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so,
aprovechando la marea baja, podía ir avanzando por las rocas, nadar hasta la gruta del Izarra, y salir, como
en la infancia salimos Recalde y yo; pero el viaje era peligroso, y, además, no me hacía ninguna gracia la
perspectiva de entrar solo en aquel agujero.
Lo mejor era tener paciencia. Mi madre habría dado parte de mi desaparición. Al ver que llegaba la
mañana y no aparecía, la pobre estaría desesperada, pensando que quizá me habría ocurrido alguna desgracia.
Comenzaron a salir las lanchas pescadoras. Grité, pero iban demasiado lejos para que me oyesen; tampoco
era fácil que me pudieran ver. Entonces me acordé del recurso que el atalayero solía emplear para
comunicarse con los pescadores a gran distancia: el de hacer la ahumada. Me registré los bolsillos, tenía
fósforos. Allí no había paja, pero sí zarzas.
No quería gastar los fósforos en intentar encender hierbas demasiado húmedas, y fui cortando las
zarzas y los hierbajos más secos con el cortaplumas, y los puse en una concavidad de la roca resguardada
del viento.
Esperé a que saliera el sol y secara un poco la maleza cortada.
Intenté encenderla sin papel; no pude. Me registré los bolsillos. Guardaba unas cuantas cartas de Mary.
Era indispensable, había que sacrificarlas. Encendí una, luego otra, y a la cuarta, una hermosa hoguera se
levantó del peñasco.
¡Qué efecto más extraño debía producir desde lejos esta roca solitaria, con su penacho de humo en el
aire!
«A ver si los que ven el humo creen que es algo diabólico y no se atreven a venir», pensaba yo.
Realmente, aquella llama en el vértice de la roca debía tener el aspecto de algo sagrado y religioso.
Cuando se calentó el hornillo de la roca, ardían lo mismo las hierbas secas que las verdes, pero pronto
dejé talado todo el peñasco, sin el menor rastro de vegetación.
Pasó una hora y otra; llegó el mediodía. Impaciente, escudriñaba el mar. Nadie se acercaba.
Desalentado, en un momento de cansancio y de debilidad, me tendí al sol y quedé dormitando. Me despertó
una voz y el ruido de los remos. Una trainera llegaba en mi auxilio. En ella venía Agapito, el novio de
Genoveva, y otros marineros. Al verme tendido se asustaron, creyéndome muerto.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
117
Unos chicos de un bote contaron espantados en Lúzaro que habían visto fuego en Frayburu.
Mary, mi novia, les instó a Agapito y a sus amigos a que se acercaran a Frayburu, suponiendo que quizá
fuera yo el que me encontraba en el peñasco.
No quise decir quién había sido mi secuestrador; pero todo el mundo lo comprendió.
Los de la lancha me dijeron que me limpiara la frente, pues la tenía manchada de gotas de sangre por
los pinchazos de las zarzas.
Al llegar al muelle vi a mi madre y a Mary, que me esperaban. Las dos me abrazaron llorando.
-Ahora, abrazaos vosotras -les dije yo.
Y mi madre estrechó a Mary contra su pecho y la besó varias veces efusivamente.
El juez me interrogó por si sospechaba quién podía ser el secuestrador, pero yo declaré que no tenía
ningún indicio.
Después supe que la maquinación de Machín no se había limitado a llevarme a mí a Frayburu. La misma
mañana envió una a Mary, citándola a la salida del pueblo, firmada con mi nombre; pero la Cashilda
y mi novia sospecharon un lazo, e interrogando al chico que llevó la , averiguaron que procedía de
Machín. Al saber luego que yo había desaparecido, comprendieron el plan del poderoso enemigo nuestro.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
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Ardides de guerra
Capítulo IV
Al ver a Machín de nuevo, comprendí que se había declarado entre los dos una guerra a muerte. Él, con
su dinero y su influencia, podía hacerme mucho daño; yo tenía de mi parte a casi todos los pescadores y
marineros, dispuestos a defenderme.
No era fácil que mi enemigo me cogiese desprevenido como la, otra vez; contaba con una policía espontánea
que vigilaba mis pasos.
Mi madre estaba deseando que me casara cuanto antes, pero había que pedir dispensa por razón de
parentesco; en la partida de bautismo de Mary aparecía como hija legítima de Juan de Aguirre y Lazcano.
Un día, al volver a casa, me encontré con que habían dejado un bulto para mí. Era una caja de unos
veinte centímetros en cuadro, muy empaquetada y llena de sellos de lacre.
-¿Qué es eso? -me dijo mi madre.
-No sé.
-¿Has pedido algo?
-Yo, no.
-Pero ¿esperas alguna cosa?
-Ninguna.
Desaté el paquete, le quité el papel, y apareció una caja de metal con su asa, y en ésta una llave sujeta
por un cordón. En la tapa, en una banda de papel pegada, decía: «Muy reservado. Para abrirla a solas».
Estaba soltando la llave para meterla en la cerradura, cuando mi madre me dijo:
-No la abras; no sé por qué me parece que viene algo malo para ti dentro.
Me detuve. La verdad es que esta caja con su advertencia era sospechosa. Pesaba lo menos tres o cuatro
kilos. La dejé sin abrir, cogí los papeles que la envolvían, y miré a ver si en ellos había alguna indicación
de su procedencia. Nada; no había nada. Llamamos a la criada, que era una muchacha nueva.
-¿Tú has recibido esta caja? -le pregunté.
-Sí.
-¿Quién la ha traído?
-Un hombre.
-Me lo figuro. Pero ¿qué hombre? ¿Un hombre de aquí, del pueblo?
-No; yo al menos no le conocía.
-¿Cuándo ha venido?
-Un poco después de llegar la diligencia.
-¿Y qué ha hecho?
-Nada; ha preguntado por usted, ha dejado el paquete y se ha ido.
-¿Le has visto luego en la carretera?
-No.
-¿Ha pasado la diligencia en seguida?
-Sí; no ha tardado mucho.
-¿De manera que se ha podido marchar en el coche?
-Sí, muy bien puede ser.
A la mañana siguiente, cuando pasó Samson, el cochero, le pregunté si recordaba las señas de un hombre
con una caja, que había venido en el coche el día anterior; pero no recordaba más que de un carnicero
con una cesta y de una mujer con un saco.
No tenía mucha confianza en Samson, porque era hombre muy marrullero, y no quise preguntarle más.
Hablé del caso a Garmendia, el farmacéutico, y éste me dijo:
-Lleve usted la caja a la botica, y veremos lo que tiene dentro. Por la noche la cogí y la llevé.
-Indudablemente, aquí, si hay algo peligroso, debe estar en abrir la caja con la llave. Vamos a atacarla
119
por otro lado.
Garmendia mandó un recado a Zapiain, el relojero, pidiéndole un taladrador de metales, y cuando volvió
el mancebo de la botica con él, nos pusimos los dos a horadar la caja por uno de los lados. La caja era
fuerte y nos costó mucho tiempo el conseguir hacer un agujero. Hecho éste, metimos una aguja y miramos
a ver si salía algo del orificio. Al poco tiempo salió un polvo negro.
-¿Qué será esto? -pregunté yo-. Parece pólvora.
-Lo es-contestó Garmendia-. El que le ha mandado a usted esto no es un amigo. Probablemente si llega
usted a intentar abrir la caja, lo hubiera usted pasado muy mal.
Hicimos otro boquete en el metal y sumergimos la caja en agua para que la pólvora se humedeciese, y
a los dos Oías, cuando ya se notaba que toda la pólvora estaba mojada, abrimos la caja. Había dentro un
mecanismo ingenioso, formado por varios tubos de pistola en forma de abanico, que disparaban al meter
la llave en la cerradura y abrir la tapa. Según me dijo Garmendia, unos años antes habían enviado una caja
igual al general Eguía, y al abrirla se le destrozaron las manos.
Tampoco quise dar parte a la autoridad de esta tentativa de asesinato de Machín; lo que sí hice fue contar
lo ocurrido a la Cashilda y advertirle que si venía algo de fuera para Mary, no se lo diese. Ella, horrorizada,
me dijo que no tuviese cuidado; si algo llegaba, ella lo detendría y me lo enviaría.
Una semana después, la Cashilda me entregó un periódico de Bilbao que se había recibido para Mary.
Me pareció la previsión un tanto exagerada; pero al leerlo, creí que me había salvado de un peligro tan
grande como el de la caja explosiva.
El periódico traía al principio una que se llamaba «El duelo de Shanti Andía», y contaba mis
amores con Dolorcitas en Cádiz y mi desafío con el marido, todo arreglado de tal manera, dicho con tal perfidia,
que yo aparecía como un miserable completo.
El me produjo una cólera profunda y determiné insultar y abofetear a Machín la primera vez que
lo encontrara.
Ya hacía también aproximadamente un año que había muerto el padre de Mary, y tenía que entregar a
Machín el sobre de mi tío Juan. Mi tío me recomendó que se lo diera en su mano, y pensé hacer las dos
cosas al mismo tiempo: entregarle el sobre y desafiarle.
No sé cómo se enteró el médico viejo de mi resolución; el caso fue que dijo que tenía que acompañarme.
Yo me opuse, pero al fin me convenció. Fuimos juntos alzarte, en coche. Paramos en casa de Machín y
subimos los dos a su despacho. Me chocó ver a mi enemigo de cerca. En poco tiempo se había avejen

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