Пио Бароха. Желания Шанти Андиа. Pío Baroja. Las inquietudes de Shanti Andía
Uncategorized August 2nd, 2006
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ombre
de Tristán de Ugarte, y quería creer que el parentesco con el capitán de Bisusalde era un engaño. A pesar
de esto, como la conducta de Mary en casa de Cashilda era buena, comenzaba a sentir por la muchacha
cierta simpatía.
Yo tenía que vivir desesperado en el vapor. Cumplía los deberes de mi cargo como un autómata. Mis
pensamientos estaban en Lúzaro.
Solía encerrarme en mi camarote, teniendo su retrato delante de los ojos. ¡Qué largos me parecían estos
días de navegación! ¡Qué horrible este cielo azul de los trópicos!
A la vuelta de mi viaje, cuando perdía de vista por las noches la Cruz del Sur y comenzaba a divisar la
Estrella Polar y las dos Osas, me sentía tranquilo.
Al acercarnos a Europa, al oír las sirenas de los vapores dando sus largos alaridos, experimentaba una
alegría infinita. Si tenía ocasión propicia, al llegar a Burdeos tomaba un vapor, aunque no fuese más que
para pasar un día en Lúzaro. Si no, me quedaba en el barco, escribiendo a Mary.
……………………………………………………………………………………………………………………………………………………
La cuestión del nombre de mi tío Juan de Aguirre, que a veces me preocupaba, se aclaró en Burdeos.
Un viejo marino retirado, que tenía una tienda de objetos náuticos, y que navegó con mi tío Juan, me dio
nuevos datos acerca del padre de Mary.
Un día estaba haciendo los preparativos para zarpar cuando recibí la visita del capitán de la goleta Dama
Zuri, que me traía una carta de recomendación de mi amigo Recalde. La Dama Zuri era una goleta de tres
palos, blanca como una gaviota y airosa como un cisne.
El capitán deseaba buscar aparejos para su barco, le habían dicho que allí, en Burdeos, se hacían los
mejores y más baratos, y que la gente de Bayona y de la costa vascofrancesa se entendía para esto con
un comerciante vascongado.
Acompañé al paisano en busca del comerciante; preguntamos en una cordelería de la orilla del río, y nos
dirigimos a una tienda de objetos navales del muelle de Borgoña, casi en el centro de la población.
Era una covachuela a más bajo nivel de la calle, que tenía unos escalones desde la acera. En el
escaparate, ancho y de poca altura, se veían fanales de barco, rodeados de alambres gruesos y dorados;
cronómetros, cámaras de bitácora, correderas, sextantes, catalejos y otros muchos instrumentos. Se
mostraban, además, cables metálicos, rollos de amarras, de relingas, de cordajes en cáñamo, anclas,
argollas, impermeables blancos y negros y otros muchos objetos navales, de lona, fabricados en Angers y
en Burdeos, y diversos aparatos de pesca y latas de conserva inglesas.
La tienda exhalaba un olor de alquitrán muy agradable. En el cristal del almacén, escrito con letras
negras, se leía un nombre medio borrado: Fermín Itchaso.
Entramos en el establecimiento el capitán de la Dama Zuri y yo. Hablé yo con un hombre joven que nos
salió al encuentro, y qué no comprendía el vascuence. El capitán, paisano mío, no sabía francés, y quería
entenderse directamente con el comerciante. En vista de esto, el joven dijo que esperásemos un momento
a que llegara su padre.
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No tardó mucho en venir. Era un hombre viejo, encorvado por la cintura, con el pelo blanco y la pipa en
la boca. Vestía de negro, la cara rasurada, la boina grande de gascón; llevaba patillas cortas, que entre los
marinos franceses solían llamar patas dé conejo, y por debajo de la manga se le veían en las dos muñecas
unas anclas tatuadas, de color azul. Tenía la nariz larga, los ojos pequeños, las cejas como pinceles y
un rictus sardónico en los labios.
Al decirle su hijo que éramos vascos, levantó los brazos al aire
con grandes extremos.
-¿De qué pueblo? -nos dijo en vascuence.
-De Lúzaro.
-¿Españoles?
-Sí.
-Yo soy vascofrancés. Nuestra tierra es muy buena, ¿eh? Yo no digo que la Gironda sea mala, no. Es
un país rico; pero la tierra vasca es otra cosa.
Luego, mirándome con fijeza, me preguntó:
-¿De qué pueblo habéis dicho que sois?
-De Lúzaro.
-¡Lúzaro! -exclamó el viejo-. Yo he conocido a alguien de Lúzaro. ¡Ah, sí! -añadió, llevándose la mano a
la frente-. El piloto de El Dragón… Tristán, Tristán de Ugarte.
Tristán de Ugarte era el nombre con que el médico de Elguea había extendido la partida de defunción
de mi tío, y El Dragón el nombre del barco en donde había navegado Juan de Aguirre, según me contó
Francisco Iriberri.
-¿De manera que usted ha conocido a Tristán de Ugarte? -pregunté al viejo.
-Sí. ¿Usted también lo ha conocido?
-¡Ya lo creo! ¡Era pariente mío!
-Es verdad… Se parece usted a él en la voz…, en algo, no sé en qué… tY qué fue de su vida?
-Murió hace unos meses.
-¿En España?
-Sí.
-¿Con quién vivía?
-Con su hija y con un criado, alto, rojo…
-¿Escocés quizá?
-Sí.
-Allen: lo recuerdo.
-¿Y en qué condiciones le conoció usted a mi pariente? -le dije.
-¿Está usted para bastante tiempo aquí, mi oficial? -me preguntó el viejo.
-Mañana por la mañana he de zarpar para Buenos Aires.
-Pues si no tiene usted algo más importante que hacer, venga usted esta tarde a las cinco; le contaré lo
que sé de Ugarte.
-Muy bien. A las cinco estaré aquí.
Ahora, vamos -añadió el viejo dirigiéndose al capitán de la Dama Zuri- a nuestros asuntos.
Me despedí del capitán y de Itchaso, fui a mi barco, y a las cinco en punto estaba en el muelle de
Borgoña, en la tienda de objetos navales.
El viejo Itchaso me esperaba, e inmediatamente de llegar me pasó a un cuarto pequeño con una ventana
que daba al muelle.
Desde allí se veían los mástiles entrecruzados de las fragatas y bergantines, de las goletas y pailebots.
Había en el cuarto, en un armario, varios libros, y entre ellos el Diccionario filosófico de Voltaire.
-Este libro es mi amigo -me dijo el viejo, señalándolo.
-¿No es usted religioso? -le pregunté yo.
-No, no. No creo en supersticiones.
Itchaso tenía preparada una botella de vino de Burdeos, añejo, que conservaba en el casco polvo y
telarañas. Llenó dos copas; luego levantó la suya y dijo:
-Por el País Vasco, mi oficial.
-Por España.
-Por Francia.
Chocamos las copas, bebimos, y el viejo comenzó su narración de este modo:
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
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Narracion de Itchaso
Los dos caminos del marino
Capítulo II
-Soy de Guéthary, un pueblo pequeño próximo a España y que quizá usted conozca. Allí pasé mi infancia.
Sabrá usted tan bien como yo que los vascos nunca hemos sentido gran entusiasmo por el Ejército ni
por la Marina de guerra. Yo no fui una excepción; por el contrario, la quinta me indignaba; un hermano mío
murió en Argelia, el otro estaba sirviendo en un navío del Estado; la tierra de la familia no se podía cultivar,
y mi pobre padre me recomendó que fuera a América.
A los dieciséis años hice un viaje no muy feliz a Terranova, de grumete. Casi todos los vascos que
íbamos a la pesca del bacalao nos reuníamos en Saint-Malo; arrendábamos unas cuantas barcas y
marchábamos a pescar a las islas de Saint-Pierre y Miquelon; pero los arrendadores nos daban goletas viejas
sin condiciones marineras, llenas de agujeros tapados con estopa. En el viaje que yo fui de grumete
naufragaron una porción de barcos, y más de cincuenta hombres de aquella costa se ahogaron.
No había para mí porvenir de ninguna clase en el país; no tenía dinero, y antes de que viniese la odiosa
quinta decidí ir a Brest o a Saint-Malo, con intención de pasar a Inglaterra y embarcarme para América.
Usted conocerá seguramente la ciudad de Brest, cuya rada es magnífica. Al día siguiente de llegar allí,
paseaba por los muelles, contemplando la punta del Cuervo y la de los Españoles, la embocadura del río
Elhora, y en el puerto las fragatas, los bricks, los vapores y las largas chalupas de cincuenta remos, tripuladas
por los forzados. Estaba cansado de andar sin objeto y sin rumbo cuando se me acercó un marinero
de buenas trazas, hombre afable, que se puso a hablar conmigo.
En aquella época, el puerto de Brest se cerraba al anochecer por medio de una enorme cadena de hierro
tendida de una orilla a otra, y se abría al estampido de un cañonazo a la hora de la diana.
En el momento que encontré a aquel marinero estaban cerrando el puerto. Yo no conocía a nadie, y me
alegré de relacionarme con alguien que pudiese darme una orientación. Le dije a mi nuevo conocido que
no tenía plaza en ningún barco y que deseaba ir a América, y le enseñé mis certificados de buena conducta.
El hombre me dijo:
-No se apure usted. El mundo es grande, y sabiendo trabajar se vive siempre. Venga usted conmigo.
Le seguí, y me condujo a una posada de marineros de la calle de la Souris, calle estrecha, infecta, sombría.
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