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Muy joven comencé a navegar, y en el barco tuve que ir olvidando cuantas enseñanzas me dio mi madre.
Mi vida, en los primeros años de navegación, fue muy intensa. Formaba parte de la tripulación del Asia,
un bergantín que recorría los mares de la China. El capitán era australiano; el piloto, vascongado.
Nuestro comercio se desarrollaba entre Malaca, Siam, Sumatra, Borneo y las Filipinas. Los principales
puntos de parada eran Singapur, Batavia, Macasar, Hong Kong y Manila.
Constantemente estábamos visitando sitios desconocidos, puertos en donde no había entrado aún el
europeo. Sil Wilkins, mi capitán, era un hombre de genio.
Con frecuencia teníamos que batirnos, ya con los merodeadores chinos del golfo de Tonkín, como con
los piratas moros que pululan por aquellas latitudes y dan muestra de un valor y de una audacia asombrosa.
Sobre todo hacia el nordeste de Borneo, cerca de las islas de Serasán y del archipiélago de los Piratas,
tuvimos batallas navales furibundas contra dos y tres de esos barcos armados que llaman praos.
Estos praos o paraos suelen ser, generalmente, lanchas afiladas que navegan a vela y a remo, y llevan
varios hombres armados con fusiles; la mayoría tienen cobertizos de esteras, pero hay algunos de estos
praos grandes, de tres palos, que llevan una toldilla sólida con cristales y están defendidos con una porción
de cañones. No es fácil que un barco de comercio pueda luchar en velocidad con estas lanchas, que tienen
grandes condiciones marineras.
Sil Wilkins no tenía por costumbre huir, y aguardaba el ataque de los piratas.
Conocía muy bien sus procedimientos y sus argucias. Hicimos verdaderos horrores. Cerca de las islas
Célebes echamos a pique, a cañonazos, tres grandes embarcaciones de piratas que venían dispuestos a
tomar nuestro bergantín al abordaje. También tuvimos que dar una buena lección a unos moros ladrones
de la isla de Joló.
Sil Wilkins era un marino sencillamente extraordinario. No he conocido a nadie de un valor más sereno
ni de mayor indulgencia y generosidad para las debilidades ajenas. No pude llegar a comprender bien si en
su fondo había un inmenso desprecio o un gran cariño por los hombres. Quizá sentía las dos cosas al
mismo tiempo.
Como todos los capitanes que llevan muchos años en un barco, él había navegado casi siempre en
aquél, sabía lo que daba de sí su Asia, y no le pedía más.
Conocía el mar de la China como pocos; lo que no sabía lo adivinaba. Wilkins era un ejemplo de a lo
que puede llegar un hombre cuando pone su inteligencia y sus sentidos en una especialidad. Y, a pesar de
su juicio claro de las cosas y de la cantidad de experiencia que atesoraba, aún se podía decir que en él el
talento era lo de menos.
La maldad, la ruindad, la envidia, todo lo disculpaba. Para Wilkins el mal no era más que la cantidad de
sombra necesaria para que brille el bien.
Pasé con Wilkins cerca de ocho años, y al cabo de éstos mi capitán se retiró, ya viejo, a Sidney; yo fui
a Manila, y desde Manila a Cádiz. Iba a entrar de piloto en la derrota de Cádiz a Filipinas. Mi madre me
llamó y volví a Lúzaro.
Entonces conocí a la Shele. La Shele era hija de una familia de buena posición que se había arruinado.
Tenía algún parentesco con mi madre.
En nuestro país no suele ser ningún desdoro el que una muchacha entre a servir en una casa del pueblo.
Además, la Shele, como digo, era parienta y ahijada de mi madre. Su situación en mi casa podía considerarse
intermedia entre criada y pariente pobre.
La Shele, muy joven e inocente; yo, un marino que venía de las soledades del mar de la China con gran
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deseo de vivir; nos vimos, y sucedió lo que no era raro que sucediera. No sé si mi madre sospechó lo que
pasaba; si sospechó y se valió de una estratagema para alejarme, Dios se lo haya perdonado. El caso fue
que mi madre recibió una de Cádiz, en la que decían que era conveniente que yo volviese cuanto
antes. Allí nadie supo decir quién había escrito esta . Todavía faltaba cerca de un mes para la salida
de la fragata Maribeles, donde tenía que embarcar.
Estuve por volver a Lúzaro, pero vacilé; ¿qué pretexto iba a dar a mi madre?
Siempre me inspiró más temor que otra cosa. Yo no sospechaba el estado de la Shele. De sospecharlo,
me hubiera decidido a volver y a casarme con ella, saltando por todo.
Llegó la época de entrar en la Maribeles y de perder hasta el recuerdo de las personas conocidas.
Tardamos seis meses en llegar a Manila y estuvimos allí dos. Recogí varias cartas de mi madre, y entre
muchas noticias para mí indiferentes me comunicaba que la Shele se había casado.
Cuando supe esto, me figuré que, como dice todo el mundo, las mujeres son volubles e ingratas, y pensé
que la Shele me había olvidado con la ausencia.
Escribí a uno de los amigos de Lúzaro preguntándole lo ocurrido con ella.
Meses después pude recoger en Cádiz dos cartas suyas en contestación a la mía. En una me decía que
la Shele se había casado, o, mejor dicho, la había casado mi madre con el hijo de Machín, un mozo estúpido
y borracho, a cuyo padre habían tenido que dar dinero y tierras para permitir que su hijo se casara con
la Shele, que estaba embarazada. En la segunda me decía el amigo que la Shele acababa de morir de
sobreparto en el caserío de Machín.
Al saber esto me entró una desesperación profunda. Intenté marcharme del barco; pero el capitán notó
algo en mí y no me lo permitió.
Tenía que zarpar la fragata, y hubo que seguir adelante. Los seis meses de viaje a Filipinas los pasé
desesperado. Mi cólera y mi rabia llegaban a ponerme como enloquecido, y una porción de ideas furiosas
me venían a la imaginación.
Poco a poco mi cólera disminuyó, y se fue convirtiendo en una profunda melancolía. Todo me parecía
triste: en la cosa más sencilla e inocente encontraba motivo para una reflexión lúgubre. Llegaban a
molestarme tanto estas ideas que, para ahogarlas, tomé la costumbre, al llegar a Manila, de ir a las tabernas
a emborracharme.
En una de ellas encontré, por mi desdicha, a Tristán de Ugarte, que ha sido para mí uno de esos hombres
providencialmente funestos, seres reclamos del mal que se ponen en el camino para arrastrarnos al
vicio y a la ruina.
Ugarte estaba de piloto en un barco negrero; se había marchado de él hacía unas semanas, y llevaba
una vida de riñas y francachelas. Se hallaba cansado del mar, de la vida agitada del barco negrero, y quería
recalar en un rincón y pasar unos años carenándose.
Yo le dije que a mí, por el contrario, me faltaba la vida agitada como la que llevaba en el Asia con Sil
Wilkins; batirme todos los días, pasar a cuchillo al que se me pusiera por delante, y morir cualquier día de
un, balazo en la borda de un barco.
-Hombre, vamos a hacer una cosa -me dijo él.
-¿Qué?
-Vamos a cambiar de destino y de estado civil. Tú te vas al negrero y te llamas Tristán de Ugarte; yo…
-No puede ser -repliqué-. En el barco en donde yo estoy no te van a tomar con mis papeles y con mi
nombre.
-No importa. Yo no pienso ir a tu barco. Voy a comprar unas tierras en Filipinas, y me gustaría usar tu
nombre mejor que el mío.
-Entonces, sí.
-Pues nada. Yo me llamo desde ahora Juan de Aguirre; y si tú quieres entrar en El Dragón como piloto
y con mi nombre, ahora mismo le escribo al capitán, que es un paisano.
-Bueno, escríbele. ¿Dónde está el barco?
-En Batavia.
Se puso Tristán a escribir la y cuando concluyó me la dio. Cambiamos de papeles. Éramos, poco
más o menos, de la misma edad y de la misma estatura. Él de Elguea, yo de Lúzaro, teníamos el mismo
acento. La sustitución era fácil.
Dejé salir la Maribeles, y unos días después iba a Batavia y entraba en El Dragón con una absoluta
inconsciencia.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
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De negrero
Capítulo II
El capitán Zaldumbide era un vasco francés. Me recibió amablemente, me llevó al alcázar de popa, y
hablamos. Me preguntó dónde había navegado, y me expuso con gran claridad todos los peligros que corría
al entrar en El Dragón.
Al ver que yo aceptaba a pesar de esto, no hizo objeción alguna. Las dos condiciones para desempeñar
el cargo eran ser un buen piloto y hablar vasco. Las dos las reunía yo. Ya aceptado, me enseñó la cámara
que había que ocupar cerca de la suya. Me hizo observar que las dos estaban blindadas y teñían ventanas
con rejas.
No voy a contar las peripecias de mis viajes; fueron, poco más o menos, las mismas de todos los que
se lanzan al mar a buscar aventuras.
El capitán Zaldumbide me trataba con mucha atención. Era, relativamente, buena persona, aunque muy
desigual y poco lógico. Tenía por norma la arbitrariedad más absoluta; ahora que, dentro de su arbitrariedad,
y desde su punto de vista, era justo.
Sus dos caracteres más salientes eran el fanatismo religioso y la avaricia. A pesar de las muchas brutalidades

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