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-El de la cicatriz, seguramente. El otro, sin duda, no quiso dar su nombre.
Me despedí de Itchaso y me fui a mi barco.
No me cabía ninguna duda de que mi tío Aguirre había navegado en El Dragón. Lo que no comprendía
era por qué Ugarte le había cedido su nombre.
Para cerciorarme de la verdad de lo dicho por el viejo de Burdeos, encargué al abogado de la compañía
por cuenta de la cual yo navegaba que se enterase en Londres de si entre las presas hechas hacía unos
treinta años aparecía la de la ballenera de El Dragón.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
107
No tardaron en encontrar lo que yo pedía, y, efectivamente, me enviaron una relación de cómo se había
apresado la ballenera de este brik-barca sospechoso de piratería, a la altura de las Canarias, y una lista de
la tripulación, en la cual se encontraban los nombres de Juan de Aguirre y Tristán de Ugarte.
Que había una relación estrecha entre estas dos personas era, indudable. Pero, ¿cuál? No podía comprenderlo.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
108
Libro quinto
Juan Machín, el minero
109
Mala noticia
Capítulo I
Todas las preocupaciones que me servían para olvidarme un poco de mis inquietudes amorosas fueron
pronto desechadas al recibir una de Genoveva, la hija de Urbistondo.
Genoveva me decía que Juan Machín, el poderoso minero de Lúzaro, galanteaba a Mary. Ella no le
hacía por ahora el menor caso, pero él la perseguía y la asediaba cada vez con más ahínco.
El barrio entero de pescadores se hallaba preocupado con tal persecución.
Al recibir aquella me dispuse a ir a Lúzaro; antes pensaba en esperar a reunir algún dinero para
casarme; ya no vacilé, decidí casarme en seguida. Si Mary quería, por supuesto. Pasaría unos días en
Lúzaro, pondríamos la casa en Burdeos y me iría a navegar.
Firme en mi decisión, escribí a la compañía, pregunté en el puerto si algún barco zarpaba hacia la costa
de España y me metí en un vapor que iba a Bayona.
Recuerdo que hacía un tiempo de agosto pesado, horrible. Los ojos se quemaban contemplando las
playas arenosas, las dunas amarillentas, los estanques rodeados de pinos y la reverberación del mar.
Venía en el barco un indiano vascongado que se embarcó en Buenos Aires en mi barco. En todo el viaje
de América a Europa no se atrevió a hablarme. Debía de ser un hombre muy tímido. Luego, en el vapor
que nos llevaba a Bayona, se acercó a mí y hablamos. Había pasado veinticinco años en las pampas hasta
enriquecerse. No tenía familia y no sabía qué hacer ni en dónde fijar su residencia.
Era todavía un hombre en pleno vigor, grueso, fuerte, de facciones nobles, de pelo gris.
Me dio mucha pena, y al oírle olvidé mis preocupaciones. Aquel hombre era un Hamlet, un Hamlet
campesino, uno de los hombres que me han producido una impresión más triste y desconsoladora.
Este Hamlet indiano me recordó esa canción vasca de un epicureísmo algo grotesco, que dice así:
(En el mundo no hay hombre de tan mala suerte como yo: el enamorar me avergüenza, el beber vino
me emborracha, el fumar en pipa me marea. ¡Ay! ¿Qué me va a consolar a mí?)
Llegamos este Hamlet y yo a Bayona, y yo tuve la suerte de encontrar un patache de cabotaje que iba
a Lúzaro: el Rafaelito. Salía al amanecer. Llevé mis baúles a la barca, me tendí, apoyado en un rollo de
cuerdas, y esperé impaciente la salida. Tenía esperanzas de que hubiera viento, porque la espuma del mar
resplandecía mucho en la oscuridad.
Antes de amanecer nos pusimos en franquía. No había brisa aún, el mar estaba tranquilo, las estrellas
brillaban con un gran fulgor.
Veía ir y venir a las sombras de los marineros por la cubierta y sentía las pisadas de sus pies desnudos.
Sonaron las tres en el reloj de la catedral de Bayona, y el patrón dio la orden de partir. Había seis hombres,
cuatro marineros, el timonel y un grumete.
Salimos llevados por la corriente del Adour, cruzamos por el Boucau, y al rayar el alba, a fuerza de
remos, pasamos la barra.
Los marineros retiraron los remos. Las garruchas de las dos velas comenzaron a chirriar, los anillos corrieron
por las cuerdas y una oscura forma se levantó en el aire, encima de mí. No se movía ni una ráfaga
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Muduan ez da guizonic
Nic aña malura dubenic:
Enamoratzia lotzatzenau
Ardo eratia moscortzenau
Pipa fumatzia choratzenau
¡Ay zer consolatucotenau!
de viento. La noche estaba tranquila y húmeda. A lo lejos brillaba con intermitencias la luz roja del cabo
Higuer.
De pronto la vela se agiró temblorosa, se distendió como con un latigazo; el barco se inclinó de costado
y comenzó a deslizarse volando. El patrón se colocó en la caña del timón y los marineros se sentaron en
las bordas. El mar se cortaba bajo la proa del barco y cuchicheaba dulcemente. Íbamos dejando una estela
blanca, brillante, a la luz del amanecer.
El sol comenzó a abandonar las olas y a subir en el cielo claro y limpio, ahuyentando la bruma; las velas
se teñían por el rojo sol naciente y se hinchaban cada vez más. El patrón hablaba a sus hombres y les
ordenaba tirar de las cuerdas para recoger las velas de cuando en cuando. El grumetillo cantaba a proa
una canción vascongada. Era una canción al mismo tiempo alegre y melancólica, monótona y llena de
variaciones.
Pasamos por delante de Biarritz, con sus rocas, y comenzamos a avanzar por delante de esa línea de
dunas blancas que forma la costa vascofrancesa hasta llegar al promontorio pizarroso de Socoa. Larrun
apareció cortando el cielo, y más lejos, los montes de España.
El viento había aumentado; el Rafaelito volaba como una gaviota; la costa, despejada de brumas, formada
por cantiles oscuros, se veía clara y distinta.
Los cuatro marineros del patache, obedeciendo la orden del patrón, comenzaron a meter a golpes de
mazo una cuña grande al palo más alto para inclinarlo a barlovento.
Estos pataches de cabotaje, como algunas barcas pescadoras, tienen tan malas condiciones marineras
que les es necesario inclinar los palos hacia donde viene el viento, por poco que sea éste fuerte. Marchan
a fuerza de habilidad; cualquiera racha huracanada los puede tumbar.
Un poco antes del mediodía cambió el viento; íbamos dejando atrás la costa francesa, sus suaves y
bajas colinas, sus dorados arenales y sus lajas pizarrosas carcomidas por el mar.
Pasamos Hendaya y Fuenterrabía, dormidos al sol en las márgenes del Bidasoa. Estábamos delante de
Jaizquibel. Era hora de comer. El grumete trajo una cazuela de patatas con bacalao, y comimos todos fraternalmente.
La brisa era cada vez más débil; íbamos avanzando despacio por la costa guipuzcoana.
El comenzar de la tarde fue sofocante; el sol derramaba una lluvia de fuego; el mar se extendía tranquilo,
apenas rizado, sin más olas que algunas pequeñas ondulaciones; con la respiración rítmica de un
buen monstruo dormido; el agua, soñolienta, reflejaba la costa con todos sus detalles en la claridad de
aquella tarde perezosa y espléndida. Yo miraba estas aguas sin pensamiento, con una vaga tristeza.
De cuando en cuando el grumete volvía a su canción. A lo lejos veíamos vagamente los pueblos y el
mar, muy azul, con un azul de Prusia, cerca de la costa. Las rocas de los acantilados aparecían ribeteadas
por una línea negra dejada por la marea, y los arenales húmedos brillaban al sol.
Antes de llegar a Orio, el viento cesó por completo y las velas quedaron inmóviles, arrugadas en sus
grandes pliegues, como muertas en la calma absoluta de la tarde.
Uno de los hombres del patache y el grumete echaron sus aparejos de pesca, mientras los demás
marineros sostenían una larga conversación en vascuence acerca de las divisiones de las cofradías de
pescadores de Lúzaro.
Pasamos así horas, inmóviles, en el mismo sitio. La languidez de la tarde había acabado con mi impaciencia.
Serían las cinco y media cuando el mar comenzó a rizarse con olas redondas, blandas, que fueron
tomando anchura y cuerpo con rapidez. El chico se subió por el palo del patache, como una ardilla, a
arreglar una polea.
El viento volvía de nuevo; comenzamos a navegar despacio. Cruzamos por delante de la costa alta y
escarpada de Orio, pasamos el arenal de Zarauz y dejamos atrás el monte de San Antón, que se dibujaba
sobre el mar como una ballena de color gris.
El sol bajaba en el horizonte, inclinándose hacia el mar; su disco rojo iba dejando las olas como formadas
por un metal fundido. En el cielo aparecían nubes de colores pronunciados y brillantes; dragones de fuego
agitándose en la boca de un horno.
Las grandes nubes escarlata, los estratos oscuros en forma de peces, acabaron por ocultar el sol. En
algún momento se abría una abertura y salía un haz de rayos que llenaba el mar de reflejos de color de
rosa y morados, reflejos que no llegaban al interior de las olas, porque éstas presentaban su hueco en sombra,
de un tono azul verdoso muy pronunciado.
A la altura de Zumaya se ocultó definitivamente el sol, tiñendo de rojo las aguas, y la oscuridad se pre-
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja

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