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Al despejarse el tiempo nos encontramos a la vista de una de las islas de Tahití. Nos fuimos acercando,
y pasamos por delante de bahías estrechas, de una vegetación lujuriante, hasta detenernos en una de
éstas.
El capitán bajó a la bodega y habló a los chinos. Les dijo que eran demasiados, que podía ocurrir de
nuevo el percance de la falta de agua, que estaban delante de una isla feracísima y que sería conveniente
que la mitad por lo menos desembarcaran. Ellos podían elegir quiénes debían quedarse y quiénes seguir
hasta América. Los chinos contestaron que donde iban unos irían los demás, y decidieron desembarcar.
Salieron de la bodega en grupos de treinta, con su hatillo, entraban en la ballenera y los llevábamos
hasta un arenal de la playa, y cuando había una braza de fondo o algo menos, echábamos toda la chinería
al agua. Ellos chillaban como gaviotas al ver el mar alborotado; se les recomendó que formaran la cadena,
y así fueron llegando a tierra.
Libres de chinos, hubo que limpiar la bodega, que era una verdadera pestilencia.
Comenzamos a marchar hacia el sur, a buscar el estrecho de Magallanes o el cabo de Hornos, en aquella
inmensidad desierta del Pacífico, llevados por el monzón del oeste. Encontramos algunos barcos balleneros,
con los que nos pusimos al habla, y nos indicaron la situación exacta en que nos encontrábamos.
En esto se nos acercó un barco que iba a la deriva de una manera desesperada. Nos hizo señales y nos
preguntó si teníamos médico; le dijimos que no, y nos pidió quinina. Buscamos en el botiquín del doctor
Cornelius, pero no había quinina. Lo único que pudimos enviarles fue unas cajas de té. El barco aquél se
hallaba apestado. La tripulación, enferma de vómito negro, tenía un aire lamentable; estaba formada por
hombres harapientos, verdaderos esqueletos amarillos, con pañuelos y trapos en la cabeza.
Al día siguiente el vómito negro se desarrolló en El Dragón con una gran violencia; uno de los marineros
holandeses, Stass, atacado por la fiebre, se levantó de la cama delirando, y después de cantar una extraña
canción se tiró al mar. El teniente hizo que toda la tripulación sana se alojara en la parte de la popa, y convirtió
el castillo de proa en enfermería. El miedo que se desarrolló entre los marineros fue tan grande, que
nadie quería acercarse a la proa; se sorteaba quién había de dar la comida y el agua a los enfermos, y el
designado solía ir llevando los víveres en una pértiga larga, los dejaba y echaba a correr. De pronto, el
español don José se indignó con aquella inhumanidad y dijo que Cristo nos mandaba cuidar de los enfermos
y consolar a los tristes. Nosotros le oíamos burlonamente y le decíamos:
-Anda, ve tú.
Don José, con gran sorpresa nuestra, se metió en la enfermería a cuidar a los enfermos.
Tristán, el de la cicatriz, fue a ver al capitán, y le propuso que se modificaran los libros de a bordo, se
cambiara el nombre del barco y nos quedáramos con él. El capitán le dijo que si volvía a proponerle aquello
le mandaría arrestar.
Tristán, el de la cicatriz, pareció conformarse, pero no sólo no se conformó, sino que intentó sublevar a
la tripulación. Era cosa bien difícil, porque casi toda estaba en la convalecencia. Entre el segundo contramaestre,
el cocinero y Tristán, el de la cicatriz, hicieron un pacto para apoderarse del barco y formar una
asociación de piratas. Una noche, al entrar en el camarote, se apoderarían del capitán y enarbolarían la
bandera negra.
Nosotros sabíamos cómo marchaba la maquinación y dejábamos hacer a los conspiradores, convencidos
de su impotencia. Un día, al anochecer, en que los conjurados comenzaron a gritar, los prendimos y se
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les cogió el escrito de asociáción’y un trozo cuadrado de tela negra. Todos fueron arrestados, menos los
convalecientes; unos firmaron, otros pusieron una cruz en el papel, por no saber firmar.
El seráfico don José, que fue también de los del pacto de los piratas, se nos murió del vómito.
Verdaderamente aquel hombre era un santo. Murió reconociendo que era un gran pecador y lamentando
no tener un cura católico a su lado. Los vascos nos libramos del vómito negro y del escorbuto, que comenzó
también a presentarse en el barco.
Seguimos navegando, cortamos el paralelo 50° sur por los 102° oeste próximamente, y nos acercamos
al continente americano, hacia la isla de la Desolación.
Ya no nos quedaba ningún caso de vómito negro. No le pareció prudente al capitán intentar el paso por
el estrecho de Magallanes y se decidió a doblar el cabo de Hornos, a gran distancia de tierra.
Sólo mirando el plano hay que echarse a temblar por aquellos parajes: la isla de la Desolación, el puerto
del Hambre, la bahía de la Desesperación… Acercándose a tierra no se veían más que rocas peladas y
bancos de hielo. Hacía un frío terrible y no se encontraba un rincón donde guarecerse. Pasamos días muy
angustiosos, ateridos de frío, y estuvimos a punto de chocar con un enorme banco de hielo que venía
flotando, al que tomamos al principio, entre la niebla, por un barco con las velas desplegadas.
Descansamos al llegar a las islas Malvinas, en la bahía de la Soledad. Luego remontamos al norte, atravesando
las calmas de Capricornio por los 22° oeste, y aprovechando todo el aparejo en los alisios del sudeste
y la corriente brasileña, cortamos la Línea hacia los meridianos 18° o 20° al oeste.
La travesía había sido muy feliz. Íbamos a la altura de San Vicente, a la anochecida, cuando un crucero
inglés nos hizo señas de que nos detuviéramos, y nos lanzó por primera providencia una andanada.
El capitán consultó con el teniente y con el contramaestre.
Había bastante viento. Se podía escapar bien. La bruma se nos echaba encima. Después de la conferencia,
el capitán mandó poner el barco al- pairo. Nosotros mismos, los vascos, estábamos furiosos.
Entregar El Dragón a los ingleses, que con cualquier pretexto nos ahorcarían, era un disparate. Sabíamos
cómo las gastaban los ingleses. Cuando cogían algún negrero solían ahorcar al capitán y vendían los
negros por su cuenta; si el barco era sospechoso de piratería, se quedaban con la presa. Así trabajaban
por la humanidad y por el bolsillo.
A nosotros podían acusarnos de negreros y de piratas. La muerte del capitán y del médico, mal explicadas,
podían comprometernos. Todo esto hacía que fuera un disparate el entregarnos.
Sin embargo, y a pesar de que todos protestábamos interiormente, se hizo la maniobra, y El Dragón
quedó inmóvil. El barco de guerra lanzó una de las chalupas para que vinieran a visitarnos a bordo. La
niebla se iba echando por encima del mar y aumentando por momentos. Nuestra tripulación estaba
anhelante. ¿Qué se proponía el capitán? De pronto sonó el pito del contramaestre: había que cambiar la
maniobra; doce hombres treparon con ímpetu por los palos para largar todas las velas y arrastraderas; las
lonas, cuadradas y triangulares, se extendieron para coger el mayor viento, los anillos chirriaban, las vergas
eran estiradas con fuerza; foques, petifoques, toda vela utilizable iba a ser aprovechada. Las velas
dieron un parchazo furioso en los palos y alguna se rasgó; El Dragón, como asombrado, dio un bote terrible,
se inclinó hasta hundir la proa en el agua, se tendió al viento y se lanzó a la carrera.
-¡Hurra! ¡Hurra! -gritamos todos, entusiasmados.
-¡Callaos! -dijo el capitán.
El barco de guerra se dio cuenta de la estratagema y comenzó a dispararnos cañonazos; pero sólo nos
hicieron sus granadas algún agujero en las velas. Tristán, el de la cicatriz, propuso que contestóramos con
el fuego de uno de nuestros cañones, pero el capitán le ordenó enmudecer.
A la mañana siguiente sacamos velas del pañol y sustituimos las que llevábamos rotas. La suerte hizo
que amainara el viento; navegábamos con una gran lentitud; íbamos desviados del derrotero general de los
buques intencionadamente.
De pronto, al caer de la tarde, vimos que aparecía el crucero inglés.
-Lo que yo me temía -murmuró el capitán-. Estas cosas tienen segunda parte.
El navío se encontraba en aquel momento en mejor situación que nosotros, y pudo acercarse con relativa
rapidez. Nosotros largamos todas las velas y tiramos los cañones al mar para aligerarnos de carga. Al
ponerse a tiro nuestro perseguidor, izó la bandera inglesa, y sin más preámbulos nos soltó una andanada,
que hizo caer sobre la cubierta de El Dragón una verdadera lluvia de pedazos de madera, de poleas y de
cuerdas.
Una de las velas se rajó en dos pedazos y cayó hecha un montón de pingajos, con un trozo de astilla
que dio en lá cabeza de uno de nuestros hombres y lo dejó muerto. A la segunda andanada, el palo mayor
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
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quedó hecho trizas, como el tubo de una pipa de barro, y mató á otro mari

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