Пио Бароха. Желания Шанти Андиа. Pío Baroja. Las inquietudes de Shanti Andía
Uncategorized August 2nd, 2006
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nero.
Se izó la bandera holandesa; fue inútil. El crucero inglés no cesó el bombardeo.
Nuestro capitán iba dando órdenes desde la toldilla; echamos el palo mayor al mar, y seguimos navegando.
Al mismo tiempo mandó botar la ballenera, la izamos tirando de las cuerdas y la bajamos al mar por
el lado contrario adonde se encontraba el inglés. Se ató la rueda del gobernalle de El Dragón.
Tristán, el de la cicatriz, dijo al teniente que, si no le parecía mal, iba a abrir un boquete al barco. El
capitán no replicó.
El de la cicatriz y Old Sam bajaron con un berbiquí, un cortafrío y un mazo a la bodega, y se les oyó golpear
por dentro largo rato.
Al cabo de un tiempo salieron los dos a cubierta.
El capitán llevó los planos y los instrumentos de su cámara a la ballenera; algunos sacamos de nuestros
cofres el dinero que guardábamos. Ryp, el cocinero, registró los armarios de Zaldumbide y vino ayudado
por dos amigos con tres cofres de latón.
Otros, por orden del teniente, bajaron los rifles. Embarcamos tres cajas de galleta, agujas, tijeras, todo
lo que pudimos.
La ballenera llevaba un barril de agua y una linterna, que nos serviría para mirar de noche la brújula.
íbamos remolcados por El Dragón y protegidos por él, cuando el capitán cortó la amarra y comenzamos a
alejarnos del barco a fuerza de remos.
El Dragón siguió navegando, hundiéndose lentamente; algunas de las granadas de los ingleses cayeron
en el agua a poca distancia de nosotros. Los del crucero temían, sin duda, alguna estratagema, porque iban
acercándose despacio al barco abandonado.
De pronto El Dragón se detuvo y se puso a oscilar. Parecía un animal moribundo. La proa fue hundiéndose…
hasta desaparecer en las aguas, y la popa se levantó en el aire.
Luego la popa fue bajando y metiéndose en el mar y se formaron torbellinos y grandes olas encima.
Las velas fueron desapareciendo majestuosamente y no quedó ni rastro de El Dragón.
Al hacerse de noche izamos la vela de la ballenera y comenzamos a navegar hacia el norte. El capitán
quería apartarse del derrotero habitual y desembarcar en alguna de las Canarias. Al enterarse de que
habían bajado los cofres de Zaldumbide dijo que lo mejor era tirarlos al mar; pero viendo la protesta de
todos, decidió acercarse a la costa africana, enterrar allí los cofres en un sitio seguro y volver a las
Canarias. Todos convinimos en que era lo más prudente. Llegar a una de aquellas islas con cajas llenas de
oro podía parecer sospechoso. A todo esto no sabíamos a punto fijo lo que había dentro.
Al día siguiente, a media tarde, comenzamos a ver la costa africana; una costa baja, de arena que brillaba
al sol, con alguna colina de trecho en trecho.
Debíamos estar cerca, por lo que dijo el capitán, de la colonia española de Río de Oro; se veía alguna
que otra cabaña de moros salvajes y desharrapados. No nos pareció conveniente desembarcar allá, a
pesar de que estábamos hambrientos. Pasamos por entre las islas Canarias y la costa de África, hasta que
al llegar a la desembocadura de un río nos detuvimos. Había en las orillas algunos árboles aislados que
parecían olivos. Este árbol, el argán, tiene un fruto parecido a la aceituna, aunque más redondo y amarillo.
A la hora de remontar el río nos detuvimos delante de una fortaleza arruinada. Dicen que por allí, en los
límites del Atlas, se encuentran estos poderosos castillos antiguos. Nadie sabe quién los ha construido ni
contra qué clase de enemigos se hicieron. El castillo aquel era de piedra labrada y de torres con arcos.
Inmediatamente de llegar abrimos apresuradamente los cofres de Zaldumbide. El primero produjo un
gran desencanto: había dentro una porción de baratijas de las que se empleaban para regalar a los
reyezuelos africanos. Los otros cofres costó mucho trabajo abrirlos y los encontramos llenos de monedas
de oro y de joyas.
Todos hubiéramos querido apoderarnos de aquellas riquezas; pero al oír al capitán que no estábamos
en seguridad porque el crucero inglés andaría buscándonos, decidimos enterrar los cofres.
El capitán nos indicó una peña cónica como el mejor punto para guardar el tesoro; nosotros hicimos un
agujero al pie de esta peña y enterramos los tres cofres.
Habíamos acabado esta operación cuando se presentaron media docena de moros, sarnosos, desharrapados,
armados con fusiles antiguos. Habían pensado, sin duda, sorprendernos; pero al vernos en mayor
número y también armados, se manifestaron como amigos.
Les propusimos cambiarles un rifle por dos corderos y ellos aceptaron. El capitán dijo que sería prudente
que nos fuéramos a la ballenera, pues estos moros eran todos traidores. De paso dejamos sin un fruto los
árboles de argán que fuimos encontrando. Nos metimos en la ballenera y quedó uno de guardia en un alto.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
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Estábamos esperando, cuando sonó una descarga cerrada, y el centinela y cuatro de los que estaban a mi
lado cayeron a tierra. Entre ellos, Burni.
Me acerqué a él, pero estaba muerto. Toda una partida de moros avanzaba escondiéndose.
Nos metimos en la barca y remamos con furia hacia el centro del río; la corriente nos llevaba hacia el
mar; así que nuestra única preocupación fue alejarnos de la orilla. Los moros aparecieron a la descubierta.
Algunos de ellos se metieron valientemente en el agua, y dos se quisieron subir en la ballenera; Arraitz
le dio a uno tal golpe en la cabeza con la culata del rifle que los sesos saltaron por el aire. El otro huyó. Los
de la orilla siguieron disparando. Ya no nos hicieron ninguna baja; en cambio, nosotros tuvimos el gusto de
tumbar una docena lo menos de aquellos sarnosos.
Salimos de allá con la intención de coger la isla de Lanzarote.
A los dos días nos cogió un temporal del sudoeste y como el viento, aunque muy fuerte, era manejable,
concebimos la esperanza de llegar pronto a las Canarias. A la luz de la linterna, el capitán, con la brújula,
estudiaba el plano.
Después de recibir encima del cuerpo chubascos y más chubascos que nos empaparon hasta los huesos,
dimos vista a Lanzarote. Se revelaba la isla como un nubarrón sobre el mar. Nos acercamos llenos de
esperanzas, cuando un demonio de cuttervelero nos dio el alto disparándonos un cañonazo. Era imposible
resistir. El capitán mandó atar un pañuelo blanco en un remo, en señal de que nos rendíamos.
No sabíamos si este cutter estaba avisado por el otro buque que nos había dado caza anteriormente,
pero pronto no nos cupo duda al ver al crucero grande acercarse a nosotros.
La serenidad del capitán no se desmintió en aquel instante. A medida que avanzábamos hacia los dos
barcos ingleses, fue diciéndonos lo que nos convenía declarar y lo que teníamos que ocultar en beneficio
común. Además, nos explicó lo que cada uno podía alegar en su propia defensa.
El negocio de los chinos lo hacían únicamente el capitán Zaldumbide, el médico y el portugués Silva
Coelho; a éstos los habían matado los chinos por haberles engañado. Respecto a la trata, nadie sabía
nada. Si el barco se había dedicado a este negocio, era antes de que entráramos en él.
El capitán se mostró tal como era, sereno y tranquilo. Llegamos al buque inglés; nos fueron interrogando
a todos, y todos contamos, poco más o menos, la misma historia, con los mismos detalles, haciendo lo
posible para evitar nuestra responsabilidad.
Yo me permití abogar por el capitán y decir que era un hombre caído en desgracia, pero honrado y justo
como pocos.
La serenidad le salvó al capitán, y quizá también nuestros informes. El inglés, que es muy perro, no
necesita muchos expedientes paca ahorcar a un capitán sospechoso de piratería. No en balde han pirateado
ellos durante cientos de años.
Tristán, el de la cicatriz, se manifestó rebelde y lo castigaron varias veces. Los demás, los marineros,
fuimos tratados con poca severidad, obligados únicamente a hacer las faenas penosas.
Llegamos a Plymouth; estábamos ayudando a la maniobra de El Argonauta, así se llamaba el navío
inglés en que íbamos prisioneros, cuando pasó un barco francés a poca distancia. Al verlo me eché al agua
sin que nadie lo notara y pude agarrarme al ancla.
Llegué a Dunkerque y me embarqué en una goleta de ciento cincuenta toneladas, para ir a Islandia a la
pesca del bacalao. Estuve una temporada en las islas de Loffoden y vine por casualidad a Burdeos a componer
las velas, y aquí me quedé; puse una cordelería, me casé y mi comercio fue prosperando.
De la suerte de los demás ya no supe nada. Yo había tomado el camino derecho, y desde entonces me
empezó a salir todo bien. Ésta ha sido mi historia .
…………………………………………………………………………………………………………………………………………………….
Dejó de. hablar el viejo y se. me quedó mirando con. sus. ojos. grises.
-¿Quién cree usted que sería el verdadero Ugarte de los dos? -le pregunté yo-. ¿El de la cicatriz o el
otro?
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