Пио Бароха. Желания Шанти Андиа. Pío Baroja. Las inquietudes de Shanti Andía
Uncategorized August 2nd, 2006
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-¿Tanto se parece?
-Es idéntico.
El tal Machín era un tipo raro en todo: en su conducta, en sus parecidos y en las simpatías y antipatías
que despertaba.
Días después, una mañana de otoño muy clara y muy hermosa, Machín, con su criado, se embarcó en
la goleta. Pasaron días, semanas, han pasado años: no ha vuelto a saberse más de él.
El día de mi boda, al llegar a casa de mi madre, Mary abrió el sobre que me había dado Machín. Cayeron
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sobre la mesa una porción de papeles. Eran acciones de minas, títulos de la Deuda…, una fortuna. Entre
ellos había una carta que decía así:
Al escribir esta carta se veía que Machín había arrugado el papel y lo había mojado con sus lágrimas.
Machín, nuestro enemigo, se convertía en nuestro protector y nuestro pariente.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
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Mi querida Mary: La carta de tu padre que me trajo tu marido hace algún tiempo me reveló que tú
y yo somos hermanos, hijos del mismo padre. Shanti, a quien tanto he odiado, es pariente mío, casi
hermano.
Yo soy hijo de Juan de Aguirre y de una muchacha sirvienta
de casa de nuestra abuela. No le culpo a mi padre del abandono en que me han tenido. La fatalidad
lo ha dispuesto así.
Tu marido y tú tendréis seguramente la idea de que soy un hombre perverso y dañino. No he podido
ser otra cosa; todo el
mundo me hizo sufrir cuando era un miserable; yo he contestado haciendo sufrir a los demás cuando
he sido poderoso.
La bondad es la fuerza de los privilegiados. La envidia y la tristeza del bien ajeno son enfermedades
del espíritu. Los que han luchado y se han agitado en los antros donde se muerden los pestíferos están
contagiados.
No todo el mundo puede ser sano ni todo el mundo puede ser bueno. Yo aún no lo puedo ser, y
como no lo puedo ser, al enviarte esta dote a ti, hermana mía, para que puedas vivir con tu marido,
pienso que ésta es mi venganza, la venganza del sarnoso contra el sano, la venganza del miserable
con el descendiente de la familia considerado y mimado.
Adiós, querida hermana. Felicidades.
Juan
Libro sexto
La Shele
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Habla el médico viejo
Capítulo I
Unos días después de mi matrimonio, el médico viejo me encontró en la calle y me dijo con grandes
extremos que fuera a su casa. Me tenía que hablar. Fui después de comer; pasamos a un despacho con
armarios, que tenía en las paredes unas láminas anatómicas bastante desagradables; el doctor me hizo
sentarme en una poltrona y me dijo:
-Sabrás que se marchó Machín.
-Sí, ya lo sé.
-¿Sabes a qué se debe el cambio que hizo con relación a tu novia y a ti?
-No.
-Pues a lo que le conté el mismo día que fuimos a verle, en este despacho. Estaba ahí sentado, donde
tú estás. Al principio me oía irónicamente, con aquella sonrisa dolorosa que le caracteriza; pero cuando le
conté lo que te voy a contar a ti se transformó. Lloraba como un chico. No creía que tuviera el corazón tan
blando. Yo mismo me conmoví.
-¿Y a qué se refiere lo que me va usted a contar?
—Se refiere al padre y a la madre de Machín.
-¿Los ha conocido usted?
-Sí.
-¿A los dos?
-A los dos.
………………………………………………………………………………………………………………………………………………
El médico empezó así:
-Hace ya más de cuarenta años acababa yo de venir de Régil, en donde estuve dos añós de médico.
En aquella época Lúzaro no era como ahora; había cuatro o cinco familias que mandaban, y entre ellas
la de Aguirre y la de Andonaegui eran de las más principales e influyentes.
Siendo médico aquí, había que estar bien con ellas, so pena de perecer y no tener una visita.
Yo iba con mucha frecuencia a casa de tu abuela, que por entonces se había quedado viuda.
Tu abuela tenía en casa una muchacha que era ahijada suya, y a quien llamábamos la Shele. Yo bromeaba
mucho con ella cuando iba a tomar café a Aguirreche.
-¿Qué hay, Shele? -la decía.
-Nada, señor médico.
-¿Cuándo piensas casarte?
-Cuando me quieran —contestaba ella con gracia.
-¿No tienes novio todavía?
-No.
-Pues ten qué estás pensando?
Ella sonreía mientras llenaba las tazas de café. La Shele era muy bonita, muy modosita, muy fina. Era
este tipo vascongado, esbelto, que tiene algo de pájaro. Muchas veces yo pienso -añadió el médico viejoque
nuestra raza no es fuerte. Esto no lo digo delante de un forastero, no, jamás. Esta raza vasca es bonita,
fina de tipo, pero en general no es fuerte. Tiene más resistencia la gente del centro: aragoneses, riojanos
y castellanos. Ésta es una raza vieja que se ha refinado en el tipo, aunque no en las ideas, y que no
tiene mucha fuerza orgánica. Tú habrás visto que aquí una muchacha se casa y al primer hijo se le caen
los dientes, parece que se le alarga la nariz… Pero me alejo de mi historia. Vuelvo a ella.
Una mañana de invierno muy hermosa y muy clara me llamaron para ira Aguirreche. Hacía pocos días
que tu tío Juan había marchado a embarcarse a Cádiz.
-Esto es un hospital -me dijo tu abuela-. Todos estamos enfermos.
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Vi a tu abuela, a tu madre, a tu tía Úrsula, y al marcharme me dijeron:
-Espere usted, que también la Shele está mala.
Entró la muchachita, muy pálida y muy triste, y saludó, sin levantar los ojos del suelo.
-Vamos, acércate -le dijo tu abuela.
Pude notar que la Shele sufría y que las comisuras de sus labios temblaban como por un sufrimiento
contenido.
-¿Qué tiene esta muchacha? -pregunté yo alegremente.
-Debe estar enferma del estómago -dijo tu abuela- Tiene vómitos, está ojerosa.
Contemplé a la muchacha, que bajó la vista; le tomé el pulso, y dije:
-Que vaya a mi casa y la reconoceré más despacio.
-Bueno, ya irá. ¿Cree usted que tendrá algo grave?
-Ya veremos.
Me despedí de la familia y seguí haciendo mi visita.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
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La confesión
Capítulo II
Acababa de tomar café; estaba charlando con mi madre y mi hermana en esa pequeña galería de
cristales que da a la huerta, cuando entró la Shele. Acudí a su encuentro, la pasé al despacho y cerré la
puerta.
-Siéntate -la dije.
La muchacha se sentó y yo comencé el interrogatorio.
-¿Hace mucho tiempo que estás en Aguirreche?
-Sí, ya va a hacer mucho tiempo.
-¿Cuántos años tienes?
-Dieciocho.
-Tus padres están en un caserío de la familia Aguirre, ¿verdad?
-Sí, señor.
-¿Les tienes cariño a los de tu casa?
-Sí, señor. -¿A la señora y a las señoritas?
-Sí, señor.
-¿Y al señorito Juan?
-También.
Y la muchacha se ruborizó. Yo continué con mis preguntas.
-¿No quieres marcharte de Aguirreche?
-No, señor.
-¿No tienes confianza en mí?
La muchacha me miró extrañada, preguntándose, sin duda, por qué le dirigía estas cuestiones. Yo seguí
el interrogatorio. -Digo si tienes confianza en mí. Si crees que soy un hombre malo.
-¡Un hombre malo! No, no, señor.
-¿Entonces tienes confianza en mí? ¿No crees que yo te quiera hacer daño?
-No, no, señor; yo no he dicho eso.
-Ya sé que no lo has dicho; te lo advierto para que sepas que soy tu amigo, que te quiero bien.
¿Comprendes?
-Sí, señor. Entonces ya le dije claramente lo que tenía que decirle.
-Tú has tenido amores con el señorito Juan, verdad?
-No, no, señor.
-¡Para qué negarme la verdad! Tú has tenido amores con él, y lo que te pasa es la consecuencia natural…
¿Comprendes?
La Shele calló y bajó la cabeza.
-¿Te prometió casarse contigo? ¿Te engañó?
-No, no me engañó; no me prometió nada.
-¿Sabe en qué estado te encuentras?
-No, no lo sabe.
-¿Y por qué no se lo dijiste antes de que se marchara?
-Me daba vergüenza. La muchacha ocultó la cara entre las manos y comenzó a llorar en silencio.
-¡Ay ené! -decía de cuando en cuando, sofocando un suspiro.
Yo la contemplaba emocionado.
-Bueno, cálmate -la dije-. Aquí el único que sabe tu estado soy yo. ¿Qué piensas hacer? Vale más que
te resuelvas pronto, antes de que noten tu estado. ¿Comprendes?
-Sí, señor.
-¿Qué te parece que hagamos? ¿Le escribimos a Juan?
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-Bueno.
-¿Sabes sus señas?
-Sí; va de Cádiz a Filipinas en un barco.
-¿No sabes más?
-No.
-Debías enterarte del nombre del barco.
-Bueno. Ya me enteraré.
-Y mientras llega la carta y la recibe, si es que la recibe, ¿qué piensas hacer? ¿Ir al caserío?
-No; al caserío, no. Mi padre y mis hermanos me pegarán.
-Entonces, ¿quieres que yo se lo diga a la señora para ver qué decide?
-No, no. ¡Ay ené!
-Pues ¿qué vas a hacer? ¿Adónde vas a ir?
-No sé.
La Shele miraba al suelo y suspiraba. Las lágrimas corrían por sus mejillas
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