Efectivamente, encontré muchos otros. Leímos, al mismo tiempo los dos, Rob Roy, Ivanhoe y Quintin
Durward, y hablamos mucho de los personajes de las novelas del gran escritor. Yo encontraba a la hija del
capitán cierto parecido con Diana Vernon, aunque Ana Sandow era más melancólica que la heroína de
Walter Scott.
Ana vivía a merced de los caprichos de su padre, viejo loco y egoísta, que no la dejaba hablar con nadie.
Allen se había hecho amigo de la criada y de gentes de la vecindad; yo escuchaba, sin muestras de
impaciencia, la séptima, la octava y la novena vez la relación de las aventuras de Sandow; y Ugarte,
después de hacer como que trabajaba en el jardín, se tendía en la cama, y allí estaba maldiciendo de su
suerte.
Yo comenzaba a sentir una amistad fraternal por Ana Sandow. La pobre muchacha, tan alegre y tan viva
naturalmente, era una víctima.
El capitán no quería que su hija se casara ni que tuviera amistades con nadie. Por este motivo se había
encerrado en aquel castillo, amenazando con la expulsión a los criados si dejaban entrar personas extrañas
a la casa. A pesar de este deseo de incomunicación, el viejo egoísta se aburría y quería que fuera gente,
pero sólo a distraerle a él.
Ugarte vio que la señorita de la casa me manifestaba simpatía, y, llevado por uno de sus movimientos
de rabia y de envidia, escribió al capitán Sandow, diciéndole que yo iba entablando amistades con su hija,
que los tres éramos piratas, que veníamos escapados de los pontones.
El capitán Sandow me llamó y le conté lo que nos había pasado, sin ocultarle nada. Como comprendí
su disgusto, por su aspecto de mal humor, le dije:
-No tenga usted cuidado; hoy mismo nos iremos.
-Lo celebraré -me contestó-, no por usted, sino por no ver al denunciador.
Después de haberle prometido que nos iríamos en seguida, no comprendía bien su mal humor; pero, por
lo que dijo Allen al día siguiente, me lo expliqué. Le había interrogado a él sobre lo que yo le conté, y, al
cerciorarse de que era verdad, se sintió humillado, porque sus aventuras eran completamente vulgares en
comparación con las nuestras.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
154
El odio estalla
Capítulo VII
Avisé a Allen y a Ugarte que nos teníamos que marchar.
-¿Y por qué? -preguntó Ugarte, echándoselas de sorprendido.
-Por nada. Por algún bien intencionado que le ha dicho a Sandow qué clase de gente somos nosotros y
de dónde venimos.
-¿Y quién será? -preguntó él.
-Eso lo sabes tú mejor que nadie -le contesté yo, en castellano.
Allen nos oía, suponiendo la mala acción de Ugarte.
-No sé qué quieres decir con eso -murmuró Ugarte; y, viendo que yo no replicaba, añadió cínicamente-:
La verdad es que la cartita te ha reventado.
-¡Hombre! ¡Claro!
-¿Y qué te ha dicho el capitán?
-Me ha dicho que le dan asco los denunciadores y que por eso sólo nos debemos ir.
Ugarte palideció. Y Allen, que había comprendido todo, exclamó:
-¡Ah! ¿Es él el que nos ha denunciado?
-Tú no te metas en lo que no te importa, ¡animal!
El irlandés prorrumpió en insultos, y yo impedí que se lanzara sobre Ugarte.
La última noche que pasamos en casa de Sandow, yo escribí una larga carta a Ana. Dormíamos los tres
huéspedes del capitán en la biblioteca; Ugarte y Allen se habían tendido en sus camastros, pero estaban
despiertos.
Cuando terminé de escribir, salí de la biblioteca, metí la carta en un libro, llamé a la criada y le encargué
que diera aquello a la hija del capitán. Temía que, al volver, me iba a encontrar a Ugarte y a Allen luchando
a brazo partido.
No pudimos dormir ninguno de los tres; Allen estaba indignado contra Ugarte. Antes de amanecer, salimos
de casa sin despedirnos de nadie. Hacía un día frío; tomamos la carretera y fuimos marchando por la
costa, azotados por una lluvia menuda.
Allen y Ugarte no querían hablarse. Para no tener relación el uno con el otro, Ugarte me hablaba en
castellano y Allen en inglés.
-¡Que por un canalla miserable tengamos que andar así! -murmuraba Allen, entre dientes.
Por la noche, mojados hasta los huesos, encontramos un albergue, medio taberna, medio cabaña, que
se llamaba el Reposo del Cazador. Era una choza, con las paredes y el tejado cubiertos por completo de
hiedra, con dos ventanas con cortinillas rojas, iluminadas por la luz interior. Parecía aquella cabaña la
cabeza hirsuta y peluda de un monstruo, con sus dos ojos encarnados.
Aunque nos faltaba poco para el pueblo, decidimos quedarnos allá. Nos sentamos a una mesa y pedimos
de cenar. Ugarte se puso a burlarse del capitán Sandow y de su hija. Al principio me indignó; pero
luego me produjo lástima y desprecio, comprendiendo que estaba en uno de sus arrebatos de locura, de
insensatez. Ya tanto me dijo y me insultó, que le pregunté con sorna:
-¿Qué te he hecho yo para que me odies así?
-Me estorbas -gritó él-. Uno de los dos sobramos en el mundo.
Y en el paroxismo de la cólera empezó a insultarme con furia, a decirme que estaba deseando que me
muriera, porque era su bestia negra.
Allen, desencajado, pálido de rabia, exclamó:
-Yo no lo aguantaría.
-¿Qué te mezclas tú? ¡Canalla! ¡Miserable! -gritó Ugarte.
Y, en su furor, extrajo una de las limas de las sacadas del pontón, que aún llevaba, e hirió al irlandés en
la mejilla.
155
Éste, de pronto, se levantó, cogió el banco en donde estaba sentado, lo alzó en el aire y le dio a Ugarte
tal golpe en la cabeza que lo dejó muerto.
Después, Allen, como loco, siguió golpeando el cadáver, la mesa, con una furia de elefante herido, hasta
que rompió el banco y se quedó con un trozo de madera en la mano, contemplándolo como un sonámbulo
que despierta; luego lo tiró al suelo y comenzó a llorar. Toda la gente de la taberna había presenciado el
hecho y estaba de parte de Allen.
-Vamos -le dije yo-. Hay que huir.
-No, no. ¿Para qué?
Me quedé a su lado. La herida que tenía en la cara era leve.
-Usted, sí. Váyase. Escápese usted -dijo Allen.
-No, no le abandono.
-Hay testigos aquí de lo que ha pasado. Váyase usted. Si se escapa me puede usted servir mejor desde
fuera de la cárcel que de dentro. Tome usted el dinero que me queda. Si llega usted a Francia, escriba usted
a la criada vieja de casa de Sandow.
Salí de la taberna y eché a correr por el camino; el viento contrario me impedía avanzar, un viento húmedo,
cargado con efluvios de mar. Oí voces de lejos, de gente que pasaba. Quizá era la policía, avisada; me
escondí a un lado de la carretera. Luego seguí corriendo hasta llegar a la ciudad; entré en una callejuela.
El viento silbaba en las encrucijadas, ladraban los perros, comenzaba a llover a chaparrón. Decidí entrar
en la primera fonda o posada que me saliera al paso. La primera que encontré fue una que tenía una
enseña con un caballo. Se llamaba así: El Caballo Blanco. Era de estas fondas tranquilas, poco frecuentadas,
que hay en las islas británicas, que tienen un carácter de limpieza y respetabilidad.
Una muchacha muy vivaracha me preguntó si había cenado; le dije que sí, me llevó a un cuarto, y vino
poco después, con un gran calentador, a templar la cama.
Caía un verdadero diluvio.
-Le voy a pagar a usted -le dije a la muchacha-, porque voy a salir de casa muy temprano.
-Como usted quiera.
-¿Estará la puerta abierta desde por la mañana?
-Sí. Siempre suele estar abierta.
Le pagué lo que me dijo y me acosté. Seguía lloviendo; el agua azotaba los cristales, el viento silbaba
furioso, dando unas notas de tiple extraordinarias. Me metí en la cama y me dormí al momento. Me desperté
antes del amanecer con un sobresalto. Me asomé a la ventana; no llovía; me vestí rápidamente y bajé
las escaleras. La puerta no estaba abierta. Pensé si alguien habría advertido en la casa que la cerrasen
aquella noche; quizá la cerraron por el viento.
Me asomé a la ventana. La altura no era grande. Salté a la calle.
Encontrándome solo, sin la compañía de Allen y de Ugarte, me sentía más enérgico y con mayor miedo
de ser preso. Todo, antes de volver al pontón. El recuerdo de aquellos promontorios negruzcos, del mar
gris, de los pantanos fangosos, me horrorizaba.
Pasé la noche en el campo, y a la mañana siguiente, al salir el sol, entré en el puerto de Wexford. Había
una goleta que iba a Saint-Malo. Hablé con el capitán para que me llevara, y tuve que vencer su resistencia.
Le di el dinero que tenía y prometí pagarle más al llegar a Francia.
El capitán era una especie de oso de mal humor.
Hicimos un viaje horrible, con tiempo malísimo y mar borrascoso. El capitán, sin duda, no tenía por costumbre
ocuparse del barco, y se metió en su camarote a intoxicarse con whisky. A la hora, apareció borracho,
con la nariz roja y balbuceando, y en vista del temporal, intentó cambiar de rumbo y marchar a refugiarse
a Inglaterra.
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