Пио Бароха. Желания Шанти Андиа. Pío Baroja. Las inquietudes de Shanti Andía
Uncategorized August 2nd, 2006
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cientos de millas para alcanzar los vientos alisios.
Salimos en marzo, y tardamos muchísimo en salir del mar de la China y pasar la Línea.
Llevábamos un mes de navegación, esperando en la calma ecuatorial el monzón del sudeste, cuando el
capitán tuvo que mandar acortar la ración de agua. Afortunadamente, en la isla de San Agustín pudimos
hacer la aguada y seguir adelante.
El piloto aconsejó al capitán que desembarcara algunos chinos; podía volver a ocurrir el mismo conflicto
con el agua. La travesía del Pacífico no sabíamos lo que nos reservaba. Zaldumbide veía únicamente la
manera de desquitarse de sus pérdidas anteriores, y dijo:
-Si nos molestan los chinos, los echaremos al agua.
Zaldumbide no tenía ninguna simpatía por los celestes, y se le había ocurrido que era más cómodo, en
caso de necesidad, en vez de echar agua a los chinos, echar los chinos al agua.
Tres semanas después quedamos entre el ecuador y el trópico de Capricornio en una calma chicha.
Estábamos a unas cincuenta millas de la isla de la Sociedad. Hacía un calor espantoso; el cielo ardía
implacable, sin una nube, como una cúpula roja; no se movía ni una brizna de viento; las velas, desinfladas,
caían a lo largo de los palos; el mar, como un cristal fundido, reverberaba una claridad tan cruel que le dejaba
a uno como ciego.
En la cubierta, la brea se derretía; los pies se nos quedaban pegados; hacía un vaho de calor imposible
de resistir. La piel y la garganta las teníamos abrasadas. Algunos marineros se desmayaban tendidos por
los rincones; otros se ponían como locos; el sol mordía la piel de estos desdichados.
Los chinos se ahogaban en la bodega y comenzaban a pedir agua a grandes voces; se asfixiaban. El
capitán dijo que no había agua, y nos mandó a nosotros quitar las bombas de mano que sacaban el agua
de los aljibes. Al hacerlo comprendimos que la tripulación estaba alborotada; pudimos retirar las bombas
sin que nos atacaran. Los marineros fueron a ver al capitán enardecidos, como locos, con los ojos inyectados,
fuera de las órbitas. El capitán repitió varias veces que no había agua, que se contentaran con la
media ración. Dicho esto, se sentó cerca de la ballenera a charlar con el doctor Cornelius.
Al anochecer, los vascos salimos a respirar sobre cubierta aquel aire tórrido. El mar se extendía incendiado,
como un metal incandescente. Lo contemplábamos con una enorme desesperación cuando vino
Arraitz, uno de los nuestros, corriendo a decirnos que el chino Bernardo había abierto la escotilla de la
bodega a los coolíes, y que salían todos sublevados. El capitán y el médico estaban hablando, sentados
los dos en sillas de lona al socaire de la ballenera, y no vieron a los marineros y a los chinos que avanzaban
por el otro lado de la lancha grande.
Les avisamos con un grito; Zaldumbide agarró el rebenque y se lanzó hacia proa repartiendo chicotazos
a derecha e izquierda. Nosotros le seguimos, creyendo que dominaría el tumulto; pero al llegar él solo hasta
unas cubas que había delante de la cocina, uno de los marineros le tiró el cuchillo con tal acierto que se lo
clavó en la garganta.
El capitán cayó en medio de aquella turba; la tripulación entera se echó sobre nosotros como perros, y
gracias a que el piloto tenía la puerta de la sobrecámara abierta, pudimos refugiarnos allá y salvarnos.
Quedamos dentro los vascos y el timonel. Al doctor Cornelius lo habían atrapado, y seguramente estaban
dando cuenta de él en aquel momento. Tristán, el de la cicatriz, debía haber hecho causa común con
los sublevados.
Los marineros y chinos no se preocuparon al principio de nosotros; pusieron las bombas y estuvieron
bebiendo hasta hartarse.
Pasado el primer momento de pánico, nos aprestamos a defendernos. Como he dicho, la sobrecámará
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de la toldilla tenía una trampa que daba a la cámara del capitán; por ella bajamos nosotros y cerramos la
puerta de nuestra cámara, donde solíamos dormir los vascos. Quedamos incomunicados. En seguida el
piloto nos mandó encender la linterna de la santabárbara, bajamos al pañol de las armas y de la pólvora y
tomamos cada uno nuestro rifle y cartuchos en abundancia.
Hecho esto, volvimos debajo de la toldilla porque hacía más fresco y además porque podíamos desde
allí ver algo de lo que pasaba en cubierta. Nuestro anhelo y nuestro temor eran tan grandes que casi no
sentíamos la sed.
Pasamos las primeras horas de la noche alerta. En el camarote del capitán había botellas de cerveza,
que era bebida que él solía tomar alguna vez. El piloto nos hizo beber a los cuatro vascos y al timonel un
poco de líquido. Franz Nissen, indiferente a todo, con una brújula pequeña en la mano, seguía en la rueda
del timón.
A eso de la medianoche sonaron dos golpes fortísimos en la puerta.
-¿Quién va? -dijo el piloto.
-Yo -contestó Silva el portugués.
-¿Qué queréis?
-Han matado al capitán. ¡Rendíos! No se os hará nada.
-Entregaos vosotros antes -contestó Tristán.
En ese momento alguien metió el cañón de la pistola por un ventanillo que tenía la puerta y disparó un
tiro adentro. Yo apagué el farol y quedamos a oscuras.
-Si os entregáis ahora, no os haremos nada -volvió a decir el portugués.
-Estáis borrachos -replicó el piloto-; mañana hablaremos.
-¡Ea, muchachos! -gritó el portugués-. Echad la puerta abajo. Traed un martillo.
Alguien fue por el martillo.
-¡Eh, vosotros! -volvió a gritar Tristán-; os advierto que estamos armados, que somos dueños de la
santabárbara y que hay tres toneles de pólvora. No os atacamos porque no queremos hacer una matanza
inútil, pero tened en cuenta que podemos hacer saltar el barco.
La amenaza hizo su efecto. Silva mandó a uno de los suyos a que viera si nuestra cámara estaba cerrada,
y cuando el otro volvió diciendo que lo estaba murmuró:
-Estos bárbaros son capaces de todo.
Desde el ventanillo de la puerta oímos durante toda la noche los cantos de los marineros y la algarabía
de los chinos.
Nos sustituimos para hacer la guardia; aunque nadie pudo dormir, estuvimos tendidos, descansando.
Comenzó a llegar la luz del alba. Debajo de la toldilla hacía un calor horrible; al amanecer la abrimos
para ventilarla un poco. No nos vigilaba nadie.
Como no se sentía ningún movimiento en la cubierta, salimos Arraitz y yo para darnos cuenta de lo que
pasaba. Tristán el piloto no quería que entabláramos combate, pues aunque hubiéramos vencido al último,
estando armados como estábamos y ellos no, hubiese sido a costa de mucha gente.
Avanzamos Arraitz y yo; todo el mundo dormía, y el barco navegaba a la ventura. A pesar de esto,
Nissen no había abandonado el timón.
Nos extrañó tanto silencio. Luego supimos que el cocinero había llenado cuatro barricas a medias de
agua y de ron, y habían bebido todos los marineros y chinos hasta quedar borrachos.
En vista de que nadie nos espiaba, creímos que se podía hacer un intento de buscar agua, y se lo dijimos
al teniente. Vaciamos en la cubierta una damajuana llena de brandy, que sacamos de nuestra cámara,
y decidimos traerla con agua.
Albizu y yo daríamos a la bomba; Arraitz y Burni nos escoltarían armados de rifles, y a la puerta de la
sobrecámara quedarían el teniente y Nissen para dar, en caso de necesidad, la voz de alarma.
Salimos despacio; hicimos funcionar la bomba del aljibe de popa. Nos figuramos que no daría agua.
Efectivamente, estaba agotado. Había que acercarse al castillo de proa. Fuimos avanzando los cuatro con
cautela, estudiando el camino. En las crujías, cerca de los palos, se veían tendidos marineros borrachos.
Pasamos con grandes precauciones por delante del camaranchón de la cocina.
Llegamos a la bomba de proa, que comunicaba con el otro aljibe, la hicimos funcionar y trajimos diez o
doce litros de agua. Como el viaje se había hecho sin riesgo, lo volvimos a repetir y llenamos todas las
botellas y depósitos que encontramos. El aljibe de proa debía quedar también muy mermado.
En uno de los viajes, Burni, señalando con el cañón del rifle, nos dijo:
-Mirad, mirad allá.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
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Nos quedamos sorprendidos. A la luz pálida del alba se veía el cadáver de Zaldumbide, colgado de una
verga, balanceándose con los movimientos del barco.
Se lo advertimos al teniente y a Nissen, y éste, con su habitual laconismo, nos dijo:
-Las llaves, las llaves.
-Es verdad -repuso el teniente-; hay que registrarle, a ver si tiene el llavero.
Ninguno de los otros vascos se atrevía, y fui yo. Subí por una cuerda y llegué al cadáver. Al estar junto
a él me estremecí; una cosa saltó sobre mis hombros. Era la mona Mari-Zancos, acurrucada en los hombros
del ahorcado. Cogí las llaves, y cuando bajaba oí la voz de Tommy, que desde lo alto de una cofa
decía:
-¡Hola! ¡Hola! ¡Buenos días! ¡El capitán está en una postura incómoda! ¡eh!… ¡Ja, ja!… Pues en la otra
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