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Ella quedó pensativa.
-¿Y si me pusiera a coser y a hacer trajes para las señoras?
-Pero ¿sabe usted algo de eso?
-No, pero aprenderé.
-Quizá fuera práctico.
Yo le ofrecí pagarle todo lo que necesitara, aunque dudaba mucho del éxito. El mismo día escribió a
Bayona y a París pidiendo catálogos y periódicos de modas.
Mi madre, que desde el principio que le hablé de Mary sintió por ella antipatía, se informó, y obtuvo malos
informes; según dijo una mujer de Izarte, la chica llevaba una vida salvaje, corría por las peñas, andaba
tirando piedras, y muchas veces había ido con la hija del torrero, una muchacha igualmente salvaje, a
pescar calamares.
Yo intenté convencer a mi madre de que Mary no tenía edad para reflexionar; si había ido a pescar calamares
con la hija del torrero, probablemente no sería por capricho, sino más bien por necesidad. Mi madre
no se convenció y me dio a entender que si la chica se quedaba huérfana, no estaba dispuesta a recogerla.
-¿Aunque se pruebe que es tu sobrina?
-Si se prueba eso, la llevaremos a un colegio.
Unos días después de esta conversación encontré a Mary en su casa, con la hija del torrero, la
muchacha amiga suya con la que iba a pescar detrás del Izarra.
Esta muchacha se llamaba Genoveva; pero todo el mundo la decía Quenoveva, y ella estaba convencida
de que así se pronunciaba su nombre.
Quenoveva me fue muy simpática. Era fuerte, valiente, tímida, tostada por el sol y por el aire del mar,
con las cejas un poco juntas. Aquel día estaba vestida de fiesta; llevaba una blusa clara, una falda azul,
medias rojas y alpargatas blancas.
Cualquier cosa la confundía y la turbaba. Me pareció ser una excelente amiga para Mary y que la tenía
mucho afecto.
Mary me dijo que ellas iban al faro.
-Si quieren ustedes, las acompañaré.
-Bueno.
Pasamos los tres por el arenal y salimos a la punta del faro. Me chocó que Mary hablara el vascuence
tan bien. Parecía una aldeana que no hubiese salido del pueblo. Nos acercamos a la casa del torrero; de
pronto Quenoveva comenzó a gritar como un hombre, y corrió a la barandilla del faro, donde había visto a
uno de sus hermanos inclinado hacia fuera.
Mary me miró, por ver, sin duda, el efecto que me hacían los exabruptos de su amiga.
La casa del torrero y el faro formaban un solo edificio, asentado sobre una plataforma cortada en las
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rocas. Bajamos a la vivienda por una escalera estrecha y entramos por un corredor con puertas a los lados.
Una porción de chiquillos, que andaban chillando y riñendo, se nos acercaron.
El torrero era viudo, y Quenoveva dirigía a sus ocho hermanos como a un rebaño, a fuerza de gritos
furiosos.
Quenoveva nos pasó a Mary y a mí al despacho del torrero, lo mejor de la casa, y cerró la puerta para
que la prole de chicos y chicas no se nos amontonaran encima.
-¡Un señorito! -decían aquellos pequeños salvajes, con una curiosidad inmensa.
Mary abrió la puerta y trajo en brazos a un chiquitín, que al verse preso y en presencia mía empezó a
llorar y a patear con tal rabia que tuvo que dejarlo.
-El torrero tarda -le dije yo a Mary.
-Como está cojo…
-¡Ah! ¿Es cojo?
-Sí.
Esperamos en el despacho. En la pared había un mapamundi, el plano del faro, en papel azul, clavado
con tachuelas; un cronómetro y un barómetro. Sobre la mesa se veía un barquito que, sin duda, el torrero
estaba tallando con un cortaplumas.
Se oyó poco después en el pasillo el ruido de una pierna de palo, y entró el torrero, Juan Urbistondo.
Urbistondo era un tipo extraordinario, un viejo lobo de mar.
Tendría cerca de sesenta años, la cara curtida, la expresión simpática, la nariz roja, qué brillaba entre la
barba, inculta, como una rosa entre el follaje. Hablamos largo rato, y yo quedé verdaderamente asombrado.
Era un hombre de una fe tan absurda en sí mismo y en sus fuerzas que se sentía capaz de emprenderlo
todo. Ni la más ligera duda ni la más pequeña desconfianza enturbiaban su convencimiento. A esta
confianza unía una sencillez y una falta tan absoluta de malicia que le dejaban a uno perplejo. Sólo el mar
puede producir tipos semejantes.
El faro de las Ánimas era de última clase; alguna persona de influencia de Elguea había conseguido que
le llevaran allí a Urbistondo; pero éste creía que el mundo entero dependía de su linterna. Le parecía también
un asunto trascendental y complicadísimo encender la lámpara de petróleo y ponerle la chimenea.
Urbistondo subía las escaleras de caracol de la torre convencido de su sacerdocio, de la trascendencia
de su misión. También le parecía una ciencia profunda y hermética la de conocer las indicaciones del
barómetro y del termómetro. Él poseía, por encima de todos los barómetros del mundo, su pierna. Me
explicó cómo se la amputaron, a consecuencia de haberle destrozado el pie una barrica, y no supe si horrorizarme
o reírme cuando contaba que al operarle, como el muñón que le quedaba se le gangrenaba, le
tuvieron que cortar la pierna dos o tres veces en rodajas, como si fuera una merluza.
Al día siguiente, en la relojería, me enteré déla vida del torrero y de su gran odio.
Urbistondo había sido capitán, durante mucho tiempo, de un paquebote de la carrera Bilbao-Liverpool.
La casa armadora, a la que le quedaban algunos barcos de vela viejos, los reemplazó por barcos de vapor.
Urbistondo no creía en el vapor; le parecía que gastar carbón, pudiendo navegar a vela, era una estupidez,
y cuando veía que soplaba un buen viento, creyendo hacer un obsequio a la compañía, mandaba
apagar los fuegos, largaba las velas y se lanzaba a navegar como Dios manda. La compañía recomendó
a Urbistondo que no se metiese a favorecerla; pero el capitán, con aquella admirable confianza que tenía
en sus facultades intelectuales, no hizo caso. Creía deber suyo no perjudicar a nadie, y el director de la
casa lo sacó del barco y lo llevó al almacén, donde le ocurrió el percance de la pierna.
El torrero tenía muy poco sueldo para alimentar nueve hijos, y los dos mayores trabajaban en el pueblo
como aprendices. Urbistondo pescaba desde el faro, con un aparejo que le habían regalado, y vendía su
pesca; la Quenoveva también era pescadora; iba con alguno de sus hermanos, en lancha, a coger calamares.
La familia era muy graciosa y simpática; el viejo Urbistondo nos enseñó la casa; luego me llevó a la torre.
Me preguntó allí, confidencialmente, cómo estaba el padre de Mary, y al decirle que no andaba bien y que
no sabía qué iba a ser de aquella muchacha, me dijo:
-¡Eh!, cuidado, compañero. Si Mary tiene que salir de Bisusalde, que venga aquí. Esta casa, como si
fuera suya. Se le dejará un cuarto para ella, y Quenoveva la atenderá.
-Pero hombre, Urbistondo, usted tiene mucha gente.
-Nada, Shanti. No hay más que hablar. Que venga aquí.
Yo le di las gracias a este hombre, de una generosidad tan absurda que con poco sueldo y nueve hijos
todavía quería cargarse con una persona más, y, al ver su insistencia, accedí; el faro podría ser un buen
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
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recurso para Mary, al menos al principio.
Nos despedimos del torrero, acompañé a mi prima a casa y volví a Lúzaro.
Las inquietudes de Shanti Andía Pío Baroja
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El devocionario de Allen
Capítulo IX
La enfermedad de mi tío Aguirre seguía aproximándose al desenlace. Se acercaba para mí el día de la
marcha. El tiempo de licencia concluía; de Cádiz me mandaban recados urgentes. Aquello de pasarme cuatro
o cinco años seguidos en el mar me parecía muy duro.
Mi madre se lamentaba al mismo tiempo de que tuviese que ir y de que perdiese una plaza tan buena.
No sabía a quién dirigirme, y se me ocurrió, medio en serio, medio en broma, ir a consultar a Quenoveva.
Una mañana me acerqué al faro de las Ánimas. Al asomarme a la plataforma vi a uno de los chicos del torrero
y le pregunté:
-¿Está tu hermana?
-¿Quién, Quenoveva?
-Sí.
-Aquí está.
Bajé, y me encontré a la muchacha, despeinada, con las piernas desnudas, envuelta en una falda hecha
jirones. Estaba lavando. Al verme, se levantó avergonzada; yo la tranquilicé y la expliqué a lo que iba. Le
dije que la derrota de mi barco era tan larga que tendría que estar dos o tres años sin venir a Lúzaro y sin
ver a Mary. No me gustaba dejar a la muchacha sola, y a ella, que era su amiga, le pedía consejo, le preguntaba
qué debía hacer.
Quenoveva me escuchaba con gran atención para no perder palabra.
Era partidaria de que dejara esta derrota larga y me embarcara en algún vapor de la travesía
Bilbao-Liverpool. Su padre podría escribir al director de la compañía donde antes había navegado.
Me pareció un buen consejo, y hablé a Urbistondo para que escribiera inmediatamente. El hombre quedó
muy satisfecho de poder demostrar su influencia.
Avisé a Cádiz, diciendo que me encontraba enfermo y que abandonaba mi cargo de capitán de la fragata,

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