Пио Бароха. Желания Шанти Андиа. Pío Baroja. Las inquietudes de Shanti Andía
Uncategorized August 2nd, 2006
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marinería. Era un ejemplo de lo que puede el convencimiento de la propia fuerza aun entre gente bestial.
Tommy se reía de nosotros; hasta la campana la tocaba de una manera burlona, haciendo un tintán endemoniado.
Como Tommy no hacía nada, todos los trabajos del barco iban a dos pobres muchachos, el uno portugués
y el otro bretón, a quienes aquellos bárbaros de marineros trataban a golpes.
Zaldumbide mismo le miró a Tom con simpatía. Tommy era un clown, un verdadero diablo. Se había
ganado la independencia, y fuera de tocar la campana para renovar las guardias, lo que hacía de la manera
más escandalosa e impertinente que puede suponerse, no trabajaba nada. En cambio, educaba a nuestro
perro y a la mona Mari-Zancos a la alta escuela.
Little Tommy hacía juegos malabares con Demóstenes, el negro, y con Chim, el malayo. Chim y Tommy
representaban con frecuencia una parodia de Guillermo Tell. Chim sabía jugar con los cuchillos con una
gran habilidad. Tommy se ponía delante de la puerta de la cocina con una manzana en la cabeza. Chim le
tiraba un cuchillo y, después de atravesar la manzana, lo dejaba clavado en la puerta. Entonces Tommy
extendía la mano, arrancaba el cuchillo y se comía la manzana entre las carcajadas de todos.
El diablo del chico, cuando se ponía de mal humor, iba a la cofa de un palo y allí estaba hasta que se le
pasaba la murria, y volvía más alegre que antes.
Otro de los personajes importantes del barco era Poll. Poll era un loro inglés; lo habían robado una noche
Old Sam y un amigo suyo en el consulado de Inglaterra de un pueblo del Brasil. Poll, en vez de decir
Bonjour, jaquot! o ¡Lorito real.; como hubiese dicho siendo francés o español, gritaba:
y ponía, la cabeza entre la reja de la jaula para que se le rascara.
Belzebuth, el gato negro del doctor Cornelius, tenía un odio feroz a Poll y dos o tres veces estuvo a punto
de matarlo.
Tommy solía entretenerse en hacer rabiar al pajarraco. Le echaba humo de tabaco, le llamaba y solía
poner entre los barrotes de la jaula un trozo de madera, como si fuese el dedo, y Poll que era rencoroso,
se echaba sobre él y le daba un picotazo con su pico fuerte, y cuando se encontraba que no tenía presa,
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Scratch Poll! Scratch poor Polly!
se recogía, burlado y huraño, ante las carcajadas del pillo del grumete…
Con esta tropa salíamos de Amsterdam en mayo, pasábamos en junio a la altura de las Canarias y
cruzábamos por delante de las islas de Cabo Verde.
Aquí nos deteníamos para la aguada y nos acercábamos a las costas de África. Solíamos ver en el viaje
barcos que iban a la India, fragatas y bergantines; pero en aquella época la cordialidad marítima no era muy
grande. Se temía el encuentro de barcos piratas, y los negreros, que eran muchos en aquellas costas,
huían de todo buque, temiendo encontrar en cada uno un crucero inglés.
Llegábamos a la costa de Angola; allí había agentes de todas las nacionalidades, sobre todo americanos
y portugueses. Éstos se metían entre los reyezuelos y jefes de tribu y hacían negocio. A cambio de los
negros daban fusiles, pólvora, instrumentos de hierro y brazaletes de latón y de cristal.
Embarcábamos doscientos o doscientos cincuenta negros entre hombres, mujeres y chicos, y
aprovechando los alisios del sudeste, íbamos casi siempre al Brasil. Allí vendíamos el saldo entero. Luego,
el comerciante negociaba al por menor. Los hombres valían de mil pesetas hasta cinco mil; los niños, veinticinco
duros antes de bautizar y cincuenta después; las mujeres se vendían a precios convencionales.
Zaldumbide no regateaba fusiles ni pólvora para adquirir un buen género. A él no le daban un anciano
venerable por un hombre joven, aunque estuviese teñido, ni un hombre con una hernia por un individuo bien
organizado.
Él, con el doctor Cornelius, miraba los dientes de los negros, estudiaba los músculos y las articulaciones;
veía si tenían hinchado el
vientre.
-Cuando yo doy un negro, un buen negro por mil duros, es que es una cosa excelente -decía
Zaldumbide, y añadía-: Ante todo la seriedad comercial.
El género femenino de color no le gustaba al capitán, quizá, por razones de moralidad.
Zaldumbide no era partidario de maltratar ni de pegar siquiera a los negros, no por nada, sino por no
estropearlos.
Los demás capitanes negreros trataban a fuetazos a sus negros. Estos fuetazos no eran más que el
ligero prólogo de los que les darían después los bandidos de América. Hay que reconocer, en honor de la
bella Francia, que los negreros franceses debieron dejar atrás a los demás en el arte de desollar negros,
porque incrustaron en el lenguaje de las colonias el nombre del látigo francés, lo impusieron, y a todas
partes donde había negros llevaron triunfante el fouet.
Bien es verdad que, a cambio de esa pequeña molestia de arrancar a los negros algunas piltrafas
insignificantes, de carne, se les bautizaba, y eso salían ganando.
Zaldumbide era el san Francisco de Asís de los negros. No los tenía a todos en la misma cámara, sino
en cuatro grandes cuadras, hechas con mamparos; les ponía camas de paja y les sacaba sobre cubierta
para airearlos y lavarlos.
-Es una mercancía delicada -solía decir.
No era el capitán de los que consideraban que para cumplir como un buen negrero hay que maltratar al
ganado humano. Prefería matar a un marinero que a un negro. Varias veces le reprocharon esto, y él contestaba:
-¡Qué imbéciles! ¿Cómo quiere compararse un marinero con un negro? Un marinero no vale nada; lo
reemplazo con otro en cualquier parte. Un negro puede valerme mil duros.
Con nosotros no tenían gran cosa que hacer los tiburones; otros barcos negreros, que hacinaban los bultos
de ébano en la bodega, en malas condiciones, iban teniéndolos que echar al agua, a que sirvieran de
pasto a los tiburones; nosotros, no; hubo viaje en que no murió ninguno.
Zaldumbide era muy político; cuando bajaba a tierra a visitar al rey Badegú o al mariscal Taparrabo, les
rogaba que mandasen azotar a los negros que iban a vender. Los otros lo hacían sin ningún inconveniente.
Después, Zaldumbide, al tenerlos en el barco, les hablaba, porque sabía algo del bantú y del mandingo, y
les decía, en aquella infame algarabía negra, que les iba a llevar a un país en donde no harían más que
tomar el sol y comer habichuelas con tocino. Los negros quedaban encantados. No les alimentaba con mijo
y manteca de palma, como los demás negreros, sino que les daba pescado ahumado, habichuelas y miel.
Los alimentaba mejor que a los marineros. No había sublevaciones; al revés, había negro que, salido de la
prisión, al verse en el barco con cierta libertad y sin ser golpeado, consideraba al capitán como un bienhechor.
El farsante del vasco sonreía dulcemente. En aquellos momentos se consideraba el san Juan de
Dios de los negros. Era un canalla pintoresco y simpático aquel Zaldumbide. ¡Lástima de hombre! Tenía
grandes condiciones de previsor y de organizador.
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En otros barcos negreros solían hacer bailar a los negros el baile de bomba, y, cuando no querían, les
instaban a zarandearse a fuetazos. Allí no. Zaldumbide contaba con Tommy, que era el gracioso. Se sacaban
cincuenta negros, se les ponía en círculo, y Tommy hacía saltar a Mari-Zancos, vestida de rojo, y a nuestro
perro le hacía pasar por un aro. Luego, cuando el pequeño Tommy venía con un sombrero de copa
hasta las orejas y la nariz pintada de encarnado, andando con las piernas para dentro, cuando imitaba al
capitán y al doctor Cornelius, entonces los negros comenzaban a reír, enseñando los dientes y soltando la
quijada hasta el punto de que Tommy solía empujarles la mandíbula con cuidado para que la cerraran.
Después se sacaba la bomba, que era un tonel con una piel estirada, en donde se tocaba con las manos
como en un tam-tam, y bailaban los negros. Tom les enseñaba las más extraordinarias jigas de todo el
Reino Unido. El negro es un inocente, e iba así en el barco entretenido, sin ganas de sublevarse.
Solíamos estar en el Brasil una temporada. El capitán nos daba algún dinero, que gastábamos alegremente,
y cuando no nos quedaba un cuarto, íbamos todos volviendo a El Dragón.
No se podían hacer expediciones tan frecuentes como nosotros hubiéramos querido; primero, no había
siempre negros que llevar, y luego era indispensable tener mucho cuidado con la limpieza. Si se descuidaba
la bodega, se armaba una peste que no se podía vivir.
Por dentro y por fuera teníamos que limpiar el barco casi continuamente. Por fuera lo fregábamos todas
las semanas, y, cuando recalábamos en alguna bahía conocida por el capitán, lo primero que hacíamos era
raspar los fondos para quitarles algas, hierbas y escaramujos que, principalmente en los mares tropicales,
se adhieren en tal cantidad que dejan los fondos como una selva. Cuando no teníamos mucho tiempo ni
gran seguridad, avanzábamos sobre un banco de arena, en la marea alta, y en la baja, cuando se retiraba
el agua, limpiábamos con una escoba de brezo lo que se podía.
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