cenario de
los crímenes y violencias de los hombres.
Hoy, el mar ha cambiado, y ha cambiado el barco, y ha cambiado también el marino. De aquellas airosas
arboladuras que tanto nos entusiasmaban, no quedan más que esos palos cortos para sostener los vástagos
de las poleas; de aquellas maniobras complicadas, nada se conserva.
Antes, el barco de vela era una creación divina, como una religión o como un poema; hoy, el barco de
vapor es algo continuamente cambiante como la ciencia…, una maquinaria en eterna transformación.
Antes, el capitán era un personaje sabio, un tirano de un poder inaudito, un hombre que tenía que bastarse
a sí mismo; hoy es un especialista injerto en un burócrata.
Hoy, es la máquina la impulsadora del barco, algo exacto, matemático, medido; antes, era el viento, algo
caprichoso, impalpable, fuera de nosotros. «Llevamos el Ángel de la Guarda en la lona de nuestras velas»,
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
7
me decía don Ciríaco, un viejo capitán de fragata muy inteligente y muy romántico; «llevamos la fuerza en
nuestra carbonera», puede decir el capitán de hoy.
El carbón, ese dios modesto, pero útil, ha reemplazado las alas del poético Ángel de la Guarda que
llevábamos en nuestras velas, y ha cambiado las condiciones del mar.
Antes, el mar era nuestra divinidad, era la reina endiosada y caprichosa, altiva y cruel; hoy es la mujer
a quien hemos hecho nuestra esclava.
Nosotros, marinos viejos, marinos galantes, la celebrábamos de reina y no la admiramos de esclava.
Seguramente, no; el mar entonces no era tan bueno como hoy, ni tan pacífico; pero sí más hermoso,
más pintoresco, un poco más joven. La belleza del mundo y del mar dependía en gran parte de su rutina y
de su inmovilidad.
El mapa espiritual del universo de aquella época era como un plano de diferentes colores, en donde se
apreciaban no sólo las entonaciones fuertes, sino los más ligeros matices.
Hoy, estos matices se pierden; el mundo lleva el camino de confundir y borrar sus colores. Hoy, un
japonés es un señor civilizado vestido a la europea; un polinesio va como turista a la Meca, en un magnífico
paquebote de quince mil toneladas. La musa del progreso es la rapidez; lo que no es rápido está condenado
a morir.
Todo ello es mejor, ¿quién lo duda? Indica más civilización; pero para el que todavía conserva en la retina
el recuerdo del mar antiguo, para éste, la confusión moderna es un espectáculo lamentable .
…………………………………………………………………………………………………………………………………………………….
¡Oh gallardas arboladuras, velas blancas, fragatas airosas con su proa levantada y su mascarón en el
tajamar! ¡Redondas urcas, veleros bergantines! ¡Qué pena me da el pensar que vais a desaparecer!
¡Amable sirena, que te levantabas sobre las olas azules para mirarnos con tus ojos verdes, ya no te verán
más!
¡Oh días de calma! ¡Oh momentos de indolencia!
¡Cuántas horas no habré pasado en la hamaca contemplando el mar, claro o tempestuoso, verde o azul,
rojo en el crepúsculo, plateado a la luz de la luna y lleno de misterio bajo el cielo cuajado de estrellas!
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
8
Tengo que hablar de mí mismo
Capítulo III
Tengo que hablar de mí mismo; en unas memorias es inevitable. Además de mi apatía e indolencia,
exageradas un tanto por mis convecinos los luzarenses para presentarme como un tipo estrambótico, soy
un sentimental y un contemplativo.
Me gusta mirar, tengo la avidez en los ojos; me quedaría contemplando horas y horas el pasar una nube
o el correr una fuente. Quizá viviendo en tierra se hubiera desarrollado en mí el sentido musical, como en
muchos de mis paisanos; en el mar se ha ampliado, se ha alargado mi sentido óptico.
Muchas veces me he figurado ser únicamente dos pupilas, algo como un espejo o una cámara oscura
para reflejar la naturaleza.
Soy, además, al decir de mi familia, un tanto novelero, un tanto curioso y amigo de novedades. Pero
¿qué es la curiosidad -digo yo, para defenderme- sino el deseo de saber, de comprender lo que se ignora?
A mí me gusta ver; y si hay una molestia o un peligro para satisfacer mi curiosidad, no tengo inconveniente
en afrontarlo.
Soy también patriota a mi modo. No conozco la historia de España, y realmente no me preocupa gran
cosa. Si me preguntaran quién fue Wamba o Atanagildo, me vería en un gran aprieto; pero, a pesar de no
conocer nada o casi nada la historia de mi país, cuando después de un largo viaje he visto desde lejos la
costa de España, he sentido siempre una gran impresión.
El recuerdo de la patria, y sobre todo de Lúzaro, de este rincón de la costa vasca donde he nacido y
donde vivo ha estado siempre presente en mi espíritu. No lo considero como un mérito; no tengo esa tendencia
exclusivista de las gentes de mi pueblo. La tierra para el labrador, el mar para el marino. Discutir si
esto es mejor que aquello me parece una tontería.
Lúzaro me gusta; pero el haber nacido en él, y el que mi familia haya vivido aquí muchos años, no creo
constituya ninguna superioridad.
Pienso lo mismo que un masón a quien conocí en Liverpool. Este masón había llegado al grado treinta
y tres, o cuarenta y tres, no sé a cuál; pero al más alto de todos. Los días de fiesta, el hombre se ponía el
frac, un mandil y una porción de placas y triángulos, se marchaba a la logia y volvía perfectamente borracho.
En la casa todo el mundo le admiraba, y el buen señor, que era muy ingenuo, me decía:
-Mi padre me hizo ingresar en la logia a los catorce años; tengo sesenta y cinco y he llegado al último
grado. La gente le encuentra a esto mucho mérito, pero yo, la verdad, no le encuentro ninguno.
Era un hombre sencillo el honrado masón.
Lo mismo que aquel albañil de la albañilería celeste, me sucede a mí con el mérito de mi familia de haber
vivido mucho tiempo en Lúzaro. Esto no es obstáculo para que me encuentre en mi pueblo como en ningún
otro.
Muchas veces, en mi camarote, navegando por el Atlántico o por el mar de las Indias, al pensar en
Lúzaro sentía el recuerdo intenso de un monte, de una peña, de un hayal. Veía con la imaginación levantarse
Lúzaro sobre el mar, con el río que penetra por su flanco, y veía los montes a un lado y a otro llenos
de maizales y de robles.
Entonces me gustaba cantar en voz baja, zortzicos y sones de tamboril y, al oírmelos a mí mismo, creía
andar por las callejuelas de mi pueblo, oler el olor del heno, contemplar las rocas del Izarra azotadas por
el mar, y el cielo azul pálido surcado por nubes blancas.
Se comprende mi entusiasmo por Lúzaro; soy de aquí, y de aquí es toda mi familia. Además, mi vida se
puede clasificar en dos períodos: uno el pasado en Lúzaro, en el cual me han ocurrido los hechos más
trascendentales y más agradables de mi existencia; otro, el del mar, en el que no me ha sucedido nada, por
lo menos nada bueno, y en el que he vivido con el corazón frío y la retina impresionada.
Mi familia ha sido de Lúzaro, y ha sido de marinos. Sobre todo, por parte de mi madre, por los de Aguirre,
la genealogía marítima es abundante e inacabable.
Mi padre, Damián de Andía, fue también capitán de barco. Murió en el mar, en el canal de la Mancha.
9
Una noche, cerca del Finisterre inglés, naufragó la corbeta que mandaba, la Mary-Rose; sólo un marino
pudo salvarse.
A pesar de que yo era muy niño, recuerdo bastante bien a mi padre. Era un tipo indiferente y algo burlón;
tenía la cara expresiva, los ojos grises, la nariz aguileña, la barba recortada; por mis informes debía ser un
tipo parecido a mí, con el mismo fondo de pereza y de tedio marineros; ahora, que no era triste; por el contrario,
tenía una fuerte tendencia a la sátira. Sentía una gran estimación por las gentes del norte, noruegos
y dinamarqueses, con quienes había convivido; hablaba bien el inglés, era muy liberal y se reía de las
mujeres.
Parecía haber nacido para burlarse de todo y para encogerse de hombros; pero su sátira no encerraba
veneno; se reía sin amargura y sin pena.
Era de estos vascos que dejan todo su lastre de intolerancia y de fanatismo al pisar el primer barco.
Había echado la sonda en la sima de la estupidez y de la maldad humanas y sabía a qué atenerse.
Mi abuela no se entendía bien con él y arrastraba a su hija, a mi madre, a ponerse en contra de su marido.
Sin duda el instinto de suegra le cegaba.
Él cedía, riendo, y mi abuela rabiaba.
Cuando mi padre llegaba a Lúzaro se reunía con otros pilotos, marineros y pescadores, y charlaba con
ellos, y algunas veces cantaba y alborotaba, en su compañía, por las calles.
Todos los que le conocieron me han asegurado que era un hombre de gran corazón. He sentido siempre
una gran pena por no haberle llegado a conocer. Hubiéramos sido buenos amigos.
Mi abuela, doña Celestina de Aguirre, no quería a mi padre; después de pasados muchos años le
-
Descargar
UserOnline
- No User Is Browsing This Site
Архивы
- December 2008
- November 2008
- August 2008
- July 2008
- June 2008
- May 2008
- April 2008
- March 2008
- February 2008
- January 2008
- September 2007
- August 2007
- June 2007
- March 2007
- January 2007
- December 2006
- November 2006
- October 2006
- September 2006
- August 2006
- July 2006
- June 2006
- May 2006
- April 2006
- March 2006
- February 2006
- January 2006
- December 2005
- November 2005
- October 2005
- September 2005
Most Emailed
- Грамматика испанского языка. Gramática de la Lengua Castellana - 2 emails
- Диего де Кастро Титу Куси Юпанки. Сообщение о Завоевании Перу и дела Инки Манко II. Castro Titu Cusi Yupanqui, Diego de. Relación de la Conquista del Perú y hechos del Inca Manco II. Lima: I... - 1 emails
- Фрай Бернардино де Саагун. “Обычаи и верования” (Fray Bernardino de Sahagun. “Historia General de las cosas de la Nueva España”) - 1 emails
- Альвар Нуньес Кабеса де Вака. Кораблекрушения. Álvar Núñez Cabeza de Vaca. NAUFRAGIOS. - 1 emails
- Мигель де Унамуно. Туман. Miguel de Unamuno. NIEBLA - 1 emails
-
Управление
-


















Post a Comment