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los infamantes números. Yo hice lo mismo.
Fuimos navegando sin alejarnos mucho de la costa; de cuando en cuando nos sustituíamos y uno descansaba
de remar. Como habíamos perdido la costumbre, las manos se nos hinchaban y despellejaban.
El país que se nos presentaba ante la vista era una tierra desolada, con colinas bajas y pantanos cerca
de la costa. A lo lejos se veía el humo de alguna quinta aislada o la ruina de un castillo.
Al comenzar la tarde, la bruma se apoderó del mar, y fuimos navegando a ciegas.
El hambre, la sed y el cansancio nos impulsaron a acercarnos a tierra. Hacía más de veinticuatro horas
que estábamos sin comer; teníamos las manos ensangrentadas.
Aterramos en una playa desierta, próxima a un pueblecito que tenía su puerto.
Yo había oído decir que en algunos puntos de Escocia y de Irlanda comen esas algas que se llaman laminarias,
y era tal nuestra hambre, que intentamos tragarlas; pero fue imposible.
Allen encontró unas lapas y nos llamó. Fuimos arrancándolas con la punta de la lima, y esto nos sirvió
de comida para todo el día.
Decidimos encallar el bote y pasar la noche en tierra. No quisimos entrar en el pueblecito con aquellas
trazas, y subimos por el arenal, y escalando unas dunas, sin que nos viera nadie, nos metimos en el
cementerio de la aldea, y tendidos entre dos sepulcros, resguardados del viento, pudimos descansar y
dormir.
A medianoche nos despertamos de hambre y de frío. Nos levantamos, salimos del cementerio y
echamos a andar.
-Vamos al pueblo -dijo Ugarte- a ver si encontramos algo que comer.
El cielo estaba despejado y lleno de estrellas, los charcos, helados; el suelo, endurecido por la escarcha.
El viento frío soplaba con fuerza. Nos acercamos a la aldea. Era ésta de pocas casas. Los perros
ladraban en el silencio de la noche. Pasamos por delante de una casita pobre con dos ventanas iluminadas.
Decidimos que Allen entrara a comprar un poco de pan. Allen volvió en seguida, diciendo que no había
nadie.
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-¿No hay nadie? -exclamó Ugarte-. Pues mejor.
Y entró y volvió al poco rato con un pan y un trozo de cecina.
Estábamos convertidos en ladrones vulgares. Ugarte se dirigió al puerto.
-Pero ¿a qué vamos por aquí? ¿No es mejor ir a la playa?
-dije yo.
-Haremos una intentona -contestó él.
Llegados al puerto, se dirigió a un quechemarín que estaba atado a una argolla y ‘bajó a él.
-No hay nadie. ¡Es magnífico! Hala, bajad.
-¿Aquí? -pregunté yo en el colmo del asombro.
-¿Por qué no? ¿Qué importa robar un bote o un barco de vela? Es lo mismo.
En el fondo tenía razón. Soltamos la amarra, y los tres, apoyándonos en la pared de un malecón,
sacamos el queche fuera del puerto. Luego, levantamos las velas y nos echamos al mar. Había dentro del
quechemarín agua y comestibles para unos días. Por la mañana, raspamos el nombre del barco, que se
llamaba Betty, y le bautizamos con el de Rosa, de la matrícula de Bangor, el pueblo de Allen.
Navegamos todo el día y toda la noche y pudimos comer y descansar. La mañana del miércoles nos
encontrábamos ya a bastante distancia del pontón para no temer que diesen con nosotros. Habíamos
aprovechado el tiempo.
Si llegábamos a tener vientos favorables, podíamos arribar a Francia. Nos faltaba un plano; pero para
salir del mar de Irlanda, a pesar de la niebla, el rumbo era bastante.
Yo estaba deseando llegar a un lugar cualquiera en donde se separaran Ugarte y Allen. Al encontrarse
ambos fuera de peligro, se despertó entre ellos un odio feroz. Todo cuanto uno decía, le parecía mal al otro.
Yo intentaba apaciguarlos, pero no era fácil siempre, dada la terquedad del irlandés y la irritabilidad de
mi paisano.
Luchamos con vientos fuertes durante tres días. El barco cabeceaba de proa; iba como rompiendo el
agua, dando en ella como un machete, lo que era muy molesto. La noche del viernes navegábamos por el
canal de San Jorge, que yo conocía bastante bien.
Durante toda la noche y todo el día danzamos por encima de las olas, envueltos en la niebla, sin poder
ponernos en rumbo. El viento se moderó por la mañana a la salida del sol, y cuando el cielo comenzó a
limpiarse y a desvanecerse la bruma, nos encontramos a la vista de la costa de Irlanda, costa formada allí
por acantilados de roca viva. El mar, agitado, se fue calmando hasta quedar inmóvil, y el viento cesó por
completo.
Nos faltaba el agua, y se decidió que nos acercáramos a la costa.
Teníamos el recelo de que si entrábamos en cualquier puerto pudieran conocer el barco, y por primera
providencia nos prendiesen; así que decidimos aterrar en un arenal. Allen iría a la aldea próxima con los
cuatro o cinco chelines que nos quedaban para ver si podía agenciarse víveres; yo marcharía por agua, y
Ugarte se quedaría pescando.
No encontré por los alrededores ni arroyo ni fuente. Un hombre del campo me indicó que por allí no
había agua.
Volví al barco y esperé a que llegara Allen. Éste traía víveres, que devoramos, y una botella de cerveza.
Después de comer dijo:
-Ahora les tengo que contar lo que me ha pasado y la proposición que me han hecho. He ido al pueblo,
he entrado en la tienda a comprar la comida; me han preguntado quién era, de dónde venía. Les he contado
la de un naufragio, y me ha dicho el tendero:
-Si usted quiere trabajar, ahí en el pueblo de al lado hay una finca donde necesitan gente.
He tomado la carretera y he ido a la finca; se me ha presentado un joven moreno, y, al ver que me aceptaba
sin inconveniente, le dije que venían dos compañeros conmigo.
De pronto, el joven moreno me dijo:
-Vosotros sois corsarios.
-No, no.
-Aunque os hayáis escapado de algún pontón, no me importa. Si trabajáis bien, os pagaré como a los
demás. ¿Los otros compañeros son también irlandeses?
-No, son españoles.
-Me es igual. Con tal de que no sean ingleses, los acepto.
-Me despedí de él -continuó diciendo Allen- y vine corriendo aquí.
Discutimos si aceptar o no la proposición y convinimos en que era lo más prudente. Después pensamos
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
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en lo que haríamos con el queche. Abandonarlo allí era dejar un indicio de dónde habíamos desembarcado.
Llevamos el queche hasta un extremo del arenal; había en aquel instante algo de viento; izamos los
foques y la cangreja, atamos la caña del timón y empujamos el barco metiéndonos en el agua. La embarcación,
al principio, parecía como desconcertada, como asombrada; avanzaba un poco, retrocedía, daba la
impresión de una persona indecisa que quiere dar un salto y no se atreve. Al último cogió tan bien el viento,
que se alejó, dejándonos estupefactos.
-Ya sabe ella dónde va -dijo Allen, convencido.
Al subir a un montículo de arena volvimos la mirada hacia atrás. Nuestro barco seguía navegando.
-Ahora vamos a la finca -dije yo.
Desde la altura adonde habíamos subido se veían dos pueblecillos, uno que debía ser una aldea de
pescadores, y el otro un pueblo de tierra adentro, rodeado de campos de labranza.
Por la noche, y esquivando las miradas de la gente, llegamos a la finca en donde había estado Alíen. Se
hallaba ésta a un lado de la carretera y tenía delante una frondosa alameda de árboles altísimos. La casa
era de piedra, grande y negruzca, y estaba rodeada de construcciones bajas, de ladrillo.
El capataz nos dio ropas nuevas, y al día siguiente comenzamos a trabajar en el campo.
A pesar de sus ofrecimientos de tratarnos lo mismo que a los demás obreros, el capataz se aprovechaba
de nuestra calidad de indocumentados y presuntos convictos para explotarnos.
Yo comprendía que no había manera de librarse de esta explotación. Alíen se defendía por ser irlandés;
pero Ugarte, que no tenia esta preeminencia, se desesperaba y me molestaba continuamente.
-Vámonos de aquí -nos decía a cada paso.
-Espera que podamos vestirnos decentemente y reunir unos cuartos, y nos iremos -le decía yo.
Esperó, con grandes protestas. Con el primer dinero que tuve, compré una chaqueta, un morral y unas
botas grandes con polainas. Alíen se vistió a la moda del país; Ugarte, cuando se vio con su traje nuevo,
dijo que teníamos que marcharnos.
Él quería que nos fuéramos los dos, dejando a Alíen; en cambio, Alíen había pensado en abandonar a
Ugarte. Yo hubiese preferido ir con Alíen y dejar a Ugarte; pero ya éste me daba lástima.
-Creo que lo mejor -les dije a uno y a otro- es que cada cual tire por su lado, y luego nos reunamos en
Francia.
-No, no; eso no.
-Bueno; entonces vayamos los tres juntos y tengamos la misma suerte; pero hay que someterse a una
dirección; si no, es imposible.
-Tú mandas -me dijeron los dos-. Te obedeceremos.
-¿De manera que me nombráis jefe?
-Sí.
-Bueno, pues desde ahora os advierto que me separaré del que no siga mis órdenes, sea en el camino,
en el mar o en cualquier parte.
Los dos se comprometieron a obedecerme ciegamente.
Al otro día le hablé al capataz. Le dije que, efectivamente, habíamos estado en un pontón presos por

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