincunegui, el autor de los Recuerdos históricos de Lúzaro, me ha pedido repetidas veces
que registre por todos los rincones de Aguirreche, para ver si se encuentra el viejo manuscrito; pero el infolio
no aparece; sin duda, a la muerte de mi abuela, se perdió; quizá a alguno de los marineros que vive
ahora en el viejo caserón le habrá servido para encender el fuego. Lo que dice Cincunegui en sus
Recuerdos de Lúzaro está tomado de la del Perú y de .
De sus Recuerdos tomo estos datos, para dar una idea de mi terrible antepasado:
17
Lope de Aguirre nació en el primer tercio del siglo XVI, y era
vizcaíno. No se sabe de qué pueblo. En el siglo XVI aparecen tres casas de Aguirre importantes: una
de Oyarzun, otra de Gaviria y otra de Navarra.
Lope de Aguirre debía de ser de una de estas casas.
Llegó Lope al Perú a mediados del siglo XVI, y tomó partido por Gonzalo Pizarro en la rebelión de
éste. Durante algún tiempo estuvo a sus órdenes, hasta que le hizo traición y ejecutó contra sus antiguos
compañeros actos de una crueldad inaudita.
Era Lope hombre inquieto y turbulento, terco y mal encarado. Condenado a muerte durante una sedición,
se evadió y tomó el oficio de domador de caballos. Buen oficio para poner a prueba su bárbara
energía. A Lope le conocían entre los soldados por el apodo de Aguirre, el loco.
En 1560, el virrey don Andrés Hurtado de Mendoza, confió al capitán vasco Pedro de Ursúa una expedición
para explorar las orillas del Marañón en busca de oro. Lope fue uno de los principales jefes de la
partida.
Una noche, el inquieto Aguirre sublevó a la tropa expedicionaria, y él mismo cosió a puñaladas al
capitán Ursúa y a su compañera, Inés de Atienza, que era hija del conquistador Blas de Atienza.
Lope asesinó también al teniente Vargas y dirigió un manifiesto a los rebeldes, que le siguieron. Los
sublevados proclamaron general y príncipe del Perú a Fernando de Guzmán, y mariscal de campo a
Lope de Aguirre.
Como Guzmán reconviniera a Lope por su inútil crueldad, el feroz vasco, que no admitía reconvenciones,
se vengó de él asesinándolo y cometiendo después una serie de atropellos y de crímenes.
A la cabeza de sus hombres, subyugados por el terror (ahorcó a ocho que no le parecían bastante
fieles), bajó por el Amazonas y recorrió, después de meses y meses, la inmensidad del curso de este
enorme río y se lanzó al Atlántico.
No contaba Lope más que con barcas apenas útiles para la navegación fluvial; pero él no reconocía
obstáculos y se internó en el océano. Lope de Aguirre era todo un hombre.
Resistió en alta mar, cerca del , dos terribles temporales en sus ligeras embarcaciones, y fue
bordeando con ellas las costas del , de las Guayanas y de .
Allí donde arribaba, Lope se dedicaba al pillaje, saqueando los puertos, quemando todo cuanto se le
ponía por delante, llevado de su loca furia.
El fraile de la flotilla se permitió aconsejar, suplicar a su capitán que no fuera tan cruel. Aguirre le
escuchó atentamente, y atentamente lo mandó ahorcar.
Sintiendo quizá remordimiento en su corazón endurecido, llamó a su presencia a un misionero de
Parrachagua, para confesarse con él; y como el buen sacerdote no quisiera darle la absolución, ordenó
lo colgaran, sin duda para que hiciese compañía al otro fraile ahorcado.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
18
Los aventureros poco adictos a su persona iban sufriendo la misma suerte.
De los cuatrocientos hombres que salieron con Ursúa, no le quedaban a Lope más que ciento cincuenta,
y de éstos, muchos iban, por días, desertando.
Aguirre, al verse sin la tripulación necesaria para sus barcos, les pegó fuego, y luego se refugió, con
su hija y algunos compañeros fieles, en las proximidades de Barquisimeto, de .
Allí, en el campo, en una casa abandonada, Aguirre escribió un memorial a Felipe II, justificándose
de sus desmanes, y para dar más fuerza a su documento, lo firmó de esta manera audaz, cínica y absurda:
Las tropas del rey, unidas con algunos desertores de Aguirre, fueron acorralando al capitán vasco
como a una bestia feroz, para darle muerte.
Quebrantado, cercado, cuando se vio irremisiblemente perdido, Lope, sacando su daga, la hundió
hasta el puño en el corazón de su hija, que era todavía una niña.

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