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cipitó sobre el mar. No duró mucho el imperio de las tinieblas; el cielo, oscuro y sombrío, fue aclarándose,
y la luna, amarilla, enorme, apareció por encima de un montón de nubes y comenzó a iluminar fantásticamente
los acantilados negros de 1a costa y a brillar con reflejos y cabrilleos en las olas.
-Vamos a tener lluvia -dijo el patrón, señalando la luna, rodeada de un halo rojizo.
El viento, que había saltado a otro cuadrante, se hizo fuerte al avanzar la noche, y pudimos navegar de
nuevo. Las velas, ahora retemblaban, se enfurecían, tenían cóleras de algo vivo, brillaban muy blancas a
la luz de la luna. El barco marchaba jugueteando entre las olas negruzcas, llenas de reflejos, de blandos
meandros de espuma; unos, regulares; otros, desgarrados y rotos.
A los lados del barco el agua producía un murmullo, interrumpido por el estruendo de algún golpe de
mar: cuchicheo misterioso y monótono. Las espumas, fosforescentes sobre el lomo negro de las olas,
parecían tritones luminosos que nos perseguían jugando.
Pasamos por delante de la playa de las Animas. Bisusalde, y las casas de Izarte, próximas al acantilado,
se veían a la luz de la luna.
Frayburu seguía en su desolación y en su tristeza. Dimos vuelta al Izarra y comenzamos a entrar en las
puntas.
Las luces del puerto se reflejaban en el mar; brillaba alguna que otra ventana iluminada de la ciudad.
Fuimos penetrando por las calles estrechas formadas por las barcas en el muelle silencioso.
La marcha del patache era lenta; yo les ayudaba a los marineros en la maniobra.
-Ahora mandaré un hombre a que recoja mi equipaje. Me voy, porque tengo prisa -dije.
-Bueno, bueno -me contestó el patrón.
Fui saltando de barca en barca hasta ganar las escaleras del muelle. Estaba desierto. Yo sentía una gran
angustia. Al pasar por el taller de tornero de Zelayeta encontré a mi amigo; le cogí del brazo y le pregunté
lo que se decía en el pueblo de Mary y de Machín. Su contestación me tranquilizó. Era verdad que Machín
galanteaba a la chica, pero ella no le hacía caso.
-Puedes estar sin cuidado -me dijo.
Y ya menos inquieto, fui a casa de mi madre.
Días felices
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
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Días felices
Capítulo II
Al amanecer del día siguiente me levanté muy de mañana. Estaba el tiempo templado. Saqué una silla
al balcón, me senté, y apoyado en la barandilla estuve contemplando el pueblo y la casa donde vivía Mary.
El sol se levantaba, ahuyentando las nieblas; el viejo campanario, las casas, el puerto, la punta del
rompeolas iban apareciendo ante mi vista.
No sé qué influencia deprimente tiene en mí la mañana, que es como una matadora de ilusiones; todo
lo que me parece fácil y asequible de noche se me figura erizado de dificultades al amanecer.
Era demasiado temprano para ir a ver a Mary Estaba impaciente; salí de casa, y en la carretera me
encontré con el médico viejo. Era gran madrugador y salía temprano para su visita. Le saludé, le acompañé,
le dije si conocía a Mary y le pregunté qué se decía en el pueblo de las galanterías de Machín.
-Nada malo. Puedes estar tranquilo. No creo que le haga el amor a Mary. Está correctísimo con ella y la
trata con gran consideración.
-Sin embargo…-murmuré yo.
A pesar de las palabras del médico viejo no me tranquilicé, y con esta tendencia que se tiene a aumentar
el propio mal, le pedí informes de Machín.
-Machín es un hombre de una voluntad de hierro -me dijo el médico-. Tú le conocerás.
-No; no creo haberle visto nunca.
-Pero habrás oído hablar de él.
-Poco.
-Pues Machín es hijo de un caserío de tu abuela. No sé si navegó un poco; pero si navegó, no le tomó
gusto al oficio. Yo solía decir de él, cuando andaba vagabundeando por el pueblo, que era un lord Byron
de taberna. Juan Machín se fue a Bilbao y se confundió con los holgazanes y perdidos de baja estofa que
pueblan de noche el barrio de Miravilla; pero, de pronto, el granuja inútil apareció como un hombre
emprendedor; vino a Lúzaro, tomó las minas de Beracochea, y comenzó a explotarlas. A los cuatro o cinco
años ganaba el dinero de una manera fabulosa. Ya machucho, a los cuarenta años, se ha casado con una
señorita rica y remilgada, pero parece que está harto de su gazmoñería. Los pescadores le odian porque
anda rondando a las chicas guapas del barrio. Respecto a lo que me dices de esa muchacha inglesa que
es tu novia, no creo que se haya dirigido a ella; pero si tú ves que la importuna, dímelo a mí, yo le llamaré
a Machín y le diré algo importante.
Me despedí del médico, que iba a entrar en una casa de la carretera, y me volví al pueblo. No las tenía
todas conmigo. Esperé un poco. El recibimiento que me hizo Mary borró todas mis inquietudes. Salí de casa
de Recalde loco de contento.
Al llegar a mi casa le dije a mi madre que me casaba con Mary; ella no replicó; mas al día siguiente me
dijo que Mary era una buena muchacha, pero que podía haber hecho una boda mejor. Yo le advertí alegremente
que no se trataba de hacer una buena boda, sino de ser feliz.
Escribí a Burdeos diciendo que tardaría en volver algo más de lo que había prometido.
Todos los días esperaba a Mary después de que ella concluía su trabajo, y paseábamos juntos, solos o
en compañía de Cashilda la de Recalde. Nos sentábamos en el rompeolas y veíamos cómo el mar se agitaba
entre las peñas. Algunos amigos me dijeron que Machín me espiaba.
-Ten cuidado -añadían-. Machín tiene malas entrañas.
Me parecía una amenaza ridícula. Era verdad que, al toparse conmigo, me miraba de través; pero no
pasaba de ahí. Machín, apenas estaba en Lúzaro; tenía un magnífico pailebot de recreo, bastante grande,
muy fino, hecho en Inglaterra, y se marchaba a pasear por el mar.
El primer domingo que pasé en Lúzaro fue uno de los días más felices de mi vida. Todo el día y toda la
tarde estuve en compañía de Mary.
Por la tarde, después de comer, cuando fui a casa de Recalde a buscar a mi novia, me encontré con
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Genoveva. Le pregunté por su padre, el gran Urbistondo, y por toda la chiquillería y, aunque ella se oponía
y se ruborizaba, la abracé efusivamente.
A Mary no le hizo mucha gracia el abrazo que di a su amiga, pero se le pasó pronto el enfado.
-¿Qué le pasa a Quenoveva? -le dije a Mary-. La encuentro más pálida y triste que antes.
-Es que está algo enamorada.
-¿De veras?
-Sí.
-¿Y de quién?
-De un chico marinero que tú no conoces, que se llama Agapito. Y él no la hace mucho caso.
-¿No? ¡Qué majadero! ¿Qué más puede desear ese imbécil?
-Si no le parece bien…
Encontraba algo absurdo que un simple marinero desdeñara a una muchacha como Genoveva; pero no
quise discutir con Mary.
Días después era la Exaltación de la Santa Cruz, y había romería en Aguiró, un monte próximo a Lúzaro.
Fuimos Mary, la mujer de Recalde con su hijo y Genoveva con toda la chiquillería de Urbistondo.
Llevábamos una gran cesta, que Genoveva subió hasta la cumbre del monte en la cabeza sin permitir que
nadie le ayudara.
Tomamos por el camino de Elguea. Nunca me había fijado en la belleza de este camino. A un lado
teníamos el monte poblado de robles, de zarzas, de helechos, de toda clase de plantas salvajes y de florecillas
silvestres; al otro lado y abajo, el mar, entre castaños y carrascas.
La tarde del domingo era de una calma y de un reposo absolutos; había en el aire una temperatura y un
olor admirables; la gente subía al monte, y estos aldeanos, por las cuestas, entre el follaje, parecían figuras
de un nacimiento; algo humilde y pastoril.
Hablábamos y reíamos; pero yo en el fondo iba absorto en mi felicidad, gozando de la hermosura del
día, del silencio interrumpido por el ruido del mar, de los perfumes de la tierra en otoño.
Llegamos a la cima del monte donde se celebraba la romería. Entramos en la ermita. Brillaban dentro
las luces, resplandecían los exvotos y el barquito colgado del techo se balanceaba con las velas desplegadas.
En el raso de la ermita, cercado por una tapia baja encalada, unas cuantas muchachas estaban sentadas.
Hubo que comprar una rueda de rosquillas blancas y regalar una a cada uno de los chicos de
Quenoveva y al niño de la Cashilda.
Fuimos después a merendar entre los helechos. Allá abajo, en el fondo, se veía Lúzaro como un pueblo
de juguete. Ni una lancha aparecía en el mar. Después de merendar, nos reunimos todos los romeros en
el raso de la ermita.
-¡Eh, Shanti, hay que bailar! -me dijeron varios viejos pescadores, algunos dándome una palmada en el
hombro.
-Ya lo creo, bailaremos.
Efectivamente; cuando empezó la música, yo fui el primero en sacar a bailar a Mary.
Después de la charanga comenzó a tocar el tamboril. Genoveva miraba a Agapito melancólicamente con
el rabillo del ojo; yo me acerqué a él, y dándole un empujón, le dije:
-Anda, no seas tonto; sácala a bailar.

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