Пио Бароха. Желания Шанти Андиа. Pío Baroja. Las inquietudes de Shanti Andía
Uncategorized August 2nd, 2006
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verga está el doctor Cornelius. Ése sí que está gracioso dando tumbos.
Invitamos a Tommy a venir con nosotros, pero dijo que no, que se estaba divirtiendo mucho, para
meterse en un rincón.
El teniente mandó que cerráramos la puerta de la toldilla y le siguiéramos. Bajamos a nuestra cámara,
la abrimos y salimos a la escalera.
-Cerrad la escotilla -dijo el piloto-; cuando esa gente se despierte entrará a saco en la despensa y no
dejará nada. Ahora hay que aprovecharse.
Nos metimos en la despensa y llevamos a nuestra cámara provisiones para quince días, dos barriles de
vino y de ron, embutidos, carne seca, galletas; luego entramos en el pañol del pan y lo dejamos casi vacío.
Arraitz, que estaba de guardia, nos avisó que la gente comenzaba a ir y venir por la cubierta.
-Vamos ya -dijo el teniente.
-¿Cerramos la despensa? -le pregunté yo.
-No. ¿Para qué? Si se cierra, romperán la puerta.
-Entonces la dejamos abierta.
-Sí; dejadla abierta, y ,dejad abierta la escotilla. Nosotros, adentro.
Desde la sobrecámara pudimos presenciar el alboroto del barco. Los chinos, sobre todo, armaban una
algarabía infernal.
Nissen recordó que el doctor Cornelius tenía guardado en su armario un alambique. Nos sobraba el alcohol,
y podíamos destilar el agua de mar que se quisiera. Preparamos el alambique y le hicimos funcionar.
Destilaba perfectamente. La cuestión del agua estaba resuelta.
El portugués Silva volvió a intimidarnos para que nos rindiéramos. Quería, sobre todo, los cofres de
Zaldumbide. El teniente contestó que podíamos atacarlos y vencerlos porque estábamos bien armados;
pero no quería hacer una carnicería inútil, y que si nos desembarcaban en cualquier punto, nosotros nos
iríamos dejando el tesoro de Zaldumbide.
Poco después el cocinero Ryp vino con la misma proposición; también quería las cajas de Zaldumbide.
Cuando supo que el portugués tenía la misma pretensión le entró una cólera terrible, y juró que le había de
calentar las orejas al intérprete.
Por la noche del segundo día debió cambiar el tiempo, porque el barco empezó a navegar, dando tumbos,
y comenzó a llover.
Se oía el ruido de la lluvia, que azotaba y repiqueteaba en la toldilla. Era una de esas lluvias de los trópicos,
abundantes y densas. El teniente mandó a un marinero que avisara al contramaestre, y cuando vino
éste le dijo lo que tenía que hacer para llenar el aljibe con el agua de la lluvia.
La cordialidad entre nosotros y los de fuera iba estableciéndose, pero aún no estábamos muy seguros.
Como la cámara de debajo de la toldilla era pequeña y cerrada, el teniente no quería que durmiésemos
todos en ella, y nos repartíamos en los cuatro departamentos que poseíamos. Yo dormía en la misma cama
de Zaldumbide.
Pronto dejó de llover, pero siguió el viento y siguió el oleaje, que nos zarandeaba furiosamente. Por intervalos
se nos metía el agua en la cubierta por toneladas, y como no podía marcharse con facilidad por los
agujeros, se formaba una ola que rodaba a derecha e izquierda y entraba en las cámaras.
-¿Qué hacen esos bestias? -pensábamos nosotros-. Van a conseguir que el barco se hunda.
Varias veces instamos al teniente a que saliéramos a dominar a los amotinados, pero él nos contenía
diciendo:
-No, no; que vean que nos necesitan. Si no, en seguida se volverían a sublevar otra vez.
Al quinto día nos sorprendió la agitación que había en cubierta; se oían gritos furiosos, voces iracundas…
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
101
Al anochecer estaba yo de guardia cuando sonaron dos golpes suaves en la puerta.
-¿Quién va? -pregunté.
-Soy yo, Allen. Vengo con Sam Cooper, el contramaestre, y con Tommy, que quieren hablar con el piloto.
-Esperad un momento.
Desperté a Tristán, que se echó de la hamacó y que ,mandó abrir inmediatamente. Por lo que contó Old
Sam, portugueses y holandeses, sintiendo renacer sus odios, se batían a palos y a cuchilladas en la cubierta.
Después de una lucha en que quedaron en el campo varios combatientes, los holandeses, más en
número, habían hecho meterse en el castillo de proa a los enemigos.
Era el momento oportuno de apoderarse de nuevo del barco.
-¿Y los chinos? -preguntó Tristán.
-Los chinos han encontrado los barriles de opio y están en la cubierta borrachos, como muertos la mayoría
-contestó el contramaestre.
Tristán hizo que se trajeran tres rifles más para Old Sam, Allen y el joven grumete, y a la luz de una linterna
que llevaba Tommy nos lanzamos los nueve a pacificar el barco. Toda la parte de la cubierta entre el
alcázar de popa y el castillo de proa estaba llena de celestes, revueltos unos con otros. La chimenea de la
cocina en aquel momento echaba chispas que subían destacándose sobre las velas. Supusimos que al
cocinero lo encontraríamos en su garita entre sus cacerolas, y efectivamente, lo vimos junto al fogón. Ryp
no intentó resistir; se rindió y dijo que conseguiría la sumisión inmediata de sus paisanos.
Efectivamente, así fue. Resuelto este punto importante, fuimos al castillo de proa, en donde se habían
fortificado los portugueses. Tristán llamó a Silva Coelho y le dijo que éramos más que ellos y que
estábamos armados; añadió que no pensábamos atacarlos; podían hacer lo que quisieran. Los portugueses
optaron por rendirse.
Tristán de Ugarte, ya capitán de hecho, mandó coger a todos los chinos y bajarlos a la bodega. Se
echaron los muertos de la última refriega al mar y se descolgó el cadáver de Zaldumbide y el del doctor
Cornelius.
A éste le habían puesto una pipa en la boca y tenía el vientre hinchado. Se echaron también los cuerpos
del capitán y del doctor a que sirvieran de pasto a los peces. Se cerraron las escotillas y se dieron
órdenes para comenzar el arreglo de todo.
Al encontrarse de nuevo unidos holandeses y portugueses, comenzó otra vez la hostilidad, y para zanjarla
decidieron los dos grupos elegir a la suerte un campeón para que se batieran.
Chim, el malayo, estaba con los holandeses; en cambio, el negro Demóstenes era del partido portugués;
podía suceder que a los dos amigos les tocara en suerte batirse, pero no fue así. Se jugó a cara y cruz con
una moneda y salieron elegidos Chim, el malayo, y Silva Coelho.
Tristán no tuvo más remedio que dejar hacer, y se retiró a su cámara. Yo me quedé a presenciar la lucha.
Era al comenzar el alba. En el cielo aparecían celajes espesos y desgarrados que anunciaban viento.
Los dos hombres desafiados eran fuertes, astutos y manejaban el cuchillo con habilidad. Se les dejó a
los dos una chaqueta para envolver el brazo izquierdo y parar los golpes.
Fue un combate terrible, en que los dos enemigos saltaban, se agarraban, se mordían. Varias veces
Silva Coelho tuvo sujeto por los pelos a Chim e intentó herirle; pero entonces el malayo se acercaba al portugués,
hasta estrecharse con él, y le mordía en la muñeca, y el otro tenía que soltar la cabellera. Al último,
en uno de aquellos momentos, al desasirse bruscamente uno de otro, sin que yo al menos notara el
golpe, se vio a Silva que caía, dando un grito y llevándose la mano al vientre. Tenía una ancha herida, por
donde se iba desangrando.
-¡Ya mátalo! -dijeron todos.
El malayo se inclinó sobre el herido como un chacal, y le hundió el cuchillo en el pecho con tal fuerza
que la punta de acero se clavó en la tabla de la cubierta.
Inmediatamente, Demóstenes, el negro, y otro marinero cogieron el cadáver y lo tiraron al agua.
-¡Bravo, Chim! -dijo Tommy, y dio unas cuantas volteretas y un magnífico salto mortal, seguido de
Mari-Zancos, que había tomado al grumete por su protector.
Fue haciéndose de día. El capitán nombró a Nissen teniente piloto, aunque acordó que siguiera de timonel
hasta encontrar a alguien que lo sustituyera.
El nuevo capitán y el teniente fueron estudiando las medidas que había que tomar. El barco estaba sucio,
lleno de basura, de manchas de sangre. Apenas navegaba; unas masas verdes de vegetación que allí
flotan en el mar se habían acumulado en la proa y no dejaban avanzar a El Dragón.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
102
El capitán mandó que desde la ballenera y el bote fuéramos cortando aquel estero por la mitad, y
después de una larga faena lo pudimos partir en dos pedazos y pasar por en medio.
Al día siguiente se comenzó a limpiar la cubierta con los lampazos. El capitán mandó retirar todas las
botellas y barriles, y prohibió al cocinero que sacara licores sin su consentimiento.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
103
Por el Pacífico
Capítulo VII
Aunque el plan nuestro era bajar por el Pacífico hasta llegar al paralelo 50 a 55 al sur, se decidió ponerse
en rumbo hacia las islas de Tahití y desembarcar en cualquiera de ellas por lo menos a la mitad de los
chinos.
La falta de agua ya no nos preocupaba; los días siguientes a la pacificación del barco estuvo lloviendo
en abundancia y llenamos los aljibes.
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