compañeros de prisión y dirigía mil ridículas amenazas a los carceleros.
Esta clase de hombres, que viven únicamente para la galería, producen alternativamente cólera y desprecio.
A veces yo deseaba que arrancaran la piel a golpes a semejante idiota; otras me daba lástima verle
entregado sin defensa a la brutalidad de sus verdugos.
A Tiboulen y a Ugarte los llevaron a otra cuadrilla y nos dejaron en paz.
Los primeros meses, Allen y yo nos dedicamos a estudiar sistemáticamente todas las formas y posibilidades
de fugarse.
Era muy difícil; las aberturas tenían fuertes hierros; las puertas, pesados cerrojos. Alrededor del barco
corría una galería baja, a flor de agua, con las ventanas tan próximas una a otra que era imposible que
pasara nadie ni nada por delante sin que lo vieran los centinelas.
Siempre había gran vigilancia en esta galería, y las rondas circulaban por ella cada cuarto de hora.
Además, como flotaban otros pontones en esta entrada del mar, unos se vigilaban a otros, y varias lanchas
con gente armada recorrían las proximidades de los viejos navíos, de noche.
Por las conversaciones de los demás compañeros, pude enterarme de que en el pontón funcionaba una
logia masónica llamada Fe y Libertad, que tenía agentes para relacionarse con los presos de los demás
pontones, y no sólo con los presos, sino también con algunos oficiales de la guarnición.
Allen y yo expusimos deseos de ingresar en la logia, y después de hacer nuestras pruebas, pasamos a
ser hermanos. El venerable era un viejo pirata griego, cuya historia era una serie de horrores.
Por esta masonería pudimos enterarnos de algunos datos interesantes para una posible evasión. La ría
donde se encontraba nuestro pontón era como un gran lago, de más de una legua de ancho. Había en ella
tres pontones, y el nuestro estaba en medio.
La distancia desde El Neptuno a tierra era, aproximadamente, de dos millas.
Un peligro mucho mayor que el del mar, en caso de evasión, lo constituían los pantanos fangosos de la
costa, de más de cien metros de ancho. Según se decía, era tan imposible atravesarlos andando como
nadando.
La mayoría de los evadidos habían quedado en ellos sin poder avanzar, sirviendo de pasto a los cuervos
y a las aves de rapiña que se cebaban en los cadáveres putrefactos.
En aquellos pantanos negros y siniestros, que de noche exhalaban fuegos fatuos, habían desaparecido
muchos de los escapados de los barcos-prisiones.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
144
En vista de que no había posibilidad de evadirse, me dediqué a estudiar matemáticas. La recomendación
del médico de El Argonauta seguía siendo eficaz para mí, y, gracias a ella, el comandante me prestó varios
libros de geometría, de álgebra y de física. A éstos añadió una Biblia.
Allen, que era un católico fanático, me recomendó varias veces que no la leyera.
Como los presos estaban aburridos de su inacción, cada cual buscaba el mejor modo de entretenerse.
Yo me dediqué a darles lecciones de matemáticas, y llegué a ganar algún dinero. Por la noche, a pesar de
que estaba prohibido tener luz, yo leía; guardaba los trozos de tocino que daban en el rancho, les ponía
una mecha con un poco de estopa y me servían para alumbrarme.
La indiferencia que sentía por todo, unida a una filosofía estoica que iba adquiriendo, me ayudaba a
soportar las penalidades tranquilo y sin cólera. Además, tenía la esperanza de que, pasados dos o tres
años, me llevarían a una colonia penitenciaria, donde la vida sería más soportable.
Varias veces quise enseñar matemáticas a Allen, pero no quería. Prefería, acompañándose de un
acordeón que no le abandonaba, cantar canciones sentimentales de su país.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
145
La evasión
Capítulo IV
Al año conocía yo a toda la gente pontonera.
Había algunos viejos confinados que tenían una industria curiosa. Consistía ésta en hacer un agujero en
el pontón y vendérselo al que pagara más. Estos agujeros debían salir entre el nivel del agua y la galería
baja, lugar vigilado de noche y de día.
Ugarte, que se estaba pasando la mayor parte del tiempo en el calabozo, me dijo que me enterara de
quién podría hacer un agujero para escaparnos nosotros. Tenía dinero, y pagaría lo que fuese.
Un marinero holandés de la tripulación de El Especulador, un barco pirata que dio mucho que hablar en
su tiempo, entabló negociaciones con él, y se comprometió a cederle una mina después de terminada.
Ugarte comenzó a mostrarse más dócil con la esperanza de la fuga.
El holandés hizo parte de su galería; pero a la mitad del trabajo un vigilante encontró la mina, y hubo
que suspender la obra.
Ugarte, después de esta tentativa frustrada, ya no me dejó vivir. en paz. Todos los días me exponía uno
o dos proyectos. La idea de la evasión le obsesionaba; gracias a aquella idea fija podía estar tranquilo.
Yo comenzaba a acostumbrarme a la vida del pontón. La posibilidad de quedar en el pantano para servir
de pasto a los cuervos no me seducía.
Ugarte estaba enfermo, irritado por los castigos, y me excitaba preguntándome si es que tenía miedo.
Yo traté de convencerle de que había que conservar la energía para los momentos graves, sin malgastarla
estúpidamente en rabiar por cosas fútiles; además, le advertí que la condición indispensable para que
aceptase un plan de fuga era el que fuese sencillo. La única garantía del éxito era la sencillez.
Nos asociamos Ugarte, Allen y yo. Discutimos varios días un plan, hasta que llegamos a aceptar uno.
Consistía éste en hacer un agujero en el muro de la barraca donde dormíamos, para salir a cubierta. De
aquí había que subir a la toldilla, que ocupaba casi la mitad posterior del barco, descolgarnos por las
galerías de la cámara del comandante con una cuerda y echarnos al mar.
Yo puse como condición previa que no nos defendiéramos ni matáramos a nadie. Era tan difícil salir del
pontón, ganar la costa y salvarse, que había que pensar que teníamos cien probabilidades contra una de
volver.
Comenzamos los preparativos. Ugarte había recibido dinero y estaba dispuesto a pagar. Por mediación
de nuestra masonería nos trajeron unas limas, una sierra, una brújula de bolsillo y manojos de cáñamo para
hacer cuerda.
Dormíamos todos en hamacas. Era en invierno y quedamos los tres convenidos en permanecer con la
cabeza tapada, como si tuviéramos frío.
La idea era ir acostumbrando al master, cuando hacía la requisa, a que nos viera en una misma posición,
y hacerle creer, en días sucesivos, que nos dormíamos en seguida.
También convinimos en no -hablarnos delante de gente. Para que no chocase su cambio de conducta,
le aconsejé a Ugarte que fingiera de cuando en cuando alguna cólera violenta.
El día de Nochebuena comenzamos a hacer el boquete. íbamos labrando por la noche cuatro ranuras
en forma de cuadro, que al terminar el trabajo se cubrían con alquitrán. Se trataba de horadar la pared de
tal modo que el pedazo arrancado fuera como un tapón, que al ponerlo no se notara que había agujero.
Tardamos bastantes días en terminarlo. Cuando estuvo acabado, Allen se sentó varias veces en la parte
de afuera de la pared agujereada por nosotros a tocar el acordeón, y con el dedo untado en alquitrán fue
tapando las rendijas que podían verse.
Ya hecho este primer camino, discutimos entre los tres una cuestión importante: la manera de cruzar el
pantano de la orilla. Por él, según decían, era tan imposible andar como nadar. Allen dijo que podíamos
hacer unas a modo de suelas anchas para los pies, y al llegar a los pantanos sujetarlas como unas sandalias
y buscar la parte más dura del cieno.
146
Aceptada la idea, decidimos fabricarlas con unas tablas finas. Allen pidió al master madera para hacer
dos cajas, una para él y otra para mí, para guardar nuestros efectos. La madera costó un dineral, porque
los caprichos de los presos se pagaban. El dinero de Ugarte quedó reducido a unas pocas monedas. No
se desconfió de la petición, y Allen hizo seis tablas delgadas, aunque bastante resistentes, que guardaba,
con autorización de un vigilante, en la toldilla de popa. Estas tablas tenían pie y medio de ancho por tres
de largo, y llevaban en medio agujeros disimulados con cera para sujetarlas a los pies.
Terminados los preparativos, nos dedicamos a esperar un día oscuro. La luna comenzaba a menguar,
pero aún las noches eran bastante claras.
A medida que el momento se acercaba, me sentía intranquilo y febril. No soy cobarde; pero al mirar
desde la borda aquella agua espumosa y gris, al pensar que era indispensable lanzarse a ella, me daba el
vértigo y se me encogía el corazón.
En esto, un sábado, pocos días después de Reyes, Allen vio en la costa, a gran distancia, con un catalejo
de uno de los pontoneros, un botecillo atado a una punta, sin duda dejado por algún cazador de patos
salvajes.
El bote estaba más allá de los pantanos.
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