Пио Бароха. Желания Шанти Андиа. Pío Baroja. Las inquietudes de Shanti Andía
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viento, reflejaban el sol, hasta dejarle a uno ciego. Después comenzaban a verse zarzas, callistris y algunas
piteras. A unas quince millas de la costa encontramos unas ruinas; quizá eran restos de una de las torres
que Diego García de Herrera levantó, por orden del rey de España, cerca de la costa. No me parecía
prudente enterrar allí los cofres, y busqué otro punto mejor. Todas aquellas lomas y montículos del río, formados
de arena, probablemente cambiarían de posición y de forma al impulso del viento del Sahara. Era
necesario encontrar jalones más firmes.
Me acerqué a un muro del castillo, que tenía grabado un elefante, y, siguiendo la visual del ojo, vi que
entre dos grandes bloques de piedra se veía en aquella hora la sombra de una peña afilada, colocada a
orillas del río. El vértice de la sombra caía en aquel momento al pie de un árbol de argán. Aquél me pareció
el sitio mejor para enterrar los cofres.
Fijé el lugar, y como era muy posible que nos dieran caza y encontrándonos un papel así nos lo quitaran,
traduje la indicación al vascuence, y, mientras esperábamos que acabaran de enterrar el tesoro, Allen, por
mi consejo, fue marcando en un devocionario las letras que componían los datos puestos en vasco.
Los marineros se habían entendido con unos moros para cambiarles un rifle de los que llevábamos por
dos corderos; pero los moros, en vez de cumplir el pacto, nos atacaron y nos mataron varios hombres.
Salimos de allí perseguidos por los moros, y nos lanzamos al mar. Nos cogió un temporal deshecho. No
podíamos navegar; las olas enormes nos inundaban la ballenera; teníamos que sacar el agua con las gorras,
la espuma nos azotaba la cara y el viento nos apagaba el farol cuando queríamos ver la brújula, y nos
dejaba sordos.
Luchamos durante dos días con la lluvia, y a la mañana del tercero vimos la isla de Lanzarote como una
nube. .
Creíamos encontrar la salvación, cuando un buque inglés de guerra nos capturó y nos llevó al navío que
días antes nos había dado caza.
Éramos sospechosos de piratería. Sabido es que las leyes contra los piratas son muy severas. El pirata
está fuera del derecho de gentes, y la ley inglesa le condena a ser colgado por el cuello, hasta que sobrevenga
la muerte.
El navío inglés se llamaba El Argonauta. El médico de este barco era una excelente persona; no tuve
ningún inconveniente en contarle mi vida, sin ocultarle nada. Él dio de mí buenos informes e influyó, seguramente,
para que no me colgaran de una verga.
Durante la travesía de las Canarias a Plymouth me trataron bien los ingleses. Ugarte era el que se encargaba
de hacerme la vida odiosa, recriminándome por no haber seguido su consejo cuando navegábamos
por el Pacífico.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
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El pontón
Capítulo III
Llegamos a tierra y nos condujeron delante de los jueces. Aparecieron en el banquillo todos los tripulantes
de El Dragón. El no haber resistido y el quedar los hechos oscuros nos salvó de ser ahorcados.
Si el juicio hubiera sido como los ordinarios, quizá hubiéramos quedado libres; pero nos juzgaron tan
sumariamente que no pudimos defendernos. Fuimos condenados a la deportación en distintos presidios y
pontones: los jefes a diez años, los marineros a cinco.
No a todos nos enviaron al mismo punto. Los marineros fueron conducidos a presidios del interior y a
los pontones próximos a Portsmouth y Chatham. A nosotros nos destinaron a un pontón del norte.
Embarcamos en un cutter que se llamaba Flying Fish (el Pez Volador), Ugarte, Nissen, el timonel, Old
Sam, el contramaestre, el irlandés Allen, que quiso venir conmigo por amistad, y otros prisioneros franceses.
Al salir de Plymouth, Old Sam se tiró al agua. No se le vio durante algún tiempo. Los soldados dispararon
a todos los sitios que les indicaron. No quise ver aquella horrible caza. Al día siguiente, al
anochecer, se detuvo el Flying Fish y una barca vino a acercársele.
Bajamos, con las esposas en las muñecas, y nos sentamos en la barca. Venía custodiándonos un oficial
con varios soldados.
Perdimos de vista el Flying Fish, y fuimos avanzando hacia tierra. No se veía más que la entrada de un
río entre la niebla espesísima. En medio de la bruma de un cielo polar se destacaban promontorios avanzados,
grises, sin vegetación, y hacia tierra pantanos negros, por encima de cuyas aguas inmóviles volaban
nubes de pájaros.
Todavía seguía el crepúsculo cuando nos acercamos al pontón. El barco, desmantelado y sin palos, se
destacaba como una mancha oscura entre el cielo gris y el mar del mismo color. De cerca el viejo navío
parecía un arca de Noé, sujeta por amarras y cadenas; era altísimo, de tres pisos, con un tejado; por sus
chimeneas salían columnas negras de humo. En el mascarón de proa se destacaba una figura de Neptuno.
Por todas partes, alrededor, dominaba igual color neutro, triste; las aguas amarillentas se confundían en
la penumbra con el cielo.
Nunca he sentido mayor melancolía.
Pasamos por delante del coronamiento de popa, que tenía tres pisos fuera del agua, con galerías y ventanas
recargadas de adornos barrocos.
La parte más alta del coronamento de popa estaría lo menos a treinta pies sobre el agua, y de ella colgaba
un gran farol que brillaba en el ambiente gris del anochecer.
El pontón era un viejo navío de la época de Trafalgar. Se llamaba El Neptuno.
Al llegar a la cubierta estuvimos esperando durante una hora larga y fría. Me mandaron quitarme la ropa.
Obedecí y me dieron unos pantalones raídos, un chaleco viejo y una chaqueta con un número grande en
la espalda. Tenía el propósito decidido de no protestar de nada, y eso me sirvió, porque algunos de nuestros
compañeros, entre ellos Ugarte, además del despojo, tuvieron que sufrir el encierro.
Cuando me encontré con Allen sobre cubierta, los dos vestidos de pontoneros, nos miramos atentamente
y nos dimos la mano. juramos no separarnos jamás.
Allí tenía uno que vivir diez años. ¡Una vida! Tenían que pasar primaveras, veranos e inviernos en aquella
cárcel flotante, siempre a la vista de un mar gris, de unos pantanos llenos de fango, sin más comunicación
con el mundo exterior que el ruido de las olas y el grito áspero de las gaviotas y de los patos salvajes.
La vida en el pontón era horrible; apenas teníamos sitios donde revolvernos; a proa se alojaban los soldados
de guardia, y a popa, los oficiales. La población pontonera vivía entre la galería baja y la barraca
hecha sobre cubierta, vigilada por unos y otros.
Difícil era acostumbrarse a vivir allí, pero todo se consigue a fuerza de energía y de perseverancia.
Estoy convencido de que los primeros días no enfermé por un esfuerzo extraordinario de la voluntad.
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Constantemente estaba febril, mi cabeza ardía; de noche no podía dormir y caía en un estado de abatimiento
profundo. Al amanecer, a la hora de diana, me levantaba con las ropas húmedas y el pelo mojado;
sentía dolores en todas las articulaciones y una gran postración.
A pesar de esto, mi voluntad no cedía; yo la encontraba fuerte y tensa, dispuesta a cualquier esfuerzo.
Tomé una poción de quina, y a los quince días había recobrado la salud.
A los confinados en los pontones se les trataba corno a presidiarios. En caso de rebeldía se les mandaba
azotar, se les ponían cadenas o se les llevaba al calabozo, el black hole (agujero negro), en don de se
les tenía a pan y agua.
Casi todos los reclusos tenían palomas, pájaros, ardillas y otra porción de animales domesticados. Cada
cual buscaba el entretenimiento más en armonía con sus gustos e inclinaciones.
Había un capitán negrero inglés que, según nos contó él mismo, cuando los negros se le sublevaban los
ataba a la boca de los cañones y disparaba. Este capitán, cuando le cazaron, iba recogiendo negros,
metiéndolos en barricas y echándolos al agua. Tan brutal energúmeno se conmovía pensando en un conejo
al que había domesticado.
Ugarte y un marsellés nos fastidiaban con frecuencia. Ugarte era el eterno descontento; la mala alimentación,
la humedad, el frío, todas las molestias naturales en una cárcel de aquel género, le tenían fuera
de sí, y sus protestas no le servían más que para estar encadenado y en el calabozo.
A mí me acusaba de adulador y de vil porque no protestaba. No le podía convencer de que una protesta
que no sirve más que para que a uno le castiguen nuevamente, es una necedad.
El marsellés, que se llamaba, no sé si de nombre o de apodo, Tiboulen, era, por otro estilo, un hombre
molesto.
Lo que en Ugarte era dignidad vidriosa, en Tiboulen era patriotismo y odio a los ingleses. El marsellés
tenía esa amargura y esa personalidad de los mediterráneos, excesiva, aparatosa, unida al patriotismo
petulante y exaltado de los franceses.
Tiboulen no era un hombre violento y malo como Ugarte; estando solo era razonable, pero cuando tenía
público se volvía loco. Tiboulen necesitaba que se ocuparan de él con cualquier motivo, y reñía con los
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