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Bajamos unas escaleras, hablamos y bebimos. Sin duda, yo bebí demasiado. Recuerdo que me eché
a dormir sobre la mesa, y cuando me quise dar cuenta de dónde estaba me encontré, como por arte de
magia, a bordo de un gran buque, que salía en aquel instante de la rada de Brest. Pasábamos por delante
del Fuerte del Diablo cuando oímos el cañonazo indicando que se abría el puerto.
El barco en donde estaba era un barco negrero. Me dijeron que me había comprometido la noche anterior
en la taberna. Yo, la verdad, no recordaba nada. Después comprendí, viendo cómo a otros los cazaban,
lo que hicieron conmigo. A unos les emborrachaban sencillamente; a otros les solían dar opio y los
llevaban a los barcos de noche, por delante de la policía, como marineros borrachos.
Ya en el barco me pintaron el porvenir de color de rosa; me dijeron que podía hacerme rico, y yo dije:
«Bueno, sigamos adelante».
El hombre, en la vida y en el mar, no tiene más que dos caminos: el torcido y el derecho. Mientras se
marcha por el camino torcido, es inútil hacer cosas buenas; va uno dando tumbos y tumbos, perdiendo las
velas, hasta que queda uno desarbolado. Entonces lo único que hay que hacer es cambiar de derrotero…,
si se puede, porque lo demás es inútil.
El barco en donde acababa yo de entrar involuntariamente era un barco moderno para la época: un
barco de carga con gran bodega, una verdadera urca holandesa, de aquellas que llamaban urcas mayores.
Desplazaría de seiscientas a setecientas toneladas, tendría unos ciento sesenta o ciento ochenta pies de
largo y más de treinta de ancho.
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Como barco de carga destinado al transporte de mercancías, era un tanto pesado; de figura muy redonda,
casi igual a proa que a popa, tenía una cubierta, sollado a proa para la marinería, cámaras en popa y
todo lo demás preparado para bodega. Como la generalidad de los barcos de entonces, no tenía puente;
su aparejo era de corbeta o brick-barca de mucho volumen. Navegaba en aquel momento en lastre y
enseñaba dos pies de cobre fuera del agua.
Se llamaba El Dragón, nombre que trascendía a barco pirata.
El Dragón era de una sociedad francoholandesa para la trata de negros, que tenía sus principales
accionistas en Amsterdam, SaintMalo y Nantes. Esta sociedad no firmaba más que por sus iniciales: V d.
H. Z. y Cía.
Comparado con los de hoy, aquel barco daría risa. Era ancho, de madera; tenía la proa como un pico;
el bauprés, muy levantado sobre el castillo, a la antigua usanza, con su red para que no cayesen los
marineros al andar por las cuerdas. Sostenido sobre la flecha del tajamar ostentaba un dragón chino, blanco
y dorado. Su popa estaba muy adornada, y entre las ventanas de la cámara del capitán y del teniente
había un dragoncillo esculpido y debajo el título: El Dragón.
No era este barco como aquellos viejos bombos holandeses que en mi tiempo se veían arrinconados en
los puertos. Su color era negro, con una faja blanca, y tenía portas fingidas para darse aires de barco de
guerra.
El Dragón era, como he dicho, una urca, una urca coquetona y elegante; parecía una dama holandesa,
blanca y rolliza, vestida de negro, que marchaba contoneándose con gracia por el mar. El Dragón era un
buen barco, un barco seguro, en el que uno se podía confiar, con una arboladura gallarda y muchas velas
de cuchillo. Era de esas embarcaciones que los franceses llaman ardientes.
Ofrecía verdaderos refinamientos para la época; estaba limpio, bien arreglado y dispuesto; las cámaras
para la marinería, en el Bollado y castillo de proa, eran muy capaces; la bodega, muy aireada. Llevaba dos
grandes aljibes, de hierro, uno a proa y otro a popa.
El Dragón estaba autorizado, según decían, para usar cañones, y tenía tres de a seis pulgadas en la
toldilla de popa y dos sobre el castillo de proa.
En el espacio comprendido desde el palo del centro y el último, llevábamos una barca grande, de estas
que llaman balleneras, con cubierta, y encima de ella un botecillo.
Entre la tripulación había ingleses, franceses y españoles; pero el núcleo mayor lo formaban los holandeses
y los portugueses. En conjunto, seríamos cuarenta.
Los marineros dormían en las tarimas del sollado, y cuando hacía calor ponían las hamacas en la cubierta.
Sin duda, a mí no me destinaban a la marinería, porque me llevaron a la cámara de popa, me mostraron
mi hamaca y un cofre de cinc y me dijeron que me explicarían mis obligaciones. Me conformé rápidamente.
Como decía antes, el hombre, en la vida y en el mar, no tiene más que dos derroteros: el torcido y el
derecho.
Mientras se marcha por el camino torcido, es inútil la brújula y el sextante: se va de escollo en escollo
hasta dar el último batacazo.
Allí no había nadie que me pudiera dar un buen consejo; me parecía que la vida del negrero era una
gran cosa, y marchaba por el camino torcido a la ruina.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
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El capitán Zaldumbide
Capítulo III
El ser vasco en aquel buque constituía gran ventaja. El capitán lo era; lo mismo que su camarilla o
guardia negra, con quien se entendía en vascuence. Yo iba a formar parte de esta camarilla.
No era raro, sino muy frecuente, que los armadores de barcos corsarios o negreros escogieran capitanes
de puertos lejanos; así, los de Saint-Malo tomaban un capitán de Burdeos; los de aquí, uno de El Havre o
de Honfleur. En el tiempo en que Nantes era uno de los centros negreros más activos de Europa, había allí
pilotos de todo el mundo.
El capitán Zaldumbide era hombre alto, encorvado, amojamado. Nosotros le llamábamos el Viejo: en
inglés, el Viejo de a bordo, y en vascuence, Gure Zarra (nuestro viejo). Zaldumbide no hablaba apenas;
tenía una mirada de través, con sus ojos encarnados, poco agradable. Se dejaba sotabarba, ya blanca, y
el pelo lo llevaba largo. Vestía levita negra y raída; en la cabeza, una gorrita, y los días de frío, un gabán
viejo con esclavina.
Zaldumbide bebía poco o no bebía nada. Era muy religioso. Nunca se sentaba a comer sin rezar antes
el Benedicite. Tenía en su camarote una virgen peruana, con dos ramas de romero bendito debajo. Ante
esta imagen rezaba con un rosario de cuentas gruesas.
Yo muchas veces pensé si nuestro capitán estaría loco, porque algunas noches se las pasaba sin dormir,
andando por el cuarto, llorando e invocando a la Virgen. Quizá le remordían sus crímenes.
Antes de ser negrero, el Viejo, según decían, había hecho naufragar varios barcos asegurados, llegando
hasta exponer su vida. Tantos naufragios seguidos le dieron una buena fortuna y una mala fama.
Entonces se dedicó al comercio del ébano.
Zaldumbide llevaba a la tripulación muy derecha, sin que nadie se le desmandara.
Los domingos deseaba que se celebrasen convenientemente, y en estos días se ponía una levita azul,
que él llamaba la nueva, y paseaba por la cubierta. Subía al alcázar de proa, inspeccionaba el sollado,
recorría el barco mirándolo todo, riñendo porque no encontraba las cosas bastante limpias, y al final de su
paseo escalaba la toldilla de popa y se apoyaba en uno de los cañones. Así permanecía silencioso, sumido
en sus pensamientos.
Si en estos días de fiesta algún vasco, imitando a los demás, blasfemaba, Zaldumbide le castigaba cruelmente.
Como marino, era entendido, pero algo rutinario. Sabía poco, pero tenía mucha práctica. En El Dragón
no se verificaban operaciones con el sextante. Zaldumbide hacía la estima calculando el punto de situación
en que se hallaba el barco, la dirección que se debía seguir según las indicaciones de la aguja náutica, y
las distancias medidas con la corredera. Los resultados los anotaba todos los días en el cuaderno de bitácora.
Yo solía ayudarle muchas veces a echar el cordel de la corredera y luego a medir. Tenía una corredera
antigua. En general, lo que usaba el capitán, el barómetro, los cronómetros, las cartas de derrota, todo
era viejo. En su camarote tenía un reloj de arena; lo prefería por seguro y por silencioso. Zaldumbide odiaba
lo nuevo. Él creía, como los hombres antiguos, que el hombre va del bien al mal; nosotros, los progresistas,
creemos lo contrario: que va del mal al bien.
En casos apurados, Zaldumbide era un gran piloto y hombre de un valor furioso. Sólo por los golpes del
viento en la cara comprendía inmediatamente las maniobras que había de hacer. Cuando subía a la toldilla,
seguido de Old Sam, el contramaestre, que refrendaba las órdenes con los silbidos del pito, se veía a
un hombre sabiendo mandar; tenía una gran precisión en sus disposiciones, y su voz áspera de marino,
formada de gritar en medio del mar y de las tempestades, parecía hecha para dominar a los hombres y a
los elementos.
Usted sabe muy bien, mi oficial, que el hombre que manda durante mucho tiempo un barco de vela llega
a mirarle como una cosa viva; el Viejo así lo creía, y hablaba con su Dragón más que con su gente.
Consideraba a su corbeta como si fuera su mujer, su novia o su querida.
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La única distracción de Zaldumbide era jugar con Mari Zancos, una mona que le había regalado u

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