Пио Бароха. Желания Шанти Андиа. Pío Baroja. Las inquietudes de Shanti Andía
Uncategorized August 2nd, 2006
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Yo, algo impaciente, me levanté y la dije:
-Nada, tú decidirás. Yo ya te he indicado lo que te puede pasar. No sé qué aconsejarte.
La muchacha suspiró más fuerte, y viendo que me disponía a salir, me detuvo.
-No, no me deje usted.
-¿Qué quieres que haga?
La Shele pensó un momento y dijo:
-¡Escríbale usted al señorito Juan!
-Le escribiré, pero va a tardar mucho en saber la noticia. Si ha salido de Cádiz, hasta dentro de un año
no vamos a poder tener noticias suyas.
-Entonces dígale usted a la señora lo que me pasa. A ver qué quiere hacer conmigo.
La pobre muchacha me dio lástima. Se entregaba a su suerte adversa, como un cordero que llevan al
sacrificio.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
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La venta de la ternera
Capítulo III
Yo insinué varias veces, hablando con doña Celestina, después de comunicarle lo que ocurría a la
muchacha, que debía dar cuenta a su hijo de lo que pasaba con la Shele; pero comprendí que era inútil y
que estando en su mano no había de hacer nada con ese fin.
Sabía que Juan de Aguirre navegaba en la derrota de Cádiz a Filipinas, pero ni la Shele ni yo pudimos
averiguar en qué barco. A pesar de todo, le escribí, y la carta no debió llegar, porque no tuve contestación.
Mientras tanto, doña Celestina y el vicario habían decidido casar a la Shele. Como sabes, aquí los matrimonios
que se hacen entre la gente del campo, atendiendo sólo al dinero, se llaman la venta de la ternera.
En el caso aquel no era la venta corriente, sino la de una res estropeada y enferma, y había que dar
mucho dinero encima para sacarla de casa.
-Nada, hay que llevarla de aquí cuanto antes -dijo el vicario-; que vaya a vivir a otro pueblo o a un caserío
lejano, y nadie tendrá en cuenta si la criatura ha nacido antes o después del plazo legal.
-Sí, es lo más conveniente -añadió la señora de Aguirre ¿A usted qué le parece, doctor?
-Yo digo lo de siempre: antes consultaría con Juan -replicaba yo.
-Juan no vendrá aquí hasta dentro de cuatro o cinco años.
-Y mientras tanto, ¿cómo se evita el escándalo? -exclamó el vicario.
-No, no; si eso no puede ser -repuso doña Celestina-. Es perder el tiempo hablar de Juan. Aquí lo único
es encontrar un marido y casarla.
-Creo lo mismo que doña Celestina -agregó el vicario.
-Pues vamos a ver quién nos convendría. Yo conozco a todas las familias.de los caseríos… El mozo de
Olazábal está casado, el de
Olazábal Aspicua es muy joven, el de Endoya se ha ido a Somorrostro…
-En Iturbide hay un muchacho carbonero…-insinuó el cura.
-Pero ésos son unos salvajes -replicó doña Celestina-. No quiero que la Shele vaya allí. La tratarían muy
mal.
-¿Y Machín? -preguntó el cura-. ¿Machín el mozo?
-¿El de mi caserío?
-Sí.
-Pero ¿no es tonto ese muchacho?
-¡Ah! ¡Claro! No vamos a encontrar un hombre perfecto como los de la Constitución del año doce.
El señor vicario se permitía alguna bromita de cuando en cuando contra las ideas liberales.
-Entonces, ¿qué? ¿Le llamaremos a Machín?
-Me parece lo mejor.
-¿Al padre?
-Al padre y al hijo. Se les explica lo que pasa y veremos las condiciones que ponen.
-Bueno; pues les llamaremos.
Presencié la entrevista en la cocina. Era una escena triste; daba una idea bien miserable de la
humanidad. Machín padre y Machín hijo estaban los dos arrimados al fuego en la cocina.
-De manera -decía doña Celestina con voz imperiosa- que yo le doy a la Shele, cuatro onzas y dos
vacas.
-Y las azadas y el trillo -añadía Machín el viejo.
-Bueno, y las azadas y el trillo. ¿Con esto estamos ya conformes?
-Es que… -decía Machín padre, rascándose la cabezacomo la chica ha quedado en ese estado, yo no
sé si estará bien…, porque las gentes dirán que…
-Eso ya os lo he dicho antes. La muchacha está en ese estado. Ya lo sabemos. Con que resolved de
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una vez: sí o no. O decid qué queréis más.
-El caso es -murmuró el viejo- que hay un trozo de tierra cerca del barranco que no pertenece a nuestro
caserío y mi mujer dice que debían dárnoslo a nosotros sin subir la renta… Yo no digo nada, pero mi mujer…
-Bueno: la tierra esa será para vosotros.
La conversación continuó así, con un lujo de detalles de esa avaricia campesina tan repugnante, y cuando
llegaron a un arreglo definitivo, doña Celestina gritó a sus hijas:
-¡Que venga la Shele!
Vino la Shele, pálida, con los ojos bajos y las ojeras moradas.
-Hemos quedado de acuerdo en que te casarás con este joven.
-Bueno, señora -contestó ella, con una voz débil como un sollozo.
-¿No dices nada?
-Nada, señora.
-Bueno; ya lo sabes. Dentro de unos días será la boda.
-Está bien, señora.
Machín el joven sonrió, queriendo echárselas de malicioso, y el viejo siguió dando vueltas en su cabeza
al pensamiento de si podía sacar alguna cosa más de la señora de Aguirre.
Ésa es la moral tradicional de las gentes ricas. Se destroza una vida, se deja un hijo sin padre, se lleva
la desolación a una familia. Y se dice se ha salvado la honra de una casa; se ha salvado la sociedad.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
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El final de la Shele
Capítulo IV
-Siempre que pensaba en la Shele -siguió diciendo el médico viejo- tenía el presentimiento, muy lógico
en el fondo, de que había de acabar mal.
Hubiera quedado muy sorprendido si en el transcurso de los años hubiese sabido que la Shele vivía tranquila
y feliz con su marido.
Cuatro o cinco meses después de esta escena que le he contado de los preliminares de la boda, me llamaron
del caserío de Machín. La Shele había tenido un hijo fuerte, robusto, pero ella estaba enferma.
La encontré la primera vez que fui a visitarla muy quebrantada y con un principio de fiebre.
Pasó un día y otro día. La pobrecilla no mejoraba. Cualquier cosa, la menor palabra, la hacía llorar.
Doña Celestina me llamó reservadamente.
-¿Qué le pasa a la Shele? -me dijo.
-Que está mal.
-Pero ¿no mejora?
-No.
-¿Qué tiene?
-Tiene un estado de excitación continua, y creo que padece una lesión cardíaca, que el embarazo y los
disgustos han exacerbado.
Doña Celestina se inmutó, porque, aunque mujer orgullosa, tenía buenos sentimientos.
-¿Usted cree que el matrimonio con ese hombre habrá contribuido…?
-Es posible, pero no es fácil asegurarlo.
No quise tranquilizarla. Que pesara sobre su conciencia la brutalidad que había hecho.
Seguí visitando a la Shele diariamente. No había manera de hacerla reaccionar. Estaba decidida a dar
un adiós definitivo a la vida.
Ante una resolución tan firme de morirse, todos los planes terapéuticos se estrellan.
A los quince días hubo que confesar y dar la -unción a la Shele.
Doña Celestina y sus hijas fueron a verla.
Adornaron el cuarto de la enferma de blanco, lo cubrieron de sobrecamas y trajeron flores y estampas
religiosas. En el momento de darle el viático había unas mujeres en el pasillo del caserío con velas encendidas.
La Shele era muy cariñosa, y sin duda de verse mimada en aquel trance se encontraba alegre y sonriente.
Por la mañana murió la pobrecilla .
…………………………………………………………………………………………………………………………………………………….
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El médico viejo dejó de hablar y se quedó mirándome, buscando conocer mi opinión.
-Sí, es horrible -dije yo- esa falta de respeto por la vida ajena. ¡Cuánta gente no se habrá sacrificado por
esas ideas del rango y de la posición social que, después de todo, no sirven para nada! Son restos del feudalismo.
-Eso es. Es verdad.
-¿Y qué dijo Machín al oírle contar a usted esto?
-Se puso como un loco. Lloraba desconsolado. ¡Pobre madre, lo que la hicieron sufrir! -murmuró varias
veces.
Luego dijo con voz iracunda:
Ahora le pegaría fuego al pueblo entero.
Después, más tranquilizado, me pidió que le dijese cómo era; si se parecía a él, si no se parecía; y cuan-
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do yo le indiqué que su padre se había portado mal, replicó:
-No, no; él tampoco tuvo la culpa.
-Me habló de que por tu mano había recibido un manuscrito de su padre y prometió enviármelo.
-¿Y se lo envió a usted?
-Sí, lo he leído ya; por cierto que no sé qué hacer con él. Creo que tú eres el más indicado para guardarlo.
De manera que llévatelo.
Cogí el manuscrito, lo llevé a casa y comencé a leerlo en seguida.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
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Libro séptimo
El manuscrito de Juan Aguirre
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Resolución desesperada
Capítulo I
He sido educado con una gran severidad de principios. Mi madre me inculcó la idea de que mi-posición
me obligaba a ser más rígido que los demás.
Yo, en el fondo, era un muchacho atolondrado, de buen corazón, aunque un tanto violento.
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