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cuestiones políticas; que habíamos visto rondando la finca a uno de la policía inglesa y que teníamos que
marcharnos. Añadí que estábamos muy contentos de su acogida y que le suplicábamos que, si le preguntaban
algo de nosotros, no dijera nada.
El capataz, que era de estos irlandeses que tienen un odio furioso a Inglaterra, nos prometió que no sólo
no diría nada, sino que si veía algún espía en la finca lo zambulliría en el estanque.
Salimos de allá; pensábamos ir al sur, por la costa, a ganar Wexford, en donde podríamos tomar un
barco que nos dejara en él continente.
Echamos a andar. Era un día de otoño muy melancólico; el cielo estaba oscuro; lloviznaba; los cuervos
pasaban graznando por el aire. Los árboles se despojaban de sus hojas rojizas y amarillas, cubriendo el
campo con ellas; las ráfagas de viento las llevaban de acá para allá por el camino; había un olor otoñal de
hierba marchita, de helecho mojado y de hojas húmedas.
Marchábamos por la orilla del mar, subiendo y bajando por una sucesión de colinas de poca altura,
cubiertas de matorrales. Veíamos a lo lejos ruinas negruzcas de algún castillo, casas de campo, cuyas
chimeneas arrojaban columnas de humo en el aire, verdes praderas, lomas también verdes y algunos
bosques espesos y sombríos.
El primer día, por la tarde, comenzaron las reyertas entre Ugarte y Alíen. Reñían por cualquier cosa.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
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Como era natural, el irlandés, encontrándose en su país, lo conocía mejor y tenía más simpatías que
nosotros. Ugarte consideraba este hecho tan lógico como un insulto que nos dirigía a él y a mí.
Les advertí que si seguían riñendo les abandonaba y me iba solo. Se calmaron un tanto y cesaron en
su disputa.
Al anochecer alcanzamos a unos enormes rebaños de ovejas. Allen se hizo amigo de los pastores. Con
ellos llegamos a una venta del camino que se llamaba la Campana Azul. Desde su portada se divisaba el
mar y los cantiles y ‘rocas de la costa.
Los días siguientes, la compañía de Alíen, que tanto exasperaba a Ugarte, siguió librándonos de una
porción de conflictos.
Antes de llegar a una aldea se destacaba el irlandés y entraba solo; inspeccionaba el pueblo; si veía algo
que consideraba peligroso, en la primera casa marcaba una cruz con carbón; en cambio, si no había nada
inquietante, dibujaba un ocho.
Nosotros nos acercábamos, fijándonos en las marcas; si la señal era no entrar, dábamos la vuelta al
pueblo; si no, íbamos a alguna taberna, a cuya puerta él nos esperaba. Solíamos tomar en el albergue una
sopa caliente, un trozo de carne cocida y un vaso de cerveza, y nos tendíamos en algún camastro o en la
hierba seca.
Por las mañanas, antes de salir, comprábamos algunos víveres y almorzábamos en el campo. Ugarte
traía la leña, yo hacía el fuego y Allen guisaba.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
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La casa hospitalaria
Capítulo VI
Se nos había hecho de noche a cuatro millas de Wexford. Entramos en una aldea y llegamos hasta la
posada a pedir alojamiento. La posada era una casita pequeña, retirada de la carretera, con un arco en
medio, sobre el cual se balanceaba una muestra que representaba un delfín de colores chillones. A los
lados del arco había dos ventanas y debajo de ellas dos bancos de piedra.
La posadera, una mujer enérgica, nos dijo que tenía el establecimiento lleno y no podía alojarnos.
Conseguimos que nos diera de cenar, por la insistencia de Allen. Luego, mientras nos servía la cena, nos
preguntó:
-¿Qué son ustedes?
-Marinos. Hemos naufragado en la costa hace ocho días y venimos andando.
-Si son ustedes marinos, vayan ustedes a casa del capitán Sandow. Allí les aceptarán.
-¿Quién es el capitán Sandow? -pregunté yo-. ¿Un militar?
-No; es un antiguo capitán de barco. Un viejo loco que vive con su hija. Otras veces ha alojado en su
casa náufragos.
Salimos de la posada en compañía de un chico, que nos fue acompañando.
La casa de Sandow era un viejo castillo, guarnecido con una torre cuadrada de piedra gris, cubierta de
hiedras. A su alrededor se levantaban varios edificios desiguales. Una porción de chimeneas, como tubos
de órgano, le daban un aspecto , y otras en zigzag parecían brazos en flexión. Una escalera exterior
subía hasta el piso principal. Rodeaba a la casa un terreno pantanoso, antiguo jardín abandonado y salvaje,
de un aire dramático y misterioso, sobre todo a la blanca claridad de la luna.
No había camino del castillo a la puerta de la tapia; la avenida principal estaba casi borrada por las hierbas
y por los arbustos.
En dos ventanas del castillo brillaban luces; miradas melancólicas que parecían observar algo a través
del follaje. El jardín tenía grandes olmos copudos, como haciendo centinela, y muchos rosales que aún conservaban
marchitas rosas blancas.
Tiramos de una cuerda que colgaba cerca de la puerta y sonó una campana a lo lejos.
Salió a la puerta una criada vieja, y Allen le dijo que éramos náufragos.
-Se lo voy a decir al capitán. Esperad.
Desapareció, y al poco rato se abrió una de las ventanas iluminadas de la casa y se presentó en ella
una figura de hombre, que gritó:
-¡Eh, los náufragos! ¡Adelante!
Empujamos la puerta, pasamos al jardín y entramos por un patio a cuyos lados había dos perros de
piedra. Subimos por la antigua escalera, hasta llegar a un salón con cierto aire entre abandonado y señorial,
un cuarto sin luz, húmedo y frío.
El capitán Sandow era un viejo flaco y cetrino, con barba blanca; su hija, una muchacha delgada y muy
pálida, con el pelo negro y los ojos azules.
Allen comenzó a contar en irlandés una arreglada a su gusto, que tenía aprendida de nuestro
fingido naufragio; pero le interrumpió el capitán contando sus viajes. Le escuchamos atentamente, nos
invitó a cenar, cenamos con él, y al retirarnos nos dijo:
-Aquí podéis estar el tiempo necesario para vuestro descanso.
Después, precedidos por una vieja, subimos por una escalera de caracol que llevaba a la torre; había
que marchar con cuidado por los escalones húmedos, resbaladizos y rotos, y bajar la cabeza para no
tropezar.
Al final, la criada abrió una puerta y pasamos los tres a una biblioteca abandonada, en donde había varios
colchones de paja tirados en el suelo, y allí dormimos.
Al día siguiente yo le dije a Allen que advirtiera al capitán Sandow que, para corresponder de alguna
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manera a su hospitalidad, trabajaríamos en su casa.
A Ugarte le parecía una simpleza ponerse a trabajar cuando no se lo pedían a uno; el capitán Sandow
replicó que no quería que hiciésemos nada; pero, sin duda, en vista de la insistencia de Allen, dijo que
podíamos ponernos a arreglar el jardín.
Aquel castillo lo había comprado el capitán por muy poco dinero, y no tenía intención de arreglarlo. Allí
todo era viejo y arruinado: las paredes estaban carcomidas por debajo de las hiedras negruzcas; había una
capilla vieja en el mayor abandono, unas salas viejas y desmanteladas, una biblioteca vieja llena de libros
húmedos, y tres o cuatro criados tan viejos y arruinados como toda la casa.
En los aleros y canalones habían hecho sus nidos las golondrinas, y en los altos árboles se cobijaban
cornejas y lechuzas, que lanzaban de noche su grito siniestro. El jardín era un jardín abandonado, con un
estanque misterioso y sombrío, a cuyas orillas los chopos, desprendiéndose de sus hojas durante años, le
rodearon de láminas de plata.
Al día siguiente de llegar, Allen, Ugarte y yo comenzamos a descubrir las avenidas del jardín, a arrancarles
la hierba y a enarenarlas; luego nos dedicamos a limpiar los perales, en forma de abanicos extendidos
delante de las tapias. El domingo oímos la misa en la capilla, y después yo estuve registrando la biblioteca.
Era éste un cuarto , grande, con el techo artesonado, abierto en muchas partes; tenía varios
armarios llenos de libros humedecidos, y sobre los armarios cuadros negros, agujereados y desgarrados.
Se veían en este cuarto una porción de trofeos de caza, que, sin duda, al actual poseedor del castillo
no le agradaban. Por una puerta de cuarterones, apolillada, con la cerradura roñosa, se salía a una galería
llena de nidos de murciélagos y de golondrinas. Al final había una bóveda con ventanas pequeñas en las
gruesas paredes. Esta bóveda estaba ocupada por varios bustos de personajes antiguos, mutilados, y por
una serie de relojes de pared de todos los tamaños, parados y la mayoría rotos.
Yo registré por todos los rincones y encontré varios libros de Walter Scott y los Poemas de Ossian, de
Macpherson.
Los sequé en el comedor, delante de la chimenea; los compuse la pasta y se los di a la hija del capitán.
-¿Dónde los ha encontrado usted? -me preguntó ella.
-Ahí, en la biblioteca. Debe haber más.

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