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Пио Бароха. Желания Шанти Андиа. Pío Baroja. Las inquietudes de Shanti Andía


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tado.
Quizá, en vista de su aire miserable, parte de mi cólera desapareció. Machín nos miró con aire sombrío,
nos saludó y nos dijo:
-¿Qué quieren ustedes?
-Este señor tiene que hablarle -contestó secamente el doctor-. Yo le hablaré después.
Machín levantó la cabeza, asombrado del tono del médico, dispuesto, sin duda, a replicar con violencia;
pero se calló.
-Yo vengo a hacer dos cosas -dije yo-. La una, entregarle a usted este sobre del difunto padre de Mary.
-¿A mí? -preguntó él en el colmo del asombro.
-Sí, a usted -y saqué el sobre y lo dejé encima de la mesa.
-Está bien, muchas gracias -murmuró él.
-La otra, que no emplee usted medios tan miserables y tan indignos como éste -y eché el periódico al
suelo.
Las mejillas pálidas de Machín tomaron un tono rojo, sus pupilas fulguraron; pero no replicó.
Yo también tengo que hablar con usted -dijo el doctor, con severidad.
-Muy bien. Si usted quiere, iré a su casa esta tarde.
-¿A qué hora?
-A las cuatro, si le parece bien.
-Bueno. .
-Pues a esa hora allí estaré.
El doctor y yo nos levantamos, dejamos a Machín entregado a su desesperación, y nos fuimos.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
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La tempestad
Capítulo V
Unos días después, una mañana de octubre, me desperté con el ruido furioso del viento.
«Hoy debe de estar el mar digno de verse», me dije a mí mismo, y aunque todavía no había aclarado,
me vestí, me puse el impermeable y me eché a la calle.
Amanecía una mañana imponente, con un temporal deshecho. El viento mugía en las calles. Las
mujeres y chicos de los pescadores que habían salido al mar estaban en el rompeolas y en el muelle contemplando
el horizonte en actitud de trágica desesperación.
Recorrí el muelle luchando con las ráfagas de aire y subí al cobertizo del atalayero en el rompeolas.
El viejo, con su gorra calada hasta las orejas, envuelto en el sudeste, se asomaba a una de las ventanas
de la atalaya. Tenía la bocina en una mano y el anteojo en la otra. No estaba contento; preveía una
catástrofe.
-Estos pescadores son unos brutos -murmuró-. Quieren salir, haga buen tiempo o malo. Sin comprender
que vale más pasar apuros que no quedar sepultado entre las olas.
El viejo me explicó con detalles varias costumbres de pescadores, que yo ignoraba.
-Los pescadores -me dijo- suelen tener algunos señeros en el Izarra y en Aguiró para que estudien los
cambios atmosféricos. Si las señales son de bonanza, se lo indican a las llamadoras, que se encargan de
ir avisando a los tripulantes de cada chalupa dando fuertes golpes en las puertas de sus casas. Si las
señales son de tempestad, no hay aviso; pero si el tiempo es dudoso, los señeros, en vez de mandar recado
a todos los pescadores, llaman sólo a los patrones, y en el extremo del muelle, al amanecer, discuten
las probabilidades de que haya bueno o mal tiempo. Si no se llega a la unanimidad, entonces se somete el
fallo a votación, se saca una caja de madera con dos compartimientos y dos ranuras. junto a una de éstas
hay pintada una lancha; al lado de la otra, una casa. La lancha quiere decir que se puede salir al mar; la
casa, que hay que quedarse en tierra. La votación suele ser absolutamente secreta. Cada patrón echa su
cartoncito en el lado de la lancha o en el de la casa, y luego se cuentan unos y otros. Si hay más votos para
salir, el que quiera puede ir al mar, y el que no quiera puede quedarse; si la mayoría vota por no salir,
entonces es obligatorio permanecer en tierra, y al que no cumple el acuerdo se le condena a una multa y
se le decomisa el pescado que traiga.
-Hoy -terminó diciendo el atalayero-, después de discutir los patrones, tuvieron en la votación una mayoría
de pocos votos los partidarios de salir. Muchos de los que habían votado por la salida, al ver el cariz
del tiempo, concluyeron por quedarse.
La mañana iba poniéndose cada vez peor. El viento soplaba furioso; las olas, corno montes, subían por
las rocas, llegaban hasta las casas, arrancaban puertas, arrastraban todo cuanto encontraban.
Llegaban rítmicamente, entraban por las ventanas de la atalaya, nos llenaban de agua al viejo atalayero
y a mí, y salían por la escalera de piedra con un ruido de catarata. Algunas veces golpeaban la pared del
cobertizo de tal modo que parecía que un puño revestido por un guantelete de hierro llamaba con fuerza.
El aspecto del mar iba siendo cada vez peor. Según dijo el atalayero, quedaban aún cuatro lanchas fuera
del puerto.
Vi cómo se acercaban dos en medio de las olas. El atalayero, con la bocina, les mandó pararse, y, cuando
vio la ocasión propicia, gritó: ¡Avante!
Las dos lanchas, danzando en el agua, desapareciendo entre las espumas, se acercaron a la barra,
atravesaron las puntas y entraron en el puerto.
-Las otras están allá -me dijo el atalayero, señalándolas-; sería preferible que se alejaran a coger
Guetaria. Deben venir cansados. Si pretenden entrar aquí, se van a perder. ¿Quiere usted decirle a
Larragoyen, el patrón, que prepare el bote salvavidas?
-Sí, hombre.
Salí de la atalaya y crucé el rompeolas. El mar saltaba por los malecones y llegaba hasta las mismas
121
casas, haciendo un ruido de terremoto. Metiéndome por el agua, llegué hasta el ángulo del muelle y dije a
los pescadores lo que pasaba, lo que me había dicho el atalayero. Se soltó el bote salvavidas. Larragoyen
y otros marineros fueron entrando, a pesar de los gritos de sus mujeres. A mí me miraban come diciendo:
¿Qué irá a hacer éste? Salté al bote, y Larragoyen, con una galantería marina, me dijo que dirigiera yo. La
lancha no tenía timón. Para momentos peligrosos, es más conveniente un remo largo, bien sujeto a popa,
haciendo de espadilla. Todas las mujeres y chicos nos contemplaban con ansia. Era un momento aquél por
el cual yo tenía la certidumbre de que había de pasar alguna vez en mi vida.
Quizá mi sino era morir así, en el mar, de héroe, y que los chicos de mi pueblo hablaran de Shanti Andía
como de un personaje de leyenda.
La primera impresión al entrar en el bote fue de sofocación; los sudestes y citas de los pescadores echaban
un olor, mezcla de aceite de linaza, de pescado frito y de agua de mar, muy desagradable.
Esperamos a ver lo que ocurría, los seis hombres en los remos; yo, de pie, en el timón. Una de las barcas
pasó; la otra, según dijeron, se perdía.
-¡Hala! ¡Fuera! -dije yo.
Salimos de las puntas. El horizonte se llenaba de nubes negras, cuyas formas cambiaban continuamente;
a lo lejos, en el fondo del cielo, cerca del agua, se veía una barra negrísima, cuyo borde superior
tenía un tinte cobrizo. Las olas, enormes, amarillas, venían de tres o cuatro partes diferentes y se rompían
en un torbellino de espumas.
En ese momento, Larragoyen, quitándose la boina, dijo: .
-Un padrenuestro por el primero de nosotros que sé ahogue.
Confieso que la cosa me hizo muy mal efecto. Rezaron todos; yo miraba a lo lejos. El atalayero nos gritó
que no fuéramos directamente hacia donde había zozobrado la lancha, sino dando la vuelta.
Así lo hicimos. Realmente la tormenta era ruda, pero manejable; el viento soplaba siempre del mismo
lado, sin cambiar apenas. El bote saltaba como un delfín sobre las olas.
Estos peligros grandes y aparatosos quitan el miedo, sobre todo si uno tiene que asumir la responsabilidad;
entonces dan la impresión de un problema de matemáticas que hay que resolver. Desde el mar, el
espectáculo de la tierra era extraño. El pueblo entero parecía invadido por las olas y las espumas.
Por intervalos llegaba una ola casi cilíndrica, como hueca, más voluminosa que las otras. En vez de
recibirla de través, maniobrábamos para cogerla de frente, o, por lo menos, en un ángulo lo más acentuado
posible.
Esta maniobra de defensa nos obligaba a inclinarnos y a perder el rumbo. Dimos la primera vuelta,
pasando por el sitio donde había zozobrado la lancha, y recogimos a dos náufragos; luego volvimos a dar
otra vuelta y pudimos salvar a otro; a la tercera vuelta, no encontramos a nadie.
Faltaban Agapito, el novio de Genoveva, y tres muchachos más. Nuestros remeros estaban rendidos.
Nos acercábamos a las puntas, y el atalayero, con la bocina, nos mandó detenernos.
Yo le dije a Larragoyen que me parecía mejor seguir e intentar pasar la barra lo más pronto posible. Ir a
guarecerse a Guetaria, con la gente cansada y anhelante, me parecía peligroso. Larragoyen nada dijo.
El sostenerse allí era casi tan peligroso como pasar. Después de las tres olas fuertes, los golpes de mar
de ordenanza, como las llaman los marinos, venía un momento de relativa calma. Este momento creía yo
que se debía aprovechar para atravesar la barra; pero los hombres estaban rendidos.
Yo empecé a ver la cosa mal; los hombres se encontraban jadeantes, demasiado cansados para hacer
un esfuerzo verdadero y eficaz.
Nuestra inquietud iba en aumento; la moral de nuestros remeros desfallecía. A mí me sostenía la idea
de la responsabilidad. Desde donde estábamos, a veces, se oían las conversaciones de la gente en e

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