Пио Бароха. Желания Шанти Андиа. Pío Baroja. Las inquietudes de Shanti Andía
Uncategorized August 2nd, 2006
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capitán español.
Zaldumbide era avaro como pocos; tenía dos o tres maletas con aros de hierro y cofres de latón, que,
según se decía, estaban llenos de preciosidades.
Zaldumbide era vascofrancés, y me designó para formar parte de su guardia negra.
Aquí -me dijo el primer día- el que cumple vive bien. Ahora, el que no cumple puede encomendarse a
san Chicote.
Yo, al principio, no andaba apenas por el barco. Nunca iba a la proa. Mis dominios eran desde la toldilla
hasta el palo de popa. La cámara del capitán y la del teniente se hallaban bajo cubierta, y tenían ventanas
con rejas; delante de ellas estaba nuestra cámara y encima de las tres la sobrecámara, en el alcázar
de popa, formando dos cuartos separados por un mamparo: uno que ocupaba el piloto, Franz Nissen, un
dinamarqués que no hablaba nunca, y otro el médico, el doctor Cornelius.
Franz Nissen era un hombre muy serio; gobernaba siguiendo el rumbo con una precisión admirable; sólo
cuando las olas ofrecían peligro por su magnitud se ocupaba de ellas.
La brújula estaba delante de la toldilla, a la vista del timonel. Era una bitácora grande, con caperuza de
cristal y dos lámparas de cobre a los lados para iluminar la rosa de noche. En aquellos buques de madera
no se necesitaban las correcciones que hoy son precisas en los barcos de hierro, con los compases de
Thompson y las barras de Flinders.
El cuarto de Nissen, el timonel, tenía un ventanillo, desde donde podía mirar la brújula, y una trampa que
comunicaba con la cámara del capitán. En casos de sublevación, la sobrecámara del alcázar de popa, las
cámaras del capitán, del teniente y la nuestra se cerraban y quedaban incomunicadas. Estas tres últimas
estaban blindadas.
Debajo del cuarto del capitán se encontraba la sala de armas y la santabárbara; debajo del cuarto del
teniente, el pañol del pan, y debajo de nuestro cuarto, que se llamaba cámara de los vascos, la despensa.
Como he dicho, fuera de la camarilla vasca, el resto de la tripulación lo formaban ingleses, holandeses,
portugueses, un español, dos o tres chinos, un malayo y un negro.
Nosotros hacíamos la guardia de popa. No pasábamos casi nunca de la escotilla grande hacia la proa
más que cuando había alguna sublevación. Desde la ballenera hasta el bauprés, mandaban realmente el
contramaestre y el cocinero. El equipaje alternaba las guardias de cuatro en cuatro horas, dividiéndose en
guardias de babor y estribor, y Tommy, el grumete, avisaba con campanadas cuándo se tenían que renovar
los de un lado y los de otro.
El capitán no debía de tener mucha confianza en aquella gente, porque había tomado grandes precauciones.
Para llegar a su camarote era necesario pasar por nuestra cámara, en donde dormíamos gentes de
su confianza, y luego seguir por un pasillo en zigzag, forrado de hierro, con agujeros pequeños y redondos
para disparar por ellos en caso de ataque.
Los respiraderos de nuestra cámara estaban cruzados por rejas; las paredes y las puertas, chapeadas
de hierro; teníamos en medio una mesa, sujeta al suelo, que se podía desarmar y adaptar a la pared; unas
cuantas sillas de tijera, una estufa de Plymouth, varios ganchos para las hamacas, colgadores para cada
uno de nosotros y los cofres de cinc.
Las lámparas se apagaban, por reglamento, a las ocho de la noche. Para esta hora había que tener colgadas
las hamacas; las descolgábamos al salir el sol. La marinería y el contramaestre se alojaban a proa,
en el sollado, y en las zonas cálidas, cerca del ecuador, dormían en la cubierta y guardaban las telas de los
coys arrolladas sobre las bordas.
Los vascos, por disposición del capitán, comíamos solos. Zaldumbide nos regalaba fiambres y postres
para tenernos contentos.
Todos los días tomábamos un café muy fuerte, que hacía Arraitz, un compañero nuestro, y una copa de
ron. La vida material era buena; comíamos bien, teníamos tabaco; los días de mal tiempo nos encerrábamos
en la cámara a hablar y a jugar.
El capitán era un bárbaro, como todo capitán negrero de esa época. Allí, al. que faltaba, ya se sabía, lo
azotaban como a un perro. Zaldumbide tenía un chicote retorcido, con el cual él mismo daba un castiguillo.
Llamaba así a pegarle a uno hasta dejarle desmayado. En general, Zaldumbide castigaba la mala intención,
pero casi nunca la torpeza.
Cuando Zaldumbide se encontraba alegre y con ganas de pasar el rato, pegaba él mismo; cuando estaba
displicente, pegaba Demóstenes el negro, un marinero que con frecuencia hacía de verdugo. Para los
delitos de robo, Zaldumbide empleaba el cepo y la barra.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
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En el fondo, el capitán era más egoísta y avaro que cruel. Su única preocupación era reunir dinero. Debía
de ganar mucho. Los capitanes de barcos negreros no necesitaban pólizas de cargo para dar cuenta del
género recibido. Yo me figuro que Zaldumbide debía quedarse con más de la mitad de la ganancia en cada
expedición.
Durante el viaje, fuera de sus trabajos de capitán, solía rezar. Cuando se metía en el camarote, pasaba
el tiempo jugando con sus monedas de oro, en compañía de la mona Mari-Zancos.
Su sistema era no pagar soldadas regulares a la marinería.
-Luego os encontraréis con más dinero -decía.
Pero después, pasado el tiempo, enredaba las cuentas y siempre salía ganancioso.
Sus frases favoritas eran estas dos de los piratas ingleses: No prey no pay (Sin botín no hay paga) y No
peace beyond the line (Todo es enemigo más allá de la línea).
Para indicarle a usted la barbarie de Zaldumbide, le contaré a usted dos casos. Un día, al pasar cerca
de Cabo Verde, echamos a pique una barca de pescadores; unas horas después, en la cubierta, encontramos
a un portugués vestido sólo con un pantalón y una camisa.
-¿Qué hacemos con este hombre? -preguntó el contramaestre.
-Atadlo -contestó el capitán.
Se le ató, a pesar de sus protestas y sus gritos.
-¿Y ahora?
-Ahora, echadlo al mar.
Así se hizo.
Otra vez habíamos llegado a la Barbada con un cargamento de bultos de madera de ébano. Estábamos
haciendo nuestras señales cuando en un bote se acercaron a El Dragón dos individuos de la policía de
aquella isla. El capitán los recibió amablemente, y al mismo tiempo ordenó al negro Demóstenes y a Chim,
el malayo, que los matasen. Éstos se echaron como perros, y un momento después iban los dos policías
al fondo del mar cosidos a puñaladas. En seguida nos alejamos del puerto, y al día siguiente volvimos a
hacer el desembarco de los fardos con perfecta tranquilidad.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
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De otras personas distinguidas que formaban la tripulación de El Dragón
Capítulo IV
Como barco cuya tripulación la formaban gentes perseguidas y fuera de la ley, había allá mucho tipo
extraño.
El negro Demóstenes, de quien le hablaba a usted hace un instante, era un negrazo gigantesco, tatuado,
fuerte como un cabrestante. Chim, el malayo, su amigo, era un dayak de Borneo, de estos malayos de
pura raza, de los más violentos y crueles.
Chim había sido, según decía, capitán de uno de esos barcos piratas que llaman paraos, en Borneo, y
cuando estaba a punto de ser colgado logró escaparse.
Chim llevaba una peineta de concha y el pelo largo, como las mujeres. Solía ir con mucha frecuencia,
aunque hiciera frío, desnudo de medio cuerpo arriba. Demóstenes, el negro, era un hombre a quien habían
hecho brutal, pero que no era naturalmente malo; en cambio, Chim era sanguinario y perverso, y su mayor
placer consistía en hacer sufrir a los demás.
La camarilla de confianza de Zaldumbide la formábamos cinco vascos: Tristán de Ugarte, el piloto, que
era de Elguea; Albizu, de Pasajes; Burni, de Ondárroa; Arraitz, de Fuenterrabía, y yo. Nuestro trabajo consistía
en limpiar desde la escotilla grande hasta la popa, arreglar los cuartos, bruñir los cañones y vigilar la
despensa. Además, teníamos el cargo de cortar el tocino para el rancho del día, sacar el carbón para el
cocinero, las provisiones de la despensa, el pan, el aceite para guisar y para las lámparas y el agua.
Los cinco vascos nos conocíamos unos a otros como si fuéramos hermanos. Cada cual tenía su vicio:
Burni era glotón y brutal; Albizu no pensaba más que en la elegancia y en las mujeres; y cuando llegaba a
un puerto se gastaba el dinero con ellas. Era el único que tenía la moral de un negrero o de un pirata. Le
gustaba divertirse. Los demás éramos unos farsantes. Arraitz era jugador. Siempre estaba haciendo
proyectos mientras miraba vagamente el humo de su pipa. Arraitz se jugaba las pestañas, y cuando no
podía jugar, apostaba. Tenía muy mala suerte y era muy supersticioso. Llevaba una porción de escapularios
y de medallitas, y era bastante inocente para creer que estos pedacitos de tela y de latón le iban a
preservar de la desgracia.
A Burni le llamábamos Tripa triste porque siempre se quejaba de no sé qué melancolía que le daba en
el estómago cuando no comía bastante.
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